El 2 de Agosto de 1954, a la 1:30 de la madrugada, la Compañía de Caballeros Cadetes de la escuela militar guatemalteca, inició un ataque armado en contra del llamado Ejército de Liberación, constituido por mercenarios pagados por el Departamento de Estado de Estados Unidos, y en contra, en consecuencia, del gobierno espureo del militar que había dirigido la contrarrevolución: Carlos Castillo Armas.

Tres fueron las razones fundamentales que llevaron a los jóvenes cadetes a alzarse en armas en contra del grupo armado intervencionista.

Primero. Cuando Castillo Armas bajó del avión que lo traía de El Salvador, los cadetes tuvieron que rendirle honores presidenciales. No fue ésta una tarea que hubieran solicitado, sino que los mandaron y ellos obedecieron. Todo dentro de la disciplina militar.

Los jefes militares que habían pactado con los liberacionistas dieron la orden de que la Compañía de Caballeros Cadetes rindiera honores presidenciales a quien bajara del avion. Para el efecto se formó una doble fila para que en medio pasara Castillo Armas y su comitiva. La bandera nacional y su escolta estaban al principio de la doble fila de honor, cerca del avión C-47. Cuando se abrió la puerta del bimotor varios jóvenes liberacionistas (entre los que se encontraban dos cadetes que habían desertado para unirse al ejército invasor), en actitud belicosa y de exagerada desconfianza, bajaron apuntando sus metralletas amenazantes en todas direcciones. Simultaneamente se les unieron los que estaban en tierra esperando la llegada del avión.

Castillo Armas desciende pero la avalancha de sus admiradores intencionalmente rodea y empuja la bandera y a su escolta separándolos del resto de la Compañía de Cadetes. El comandante ordena que de la posicion de p r e s e n t e n (honores presidenciales), se pase a la posicion de p o r t e n y c a l a r b a y o n e t a (en disposición de ataque). En la difícil situación protocolaria, los galonistas trataron de mantener la formacion y al mismo tiempo avanzan hasta que logran su bandera.

Lo logran pero el bochorno no pasa desapercibido. Para los cadetes es una humillación. Se les obliga a rendir honores a quien unos días antes era señalado de traidor. Los cadetes están confundidos, en realidad son adolescentes y sus intereses son inmediatos, su visión es de corto alcance. No entienden las tramas que están en juego. Ellos solo sienten la vergüenza, el mancillaje de su más preciado estandarte, la bandera por la que han jurado morir.

Ese grupito de elite que se había constituido en gard de corps de Castillo Armas, estaba integrado por los hijos de los adinerados terratenientes anticomunistas y de otras gentes de mucho dinero que en realidad se unieron a última hora a la aventura solo para presumir con las armas y el uniforme verde olivo. No combatieron, pero ostentaban sus armas con cierto triunfalismo insolente. Eso hicieron con los cadetes, comprometiendo de entrada a su propio jefe que a pesar de todo era egresado de la Politécnica.

Castillo Armas no se da por enterado, pero el Director de la Escuela (recién nombrado por el gobierno que asumiría), increpa muy drasticamente a los cadetes por haber permitido que los liberacionistas les quitaran la bandera.

El segundo motivo es ése. El Director de la Escuela al querer aplicar un castigo ejemplar se excede con los cadetes. Alli mismo los castiga por la ofensa recibida en un acto publico, frente al alto mando de los ejércitos (nacional y de la "liberación"), frente a la persona que no le da ninguna importancia porque su objetivo es otro, la persona que será investida, sus gestos y el discurso que esperan en vano, frente al cuerpo diplomatico que ha llegado a recibir al nuevo presidente.

El castigo aplicado consiste en que en vez de regresar marchando, lo hagan al paso ligero, a la carrera, desde el aeropuerto en la Avenida Hincapié, hasta la 1a. calle y Avenida Reforma. Luego continuarán corriendo hasta la medianoche, con el fusil en porten, uniformados de gala, con gorra, barbiquejo y pompón. No es el cansancio, es la humillación sufrida. Estóicos los muchachos cumplen el castigo, pero algunos caen desmayados.

Tercer motivo. A las vejaciones anteriores se suma otra. La noche del 31 de julio varios cadetes son humillados en un prostíbulo llamado El Hoyito, que estaba en la Colonia Lima, cerca de donde hoy se encuentra el Instituto Guatemalteco Americano. El incidente es provocado por otro grupo de la Liberación, armado, entre quienes estaban los que operaban la radio clandestina. Por muy difícil que sea recordarlo, este feo asunto consistió en desarmar a varios cadetes, de los antiguos, tal vez a algún galonista, y obligarlos bajo amenaza a realizar actos de insoportable vergüenza.

¿Por qué no se opusieron estos cadetes a la humillación? Ellos no portaban armas. Los intentos de resistirse fueron sofocados a golpes y con disparos por sobre sus cabezas y a los pies. Es cierto que los cadetes tenían su espadín, pero en realidad éste no es más que una parte del uniforme. No es arma blanca defensiva, menos de ataque. Los individuos de la liberación portaban subametralladoras y hacían disparos al aire y a las casas del vecindario.

 
 

Antes que Castillo Armas llegara a territorio guatemalteco, se habían efectuado algunos nombramientos en los puestos de mayor importancia. Uno de éstos fue el de Director de la Escuela Politécnica, el que recayó en el coronel Jorge Medina Coronado, un oficial muy definido en cuanto a los valores que se inculcan en la Escuela Militar, pero intransigente e imprudente cuando ordenó que la Compañía de Caballeros Cadetes regresara del aeropuerto a la escuela a paso ligero. Del mismo modo cuando lo del prostíbulo, castigó con severidad a los galonistas, degradándolos.

Al mismo tiempo que se gestaba el alzamiento de los cadetes, la noche anterior, en una residencia de Santa Clara, el verdadero complot contra la Liberación se urdía. Un grupo de oficiales de la Base Militar de La Aurora estaba preparando una asonada militar en contra del gobierno impuesto por la embajada estadounidense. Uno de ellos era el mayor Manuel Francisco Sosa Avila.

Los complotistas se oponían a la entrega del poder a Castillo Armas. Habían asistido al desfile de la victoria en que se les hizo a un lado mientras se condecoraba a los "valerosos" contingentes del ejército liberacionista. Se rindieron honores a una bandera ajena a la insignia patria. El ejército de Guatemala fue humillado. Se reconoció públicamente la existencia de otro ejército "triunfador" en el mismo territorio nacional. Algunos oficiales del nuevo Alto Mando se prestaron a todas estas afrentas. Los traidores sonreían con cinismo. La patria se sumía en una negra obscuridad. Y esto indignaba a los complotistas. Seguramente hay otros nombres de estos valerosos oficiales que preparaban la reparación de la afrenta, probablemente sin tener conocimiento de lo que en unas horas iniciarían los cadetes.

A las 3:30 de la madrugada los cadetes inician el ataque en contra del cuartel general de los liberacionistas situado en el actual Hospital Roosevelt. Los cadetes que se graduarían ese año no quisieron salir al combate y mas tarde fueron enviados por el gobierno de Castillo Armas becados al extranjero para terminar sus estudios. Despues de un año en la cárcel, Manuel Sosa fue sacado al exterior, sin rango militar, como cónsul en Barcelona. En 1959 Ydígoras lo mandó a traer y lo puso en la línea de mando, al nombrarlo Comandante de la recién creada Marina de la Defensa Nacional. Ese gobierno tambien incorporó a los oficiales que para ese tiempo principiaban a retornar de sus estudios en academias del exterior. En 1960, dos de los mas valerosos ex cadetes del 2 de agosto, en ese entonces oficiales, fueron lideres en el Movimiento del 13 de Noviembre cuyo principal objetivo era hacer abortar la invasión a Cuba, que la CIA preparaba desde Guatemala y Nicaragua. Sus nombres, Alejandro de León y Francisco Franco Armendáriz. Ellos cayeron como guerrilleros en la primera etapa de la lucha armada, en defensa de unos ideales que eran la meta de esa generación.

Durante el periodo del gobierno militar de Peralta Azurdia se intensificó la lucha armada en la Sierra de las Minas. El PGT se incorpora al proyecto militar del MR-13 y de las FAR. A los ex cadetes civiles se les vigila. Dentro del Ejército a los ex cadetes reincorporados como oficiales, se les desconfía, se les asignan puestos administrativos, alejados de cualquier comando.

Julio Cesar Méndez Montenegro fue quizá el primer presidente que pudo reivindicar a los jóvenes cadetes del "Dos de Agosto". Durante su gobierno algunos de los ex cadetes que no tuvieron la oportunidad de hacerse oficiales, consiguieron empleos de tercera categoría a pesar de haberse integrado a la campaña electoral apoyándolo. Méndez Montenegro les pagó mal, no tuvo el valor de reivindicarlos, quizá por ser ellos, los más comprometidos en el combate del 2 de Agosto.

Carlos Manuel Arana a pesar de ser un anticomunista, trato de ayudar a los ex cadetes que deambulaban, sin trabajo, perdidas las esperanzas de culminar su carrera, excluidos para siempre del régimen militar, y nunca enteramente aceptados por la sociedad civil. Todavía confundidos con la incertidumbre de que tal vez habían actuado mal aquella madrugada de agosto.

Kjell Laugerud, que fue uno de los oficiales que apoyó la acción insurreccional desde la Escuela al haberles facilitado el armamento y las municiones del Almacen de Guerra, no los ayudó mientras fue presidente. Probablemente porque pensaba que el hecho estaba fresco aún. Habían transcurrido veinte años.

Durante el gobierno de Romeo Lucas, su hermano Benedicto, uno de los ex cadetes del 2 de Agosto que pudieron culminar su carrera en una academia militar de Francia, ya ascendido a General de Brigada y desempeñando el cargo clave de Jefe del Estado Mayor de la Defensa, parece haberse olvidado de sus compañeros.

Cuando llegó Cerezo Arévalo a la presidencia, nombró Ministro de la Defensa a Jaime Hernández, uno de los cadetes que combatieron en el Roosevelt. Ese fue el momento en que más posibilidades hubo de reconocer la gesta reinvindicadora. Pero no ocurrió así.

A las 6:30 de la tarde del 2 de agosto de 1954, los cadetes lograron la rendición de los mercenarios. Una vez triunfantes después de haber derrotado al ejército invasor, aceptaron la mediación manosa y mal intencionada del arzobispo de Guatemala, Monseñor Rosell y Arellano, y entregaron las armas. Carecieron de la visión trascendente. No comprendieron su gran oportunidad de cambiar el curso de la historia y no valoraron el apoyo del pueblo de Guatemala. Casi adolescentes no intuyeron el alcance de su gesta. El costo de esa miopía, de la inmadurez, se pagó caro. Algunos de estos jóvenes, los señalados de incitadores, fueron llevados a prisión junto a un oficial que les brindó su apoyo decidido con un pelotón de tanques y permaneció en la batalla con ellos, hasta que el último liberacionista abordó el tren que los llevó de regreso a la frontera con Honduras. Ese oficial se llamaba Manuel Francisco Sosa Avila.

Sosa relató en 1960, que el tuvo el poder en sus manos cuando decidió apoyar a los cadetes. Hubo un momento en el que el país se encontraba sin autoridades. Castillo Armas había ido a celebrar su ascenso al poder a la Antigua Guatemala con algunos oficiales de alto rango (de los que entraron con el y de los que lo recibieron con la alfombra roja, o sea traidores de afuera y de adentro) y el embajador de E.E.U.U. Estaba pues, separado de la cadena de mando. Para llegar a Palacio y retomar el control tuvo que ingresar a la ciudad por el barranco del Incienso, a pie. Su caravana llegó a Mixco, de allí se dirigió hacia una finca llamada El Naranjo, al otro lado del profundo barranco. Por allí, utilizando el sendero recorrido a diario por las sanjuaneras que llegaban al Mercado Central, pasó la comitiva del nuevo mandatario. Ya en Palacio Castillo Armas, para Manuel Sosa, la oportunidad se había perdido para siempre.

El embajador estadounidense, Peurifoy, fue terminante, amenazó con los aviones en la Zona del Canal. Dos de los aviones de combate P-47 estacionados en Chiquimula ametrallaron y bombardearon a los cadetes, pero su tiempo de vuelo sobre el Hospital Roosevelt no era suficiente para definir el combate.

Uno de los argumentos más convincentes para el aborto de la batalla victoriosa fue la amenaza de una intervencion directa del ejército estadounidense, transmitida por el propio Peurifoy. Es cierto tambien que las mismas obscuras fuerzas que tres años más tarde asesinaron burdamente a Castillo Armas, no podían permitir que un puñado de patojos con la ingenua motivación del honor y la gloria, echaran por tierra un triunfo conquistado por medio de la intervención extranjera y la traición.

Castillo Armas, después de las formalidades de un juicio, dispuso la expulsión de los más comprometidos, los cadetes de penúltimo año que era donde estaban los galonistas y el abanderado. Los condenó definitivamente al ostracismo de su carrera.

Durante muchos años un grupo de los combatientes trató que se reconociera el caracter de su valerosa accion. Pero cuando pudo hacerse, no ocurrió.

El tardio reconocimiento del Gobierno de Guatemala (1995) a los deudos de los cadetes del cincuenta y cuatro tiene aspectos dignos de encomio pero a la vez contradictorios.
 
Ellos tenían la obligacion moral de salvar el prestigio de la Compañía de Caballeros Cadetes y asi actuaron en consecuencia. La recompensa al cumplimiento de lo que se les habia enseñado a diario, de lo que era su credo, fue la expulsion y la cárcel, el fin de la carrera. El abanderado de la Compañía, cadete Jose Luis Araneda Castillo, cayó en combate; también cayó el cabo de cadetes Luis Antonio Bosch. Son los héroes de una gesta.
 
 

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Para saber un poco por qué gran parte de la literatura guatemalteca está submergida en la realidad nacional, hay que conocer la historia misma de Guatemala. Para una excelente sinopsis de esta reciente historia, tomé partes de los libros del escritor uruguayo Eduardo Galeano:
El siglo del viento.
Días y noches de amor y de guerra.
Una parte del libro del "Canciller de la Dignidad" Guillermo Toriello Garrido, uno de los más destacados defensores del gobierno democrático de Jacobo Arbenz, y de Guatemala, en contra del imperialismo norteamericano en 1954:
La Batalla de Guatemala
La introducción del libro de Julio César Macías, uno de los fundadores de las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR) y del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP):
La guerrilla fue mi camino. (Epitafio para César Montes).


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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.