LA SED INNUMERABLE

(1964)



LO SOBRENATURAL

Amo en las gentes lo que hay de inconsciente,
de alegría, de asombro, de incierta espera,
ese abismarse en la vacía contemplación de un crepúsculo,
ese precipitarse en enjambre en torno de un accidente,
ese congregarse en rezos y procesiones,
ese arder en repentinas iracundias ante la injusticia,
injustamente alzadas, tal vez.

Amo sus movimientos desinteresados,
amo la expresión de sus instintos que echa a luz
de antiquísimos naufragios quillas de barcos, áncoras,
o bien ciudades enteras sumergidas, atlántidas sin nombre
y de su mortal leyenda despojadas.

Me digo su hermano cuando las veo
por caminos soledosos, por jardines desguarnecidos,
pasear su caudal silencio, sus ojos por un turbio
ensueño empapados,
inseguras del ángel que las seguía,
y ya va delante, no alcanzable más.

Amo a las gentes, nada más, cuando escapan,
cometas, mariposas, o jabalíes acosados,
a su ser tangible, vacante el pensamiento,
la razón dormida,
con algo, sin imaginarlo, de sobrenatural.

                                                         l8 de diciembre de l957

SUEÑO MILITAR

No creo estar equivocado más de una vez
si declaro que hubiera querido ser soldado
(y general todo entorchado y emplumado
en un carnaval)

Pero soldado sí, adrede,
con un limpio fusil en los ojos
y el aire rebelde en las polainas
ligero y afilado en mastín.

Atento a la disciplina del viento
y a la carrera
cultivaría golondrinas en el cuartel.

Soldado antiejemplar para las marchas
forzadas hacia el pasado
y con paso acelerado dispuesto
a entrar a saco en el futuro infiel.

Ahí donde se me ve de paisano
torpe y a la deriva en las calles,
llevo un redoblante lleno de sol
soldado de un ejército invisible
que en vehementes mareas sube
por las rampas del crepúsculo
sin darse cuenta, ni por vencido, de su heroicidad.

Pero mi sueño militar concluye
más acá de la ordenanza y no sé si del bien y el mal
porque yo habría sido a la verdad un mal soldado
por mi bien
y me habrían fusilado por la espalda del viento
por desertor
porque yo nunca habría disparado
a la madreselva ni a la rosa ni al ruiseñor.

                                               30 de octubre de l954.
 
 

LAS VENCEDORAS

Yo he visto a las madres jóvenes llevar de la mano
a sus niñitas como se lleva un trueno de la mano.

Sonríen coléricas y deseantes,
dueñas imperiosas de la vida.

Arrastran un rumor de perfumes calurosos
y no encuentran compensación a su júbilo.

Un mordaz silencio las acosa,
un viril remordimiento las persigue.

Con ángeles a remolque
ondea su fuerza navegante.

-Nosotras somos las manzanas granadas,
nosotras somos las granadas embriagadas.

-Dejadnos pasar con nuestros estandartes,
dejadnos pasar con nuestras llamas repetidas.

El viento descompuesto se adelanta a su estatua
y las moldea con furor.

Las madres jóvenes con sus hijitas de la mano
pasan como si llevaran un trueno de la mano.

                                                3 de noviembre de l954.

DEL REGRESAR

Cuando yo regreso del espejo,
cuando vuelvo de los países desencantados,
cuando reprimo mis raíces subversivas,
cuando incremento el lastre de mis alas escondidas,
cuando pierdo la curiosidad por el humo,
cuando desdeño la nube sin oficio,
cuando digo adiós al camarada viento,
pongo a orear a sol o a sereno mi cansancio,
guardo mi voz doblada en las alacenas del silencio
y me vuelvo en fin de costado para dejar escépticamente
que otras constelaciones se aproximen al borde
siniestro de mi noche
y se destrocen.

Veo entonces sin malicia a las tranquilas rosas
envejecer,
veo a los ríos a la distancia escribir sus lentas biografías
sin saber para qué.
Y no pregunto y no grito y no suspiro
sino sencillamente dejo
que se junten las orillas de los mares
y los amantes exasperados vuelvan a empezar su juego
para que otra vez la creación sonría a sí misma
de su futilidad.

Cuando yo regreso del espejo
mis pasos tropiezan con desordenados continentes que no estaban de verdad la víspera
y que un fogoso ángel expone sin querer.

                                                            3 de noviembre de l954.
 
 

PERDURACION

Estos viejos ladrillos que al tiempo resisten,
al tiempo, a la injuria, al daño, a la indiferencia,
mudos batallantes contra la caducidad que los corroe
asidua adversaria de su voluntad de duración,
estos viejos ladrillos una mano oscura, de tierra casi,
los moldeó con furia, con sudor, con sangre,
o con una canción indolente, tal vez. (¡Y yo no sabré nunca si con esperanza!)

Panes de materno barro
con que a un dios de ígnea dentadura
y palpitantes lenguas alimentaba
la mano hecha sólo para servir a dioses ignorados
y a pasiones insistentes como acerbos dioses.

Ladrillos de fresca púrpura perenne,
basta flor de las formas elementales
por el dios violento transfigurados
y del sacrificio devueltos a obstinada vida,
congelado fuego atesoraban.

Para la vivienda, para el templo,
hermanados a la piedra en el palacio,
para el circo y el sacrificatorio
para el horno de trabajadores incendios,
para la pila de armoniosa agua
de disciplinada imprudencia en el caer idónea
o en la atarjea prisionera y cantarina siempre,
y para el monumento al héroe convenido
y para el monumento funerario,
y para el silencioso muro, dóciles ladrillos,
sumisos siervos de la arquitectura,
ánimo ecuánime a disímiles servicios
por igual dispuestos en su nativa humildad,
hacia el cielo organizaban,
hacia las aves viajeras y las nubes
su secreta música, su ímpetu duradero
de siempre posibles y siempre frustradas torres,
o bien en sencilla democracia
sufrida alfombra a multiplicados pasos inacabables
tejedores incesantes de la vida sin cesar tendían.

De lo que fueron, carcomidos vestigios,
y no las alas que pudieron ser,
puestos a la luz de nuevo ahora,
su ser, su sed antigua, a la intemperie muestran,
su despedazada flor,
al tiempo resistentes, al tiempo,
signos de sueños ya deshechos, de olvidados hombres,
ladrillos hijos de los hombres,
de sus creadoras manos nunca del todo destruibles frutos,
de su anhelar testigos, de su eficacia documentos
y a su servicio y a su desdén jubilosos siervos,
ladrillos de Nínive, de Roma, de Segovia o de Guatemala,
viejos ladrillos, mis hermanos,
proscritos de la esperanza
y vivientes siglos después de las rudas manos
que los moldearon para la ajena efímera esperanza.
 
 

ESTE DIA CUALQUIERA

Hoy, veinte de marzo del año tal,
yo estoy vivo, en mi país, en mi ciudad,
o en qué ciudad no importa. ¡Mañana no!
Sé que lejos laten ríos violentos,
sé que cerca se alzan montes huraños
con un azul de ojos de niño exótico,
que en alguna parte no terminan de tenderse
sin término llanuras, praderas, marismas,
¡ah, el mar, que también existe, más allá!

Es decir, la tierra con su variedad,
con su fortaleza, por soles, nieves ultrajada,
por huracanes, cataclismos, hombres,
y en la noche, naufragada y palpitante,
entre negras sábanas a fornidos dioses entregada,
exhausta.

Y yo vivo en medio de esta procelosa maravilla
y tengo un nombre, un oficio, un deber
y tempestades de deseos, aquí, secretamente,
en la voz ahogada, prisionera.

Y yo respiro, y ando, y caigo, y giro
y vuelvo a ver los árboles sedientos
y los pájaros disparados
en la embriaguez de la música del viento
y estoy inmóvil y absorto y maravillado
de un día más en el pecho ardiendo.

Hoy veinte de marzo
junto a mujeres primaveras indiferentes,
frente a hombres en su quehacer ensañados,
desprovistos de miradas para la tierra
que bajo sus pies pasa y fulgura,
astro menor sin importancia
donde los labios a los labios se juntan,
yo vivo una sola vez, un día innumerable,
ya ido de mis manos,
nunca a mi pecho resarcido,
pero qué más da, si vivo
y la tierra es bella y la vida fluye,
sed en mis arterias locas,
por mí, a través de mí, misteriosa, vagabunda,
en este minuto que acaparo y me traspasa,
hoy, veinte de marzo,
hoy, veinte de marzo, ¡tan lejos de la esperanza!,
en que me doy cuenta, antes de morir.
 
 

(DEL OTRO LADO DE LA NOCHE)

Del otro lado de la noche
auroras asesinadas vírgenes de desgarradas túnicas,
flotantes nubes vagabundas, bruma, hollín, silencio
de negras estrellas rodando sin rumbo en el vacío
abierto
del otro lado de la noche

Allá, donde un abismo a otro abismo acecha
y allá, donde regresa pavorido el viento
una luz incesante está prisionera de sí misma,
una luz para ningunos ojos destinada
y a su propio ser negada.

Perseguirte desde la entraña palpitante de las madres sucesivas,
perseguirte en la entraña de los días que nos fueron dados
y en los mudables días de los hombres,
perseguirte en el tiempo, de tiempos sin término erizado,
ese sólo ha sido el destino entreabierto
y el abismo entrevisto se ha cerrado para en otro abismo abrirse
y a sí mismo devorarse sin fin.

Oh luz angélica, sierva de las cavernas impenetrables,
señora de lo desconocido, oh luz angélica, para qué
replegada del otro lado de la noche, donde nunca
ninguna estrella brillará.

                                                     9 de marzo de 1962.
 

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.