EL NIÑO CIEGO Y OTROS POEMAS (1962)
 


EL NIÑO CIEGO

­1

­Déjanos, Júpiter, la luz y combate contra nosotros.

Ayax

 

(enero)

En la noche de enero ­¡plata negra!­
está el ciego asomado a su ventana,
el niño ciego.

­¿Qué estrellas brillarán, madre, en la noche?
pregunta sin querer, cierra los ojos
y extático se queda
contando estrellas en su noche.

­Madre, murmura, ¿las estrellas son
como niñas desnudas?
Dices que brillan, ¿qué es brillar?
Brillar, ¿no es el perfume que me llega
del naranjal en flor?
¿o es como el canto del jilguero
que por distante, no lo escucho?
¿o como el canto
del surtidor?

­No delires, mi niño,
(en la noche de enero ¡plata negra!
la madre se echa a sollozar).

­Dame una estrella, madre, si me quieres,
¿no dices que en el cielo
hay estrellas a chorros? ¡Dame una,
madre, para jugar con ella
esta noche de enero, madre!

­No delires, mi niño, las estrellas,
sábelo, son los sueños de los hombres
y tú los tienes en tu corazón.

(En la noche de enero
se ha soltado a cantar un ruiseñor)
 
 

(marzo)

Tierno calor que a estío en primavera
anuncia y anticipa.
El niño ciego pensativo aguarda
a indecisa pregunta fiel respuesta.

(Crecer, alzarse sobre sí,
¿de qué oscuro misterio sobreviene?)

­Ya soy grande, te alcanzo, madre,
con mis besos el cuello, y me parece
que hubiese ido trepando por tus miembros
hasta encontrar tus besos en su cuna.

¡Qué alta eres! No creí alcanzarte nunca,
y ya te domino entre mis brazos;
pero tú me dominas en ternura.

­Sigues siendo mi niño, tú, hijo mío...

­Pero he de reprocharte, madre,
que en manos de otros me abandones,
quieres que aprenda tantas cosas
que tú no sabes cómo me hacen daño.

Si no he de verlas, ¿para qué las rosas,
las nubes y las islas?
¡Madre, yo tengo miedo de saber!
¿No basta con saber que tú me quieres?

­Ay, mi niño, mi siempre niño,
mi joven árbol que no sabe
de los amargos vientos de la vida.

­Madre, yo tengo miedo de sentirme
crecer, no el joven árbol que tú dices,
sino esta triste cosa, un hombre...
¿por qué he de ser un hombre, madre,
y no sólo un acento de tu voz?

(junio)

­Madre, ¿cómo decírtelo? No puedo...
es como si tuviera en la garganta
un nudo de dulzura, un delicioso peso que me oprime
como cuando de niño me besabas
en medio de mi llanto, el pecho:
es como si estuviera dulcemente
cargado de racimos.
Madre, ¿ya han reventado las espigas?
¿se doran las manzanas, por ventura?
Yo no puedo decírtelo
y siento tu mirada que me quema
y el corazón quisiera
salírseme del pecho...

­No te exaltes, mi niño, desvarías,
arde tu frente, y tienes
una expresión que no te conocía:
sosiégate, mi niño.

­¿Por qué repican campanitas de oro,
madre, cuando se ríen las muchachas?
¿por qué me llenan de un perfume extraño?
¿por qué me ponen un temblor tan dulce,
cuando juegan y ríen y murmuran
cerca de mí, en el pecho?

­Niño mío, no sueñes, no delires:
es junio que hace arder las amapolas,
junio que pasa con su fuego,
nada mas...

(agosto)

Fragor de rojas voces en la calle,
marea de irritada muchedumbre...

El ciego, desde su ventana, ansioso,
por qué claman las gentes, interroga,
por qué pasión frenética deliran.

­No es nada, miente con temor la madre.
­No es nada, conmovido el padre miente.
­Entrate, hijo, están las gentes locas,
la madre ruega al hijo, el padre gime.

­¡Dejadme ir con ellos, soy de ellos, dejadme!
Debo compartir su lucha,
a su lado gritar por tierra y pan.
Ya sé por qué combaten, mis hermanos:
yo soy también un hombre,
y debo reclamar la libertad.

­Hijo, calla por Dios, y no enloquezcas,
que nos pueden quitar también e pan...
A nosotros los pobres sólo queda
callar y trabajar.

­Dejadme que destroce mis cadenas,
yo también en la calle debo estar.

­Hijo, calla por Dios...
­Hijo, calla por Dios...

¿Fragor de airadas voces en la calle?
¡No es nada, pobre niño ciego,
sólo es que pasa el huracán!

(diciembre)

Un quejumbroso viento de noviembre
en los cipreses, entre los rosales...
­Madre, pregunta el Niño Ciego,
¿por qué dices que has de morir?
Morir ya sé que es deslizarse
suavemente en el tiempo hacia la nada.
Yo no podré dejar que mueras,
tú no puedes dejarme, madre,
no cabría en la tierra
mi soledad.

­No me atormentes, Niño, y como cuando
eras niño, callar te ruego:
morir, para nosotros, hijo mío,
los pobres, es un bien.

­Como otras veces te pregunto, madre,
por qué nosotros somos pobres, pero
no me respondas que lo quiere Dios.

­Dios lo quiere, mi niño,
no sabemos por qué.

­¿El quiso que yo fuera ciego
y querrá despojarme de tu luz?

­No delires, mi niño
que puede oírte Dios:
cuando me vaya, El verá por ti.

­Déjame que te bese, madre,
que alise con mis besos tus arrugas,
que acaricie en tus ojos
la luz, ¡no dejes que en lo alto de la vida
ahora que diciembre viene,
pueda quedarme sin tu luz!

(Un quejumbroso viento de noviembre
en los cipreses, entre los rosales,
rotas las alas, sube lentamente,
como buscando a Dios.)
 
 

UN HOMBRE

Me llamo Juan. Estoy aquí, en la tierra,
por un designio ignoto, resignado
a mi patria parcial y a mi progenie,
ellas a mi presencia resignadas:
más bien dichosos, si se quiere, al hábito
de sabernos vitalmente enlazados.

Abro mi puerta y viénese mi patria
a los ojos, desnuda, en esplendor;
mi pueblo se me entra en las entrañas
en el rumor de niños que corean,
de obreros, de artesanos, de muchachas,
de gentes que transitan y trabajan,
que me ignoran, llevándome en su sangre,
de pronto en el caudal de su mirada.

En la noche me pongo a ver al bosque
de las estrellas. Su temblor absorta
mi ánima confundida. En ellas miro
que mi patria perdida se evapora
a tiempo que me llama. Desmesúrase
mi patria en ellas, mi progenie, y vuelvo
sin sentirlo a mi tierra, o bien mi tierra
sin sentirlo a mi vuelve, y me recobra.

En este juego de mortal entrega
transcurre ese temblor llamado vida,
y yo, Juan, con mi nombre mancillado
por los días, los hombres y los sueños,
olvido preguntar por qué he venido,
por qué es mi patria esta sencilla tierra,
por qué amo a mi progenie y la rehuyo,
por qué he de preguntar, a dónde, a quién,
y pienso que me llamo Juan, y basta.

Puedo ver a la tierra que sonríe
y al cielo que se puebla de miradas.
Un hombre entre los hombres. Juan. Y basta.

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.