PALABRAS ILUMINADAS

(1961)

LA VISITA

Ante tu puerta, Amiga, me detengo
esta tarde dorada, rosa, lila.
Con mano vagamente apresurada
aprieto el aldabón y lo acaricio
como si ya algo tuyo en él temblara.
Pienso en las veces que lo así temblando,
en las manos extrañas que lo asen
confiadas o medrosas o indolentes,
y en tu mano gentil que en él se posa,
ave impaciente o lirio sosegado.

He de llamar. Los ojos entrecierro,
y te veo, en tibiezas de tu cama
en errante lectura sumergida,
puliéndote las uñas sonrosadas,
peinándote la ardiente cabellera
o a tus flores sonriendo en el jardín.
Te veo. Estás hermosa en tu descuido,
en el candor de intimidad segura,
en languidez dichosa, e imagino
que piensas en mí: "¿por qué no viene?"

Por la calle desfilan presurosas
las gentes, aturdidos los vehículos,
los rumores, fantasmas de la vida.
El poniente se pinta de celajes,
una luz de impaciente despedida
blanquea las fachadas, se introduce
por techos y ventanas a los patios,
ha de envolverte en su cendal vibrante,
ha de poner reflejos en tus ojos.
¿Mi imagen estará en tus ojos?, sueño...

El tiempo se derrama, miel tranquila,
sobre mi sueño. Es tarde, me reclamo:
¿Para qué he de llamar, si la he tenido
más cerca de mis manos y mi sueño?
Y suelto el aldabón como soltara
a su reposo un ave malherida
y me voy por las calles hervorosas
rebosado de incierta dulcedumbre
y de sutil remordimiento herido,
diciendo en sueños: ­Volveré mañana...
 
 

AMANTES VIEJOS

­Ya no tenemos nada que decirnos,
todo nos lo hemos dicho...

Mi silencio responde a tu silencio,
y la respuesta a mis preguntas miro
apenas en tus ojos encenderse.

Callamos. En la tarde afuera, el vivo
esplendor del crepúsculo. En la estancia
la lumbre de la lámpara, un suspiro
de perfume de flor, y en el espejo
un desvaído resplandor antiguo.
Callamos. En tus ojos desanuda
el tiempo sus guirnaldas, pensativo.

Amantes viejos, sobran las palabras
para entendernos. Todo lo hemos dicho
y hasta nuestro silencio
es un dulce silencio repetido.

Hermana poesía, ¿un don nuevo has de darme?
¿En nuevo canto mío
podría por ventura recogerte?

Callas. Callamos, Lentamente el río
de la tiniebla inunda
la estancia, el cielo, el alma. Miro
tus ojos apagarse, arder el último
fulgor en el espejo... Lo hemos dicho
todo... Nos queda sólo, amantes viejos,
el silencio, la sombra y el olvido.
 
 

UNA NIÑA DORMIDA

­Calla, Silencio amado, que ella duerme
cándidamente a tu costado.
No te muevas. No alces tus afelpadas manos,
no la acaricies. Mírala, Silencio,
como si fueras un tranquilo espejo,
y en el gozo mortal de contemplarla
no sonrías siquiera, conmovido
o temeroso. Al más tímido movimiento
que hagas despertará: no podrás devolverle
las estrellas que juegan en su sueño.

Así callo, Silencio, cuando a mi lado duerme,
por infantil fatiga dominada:
me parece
como estar a la orilla de un acechante abismo,
en la noche escondida de un diferente mundo.
Pero calla, Silencio, calla: puede
oír la voz de nuestro pensamiento, y despertar.
 
 

HUBO UN MOMENTO

Hubo un momento...

Iba la luz debajo de las cosas,
nada sangre en invisibles venas,
en venatorio jubileo
tras ninfas a su afán esquivas
iba jadeando el viento,
iba el amor por entre ardidos bosques
por ignoradas playas suspirando.

En el pretil del día estabas tú
y a ingrávido silencio sonreías
en estupor de estrella
en un pozo sin término caída.
Bajo tu piel la luz temblaba,
no querían tus ojos libertarla,
eras toda no carne y sueño,
sino aura presa, equívoca aureola.

Hubo un momento...

Hubo un momento en que a mi sueño
navegante
la imagen pareciste de su sueño
y ya lanzaba el grito luminoso
contra la noche sin estrellas, "¡tierra!",
pero la luz se iba y se iba el viento
y en su bosque el amor se extraviaba.
Ay, todo fue un momento.
Dioses, hubo un momento.

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.