RAIZ DESNUDA

(1958)

PIEDRA

En las aristas de la piedra muda
mi timidez, mi espanto, mi desasosiego,
lo inacabado, lo inconforme que en mí batalla
he comprendido al fin.
Del corazón callado de la piedra,
de sus apretadas moléculas provengo
y cual ella es dura, inmóvil y prisionera mi alma,
oquedad de silencio amargo,
musgo el rumor de mis palabras:
al tiempo que la vence oscura resistencia
y a la mano que la busca donación de atributos serviciales,
de todas las formas infatigablemente habitada
y ocultando, recelosa, la forma cierta de su desvelo.
En el secreto fondo de mi consistencia
están dormidas las imágenes del hombre,
el agua, el pájaro, la vivienda, la escritura
de su acaecer perdido,
el recreo de sus ojos, el aceite de su fatiga.
Pero mi alma de piedra muda
sólo reclama la acariciante soledad del liquen,
la mano de la estrella descendida
y la delgada pesadumbre del agua,
alivio a la tortura
de tener una escondida conciencia,
un ser que a los ojos asoma
y sólo, calladamente, a la muerte espera,
¡y para qué la muerte, oh piedra!
¡Oh piedra de mis sentidos,
piedra de mi sed inagotable de todos los ríos de la tierra,
piedra, en la noche de mi canto,
desprovisto ya de sílabas y de hojas desolado.
De los minerales de la luz, cuando
el mundo era solo una escarpada roca sin retorno,
bañada de silencio y de luz,
mi alma sombría tiene el recuerdo,
criatura de humilladas deidades nativa,
toda interior como mordido remordimiento,
hacia la nada en tránsito sin fin.
 
 
 
 

NOVIEMBRE

Las gentes, las buenas gentes, mueren, desaparecen,
se van de nuestro lado dulcemente, sin despedirse,
sin decir su nombre oscuro, vencidas por la muerte.

¿Dónde está, deshecha rosa, aquella muchacha enamorada,
aquel joven de violentas risas, ya ciprés en su féretro
y más pálido que el recuerdo de un no vivido día?
 
 

-Yo no supe su nombre de dalia, de flor sencilla.
La vi en las tardes a la orilla de los rezos, junto a los cines,
y era como un cisne no decidido a la orilla de un estanque.

Supuse su signo, su historia, sus sueños, el color
desconocido de sus muslos, vagamente musgosos.
La hubiera llamado Evangelina, Rosa del Aire, Mercedes.

Pero se murió como las hojas, como los días, como las nubes
sin dejar ni un suspiro, ni una flor entre las páginas
marchitas de un libro. ¡Amiga desconocida, sin nombre y sola!

Y así todos. Ayer me dijeron: -Es una tuberculosis galopante;
un cáncer; una incurable herida. (Yo decía; es la vida)
y hoy ya no están. Se han ido. Dejaron un velo negro por todo adiós.

Caen racimos destrozados, a intervalos,
                                                metódicamente.
Los buenos muertos oscuros, nuestros muertos. Ponemos una lápida
sobre sus huesos vanidosos, pero se nos van, golondrinas en el recuerdo.

Montones, sedientos montones de los muertos, sin lugar en las calles,
desaparecidos de las tiendas, de los periódicos, de las guías telefónicas,
con sus rencores, con sus dádivas, con sus sueños y sus ojos amarillos.

Y nosotros llenamos su espacio viudo, pero sentimos que nos hablan,
que dulces mareas de niños nuevos a reemplazarnos vienen,
que somos también racimos ya maduros en su invisible mano,
                                                                             ¡que nos vamos!
 
 

DEBER SENCILLO

Tirteo, Lamartine, Quintana, Hugo...
nombres preclaros por el olvido no excedidos,
cantaron a la guerra, llamaron al combate,
a los déspotas hundieron en incesante cieno,
con llameante fierro marcaron a la historia:
estén sus nombres sobre nuestras marchitas frentes.

Pero nosotros, hombres de un siglo enloquecido
esclavo de sus máquinas, esclavo de su oro,
tenemos un deber más sencillo, más triste y más oscuro:
caerán nuestros nombres como vencidas hojas
por implacables otoños cercenadas,
no quedará en el aire huella de su caída,
de su vuelo la impronta en la tierra hollada.

Cantaremos la paz, edificando sueños;
será nuestra palabra de fuego el inflamado
escarnio, el baldón del vendedor de armas,
del negrero de indefensas naciones,
cantaremos, poetas oscuros e indefensos,
el trabajo y el pan que la luz acrecienta,
no la innoble matanza ni la insidiosa intriga
no tendremos mármol ni laureles,
clarines ni aplausos de mujeres,
nuestra dicha será el fuego del hogar tranquilo,
la sonrisa inocente de los niños,
la alegría estallante de las espigas en las eras,
la bulliciosa actividad de río de las ciudades,
y el sereno afán de pensadoras frentes.

¡Nuestro deber oscuro es cantar a la paz,
a la armonía, al fraternal abrazo
de comunión de sueños de los hombres!
A laurel ni a renombre aspiraremos,
recompensa sin precio ni mudanza
serán para nosotros ignorar el temor,
deparar al hombre, y a nuestro corazón, la libertad.
 
 

ANIVERSARIOS

Todos los días son aniversarios
que una memoria infiel no conmemora:
aniversarios de lejanas dichas,
de sueños, de inquietudes y de auroras.

"Hoy hace veinte años, ¿lo recuerdas?"
-"Hace diez años..." -Se abandona
a indolencia cruel, a yerto olvido,
la memoria.

¡ Toda la vida sangrará esta herida!
¿Cómo no recordar luz tan gozosa?
Perseguiremos siempre, ¡sin descanso!
la gracia audaz de tan intacta forma.

¡Y no olvidamos! De súbito, nos viene
antigua lumbre, nos enciende y dora,
y nos puebla de imágenes queridas
o de remordimiento nos agobia.

Algo más fuerte que nosotros
en nosotros perdura y se incorpora,
vence la acerba voluntad del olvido,
nos abochorna.

Quisiéramos llorar nuestra flaqueza
y desandar caminos, y solloza
en nuestro corazón ajena vida,
extraño tiempo en la memoria.

Todos los días son aniversarios
de dolores, de dichas, de victorias.
El corazón sólo recuerda nubes,
perdidos sueños e intangibles formas!

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.