FIGURAS EN LA ARENA

(1941)

FABULA


Si en vez de un hombre inmóvil,
por cotidianos oficios empeñado,
yo fuera un sencillo árbol
y una tribu de ruiseñores de mis dedos se desprendiera

si en vez de amargos cantos de impaciente yedra
mis deseos fueran rebeldes limones
y alas rumorosas mis compromisos

si pudiera rescatar la quemadura
que espía detrás de la mirada
y jugar con los niños involuntarios
que retozan en las montañas doradas de los senos

si pudiera ejercitar mis músculos
en el aire de los motores irritados
y llenar de presencias simultáneas
ateridas soledades
con exasperada sed de fuga
por desiertos continentes perseguidos en mi jadeo,
por caminos alargados de vino
y en las formas de la lumbre y el pan limitados

si yo pudiera como los poetas viejos
escribir "amada mía", sin que las estrellas
celosas se rompieran en sollozos
de concretada risa

si yo pudiera atravesar las estaciones
y los tumultuosos puertos en mi canto
de girasoles y frutas conmovidas,
de labrada piedra sin escrúpulo
y agua humilde y desvanecida,

tenlo seguro,
¡yo no podría pronunciar tu nombre
ni denunciar tu llama
y en mi propia quemadura,
ala, panal, espuma, germen, suspiro,
sin decirlo, me consumiría!

ESTUARIO

Aquí está mi canto taciturno y desvelado,
mi esencia traicionada,
mi poder perdido y la amorosa luz huida
por el húmedo camino de mis vértebras
hacia los más consistentes olvidos.
El tiempo huraño de sus brazos me abandona,
hostil la flor y letal el surco
nocturno en que el sueño me recoge
en lentas navegaciones desvanecidas.

¡Estuario de sus palabras con pájaros
ocultos entre los granados,
en el temblor del inseguro día
de arterias rotas y fulgurantes álamos!

Ay, ya no prendido en tus caderas
mi sollozo se derrama,
amarga sed de un bien desposeído,
ausencia de luceros en el agua,
huella de suspiros en la arena.

¿Adónde mi flecha se dirige
en el universo vacío de mis sentidos?
¿Adónde cabalga su potro oscuro el deseo
encabritado aún en las desiertas
albas del regreso y en el espanto ardido?

Déjame tu símbolo escueto,
tu imagen sin tierra ni ternura,
tu sonrisa de materia cristalizada y sin penumbra,
el trino de marfil de tus pájaros en la memoria,

para que florezcan, limpios, en la cal de mis huesos,
en el confín de mis vértebras,
más allá de lo que en mí ha muerto,
de lo que en mí no muere,
en la universal entraña de mi gemido!

AQUEL VIEJO CABALLERO

Yo quisiera ser el viejo caballero
amante de las esquinas solitarias,
bañado por una suave lumbre de alelíes,
que en la noche repasa, con los dedos,
cuentas de amor y melancolía
a través de desvaídos almanaques.
Yo quisiera ser el viejo caballero.

Lo he visto en los grabados antiguos
de las calles silenciosas.
Su paso deshace plumajes de agua en los plenilunios.
Su paso abismado reanda los años en la luz.
Su paso escala montañas de flor de algodón.
Yo lo he visto perdido bajo cielos de arroz,
con una mano en el pecho
y una mano ya ajena en otro siglo. Su bastón
caminaba solo y yerto como caminaría
una insurrección de nardos. Iba delante de él.
La perla de su corbata,
sus guantes de horizonte, de niebla,
la cadena de su reloj,
su pañuelo florido,
sus cabellos pintados,
su sombrero vesperal,
la luz de sus zapatos de charol,
todo lo anunciaba ­y su tos­,
todo gritaba su sonrisa, su amarga
luna de soledad.

Yo quisiera ser el viejo caballero
que da golosinas a los niños
y palmadas delicadamente amorosas a las adolescentes.
Yo quisiera ser ese caballero, ese río inerte,
esa luz antigua.
Yo quisiera ser ese caballero,
lleno de árboles desgarrados,
de pájaros enmudecidos,
de estrellas turbias. ¡Caballero gris,
retrato mío de un tiempo escamoteado!
Pero no lo cuente, por favor, caballero.

PENSAMIENTO DESPUES DEL CINE

Con violetas de los cinematógrafos en las ojeras
y nostalgia de estanque en los ojos,
de estanque con lotos,
definitivamente en el amor naufragas,
isla flotante de pluma y nardo
en un mar de cabezas desoladas
y de huraños deseos.

Haces pensar nómade y frágil en mis manos y tan remota
en los caballos de las películas
que corren, que corren, que corren
miles de miles de millas de celuloide
para salvarte,
para salvarte del rapto de los bandoleros
que te llevan en el pavés de sus deseos,
y entregarte al fin incólume
como el sueño de una niña de cristal y malva
al héroe impecable de las películas.

Haces pensar en los peligros erizados de montañas,
de montañas de cartón que en las películas
sorprenden con minas de secretos y bandidos galantes,
aptos para el aplauso en flor de la galería.
Haces pensar en los incendios de bosques,
que se apagan en un beso de salvamento,
y en los raudales en que se precipita
la fuga de una barca perseguida
que a los pies del milagro se detiene,
y en las carreras de aeroplanos
que hincan certeras flechas de aluminio
en el corazón espeluznante del vacío,
y en las locomotoras que pasan
sobre las cabezas encogidas de los espectadores
laminando un grito de ficticias muertes.

Te desvaneces en un suspiro
y en un relámpago te amplías,
te amplías desmesuradamente como la muerte.
El brazo, para ceñirte, circunvala el mundo.
La luz, para recrearte,
se tortura en los obturadores burlando vigilancias
de directores siniestramente irreales.
­Marchas a mi lado y no te siento,
marchas a mi lado y no te siento,
urdida mentira de los cinematógrafos,
viviente sólo a clareadas de luz y azogue:
en el deseo florecido,
Y en la instantánea retina del recuerdo.
 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.