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ESTRATEGA A CONTRAPECHO DEL HOMBRE
Coronel,
tú que tienes
las armas y el poder,
puedes mandar
a bombardear
nuestras montañas,
que su tranquilo
pecho
de esperanza y pájaro
jamás huirá
despavorida hacia el viento.
Coronel,
Tú que tienes
las armas y el poder,
puedes mandar
a matar
a quien te dé la gana;
a encarcelar
a quien se atreva
al coraje de la frente
en alto,
gallarda y luminosa
como son las frentes
de los dignos.
Coronel,
tú que tienes
las armas y el poder,
puedes
enviar a cerrar un instituto;
a herir el dulce futuro
de la patria con la tarascada
gris y salvaje
de tus malditas balas
y a uniformar
el orgullo civil
del quetzal postprimario.
Pero todo será en vano,
coronel,
porque tú no puedes,
con tu impotencia milenaria,
mandar a bombardear,
a matar y encarcelar,
a uniformar
la inconformidad
de un pueble entero.
Esa es la lucha,
coronel,
y en esa lucha
tú llevas
la peor parte,
porque tú,
coronel,
piensas
del hombre para atrás
y el pueblo piensa
del hombre
hacia adenlante.
He ahí,
pues,
coronel,
estratega
a contrapecho
del hombre,
porque tienes
de antemano
perdida la batalla
en contra de
nosotros.
DE LOS DE SIEMPRE
Usted,
compañero,
es de los de siempre.
De los que nunca
se rajaron,
¡carajo!
De los que nunca
incrustaron su cobardía
en las carnes del pueblo.
De los que se aguantaron
contra palo y cárcel,
exilio y sombra.
Usted,
compañero,
es de los de siempre.
Y yo lo quiero mucho,
por su actitud honrada,
milenaria,
por su resistencia
de mole sensitiva,
por su fe,
más grande
y más heroica,
que los gólgotas
juntos
de todas las religiones.
Pero, ¿sabe?
Los siglos
venideros
se pararán de puntillas
sobre los hombros
del planeta,
para intentar
tocar
su dignidad,
que arderá
de coraje,
todavía.
Usted,
compañero,
que no traicionó
a su clase,
ni con torturas,
ni con cárceles,
ni con puercos billetes,
usted,
astro de ternura,
tendrá edad de orgullo,
para las multitudes
delirantes
que saldrán
del fondo de la historia
a glorificarlo,
a usted,
al humano y modesto,
al sencillo proletario,
al de los de siempre,
al inquebrantable
acero del pueblo.
MAÑANA TRIUNFANTE
Estoy seguro.
Mañana, otros poetas buscarán
el amor y las palabras dormidas
en la lluvia.
Puede ser que vengan
con las cuencas vacías a llenarse
de mar y paisaje.
Hoy, la amargura y la miseria
rondan mis bolsillos
abiertos en la noche
a las estrellas.
Mañana, para mi júbilo repicando
en las paredes,
la novia tendrá a su más bella
campana hecha de mar y arena
de lluvia y panorama.
Mañana me amarán los ríos
por haber pegado propaganda
en la noche de la patria:
ellos se encargarán de recordar
mi nombre.
Y con su rostro de sonrisa
la más humilde campesina
escribirá la poesía de amor
que no salió de mi garganta.
El rostro de un niño alimentando
escribirá lo que detuvo
un grito de combate en mis arterias.
Las palomas volando entre la espuma
serán lágrimas de amor que no
temblaron
en mis párpados.
Mañana, cuando no intervengan en Corea
para rodear de sombras la sonrisa
y no quieran detener la roja estrella
que llevan los quetzales en el pecho,
entonces los poetas
firmarán su canto con rosales.
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SOLO QUEREMOS SER HUMANOS
Aquí no lloró nadie.
Aquí sólo queremos ser humanos,
darle paisaje al ciego,
sonatas a los sordos,
corazón al malvado,
esqueleto al viento,
coágulos al hemofílico
y una patada patronal
y un recuerdo que nos llora el pecho.
Cuando se ha estado debajo de las sábanas
viudas.
Cuando se ha visto transitar el hambre en
sentido
contrario.
Cuando se ha temblado en el vientre de la
madre,
sin conocer aún el aire, la luz, el
grito de la muerte.
Cuando eso nos sucede, no lloran los ojos
sino la sangre humana y lastimada.
Aquí no lloró nadie.
Aquí sólo queremos ser humanos.
Recordarle la patria al desterrado
para verlo revolcarse en la nostalgia.
Cargar un pan en una calle de hambrientos
para que se lancen a mordernos hasta el alma,
darle cara de gallina a la miseria
para que la pueda devorar el hambre,
darle sabor de trigo a la saliva sola
y espíritu de leche a la tormenta.
Cuando se ha nacido entre pañales
rotos
y cuando se ha nacido sin pañales.
Cuando nos han limpiado pulcramente el aparato
digestivo.
Cuando se nos dice, comed,
comed vuestra miseria, desgraciados.
Cuando eso acontece, no es llanto el que
destilan las
pupilas
es una simple costumbre de exprimir los puños
en los
ojos
y decir: aquí no lloró nadie,
aquí sólo queremos ser humanos
comer, reír, enamorarse, vivir,
vivir la vida y no morirla.
¡Aquí no lloró nadie!
HOLOCAUSTO DEL ABRAZO
Yo, que amo como nadie la poesía,
que comprendo la tristeza de un árbol;
el dolor de un poeta, su inmensidad
condenada al recipiente chico;
su ir y venir del sueño al desvelo;
su galope loco por los territorios,
donde la estrella hable,
el fuego embiste
y la vida y la muerte
son amantes del ciclón y del cisne;
yo, no puedo llegar a abrazar
a todos los poetas;
oír como crece la hierba azul
de la poesía desde su alma;
navegar por los ríos
escondidos en sus manos;
oír como cae el viento
en el desfiladero
de sus palabras más amargas;
nacer también desde su pecho
como una rosa oscura y anónima
y decirle al tímido: tomad
mi brazo, marcharemos juntos.
Y hacerle sentir el resplandor
de la amistad más ancha,
para que no sea menos su dolor;
su agónico paso por el mundo.
Y enseñarle al triste
la bella cintura de la risa,
para que su tristeza
sea dulce lámpara amorosa
y no lirio que se apaga
cuando la soledad se enciende.
Y al poeta de vigorosos aceros
cultivarle en el pecho
la rosa más bella y más grande
para que no pase por el mundo
con la pupila ciega
y la ternura coja
y sepa amar la vida
donde la misma surge
con su rostro flameante.
Y entender a todos
y a todos decirle: vive,
porque la vida
es la poesía más alta.
HOLOCAUSTO DE LA
MERIENDA TRANQUILA
Yo, que busco mi pan diario
en las manos nupciales
de la harina; que amo la gaviota
silvestre de su vuelo
y el corazón mundial del trigo
con su rostro moreno por el ardor
del sol, del agua, de los aires;
yo, no puedo comer mi pan tranquilo,
mi pan que amo y que me gusta,
porque me da la fuerza para el beso,
para el vuelo de mi mano,
para la lluvia de mi frente.
Yo, no lo puedo comer tranquilo
mientras le falte al mundo;
mientras el mundo no cambie
y no cese el combate
jadeante de los dientes;
mientras lo humano se desgaste
y lo lobo nos crezca
y el hambre nos mate
a sobresaltos sucesivos.
¡Qué terrible mi tiempo!
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HOLOCAUSTO OPTIMISTA
¡Qué terrible mi tiempo!
Y sin embargo, fue mi tiempo.
No lo impuse yo, tan sólo
me tocó hundir mis pasos
en su vientre
y caminar con el fango
hasta el alma,
llenarme la cara de lodo,
entubiarme la pupila
con el agua sucia
y marchar
hacia la orilla futura
dejando una huella
horripilante
que hederá
para todos los tiempos.
Y sin embargo, fue mi tiempo.
Pustolento. Perruno. Horrendo.
Creado por el lobo, en verdad.
Sufrido por el hombre, a verdad.
Destruido con odio y muerte
en nombre del amor y la vida.
¡Qué terrible mi tiempo!
Y sin embargo, fue mi tiempo.
Hombres del futuro, cuando
penséis en nuestro tiempo,
no penséis en los hombres,
pensad en las bestias
que fuimos mordiéndonos
a dentelladas homicidas
los pedazos de alma
que tuvimos,
pero pensad también
que en este combate
entre animales
se murieron las bestias
para todos los siglos
y nació el hombre,
lo único bueno de mi tiempo.
Y que en medio de todo,
algunos vimos,
llenos de telarañas
y de polvo genésico,
cómo el hombre
fue venciendo a la bestia.
Y cómo el futuro
se acercaba
con una estrella
en los cabellos,
cuando moría
la bestia
bajo el peso
del hombre.
HOLOCAUSTO DEL AMOR
Yo, que pregoné el amor,
la ternura entre los hombres,
debo gritar, odiar, señalar
al cobarde con un dedo,
más quemante que el fuego.
¡Qué terrible mi tiempo!
Cuando quisiera leer
el color de las orquideas
comprender el idioma azul
de nuestros lagos;
y galopar un cerezo sonoro,
tengo que estallar
como un disparo obscuro
y escapar, en la noche,
de los sueños más dulces.
Yo que amo veinticuatro horas al día
que tengo el corazón
más grande
que el tiempo, no puedo amar
ciegamente, desatando mi alma
sus corceles de besos.
¡Qué terrible mi tiempo!
Cuando quisiera inclinar
mi frente al fondo
del regazo que amo;
localizar mi rostro
en un recodo de tus ojos;
ayudar a que vuelen tus labios
hacia el fuego
y enseñarte una a una
las virtudes del agua
presentarte a mi amigo el otoño;
cuando fuma su pipa
de hojas amarillas,
recostado
como viejo marinero
a la orilla del sueño
cuando quisiera venir y decirte:
mirad la espuma, amor mío,
mirad qué ancho el cielo
y tenderme contigo
junto a la raíz madura del trigo,
yo tengo que decirte adiós,
desde mi sangre que enviuda,
desde mis manos que lloran
desde mi alma que se quiebra
en tu dolor, que llueve
desde muy adentro de tus ojos.
- NUNCA ESTOY SOLO
De veras, nunca estoy solo.
Tan solo estoy triste
cuando tus ojos
huyen
del sitio
en que debimos
encontrarnos
por la tarde.
Ahora
se pudre la espera
debajo del tiempo,
del tiempo que se ríe
de mí, gran amador,
desprovisto de amada
en búsqueda siempre
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Última revisión: 26/03/06 por Juan
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