INTELECTUALES APOLITICOS
      Un día,

      los intelectuales
      apolíticos
      de mi país
      serán interrogados
      por el hombre
      sencillo
      de nuestro pueblo.

      Se les preguntará
      sobre lo que hicieron
      cuando
      la patria se apagaba
      lentamente,
      como una hoguera dulce,
      pequeña y sola.

      No serán interrogados
      sobre sus trajes,
      ni sobre sus largas
      siestas
      después de la merienda,
      tampoco sobre sus estériles
      combates con la nada,
      ni sobre su ontológica
      manera
      de llegar a las monedas.
      No se les interrogará
      sobre la mitología griega,
      ni sobre el asco
      que sintieron de sí,
      cuando alguien, en su fondo,
      se disponía a morir cobardemente.
      Nada se les preguntará
      sobre sus justificaciones
      absurdas,
      crecidas a la sombra
      de una mentira rotunda.
      Ese día vendrán
      los hombres sencillos.
      Los que nunca cupieron
      en los libros y versos
      de los intelectuales apolíticos,
      pero que llegaban todos los días
      a dejarles la leche y el pan,
      los huevos y las tortillas,
      los que les cosían la ropa,
      los que le manejaban los carros,
      les cuidaban sus perros y jardines,
      y trabajaban para ellos,
      y preguntarán,
      "¿Qué hicisteis cuando los pobres
      sufrían, y se quemaba en ellos,
      gravemente, la ternura y la vida?"

      Intelectuales apolíticos
      de mi dulce país,
      no podréis responder nada.

      Os devorará un buitre de silencio
      las entrañas.
      Os roerá el alma
      vuestra propia miseria.
      Y callaréis,
      avergonzados de vosotros.
       


       
       
      CARCEL DE LA POLICIA
       
      I

      La cárcel de policía en mi país
      tiene color de gris martirio
      y gris invierno.
      El llanto
      ha sonado contra el tiempo
      y contra el odio
      en sus muros,
      extendidos junto as dolor del pueblo.
      Es una frontera de espinas venenosas.
      El hombre del pueblo
      sabe
      y se rebela contra ella,
      porque ahí,
      durante muchos años,
      se agolpó la voz del pobre,
      se torturó la flor de su sueño,
      y se levanto con el orgullo
      del verdugo,
      una sola estatura de lamentos
      y de lirios amargos.

      La cárcel de policía en mi país
      es verdaderamente tenebrosa.

      Ahí se rompió
      la continuidad de tantas esperanzas.
      Ahí murieron muchos hombres
      guardando en el cuenco dulce
      de su mano,
      la ausencia del pan y de los hijos.
      Ellos murieron en su línea,
      apretando en su delirio por tortura
      el paisaje de una mazorca calurosa
      y pensando en los pájaros
      que vuelan
      libremente por el aire azul
      de Guatemala.

      II

      ¡Ah . . . qué doloroso
      es tener que hablar de todo esto!
      Pero la cárcel de policía
      en mi país,
      invade los terrenos
      de la risa
      cristalina,
      eleva su mano
      de hiedra aterradora
      al corazón
      del viento
      y nos enturbia
      el diálogo limpio con la vida.
      Por eso el pueble
      sabe
      que su color es gris
      y es demasiado triste.

      III

      Por eso los niños huyen de los policías
      y los acusan con su miedo sencillo.

      Por eso el pueblo la señala
      y escupe el odio contra ella.

       

       
      LOS FUSILADOS
      Los llevaron lejos de la ciudad
      y no volvieron a llorar sus ojos
      sobre las grises calles de mi país;
      ni volvió más la brisa a disolver
      su frente contra los carceleros
      ni el luto dobló más su cintura
      en las pupilas claras del sol;
      ni el andamio biológico del puño
      se trepó de sombra.

      Las calles, las casas, los sueños
      los vieron pasar hacia la muerte
      con la ternura flotando alegre
      sobre sus sienes de floresta,
      pero de cada rostro nacían pájaros
      que buscaban el regazo de la aurora
      llenándola de un no sé qué de amor
      caído desde lo alto de una lágrima. . .
      De pie marchaban, silvestres y humanos.
      Amarrados, como el cabello de las mujeres
      populares, salían al encuentro de la muerte
      con una canción universal en la garganta
      poblada de milpales soberbios. ¡Otra vez
      la muerte amenazando, subiendo otra vez
      las gotas del martirio hasta el aliento. . .!

      Custodiándolos, los verdugos reían. Y bebían
      la silenciosa integridad de sus jilgueros
      con el mismo rostro de raíces castigadas,
      con la misma estatura corta de la brisa,
      con el mismo color de río sin afluentes
      pero con diferente emoción y pensamiento
      sobre el puño oloroso de los jardines. . .

      Salieron de la ciudad a las doce
      de la noche. Atrás, las luces decían
      adiós con pupilas espigadas.
      Atrás, la ciudad, sin alas, se quedaba
      con los enamorados, su lecho y su sonrisa. . .
      No volvieron más hacia las cárceles
      porque hundieron sus raíces biológicas
      en el mismísimo corazón del pueblo.

      "¡Han matado! ¡Han matado
      muchos obreros esta mañana!
      -lo dice el pueble llorando
      por boca de sus paredes-.
      "Fuera de la ciudad capital
      esbirros del gobierno han matado
      prisioneros políticos y apolíticos:
      albañiles de una primavera que comienza."
      "¡Han matado! ¡Han matado hombres
      que solían amar la salida del sol,
      besar la frente de los hijos,
      morir por la vida de una rosa,
      pelear con hoz por el pueblo,
      levantar el martillo por la vida,
      amar al pobre sobre todas las cosas
      y pelear por su futuro con los dientes."

      Los llevaron lejos de la ciudad
      y dejaron sus sienes floreciendo
      orgullosos maizales, eternizados
      estarán ahora debajo de la tierra
      soportando con sus hombros inmensos
      todo el futuro del mundo. . .
       


 

 

 


       
      ASESINADOS EN JUNIO
      I
      En vano asesinaron vuestra sangre
      hermanos, pechos, milpas amigas.

      En vano todo ese pisotear la patria
      y desgarrar entrañas juveniles.

      En vano, pueblos del mundo, la mano
      traidora abofeteó al maíz humano.

      En vano se levantó la ignomia
      sobre el dulce viento ametrallado.

      En vano la muerte estableció su carcajada
      sobre las claras calles que recuerdo.

      II
      La juventud no muere nunca, recoge
      sus puños, suelta su frente al cielo
      y se queda establecida en la historia,
      señalando a los hombres el camino nuevo
      lleno de sacrificios originados en el amor.

      Soy un hombre apasionado del viento,
      por él hubiera dado toda mi vida;
      hubiera dado toda mi muerte,
      pero un día triste, un día de aguaceros:
      ¡balas entre el corazón y la espalda,
      pólvora y metal doliéndose en la carne,
      sangre de mi pueblo por las calles,
      grito de cementerio y mariposa,
      todo desenfrenado hasta el martirio!

      Cinco estudiantes como gorriones sin alas
      hicieron una ronda al corazón ciudadano,
      cayendo, asesinados, de la frente a los pies,
      creciendo desde la muerte al infinito.
      Ahora digo:
      ¡traidores, hombres sin hombría, cobardes!

      ¿Estais locos para asesinar la eternidad?

      ¡Pronto vendrá vuestro día, desgraciados,
      malditos fariseos, una muerte horrible
      está esperando nacer sobre cuerpos inmundos,
      como el cuerpo de los traidores!

      Ahora morimos llenos de Guatemala,
      ¿qué muerte más alta hay?

      No todo ha sido muerte,
      luto, agonía de puños:

      nos queda una lección
      más alta que las finas
      armas extranjeras:
      morir por el pueblo
      es morir de humanidad.

      III
      Vosotros,
      los que moristeis de Guatemala,
      de tan agónicos martirios dulces.

      Y milenaria pasión sencilla,
      nacisteis en medio de las calles
      donde nacen los rumbos de la historia:
      en la encrucijada de la muerte y la vida.

      Vosotros,
      hombres y estudiantes, puños
      soles del gran sol de la esperanza,
      letras de la palabra mañana,
      tréboles de cuatro hojas ciudadanas
      y pétalos sencillos de nuestro corazón,
      por vosotros aprendimos a morir todos los días
      ¡y morir todas las muertes!

      Universitarios
      hombres, padres de todos los planetas,
      por vuestro alto destino de banderas
      me sangran las palabras patria y pueblo,
      porque decir asesinados en junio es decir patria,
      porque decir asesinados en junio es decir pueblo,
      porque decir asesinados en junio es agonizar sin muerte,
      ¡lleno de balas el corazón y de grandeza el alma!
       

      Porque decir asesinados en junio es decir patria,
      morir por ella,
      vivir por ella
      ¡darnos enteros por su futuro que llegará!

      IV
      Vosotros,
      los asesinados en junio, oíd al pueblo
      desde vuestro lecho natural de tierra:
      Os amo con todo lo que siento y vivo.
      Os quiero con mi fuerza brutal de cargador.
      Os defiendo con mi cuerpo de campesino.
      Os canto con la fuerza de vuestro grito final.
      Os salvo de la muerte con el puño alzado.
      Vosotros,
      los asesinados en junio, oíd al pueblo:
      desde el lugar donde los pechos aman las raíces;
      os voy a contar una cosa que nunca olvidaremos:
      de vuestra muerte manan vidas innumerables,
      de vuestra muerte sale la patria definiendo,
      levantando y definiendo su perfil heróico.
      Vosotros,
      los asesinados en junio, oíd al pueblo:
      la patria os ama como yo os amo,
      como os aman Juan y el viento,
      como os aman la estrellas y el agua,
      como os aman la tierra y sus semillas,
      como os aman lo pedruscos hondos, ciegos,
      que en la noche de los martirios abren los ojos
      para ver si estáis en vuestro sitio definitivo
      y no habéis resucitado hasta los cielos.
      Vosotros,
      los asesinados en junio oíd al pueblo:
      el verso nace simple del pecho de todos los hombres,
      todos los pueblos palpitan por él, todas las gargantas,
      cuando asciende el recuerdo como una tempestad y dice:
      "Entre dos fuegos cayeron heroica e inolvidablemente
      Alvaro Castillo, Salvador Orozco, Julio Juárez, Arturo
      Acevedo y Antonio Carrillo Luna, entre dos fuegos
      cayeron y nacieron."
      Y,
      en las raíces de la patria están parados,
      como fluviales héroes sin tiempo ni altura,
      miran al traido, lloran un siglo de lágrimas
      y se despiertan sonriendo eternidades,
      porque ahora tienen vida eterna:
      ¡el corazón del pueblo es inmortal!
       


       
      VIUDO DEL MUNDO
      Compañeros míos
      yo cumplo mi papel
      luchando
      con lo mejor que tengo.
      Qué lástima que tuviera
      vida tan pequeña,
      para tragedia tan grande
      y para tanto trabajo.

      No me apena dejaros.
      Con vosotros queda mi esperanza.

      Sabéis,
      me hubiera gustado
      llegar hasta el final
      de todos estos ajetreos
      con vosotros,
      en medio de júbilo
      tan alto. Lo imagino
      y no quisiera marcharme.
      Pero lo sé, oscuramente
      me lo dice la sangre
      con su tímida voz,
      que muy pronto
      quedaré viudo de mundo.

 

 

Página de la Literatura Guatemalteca.
Copyright © 1996-2006 Juan Carlos Escobedo. Todos los derechos reservados.
Copyright © 1996-2006 Juan Carlos Escobedo. Worldwide Copyrights.
Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.