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II. DIJE LO QUE HE VIVIDO
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- No amamos nuestra tierra por grande y poderosa, por débil
y pequeña, por sus nieves y noches blancas o su diluvio solar.
La amamos, simplemente, porque es la nuestra.
- En su territorio hay una región que es la región de
nuestra infancia. Y en tal región, una ciudad o un pueblecillo.
En el pueblecillo, una casa. En la casa, cuatro paredes viejas y manchadas,
con muebles rústicos hechos por el carpintero de la familia,
con árboles que nos dolió verlos abatir. En medio de la
casa, una fuente de la cual nunca dejaremos de escuchar el canto.
- Todo se va replegando hasta llegar de la caja más grande a
la más pequeña, del mundo a las cuatro paredes de la infancia,
hasta la cuna y el ataúd. La tierra que caerá sobre esas
cuatro tablas, cuando estemos de vuelta a geranios y quiebracejetes
y nos empinemos en los árboles, es la tierra más dulce
que existe. La niñez va corriendo como un arroyo que canta. Remontamos
la corriente hasta el manantial. Hasta el amor de nuestros padres. No
amamos nuestra tierra por hermosa, por alegre o triste. Por su leyenda
o su primitiva felicidad sin historia. La amamos porque es la nuestra.
Quiero, quisiera que vieras con ojos de mi niñez, con ojos de
tu niñez. Con ojos de la niñez del mundo. Nuestro amor
es bello sólo tal otro amor gemelo.
- Anima la quietud de estas páginas, fuego oscuro amasado en
el hondón de las entrañas. Huracán sopla para siempre
mi brasa y su tibieza de rescoldo se perpetúa. El corazón
de lava aún caliente sonríe su noche elemental, donde
todavía sueña Kukulkán, desde el ídolo primigenio
hasta las muñequitas multicolores de Mixco y las tinajas de Chinautla.
Estamos en Guatemala, verde colibrí reluciente. La caja grande
y dentro una más pequeña y otra. Otra y otra, hasta llegar
a mi pueblo, Antigua Guatemala. Y otra más pequeña, y
otra y otra, hasta la casa y mi cuarto de niño. Pongo a mi tierra
sobre mis rodillas, en la palma de mi mano. Desde muy alto los ojos
podrían abarcar sus límites, contemplarla, como esos pisapapeles
de cristal que tienen en el centro un ramo de florecillas dormidas.
No es el caso de contemplar lo que no existe. Ni de sólo admirar
lo que está allí. Soy vidente, ahora pisamos tierra firme
y amo la realidad.
- Los arqueólogos se sumergen en la prehistoria o en la historia,
exploran las entrañas de la tierra para encontrar una vasija,
un hueso, un vestigio milenario, y no ven nada del mundo de los mercados,
de los pueblos, de los sufrimientos que padecen los indios vivos. No
sólo los arqueólogos, también los poetas, pintores,
músicos, novelistas, se encandilan con el "exotismo" de donde
han nacido y se ciegan para toda apreciación objetiva. Hay guatemaltecos
que nos ven como los extranjeros y crean una exportable imagen colorida,
igual a una vitrina de indios, tan pintoresca que casi justifica las
intervenciones. Muchos de ellos ni siquiera adoptan una actitud como
la del padre Las Casas, hace 400 años: se han evadido, desertado
o detenido en deformaciones sentimentales, artísticas, de los
indios remotos, a veces humanitarias, es cierto, pero sin conciencia
sociopolítica. Casi sin excepciones, entre los arqueólogos,
escritores, investigadores históricos, artistas, traductores
de los libros aborígenes, no hay en Guatemala sino dos o tres
que a tal vocación hayan unido, en los últimos cien años,
consecuente conducta política.
- Hace tiempo, mucho tiempo, había deseado escribir estas páginas.
De golpe, se me vinieron mil cosas encima: mi recuerdo tartamudeó
en alud amoroso. No me proponía cumplir una misión o pagar
una deuda. Todo es más humilde en el fondo, vital e inevitable.
Lo de misión o deuda sería pura pedantería. Deseé
dar una sensación de Guatemala, de mi Guatemala. Deseé
mostrar algo de su vida interior, inocente y sombría. Deseé
que luzca, como todos los días, rebozo de colores y trenzas con
tocoyales, dibujándola sin que ella lo advierta. Un retrato,
con sus grandes aristas solamente. Abocetada con libertad, aprehendida
en tres o cuatro rasgos privativos y recónditos, en los cuales
está como la siento en mí, silvestre, augusta y enmarañada.
Su fervor recogido en estrofas de su crecimiento: monólogos de
humo y pirámides de sueño y canto.
- La veo mestiza en su pensar, con barro antiguo del Popol Vuh y musgos
de Landívar en un mismo pulso urgente. Indígena en la
entraña, donde el corazón resuena entre mantos azules,
igual al tun en los pueblecillos cuando celebran la fiesta. Sencilla
y segura, camina ataviada como pájaro o reina en la miseria,
un niño a la espalda, en harapos sus ropas aborígenes
y fatigada la greda categórica del rostro bajo el peso que carga
sobre la frente, corona rural de frutos y de flores. Va descalza, rompiéndose
los pies por los caminos, la tinaja sobre el hombro, igual a la dulce
Ixquic. La belleza del cuerpo radica en lo más profundo de la
materia: en la conformación y armonía del esqueleto, imagen
de la muerte. Sus rasgos resurgen para mí de la viva y mineral
estructura escondida, remontando hasta la piel de obsidiana al sol.
- He deseado ofrecerle un testimonio de poesía: exacto de verdad
práctica. Un libro de síntesis, de visión general,
veloz e inesperado. Placa radiográfica y fotografía aérea
al mismo tiempo. Hago una incursión en el ayer, vivo en mi recuerdo,
hasta convertirlo en creación , sin celo alguno de desdoro o
no sentido encumbramiento. Recojo y subrayo lo que juzgo capital para
descubrir y fortalecer la filigrana del origen de nuestro sentimiento
de nacionalidad. Amor de la realidad: he pesado a Guatemala sobre las
alas de las mariposas, auxiliado siempre por experiencia, cifras y emoción.
Sin embargo, me siento ante ella como un árbol podado soñando
con las flores de sus ramas. Desterrado en mi patria, sin salir de ella,
libérrimo, feliz y amante, reencontrada en la realidad y en mis
sueños, me tiendo bocarriba, más allá de mi muerte
y de la muerte, sumergido en su sentimiento y en su pensamiento. Y desde
el Popol Vuh tomo las ruedas dentadas que crearon la noria de la sangre.
En su impulso nutren su ímpetu, a veces aun por inercia, muchas
otras ruedecillas que de alguna suerte nos sirven asimismo para marcar
la hora, para saber quiénes somos y saber adónde vamos.
Y me atropello de nostalgia y descubro el cielo de todos los hombres,
libre aquí en mi cárcel sin techo, y cuento y reconozco
las estrellas, las palpo húmedas sobre mi rostro, descarnado
ya, camino del cuarzo, entre la hierba y la tierra, que cegaron mis
ojos de color y me llenaron la boca de polen y canciones.
- Ahora recuerdo el origen de estas páginas que son sollozo,
alarido y canto. No sólo hay que vivir lo que se escribe sino
hay que sufrirlo. Necesidad absoluta de una patria, de mi tierra mía
y su imprescindibilidad de función ecuménica. Ansia de
clarificación, de forma, para que nuestro metal dé su
sonido: estaba yo sentado en lo más alto del Castillo de Chichén
Itzá la tarde que llegué por vez primera. Entonces, hace
muchos años, sentí, como grano de mostaza, alga de lo
que he escrito. Empezaba a germinar en mí. Era yo mismo la semilla.
Una semillita sola, pero ya pude palpar raíces milenarias. Sobre
las ruinas, el crepúsculo del trópico untaba lumbre atormentada
y musgos de oro. El chaparral, asaeteado por faisanes y venados, perdíase
en el horizonte hasta el mar.
- Chichén Itzá, nenúfar de espuma, se abría
sobre la verde marea sin fin. Bajo los cimientos, capullo de geología,
cielo y siglos, cantaban las arteries que miran por los cenotes. El
rumor subterráneo aunábase con la música planetaria
del espacio infinito, los acordeones de la selva y el masticar de las
hormigas. Con las primeras sombras-sol postrero y luna que retoña-,
día casi noche ya, la eterna noche de antes, la mariposa de obsidiana,
como si procediera del Lugar de la Abundancia y no de Xilbalbá,
incendió de vuelo sus alas de vitrales: Chichén Itzá
se puebla, vive y se anima como en los años de esplendor y gloria.
Y son también lámparas vivas Tikal, Uaxactún, Palenque,
Quiriguá, Copán, Yaxilán, Bonampak y enjambre de
ciudades ocultas, escamoteadas entre los dedos de los grandes árboles.
Los sacerdotes marcan sobre piel de venado las huellas de Venus que
perpetuamente está naciendo. Como abejas embarradas de miel desfilan
las doncellas, doradas de ajorcas y bezotes, verdes de turquesas y jades,
rojas de caracoles y pasión. Todas juntas semejan quetzal gigante,
lento meteorito de plumas. El adivino consulta los menudos pórfidos
bermejos del árbol del pito, pesado el corazón de estelas
y alígero de colibrí. La luna de Chichén Itzá
pone algo que tal vez sea asunción o nacimiento, o sólo
nácar mágico. En el juego de la pelota, figuras elásticas
y oscuras enloquecen tras el copo que, cual un tapacaminos, rebota en
el muro, luego cae y ni toca el pavimento y se alza, ubicuo y simultáneo.
- Los abuelos, dos aguiluchos tallados en creciente lunar, con más
memoria que los relieves del templo ahíto de centurias, acezando
de ámbito y piedra. El sol se fue creciendo y el chiquirín
clavaba la lumbre con sus tres golpes estivales: chi... qui... rin.
.. chi... qui... rin... Los abuelos, ateridos de filial milagro, hundidos
los pies en las raíces de los chicozapotes y en el salitre de
los murales, al morderse los labios sintieron el saber de la tierra
caliza. Germinaron tomando agua ciega de los zihuanes, rompiendo la
tierra con una llamita verde hasta el venado sagitario, hasta ser hombres
de maíz. Los dioses telúricos, caracoles del mar de la
infancia, nos contaron fábulas y nos alzaron más que a
los santos desvencijados de los pórticos en las viejas iglesias
coloniales. Infancia de mi tierra -Ámi tierra y mi infancia!-,
huipil hilado por ellos con la misma alegría de los pájaros
tejiendo lo azul. De la mano de Hunapuh, joven abuelo, acompañé
a los cakchiqueles para robar el fuego. A los quichés, para comprobar
con la plomada los muros de Gumarcaah. Como en los códices, mis
huellas fueron quedando en esta peregrinación al mito, a Tikal
y Quiriguá, al Palacio de los Capitanes Generales, a las calles
de la Nueva Guatemala, en el Valle de la Ermita. Estuve en cada etapa
del camino sin fin como viajero de buena voluntad al servicio de su
pueblo, que luego evoca mal lo mucho que vió y por ello su recuerdo
se reduce a sencillo testimonio. Como un mural, concebí estos
apuntes para dar una imagen de Guatemala que tuviera algo de su color,
de su condición primitiva, de su pasión germinal y de
su vida asentada sobre tan diversos y contrastados niveles económicos
que el presente sigue explicándose por el mito o por la historia.
- Algunas de mis memories más tiernas o acongojadas, para crear
el ambiente, se entrecruzan con estadísticas. Un retrato de cuerpo
entero, como esos anónimos del siglo XIX, con el detalle en que
se distingue amor ingenuo. Así anhelé que crecieran estas
páginas, organizándose biológicamente, a medida
que avanzaban. He tomado sus medidas como para hacerle un traje. Sus
sueños como para hacerle un canto. Me ceñí a su
realidad lo más que me fue posible. Y quien juzgue que mi palabra
parece asirse del sueño, es porque jamás ha conocido la
vida tétrica, dolorosa y fantástica de mi pueblo.
- Nunca traté irrealmente ninguna de sus imágenes: habría
perdido la riqueza de la realidad para caer en innecesaria metamorfosis
barroca, como si la realidad material, que nos satura y golpea los sentidos,
careciera de inacabables posibilidades. Precisar el dibujo, ceñir
la verdad mágica, me obligó a mantenerme en la tierra
firme de la cual nunca deseé salir: no se acierta a salver la
vaguedad ni con los malabarismos más peregrinos de la expresión.
- Empecé por la creación del hombre guatemalteco en el
mito y fui caminando en el tiempo en varias direcciones, para llegar
a nuestro ahora. No es una síntesis económica, política
y social la que esbozo en algunas de estas páginas. Sino un esquema
de síntesis del sentido y del carácter del proceso histórico:
converso con los hombres de los monolitos y los códices, con
los dioses, los héroes y los hombres de los libros indígenas;
recuerdo y voy domeñando mi entusiasmo cuando mi memoria se quiere
salir de madre. Y no evoco como historiador o como erudito, porque no
lo soy, sino como un hombre simple que dice lo que ha vivido. Y cuanto
más severo y exacto es mi recuerdo; cuanto más tranquila
es la palabra que traduce el gozo o la angustia de mis sentidos y la
añoranza de mi sangre; cuanto más se enraiza mi voz en
la realidad, tanto más se crea y sufre con lágrimas guatemaltecas
que sólo mis ojos pueden llorar.
- Y, entonces, mejor y más verdadero está mi pensamiento,
y más limpia la emoción mía y la engendrada en
quien me lea, por distante que su mundo esté del mío.
- Guatemala, tierra edénica y elemental, con un pasado singular
y una evolución dramática, cruenta y oscura, poco unánime
por sus tremendos desniveles culturales, avanza dando tumbos, lúcida
y firme. He querido dar el ambiente, sin preocupación contemplativa
, interpretando con técnica de análisis su realidad varia,
móvil y remota, regido por mi conciencia poética y social.
Me cautiva no sólo la acción sino también la contemplación,
cuando el matiz y la sutileza son característicos. Escojo y muestro
elementos contrarios, hechos de opulencia y rigor, de preocupaciones
teológicas y su origen por condiciones económicas, el
mundo fabuloso del acontecer cósmico del Popol Vuh, la realidad
delirante del aborigen de Chichicastenango y la vida mínima y
marginal del "cucurucho" y el albor de la voz de mañana.
- Mi tierra no es una tierra exótica. Es una tierra matinal
cuyo hechizo más hondo radica en las creaciones y expresiones
históricas populares, más allá de cualquier devoción
pintoresca. El color, aquí, es inevitable, y sólo cuando
es inevitable por ser de tan buen tinte que no se destiñe ni
con el sol y mis ácidos, ha permanecido indeleble más
allá del afán descriptivo y localista. Y aunque se juzgue
paradójico, por su misma verdad de bulto, lo popular no es popular
ni nacional, propiamente, y no puede serlo porque no somos una comunidad
económica, política y social unificada. Lo que tenemos
por popular son obras espontáneas del genio popular de indígenas
oprimidos y explotados, creándolas y repitiéndolas para
sí mismos o para reducido público turista o nacional,
extraño al sentimiento, condiciones, necesidades y gustos de
quienes las crean. Nuestras diferencias son tan brutales que van de
sistemas de producción y consumo neolítico, de "economía
cerrada", feudal y semifeudal hasta capitalista, como lo vemos en Chichicastenango
y en los mercados de cualquier ciudad del país. No exclamo: Áabajo
la pandereta! porque no la tenemos, sine Áabajo la jícara!
No me he demorado en reflexiones vagas, subjetivas. Sino en lo más
concreto y profundo. En las creaciones auténticas y esenciales.
Nada más fantástico que la realidad. Y por encima de lo
que atine a urdir mi imaginación y para dar realidad a esa conciencia
y conciencia a tal realidad, he ido a las fuentes seculares. A mi infancia
y a mis cicatrices.
- He aquí algo de mi pueblo, de su rica tradición -lo
que fue, lo que es, lo que será-, invariable en su diversidad,
sufriendo aluviones, lavado por torrentadas, arrasado como para borrarlo
del mapa con la tromba de la Conquista. Hay unidad a través de
sus avatares, aun cuando parece irreconocible en muchos de ellos, que
son contradictorios. Siempre las mismas hojitas brotaron del grano de
maíz en el surco. La lealtad de esta permanencia la he seguido
desde hoy y mañana hasta entrar en el palacio por el arco de
Labná, retroceder en el tiempo y sumergirme en las fauces de
un dios zoomorfo y nadar en las aguas eléctricas del mito.
- Haber vivido lejos cerca de un cuarto de siglo sin interrupción
me permitió penetrar con ojos frescos en muchas de nuestras cosas,
apoyado en el recuerdo, en el instinto y en la tierra guatemalteca que
me llevé en la suela de los zapatos. La intensidad del retorno,
en mis condiciones, no creo que la haya tenido alguien. Mi pueblo despertaba,
rompía sus cadenas y por dondequiera creaba un clima de himno
su fervor. He sido un hombre metido en mi vocación, y mi vocación
misma también me ha ligado más a mi pueblo que resuena
en mí desde mi infancia, a flor de alma, sollozándome
recuerdos. Y no siempre he necesitado comprenderlo porque me ha bastado
con amarlo. Y digo mis condiciones para decir que llevaba muchos años
fuera de mi tierra y que su recuerdo en mi entraña vivía,
ni más ni menos, como me imagino que vive en todos, o viviría
en aquellos que tuvieren la felicidad indecible de ese retorno.
- Aquí está algo de mi niñez y de la transposición
de mi nostalgia: rasgos de la imagen de cómo yo desearía
que fuera mi tierra. Están las nubes, los olores, las piedras,
los sueños, las luchas, los pájaros, las esperanzas, los
sabores, las congojas, los ruidos guatemaltecos. Y una realidad seca
y ardiente que he podido captar, porque al reencontrarla, al redescubrirla,
me ha golpeado al volver a vivirla. La esclavitud indígena ha
disuelto su amargura, su resentimiento y su dolor, en todos los seres
y en todas las cosas. Se halla en el aire y en el fuego, en el agua
y en la tierra. En la palabra y en el silencio. En la fiesta y en el
funeral. Por todas partes está pesadamente, como ubicuo fan tasma
de piedra . Mis compatriotas, sin la lente de tal experiencia, acaso
juzgarán inexactas o exageradas algunas de mis impresiones. El
ambiente, para ellos ininterrumpido y consuetudinario, no les muestra
los mismos tenebrosos o vibrantes relieves y matices. Están,
en cierto modo, invalidados para advertir algunos pormenores y para
asirlos con la precisión virgen que sin proponérmelo,
incluso por las violentas agitaciones sociales, forzosamente, me ha
deparado la realidad en los diez años últimos. No señalo
virtud personal alguna sino, simple y sencillamente, una circunstancia,
un hecho.
- Tallé las cuentas poco a poco, desde el mito hasta la reforma
agraria. Como la araña, forjé el hilo de mí para
ordenarlas en collar. Si resultó el collar, anhelo que sea como
ésos de macacos, cristales y piedrecitas de colores que adornan
a las indias: un chachal para el cuello de mi amada Antigua.
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