Luis Cardoza y Aragón en el centro, rodeado de
algunos miembros del Grupo Saker-Ti. Guatemala, 1952

V. "LA HUELGA DE DOLORES"
1

 
ESTA anécdota retrata el medio. Me fue contada por el ex presidente Juan José Arévalo. Concluida una reunión con el gabinete, como de sobremesa, charló de lo que estuve a punto de gastar por mi cuenta, para regalarlo a Guatemala, en Thomasiada al Sol de la Iglesia y su Doctor Santo Tomás de Aquino, poema de fray Diego Sáenz de Orecurí, que es el primer librito impreso por nuestra primera imprenta, en 1667, instalada en los portales de Antigua.
Se subastó en el Hotel Drouot, al igual que un ejemplar de la edición príncipe de la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, que sin mayor dificultad compré con mi dinero y conservé algunos años, haste que hube de venderlo por apuros inmediatos. El ejemplar pertenece todavía, supongo, a la biblioteca del presidente Adolfo López Mateos.
Cuando apareció en la subasta Thamasiada, una voz suave aumentaba el precio. Respondía a mi vez con otro aumento que lo sobrepasaba mi rival. Cuando las pujas tomaron una seriedad comprometedora por lo considerable de la cifra, uno de mis amigos averiguó quién me impedía la adquisición. El librito andaba ya por varios centenares de dólares, de tal manera que mi empeño de subirle el precio podía revertirse, si se retiraba el otro postor y había de cumplir mi palabra.
Me enfrentaba con la Biblioteca del Congreso de Washington. Nada tenía que hacer, lo obtendrían por lo que fuese. Cuando el presidente Arévalo contó la historia a sus ministros, el jefe de las Fuerzas Armadas, coronel Francisco Javier Arana, que poco después se alzaría, comentó: "¡Qué disparate que un folletito viejo pueda valer más que un buen par de ametralladoras!"
Revista de Guatemala apenas la dirigí. De 1944 a 1954 (la década civilizada) parte la viví fuera, no por mi gusto: el gobierno prefería mantenerme a distancia. La revista moría y renacía, más pobremente; a nadie interesaba dentro de Guatemala. Boicot del medio y los gobiernos mismos. La hacía volver a la vida, encaminaba un número a mi paso. Raúl Leiva y compañeros de su generación y más tarde con los jóvenes del grupo Saker-ti, la cuidaban y publicaban sus obras completas.
Los sakertianos masivamente ingresaron al Partido Comunista, en los años del presidente Arbenz (1951-1954), igual que si hiciesen la primera comunión. Tuvieron consistencia ideológica; más hermandad de secta. Fueron como el lirio de los valles en el Cantar de los cantares.
¿Cómo entrar al partido? Yo era simpatizante del partido y muchísimos de sus miembros no lo eran. Por su oficialismo y por su divorcio de la realidad , en parte hoy resalta como cristalización pequeñoburguesa del estancamiento. Había un partido, escasos comunistas: los comunistas hubiesen peleado. Para algunos jóvenes que vivían días virginales, entrar al Partido Comunista significaba asumir un noble rechazo y, con emoción de audacia y sorpresa, tocar alga más allá de lo prohibido, algo maldito.
En verdad la fundación del partido ocurre con la caída del presidente Jacobo Arbenz, caída que nunca siquiera imaginaron. En el partido hubo más que doctrina caudillismo. Fue un partido inflado: las fracciones surgieron de sus endebleces, y no éstas de aquéllas. Paulatina o rápidamente, entre ellos varios capaces, supieron mostrar personalidad. Destacaría de Saker-ti a Huberto Alvarado (1927-1974). Le sacaron los ojos, murió en la tortura. Como siempre, aparecieron por millares los devotos del oportunismo, obedientes a simples frivolidades, a prácticas de economía doméstica.
Pablo Neruda visita de nuevo Guatemala en 1949, después del Congreso de la Paz celebrado en México, al cual asistió Paul Éluard y se llevó a Dominique, a quien tanto quiero, tan ligada a dichas y penas y furias nuestras.
Pablo había dada ya el salto cualitativo de sus Residencias a Canto general. Se había librado de González Videla, a quien se le recuerda nada más por haberlo perseguido. Entonces estuvo enraizado en el stalinismo monoteísta de esos años. Encontró en los jóvenes de Saker-ti mentalidades ávidas y frescas que lo recibieron como se lo merecía y dejó en ellos posiciones cuadradas, que él con talento vencía en lo suyo.
Neruda confesó haber vivido el stalinismo que asolaba el pensamiento revolucionario, particularmente en nuestra América. Había desaparecido toda posición critica y objetiva. La exigencia era maniquea, religiosa, dogmática. las cosas venían del "realismo socialista" y otros catecismos. Desde luego, aparte y años antes, sitúo a José Carlos Mariátegui. Fue nuestro Gramsci.
Al caer el presidente Jacobo Arbenz, en 1954, casi todos los dirigentes se salvaron exiliándose. Huberto Alvarado era secretario general del Partido Comunista cuando murió asesinado en 1974, por el general Kjell Laugerud (1974-1978); otros murieron de muerte natural; algunos viven proscritos. Ninguno de ellos se dedicó a la coprofagia.
Fui el mejor amigo que pude y me defendieron en periódicos de ataques en serie con cualquier pretexto; se alejaron de mí, como un solo hombre, por órdenes partidarias de un subdesarrollo incalculable y me adversaron cuando novatos "comunistas", Retorno al futuro se volvió "trotskista" para su flamante dogmatismo. Esta obra la cuidó en la imprenta Juan Rejano, responsable para América Latina del Partido Comunista Español. El partido guatemalteco no se dio cuenta por bisoño de que publicar mis páginas en seguida del "bogotazo" a mí atribuido, era enfrentarse definitivamente, con intrepidez y energía moral, a la mediatización, a la burguesía. Dificultades clásicas de cultura y poder, de poema y acción.
Noble fue el ansia de servir de Saker-ti; mitológica, su credulidad primaria. Eran tan jóvenes mis únicos amigos que se equivocaban con perseverancia implacable.
¿Cuál fue el destino de estos muchachos que tanto quise? Ah, cómo los recuerdo, con lágrimas de emoción: eran el saker-ti de Guatemala y tuvieron destino fiero y duro, como el amanecer que está labrando la nueva ola del mar guatemalteco. Formaron una bandada, entre ella: Melvín René Barahona, quien murió en la miseria, quizá en Buenos Aires o en Córdoba, Argentina, repitiendo poemas míos, cada vez que como niño huérfano deliraba. Enrique Torres, musicólogo, regresó a Guatemala, tras no sé cuántos lustros y murió de un ataque al corazón al sentirse en el páramo. Rafael Sosa vive en Moscú, hace más de un cuarto de siglo, con terquedad inconsciente de ser guatemalteco sólo comparable a la mía; a José María López Valdizón, cuentista que moraba en las nubes y hablaba con pálidos colores lo despertaron de un culatazo que le destrozó el cráneo. Jacobo Rodríguez Padilla, suspiro que pinta, se ha vuelto faquir y ha conseguido en París nutrirse con el aire.
El grupo lo veo como una celdilla eléctrica cuya influencia algo trascendia, y por constituir la agrupación de jóvenes más puros de la década 1944-1954, había que apagarlos al nacer. Fueron entonces solemnes y didácticos, sintiendo sobre sí enormes responsabilidades. Comprendo bien, más que bien, su conducta y no puedo olvidar que la noche anterior a mi ostracismo obligado a Enrique Torres lo vi lamentarse con más sentimiento que el muy grande mío. Quizá no captaron que si no los acompañaba como ellos lo entendían entonces se debió, precisamente, al respeto y el cariño que les profesaba.
Estoy recordándolos con alegría y dolor. Con su pensar o con el mío de entonces y ahora, nuestra tierra, por tanto amarla, nos rechazaba. Éramos seres anómalos en el ambiente, pletóricos de afanes que perrnanecen siendo los mismos, que a ellos les costó la vida o el destierro, y a mí me costó partir sin perder nunca la amistad de mis compañeros. Sigo estando con ustedes y no sé si se equivocaban o si me equivocaba; sé que cada día estuvimos ardiendo en un solo fervor.
Quise conocer Quiriguá. Pasaba a la oficina en donde se hacían las reservaciones en un hotel de la United Fruit Co., dada que las ruinas se encontraban en una de las fincas bananeras. Nunca había lugar; a la tercera negativa ya no tuve malicia sino convencimiento. La Ufco era un enclave, nuestro Guantánamo. Al ministro de Francia, Gilbert Medioni, que profundizaba en estudios mayas, como no había visto las estelas en piedra dura de Quiriguá, le propuse hacer juntos la visita, apartó habitaciones y así logré ir a Quiriguá, para mí vedada. Se vio más tarde que Guatemala era un enclave en la compañia frutera, y no a la inversa. En vez del quetzal, habría que haber puesto, entonces, una penca de bananos en el escudo.
El dictador Jorge Ubico, derrotado por la gran burguesía, más que por el proletariado sin organización posible, harta del estancamiento económico, atenta a los vientos que soplaban luego del triunfo sobre el fascismo, entregó el mando a otro general de la misma fauna, que duró tres meses y medio, derrocado después de recia batalla. El pueblo impugnó, combatió a tales bestias y se organizó la Junta Revolucionaria de Gobierno y se inició la normalización institucional. Se establecieron los partidos de la pequeña burguesía, con líderes universitarios recién graduados o en los últimos años de estudios profesionales.
Se eligen los diputados de la Asamblea Legislativa y de la Asamblea Constituyente; a las dos me propusieron. Pertenecí a la Legislativa, las condiciones para ser candidato a diputado de la Asamblea Constituyente no pude aceptarlas: la creación de la Jefatura de las Fuerzas Armadas. Este siniestro fortaleció la mierda militar rampante. Con la votación más alta del país me designaron diputado por la capital.
Por entonces conocí a Enrique Muñoz Meany (fue ministro de Relaciones Exteriores de la Junta y del presidente Juan José Arévalo), a Manuel Galich, del Frente Popular Libertador, quien presidió la Asamblea Legislativa, posteriormente ministro de Relaciones Exteriores de Jacobo Arbenz.
Algunos de estos jóvenes del Frente Popular Libertador acertaron a salir de su "anticomunismo". La inmensa mayoría de ellos claudicó por completo. Por mi parte, dos pasos logré en la Asamblea Legislativa: dar a los trabajadores, como arma de lucha, con carácter de fiesta nacional y día de asueto pagado, el 1o. de mayo, y el establecimiento de relaciones diplomáticas con la URSS. A muchos tontos se les pusieron los pelos de punta.
Alarma y temor semejante comprobaban el atraso de la nación. Nuestros pasos habían de ser lógicos y medidos de acuerdo con nuestro inicio en el establecimiento del bosquejo de una democracia. La otra única república tradicionalmente democrática en Centroamérica, Costa Rica, había tomado la misma decisión.
El embajador de la URSS en México, Constantin Umanski murió en sospechoso accidente de aviación cuando se dirigía a Costa Rica a presentar cartas credenciales. Confiaban en la estabilidad de Costa Rica. De Guatemala jamás tuvieron similar opinión. Acertaron.
El peso del dictador general Ubico fue tan enorme que los jóvenes no se atrevían a ser demócratas y menos revolucionarios. El país estuvo impregnado hasta los huesos de terror, de capilar despotismo, también a lo que éste había inculcado: la más pequeña apertura se calificaba como comunista, a modo de mantener total inmovilidad.
Una indignante inercia, pesadísimas anclas, impedían moverse a estos jóvenes universitarios. No descuido que muchos de ellos empuñaron las armas y combatieron para derribar la dictadura que continuó al general Jorge Ubico. Ir más adelante, hacia reformas de alguna profundidad, era otra cosa. En hogares que en tan alta cifra les habían infligido las peores vejaciones se apoyaba y comprendía derrocar al autócrata; cambiar elementos ancestrales, salir de rutinas, espantó a su mediocridad. Y eso que nuestro Octubre se olvidó del indígena, clave de una renovación real en Guatemala.
De regreso de Colombia, con Lya viajamos por Guatemala en camioncitos de pasajeros. Deseaba conociera pueblos indígenas, Chichicastenango, Atitlán, Carchá, ciudades de provincia: Quezaltenango, Huehuetenango, Cobán, Salamá, San Cristóbal Verapaz. El campo. Nunca vio Tikal, Quiriguá ni el río Dulce, y no me lo perdona. Pasábamos los domingos en Antigua. Conoció a mi madre. En Antigua iba al mercado, compraba cerámica, telas indígenas que conservamos y juntos vimos el original de Historia verdadera de la conquista de la Nueva España y a los coroneles vestidos de cucuruchos en la Semana Santa. La primera vez que encontró un grupo con camisones morados, no sabiendo nada de ello, pensó que había ku-klux-klanes. No estaba del todo equivocada.
2

 
La semana anterior a la Semana Santa, sorprendida, Lya presenció un fenómeno con causas raigales en nuestra sociedad: los aquelarres de los estudiantes universitarios, conocidos como "La Huelga de Dolores", porque en la noche del Jueves de Dolores, en un teatro a reventar, con entradas a precios muy altos y con la copiosa edición anual del periódico No nos tientes, se consuma la catarsis.
Visto superficialmente es un festejo soez y salvaje, de vulgaridad extrema, escenificado en un gran teatro, y más en el desfile del Viernes de Dolores, por calles y plazas de la capital, con simulacros de fornicaciones, con falsas prostitutas y prostitutos pintarrajeados, en fálicos carros alegóricos, todo denotando Eros cautivo, y con magnavoces profiriendo injurias, liberándose del asedio, de las mordazas, de todo lo reprimido que se arroja antes de la Semana de la Pasión de Nuestro Señor.
La lectura somera de la brutal vomitada no descubre sino una imagen inexplicable e inconcebible. ¿Cómo interpretar la ostentación de tanta pornografía, en la que lo extremadamente brusco y directo es característico? Hay que conocer, para ello, la historia de Guatemala, las urgencias que las congojas manifiestan. La rebeldía se trastrueca en frenesí en la noche que olvidamos. El ímpetu denuncia frustración y rémoras que sacuden a los estudiantes y concretan la crueldad de nuestra vida.
A los años del presidente Ydígoras corresponde este episodio:
Para las 9 de la noche del último jueves de cuaresma estaba anunciado el comienzo de la velada. Horas antes, un río de gente empezó a entrar en el teatro que se llenó por completo. Como siempre, con muchos días de anticipación, los boletos se agotaron a precios muy altos.
En las primeras butacas se encontraba con su séquito el Presidente de la República, gorila con entorchados en todas partes, deyección de la historia reducida ya a repugnante efemérides.
Al comenzar la velada, un estudiante, desde el escenario, pidió al público que se pusiera de pie, porque se tocaría el himno nacional de Guatemala.
Con el requerimiento del estudiante el público se puso de pie. Empezó a escucharse el himno nacional de los Estados Unidos. Una tremenda carcajada resonó en el teatro. La carcajada crecía y arremolinábase como nube espesa sin lograr salir por puertas o ventanas. El Presidente la sintió como un puntapié, seco y poderoso, en salva no sea la parte. Vio para todos lados. Se sonrió. Se puso lívido, verde, bugambilia, y siguió de pie, estupefacto, demudado y colérico. La carcajada no se apagaba nunca, renacía su trueno corrosivo y su alud de púas estentóreas rasgaba la quejumbrosa música del himno extranjero.
Prosiguió el espectáculo: el pueblo desollado por amor impaciente burlándose del pueblo desollado, de sus verdugos y traidores, herido y violento, confuso y sagaz al mismo tiempo, de verse burlado y de burlarse, de abrirse las entrañas. Un gran espejo para cada uno era la catástrofe que acontecía en el escenario, en donde los muchachos derramaban su resolución y su dolor en injurias, sarcasmos y blasfemias. Espectáculo exasperado y trastabillante, pero dirigido su humor, a veces burdo, descarnado y cruel siempre. No se encubría ninguna esperanza, ninguna resignación: arrancábanse máscaras fogosamente. Se animaba una pesadilla procaz, la realidad vista con lente de aumento y desde un solo ángulo y, en el fondo, sin exageraciones. Porque cuando los estudiantes gritaban en el diálogo que fulano era un hijo de puta, en verdad antojábase eufemismo seráfico.
No nos tientes se agotó pronto, a precios excepcionalmente altos, a pesar de que habíase triplicado el tiraje del año anterior. Al leerlo se tenía, por su pólvora mojada, una oscura impresión de solidaridad y decaimiento crispado. En lo patán inenarrable del periódico y en los pésimos dibujos soeces que lo ilustraban, la indignación estudiantil agredía atormentada y anárquicamente.
El arzobispo, Monseñor Ganzúa, amenazó con la excomunión a quienes participaran en el festejo y a cuantos lo presenciaran. La amenaza fue tan buen estimulante como el reciente asesinato de los universitarios en las calles. A las celdas de la penitenciaría llegaron ecos de las farsas más aplaudidas y algún ejemplar clandestino de No nos tientes.
Se advertía que no sabiendo cómo deshacerse de la fermentación de inquietudes durante años domeñadas, los universitarios creaban aquel tenso simulacro en espera de la batalla con la que hacía años soñaba todo el pueblo. Siempre, como arrinconada y pequeñita, quedábase la más tajante palabrota. La impetuosidad mal contenida hacía perder la cabeza a los actores improvisados. Una serie de asmáticas escenas grotescas, a veces muy pobres de ingenio, desbordadas de ira y asco minuciosos. Qué tortura que las armas de su exigencia carecieran de mayor alcance, que lo más enfurecido fuera musgo sobre las murallas.
De un silencio de hambres y humillaciones, de ríos de patadas y latigazos, de la polilla y las cucarachas de los expedientes de los juzgados y sus escupideras de peltre, de los piojos y las chinches de los petates de los cuarteles y los hospitales, de los cadillacs de los pistoleros, de la fetidez de las prisiones, de la tinta podrida de los plumíferos y del engrudo de los oradores oficiales, de los latrocinios, de los sobornos y las propinas, saltaba el chorro de pus sanguinolento que cruzaba el escenario y embarraba la cara del público.
Las risotadas atronaban a cada momento por los gestos en los diálogos de las comparsas vociferantes. Sotanas y espadones, en la ocasión, obsedían a los muchachos concentrados en lo más inmediato y sórdido. Sorprendía que el público se olvidara de las tragedias que lo convulsionaban con turbia risa acongojada. Todo era como para gritar de coraje y de impotencia momentánea. Sin embargo, la risa cundía, amarga y contundente. Y cundía de nuevo, mientras la palabrota y la mímica impúdicas empeñábanse en multiplicar la voracidad del linchamiento.
En cada número del naufragio se imaginaba que se había tocado el fondo de la desesperación. Con frecuencia, en ese aquelarre de estiércol furibundo, un relámpago magnífico quedábase cimbrando como saeta solar clavada en la pústula. Pero el número siguiente del programa vencía lo ya visto, siempre en un crescendo de cabezazos contra la roca. Se evocaba a Chichicastenango, con el limbo de su liturgia férvida abofeteada por los dioses. Aquí acontecía algo de lo mismo, aunque de otra índole, ya que los estudiantes nada esperaban de las mentiras de lo maravilloso y de las promesas de los esclavistas y los gorilas. Era como la transposición oscura de un acto mágico, una torpe denuncia con carcajadas y gemidos. Y estos accesos de risa de notarios, mercaderes, empleados, obreros, artesanos, desnudaban a manotazos a un pueblo famélico y rebelde, las llagas expuestas a la luz cruda y rasante, librándose, desde hace siglos, del tiro de gracia. Y el público se hacía actor y los actores público, sin poder expresarse, pujando, farfullando, rechinando, fascinados por desplomes y relámpagos. Acontecía una solo y misma cosa, un strip-tease de la furia, a veces casi apático, otras devorante, en el cual participaban incluso las multitudes de las aldeas lejanas.
Nuevas formas de sacrificios humanos, y puesto que no eran posibles de verdad y parecían necesitarse tanto, hacíanse en parábolas rotas e inexactas. En vez de corazones, extraían piltrafas de los muñecos sacrificados. Pocos meses atrás, los estudiantes, muchachas y muchachos, desfilaron cantando frente a las balas de los gorilas. Nueve fueron abatidos en las calles; otros, encarcelados y torturados; otros exiliados, como en viejas tragedias que recordaban los bisabuelos, los abuelos y los padres a los bisnietos, los nietos y los hijos que ahora encabezaban las luchas, mientras. no pocos de los bisabuelos, los abuelos y los padres, en el Congreso reconocieron como libertador al fantoche alquilado para extinguir un balbuceo de luz.
Concluida la velada, el Presidente encargó a sus ayudantes felicitar a los muchachos por su ingenio. El Presidente se sintió agobiado por el turbión de escupitajos que no atinaba cómo limpiárselos: aquella carcajada, pertinaz de congojas restituidas, no dejaría de oírla nunca, como si fuera la oculta en su propia calavera. E1 arzobispo, que poco se distinguía del Presidente en entendimiento, escuchó de sus informantes las burlas recibidas. Era un viejo enjuto, con no sé qué de ave disecada, ojos hundidos y rostro amojamado. Durante algunas semanas, curas y militares no salieron a las calles con sus uniformes o vestimentas.
La noche del jueves, después de la velada, muchos estudiantes amanecieron cantando. Alegría opaca de dolor que se estrellaba como águila implume y ciega. Qué voluntad en el fondo de la ira y qué altivez en la derrota insepulta. Noche de centellas de cieno.
Se previnieron los taparrabos de la mojiganga del Viernes de Dolores. Un velorio de locos, la tertulia orgiástica en que los más débiles fueron doblegados por las garras de trapo del alcohol. Erguíase el cristal de roca de la juventud, a pesar de todo, sobre la tempestad incicatrizable. Yo estaba con ella, y conocía su enardecida luz maravillosa. Vivía el difícil, lento amanecer. El canto estudiantil, La Chalana, hipaba su monótono clarinazo de guerra.
La policía amenazaba de lejos.
En la propia superficie de la mascarada trascendía el ansia de gritar para que se le oyera, la urgencia de pureza, de lucha y de triunfo. Una juventud espléndida pugnando por librarse de ser destruida bajo los cascos de las bestias. Desesperaciones sin rumbo confundíanse con las inquietudes más nobles, como en la lucha de la sangre limpia en una llaga. Año con año, la catarsis cumplíase en aquella enorme vomitada a fecha fija, bufa y siniestra, cruzada por latigazos de sol que enrojecían torres desmoronándose.
Los campesinos asesinados, los estudiantes asesinados, los obreros asesinados por el dictador en turno.
Las hogueras de libros quemados por los esbirros brillaban en la noche.
Desfilaron féretros negros. Y se oía de nuevo La Chalana, insumisa y ramplona, entre los fogonazos de los fusilamientos.
El viernes siguiente, Viernes Santo, el pueblo con sus túnicas moradas de nazarenos, vela en mano, seguía a Cristo camino de su martirio. En el recogimiento de la procesión religiosa, mientras las campanas supuraban lutos medievales, aún se aprobaría la befa a Monseñor Ganzúa, colgado en efigie por los estudiantes, como aquel del beso cómplice en la mejilla del Señor.
¿Dónde estaban los jóvenes universitarios de ayer? ¿Los que derrocaron a déspotas como Estrada Cabrera o Jorge Ubico?
Llenaban el teatro, mientras los hijos desgarraban las sombras y cantaban sobre los escombros. Eran esos viejos gordos, calvos, genuflexos. Las plantaciones de café, las clínicas de abarroteros de la medicina, los bufetes de los notarios de los monopolios, habían pasado de los abuelos a sus manos, como no deberían pasar a los estudiantes de hoy .
Dos o tres semanas después, ya nadie recordaría las túnicas negras o moradas de los nazarenos y las estrofas de La Chalana. Y gran parte del pueblo que presenció el festejo estudiantil del Jueves de Cuaresma, del Viernes de Dolores y las procesiones de la Semana Santa, desfilaría el 1o de mayo, con los estandartes de los trabajadores, rodeada por las ametralladoras de los gorilas.
Al volver a casa, más de un obrero o estudiante contempló, nostálgicamente, la imagen puesta en la pared con cuatro tachuelas: un joven barbado empuñando en la montaña un fusil con mira telescópica.



Fuente:

Cardoza y Aragón, Luis, El río, novela de caballerias. México : Fondo de Cultura Economica, 1986. Pags. 635-644

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.