Luis Cardoza y Aragón junto con Carlos Mérida, en París, 1927.
Carlos Mérida en París y México


I

Durante mi alfabetización, conozco en 1927 a Carlos Mérida en su segunda, larga estancia en París. Llegó con la familia, becado por el Gobierno guatemalteco; traía su experiencia mexicana, había ensayado el muralismo y había trabajado como ayudante de Diego Rivera (con Jean Charlot, Xavier Guerrero, Amado de la Cueva y algunos más), en el Anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria y en la Secretaría de Educación Pública. en 1927 me hizo en París un retrato al óleo que conservo.

Una serie de óleos, de los cuales aún guarda dos o tres, y algunas acuarelas, fue lo que Mérida nos mostró. Que se ocupara con temas americanos me atraía. El muralismo, mi charla con los compañeros de Hispanoamérica, principalmente con los de México, me hacía suponer que todo continuaba inédito y que revelarlo constituía la petulante tarea inmediata. Los muralistas me impresionaron por su atención a lo precolombino y al mundo indígena de ayer y de hoy.

Ha cumplido 93 años Carlos Mérida. Nació en Guatemala en 1891 y vino a México en 1919 recién casado. Aquí nacieron sus dos hijas: Alma y Ana. Ana Mérida ha sido bailarina y coreógrafa.

Obra entrañada en artesanías y tradiciones populares guatemaltecas, en la gracia primorosa de los textiles guatemaltecos. Primeramente se advierte la gracia y el talento para olvidarlos y vivir con nostalgia que recordarse lo que no existe. Imaginación al combinar formas con sensualidad matemática; hay musicalidad en su mundo austero.

Acento nativo insertado en modernidad, con factura de orfebre. Maneja con imaginación su repertorio de signos, con buen gusto. Lo del buen gusto es memorable; reconozco en ese don la mejor obra suya. Motivaciones maduradas con el empeño de vida más que laboriosa inquieta. Al plantearse la pregunta, ya se intuye la respuesta. Y después de alcanzar una primera respuesta, desbaratémosla para satisfacción de la exigencia íntima.

Aquel que encuentra un molde de pasteles y sigue haciendo pasteles, nada tiene que ver con el arte; sí con la prostitución o la pastelería. Un artista que nunca se encuentra es un artista; los de la familia de Van Gogh me son predilectos. Evoco la vida cortesana de Velázquez, la vida cortesana de Rubens; evoco la obra casi desaparecida de Leonardo, que llevaba consigo el aniquilamiento. el demonio de crear es más hermoso que el hermoso resultado mismo. Un fracaso interesante es superior a un éxito sin interés.

Geometría sabia y elemental, inagotable movida de las piezas de ajedrez de Mérida. Su color jamás carece de precisión. Las telas indígenas de Guatemala se transfiguran; ya no le vienen, y es otra cosa. Un brujo de códice, de estela, le da la mano y lo sube de la oscuridad de la infancia al mediodía de hoy. ¿A la inversa?

Veo en su telar cómo sueña su lanzadera finísima, cómo las imágenes van amaneciendo, cómo van despertando en el lienzo que teje. Si en parte alguna del cuerpo el alma se concentra es en el ojo. ¿Es de Hegel dicha exaltación? El ojo músico de Mérida para el color y para el diseño. Si nada vale una línea sola, Mérida dispone de sentidos casi artesanal de la línea complementaria que la iza para que la rigidez devenga ágil ritmo, canto.

Al servirse del negro o de un círculo rojo, aquel círculo rojo, perplejo sobre una estepa blanca interminable, a la noche del desierto la enjoya más que una hoguera.

Hay ejemplos faustos de arquitecturas sostenidas en dos puntos, con eficacia de lo cabal y de lo grácil, en los cuales se escucha la armonía de lo estricto.

El geómetra canta con los huesos.


II

 

Los estudiantes ocupábamos los muchos hotelitos y pensiones del Barrio Latino. De inmediato me di cuenta de que algo fundamental, que me colmaba de ventura y de inquietud, me había acontecido con vivir en París que, poco a poco, como un terrón de azúcar en una copa de alcohol, con invasión capilar, me iba penetrando, metamorfoseando, con su sabiduría y su belleza, con las más pródigas y múltiples tentaciones. Fui comprendiendo distintamente las cosas, trabajado por el aire, por lecturas terribles a la luz desierta de la lámpara, que me arrojaban a una playa desconocida, como el mar un vestigio después de lamerlo, de limarlo, con poder disfrazado de espumas.



Fuente:
Cardoza y Aragón, Luis. El río : novelas de caballería.  1a ed.  Mexico: Fondo de Cultura Económica, 1986. pag. 270-71


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.