IX. PICASSO

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Estuve con Pablo Picasso unos días, en 1950, muy cerca de sus trabajos, de su vida cotidiana, en la Costa Azul. Su grandeza se me hizo más evidente al conocer mejor al hombre, su sencillo trato, su bondad y su inquietud constante y generosa. Cuando llegué a las estación de Antibes me esperaba con Manolo Angeles. Bajamos las maletas del tren y luego en su automóvil nos llevó a donde pasaríamos unos días, viéndolo con frecuencia y charlando sobre todos los temas. Yo estuve cohibido en la estación, y los días que pasé cerca de él no sólo por mi timidez, sino por su camaradería tan cordial. Estaba como si un peregrino llega a La Meca y se encuentra al propio Mahoma en la estación para llevarle las maletas y atenderlo.
Hacía muchos años que conocía bien su obra, mucho de lo mucho escrito sobre él. Mi admiración por su genio se acrecentó al conocer mejor al hombre, bueno y sencillo, como los grandes verdaderos. Jamás le oí palabras contra alguno de los artistas que recordamos en las pláticas, pintores, poetas, escritores. Sus breves juicios agudos y cordiales ofrecían una explicación cuando yo insinuaba o afirmaba alguna posición contundente. Estaba en la perfecta serenidad, fecundo y claro como una espiga.
Alguna vez, en Saint Paul de Vence, visitamos a jóvenes artistas que desearon mostrarle sus obras. Siempre fue sincero y cabal animador, actividad prodigiosa, lo vi trabajar escultura, cerámica, pintura, dibujos, y participar con su partido, colaborando por la paz, rodeado de fervor y de afecto. Hasta en la playa, mar adentro, acudían los fotógrafos, los corresponsales extranjeros, los noticiarios cinematográficos, cazándolo en toda ocasión, pidiendo autógrafos. Picasso firmaba y al mismo tiempo solicitaba del admirador la firma para el Llamado de Estocolmo.
Su vitalidad fue inmensa. Cada día se hallaba entregado a la creación, con la alegría sabia y natural de un niño. Pasaba a los hornos de Madame Ramier a retocar un plato, a considerar cómo iba alguno de sus últimos trabajos. Dibujaba, se reía como el mar. Hablaba de sus designios. En su taller, como quien ve nacer un río, encontrábamos una fuente de proyectos, invenciones, cachivaches de lo más disparatados. Algunas telas recién concluidas se amontonaban junto a esculturas. Presidía una de las salas del taller, el hombre con el cordero en brazos, hoy en la plaza de Vallauris.
Marcel, el chofer iba por él para llevarlo al mar con Françoise, pintora también, y sus dos niños: Claude y Paloma, nacida la última en los días del Primer Congreso por la Paz celebrado en la Sala Pleyel, París. A veces, a la mesa cuando comíamos en algún modesto sitio de los muchos que conocía en los pueblos de la Costa, nos sentábamos cinco, quince, veinte personas, charlando animadamente. Marcel interrumpía en ocasiones la charla o Picasso nos contaba cómo Marcel había dado autógrafos en Polonia en el último Congreso. Las anécdotas se multiplicaban. Otras veces, después de comer, charlábamos en el cafetín del pueblo. Los parroquianos, carteros, obreros del lugar, barrenderos del municipio, escritores veraneando, universitarios, artistas, ceramistas de Vallauris, se sentaban a la mesa a tomar café con él, antes de volver a sus labores. Qué solaz, creaba Picasso. Qué alegría en su trato sencillo, en su jovialidad, en su charla y en su risa.

2

Alguna vez hablamos del llamado "formalismo", o de la preocupación de la forma por la forma, que para mí ha sido algo semejante a esa vieja zarandaja del "arte por el arte". Se diría que quienes hablan de Picasso, poniéndolo como sumo ejemplo del "formalismo", no conocen su obra y no saben hasta qué punto es su creación españolísima y universal.
Apasionado por lo real, humano mediterráneamente, encarnando tradición milenaria, es un toro capaz de raptar a Europa cuántas veces se le antoje. Y lo hace sin engaño, llamando en su vida y en su obra, al pan pan y al vino vino. Su obra no es más que una invención constante, una creación permanente, con furia casi mitológica para apoderarse de la realidad y devolvérnosla acuñada con su genio.
No hay época de su pintura en que la realidad no sea su esencia y, por ello mismo, nos explicamos no sólo su pintura, su escultura, su dibujo, sino su vida llena de avidez y de generosa pasión humana.
Algunos han creído ver en algo del cubismos de Picasso una ausencia de lo real, una preocupación esteticista, así en otras etapas de su obra. En el cubismo, escribí hace años, hay tal hambre de realidad que los objetos fueron sitiados, por todas partes, copados, abrazados en su totalidad, más allá de la representación de su apariencia, hasta lograr su rendición amorosa.
Cuando Picasso hace un cartel es un buen cartel. Cuando hace una pintura es una buena pintura.
Como en todo realista de su capacidad, el sueño propio y el sueño colectivo entran en la obra, porque la imaginación, la creación, en una palabra, nos devuelve la realidad tan exacta y tan vehemente que nuestros ojos se asombran ante el prodigio. Su sensibilidad y su imaginación reducen a su cabal dimensión a la mayoría de los "realistas" que nos dan briznas del mundo y de la vida. Sus minotauros son autorretratos.
Sobrepasó en la adolescencia las preocupaciones de los maestros de estética del arte para el pueblo, realismo, originalidad. Picasso es Picasso: poderoso, insatisfecho, lo encontramos una vez y otra más en todas la fases de su obra. Escribo con molestia estas discusiones planteadas últimamente; esta cosa del "contenido", del "formalismo", del arte abstracto. A la postre y desde el principio no hay sino facultad de crear y repetidores. Y en el terreno de la creación, Picasso es tan joven como las olas de su mar, el Mediterráneo.
Los formalistas son ellos, me dijo alguna vez. Picasso ha deshecho las formas, las ha transformado, inventado, para rehacerlas y renovarlas. Para crear otra realidad, la misma, que nunca terminaremos de asir ni de agotar. La realidad no tiene límites. Nosotros tenemos límites. Si no podemos adentrarnos más, si no podemos descubrir nuevos rostros de su eternidad, es que nos faltan tamaños para ello. La expresión conquista territorios, si contamos con facultades creadoras. El dolor, el amor, la pasión, los temas eternos, se conservan siempre inéditos, siempre inagotables.

    Cuando clavaron a Cristo en la cruz, que era todo un hombre -me dijo Picasso-, creyeron que clavaban la realidad de Cristo, que mataban en él a Cristo. Aquellos realistas no imaginaban que cuando más clavado estaba Cristo y más muerto lo dejaban en la cruz, más libre y viva hallábase la verdadera realidad de Cristo.

A los realistas que lo creen "formalista", para seguir con la jerga convencional, les pasa lo que a los ejecutores de Cristo: son ellos los formalistas y la realidad se les escapa.
Entró al Partido Comunista con una declaración memorable. Dijo que por fin tenía patria. Se refería al mundo, más allá de su España, que él encarna prodigiosamente; se refería a la humanidad, a la satisfacción del sentido ecuménico que requiere en todas sus actividades.
Ya sabemos que durante la Guerra de España, eternizó la tragedia en la obra capital de los primeros cincuenta años de nuestro siglo: Guernica. Las querellas sobre arte y política, formalismo y realismo, contenido, etc., quedaron magistral y pictóricamente resueltos. Es una lección concreta y exacta. Los que tengan dudas vuelvan a ella. La paloma de Picasso sigue su vuelo sobre el mundo. Bajo sus alas florece el olivo, sonríen los niños y las parejas de enamorados.

3

Hay una inmensa bibliografía sobre la obra inmensa de Picasso. Con la llamada época azul empezó a destacarse singularmente a principios de nuestro siglo. Sobre ningún pintor se ha escrito más en todas las lenguas. Al cumplir 80 años se reanudó el diluvio de tinta. A los noventa, a su muerte. Contribuí con una gota en estos homenajes.
He cerrado todos los libros que hubiese podido consultar. He querido olvidar lo que recuerdo de lo escrito sobre él. Sigue inédito, inalcanzable. El mismo se está encontrando una y otra vez. Nos estamos librando ya de su fuerza gravitacional. Y como una afirmación, un Sí omnímodo, nada más esperado también que origine regateos y negaciones enconadas, intentando oscurecer su fulgor.
Ante su obra tan intensa y cargada de sorpresa y de lujos con cimas únicas que sobresalen en el horizonte, vuelvo a ella, la siento, la vivo, y, distante, en lo posible, de todas las conjeturas, discusiones y alabanzas, busco decir algo acerca de su genio. No pretendo esclarecer su naturaleza, pero sí dar algo de la idea que tengo de su naturaleza, radicalmente lírica, y en donde la tragedia de nuestro tiempo se palpa en fabulación sin término de amor y de crueldad, de júbilo y desesperación.
Escribir una cuartilla propia sobre Picasso, con la sencillez y claridad que reclama, es arduo como hacerlo sobre Quevedo, Lope, Góngora. Algo de la estirpe de los tres hay en él, pero lo mejor es lo propio, y no he pensado intencionalmente en pintores. La verdad de Picasso, ¿quién la puede decir? La pintura no admite explicaciones. Se impone sola. Por mi parte, nunca explico y tampoco busco aquiescencia para mis palabras. Sino la reflexión del lector. Y me importa, sobre todo, su desacuerdo.


Fuente:

Luis Cardoza y Aragón. El río : novelas de caballería. México : Fondo de Cultura Economica, 1986. Pag.666-670

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.