XI. JAIME SABARTÉS

La primera vez que supe de él fue por la narración que me hizo Carlos Mérida. Vivió en Guatemala algo así como seis lustros. ¿Por qué abandonó España? ¿Cuándo se estableció en Guatemala? Mérida tuvo muchos años un apunte a tinta de Sabartés, trazado por Picasso en la tapa de cedro de una caja de habanos. Sabartés se relacionó con los jóvenes artistas, con los escritores; supe que trabajó en algún comercio y cuando pregunté a Picasso, a quien conoció en 1899, qué había hecho en Guatemala, imitó nada más al empleado que mide tela con un metro.

Lo creía compatriota y así lo señalo en la crónica de mi viaje a la URSS en 1946, publicada en volumen: Retorno al futuro. En L'Ermitage, en febrero del 46, casi como único visitante en el inmenso palacio friísimo Ñno había suficiente combustible ni para los hogaresÑ, encontré el célebre retrato del muy joven Jaime Sabartés (comienzos de la época azul) con cabellos hasta los hombros, acodado, meditabundo, una mano larguísima sobre la copa de cerveza, quizá el primero de los muchos que le pintó Picasso. En 1973, vi de nuevo este cuadro en el Museo Pushkin, en Moscú. La placa lo identifica: Retrato del poeta Sabartés. Asimismo se conoce como el bock.

Amigos desde la adolescencia en Barcelona. Dejó la poesía y escribió novelas, y también ensayos y recuerdos sobre Picasso y su vida con él o muy cerca de él. Nadie fue tan íntimo y mejor confidente mayor tiempo. Poco antes de la Guerra de España, la revista de José Bergamín Cruz y Raya publicó una extensa apreciación de Sabartés sobre Picasso. ¿Cuándo se marchó a París, para acompañarlo? Leyendo Picasso -portraits et souvernirs, por Sabartés, encuentro la fecha: 12 de noviembre de 1935.

Lo acompañó constantemente con la tarea de proteger su tiempo, de librarlo de admiradores e importunos, de asistirlo en mil detalles de su vida. Picasso confió cabalmente en él, que fue un camarada arrebatado por el genio del amigo. Yo creía y creo en el encomio de Jean Arp:

Picasso es tan importante como Adán y Eva, como una estrella, una fuente, un árbol, una roca, un cuento de hadas y permanecerá tan joven, tan viejo como Adán y Eva, como una estrella, una fuente, un árbol, una roca, un cuento de hadas.

Recuerdo el apartamento de los Sabartés en París, 88 de la calle de la Convention. En una especie de closet, arreglado con estantes pequeños, gavetas y una mesita con la máquina de escribir, observé una pila de sobres de las cartas que de Antibes u otros sitios Picasso le escribía. Conservaba con minuciosidad lo que tuviera traza de él. En los sobres, alguna vez, un dibujo, una broma. Las cartas, por su lado, se protegían cuidadosamente dispuestas. Siempre supo quién era su amigo. Picasso también.

Casi de la misma edad que el pintor, murió en París, a los 87 años, el 13 de febrero de 1968, Sabartés perdió a su esposa en 1954. Conservo carta en la cual nos dice su pesar. Este hombre de mente ágil, irónica, y tierna, intuía con sagacidad quién era quién de los que asediaban a Picasso. Como consejero, hermano, secretario y filtro de los solicitantes de entrevistas, autógrafos y demás curiosidades (interesadas muchas veces, fervorosas otras) tuvo la reputación de ser hosco y avinagrado.

Cuando ante amigos de Picasso explico que Sabartés me pareció un hombre suave, de humor ameno y amistoso, la sorpresa es evidente y se nos pregunta a Lya y a mí cómo lo domesticamos. Y no puedo precisar el desenvolvimiento de la amistad con él, aparte del trato con sencillez. Me acuerdo que comió solo algunas veces en casa y algunas otras con su esposa y nosotros cenamos en su departamento, como amigos de por vida. Guardo libros suyos dedicados afectuosamente.

(Meses después, Picasso no cambió sus shorts de gabardina con una mancha de pintura en el trasero durante los días que pasamos con él. Vivía tan inmerso en lo suyo que se olvidaba de lo exterior. La mancha elaboró en mí certidumbre mitológica, como fue la estrella para los Reyes Magos. La sigo leyendo así. Un breve tratado sobre su ánimo).

Habíamos estado varias veces en el taller de la calle de los Grands-Augustins. Nos atendía el propio Picasso, nos mostraba las estancias en las cuales pintó Guernica. Con esta obra reinventó el posible "realismo socialista", que no lo vio el PCF, menos los soviéticos, y se llegó a propalar que injuriaba a los republicanos, al proletariado español.

¿Estas deferencias para con nosotros provenían asimismo de la amistad con Sabartés?

Nunca hablé con él de su vida en Guatemala, quizá sí de mi equivocación de creerlo compatriota, de que había visto su retrato en L'Ermitage. Picasso me regaló en esos días la edición ilustrada por él de Le chant des morts, por Pierre Reverdy, en una preciosa edición numerada y firmada por ambos.

Perplejo reparo en que arribó de Barcelona, de París, de Europa, a los 22 años. ¿Cómo era Guatemala en 1903? no imagino que fuese más sangrienta que hoy pero sí más enclaustrada y no únicamente por el déspota sino por los medios de comunicación. ¿Por qué escogió Guatemala? Algún nexo familiar, probablemente; de cualquier modo, se antoja una idea de aventurero despistado. Las migraciones iban a países de más renombre y desarrollo, a los sudamericanos, a México, a Cuba. Ir a París fue viaje interplanetario para mí; del inverso del catalán Sabartés barrunto lo mismo. Estrada Cabrera comenzaba a matar a palos a los guatemaltecos y no terminó de hacerlo sino cuando lo derrocaron.

La estancia en Guatemala dejó recuerdos activos en Sabartés. Una de sus novelas, difícil de encontrar (impresa por Les Editeurs Français Réunis), es Excellence (Estrada Cabrera, dictador durante 22 años), es bien lograda; asimismo Don Julián, crimen del propio dictador (don Julián López, que tuvo en Antigua una fábrica de aguas gaseosas). Gran parte de este período, aunque menos apocalíptico que el de 1954 hasta la fecha, lo pasó en esa inhóspita Guatemala.

Con frecuencia visitamos galerías, en especial la de Louise Leiris, que manejaba la obra de Picasso, para saludar a Kahnwiler, de los primeros marchands en interesarse en él. Muchas de sus estampas marcadas con el número 1. Picasso las obsequiaba a Sabartés y con ese acervo y su fervor, Sabartés fue decisivo en la fundación del Museo Picasso en Barcelona.

Se hablaba de la avaricia de Picasso, de Sabartés. Vivían entre millones sin que les importara un demonio. Léase a Françoise Gillot. Tan ocupado vivía Picasso en lo suyo que, por tanto estar en lo suyo, no cuidaba de la ropa o accesorios. A los muy cercanos amigos solía obsequiar apuntes, cerámicas, dibujos y cuando el amigo necesitaba vender algo, le avisaba a Picasso quien siempre estaba de acuerdo y reponía lo vendido. En el aparador de un marchand en Niza, Picasso descubre una estatuilla de bronce suya, obsequiada a un amigo despreocupado, la califica de falsa y se la lleva. Sabartés vivió muy modestamente, con su inmensa fortuna en cientos de obras que guardaba a fin de fundar el museo. En la antesala sin calefacción del taller en la calle des Grands-Augustins, con abrigo y beret vasco, pequeños los ojos miopes y brillantes, siempre nos recibió con bromas y muy amablemente. Escéptico, veía las pasiones amorosas del Minotauro. Para muchos, para muchísimos, era el interceptor, el cancerbero que no permitía se acercaran a Picasso, ya tan célebre que sus cheques no los cobraban, los enmarcaban por el autógrafo, más valioso que el cheque. De ahí surgió la imagen del hombre áspero y difícil.

Fue delgado y de baja estatura, muy blanco y casi rubio en sus mocedades, muy calvo cuando lo conocimos. Por su cara de niño de coro viejo solía aparecer la sombra de un ave de presa sorprendida. Sabartés me señaló, precisamente, que Pierre Loeb vendía una tinta de Picasso, un minotauro estrangulando un caballo. Después de alguna de nuestras comidas en la calle visitamos a Pierre Loeb, amigo común. Recuerdo que me presentó a Balthus, para mí, hoy, el mejor pintor de Francia. Entonces, Loeb me obsequió el dibujo que conservo de Artaud.

Pierre Loeb, encantador y cultísimo, con su galería, de las más notables de París, en su local modesto, exigente y famoso, solía mantenerse en pantuflas y sin saco en el verano. ¿No le interesaba vender sino conversar con quien le pareciese un amante de los poetas, un catador de pintura? Algunas veces nos invitó una taza de café en su departamento que olía a pipí de perro. Sigo recordando aquel grato hogar en donde otro personaje Antonin Artaud, se refugiaba horas para escribir y tomar algún alimento con los Loeb.

Hablamos de Artaud, les contaba de su vida en México. Loeb y su hija lo acogían, lo cuidaban, en el apartamento situado sobre la galería, en donde vivían los Loeb. Una exposición de sus dibujos, con un poema del propio Artaud acerca del rostro, fue el texto del catálogo. Loeb expuso un extraordinario autorretrato de Artaud, que deseé comprar. ¿Quién lo tendrá?

Algunas cartas cruzamos con Sabartés; conservo ésta de 31 de octubre de 1954, lo retrata en algo de su idiosincrasia y por tal razón la transcribo. Dice así en alguno de sus párrafos:

 

    Lya y Luis, amigos míos: Déjenme decirles, ante todo, lo peor que pueden esperar de una noticia, MERCEDES, mi alma y mi vida, mi dulce compañera, ya no está: murió el día 22 de un ataque cerebral en una clínica. No puedo decir más, ni cabe otra cosa en mi atroz soledad. La carta de ustedes nos llegó a Cogners (Sarthe) a donde fuimos en busca de reposo para el cansancio de Mercedes. Fue empeorando de día en día; pero íbamos aguantando, con la ayuda -pobre ayuda, en verdad, de los médicos-, hasta que casi no era posible transportarla. Esa es la triste respuesta que puedo dar a la pregunta de ustedes sobre nosotros.

Guatemala había caído en junio de 1954 por intervención armada de los Estados Unidos. Sabartés me escribe:

De Guatemala ni qué hablar: para mí no fue una sorpresa. Lo veía venir de muy lejos, a pesar de mi miopía, y no me creía nadie porque todos me tienen por pesimista. Todo sucedió como debía suceder. David, en nuestros días no volvería a vencer a Goliat. El libro Picasso retratos y recuerdos salió en castellano en Madrid, el año pasado. Está bien hecho, y si un día tengo humor, lo haré llegar a sus manos. La casa editora (Afrodisio Aguado) se condujo muy bien conmigo.

Luego nos cuenta incidentes de la exposición Picasso en la Maison de la Pensé, cuyo "éxito fue inaudito". En 1959 le envío Guatemala, las líneas de su mano. Nos escribe (3 de octubre de 1959):

Amigos Luis y Lya: Hasta vergüenza me daba pensar en ustedes a causa de esa desidia que me hace quedar mal con todo el mundo. Sin embargo, ustedes no son "todo el mundo para mí: tan buenos amigos que no se olvidan de mí ni me abandonan. La llegada de su libro Guatemala me lo viene a probar y no sé cómo decir cuánto me alegra, por temor de que vayan a creer que pueda no ser cierto. Muchas gracias, muchas, amigo Cardoza. Si he tardado en hacerle presente mi alegría, se debe a que pensaba hacerlo al acabar de leerle; pero no, lo leo poco a poco para saborearlo mejor y veo que la cosa iría para largo. Sus recuerdos repercuten en mi memoria. Lo que usted cuenta me emociona. Sus imágenes llenas de poesía, coloran las que puedo yo forjarme cuando sacudo mis propios recuerdos. Usted va de su niñez a nuestros días. Mi panorama es más breve. Entré en él a los veinte años, digamos veintidós y luego, por haberme alejado y hace tanto de eso, lo veo todo a mayor distancia y, a veces, apenas lo distingo. Mas el nombre de GUATEMALA aún me dice algo: algo así como que dejé treinta años por allí, treinta años y no sé cuántos desagrados. Cosa, esta última, que no achaco al país sino a mí mismo. Su Guatemala hace revivir mi pasado, por lo que allí viví y por lo que aprendí de allí, fuera de mí. Lo felicito con toda sinceridad, querido Luis, crea que cuanto más tarde en terminar la lectura de este libro suyo, más tiempo viviré en usted, sin que le olvide una vez terminada. Agradezco los recuerdos de Lya, dulce compañera suya, la simpática Lya que sabía colmar de amabilidades nuestras entrevistas. Abrácela de mi parte ¿quiere? y usted, amigo mío, reciba un abrazo muy fuerte de su amigo Sabartés.

Así fue el compañero de Picasso. Por el dato en lo transcrito ("digamos veintidós") deduzco arribó a residir en 1903 y descubro que vivió más años que yo en Guatemala. Pero los años infantiles son definitivos, más que mis breves estancias entre 1944 y 1954, años en los cuales la democracia guatemalteca me toleró incómodamente, hasta que terminó corriéndome.

Lo he rememorado con afecto. Al pasar por el taller en la calle des Grands-Augustins, me preguntaba: "¿Viene a ver a Picasso? Iré a ver si está disponible". Le aclaraba: "No vengo a ver a Picasso, vengo por usted, para dar una vuelta y comer juntos". Y así ocurrió varias veces y los que apenas lo trataron nunca supieron que este hombre "misterioso" era bueno, sabio, espléndido en su amistad. Y sencillo como Picasso.


Fuentes:

Luis Cardoza y Aragón. El río : novelas de caballería. México : Fondo de Cultura Economica, 1986. Pag.682-687

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.