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A mis padres
I. La boca de polén
LO MEJOR DE MI VIDA
- El 20 de octubre estalló la revolución que estaba transformando
a Guatemala, y el 22 crucé la frontera. Un avión nos dejó
en Tapachula, México. El piloto quería prevenirnos y no
inquietarnos a la vez. Se hallaba preocupado, y creo que al siguiente
día leyó la prensa con el temor de encontrar en ella alguna
trágica noticia relacionada con nosotros. Al despedirnos, la
sencillez de su hombría encontró, mexicanamente, las palabras
justas. Nos dijo con llanez y con calor: "Procuren que no se los lleve
la tiznada..." Pasamos a Tuxtla Chico, muy cerca de la propia línea
divisoria, a sellar nuestros documentos de viaje. En pocos segundos,
en la capital de México, decidí el cambio radical. Con
un equipaje muy ligero e improvisado, corté mi vida de lustros.
Hacía pocos meses que con varios amigos recién conocidos
y recién llegados a México como exiliados había
hecho algunas gestiones en espera de sucesos en Guatemala. Con ellos
y un fusil en la mano, volví a mi tierra. Las noticias sobre
la situación eran confusas. El destacamento de la frontera no
puso ningún obstaculo para que entráramos. Ibamos dispuestos
a todo.
- Alquilamos un automovil, nos repartimos dentro convenientemente,
temerosos de alguna celada, y nos echamos a rodar hacia Malacatán.
En los caminos nos paraban grupos armados y metían sus escopetas
por las ventanas para encañonarnos. Nos identificaban y nos deseaban
buen viaje. El movimiento popular se extendía a todo el país
y las pequeñas guarniciones militares, si no se entregaron, mantuviéronse
a la expectativa. Malacatán se hallaba alborozado, en armas,
tenso de entusiasmo y decisión. Nos alojaron un par de horas
para darnos de cenar. Luego continuamos la marcha hacia San Marcos y
Quezaltenango.
- La guarnición de Malacatán permanecía indecisa
y el pueblo estaba a punto de atacarla. Su jefe, un joven oficial, se
había acuertelado con sus hombres, buen armamento y abundantes
municiones. Nuestra intervención evitó la sangre. Con
una banderita blanca en las manos, fuimos a parlamentar con el oficial.
Le explicamos cual era la situación, su deber para con el pueblo
y cómo todo el país estaba en la revolución. No
fue fácil convencerlo. Dudaba de nuestras noticias y lo persuadimos
dentro del tiempo límite fijado. De lo contrario, habrían
atacado los compañeros a la cabeza del pueblo, mal armado y con
muy escaso concierto. Teníamos que ocuparnos del oficial, dentro
del cuartel. Quién sabe que hubiese sucedido. Salimos de la comandancia
con la buena noticia, y un grupo de voluntarios integró la nueva
guarnición. El oficial no fue molestado y se retiró a
su casa.
- Volvimos a nuestro alojamiento donde el pueblo nos había preparado
la cena. El entusiasmo era inmenso. Nos abrazaban los campesinos, nos
invitaban copas. Una marimba comenzó a tocar sones guatemaltecos.
Cohetes, tiros al aire, gritos de júbilo, repiques de campanas
de la iglesia. Ya no pude más; mi tierra; que la tenía
en los huesos, salió a mis ojos, me puse a sollozar y a llorar.
Que alegría más desgarradora, que ternura más acongojada
y jubilosa. Las muchachas y muchachos, los viejos y los niños,
las mujeres pidieron el
himno nacional a la marimbita. Hacía muchos años,
muchos años, que no lo había escuchado. Me tocó
cantarlo con mi pueblo en aquella ocasión inolvidable. No creo
ser patriotero ni sentimental: simplemente, se me reveló entonces,
de nuevo, cuán definitivos son la niñez y el dominio de
la tierra. Dos horas más tarde, ya en plena noche, corríamos
hacia las alturas de San Marcos. La guarnición era nuestra, según
nos habían informado en Malacatán. De esta última
población nos llevamos cuatro soldados. Como no sabíamos
si de verdad estaban con nosotros, les dimos los peores fusiles y nos
repartimos en el coche cuidadosamente. En San Marcos, con un auto más,
escolta y dos oficiales, proseguimos hacia Quezaltenango, segunda ciudad
de la República, en poder tambien de la revolución. Los
caminos se hallaban intensamente patrullados, y a cada momento se nos
paraba para revisar nuestros papeles.
- En la madrugada estábamos en Quezaltenango. Llegamos al día
siguiente, por la noche, a la Capital. Al pasar por Patizicía,
el pueblo se hallaba aun sobrecogido de pánico por la sublevación
de campesinos sin tierras. Algún partidario de los vencidos azuzó
el levantamiento con el señuelo de la tierra. Se habló
de un movimiento indígena contra los ladinos. Este motín
sangriento fue reprimido brutalmente. La Cruz Roja de Antigua y de Guatemala,
soldados y civiles armados de estas ciudades y de Chimaltenango, patrullaban
el pueblo.
- Rodábamos por el camino polvoriento, haciendo bromas para
distraer nuestras preocupaciones. Yo iba fascinado y silencioso; mi
cabeza y mi corazón, activísimos. Sentía el impulso
popular y redescubría campos y pueblos que de niño había
recorrido muchas veces a caballo. En una vuelta del camino, salta a
lo lejos el Volcán de Agua. No lo había visto en un cuarto
de siglo y él tenía mi niñez, mis padres jóvenes,
la Antigua. Arrullé el Volcán con los ojos mientras apretaba
el 30-30 entre mis manos y no sabía lo que decían mis
compañeros. Como si hubiera encontrado un tierno hijo perdido
para siempre. El coche corría descubriéndome paisajes
para mi únicos en el mundo, y sus recuerdos, para mi únicos
en el mundo. Allá, al pie del Volcán de Agua, Antigua
y la casa de mis padres, donde habría deseado vivir toda la vida
y morir toda la muerte. Mi madre, viuda ya, en el viejo caserón,
escuchando la eterna cantata del agua verdinegra en la fuente del jardín,
jubiloso de flores y enredaderas. La sombra de mi padre por los corredores,
la sombra de mis hermanos, niños, y la mía, jugando y
gritando. Oía el repique de las llaves de mi madre, prendidas
a la cintura, y veía sus manos trabajar la tierra de begonias
y rosales. Llegaría a ella, al seno materno, a mi madre y a mi
pueblo, al día siguiente. Ahora nos encaminábamos a la
Capital.
- Mi madre vivía con la angustia de mi regreso por la violencia
política. Sufría con mi presencia y con mi ausencia, ya
muy viejecita, encorvada por los años, muy activa y toda blanca
su cabeza alerta. Por la tarde tomé un pasaje en los camiones
que hacen el recorrido entre Guatemala y Antigua. Recordaba el camino
que había pasado a pie y a caballo, en bicicleta, diligencia
o automovil, en cada uno de sus recodos y serranías, barrancas
y poblados, arboledas y hierbecillas. Hacia el crepusculo, el vehículo
se aproximaba a la entrada de mi pueblo, al puente del Matasano, sobre
el ausente río Pensativo. Aparecieron las primeras casas de vivos
colores de cal, los techos de teja manchados de hongos, la calle empedredada,
la fuente de la Concepción, el convento y la iglesia en ruinas.
Al otro lado de la calle, con la puerta entreabierta que me dejó
ver el jardin, la casa de mis abuelo, en donde niño hice correrías
y jugue al circo acompañado de amigos inolvidables, mientras
mis preciosas primas sonreían a nuestras proezas infantiles.
Cuando bajé en la esquina más proxima a casa, reconocí
las piedras gastadas por mis zapatos, el silencio, las manchas de los
muros de Catedral, los caños de agua, las ventanas. Recordé
con total precisión el dibujo del cemento de las aceras de mi
casa. Y frente a la puerta que no había pasado en tantos años,
recordé el llavín, corto y redondo, y como darle vuelta
para abrir; la manita del tocador, el buzón, la madera, la cuerda
para abrir la puerta sin tocar. Al fondo de la calle, el triángulo
perfecto del Volcán de Agua, enorme, sereno y azul, como siempre,
sin una cana, una nube engalanando la cima dorada por el sol de la tarde.
Tiré de la cuerda, empujé la puerta y entré con
el corazón en la boca.
- El perrito, muy viejo, muy viejo, anunció mi llegada y se
aproximó, cansado y enérgico, a detenerme. Silencioso,
apareció mi hermano Rafael. Nos abrazamos y nada nos dijimos.
Yo, al dar dos pasos en el umbral de mi casa, estaba agobiado por las
lágrimas. Era demasiado. Por el corredor apareció mi madre,
pausadamente, agachada, casi ciega. Ya sabía que no podía
ser sino yo. Sollozaba de alegría, de preocupación, de
quien sabe cuantas cosas, como yo sollozaba también. Es el abrazo
más dulce de mi vida, y por esos instantes valía la pena
morir, valía la pena vivir. Se sintió sofocada, y nada
teníamos que decirnos. Abrazada la llevé unos pasos más,
para sentarnos juntos en la centenaria banca conventual del corredor,
frente al jardín que cuidaban sus manos. Yo fui un niño
de nuevo junto a mi madre, en la vieja casa de mi niñez. Me tendí
alargado en la banca y puse mi cabeza sobre sus rodillas. Ella me acercó
a su regazo y no sé cuanto tiempo estuvimos así, mudos,
con los ojos inmóviles sobre las enredaderas y los geranios,
su mano apoyada en mi cabeza acariciándome, muy lentamente, alguna
vez. Siento aún su mano, como en aquel entonces, en la caricia
más intensa y tranquila de ternura infinita. Si no hubiese vivido
esos instantes indecibles de Antigua, en la casa de mis padres, habría
perdido lo mejor de mi vida.
Fuente:
Guatemala : las lineas de su mano. 3. ed. México : Fondo de Cultura
Económica, 1976, c1955.
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