La luz corre desnuda por el río
huyendo sin cesar en lo movible
de la profundidad, del hondo frío
en que empieza la sombra y lo invisible. 

La conoció al nacer, era rocío, 
no este vano correr tras lo imposible, 
imagen del humano desafío
a la divinidad. Sueño apacible

que endulza los saleros de los ojos, 
mesa frugal y paz es lo que anhela
navegante, soldado y rey de antojos; 

pero ¡ay! del ¡ay! del alma, no se alcanza
a volver con los remos y la vela
al puerto en que dejamos la esperanza. 

 

 


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.