|
|
Juan Hormiguero
... Yo sé que se vuelven tierra los que se comen el sueño...
Oírlo decir me dejó apabullado. Yo me comía el
sueño. Completamente apabullado. No es necesario explicarlo. Me
comía el sueño y me iba sintiendo... ¿Cómo
hacer?... ¿Me volvería tierra?... ¿Cómo hacer
para dejar de alimentar con mi sueño, despierto entre los míos,
cuando todos dormían, mi irrealidad nocturna, que era lo único
real de mi existencia?
¡Comerse el sueño... vaya una expresión!
El tiempo caluroso me obligó a abrir la ventana que daba a la
terraza. El polvo que el viento deposita durante el día, humedecido
a esas horas por el relente nocturno, llegaba a mis narices con fuerte
olor a tierra mojada, a lo que olían, me estaba volviendo tierra,
insensiblemente, mi pelo, mi saliva, mi cuerpo, cuando sudaba.
Olor a tierra mojada, a moho dulzón, a todo esto olía
yo por comerme el sueño, no porque durmiera (el que duerme come),
recto sentido del concepto, sino por aquello de que jamás pegaba
los ojos. Y ahora menos, inquieto por el sabor a barro de mi sudor y unas
tierritas que se me formaban en los ojos, en las uñas, en los dientes...
Y no es que uno se vuelva tierra como los muertos, de comerse el sueño,
es decir de comerse el sueño de no dormir. No, es otra cosa:
la sensación de una tierra viva, de una tierra con sed frente al
agua, sed de terrón seco en los labios, y una insoportable cosquilla
en las yemas de los dedos junto a los tiestos con flores. Y luego el hervor
de olla, puesta al fuego, que uno se oye en el pecho. A olla de paredes
delgadas, de tierra vidriosa, de lo que tal vez están hechas mis
orejas, mis párpados...
Comerse el sueño... Pues es comérselo y no dormir, tragárselo
y quedarse en vela... oír la noche pasar con todos sus ruidos y,
por momentos, no oír nada, como si ya fuéramos de tierra...
Paulatinamente nos gana la rigidez de esa nueva carne. De repente,
sería mejor. No habría tiempo de pensar. Pero, poro a poro,
pelo a pelo. El que se vuelve tierra porque se come el sueño, es
dueño de una lucidez marchita, pero no por ello menor que la del
que se levanta dormido. La Lucidez de la tierra...
¿Quién interrumpe?
Ha sido un disparo... ¿Un disparo lejano?... Un mono chilla...
No tengo tiempo de pensar en otra cosa que no sea la bestezuela coluda
que ha saltado por la ventana y corrido a refugiarse a mi lado, tiritando
como la noche estrellada, los dientecillos apretados, blancos, y los ojillos,
ya cerrados, ya abiertos, como siguiendo los altibajos del dolor que le
causa
la bala en un brazo.
|
| |
Trato de acariciarlo y él agradece con mirada de fruta. Le
hablo para que se sienta seguro. Le cuento que desde que llegué
a aquella casa, no duermo, me como el sueño, estoy condenado
a volverme tierra.
No se mueve. Me oye. Escucha los sonidos que salen de mis labios
y se da cuenta que le hablo, porque, pobrecita, se acurruca aún
más, la mano negra de larguísimos dedos, apretada al brazo
del que le mana sangre y solloza.
--Ya oí... -tronó una voz, la del que hizo el disparo-,
y todo está muy bonito, pero el mono me pertenece...
--¿Por qué? --dije, encarándome con un hombre
prieto, de cabellos largos y ojos enrojecidos.
--Porque es mío...
--¿Cómo tuyo?
--Yo lo herí...
--¿Y eso te da derecho?
--¡Claro que sí!
--Pues buscó asilo en mi casa, y no te lo entrego...
--Mejor me lo da -dijo cachazudamente-, no vaya a ser que pase una
que no sirve...
--No puede pasar, porque yo también estoy armado...
--Lo necesito. Mi pobre mujer se volvió tierra, y hay que
regarla con sangre de mono, para que vuelva a ser gente...
--¿De tierra...? -apuré las palabras, mis ojos convertidos
en interrogantes.
--Sí, un montón de tierra, como ver un hormiguero que
respira...
El mono seguía desangrándose y saltaba, igual que elástico,
en el estertor de la agonía, temblorosos los labios negros, de
vidrio muerto los ojos vivos...
--¡Vamos... -dije al inesperado visitante- algo de sangre quedará
y la regaremos sobre tu mujer! ¿Se está volviendo tierra
dijiste?
--Si, de comerse el sueño...
--¿Entonces es cieryo?
--¿Qué le pasa? -me interrogó cuando salíamos,
sin contestar a mi pregunta.
--Nada, nada... -le contesté y, apresurando el paso añadí:
--¿Llegaremos a tiempo?
--Sí, tal vez... Debemos llegar antes de que se instalen las
hormigas en lo que es ahora un montón de tierra con forma de
mujer...
--¿Y qué pasa si las hormigas...?
--Si las hormigas se instalan -me interrumpió-, ya no podría
rescatarla...
--De haber sabido. Tardaste mucho en llegar. El mono mientras tanto
perdió casi toda la sangre.
--Me entretuve buscándolo en los pajonales. Hasta después
me di cuenta que se había metido en su casa.
La luna asomó caliente, arenosa.
--Esa gran muerta -dijo aquél refiriéndose a la luna,
de la mano arrastraba al mono muerto-, se comió todo su sueño
y se volvió tierra, la luna es tierra, tierra a la que llegaron
las hormigas, antes que la regaran con sangre de mono... gran hormiguero
colorada o doradiosa, cuando brilla como ahora.
--¿Falta mucho? -preguntó ansioso.
--No mucho. Después de aquel entrecejo de cerros. Visto está
que quizá a la pobrecita no le convenía salvarse...
--Busquemos otro mono -propuse-, yo tiro muy bien con pistola...
--Eso sería bueno, pero mejor lleguemos. Alguito de sangre
le quedará a este desperdicio.
Entre unos árboles de ramazones secas, espinudas, al lado
de una casuca de paredes de adobe y techo de paja, nos detuvimos. Era
su casa.
--¿Y tu mujer? -interrogué ansioso.
Al hombre se le saltaron los lagrimones que le corrieron por la cara
helada, pálida, de pellejo con pelos.
De su mujer quedaba un montón de tierra con forma humana,
vaga forma humana, agujereada por miles de hormigas, coloradas. Lo abracé,
mientras dejaba caer el cadáver del mono y se deshacía
en lamentos y maldiciones.
Y esa mañana, en una piragua larga como un caimán que
gobernaba un indio melenudo, desnudo, con sólo el taparrabo,
salí por riachos de aguas transparentes y mansas, hasta
Carabín, y de aquí, a caballo hasta la estación
ferroviaria, de donde, en el primer tren de pasajeros, volví
a la capital...
El pobre hombre, esposo de la mujer que se volvió tierra,
de comerse el sueño, no quiso acompañarme por más
que le ofrecí buscarle trabajo en la ciudad, por no separarse
del lado de su mujer, por no dejarla sola.
--No está muerta -me explicaba-, siquiera estuviera muerta;
está viva, lo que pasa es que se volvió de tierra...
--Pero no ves... -traté de argüirle.
--No veo lo que se ve, sino lo que no se ve...
Y se quedó.
--¡Ah!... -me dijo, como si con eso se consolara, antes de
marcharme-, por todo esto de por aquí, igual que mojoncitos,
se ven hormigueros del alto de una persona. No son hormigueros, es gente
que comió sueño. Cientos, miles, millones de hormiguitas
negras y coloradas se alimentan de ese sueño comido, sueño
que se hace miel, miel espesa que
aprovechan los osos hormigueros. Sus largos hocicos... Su torpeza
de miopes... No ven que son cristianos convertidos, bajo durísima
costra, en esa harina amarillenta que se parece tanto al polvo de los
muertos.
No hubo manera de arrancarlo de aquel lugar, temía por ella,
y sólo después de mucho rogarle me confesó que,
para salvar a su mujer, tenía que cambiar de forma, dejar de
ser hombre y convertirse en ese hormiguero, de larguísimo hocico
y escasa vista.
--Pero eso es imposible...
--Lo intentaré cuando esté solo, y de conseguirlo...
¡ah!... de conseguirlo, la del oso: empezaré a lamer la
tierra barrosa del hormiguero, hasta abrir un agujero por donde meter
la lengua, para que en mi lengua se peguen las hormigas, que son el
sueño que ella se comió; entre más, mejor, que
cuando sean una nube, enfundaré de nuevo la lengua en mi boca
y me las comeré hasta acabar con todas, instante en que mi mujer
volverá a ser lo que era y... yo seguiré siendo lo que
soy, el misterioso Juan Hormiguero...
|