CAPITULO CUATRO
1
Afuera aún estaba oscuro. El fresco de la noche había agarrado la humedad del aire y la comprimió en gotas de rocío que colgaban transparentes de las hojas de los árboles. La neblina flotaba baja cubriendo las superficies planas. Su clima fantasmal apenas era mitigado por los primeros rayos del sol que tímidos se asomaban en el horizonte. El ambiente apacible de amanecer de montaña empezó a ser alterado por vibraciones que parecían pequeños temblores de tierra.
Mucha gente levantada a tan temprana hora corrió a la calle. Unos por temor de que fuera terremoto. Otros curiosos por averiguar de qué se trataba. Lo que vieron fue un gran tanque que avanzaba por la carretera principal rumbo al centro de la ciudad. Como un gigantesco armadillo metálico caminaba lentamente haciéndolo vibrar todo. Ni bien acababa de pasar cuando ya surgía otro detrás. Acabando de pasar ya venía otro. Y otro. Una larga fila de tanques hacía temblar todo ante su paso espasmódico.
En el cuarto que tenía como celda Tom Wright se despertó con las vibraciones. No podía ver nada pero sabía que era una columna de tanques. Se vistió con rapidez. Consideró inmediatamente las alternativas. Les dio vuelta pero sólo habían dos posibles: o una ofensiva mayor contra la guerrilla, pero eso sería como matar una mosca con un cañonazo, o un golpe de estado.
No tuvo tiempo de especular mucho. Los ruidos de los cuidadores y las llaves dando su infinidad de vueltas le indicaron que venían por él. Esperó paciente. La combinación de circunstancias prevía un nuevo giro en su situación. Sabía que estaba en manos de Pacal. Pero era oficial medio. No podía actuar con impunidad sin la complicidad de un oficial superior. ¿El ministro de la defensa? Era lo lógico. ¿Vendría el golpe por allí? ¿Pacal sería su agente de operaciones? ¿Cuál era el rol de Sandra? Los hombres entraron. Ahora traían chumpas de cuero.
-Nos vamos.
-¿A dónde?
-Un paseo al campo. Allí tiene una cita.
-¡Maravilla! ¡Por fin!
Se sintió como el actor de una farsa de tercera categoría. Sabía que no iba a entrevistarse con nadie y el otro lo sabía también. Ni siquiera mencionaban los tanques como si no sintieran la vibración en ese instante. ¿A dónde lo llevaban? ¿Y con qué motivo? Era como una serie de brotes de cánceres desconocidos en las cuáles todas las personas que parecían estar de su lado resultaban del lado contrario y todos los valores que conformaban su identidad iban cayendo uno por uno hasta no quedar más que una esencia desnuda de cinismo apenas guarecida en un corazón confundido.
-¿Y los tanques?
-Maniobras nomás.
-Vienen del Mariscal Zavala.
-Shó, pisado, no le des información...
-Ay, disculpe, mi...
-¿Y vamos a salir enmedio de maniobras de ese tipo?
-Es el mejor momento. Cuando ni huelen que uno anda en la calle dando sus colazos.
El segundo hombre le vendó los ojos con un trapo negro y lo tomó del brazo. Lo sacaron del cuarto. Le indicaron que siguiera hacia la izquierda unos quince pasos y luego hacia la derecha una distancia similar. Sintió el aire fresco cuando salió. Se tropezó con el desnivel del suelo. Lo sostuvieron firmemente para que no cayera y escuchó un carro que no podría estar más allá de un par de metros encender su motor con dificultad por el frío del amanecer. Lo llevaron hasta el vehículo y le indicaron que subiera alto la pierna izquierda. La levantó lo más que pudo y se la colocaron sobre una superficie metálica. Lo cargaron en vilo y entendió lo que sucedía. Lo estaban introduciendo al baúl. Tanteó a su alrededor y sintió una gruesa capa de hule sobre una superficie de metal fría.
-Lo vamos a dejar con las manos desamarradas porque el camino es de tierra y hay muchos baches. Así que protéjase la cabeza con las manos cuando sienta el bamboleo.
Asintió con la cabeza. Se la bajaron cuidadosamente para que no se golpeara al cerrar. Sintió la presión del aire y el ruido al quedar encerrado en el pequeño espacio. El carro se puso en marcha. Efectivamente salían por un camino de tierra. Iban lentamente. Sin embargo los innumerables baches le producían una sensación similar a la de una montaña rusa.
Se quitó el pañuelo. Pensó que era demasiado importante como para que lo ajusticiaran por eso. Ya sin él dejó que sus ojos se acostumbraran a esa nueva obscuridad hasta reconocer los rincones del espacio que lo aprisionaba. Veía claramente los sostenes metálicos de la tapa del baúl, la superficie ligeramente inclinada que lo separaba del asiento trasero, la llanta de repuesto bajo la placa metálica sobre la cual se encontraba. Empezó a meter su mano derecha por todas partes buscando algún objeto mientras se protegía la cabeza con el otro brazo.
El carro llegó al asfalto y empezó a andar con mayor rapidez. Hurgando con dificultad bajo la placa metálica, pues implicaba pegarse al fondo del baúl para poder apenas medio levantarla, sus dedos dieron con una pieza que se movió. La sintió en las yemas de sus dedos. La palpó y finalmente pudo asirla. Era una especie de desarmador grande que servía para introducirlo dentro del gato y hacer palanca a la hora de cambiar una llanta. Con esa pieza empezó a forcejear con la cerradura.
Percibió que el carro ya se encontraba en la ciudad. Avanzaba y se detenía. Avanzaba y se detenía. Siguió forcejeando con la cerradura. El largo y tedioso entrenamiento de hacía más de diez años estaba redituando. Poco a poco las cosas aprendidas, la voz socarrona y mandona de su entrenador, volvían como si estuvieran cuidadosamente guardadas en un ligero estuche de su memoria donde pasaron desapercibidas durante años. Resurgían agitando recuerdos de su pasado que recomenzaba a rumiar como si hubieran acontecido el día anterior.
Forcejeó para un lado y para el otro. Falló. Intentó de nuevo para el lado contrario. Cuando ya sentía que el esfuerzo sería en vano escuchó el ansiado "click" que delataba el éxito de su empresa. Con la misma pieza mantuvo la tapa en su lugar hasta que el carro disminuyó velocidad. Se tensó. Sudaba un sudor agrio con olor a ajo. Sintió como si tuviera pulmonía. El corazón le latía tan fuerte que parecía un ensordecedor ruido de tamborón. Las manos estaban cerradas con tal fuerza que le cortaron la circulación y se le adormecieron ligeramente. El auto se detuvo. En ese instante empujó la tapa y saltó hacia afuera.
Se agachó para que la tapa lo cubriera y corrió en zigzag luego de caer mal sobre el tobillo derecho y casi caerse. Ni supo como guardó el equilibrio. Se raspó la mano derecha. Tenía un dolor punzante en el tobillo. Corrió lo más que pudo en dirección contraria a la del carro. Le pareció que no avanzaba nada. El vehículo estaba apenas a unos metros. Sintió escalofríos en la espalda por donde calculó que iban a entrarle los tiros. El aire lo sacudía como si intentara frenar su escapada. Lo sentía friísimo, como si estuviera sin abrigo en pleno invierno americano.
Los hombres tardaron algunos segundos decisivos en darse cuenta de lo que sucedía. Cuando finalmente comprendieron saltaron para afuera por las portezuelas del vehículo blandiendo sus Uzis. Hubiera sido un blanco fácil pero el primero todavía tuvo una tenue presencia de espíritu y le gritó al segundo:
-¡No le tirés!
Armas en mano dejaron el carro a media calle y empezaron a correr tras él. Tom Wright escuchó en el asfalto húmedo los pasos de los hombres que disparaban al aire. Cada vez que lo hacían sentía los balazos perforando su espalda, el erizamiento de la columna vertebral, la respiración que se le quebraba, las palpitaciones del corazón que lo ahogaban. Se visualizaba carnavalescamente perdiendo fuerza, resbalándose, golpeando el asfalto mojado, imitación de cadáver. Sin embargo sus piernas siguieron moviéndose automáticamente. Su jadeo era como el de un asmático pero seguía vivo, intacto, corriendo, corriendo. Los tiros estallaban en sus oídos como si fueran disparados a centímetros de los mismos. Cada ráfaga le reventaba el tímpano y le llenaba de agua la cabeza. No sabía si le iban dando alcance, si él se alejaba. Solo corría. Escuchaba los disparos y respiraba con dificultad emitiendo sonidos guturales como los de un chivo asustado.
Llegó a la esquina. Al lado de una casa derruida había una cantina con gran número de hombres entrando y saliendo en diversos estados de ebriedad. Eran del tipo que normalmente lo llenaban de pavor. Enfrente había una parada de bus y llegaba uno justo en ese momento. Era viejísimo, morado claro. Chirriaba como si el motor estuviera a punto de explotarle. El horizonte empezaba a clarear pero el bus iba lleno.
Sin detenerse ni un segundo saltó dentro del autobús. Estaba sudando, sucio, sin rasurarse. Sólo por su porte físico podía pensarse que era gringo. El chofer se le quedó viendo. Era un hombre muy moreno, de cejas gruesas y bigote espeso con cara de pocos amigos. En ese instante comprendió su trágico error. No traía ni un centavo en la bolsa. Empezó a temblar incontroladamente. Sus músculos se convirtieron en gelatina. Con dificultad luchó por recobrar el control de su lengua y haciendo una serie de contorsiones que expresaron mejor que nada el trance por el cual pasaba, se atrevió a balbucear suavemente:
-Por favor, me persigue el ejército.
Sin decirle nada el chofer levantó una gruesa mano llena de callos y le indicó con el pulgar que pasara para atrás. Con una palidez mortal y la expresión vaga como si sufriera de malaria se metió en el centro del vehículo. Estaba lleno de gente parada que no consiguió asiento. Se agachó para no sobresalir y estuvo a punto de caerse cuando el bus dio un violento arrancón, rechinó con severidad y empezó a moverse generando el ruido infernal de su máquina.
Entre el codo de un hombre y el talle de una señora gorda consiguió ver por la ventanilla cómo sus perseguidores lo perdían. Uno entró a la cantina arma al aire, despabilando a todos los que aún flotaban en el letargo alcohólico y generándoles una carga de adrenalina que les devolvió la sobriedad bruscamente. El otro siguió corriendo de largo, revisando los zaguanes de las casas de esa cuadra. Estaba a salvo. Cerró los ojos. Respiró profundamente y el mundo empezó a darle vueltas. Sintió humedad en sus cachetes. Se limpió con la manga de la camisa y percibió que lloraba.
El bus avanzó entre rechinidos, frenazos, zangoloteos, dio vueltas, la gente subió y bajó. A pesar de la temprana hora de la mañana los olores a sudor humano recargaban el cerrado ambiente con su tufo. Era una cosa que normalmente le hubiera repugnado. Sin embargo ahora se sentía protegido enmedio del vaho hediondo, enmedio del pueblo sudado que se preparaba para iniciar sus labores matutinas. El calor del bus le devolvía la vida y le tranquilizaba el pulso aunque no le ofreciera mucho oxígeno. El calor de los cuerpos frotándose contra el suyo ayudaban a calmarle los nervios, a devolverle el control, a mantenerlo de pie hasta que pudiera volver a hacerlo por cuenta propia.
Sin embargo no podía quedarse en el bus todo el tiempo. Tenía qué sacar fuerzas de flaqueza y abandonar el calor acogedor para retornar a su hotel a establecer contacto. No conocía la ruta del bus ni la ciudad. Conforme aclaraba percibió que venían de las afueras, de un barrio pobre de casas dilapidadas. Gradualmente se aproximaban al centro. En algún momento en el cual creyó reconocer un sitio conocido avanzó hacia el frente y salió sin pensarlo mucho. El chofer lo volteó a ver y sonrió por entre sus gruesos bigotes. Le balbuceó muy quedito:
-Suerte, compañero.
2
No lejos de donde descendió Tom Wright del bus y más o menos configurando un triángulo equilátero entre éste y los tanques, Kukulkán, Ariadne y Vallejo circulaban en un pequeño vehículo por una calle desierta. En el asiento de atrás Kukulkán y Ariadne se abrazaban como si fueran amantes volviendo a casa poco antes del amanecer. Vallejo conducía como alguien obsesionado por escudriñar lo que sucedía en el asiento trasero. Sus movimientos toscos le permitían girar y observar con detenimiento obstáculos en su trazada ruta tanto por delante como por detrás.
En el fresco amanecer parecía una fantasiosa danza de teatrales avestruces ocupando el único vehículo que circulaba por una soñolienta y estrecha calle. Los angostos vericuetos de la parte más vieja de la ciudad se prestaban para este desahogo en el cual armadillos, avestruces y un asustado ratón convergían gradualmente hacia un mismo punto donde una peligrosa serpiente los esperaba agazapada en un escenario de cabaret.
3
Todavía semidormido el hombre respondió el teléfono con desgana. Sintió más frío que de costumbre. Palpó a su alrededor para buscar una camiseta. La voz del otro lado no le dio tiempo para concluir sus objetivos.
- Aló? Fí?... Oh, feñor ministro, como eftar usted?... No, ef mala hora. El feñor embajador no puede fer molestado, ¿fe da cuenta ufted qué horas fon?... Entiendo que fea una emergencia. Pero todos los mensajes tienen qué fer canalizados por mí... Entiendo. Afumo plenamente mi responsabilidad. Del tipo que fea. ¿Entiende ufted también?... Fí. Intente llamarlo a las ocho de la mañana en punto, fuceda lo que fuceda... ¿Okey? Que le vaya bien entonces. Fuerte y hasta más tarde.
Colgó el aparato. Hizo una mueca de disgusto. Detestaba esas llamadas. Además no había nada qué hacer. Sus ordenes eran claras. Nadie podía comunicarse con el embajador hasta que todo concluyera de la manera que fuese. Encontró una vieja camiseta con un lema de la universidad de uno de los hijos de la secretaria particular del embajador. Prendió un cigarrillo. Estaba muerto de cansancio. Tenía qué mantenerse despierto. Habrían más llamadas. El proceso recién se iniciaba. Depositó el humeante cigarrillo a medio prender en el cenicero. El teléfono sonó de nuevo.
-¿Aló? ¿Fí?... Hola, qué forpresa... Claro que fe lo que eftá fucediendo... Fí lo fe... ¿Tom Wright fe efcapó? Holy shit!... ¿Cómo lo fupiste?... ¿Y dónde eftá ahora?... Oh shit. Holy shit... Fí. Gracias... Adiós.
Colgó. Sintió una punzada en el estómago. Un ardor terrible lo hizo visualizar inmediatamente una botella de Kaopectate. Se apretó las manos con fuerza. Encendió otro cigarillo e inhaló profundamente. Sus huesos eran pesados bloques de cemento que lo jalaban hacia abajo hundiéndolo en un mar de aguas turbias.
Lo único que necesitaba era que mataran a uno de sus propios agentes. Entonces si que el mundo se le venía encima. Adiós a sus promociones, adiós a los negocios, adiós a todo. Pateó el basurero con cólera. Este rodó alrededor del cuarto en forma de media luna dejando en su camino una estela de pelotitas de arrugados papeles blancos que corrían sueltos por la habitación con ligereza inaudita como si alguien acabara de abrir la puerta de una conejera.
Se puso de pie. Su mente enturbiada hasta contempló llamar a Pacal. Recapacitó. Era el peor momento. Además lo tenía expresamente prohibido. Implicaba directamente a la embajada. Pero, ¿y si le mataban a su agente? No aguantaba el ardor del estómago. A lo mejor se moriría de una úlcera reventada. Reclinó la cabeza. Inhaló profundamente y volvió a dejarse caer sobre el sillón como si fuera un muñeco de gelatina.
4
Caminar por las calles de la ciudad lo ponía aprensivo. Buscó un teléfono público pero no encontró ninguno. En esa ciudad sucia y despintada, acribillada de rótulos de todos colores montados unos sobre de otros, no existía ni una triste cabina telefónica. Era muy temprano de mañana y el sol aún no entibiaba. Sin embargo la ciudad ya se agitaba como un hormiguero picado con un palo. Sus pasos resonaban en el asfalto con premura mientras fantasmas de crueldad lo asaltaban en cada rincón que cruzaba. Mendigos carcomidos por enfermedades inefables, gente cetrina sin manos o piernas se arrastraban en busca de alguna madriguera ahora que el sol iluminaba sus deformidades. Chillidos de niños invisibles cruzaban el aire impregnado de fetidez y de olor a podrido. Las calles enlodadas y estrechas conformaban una geometría extraña que proyectaba un horror y una tristeza singulares y sofocantes. Sólo la melancolía de los rostros armonizaba en una ciudad carente de estética, de sentido de ritmo, avergonzada de sus cuerpos, de su color, de su olor, de todo menos de su insular aislamiento y de sus crímenes.
Empezó a buscar un taxi. Quería sobrevivir a este gigantesco basurero urbano cuyas paredes resquebrajadas y cochinas parecían imitar las almas torcidas de sus calcinados habitantes. Dio la vuelta a la esquina. Recordó que había un puesto de taxis en el parque central. Si estaba en el centro de la ciudad sería el más cercano. Pensó en preguntarle a algún transeúnte cómo llegar hasta el parque pero recordó la columna de tanques. El palacio nacional estaba enfrente. Tendría qué encontrar otra manera.
Cruzó la siguiente esquina. Vio venir un carrito pequeño. En su interior distinguió una pareja que se besuqueaba. Miró para atrás. No había nadie más en esa cuadra. Decidió seguir como si nada. El carrito avanzó en dirección suya. Dentro, Kukulkán y Ariadne mantenían la pantomima del besuqueo. Vallejo ya había descartado al andrajoso personaje y se preparaba para cruzar la esquina siguiente. Las cejas de Ariadne se alzaron de pronto.
-¡Mirá! ¡El gringo!
Kukulkán alzó la vista instintivamente y vio la figura sucia en la acera. Era el extranjero cuyas fotos estudió con detenimiento y del cual Arlequín le dio tres o cuatro datos interesantes.
-Es con él que estuve en la Antigua.
-Va fugado el fregado. Pará, Vallejo. Pará. Y vos te bajás a saludarlo. Sorpresas te da la vida.
-¿Estás chiflado?
-Se debió escapar. Mirale la planta. Es nuestro chance.
El carro frenó súbitamente. Ni bien lo hizo Ariadne saltó frente a él. Levantó tímidamente la palma de la mano y la agitó al aire desplegando una forzada sonrisa. Tom Wright se espantó. En eso reconoció a la mujer que le agitaba la mano. No había la menor duda. Era ella. Ironías de la vida.
La mujer se le pegó. No había asomo de agresividad. El carrito mantenía el motor andando y la puerta abierta. Dentro del mismo distinguió los rostros más normales que había visto en toda la mañana. Ella se veía pálida y más delgada. Parecía más niña.
-¿Para dónde va?
-No se. Estoy buscando un taxi.
-Por aquí no hay. Y si sigue pa' allá lo van a agarrar.
Era la voz del hombre que estaba abrazado con ella.
-¿Dónde puedo conseguir uno?
-Por aquí no hay.- Era ella de nuevo.
-Véngase con nosotros. Lo llevamos.
La frase de Kukulkán la sorprendió hasta a ella, que frunció la nariz con desaprobación. El conductor también pareció sorprenderse. Tom Wright pensó rápidamente y vio que no tenía otra opción realista.
-Vamos. Al fin, tenemos negocios pendientes.
5
La cama estaba revuelta. Las sábanas se retorcían una contra otra como exprimidas serpientes en celo. Había intentado dormir y dio vuelta y vuelta sin conseguirlo. Por la ventana abierta los tonos rojizos del sol del amanecer comenzaban a manifestarse con fuerza por encima del cerro que protegía la casa desde ese punto estratégico, golpeando sus aristas doradas y revirando en todas direcciones por el techo de la habitación como proyectados por un kaleidoscopio. Cuando amanecía en su fresca habitación el sol ya alumbraba el centro de la ciudad.
La imagen sensual que la delgada bata mal amarrada proyectaba abriéndose libremente y volándose como velas con sus largas zancadas era traicionada por la tensión en su cara. Caminaba de una punta a la otra del cuarto con las manos tras la espalda. Sonó el teléfono. Corrió hasta su mesa de noche con rapidez inaudita. Levantó el receptor y ni siquiera esperó saber quién llamaba como acostumbraba siempre.
-¡Barba amarilla!
Se le congeló la sangre al oir enmedio de ruidos eléctricos una voz que no esperaba desde el otro lado de la línea.
-No Cascabel. Es el gringo baboso.
Le decía Cascabel. Computó el dato vital. Además la llamaba a ese número que sólo tres personas conocían. Sintió un súbito impulso de hacer pipí. Pensó que de la manera más sórdida posible su pasado se le confundía con un obscuro e imprevisible presente que en ese preciso instante se caía en pedazos sacudido por un terremoto.
-¡Tom! ¡Por dios, dónde estás!
-Con Kukulkán my dear. ¿No me había secuestrado pues?
-¡Tom, en serio!
-Nunca he sido más serio en mi vida Cascabel. ¿Dig?
Ignoro la ironía y adoptó una pose femenina. La esencia de todo era poder controlar.
-No se de qué me estás hablando Tom.
Oh, cut the shit! Sabes perfectamente bien. No te hagas la estúpida. Pensaste que yo era Barba Amarilla.
-¡Tom, estás loco!
-Sí, pero no tanto.
Le hervía la cabeza. Una fina película se le formó frente a los ojos. Transformó la claridad del amanecer en prismáticas luces de colores que rebotaban por todas las paredes como infinidad de brillantes que la envolvían hasta aprisionarla.
-¿Dónde estás, Tom? Dame tu número... te llamo de vuelta.
-¿Todavía me tomas por un idiota? Si lo que quieres es verificar que me escapé la respuesta es sí, querida. Me escapé.
Se le fugaron unas incontrolables gotitas de pipí. Si se había huído de veras y tenía acceso a ese número, todo estaba perdido. Su esfuerzo de años, sus sueños, imprevisiblemente arruinados por su primer iluso amor.
-Me confundís otra vez Tom.
-Deja de actuar, Sandra. Reconozco que eres una gran actriz. Pero ahora ya lo sé todo.
¿Lo sabría de veras? Sabía algo. Lo insinuaba. El no era de los que se compraban o se quedaban callados. Todas sus pesadillas, todos sus escondidos temores cobraban realidad. Confirmó que no vivía en una mansión palaciega sino en una sucia cueva de ratones hambrientos dispuestos a roerle sus tristes huesos. Sacando fuerzas de flaqueza y despreocupada por el hilito de orines que le corría caliente por el muslo izquierdo, dijo:
-No me conocés lo suficiente como para creer que iba a caer en ese viejo truco. Decime dónde estás y ya.
-Deberías conocerme lo suficiente como para saber dónde.
Le colgó. Se quedó con el auricular en la mano escuchando la monotonía del pito telefónico. Apretó el aparato como si pudiera destriparlo. Enseguida soltó un terrible, ahogado y ronco sollozo como grito de ave prehistórica. Se contuvo. Temblaba como si sufriera un ataque de malaria.
Corrió para el baño. Luego de dar rienda suelta a sus riñones e intestinos lloró quedamente mientras pensaba en lo que tenía qué hacer. Saltó apresuradamente dentro de un par de pantalones y se metió un suéter encima. No se molestó en bañarse, maquillarse o ponerse ropa interior. Soló se salpicó un poco de agua fría en el rostro para despabilarse y limpiar las lágrimas. Se puso el primer par de zapatillas que encontró. Buscó nerviosamente su bolsa y llaves y salió a prisa de su habitación. Atravesaba la enorme sala central camino a la puerta cuando una inesperada voz distante y frágil interrumpió sus pasos.
-¿A dónde vas a estas horas Sandrita? Con lo peligroso que debe estar allá afuera...
Lo inesperado del instante la sacudió como un fantasma. Dio media vuelta y vio a don Leonel sentado en el sofá. Se veía sumamente cansado aunque tranquilo. Frente a él la mesita estaba llena de ceniceros rebalsados de colillas y vasos con agua sucia que indicaba hielo derretido. Una botella de Chivas Regal yacía en el suelo a su lado.
-Estoy esperando que llame el Ministro de la Defensa. Le pedí ser ministro de agricultura. Siempre soñé con ser ministro de agricultura. Después de eso ya me puedo morir tranquilo.
Don Leonel miró su reloj. Cerró los ojos con satisfacción y colocó sus manos sobre su panza. Sandra sintió de golpe un asco que se le transformaba en náusea y corrió hacia la puerta.
-No salgás Sandrita. Me lo dice mi corazón.
Contuvo apenas su carrera y casi aguantando la respiración para no sentir el aire rancio oloroso a residuos de whisky dijo:
-No hay alternativa don Leonel. Nos metimos en líos por causa suya y ahora no puedo escoger. Es por usted que estoy saliendo así a estas horas.
Sorprendido, él se irguió y se le quedó viendo con una patética devoción animal.
-Por Dios, si las mujeres escribieran la historia relatarían que el sol sale en occidente y que la luna ilumina el día.
-Ni se acuerda de todo lo que hizo. Este no es el momento de discutirlo. Pero créame. No estoy provocándolo. Siempre he barrido la basura bajo la alfombra y nunca protesté. Reconozco que también me convenía. Lo que pasa es que ahora estoy un poco asustada. Pero acuérdese que el ser humano no es ni angel ni bestia, y la desgracia quiere que quien pretende hacer de ángel haga de bestia.
-Vete hija. No te estoy reprochando nada. Cuidado. Acordate que buscamos siempre otras cualidades por no saber usar las nuestras, y nos salimos del personaje que somos por no haber aprendido a estar dentro. Aunque andemos con zancos tenemos que usar nuestras propias piernas, y la mayor altura que los zancos nos dan es sólo aparente. Más temprano que tarde tenemos que bajarnos de ellos. Y en el trono más elevado del mundo seguimos sentados de culo y sobre nuestras nalgas.
Sandra sonrió. Enseguida continuó hacia afuera. Todavía como un último reflejo agregó:
-Salúdeme al señor ministro.
Salió. Con un gesto de impaciencia ordenó su carro. Arrancó mientras se servía un rápido trago de la botella que guardaba al lado de la guantera. Encendió la luz interior dejándola prendida para que la reconocieran y colocó un casco de bomberos sobre el tablero. El carro de sus guardaespaldas se le pegó detrás. Ambos vehículos salieron disparados rumbo a la ciudad. Las pálidas luces amarillentas del alumbrado público aún estaban encendidas. Eran tan débiles que apenas si creaban una vaga sensación enfermiza que no conseguía imponerse a la bruma matinal que la humedad del cerro generaba.
Desde la primera intersección en la carretera observó que había soldados en estado de alerta con equipo de combate. Donde no había garitas estaban atrincherados en un rincón estratégico como si fuera un ejército de juguete que pretendía esperar un inminente ataque de fuerzas superiores.
Los vehículos avanzaron rápidamente hacia la parte moderna. Circular esa mañana era una osadía inaudita, un riesgo impensable. De no ser por lo que aconteció nunca se encontraría en las desamparadas calles cubiertas de hojas muertas que se volaban con el aire fresco hasta pegarse en el agua de los charcos. No había nadie caminando por las banquetas. Ni un alma. Sólo jeeps. Jeeps llenos de soldados con ametralladoras 50 apuntando hacia atrás. Alzando la vista vislumbró que en la terraza de algunos de los modernos edificios de la zona tenían instaladas ametralladora antiaéreas rodeadas de sacos de arena.
Cuando no había jeeps en la calle el silencio de la mañana era espeluznante. Todo se veía difuso como cuando uno intenta ver con los lentes húmedos o como los rostros de pesadilla. Después de lo que le pareció una eternidad llegaron al hotel. Se fue directamente a la entrada principal. Corrió, literalmente corrió, hasta el registro.
-Habitación 312 por favor.
-¿El señor Wright?
-Sí...
-Acaba de salir. Rentó un carro y nos dijo que en caso de cualquier problema iba para la embajada americana.
-Gracias.
Corrió de vuelta hacia fuera, gritándole al encargado que no se llevara el carro al parqueo. Saltó dentro en una burdísima imitación de los vaqueros de película sobre sus caballos a la hora de las persecuciones. Dio media vuelta a toda velocidad buscando lo más pronto posible la avenida la Reforma.
Ya en la avenida aceleró aún más. Su última esperanza era el Aguila Calva. Pero, ¿y después? Tom Wright hablaría. Tendría qué encontrar la manera. Había llegado al momento más crítico de su vida. En ese instante no se podía titubear. Estaba jugándose el todo por el todo y el que parpadea pierde. Bastaba con que no hablara con nadie más de la embajada. Algunas horas incluso. Era lo único que necesitaba, lo único que pedía. Del resto ella se encargaba.
Era una ironía pensar así. Su primero, al que había besado en el cuello a lo largo de sus venas con pequeños mordiscos que dejaron su huella, al que agarró de los cabellos y confrontó con los ojos hasta que sintió que los suyos lo penetraban y se conjugaban ambos pares en el fondo de sus retinas donde todo era líquido mezclado, fundido, imposible de separar. Por el que lloró la primera noche en un ataque de histeria luego del amor, pidiéndole a las cinco de la mañana en aquel dormitorio colegial del sur de los Estados Unidos que la llevara inmediatamente a su casa en Guatemala, que ella quería dormir con su mamaíta, que qué iba a pensar de ella.
Y ahora, allí estaba. Con la nostalgia de volver a ser inocente, de volver a ser muchachita, de volver a ser cuchuchada, de poder dormir en la noche, de volver a poder desperezarse en la mañana con una sonrisa en la boca y deseos de vivir inundándole las venas. Todo eso lo había perdido. No podía dejar de temblar sin beber whisky. Tomaba píldoras al levantarse para tener la fuerza de salir de la cama. No amaba a nadie. No sentía orgasmos. Se aburría hasta masturbándose. Estaba sola. Todo era político, todo calculado, todo era trabajo, todo era rigor, todo era disciplina de hierro, todo era mantener las pasiones bajo control y la mente lúcida, todo era protegerse de sus enemigos. Ya ni sabía qué quería decir estar viva.
La riqueza sólo le importaba en la medida en que era poder, y el poder la inundaba con su fatal atracción como al adicto. La dominaba como mar embravecido que no permite volver a la playa, que las olas la alejan más, flotando como corcho en una superficie que no controla. Del mar embravecido ya no saldrá nunca, y lo único que anhela es que el momento pase para descansar y dormir otra vez como cuando era niña y dormía, dormir.
Las lágrimas se le escurrían por los cachetes. Nacer en Guatemala era un castigo atroz que le retorcía la mente como trenza. Hasta al más lúcido, hasta a su hermano que era la prueba viviente de la sanidad y de los buenos sentimientos, lo iban a matar también un día de estos. Pero en esa anarquía uno existía.
Escuchó un ruido y abrió la ventanilla para ver. Eran cazas. Venían del aeropuerto volando a baja altura en dirección al palacio. Llevaban rockets bajo las alas.
Llegó a la embajada. Sacó la botella y se echó un trago rápido enjuagándose la garganta con el mismo. La embajada estaba rodeada de bolsas de arena. Parecía hormiguero. Habían marines por todas partes y policía militar. La pararon inmediatamente.
En cuanto se inició la acción se sobrepuso. Se limpió la cara rápidamente, sonrió y sacó la credencial especial que el Aguila Calva le había dado justo para estos casos. Ante el cartón mágico y multicolor la dejaron parquear y entrar al edificio. Caminando hacia la puerta principal no hubo ni un soldado que no se volteara a verla con su andar rápido que mecía las caderas sin asomo de represión, el pelo suelto flotando detrás como una catarata de estrellas, los enormes ojos que hipnotizaban al que cruzara su mirada, la boca de miel con su grueso labio inferior que invitaba a un mordisco, que se ostentaba rojizo y semi-abierto como la fruta prohibida. Ya era Sandra la invencible, la conquistadora, la que se engullía a cualquiera que se le atravesase en su camino.