CAPITULO CUATRO
1
Afuera aún estaba oscuro. El fresco de la noche había agarrado
la humedad del aire y la comprimió en gotas de rocío que
colgaban transparentes de las hojas de los árboles. La neblina flotaba
baja cubriendo las superficies planas. Su clima fantasmal apenas era mitigado
por los primeros rayos del sol que tímidos se asomaban en el horizonte.
El ambiente apacible de amanecer de montaña empezó a ser
alterado por vibraciones que parecían pequeños temblores
de tierra.
Mucha gente levantada a tan temprana hora corrió a la calle. Unos
por temor de que fuera terremoto. Otros curiosos por averiguar de qué
se trataba. Lo que vieron fue un gran tanque que avanzaba por la carretera
principal rumbo al centro de la ciudad. Como un gigantesco armadillo metálico
caminaba lentamente haciéndolo vibrar todo. Ni bien acababa de pasar
cuando ya surgía otro detrás. Acabando de pasar ya venía
otro. Y otro. Una larga fila de tanques hacía temblar todo ante
su paso espasmódico.
En el cuarto que tenía como celda Tom Wright se despertó
con las vibraciones. No podía ver nada pero sabía que era
una columna de tanques. Se vistió con rapidez. Consideró
inmediatamente las alternativas. Les dio vuelta pero sólo habían
dos posibles: o una ofensiva mayor contra la guerrilla, pero eso sería
como matar una mosca con un cañonazo, o un golpe de estado.
No tuvo tiempo de especular mucho. Los ruidos de los cuidadores y las llaves
dando su infinidad de vueltas le indicaron que venían por él.
Esperó paciente. La combinación de circunstancias prevía
un nuevo giro en su situación. Sabía que estaba en manos
de Pacal. Pero era oficial medio. No podía actuar con impunidad
sin la complicidad de un oficial superior. ¿El ministro de la defensa?
Era lo lógico. ¿Vendría el golpe por allí?
¿Pacal sería su agente de operaciones? ¿Cuál
era el rol de Sandra? Los hombres entraron. Ahora traían chumpas
de cuero.
-Nos vamos.
-¿A dónde?
-Un paseo al campo. Allí tiene una cita.
-¡Maravilla! ¡Por fin!
Se sintió como el actor de una farsa de tercera categoría.
Sabía que no iba a entrevistarse con nadie y el otro lo sabía
también. Ni siquiera mencionaban los tanques como si no sintieran
la vibración en ese instante. ¿A dónde lo llevaban?
¿Y con qué motivo? Era como una serie de brotes de cánceres
desconocidos en las cuáles todas las personas que parecían
estar de su lado resultaban del lado contrario y todos los valores que
conformaban su identidad iban cayendo uno por uno hasta no quedar más
que una esencia desnuda de cinismo apenas guarecida en un corazón
confundido.
-¿Y los tanques?
-Maniobras nomás.
-Vienen del Mariscal Zavala.
-Shó, pisado, no le des información...
-Ay, disculpe, mi...
-¿Y vamos a salir enmedio de maniobras de ese tipo?
-Es el mejor momento. Cuando ni huelen que uno anda en la calle dando sus
colazos.
El segundo hombre le vendó los ojos con un trapo negro y lo tomó
del brazo. Lo sacaron del cuarto. Le indicaron que siguiera hacia la izquierda
unos quince pasos y luego hacia la derecha una distancia similar. Sintió
el aire fresco cuando salió. Se tropezó con el desnivel del
suelo. Lo sostuvieron firmemente para que no cayera y escuchó un
carro que no podría estar más allá de un par de metros
encender su motor con dificultad por el frío del amanecer. Lo llevaron
hasta el vehículo y le indicaron que subiera alto la pierna izquierda.
La levantó lo más que pudo y se la colocaron sobre una superficie
metálica. Lo cargaron en vilo y entendió lo que sucedía.
Lo estaban introduciendo al baúl. Tanteó a su alrededor y
sintió una gruesa capa de hule sobre una superficie de metal fría.
-Lo vamos a dejar con las manos desamarradas porque el camino es de tierra
y hay muchos baches. Así que protéjase la cabeza con las
manos cuando sienta el bamboleo.
Asintió con la cabeza. Se la bajaron cuidadosamente para que no
se golpeara al cerrar. Sintió la presión del aire y el ruido
al quedar encerrado en el pequeño espacio. El carro se puso en marcha.
Efectivamente salían por un camino de tierra. Iban lentamente. Sin
embargo los innumerables baches le producían una sensación
similar a la de una montaña rusa.
Se quitó el pañuelo. Pensó que era demasiado importante
como para que lo ajusticiaran por eso. Ya sin él dejó que
sus ojos se acostumbraran a esa nueva obscuridad hasta reconocer los rincones
del espacio que lo aprisionaba. Veía claramente los sostenes metálicos
de la tapa del baúl, la superficie ligeramente inclinada que lo
separaba del asiento trasero, la llanta de repuesto bajo la placa metálica
sobre la cual se encontraba. Empezó a meter su mano derecha por
todas partes buscando algún objeto mientras se protegía la
cabeza con el otro brazo.
El carro llegó al asfalto y empezó a andar con mayor rapidez.
Hurgando con dificultad bajo la placa metálica, pues implicaba pegarse
al fondo del baúl para poder apenas medio levantarla, sus dedos
dieron con una pieza que se movió. La sintió en las yemas
de sus dedos. La palpó y finalmente pudo asirla. Era una especie
de desarmador grande que servía para introducirlo dentro del gato
y hacer palanca a la hora de cambiar una llanta. Con esa pieza empezó
a forcejear con la cerradura.
Percibió que el carro ya se encontraba en la ciudad. Avanzaba y
se detenía. Avanzaba y se detenía. Siguió forcejeando
con la cerradura. El largo y tedioso entrenamiento de hacía más
de diez años estaba redituando. Poco a poco las cosas aprendidas,
la voz socarrona y mandona de su entrenador, volvían como si estuvieran
cuidadosamente guardadas en un ligero estuche de su memoria donde pasaron
desapercibidas durante años. Resurgían agitando recuerdos
de su pasado que recomenzaba a rumiar como si hubieran acontecido el día
anterior.
Forcejeó para un lado y para el otro. Falló. Intentó
de nuevo para el lado contrario. Cuando ya sentía que el esfuerzo
sería en vano escuchó el ansiado "click" que delataba el
éxito de su empresa. Con la misma pieza mantuvo la tapa en su lugar
hasta que el carro disminuyó velocidad. Se tensó. Sudaba
un sudor agrio con olor a ajo. Sintió como si tuviera pulmonía.
El corazón le latía tan fuerte que parecía un ensordecedor
ruido de tamborón. Las manos estaban cerradas con tal fuerza que
le cortaron la circulación y se le adormecieron ligeramente. El
auto se detuvo. En ese instante empujó la tapa y saltó hacia
afuera.
Se agachó para que la tapa lo cubriera y corrió en zigzag
luego de caer mal sobre el tobillo derecho y casi caerse. Ni supo como
guardó el equilibrio. Se raspó la mano derecha. Tenía
un dolor punzante en el tobillo. Corrió lo más que pudo en
dirección contraria a la del carro. Le pareció que no avanzaba
nada. El vehículo estaba apenas a unos metros. Sintió escalofríos
en la espalda por donde calculó que iban a entrarle los tiros. El
aire lo sacudía como si intentara frenar su escapada. Lo sentía
friísimo, como si estuviera sin abrigo en pleno invierno americano.
Los hombres tardaron algunos segundos decisivos en darse cuenta de lo que
sucedía. Cuando finalmente comprendieron saltaron para afuera por
las portezuelas del vehículo blandiendo sus Uzis. Hubiera sido un
blanco fácil pero el primero todavía tuvo una tenue presencia
de espíritu y le gritó al segundo:
-¡No le tirés!
Armas en mano dejaron el carro a media calle y empezaron a correr tras
él. Tom Wright escuchó en el asfalto húmedo los pasos
de los hombres que disparaban al aire. Cada vez que lo hacían sentía
los balazos perforando su espalda, el erizamiento de la columna vertebral,
la respiración que se le quebraba, las palpitaciones del corazón
que lo ahogaban. Se visualizaba carnavalescamente perdiendo fuerza, resbalándose,
golpeando el asfalto mojado, imitación de cadáver. Sin embargo
sus piernas siguieron moviéndose automáticamente. Su jadeo
era como el de un asmático pero seguía vivo, intacto, corriendo,
corriendo. Los tiros estallaban en sus oídos como si fueran disparados
a centímetros de los mismos. Cada ráfaga le reventaba el
tímpano y le llenaba de agua la cabeza. No sabía si le iban
dando alcance, si él se alejaba. Solo corría. Escuchaba los
disparos y respiraba con dificultad emitiendo sonidos guturales como los
de un chivo asustado.
Llegó a la esquina. Al lado de una casa derruida había una
cantina con gran número de hombres entrando y saliendo en diversos
estados de ebriedad. Eran del tipo que normalmente lo llenaban de pavor.
Enfrente había una parada de bus y llegaba uno justo en ese momento.
Era viejísimo, morado claro. Chirriaba como si el motor estuviera
a punto de explotarle. El horizonte empezaba a clarear pero el bus iba
lleno.
Sin detenerse ni un segundo saltó dentro del autobús. Estaba
sudando, sucio, sin rasurarse. Sólo por su porte físico podía
pensarse que era gringo. El chofer se le quedó viendo. Era un hombre
muy moreno, de cejas gruesas y bigote espeso con cara de pocos amigos.
En ese instante comprendió su trágico error. No traía
ni un centavo en la bolsa. Empezó a temblar incontroladamente. Sus
músculos se convirtieron en gelatina. Con dificultad luchó
por recobrar el control de su lengua y haciendo una serie de contorsiones
que expresaron mejor que nada el trance por el cual pasaba, se atrevió
a balbucear suavemente:
-Por favor, me persigue el ejército.
Sin decirle nada el chofer levantó una gruesa mano llena de callos
y le indicó con el pulgar que pasara para atrás. Con una
palidez mortal y la expresión vaga como si sufriera de malaria se
metió en el centro del vehículo. Estaba lleno de gente parada
que no consiguió asiento. Se agachó para no sobresalir y
estuvo a punto de caerse cuando el bus dio un violento arrancón,
rechinó con severidad y empezó a moverse generando el ruido
infernal de su máquina.
Entre el codo de un hombre y el talle de una señora gorda consiguió
ver por la ventanilla cómo sus perseguidores lo perdían.
Uno entró a la cantina arma al aire, despabilando a todos los que
aún flotaban en el letargo alcohólico y generándoles
una carga de adrenalina que les devolvió la sobriedad bruscamente.
El otro siguió corriendo de largo, revisando los zaguanes de las
casas de esa cuadra. Estaba a salvo. Cerró los ojos. Respiró
profundamente y el mundo empezó a darle vueltas. Sintió humedad
en sus cachetes. Se limpió con la manga de la camisa y percibió
que lloraba.
El bus avanzó entre rechinidos, frenazos, zangoloteos, dio vueltas,
la gente subió y bajó. A pesar de la temprana hora de la
mañana los olores a sudor humano recargaban el cerrado ambiente
con su tufo. Era una cosa que normalmente le hubiera repugnado. Sin embargo
ahora se sentía protegido enmedio del vaho hediondo, enmedio del
pueblo sudado que se preparaba para iniciar sus labores matutinas. El calor
del bus le devolvía la vida y le tranquilizaba el pulso aunque no
le ofreciera mucho oxígeno. El calor de los cuerpos frotándose
contra el suyo ayudaban a calmarle los nervios, a devolverle el control,
a mantenerlo de pie hasta que pudiera volver a hacerlo por cuenta propia.
Sin embargo no podía quedarse en el bus todo el tiempo. Tenía
qué sacar fuerzas de flaqueza y abandonar el calor acogedor para
retornar a su hotel a establecer contacto. No conocía la ruta del
bus ni la ciudad. Conforme aclaraba percibió que venían de
las afueras, de un barrio pobre de casas dilapidadas. Gradualmente se aproximaban
al centro. En algún momento en el cual creyó reconocer un
sitio conocido avanzó hacia el frente y salió sin pensarlo
mucho. El chofer lo volteó a ver y sonrió por entre sus gruesos
bigotes. Le balbuceó muy quedito:
-Suerte, compañero.
2
No lejos de donde descendió Tom Wright del bus y más o menos
configurando un triángulo equilátero entre éste y
los tanques, Kukulkán, Ariadne y Vallejo circulaban en un pequeño
vehículo por una calle desierta. En el asiento de atrás Kukulkán
y Ariadne se abrazaban como si fueran amantes volviendo a casa poco antes
del amanecer. Vallejo conducía como alguien obsesionado por escudriñar
lo que sucedía en el asiento trasero. Sus movimientos toscos le
permitían girar y observar con detenimiento obstáculos en
su trazada ruta tanto por delante como por detrás.
En el fresco amanecer parecía una fantasiosa danza de teatrales
avestruces ocupando el único vehículo que circulaba por una
soñolienta y estrecha calle. Los angostos vericuetos de la parte
más vieja de la ciudad se prestaban para este desahogo en el cual
armadillos, avestruces y un asustado ratón convergían gradualmente
hacia un mismo punto donde una peligrosa serpiente los esperaba agazapada
en un escenario de cabaret.
3
Todavía semidormido el hombre respondió el teléfono
con desgana. Sintió más frío que de costumbre. Palpó
a su alrededor para buscar una camiseta. La voz del otro lado no le dio
tiempo para concluir sus objetivos.
- Aló? Fí?... Oh, feñor ministro, como eftar usted?...
No, ef mala hora. El feñor embajador no puede fer molestado, ¿fe
da cuenta ufted qué horas fon?... Entiendo que fea una emergencia.
Pero todos los mensajes tienen qué fer canalizados por mí...
Entiendo. Afumo plenamente mi responsabilidad. Del tipo que fea. ¿Entiende
ufted también?... Fí. Intente llamarlo a las ocho de la mañana
en punto, fuceda lo que fuceda... ¿Okey? Que le vaya bien entonces.
Fuerte y hasta más tarde.
Colgó el aparato. Hizo una mueca de disgusto. Detestaba esas llamadas.
Además no había nada qué hacer. Sus ordenes eran claras.
Nadie podía comunicarse con el embajador hasta que todo concluyera
de la manera que fuese. Encontró una vieja camiseta con un lema
de la universidad de uno de los hijos de la secretaria particular del embajador.
Prendió un cigarrillo. Estaba muerto de cansancio. Tenía
qué mantenerse despierto. Habrían más llamadas. El
proceso recién se iniciaba. Depositó el humeante cigarrillo
a medio prender en el cenicero. El teléfono sonó de nuevo.
-¿Aló? ¿Fí?... Hola, qué forpresa...
Claro que fe lo que eftá fucediendo... Fí lo fe... ¿Tom
Wright fe efcapó? Holy shit!... ¿Cómo lo fupiste?...
¿Y dónde eftá ahora?...
Oh shit. Holy shit...
Fí. Gracias... Adiós.
Colgó. Sintió una punzada en el estómago. Un ardor
terrible lo hizo visualizar inmediatamente una botella de Kaopectate. Se
apretó las manos con fuerza. Encendió otro cigarillo e inhaló
profundamente. Sus huesos eran pesados bloques de cemento que lo jalaban
hacia abajo hundiéndolo en un mar de aguas turbias.
Lo único que necesitaba era que mataran a uno de sus propios agentes.
Entonces si que el mundo se le venía encima. Adiós a sus
promociones, adiós a los negocios, adiós a todo. Pateó
el basurero con cólera. Este rodó alrededor del cuarto en
forma de media luna dejando en su camino una estela de pelotitas de arrugados
papeles blancos que corrían sueltos por la habitación con
ligereza inaudita como si alguien acabara de abrir la puerta de una conejera.
Se puso de pie. Su mente enturbiada hasta contempló llamar a Pacal.
Recapacitó. Era el peor momento. Además lo tenía expresamente
prohibido. Implicaba directamente a la embajada. Pero, ¿y si le
mataban a su agente? No aguantaba el ardor del estómago. A lo mejor
se moriría de una úlcera reventada. Reclinó la cabeza.
Inhaló profundamente y volvió a dejarse caer sobre el sillón
como si fuera un muñeco de gelatina.
4
Caminar por las calles de la ciudad lo ponía aprensivo. Buscó
un teléfono público pero no encontró ninguno. En esa
ciudad sucia y despintada, acribillada de rótulos de todos colores
montados unos sobre de otros, no existía ni una triste cabina telefónica.
Era muy temprano de mañana y el sol aún no entibiaba. Sin
embargo la ciudad ya se agitaba como un hormiguero picado con un palo.
Sus pasos resonaban en el asfalto con premura mientras fantasmas de crueldad
lo asaltaban en cada rincón que cruzaba. Mendigos carcomidos por
enfermedades inefables, gente cetrina sin manos o piernas se arrastraban
en busca de alguna madriguera ahora que el sol iluminaba sus deformidades.
Chillidos de niños invisibles cruzaban el aire impregnado de fetidez
y de olor a podrido. Las calles enlodadas y estrechas conformaban una geometría
extraña que proyectaba un horror y una tristeza singulares y sofocantes.
Sólo la melancolía de los rostros armonizaba en una ciudad
carente de estética, de sentido de ritmo, avergonzada de sus cuerpos,
de su color, de su olor, de todo menos de su insular aislamiento y de sus
crímenes.
Empezó a buscar un taxi. Quería sobrevivir a este gigantesco
basurero urbano cuyas paredes resquebrajadas y cochinas parecían
imitar las almas torcidas de sus calcinados habitantes. Dio la vuelta a
la esquina. Recordó que había un puesto de taxis en el parque
central. Si estaba en el centro de la ciudad sería el más
cercano. Pensó en preguntarle a algún transeúnte cómo
llegar hasta el parque pero recordó la columna de tanques. El palacio
nacional estaba enfrente. Tendría qué encontrar otra manera.
Cruzó la siguiente esquina. Vio venir un carrito pequeño.
En su interior distinguió una pareja que se besuqueaba. Miró
para atrás. No había nadie más en esa cuadra. Decidió
seguir como si nada. El carrito avanzó en dirección suya.
Dentro, Kukulkán y Ariadne mantenían la pantomima del besuqueo.
Vallejo ya había descartado al andrajoso personaje y se preparaba
para cruzar la esquina siguiente. Las cejas de Ariadne se alzaron de pronto.
-¡Mirá! ¡El gringo!
Kukulkán alzó la vista instintivamente y vio la figura sucia
en la acera. Era el extranjero cuyas fotos estudió con detenimiento
y del cual Arlequín le dio tres o cuatro datos interesantes.
-Es con él que estuve en la Antigua.
-Va fugado el fregado. Pará, Vallejo. Pará. Y vos te bajás
a saludarlo. Sorpresas te da la vida.
-¿Estás chiflado?
-Se debió escapar. Mirale la planta. Es nuestro chance.
El carro frenó súbitamente. Ni bien lo hizo Ariadne saltó
frente a él. Levantó tímidamente la palma de la mano
y la agitó al aire desplegando una forzada sonrisa. Tom Wright se
espantó. En eso reconoció a la mujer que le agitaba la mano.
No había la menor duda. Era ella. Ironías de la vida.
La mujer se le pegó. No había asomo de agresividad. El carrito
mantenía el motor andando y la puerta abierta. Dentro del mismo
distinguió los rostros más normales que había visto
en toda la mañana. Ella se veía pálida y más
delgada. Parecía más niña.
-¿Para dónde va?
-No se. Estoy buscando un taxi.
-Por aquí no hay. Y si sigue pa' allá lo van a agarrar.
Era la voz del hombre que estaba abrazado con ella.
-¿Dónde puedo conseguir uno?
-Por aquí no hay.- Era ella de nuevo.
-Véngase con nosotros. Lo llevamos.
La frase de Kukulkán la sorprendió hasta a ella, que frunció
la nariz con desaprobación. El conductor también pareció
sorprenderse. Tom Wright pensó rápidamente y vio que no tenía
otra opción realista.
-Vamos. Al fin, tenemos negocios pendientes.
5
La cama estaba revuelta. Las sábanas se retorcían una contra
otra como exprimidas serpientes en celo. Había intentado dormir
y dio vuelta y vuelta sin conseguirlo. Por la ventana abierta los tonos
rojizos del sol del amanecer comenzaban a manifestarse con fuerza por encima
del cerro que protegía la casa desde ese punto estratégico,
golpeando sus aristas doradas y revirando en todas direcciones por el techo
de la habitación como proyectados por un kaleidoscopio. Cuando amanecía
en su fresca habitación el sol ya alumbraba el centro de la ciudad.
La imagen sensual que la delgada bata mal amarrada proyectaba abriéndose
libremente y volándose como velas con sus largas zancadas era traicionada
por la tensión en su cara. Caminaba de una punta a la otra del cuarto
con las manos tras la espalda. Sonó el teléfono. Corrió
hasta su mesa de noche con rapidez inaudita. Levantó el receptor
y ni siquiera esperó saber quién llamaba como acostumbraba
siempre.
-¡Barba amarilla!
Se le congeló la sangre al oir enmedio de ruidos eléctricos
una voz que no esperaba desde el otro lado de la línea.
-No Cascabel. Es el gringo baboso.
Le decía Cascabel. Computó el dato vital. Además la
llamaba a ese número que sólo tres personas conocían.
Sintió un súbito impulso de hacer pipí. Pensó
que de la manera más sórdida posible su pasado se le confundía
con un obscuro e imprevisible presente que en ese preciso instante se caía
en pedazos sacudido por un terremoto.
-¡Tom! ¡Por dios, dónde estás!
-Con Kukulkán my dear. ¿No me había
secuestrado pues?
-¡Tom, en serio!
-Nunca he sido más serio en mi vida Cascabel. ¿Dig?
Ignoro la ironía y adoptó una pose femenina. La esencia de
todo era poder controlar.
-No se de qué me estás hablando Tom.
-¡Oh, cut the shit! Sabes perfectamente bien. No te hagas
la estúpida. Pensaste que yo era Barba Amarilla.
-¡Tom, estás loco!
-Sí, pero no tanto.
Le hervía la cabeza. Una fina película se le formó
frente a los ojos. Transformó la claridad del amanecer en prismáticas
luces de colores que rebotaban por todas las paredes como infinidad de
brillantes que la envolvían hasta aprisionarla.
-¿Dónde estás, Tom? Dame tu número... te llamo
de vuelta.
-¿Todavía me tomas por un idiota? Si lo que quieres es verificar
que me escapé la respuesta es sí, querida. Me escapé.
Se le fugaron unas incontrolables gotitas de pipí. Si se había
huído de veras y tenía acceso a ese número, todo estaba
perdido. Su esfuerzo de años, sus sueños, imprevisiblemente
arruinados por su primer iluso amor.
-Me confundís otra vez Tom.
-Deja de actuar, Sandra. Reconozco que eres una gran actriz. Pero ahora
ya lo sé todo.
¿Lo sabría de veras? Sabía algo. Lo insinuaba. El
no era de los que se compraban o se quedaban callados. Todas sus pesadillas,
todos sus escondidos temores cobraban realidad. Confirmó que no
vivía en una mansión palaciega sino en una sucia cueva de
ratones hambrientos dispuestos a roerle sus tristes huesos. Sacando fuerzas
de flaqueza y despreocupada por el hilito de orines que le corría
caliente por el muslo izquierdo, dijo:
-No me conocés lo suficiente como para creer que iba a caer en ese
viejo truco. Decime dónde estás y ya.
-Deberías conocerme lo suficiente como para saber dónde.
Le colgó. Se quedó con el auricular en la mano escuchando
la monotonía del pito telefónico. Apretó el aparato
como si pudiera destriparlo. Enseguida soltó un terrible, ahogado
y ronco sollozo como grito de ave prehistórica. Se contuvo. Temblaba
como si sufriera un ataque de malaria.
Corrió para el baño. Luego de dar rienda suelta a sus riñones
e intestinos lloró quedamente mientras pensaba en lo que tenía
qué hacer. Saltó apresuradamente dentro de un par de pantalones
y se metió un suéter encima. No se molestó en bañarse,
maquillarse o ponerse ropa interior. Soló se salpicó un poco
de agua fría en el rostro para despabilarse y limpiar las lágrimas.
Se puso el primer par de zapatillas que encontró. Buscó nerviosamente
su bolsa y llaves y salió a prisa de su habitación. Atravesaba
la enorme sala central camino a la puerta cuando una inesperada voz distante
y frágil interrumpió sus pasos.
-¿A dónde vas a estas horas Sandrita? Con lo peligroso que
debe estar allá afuera...
Lo inesperado del instante la sacudió como un fantasma. Dio media
vuelta y vio a don Leonel sentado en el sofá. Se veía sumamente
cansado aunque tranquilo. Frente a él la mesita estaba llena de
ceniceros rebalsados de colillas y vasos con agua sucia que indicaba hielo
derretido. Una botella de Chivas Regal yacía en el suelo a su lado.
-Estoy esperando que llame el Ministro de la Defensa. Le pedí ser
ministro de agricultura. Siempre soñé con ser ministro de
agricultura. Después de eso ya me puedo morir tranquilo.
Don Leonel miró su reloj. Cerró los ojos con satisfacción
y colocó sus manos sobre su panza. Sandra sintió de golpe
un asco que se le transformaba en náusea y corrió hacia la
puerta.
-No salgás Sandrita. Me lo dice mi corazón.
Contuvo apenas su carrera y casi aguantando la respiración para
no sentir el aire rancio oloroso a residuos de whisky dijo:
-No hay alternativa don Leonel. Nos metimos en líos por causa suya
y ahora no puedo escoger. Es por usted que estoy saliendo así a
estas horas.
Sorprendido, él se irguió y se le quedó viendo con
una patética devoción animal.
-Por Dios, si las mujeres escribieran la historia relatarían que
el sol sale en occidente y que la luna ilumina el día.
-Ni se acuerda de todo lo que hizo. Este no es el momento de discutirlo.
Pero créame. No estoy provocándolo. Siempre he barrido la
basura bajo la alfombra y nunca protesté. Reconozco que también
me convenía. Lo que pasa es que ahora estoy un poco asustada. Pero
acuérdese que el ser humano no es ni angel ni bestia, y la desgracia
quiere que quien pretende hacer de ángel haga de bestia.
-Vete hija. No te estoy reprochando nada. Cuidado. Acordate que buscamos
siempre otras cualidades por no saber usar las nuestras, y nos salimos
del personaje que somos por no haber aprendido a estar dentro. Aunque andemos
con zancos tenemos que usar nuestras propias piernas, y la mayor altura
que los zancos nos dan es sólo aparente. Más temprano que
tarde tenemos que bajarnos de ellos. Y en el trono más elevado del
mundo seguimos sentados de culo y sobre nuestras nalgas.
Sandra sonrió. Enseguida continuó hacia afuera. Todavía
como un último reflejo agregó:
-Salúdeme al señor ministro.
Salió. Con un gesto de impaciencia ordenó su carro. Arrancó
mientras se servía un rápido trago de la botella que guardaba
al lado de la guantera. Encendió la luz interior dejándola
prendida para que la reconocieran y colocó un casco de bomberos
sobre el tablero. El carro de sus guardaespaldas se le pegó detrás.
Ambos vehículos salieron disparados rumbo a la ciudad. Las pálidas
luces amarillentas del alumbrado público aún estaban encendidas.
Eran tan débiles que apenas si creaban una vaga sensación
enfermiza que no conseguía imponerse a la bruma matinal que la humedad
del cerro generaba.
Desde la primera intersección en la carretera observó que
había soldados en estado de alerta con equipo de combate. Donde
no había garitas estaban atrincherados en un rincón estratégico
como si fuera un ejército de juguete que pretendía esperar
un inminente ataque de fuerzas superiores.
Los vehículos avanzaron rápidamente hacia la parte moderna.
Circular esa mañana era una osadía inaudita, un riesgo impensable.
De no ser por lo que aconteció nunca se encontraría en las
desamparadas calles cubiertas de hojas muertas que se volaban con el aire
fresco hasta pegarse en el agua de los charcos. No había nadie caminando
por las banquetas. Ni un alma. Sólo jeeps. Jeeps llenos de soldados
con ametralladoras 50 apuntando hacia atrás. Alzando la vista vislumbró
que en la terraza de algunos de los modernos edificios de la zona tenían
instaladas ametralladora antiaéreas rodeadas de sacos de arena.
Cuando no había jeeps en la calle el silencio de la mañana
era espeluznante. Todo se veía difuso como cuando uno intenta ver
con los lentes húmedos o como los rostros de pesadilla. Después
de lo que le pareció una eternidad llegaron al hotel. Se fue directamente
a la entrada principal. Corrió, literalmente corrió, hasta
el registro.
-Habitación 312 por favor.
-¿El señor Wright?
-Sí...
-Acaba de salir. Rentó un carro y nos dijo que en caso de cualquier
problema iba para la embajada americana.
-Gracias.
Corrió de vuelta hacia fuera, gritándole al encargado que
no se llevara el carro al parqueo. Saltó dentro en una burdísima
imitación de los vaqueros de película sobre sus caballos
a la hora de las persecuciones. Dio media vuelta a toda velocidad buscando
lo más pronto posible la avenida la Reforma.
Ya en la avenida aceleró aún más. Su última
esperanza era el Aguila Calva. Pero, ¿y después? Tom Wright
hablaría. Tendría qué encontrar la manera. Había
llegado al momento más crítico de su vida. En ese instante
no se podía titubear. Estaba jugándose el todo por el todo
y el que parpadea pierde. Bastaba con que no hablara con nadie más
de la embajada. Algunas horas incluso. Era lo único que necesitaba,
lo único que pedía. Del resto ella se encargaba.
Era una ironía pensar así. Su primero, al que había
besado en el cuello a lo largo de sus venas con pequeños mordiscos
que dejaron su huella, al que agarró de los cabellos y confrontó
con los ojos hasta que sintió que los suyos lo penetraban y se conjugaban
ambos pares en el fondo de sus retinas donde todo era líquido mezclado,
fundido, imposible de separar. Por el que lloró la primera noche
en un ataque de histeria luego del amor, pidiéndole a las cinco
de la mañana en aquel dormitorio colegial del sur de los Estados
Unidos que la llevara inmediatamente a su casa en Guatemala, que ella quería
dormir con su mamaíta, que qué iba a pensar de ella.
Y ahora, allí estaba. Con la nostalgia de volver a ser inocente,
de volver a ser muchachita, de volver a ser cuchuchada, de poder dormir
en la noche, de volver a poder desperezarse en la mañana con una
sonrisa en la boca y deseos de vivir inundándole las venas. Todo
eso lo había perdido. No podía dejar de temblar sin beber
whisky. Tomaba píldoras al levantarse para tener la fuerza de salir
de la cama. No amaba a nadie. No sentía orgasmos. Se aburría
hasta masturbándose. Estaba sola. Todo era político, todo
calculado, todo era trabajo, todo era rigor, todo era disciplina de hierro,
todo era mantener las pasiones bajo control y la mente lúcida, todo
era protegerse de sus enemigos. Ya ni sabía qué quería
decir estar viva.
La riqueza sólo le importaba en la medida en que era poder, y el
poder la inundaba con su fatal atracción como al adicto. La dominaba
como mar embravecido que no permite volver a la playa, que las olas la
alejan más, flotando como corcho en una superficie que no controla.
Del mar embravecido ya no saldrá nunca, y lo único que anhela
es que el momento pase para descansar y dormir otra vez como cuando era
niña y dormía, dormir.
Las lágrimas se le escurrían por los cachetes. Nacer en Guatemala
era un castigo atroz que le retorcía la mente como trenza. Hasta
al más lúcido, hasta a su hermano que era la prueba viviente
de la sanidad y de los buenos sentimientos, lo iban a matar también
un día de estos. Pero en esa anarquía uno existía.
Escuchó un ruido y abrió la ventanilla para ver. Eran cazas.
Venían del aeropuerto volando a baja altura en dirección
al palacio. Llevaban rockets bajo las alas.
Llegó a la embajada. Sacó la botella y se echó un
trago rápido enjuagándose la garganta con el mismo. La embajada
estaba rodeada de bolsas de arena. Parecía hormiguero. Habían
marines por todas partes y policía militar. La pararon inmediatamente.
En cuanto se inició la acción se sobrepuso. Se limpió
la cara rápidamente, sonrió y sacó la credencial especial
que el Aguila Calva le había dado justo para estos casos. Ante el
cartón mágico y multicolor la dejaron parquear y entrar al
edificio. Caminando hacia la puerta principal no hubo ni un soldado que
no se volteara a verla con su andar rápido que mecía las
caderas sin asomo de represión, el pelo suelto flotando detrás
como una catarata de estrellas, los enormes ojos que hipnotizaban al que
cruzara su mirada, la boca de miel con su grueso labio inferior que invitaba
a un mordisco, que se ostentaba rojizo y semi-abierto como la fruta prohibida.
Ya era Sandra la invencible, la conquistadora, la que se engullía
a cualquiera que se le atravesase en su camino.