CAPITULO TRES
1
Era un cuarto de más o menos 4 metros por 3. Las paredes rosadas descascaradas, pelándose por una humedad verdosa que cubría como tela de musgo las esquinas de la habitación. Al fondo una ventana tapada por tablas de madera clavadas desordenadamente desde fuera. Restos de apergaminados periódicos pegados al plywood pretendían cubrir inútilmente lo podrido de las mismas. Barrotes de acero impedían desfundarlas. En el extremo opuesto estaba la puerta. De madera pintada que se descascaraba con rapidez, era más gruesa que la mayoría de puertas modernas. Tenía tres llaves que hacían un chirrido espantoso al abrirse.
La cama era angosta y demasiado aguada como si los resortes hubieran sido estrujados con actos indescriptibles. El colchón amarillento tenía diseños de flores rojizas en forma de pentágono con manchas de humedad y otras marcas indelebles que rompían su chillosa monotonía. Un escritorio igualmente estrecho se ubicaba bajo la ventana bloqueda, más para dificultar el acceso a la misma que por cualquier función utilitaria. Había también una vieja silla de madera y un vetusto chiffonier.
Tom Wright estaba sentado en la cama. Tenía la camisa y el pantalón arrugados y con manchones de grasa. Su mandíbula evidenciaba más de un día sin rasurarse. Los labios resecos estaban a punto de partirse en el medio con ligeras pústulas blancas en las comisuras. Las manos atadas a su espalda resaltaban las venas verduzcas de los brazos. Una tela negra cubría sus ojos. El indescriptible chirrido de las llaves se dejó escuchar. Entraron dos hombres cubiertos de gorras de esquiar. Prendieron la luz. Le quitaron la tela de los ojos y deshicieron las ataduras de las muñecas. Ni bien tuvo las manos libres empezó a sobarse el sitio donde los lazos le cortaron la circulación, dejándole incisiones en la piel rodeadas de moretes.
-Para que se entere, venimos de matar a ese traidor de Manuel Fuentes.
Tom Wright casi dejó caer la mandíbula inferior a pesar de sus esfuerzos por no manifestar emoción alguna. Sintió una congestión húmeda en la cabeza que le evocó los puñados de grisácea bruma marina que colgaban como ángeles deformados sobre el campus de Tulane. Acariciándose las muñecas lanzó un silbido.
-¿El candidato presidencial? ¿Para qué...?
El otro no le permitió concluir su desolada pregunta.
-¡Silencio! Sólo tiene permiso de preguntar cuando...
Pero ahora fue el segundo hombre el que se vio interrumpido a su vez por la mano del primero que se agitaba con autoridad.
-Sin duda la muerte de Fuentes generará un golpe. Las elecciones serán canceladas. Esto enfurecerá al pueblo que estará en mayor disposición de rebelarse contra el ejército...
-¡Pero están locos! Fuentes era un gran aliado de ustedes, un compañero de viaje...
-Nosotros no tenemos amigos. Sólo intereses.
El primer hombre retrocedió bruscamente, imitado malhadadamente por el segundo. Fue un pequeñísimo gesto. Intuyó que por alguna razón se sentía incómodo desempeñando su papel.
-Claro. Cambiando de tema, ¿puedo hablar con Kukulkán?
-Todavía no. Ha estado muy ocupado. Pero prometió que en cuanto llegara hablaría con usted.
-Obviamente tiene mucho entre manos. Primero Gray, ahora Fuentes. No está mal para alguien que ni siquiera es comandante en jefe de su organización.
El hombre torció la boca con desdén, reprimiendo el impulso de abofetearlo.
-Es comandante del frente urbano. Eso le da una jurisdicción muy amplia. No hablemos más de esto. Quería decirle algo. Lo vamos a dejar desamarrado. Pero recuerde. No dirty tricks. No queremos jueguitos sucios. Tenemos cubiertos todos los ángulos.
-No lo dudo.
-Así que pórtese bien. Ya saldrá pronto de aquí- sonrió.
Salieron dejando la luz prendida. Escuchó el chirriar de las llaves. Luego los pasos que se alejaban en la distancia. Cuando ya no oyó ningún sonido se desamarró los zapatos con rapidez y los puso bajo la cama. En calcetines se acercó de puntillas a la ventana. Observó los titulares de los periódicos: "Nadie muere en la víspera, dice el padre Chemita, luego de ser amenazado." No sabía quién era el padre Chemita. "Después de dos días de haber sido secuestrado, aparece asesinado en Quiché el administrador departamental de Rentas Internas." "Ola de asaltos en la capital: tres guardias asesinados." "Veintitrés facciosos mueren en Comalapa." "Lanzan bombas contra sedes diplomáticas de Israel, Argentina y Haití." Levantó la hoja de un periódico pero no vio nada más allá de la madera plywood que cubría la ventana desde afuera. Se dio media vuelta. Caminó hacia la puerta y pegó su oído contra ella.
Casi dejó de respirar. Escuchó las voces de los hombres que estuvieron en su habitación hacía tan solo momentos. Quiso que el corazón dejara de palpitarle para oir mejor. El primero decía, "no tengo nada contra pero siempre acabo jugando con la misma historia; aún no se cuál es la realidad o la fantasía..." El segundo comentó: "Si tan solo supiera..." Se rio con un zumbido agudo y prolongado. El primero opinó de nuevo: "Es que ellos desconocen las huellas de los sacrificios. De allí que no entiendan nuestros disparates." Hubo una pausa. El segundo interrogó: "¿Y ahora qué?" "Esperar nomás. Quedaron de llamar en cuanto el plan se pusiera en marcha. Que no lo maltratáramos." "¿Y si hace algo?" "No va a hacer nada. Ya vas a ver." En seguida sus pasos se alejaron.
Tom Wright se enderezó. Tenía el olor del pino barato de la puerta metido hasta el cogote. Empezaba a dudar de todo. Alas! he is betray'd and I undone. Sabía que no era prisionero del EGP. Lo sabía desde su secuestro. Pero lo demás era confuso. Le hacían creer que lo tenía el EGP. Todo estaba tan velado. ¿Existiría Kukulkán? A lo mejor no era sino otra simulación nata, un ejemplo más de este mundo alucinante que descubría poco a poco conforme lo pelaba capa por capa en búsqueda de un elusivo centro. Vivía una intolerable paradoja, un ritual monstruoso oculto bajo la más sofisticada de las gracias sociales. Guatemala era un objeto de deseos oscuros que había que sacar hacia la visibilidad. ¿Dónde estaba ese cuadro simple que había aprendido? Le estaban rompiendo todos los esquemas. ¿Caerían sobre él también las manchas de sombra? En ese instante nada hubiera querido más en el mundo que un trago de whisky para refrescarse el pensamiento. Empezó a pasearse. Hizo cálculos con números para recobrar su serenidad. 144 era igual que tres veces 48 y también 6 veces 24 y 12 veces 12.
-Shit. I've been had from start to finish...
Una sensación aguda le nacía en la panza del estómago y lo ahogaba. No por lo que pudiera pasarle. Se sentía extrañamente anestesiado ante la remota posibilidad de que le pasara algo. No. Era más bien la vergüenza de descubrir que todo lo que pensó antes estaba errado. Era el terror de sentir que todos sus próximos, desde sus mismos jefes hasta Sandra, lo habían engañado. Era el miedo de perder la mística, la fe. Era la angustia de no saber en quién confiar, de no saber quién estaba de qué lado. Estaba perdido en la soledad más profunda y oscura, en un horroroso torrente de salvaje soledad. Vivía solo una ilusión, una macabra ilusión. Había confundido el sueño con la realidad.
Afuera sonó un teléfono. Sobresaltado lo escuchó una y otra vez. Se apresuró a pegar el oído a la puerta. Sonó cuatro veces. Nadie respondió. Los hombres que lo cuidaban habrían salido. Estaba a punto de volver a sus cavilaciones cuando oyó que una grabadora hacía el distintivo "click" de las secretarias electrónicas. No había mensaje grabado. Pero había espacio para que quien llamaba dejara uno. Fue entonces cuando se llevó la peor de todas las sorpresas de su vida. Era la voz de Sandra. Estaba tan confundido que dudó. Pero no. No podía ser otra voz. ¿No estaría soñando? Si había una voz que lo había marcado en su vida era esa voz. Una voz espectral. Podía engañarlo con todo menos con la voz. Era Sandra. No podía ser nadie más.
-Coralillo dos. Aquí Cascabel. Son las seis de la tarde. Preparen el traslado como convenido. Confirmen en diez minutos a más tardar o entramos en acción con el plan de reserva.
Se dobló en dos como si le hubieran pegado una patada en el estómago. Sintió miedo a su fragilidad, a lo que temía reconocer. Se sentía como un niño. No controlaba nada. Perdió la inmensa energía física y psíquica que se requería para conservar la ilusión de perseverar en su profesión. En su languidez desvió la mirada hacia el techo y se vio como si no fuera sino un espectador de si mismo. Gruesas lágrimas corrían por sus mejillas ensuciándole el rostro como si lo hubieran pintarrajeado con carbón. Recordó las palabras de su más admirado entrenador de futbol: "Cuando uno tiene miedo le da la pelota al contrario." Tenía qué permanecer fiel a su filosofía en los peores momentos. Lentamente se paró frente a la cama. Tenía qué asentar los pies. La muerte sólo era sinónimo de nada. El enemigo estaba empotrado en su interior. Se sentó. Con la mayor lentitud empezó a tratar de meterse de nuevo los zapatos en sus pies hinchados.
2
Era un baño enorme con toda una pared cubierta de espejos. El sol entraba diagonalmente por la ventana. Los tibios rayos del atardecer envolvían tiernamente los artefactos en una aura dorada. Reflejada la luz en el espejo creaba una claridad sobrenatural como si la pieza estuviera dentro de una burbuja cristalina. En un rincón ardía un trozo de copal blanco. Daba la impresión de que el espejo humeaba.
El capitán Pacal estaba parado frente al lavamanos contemplándose en el espejo. La tenue sonrisita apenas contradecía lo duro de la mirada y el rictus de los músculos del rostro. Estaba descamisado. Veía su torax peludo ante el espejo, fijándose con detenimiento en que la línea que recortaba el fino bigote fuera perfecta. Nada lo enfurecía más que la ausencia de rectitud en la línea del bigote.
Tenía el pecho peludo. Para su horror algunos vellos comenzaban a blanquearse. Igual cosa sucedía con el antebrazo. En el brazo izquierdo tenía un tatuaje como de dos pulgadas de alto del dios K de los mayas, "Ah Bolon Dzacab." Como era tradicional la imagen sustituía una pierna por una serpiente y tenía una nariz grotescamente grande con un hacha en la frente. Inclinándose sobre el lavamanos se tiró agua tibia en los sobacos. Una vez estuvieron empapados dejó que el agua le escurriera. Enseguida dejó correr más agua en la parte trasera del cuello sin preocuparse por que cayera hasta el piso.
El agua le calmaba los nervios. Desde niño sólo el agua tibia podía calmarlo. Sobretodo después de que su tata le había pegado una cinchaceada, cuando la tentación de buscar un revólver y pegarle un balazo casi llegaba a dominarlo. En esa época no tenían agua caliente en la tubería. Pero la muchacha, Esperanza se llamaba, le ponía a calentar una olla llena de agua y luego se la mezclaba en el pequeñísimo espacio donde caía la regadera con agua fría en un gran balde. Allí se daba de guacalazos para calmarse, tiritando entre guacalazo y guacalazo. Viniendo de Escuintla nunca se acostumbró al frío de la capital. Nunca pudo vivir grandes trechos de tiempo sin tener la nariz tapada. El agua tibia era su única bendición.
Tomó en sus manos la pastilla de jabón y se la pasó con mediano vigor bajo los sobacos. Una espuma blanca se formó inmediatamente. Se frotó el jabón contra la mano derecha y se acarició la parte trasera del cuello en un infructuoso intento por relajar los músculos del mismo que parecían de acero. Necesitaba un masaje. Pero ahora no había tiempo.
Mucho le había costado. Abandonado de padre, muerto de hambre en Escuintla, por puro milagro llegó a la capital. Más milagro fue ganarse la beca con la que entró al Adolfo Hall. Gracias al coronel Búcaro que aunque de carácter difícil lo adoptó y empujó. Pena que intentó mal su golpe de estado y quedara fuera del escenario político. Los golpes de estado eran también un arte como el arte de la guerra. Alguien debería escribir un manual sobre ellos, una especie de Von Clausewitz de los golpes. Los golpes son la continuación de la política por otros medios. La política es la continuación de la guerra por otros medios. Para dar un buen golpe también hay qué acumular todas las fuerzas morales y materiales. Arqueó el brazo derecho sobre el lavamanos. Con la mano izquierda contraída empezó a tomar agua del chorro y tirársela bajo el sobaco para sacarse el jabón. Enseguida repitió la maniobra con el otro brazo.
Ascendió rápido. Tuvo suerte. Suerte y malicia. Igual que en el futbol, en todo había qué tener malicia para avanzar hacia adelante. Jugar limpio nunca garantizaba la victoria. Pero que el árbitro lo mirara a uno cometiendo faltas tampoco tenía sentido. La cuestión era hacerlo sin ser visto, el golpecito bajo, la patadita en el ojo del pie que inmovilizaba repentinamente al adversario, el parrandeo malicioso y adelante. Hasta la victoria siempre, como decían los subversivos.
Dejó que el agua tibia le escurriera por sus peludos antebrazos para eliminar todo trazo de jabón. Estuvo a cargo de migración. Estudió los mecanismos de entradas y salidas al territorio nacional y fue responsable de la captura de los camiones con doble fondo que venían de Managua cargados de armas. Eso le valió oro. Estuvo incluso a punto de capturar a uno de los comandantes cuando salía del país pero se le escurrió como agua entre los dedos. Había qué reconocer que esos también eran buenos en su oficio. Igual, ascendió al mando de las fuerzas especiales. Fue él quien introdujo el grito, "¿Quiénes somos, quiénes somos?" "¡Somos jaguares, somos jaguares, amos de los señores de la tierra!"
Ya se sentía limpio y más relajado. Estiró sus brazos y dedos frente al espejo recordando que ese era el gesto del coronel Lucas Caballeros: "yo soy el hombre con las manos limpias." No habían hombres con las manos limpias en el país. Nadie podía tenerlas y sobrevivir.
Lo que tenía sucias eran las uñas. No como los mecánicos después de trabajar el día entero bajo un carro pero si algo sucias. Verdosas. Pensó en buscar el cortauñas en el gabinete pero cambió de opinión. No importaba. No estaban muy sucias. Manos limpias eran manos de hueco. El no tenía por qué avergonzarse de la mierda que había rascado.
Se dio media vuelta. Tomó de la silla un chaleco antibalas. Se lo puso frente al espejo observándose cuidadosamente como podría hacerlo una mujer después de colocarse una faja. Frunció el ceño al contemplar las cicatrices en el rostro. Pensó en ella. Enseguida se puso una camisa khaki de manga corta. Se la abotonó con cuidado. Se abrió el pantalón para meterse bien las colas de la camisa, se volvió a cerrar el pantalón y observó en el espejo que se viera perfectamente lisa. No toleraba arrugas en la ropa. No toleraba uniformes que no estuvieran impecablemente limpios y planchados con la línea del pantalón perfectamente marcada.
Una vez estuvo satisfecho de su figura caminó hacia la habitación contigua. El sol la invadía con la misma suavidad que el baño. Tenía una gran cama doble en el fondo y flores arregladas en los cuatro rincones de la misma. Eran bellos floreros de begonias, todas sembradas en cajas de granadas de madera. Para crear un efecto rústico había dejado las cajas sin retocar. Letras negras anunciaban su anterior contenido. El número de serie de las mismas eran claramente visible. Tomó una pequeña regadera roja discretamente colocada en un rincón y empezó a regarlas. Inclinaba la regadera sobre el arreglo hasta que un hilito de agua caía en un guacalito que lo recogía estratégicamente. Observó si la regadera necesitaba más agua. Fue a llenarla al baño contiguo y se dirigió hacia el arreglo siguiente para repetir la maniobra. Volvió a pensar en ella.
Después de regar las plantas caminó hacia su mesa de noche. La abrió con una llavecita plateada que guardaba celosamente en la bolsa monedera del pantalón y tomó de su interior una pistola Luger de nueve milímetros. La contempló meticulosamente, repasando sus detalles con cuidado. Se sentó en la cama. Sacó de la misma gaveta una caja de balas y la colocó a su lado. La abrió y extrajo los proyectiles, examinándolos con mucha atención. Levantó la tolva. Extrajo el cargador y procedió a introducir las balas. Revisaba cada una, dándole vueltas con los dedos pulgar e índice. Enseguida la presionaba para adentro y repetía el rito.
Una vez cargada la pistola procedió a buscar un trapo para lustrarse los zapatos. Le obsedía que brillaran como si fueran de charol. Era parte del orden personal que se exigía a sí mismo y con el cual intentaba borrar la imagen de un rostro excesivamente aindiado cuyo reflejo le golpeaba siempre la vista. No dejaba de pensar que por su culpa gente como ella no lo querría nunca. No le caería mal una cirugía plástica en la nariz y los labios. Además de arreglarse la deformación que tenía en el pie. No debería ser tan difícil. No era grande. Parecía que en el Brasil las hacían muy bien. Lo único que no podía solucionar era la altura. Detestaba que lo vieran de arriba para abajo.
Encontró el trapo que guardaba en la gaveta inferior de su armario y empezó a lustrarse los zapatos. Estaba recién frotando el izquierdo cuando un soldado uniformado entró sorpresivamente. Traía un mensaje para el capitán pero al ver los ojos que lo fulminaron al entrar se refrenó, dudando las órdenes recibidas. Pacal lo hubiera matado allí mismo. No toleraba que nadie, nadie, violara la privacidad de su habitación. Por ningún motivo.
-¿Y quién putas te autorizó a entrar?
El soldado se detuvo a medio paso como si lo hubieran congelado instantáneamente. La boca se le quedó abierta, los ojos agrandados, la expresión de baboso.
-Este, yo...
-¡Nada! ¡No tenés derecho! ¿Cómo te llamás?
-¡Soldado Juan Halcón, señor!
El soldado hizo un gesto de voltearse e intentar caminar para atrás. Se sentía acorralado y quiso huir del rostro bigotudo que lo fulminaba. Pero ya no era posible.
-¡Vení!
La orden era implacable y lo asustó más. No quería acercarse. Pero con los dedos índice, anular, medular y meñique agitándose como arañas, le indicaba que se acercara. Los ojos se le habían achiquitado hasta ser sólo dos puntitos negros que de tan negros parecían fosforecentes. Comenzó a caminar hacia él como un condenado a muerte.
-¡Lustrame los zapatos!
El soldado se arrodilló. Agarró el trapo y empezó a frotar el zapato derecho sin mucho empeño. Pacal lo miraba con una ligerísima sonrisa. Una gota de saliva se le escurría por la comisura de la boca. El soldado observó que el zapato derecho tenía una suela más gruesa que la del izquierdo.
-¡Con fuerza! ¡Como si fueras hombre!
Empezó a lustrar con más vigor. Dio una ligera escupida en la superficie del cuero para hacerla brillar aún más y frotó con toda la energía de la cual era capaz.
-U nen cab, u nen cah, murmuró Pacal. Ahora sí se sentía como un verdadero Ah Bolon Dzacab.
3
-¿Entonces pues? ¿Qué pensás pisarrín?
Vallejo hizo su pregunta con exceso de inverosímil energía que delataba su aspecto desabrido y desamparado.
-Pensá. ¿Por qué al gringo? Y luego Fuentes. Hay una lógica detrás de eso y tenemos que encontrarla.
Kukulkán repetía los hechos con una indolencia traicionada por la tensión en los músculos de un rostro acostumbrado a mostrarse hierático en público. Tenía una sensación intuitiva como si unas puertas de hierro se estuvieran cerrando a su alrededor. Sentía el frío del hierro. Podía olerlo.
-¡Después de ese discursito no me jodás! ¿Quién dijo que en nuestro país la lengua es el principal enemigo del pescuezo?
Sería un cuarto pequeño con un alto techo lúgubre de machimbre donde con poca atención se escuchaba el travieso correr de las ratas. Ariadne descansaba en un catre cubierta por tantas colchas que parecía haber engordado de varias libras. Ellos se paseaban de un lado a otro casi topándose la frente con la triste bombilla amarillenta que colgaba de un alambre pelado rotando lentamente como péndulo en un eterno círculo de luz.
Vallejo había olvidado la consigna elemental de hablar en voz baja a esa hora. A Kukulkán le dolió la espalda toda la noche. Sorbía con rapidez pequeños tragos de café amargo que amenazaba con botar al pasearse por el reducido espacio. Combatiendo el dolor de cabeza que se insinuaba tras las cejas dejó que las líneas de un poema acariciado flotaran por su mente como recuerdo de juventud: "Eres tú a mi lado, eres tú la sombra, eres tú en mi cabeza que duerme contra el día, en mi corazón vagabundo, en mi lágrima, en mi mano, en mi pena."
-No hombre. Ese operativo estaba demasiado bien planeado para ser espontáneo. Decidieron que lo iban a matar desde mucho antes. Pero ¿por qué ayer? ¿Por qué después del secuestro del gringo...? ¡Claro! ¿Qué horas son?
-Las horas de tu corazón.
-No jodás, va en serio.
-Las seis de la mañana. ¿Por qué...?
-Prendé el radio. ¡Prendé el radio inmediatamente!
Reaccionando ante la voz imperativa, Vallejo corrió por un empolvado radio de transistores abandonado en un rincón. Lo prendió. Las notas inconfundibles de la banda de la brigada Mariscal Zavala saltaron inmediatamente invadiendo la habitación con la marcha de Radetzky. Cambió la estación. En la siguiente sonaban las mismas notas, la misma melodía metálica cargada de aires funerarios. Siguió buscando a lo largo del cuadrante. En todas la música era la misma.
-¡Están en cadena...!
Kukulkán lo miró con unos ojos enormes.
-¡Golpe de estado!
Vallejo suspiró como si fuera un chiste de mal gusto. Medio adormitada Ariadne trató de alzarse sobre el codo de un brazo.
-Tenemos que reestablecer contacto inmediatamente. Los compañeros se van a desorientar.
-¡Pero vos, hombre, no podemos salir ahora, no te aloqués!
-Si podemos. El golpe y el secuestro del gringo. Pensá. Eso huele a ofensiva brutal contra nosotros. Y encima estamos trabados con lo de Gray. La organización está pasando por uno de sus momentos más difíciles. A estas alturas no nos queda de otra.
4
La casa estaba a media luz. Sandra estaba sentada frente a Alvaro en un sillón de tapicería bordada. En la esquina ardían aún las cenizas de un fuego viejo. Una mesa de vidrio con orillas de caoba evidenciaba gran número de vasos sucios y colillas de cigarrillos en un cenicero en forma de pentágono. Estaba invadida por una alegría apacible. La dulzura de su sonrisa reflejaba un abandono que encantaba su ánimo de planeta dulce. Con su incipiente redondez de rostro Alvaro, la barba puntiaguda de un día y la cintura evidenciando descuido en la alimentación, la contemplaba con la boca medio abierta y los ojos inyectados. Vestía una colorida camisa brasileña de algodón de esas grandotas que causan repliegues de tela por todas partes.
-Regresaste tarde.
Lo dijo cariñosamente sin ironía o reproche.
-Necesitaba saber lo que pensaban en Washington.
Respondió con una voz de miel que sólo empleaba cuando se expresaba con espontaneidad y sin hacer cálculos políticos.
-Trabajás excesivamente...
-Es anticlimático decir eso justo esta noche. ¿Dónde está tu sentido de la tensión dramática?
El tono enmielado cedió a uno más perturbado. Las orejas se le pararon como detectando peligro. Se puso de pie.
-¡No! No te vayás. Disculpá.
Ella se dejó caer en el sillón. Los ojos se desvanecieron en la penumbra como si se fueran a otra parte. Rascándose discretamente los testículos Alvaro volvió a la carga.
-No menosprecio la masturbación. Me permite hacer el amor con la persona que más quiero pero que casi nunca veo.
-Qué manera más elegante de quejarte de que ya casi no dormimos juntos. Pobrecito, cómo sufrís.
Ella lo miró con cómica deliberación. Estudió su cuerpo medio caído en el sillón con los pies en la mesa a punto de botar el cenicero, los pantalones blancos de lino manchados de ceniza y residuos de trago. Parecía un trapo sucio abandonado en ese sillón en un descuido de la sirvienta. Sobrecogida por una ternura maternal rara en ella, Sandra se avergonzó de escuchar a Sandra hablando con voz filosófica.
-A veces todos nos sentimos muy solos. Pero si me agarrás por allí se me va a salir el tono profesorial que heredé de mi papá y que aburre a medio mundo. Te hablaré pomposamente de la búsqueda de la serenidad, de la guerra interior de una mujer como algo que no se puede explicar con palabras, del ardor que siempre está dentro de tí, de reclamar en nosotros lo que odiamos de los demás. Y después de aguantarme ese ladrillo ni por desidia podrías masturbarte porque estarías roncando como cerdito feliz.
Algo de su tono se le cruzó mal a Alvaro con el whisky y atravesó su rostro como mancha negra. La tomó de las muñecas y apretó con fuerza. Ella gruñó y se sacudió como serpiente recién prendida. En el forcejo derramaron un par de vasos sobre el vidrio y tiraron el cenicero. Súbitamente ella dejó de agitarse.
-Si te gusta... adelante.
La miró. Ella le sostuvo la mirada mientras sus labios conformaban una altiva sonrisa burlona. La soltó. La sonrisa lo increpó como a un niño mal portado.
-¿Cómo eran aquellas líneas? A ver si me acuerdo. Sí. Tú no tienes que actuar conmigo, Alvaro. No tienes que decir ni hacer nada. Ni una sola cosa. Bueno, tal vez una: silbar. ¿Sabes silbar? Consiste en juntar los labios y soplar.
-Muy bien. Muy bien. Buena memoria. ¿Qué tal si hablando de soplar te saliera conque ven aquí, ven aquí, cariñito mío. Vuélveme loca, hazme enloquecer. Chupa, chupa... Pero ¿qué haces? ¿Por qué soplas? Chupa, mi vida.
-¡Excelente!- Ella aplaudió. -¿En qué pensás?
-Bueno, si seguís mirándome así, me voy a animar a decírtelo.
-¡Muy bien!- Ella volvió a apludir. -Animate.
-Quisiera pegarte.
Apenas salieron esas palabras de su boca sintió una tensión en los testículos y el olor del sudor bajo las axilas.
-A ver. Nos estamos saliendo del guión. Explicá cómo.
La voz era provocadora. Se llevó las manos a la cabeza y se alborotó el pelo lo más que pudo mientras contraía las pupilas.
-Quisiera verte tirada en la cama, amarrada a la cabecera, semi-desnuda, muerta de miedo.
-Qué rico. Como si fuera una niña indefensa.
-Sí. Y sacar una manguera y pegarte en las piernas, en la espalda... Pegarte, y que grités que te gusta, que te gusta.
Sandra cerró los ojos y visualizó la fantasía con imágenes inconexas que azuzaban el mosaico indestructible del deseo. Su mano derecha corría en forma de círculo sobre su abdomen. La izquierda se agitaba verticalmente sobre el muslo del mismo lado.
-Me gusta... me gusta... Aunque no aparezca en el guión.
-Y pegarte más, más, empapado de sudor. Y amarrarte las manos y los pies. Ver los lazos alrededor de tus muñecas.
Se retorcía toda manoseándose los senos, los brazos, el sexo, inclinando la cabeza para un lado y para el otro en un solo lamento líquido que imitaba burlescamente a un personaje de un romántico bolero que volcaba sus ansias en su juguete de amor.
-Ahora entiendo porqué el amor a primera vista ahorra mucho tiempo y por qué al dudar entre dos perversiones, Mae West elije la que no ha probado.
-Acariciarte los muslos con la manguera, sentir tu temblor y tu intento de alejar la pierna.
Puso una pierna sobre la mesa de manera que la falda le quedó más arriba de la mitad del muslo. En franca provocación empezó a acariciarse el sexo bajo la falda mientras lo miraba fijamente con un celo cómicamente exagerado.
-Los brazos y las puntas de los pies dormidos, como una niña del convento que acepta los misterios.
Se retorcía contra el sillón. Frotándose el hombro con la palma de la mano se bajó el tirante del vestido gesticulando con los labios como si se lo bebiera íntegro sin dejar una gota. La boca se derretía como si la pintura de labios mágicamente se corriera en todas direcciones como resultado de invisibles besos.
-Y pegarte, una y otra vez, dejarme ir, soltarme, ver cómo las marcas violáceas aparecen bajo tu piel, ver el rictus en tu boca con cada golpe, hasta hacerte chillar...
-¿Yo chillar? Yo no chillo.
La expresión sensual se desvaneció. Ella quedó inmóvil. Se dio media vuelta y se alejó lentamente. El se paró como pudo. Golpeándose la rodilla derramó otro vaso y pateó una de las patas de la mesa que se corrió varios centímetros produciendo un concierto de cristales alterados.
-¡Esperá! Ahora sé que ha valido la pena sufrir tanto, tanto, y que sabe mejor una dicha pagada con llanto.
-Ya no tengo corazón, llegaste tarde. Por lo mucho que...
-Entonces vale más la pena morir... Ya no se me ocurre otra letra de canción, qué fregada.
-Improvisá, no le hace. ¿Hablás de morir?
-Sí pues. Morir, porque tu amor para mí fue pasajero...
-Y yo cambié tus besos por dinero, envenenando así mi corazón. Moriré tal vez mañana, pero esta noche, ¡quiero vivir!
-Excelente memoria también para los boleros. En películas y boleros estamos taco a taco. Explicame nomás una cosa.
Ella lanzó los brazos hacia arriba en melodramático gesto. El sintió una ligera punzada en la rodilla.
-¿Por qué había qué secuestrar al agente de la CIA?
La sorprendió que saliera con esa puntada. Sin embargo entendió que el detalle fuera de lugar era lo único que creaba un sentido de permanencia en la pareja, lo único que mantenía cualquier asomo de unión. Era el único acelere que justificaba el patetismo de sus besos y los abrazos que aún se cruzaban.
-Para forzar la mano de los gringos... Pero también...
-¿Sí?
Hizo una pausa como si temiera verbalizar algo que ella tampoco tenía del todo claro. Temió que el juego dejara de serlo para convertirse nomás en una inevitable cacería en la cual perdería su propia piel como la ixiptla, la personificadora de dios en el carnaval llamado Ochpaniztli que tan bien representaba las condiciones inhumanas de la existencia.
-Pa' que no se destruyera el EGP.
Sonrió. Pensó que ya no podría escaparse de la onda filosófica. La vida era demasiado contradictoria y tenía sabor de aceite de ricino. A pesar de eso la gente se redimía afrontándola con valentía empapada de locura. Por eso no se podía predecir cuánto duraría, fuera del axioma de que no podía ser mucho en un país como en el que les había tocado y que el fin sería inevitablemente violento. Lo vivía con tonificante alegría. La habían hecho a su medida. Ella sirvió de inspiración y su música sentida se clavó en su corazón como decía el bolero recordado y evocado con sorna.
Se alejó lentamente. El se quedó parado en la salita comiéndose su trasero con los ojos. El movimiento bamboleante le generaba un deseo irrefrenable pero controlaba su impulso. Sintiéndose de golpe cansada, ella pensó en cosas que generalmente se negaba a admitir que entraran a su cabeza porque dejar que se colaran tan solo por algunos segundos podía generar pesadillas de semanas, meses, años.
Pensó en Alvaro y en don Leonel. Debería decirle que el secuestro de su gringo sabroso que tantas memorias de una adolescencia idealista le traía, y que lo odiaba por eso, fue necesario para salvar los negocios de su papá. Tom Wright. Su secuestro y el golpe eran la única manera de encubrir el fraude. Tanto que le había dicho a don Leonel, cuídese que por ahí nos pueden fregar. No te preocupés mijita, que este viejo sabe medir hasta dónde. Viejo verde, nunca supo medir hasta dónde meterla hasta que se quedó trabado como los chuchos.
Esos pensamientos solo encontraban colorido en los sueños inciertos de las noches lluviosas cuando el sonido de los aguaceros contra la ventana le permitía por fin adormitarse. Sólo entonces rompía su cadena de insomnios y flotaba en la fantasía de una búsqueda interminable de brazos apretándola, cuerpos restregándose suavemente contra el suyo, caricias suaves y tiernas, bocas dulces, húmedas, inundándola de besos por todos los rincones mientras ella se dejaba ir como espuma del mar.