CAPITULO DOS
1
-Sólo en Guate pasan cosas así, la gran chucha.
-Por amor de dios. En todas partes hay calamidades. Lo importante es que el daño no sea irreparable. Los morteros ensordecen solo temporalmente.
-No me vas a decir que no es increíble....
-Pues sí pues, pero no por eso hay que morder la mano que nos da de comer. ¿Acaso creés que en otro lugar podríamos darnos esta vidita que nos echamos aquí?
-Ya me vas a joder sobre cómo estamos en el mejor de los mundos y que si viviéramos en Miami yo estaría trabajando de lavaplatos o algo así.
-Vos de plano, que te has pasado la vida ocioso. Tendrías que enmendar tu conducta. Encontrar orden y tranquilidad en tu proceder. Yo sería banquera o gerente de alguna corporación importante...
-Como la mafia.
-¿Por qué no? Hasta allí llega la liberación femenina.
-Y encima feminista. Sólo eso me faltaba.
-Tenemos que profundizar siempre nuestra experiencia. Además siempre dije que agitándose como el viento uno es capaz de poner en jaque hasta a la Casa Blanca, aunque haya quienes lo duden y se contenten con sus propias limitaciones. Hasta me han dicho que nadie creería nunca una historia así.
-Vale la pena pensarlo porque puede afectar la credibilidad de la nuestra.
-Aunque sea una idea prestada por fin decís algo sensato.
-Ay tu. Lo que tengo qué aprender a soportar. Y lo tengo qué hacer en estado puro, sin alterar ni corromper artificialmente la experiencia. Como vamos al ratito me vas a salir con que hasta del EGP sos y yo ni enterado.
-Sería puro teatro. Todo se vale en el amor y en la guerra.
-¿Puro teatro? ¿De amor o de guerra?
-Guerra de plano, si por guerra entendemos el business por otros medios pues. Que es también otro teatro, otro espectáculo.
-Parale con la filosofía. Volvamos a donde estábamos. Seguime contando lo del relajo de película que se armó.
-Lo que ya te dije. Contentate.
-El periódico decía que el EGP había secuestrado a otro gringo con lujo de violencia...
-El gringo no es tan tonto como parece. Se olió que lo iban a prensar y armó un escándalo público.
-A Pacal ni se le ocurrió que fuera a defenderse.
-A defenderse sí. Pero no que dejara que la patoja huyera. Allí sí le rompió los esquemas. Se fue con la finta. Resultó que desconfiaba más de lo que Pacal se había imaginado. El gringo se fue fijando en cositas y eso le aguzó el instinto. La mente es como una hormiguita que sigue yendo y viniendo...
-Y encima se les escapó el comandante.
-Es que, palabra, esos cuques son unos incapaces. Con carros, motos y helicópteros se les fue entre los dedos.
-Culpa de ellos por armar el operativo en la obscuridad.
-No. Era en la obscuridad para prensarlo con más facilidad. -¿Pero el plan sigue andando? ¿Que te dijo mi papá?
-Según él que el plan Cascabel entra en su tercera fase.
-A veces yo no entiendo el sentido de todo esto, palabra.
-Es que tenés que tratar de acordarte de quién es el guardián de tus sueños más obscuros.
-Barajo. Ya me vas a salir con tus rollos.
-Pero sin ellos nunca se entiende nada. Jugamos con la vida para cuidarnos de la muerte y con la muerte para cuidarnos de la vida. Porque la vida nos aburre pero la muerte nos espanta. Pero lo peor de todo es que no es contra la muerte que nos preparemos en verdad, sino contra la preparación de la muerte. Se nos va el tiempo siempre en preparaciones y en actuar. Hablo de actuación, no de acción.
Estaban en la cabina de la avioneta. El paisaje era de un verde refulgente, aunque se apreciaban los huecos cafesuzcos de la deforestación que avanzaba generando lavadas de lodo que caían hacia los barrancos. Algún día cercano las verdes montañas se quedarían cafés. En la distancia las nubes grises y gruesas cargadas de furia contenida flotaban suspendidas en un tiempo prehistórico por encima del endeble aparato que saltaba y crujía entre las ráfagas de aire caliente empapado de olor de caña de azúcar y leche de vaca. Más lejos, a la orilla misma del horizonte, estaba claro. Un azul celeste tímido y casi tan transparente que parecía amarillarse colgaba frágil de los algodonados cúmulos uniendo el espacio que separaba a los volcanes ennegrecidos. Era el resplandor del Pacífico. A la derecha del avión el cielo era una negra violencia organizada.
Alvaro empezó a descender cuando distinguió la pista de tierra enmedio de la verde planicie. El avión saltó agitado al cambiar de altura pero como caballo brioso bien entrenado se dejó conducir en círculos descendientes hasta tocar la tierra rojiza de San Marcos. Pegó al piso. Volvió a rebotar hacia arriba y cayó de nuevo, ladeándose sobre el lado izquierdo. Tocó primero con esa rueda antes de hacer pleno contacto y estabilizarse.
Sandra pensaría que no existían cambios concretos ni siquiera cuando uno se trasladaba a otro espacio. El avión vibraba al rodar sobre la tierra igual que los carros sobre las calles empedradas de Antigua. Se volteó para verificar que el segundo aparato descendía tras de ellos. Miró con detenimiento cómo se inclinaba frágilmente para un lado y para el otro antes de hacer tímido contacto con una sola rueda, como los niñitos que hunden el dedo gordo del pie en la piscina antes del chapuzón.
Un jeep y un camión los esperaban en la punta de la pista. En cuanto Alvaro paró el motor, Sandra abrió la puerta y saltó como resorte. El calor y el zumbido de insectos era sólo una lejana molestia. Tenía la capacidad de concentrarse con tan obsesiva intensidad que le hormigueaban sus brazos.
El camión se acercó a la avioneta parándose casi bajo un ala. Dos empleados salieron de la cabina. Empezaron a extraer pequeños paquetes envueltos en sacos de brin con sello de una compañía harinera y los metieron al avión. Con los brazos sobre la cintura, Alvaro observaba con detenimiento el movimiento de los empleados. Tenía anteojos oscuros estilo aviador, camisa de manga corta y pantalones khakis de dril. La brisa pegajosa le agitaba el pelo hacia atrás. De pronto se le quedó viendo a uno y dijo:
-Ya caí en la cuenta de a quién se parece el general.
El jeep se dirigió hacia el caserón de la finca. Parada frente a su puerta esperaba Maruca. Su corte azul de jaspeado quezalteco y su huipil desteñido de algodón indicaba su origen como San Pedro Sacatepequez. Parecía más vieja de lo que era y a la vez como vieja se veía más joven y bastante bien conservada. A eso contribuían sus grandes ojos almendrados y su risa, templada por un mentón que evidenciaba una terquedad sin límites. Estaba olorosa a frutas silvestres.
-Ay niña, que es esta manera de venir, por dios.
Ni bien frenó el jeep y Sandra ya saltaba sin perder el paso. Tres indígenas jovencitas con trenzas de grandes listones salieron corriendo atolondradas, armando un bullicioso relajo. ¿Cómo estaba Sandra? Blue jeans apretados, botas de montar hasta la rodilla, una blusa blanca ordinaria, el pelo suelto. Esbelta como una monja blanca. Era poco consciente de la coquetería que Maruca tanto desaprobaba. Tosió como si se hubiera atragantado, evidenciando la respiración agitada de cuando de niña tenía ataques de asma.
-¿No ha entrado ninguna llamada todavía?
-No, patroncita. Tuavia no. Pero qué manera es ésta...
-¿Y la radio?
-Tampoco pues. La veo muy nerviosa, niña.
Pasó al lado de ella como un ciclón, sin besarle la frente o darle una palmadita en la espalda como acostumbraba. Maruca no lo tomó como agravio sino como que algo muy serio tenía a su patroncita muy afligida. Sandra casi corrió en dirección de la pequeña oficina llena de papeles y cachivaches. Pero no eran cachivaches. Sobre un viejo y enorme escritorio de caoba que a pesar del mal trato no podía esconder su magnificencia había teléfono, telex, equipo de radio, una caja fuerte y una computadora desarmada con sus piezas sueltas desperdigadas a su alrededor. Todo estaba empolvado y revuelto pero era la naturaleza de la finca. Prácticamente bajo pena de muerte no permitía que nadie entrara ni para limpiar. Los papeles estaban en pilas que crecían desigualmente como en las oficinas de los ministerios, hasta inclinarse unas contra otras formando imágenes de triángulos. Muchos ya estaban amarillentos. Pero tenían su razón de ser. Todo tenía siempre su razón de ser en la vida como en los patrones de costura aunque no estuviera claro a primera vista. Las apariencias efectivamente engañaban.
Empezó a pasearse indecisa de una punta a la otra. Parecía perro agitado presintiendo tormenta. Revisó rápidamente algunos papeles, generando pequeñas nubes de polvo cada vez que los tocaba. Maruca se le apareció en el marco de la puerta de manera tan inesperada que pegó un grito y saltó para atrás.
-¡Maruca, por dios! ¡Qué es eso de asustarme así...!
-Discúlpeme usted, patroncita, pero como la vi tan nerviosa pues pensé si se le podía por vida suya ofrecer alguna cosita.
-No gracias, Maruca. Que nadie me interrumpa. Déjenme sola.
-De todas maneras, patroncita, cuando uno anda como usted anda es porque algo está revuelto y, la verdad sea dicha, la revoltura da sed, así que aquí le traje un su juguito.
-Ay Maruca, sos la mamá que nunca tuve.
-Y a poco no fui su nana de a de veras, ¿pues niña? ¿A poco no fui yo quién se levantaba cada vez que se despertaba tosiendo? Igual con su hermanito que tenía asma más fuerte que la suya, pues. No se me olvida cómo se me ahogaba mi muchachito...
Colocó el vaso de jugo en la mesa y lo cubrió con un platito para que no se mosqueara. Sandra le dio un leve abrazo de agradecimiento y sus ojos evidenciaron la generosidad y fragilidad que hubiera tenido de permitirse esos gestos. Maruca salió trotando de la habitación con pasitos cortos y ella volvió su atención a los papeles. Sólo entonces la vista se le nubló y la pupila se le disolvió hasta convertirse en una rayita negra atravesando verticalmente el iris.
-Mi hermanito...
Examinaba todo como si esperara que alguien fuera a saltarle de alguna gaveta o rincón oscuro. De pronto se golpeó la frente con la palma de la mano derecha. Corrió hasta la caja fuerte presa de la desconfianza y el presentimiento. Marcó la combinación con la rapidez de la costumbre y ésta se abrió. Frunció el ceño al ver que los papeles estaban fuera de sus sobres. Por suerte no había muchos.
Un espasmo de relajamiento la sacudió cuando encontró el que buscaba. Retorció la boca con evidente cólera. Sabía que Alvaro lo había dejado fuera del sobre que le correspondía. Toda la tensión explotó mentalmente en maldiciones al verificar que fue dejado así. Aunque sólo tres personas tuvieran acceso a la caja fuerte. Pero ese papel era todo. Lo sacó cuidadosamente y lo alzó para examinarlo otra vez a la luz que entraba a borbotones por la ventana.
-Con el objeto de implementar la ayuda para el desarrollo... se autorizan los pagos... a efectuarse por medio de la compañía tal... a verificarse en la cuenta tal del banco tal... Se autoriza la compra del equipo necesario para impulsar las exportaciones del estado guatemalteco... equipo de aviación civil en el Canadá... Autorizado. Gobierno de los Estados Unidos de América...
Y sí. Allí estaba en negro y blanco. El inventario de ensueño. El papel que podía derribar gobiernos o ponerlos tras las rejas por el resto de sus días. El papel que le permitía controlar al Aguila Calva. Su salvoconducto. Su pasaporte hacia la libertad. Todo muy limpio. Legal. El estado reasignando bienes en beneficio de la iniciativa privada con el acuerdo del país benefactor. Muy coherente con la lógica económica de los ochenta. Sorbió un trago de jugo. Dobló el papel. Lo introdujo en un sobre y lo pegó en la parte superior de la caja fuerte donde nadie iba a buscar o palpar. En ese instante sonó el teléfono. El agudo ruido la sacudió. Dio media vuelta y corrió como loca, casi derramando el vaso de jugo en el proceso.
-¿Aló?...¡Barba Amarilla! ¡Ya era hora! ¡Estaba desesperada!... ¿Sabe qué? Mejor cuelgue y vuelva a llamarme por radio. Así dejo esta línea limpia en caso de que Pierrot establezca contacto... Bueno. Adios. Llame inmediatamente, ¿eh?
Colgó. Sintió un ligero mareo. No sabía si era efecto del calor, del malestar que sentía en el estómago o cualquier otra cosa. Su período. La dañina oscuridad sobre la que no se puede hacer nada. No importaba. No le gustaba pensar en eso. Nada era casual. Cuando se trabajaba consistentemente todo tenía que ver. Nada se repetía. Todo sucedía siempre como nuevo aunque fuera idéntico a la simulación anterior. Y allí estaba su pensamiento y ella buscando un pozo donde ahogar sus recuerdos. Una vez contó que sus tías le habían dicho que eso era egoísmo. Pues y qué, respondió. Soy egoísta entonces. Le dieron un tortazo en la boca por respondona. Su hermano se burló. Era fue lo que la hizo chillar. Pero aprendió a no pensar en eso.
Caminó hacia el telex. Escribió un mensaje: "Aguila Calva. Confidencial. He obtenido información de mis fuentes. Príncipe Valiente en manos dudosas. Gobierno no responde como se esperaba. Oficiales línea dura pensando golpe. Revise calendario lunar para enterarse fecha. Urgentemente necesitan saber respuesta a tal iniciativa. Lo contactaré por canales apropiados tan pronto vuelva ciudad. Cascabel."
Terminaba de escribir cuando la radio empezó a zumbar y hacer ruidos de estática. La voz de Pacal entrecortada por la onda que iba y venía invadió la oficina.
-¡Aló! ¡Aló! Aquí Barba Amarilla. Cambio. Repito. Aquí Barba Amarilla. Cambio.
Saltó como una sabanera engulléndose un ratón.
-¡Aló! Aquí Cascabel. Hable Barba Amarilla.
La voz continuó, compenetrada de electricidad y ecos.
-Repito lo informado. El Príncipe Valiente está en nuestras manos. Bien tratado. Desayunó bien. Cree que está en otras manos. Estamos haciendo tiempo.
Una expresión de niña traviesa con un toquecito de remordimiento invadió su rostro. Se miró los pies. Le produjeron risa. Recuperó el tono serio, disfrazando poco su excitación.
-Me alegro Barba Amarilla. Ahora mismo estoy activando la tercera fase del plan. Sigo esperando contacto con Pierrot. En cuanto lo tenga vuelvo al mercado para venderle la mercancía al Aguila Calva.
-La felicito. Y por nosotros no se preocupe. Aquí no pasa nada. La tercera fase será la vencida.
-Ojalá. Solo espero que no vuelvan a fallar...
-¡Si no fallamos! ¡Lo que pasa es que se avivó el Príncipe Valiente! En una de ésas lo subestimé pero la cosa es que se las olió y echarle el guante en condiciones adversas fue difícil. Además de que el enemigo no está pintado en la pared.
-Bueno. No discutamos ahora. Me vuelvo a comunicar después de entrevistarme con el Aguila Calva. Cambio y fuera.
Desconectó la radio y volvió al telex. Releyó su mensaje. Corrigió una palabra o dos sin distraerse por el zumbido de las moscas. La angustia de escribir. Horrible siempre, resignarse a que lo dicho, dicho estaba. A lo mejor algún día escribiría una novela sobre Tom Wright. Se resignó a su texto. Lo envió. Suspiró. Observaba su reloj todo el tiempo. Le obsesionaba la hora. Tenía tensa la mandíbula. Trataba de ensartar los dientes superiores sobre el labio inferior. Inhaló el aire cargado de polen, oloroso a mangos y jocotes marañones. Se dio vuelta de pronto y como si hubiera dado un coletazo le pegó al vaso de jugo que se desparramó por toda la mesa. Corrió hacia la puerta y gritó a todo pulmón.
-¡Maruca! ¡Rápido, traiga un trapo que se me cayó el jugo sobre los papeles!
Volvió a donde la mancha corría aceleradamente como una gran ola amarilla, cubriendo un papel tras otro. Goteaba hasta el suelo. Miraba las gotas con impotencia y disgusto. En ese instante entró Maruca con un gran trapo en su mano y empezó a limpiar. Sandra la miraba fascinada, sin moverse. Dejaba que Maruca le ordenara la vida y le solucionara su crisis como siempre lo había hecho. Cuando se cayó del árbol de mango. Cuando su papá le pegó con exceso de violencia. Cuando las monjas la expulsaron del colegio por desabotonarse el botón superior de la blusa frente a un niño. Cuando su hermano le pegó un batazo en la cabeza. Maruca era parte de las leyes inmutables de la naturaleza, protegiéndola y ordenándole su desorden.
-¡Allí, mire! ¡En ese rincón!
Señalaba con un dedo tímido e inseguro mientras el brazo de Maruca restregaba el trapo por el sitio indicado, haciendo desaparecer el líquido desperdigado por arte de magia.
-Ay, niña. Parece una culebrita. Cómo se revuelca y bota todo con sus coletazos.
En ese momento volvió a sonar el teléfono. Abrió los brazos al escucharlo, desparramando una pila de papeles. Se dio vuelta, tratando de levantar el audífono y sostener la columna inclinada al mismo tiempo. Al hacerlo golpeó con el trasero a la Maruca, casi botándola al suelo. Los papeles volaban en todas direcciones como confetti y la Maruca trataba de agarrarlos antes de que cayeran al piso y se mancharan.
-¿Aló? ¡Pierrot! ¡Al fin! ¡Qué gusto! ¡No sabés lo nerviosa que estaba!... Sí... Hablá recio que no se te oye bien. La comunicación está muy mala... Sí. Me enteré de todo... Estaba muerta de nervios, no sabés... Pensé que no ibas a llamar, no sabés el gusto que me da... Sí, ya sé. Calmate. Vamos directo al grano... Ahora que ya se dónde estás me regreso al mercado para verme con el Aguila Calva y ver en qué quedamos... Sí. Lo tiene el Escuadrón. Pacal. Ahora ya tienen a uno cada uno. Ustedes al tejedor y ellos al comprador de textiles, ja... No sé si lo agarraron con el dinero o no. Dejáme averiguar... Sí. Calmáte. ¿Y la niña? ¿Salió bien del susto?... Qué me alegro... Adios pues... Tal como convenido. No te preocupés. Seré traidora como decís pero podés contar con tu Arlequín, mi querido Pierrot. Muchos besos y cuidate.
Colgó el aparato. Un color púrpura inundó su rostro. Ahora si estaba tranquila. Perfectamente tranquila. Sonreía. Como cuando perdió el anillo de su mamá y después de un largo sufrimiento lo volvió a encontrar.
-¿Le traigo otro jugo patroncita?
Maruca había acabado de limpiar y enderezar papeles. Sandra entrecerró los ojos como si se adormeciera. Estiró los brazos para desperezarse sin disimular el relajamiento que la invadía.
-No gracias, Maruca. Ya me voy a la capirucha.
-¡Ay, patroncita, pero si recién llega nomás!
-Ya ves cómo es de ajetreada esta vida. Andá, decile a los muchachos que me preparen el avión.
Maruca se encogió de hombros y salió corriendo con alborozo de niña dispuesta a cumplir los deseos de su patrona. Sandra se volvió a desperezar y se rio quedito sintiéndose como flor recién remojada. En ese momento entró Alvaro todo sonrisas a la oficina diciendo con voz aguda y cimbreante:
-¿Así que ya te vas? ¿Todo sobre rieles?
-¿Vos aquí? ¿Y el cargamento?
-Ya se fue. Todo sin novedad. Solo que tu avión aún no ha regresado. Dale una media hora más o menos.
-¡Ah, la gran flauta! ¡Pero si me urge irme!
-Vas a llegar a tiempo, hombre, no te preocupés. Ya sabemos por dónde viene. Además, pensá. Así tenemos media hora solitos.
Se le acercó y la abrazó. Su boca buscó la de Sandra, topándose con la dureza del hueso de la mejilla y dándole un lenguetazo a la nariz antes de atascarse con un puñado de pelo que le entró hasta la garganta.
-¡Alvaro! Con todo lo que tengo en la cabeza...
La soltó. No estaba enojado. Por el contrario, lucía una fina risita socarrona.
-Pa' vos nunca es el momento. Eso de casarse con mujeres como ustedes es de la gran flauta.
-Paciencia piojo que la noche es larga. Ya tendremos tiempo.
-No es lo que digo ¿pues? Siempre se queda para después. Cuando llegue el ansiado momento ya ni se me va a parar.
Solo que esta última línea del diálogo ya no fue enunciada por Alvaro. La imaginó Sandra después de que agitando la cabeza para ambos lados Alvaro ya se había vuelto para afuera.
2
Extrañamente evocadores, los camarógrafos corrían con sus instrumentos de trabajo de una punta a la otra. Golpearon a algunos transeúntes apelotonados en el lugar. Los zumbidos de la multitud como puñado de azuzadas avizpas ahogaba cualquier mentada de madre contra el camarógrafo abusivo. Solo abrieron paso cuando el candidato apareció rodeado de sus guardaespaldas.
Vallejo observaba el embrollado espectáculo desde un rincón del callejón que conducía a la pequeña plaza donde se realizaba el improvisado mítin. No quería acercarse más de la cuenta. Estaría lleno de judiciales. Querría mantener su retaguardia abierta en caso de alguna carrera inesperada. De hecho no tendría qué circular. Su foto había salido en la televisión y en los periódicos. A pesar de teñirse el pelo y cambiar de fisionomía, los expertos que se limitaban a examinar ojos y pómulos podían reconocerlo al chistazo. No lo había planificado. Iba hacia una casa de seguridad donde tenía un contacto de emergencia que la crisis desencadenada por el incidente de Antigua cuando se topó con el mitin. Aunque estaba en desacuerdo con Manuel Fuentes Color sobre principios estratégicos lo respetaba como político hábil y como hombre decente. Uno de los pocos en el país. Al fin quezalteco.
Lo conoció personalmente en casa de la familia Villagra. Meme Fuentes Color enamoraba entonces a la hija menor de los Villagra aunque él era mucho mayor, divorciado y con hijos ya grandes. Ella también se acababa de divorciar del poeta Amílcar Cabral y andaba rumbeando la soledad y la tristeza con una cuba libre en la mano mientras el mentado poeta abría cuenta en el Pinky's Bar. La Mica era gran amiga de Vallejo. Hablaban de todo con la confianza del caso. Fue ella quien lo interesó en César Vallejo, recitándole siempre "Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo." En París, tomando vino argelino con Lucho Tomáz, el ex-secretario de Neruda. El decía siempre en tono jodedor, "la humanidad es un concepto para onanistas. Porque no hay héroes posibles cuando la tempestad ocurre en un oscuro mar de mierda."
Una noche ella lo invitó a una fiesta para que conociera a su nuevo amante. Estaba la hermana mayor de la Mica acompañada de su marido. El era el apuesto dueño de un periódico importante y ya se rumoraba que su sueño era llegar a presidente. Estaba un jovencito de bigotitos, guardaespaldas del patriarca de la Democracia Cristiana. Era cinta negra de karate y jugaba todo el tiempo con su pistola. Con el tiempo llegó a secretario general de su partido y aspiraba a más. Y estaba Meme Fuentes Color.
El guardaespaldas del patriarca de la DC y el magnate de la prensa se enfrascaron en tremenda discusión en la cocina de la casa ignorando al resto del mundo. Meme Fuentes Color volvió a la sala "harto de hablar política," e inmediatamente inició con él una discusión política. Aunque él era igual, reconocía que los políticos chapines no sabían hablar de nada más que de política. A veces, de viejas o de futbol. Si no, se quedaban mudos chupando con una sed histórica que nunca se saciaba. Discutieron de cómo podría desarrollarse el país, de construir una gran presa hidroeléctrica en occidente para industrializar Quezaltenango, de la falta de sentido de humor de los comunistas que primero se emborrachaban y chillaban que carcajearse. "El Ché dijo que los comunistas no hablaban bajo la tortura pero eran incapaces de asaltar un nido de ametralladoras. Se le olvidó agregar que también eran capaces de aguantar una fuerte colección de inditas entre pecho y espalda sin más evidencia que las lágrimas y los mocos pero que eran incapaces de ligarse a una muchachita de pantalones apretados y bailar rock n'roll." Vallejo intentó convencerlo de que la vía electoral estaba cerrada en el país. "No le busqués tres pies al gato, loco," le decía Meme. "Lo único que van a conseguir es que nos partan el culo a todos por parejo. Aprendé que la política, como dijo tu poeta favorito, no es conducta heróica sino un lindo cinismo empapado de nostalgia y salpicado con palabras bellas, donde lo único que importa es que no se te endurezca ni el cerebro ni el corazón."
Era imposible llegar a un acuerdo con quien pensaba que bastaba con reformar el sistema e implementar instituciones democráticas para salir de los chafas. Pero sus ojos grandes con mirada de niño radiaban honestidad y calor humano. Su sonrisa recubierta de un bigote negro proyectaba profundos sentimientos templados por un velo de perplejidad. Después de un cómplice silencio juzgó oportuno agregar, "Mitterrand es mi hombre. Ese es el camino." Vallejo alzó los ojos al techo con un gesto burlesco. "Gran puta, si ese es el camino, estamos re pisados."
Al final del siguiente año Vallejo ya andaba clandestino. Sin embargo siguió contactándolo ocasionalmente. A diferencia de muchos, Meme Fuentes Color nunca le cerró la puerta ni dejó de discutir amplia y abiertamente a pesar de los inevitables desacuerdos. Ahora, varios años después, se lo encontraba camino a un contacto urgente dando una conferencia de prensa frente a los corresponsales internacionales.
-¡Es importante que la gente de Europa y los Estados Unidos entienda que lo que sucede en este país no es una conspiración comunista para acabar con la democracia! ¡Lo que tenemos aquí es una lucha de distintos sectores de la sociedad guatemalteca que se oponen a una ruinosa dictadura militar! ¡Aquí lo que hay es una lucha de poder entre diferentes escuadrones de la muerte! ¡Como familias mafiosas, hacen lo que les da la gana para avanzar sus intereses! ¡Ellos no son aliados de los Estados Unidos! ¡Solo juegan a imitar como pericos los ideales de democracia para que no les corten la ayuda! ¡Yo tampoco apoyo la lucha armada! ¡Sin embargo, reconozco que es estúpido pensar que nuestras guerrillas forman parte de una conspiración internacional! ¡Este régimen es como el de Hitler! ¡La única diferencia es que lo que se exterminan son indígenas mayas, no judíos! Por eso, a la gente que lo combate deberíamos reconocerla como a la resistencia francesa cuando combatió la ocupación nazi!...
Miró su reloj y frunció el ceño. Se alejó caminando hacia atrás. Observó una guapa muchacha entre la multitud. Pensó en lo sabrosa que estaba con grosera disipación. Luego se sonrió socarronamente al imaginar a Ariadne si lo supiera. Con las feministas había qué tener cuidado. Los hombres ya no podían decir lo que se les pasaba por la cabeza así nomás.
Volvió a ver a Meme Fuentes Color. Agitó la cabeza en sentido negativo. Era lindo oir esas palabras en público. ¿Pero no que la política no era conducta heróica? ¿O pesaban tanto los miles de muertos? Porque atreverse a decirlo en público y a la prensa internacional confirmaba su gran corazón, confirmaba que el hombre de pelo colocho era una alma rara con un candor maravilloso, pero confirmaba también que quería morirse de puro desconsuelo. Todavía lo vio un instante y apretó sus manos contra sí hasta hacerlas crujir. Enseguida desapareció por una calle angosta seguido por un huesudo perro con manchas cafés que caminaba renqueando como si tuviera reumatismo en las patas.
3
Don Leonel apagó el televisor. No quedó claro si tiró el control automático contra el muro de la pared o tan solo se le escapó de la mano, pero casi le pega a una pintura espantosa que su mujer había comprado hacía años y juraba que era carísima. Su rostro estaba encendido como si se hubiera hinchado de alcohol, cosa que ya no hacía desde su segundo infarto. Le temblaba el labio con tal fuerza que la comisura de la boca parecía un hule que se estiraba hacia las orejas. Trastabilló al pararse. Pareció que volvería a caer en el mullido sofá. Consiguió mantener su balance agitando los brazos como un pájaro herido pero al estirarse para alcanzar su bastón desplazó el peso de su cuerpo y creó un nuevo desequilibrio. Esta vez sí terminó sumergido en los cojines con su desesperado agitar de brazos impotentes.
-¡Jonás!
Se escuchó el ruido de pasos por las gradas. Jonás entró jadeante, corriendo, los ojos asustados, limpiándose la frente con el puño izquierdo de la camisa para verse pulcro y correcto frente a su señor.
-¡Discúlpeme don Leonel! ¡Estaba allá arriba!
-¡Qué disculpas ni que india envuelta! ¡Las cosas están color de hormiga! ¡Alcanzame el teléfono inmediatamente!
Jonás corrió hacia la pequeña oficina a un lado de la sala. Mientras tanto don Leonel consiguió sentarse correctamente. Se sacó el saco de bajo del trasero para acomodarse bien las solapas. Buscó a tientas su cigarrera y encendedor en la mesita al lado del sofá. Jonás reapareció con el teléfono.
-¡Llámeme al ministro de la defensa!
-Sí señor.
Jonás marcaba el número con dificultad. De hacerlo tan de prisa se equivocaba y tenía que recomenzar. El pensamiento de don Leonel se deslizó subrepticiamente hacia la nebulosa del recuerdo de su juventud, cuando el cosquilleo le llegaba hasta lo más hondo de su corazón. Le hacía bien recordar el empuje de esa época. Se parecía entonces a un joven torero. Le gustaba presumir su status en trajes de lino y carros convertibles. No tenía una gran voz pero rasgaba la guitarra con algún primor. Siempre estuvo rodeado de mujeres guapas. Tenía caballos de carrera en Santa Lucía Cotzumalguapa. Una vez su caballo estaba a punto de ganar una carrera importante, galopando como un endemoniado cuando el jockey se cayó. La gente gritó. Sin ningún titubeo él corrió hacia la pista arriesgándose a ser atropellado por los cuadrúpedos. Nada pudo hacer. El jockey fue atropellado por los caballos que venían detrás y mutilado espantosamente frente a todo el mundo. Todavía así se atravesó la pista y recogió su cabeza. "Aguantá, Garcez," le decía. "Aguantá." Pero no aguantó. Murió en sus brazos antes de que llegara la ambulancia. Garcez era su jockey favorito. Pero más aún. Era su amigo íntimo. Crecieron juntos en la finca. El, hijo del patrón. Garcez, hijo de un peón. Pero de la misma edad. Pescaron juntos, cazaron juntos, domaron potros juntos, putearon juntos. Ahora compartían la muerte juntos, pero en diferentes lados de la cerca. Había sabido morir, plena y suficientemente. Y ellos que se jactaban tanto de abrazar con entusiasmo los placeres de la vida. Pero vista atentamente, colgaba siempre de un hilo. Uno suponía y el destino disponía. No eran nada, ni podía existir nunca la estabilidad ni la solidez. Sabiamente acongojado regresó al graderío con los ojos llenos de lágrimas. En el instante en que se sentaba de nuevo y que sus acompañantes se aprestaban a limpiarle las lágrimas con sus manos enguantadas, una cornucopia de helado le atravezó el rostro como un fuetazo, dejando una estela de vainilla en las solapas del saco y sobre la corbata. "¡Ricachón mierda!" Una voz amariconada se alejó rápidamente con el viento, descomponiendo la armonía del mundo.
Jonás marcaba una y otra vez. Pero ni bien intentó el tercer número cuando ya el bip-bip-bip que indicaba ocupado interrumpió su esfuerzo. Volvió a empezar. Otra vez bip-bip-bip. Sudaba. Las cejas le brillaban como si estuvieran recubiertas de diamantes por las gotitas que se le habían escurrido por la frente y quedaron atrapadas en su negra espesura. Casi se le cayó el aparato de las húmedas manos. Finalmente sonrió y se relajó. La llamada había entrado.
-Con el señor ministro de la defensa, por favor. Es urgente... De parte de don Leonel Herrera...
4
-¿Aló? ¿Don Leonel?... Sí. Yo también pensaba hablarle... Tengo el televisor prendido todavía... No hay nada de qué preocuparse... Da la casualidad que ya teníamos previsto proceder. Pura chiripa pero lo que dijo hasta nos favorece, fíjese... Después paso a su casa... Calma... Nos vemos pronto.
Colgó. El ministro se frotó las manos regordetas. Parecían volovanes de la pastelería Jensen de los que miraba de niño en la vitrina con frustrante deseo. Tomó el control automático de la televisión. Vio durante un momentito el rostro congelado en la pantalla y apachó el botón de retroceso. El video del discurso empezó a volver a pasar al revés y a toda velocidad como una grotesca comedia hiperrealista. Suspiró luego de saborear un chocolate en forma de corazón que extrajo de una caja en el escritorio. Miró su Rolex automáticamente.
-Ya es hora general. ¿Le llamo su helicóptero?
-No te fiés de las apariencias.
-¿Qué dice?
-Nada. Llamá.
Caminó hacia la mesa donde estaba el intercom. Engulló el chocolate con discreción mientras miraba con el rabillo del ojo los labios fruncidos del general.
-¿Capitán? El señor ministro está listo. De paso pídame mi vehículo inmediatamente, porfa.
Parpadeó y estiró sus brazos con los codos doblados como si fuera un ganso de engorde.
-Un clavo saca otro clavo.
5
El oficial de la embajada apretó el botón de su intercom.
-Déjenla entrar.
Se frotó las manos. El corazón le latía como un tamborón. Una vápida sonrisa emergió de sus delgados labios. Se recompuso la ropa. Buscó uno de sus cigarrillos sin filtro y maldijo. La cajetilla estaba vacía. En un instante la puerta se abrió como empujada por un fantasma.
Sandra entró sonriente. El se paró. Ella avanzó con sus características zancadas y le extendió la mano. La tomó, deslizando un segundo más de lo necesario sus dedos por su piel mientras se hacía el desentendido. Se alisó los bigotes y se pasó rápidamente la mano por la calvicie.
-Recibí el telex. A decir verdad, ef difícil de creer...
-¿Difícil de creer?
-Eftudiando las características del fecuestro de Wright todo indicaría que fue Pacal...
-Así es. Pero yo pensé que usted con su larga experiencia en nuestro país estaba por encima de eso...
-Fandra. Ufted fabe que tiene mi completa confianza.
Ella se paró como si estuviera a punto de retirarse.
-¿Qué hace Fandra por dios? Fiéntese por favor.
-Entonces olvídese de... créame...
-Cálmese. Eftoy muriéndome por conocer su información...
Sandra se sentó. Abrió su bolsa para extraer un cigarrillo. El hombre se agitó como un trompo para llegar a su cigarrera antes que ella, casi desbordando una pila de papeles. Consiguió ofrecerle galantemente un Virginia Slims.
-¿Esos? Yo fumo Marlboro...
El se ruborizó. Sintió que le estaban infligiendo cierto suplicio exótico cuya eficacia no había tenido aún ocasión de experimentar en combate. Murmuró "creo que en efta gaveta..." y empezó a abrir todas las gavetas del escritorio.
-No tengo Marlboro. Yo fumo fin filtro pero fe me acabaron.
Sandra encendió uno de sus propios cigarrillos permitiéndole que caballerosamente se lo prendiera con su encendedor. Aspiró profundamente y dejó flotando la nube de humo que suavemente se dirigió contra su interlocutor.
-Ay, disculpe, no me fijé que le estaba echando el humo. Ya sabe. Uno tan maleducado que es por aquí, por dios...
-Fandra, por favor. Ufted que ef toda una dama...
-La verdad, ya me malacostumbré. Porque lo que es aquí, las damas tienen que tener los pantalones bien puestos.
-Lo fe.
-Entonces. Aprendamos a aguantar lo que no podamos evitar. No podemos agarrarnos a manadas con los mulos.
Sonrió apenas, dejando que sus ojos lo envolvieran como si fueran los brazos abiertos de Kali, la diosa hindú.
-Explíqueme entonces...
-Bueno. Estas cosas son demasiado gruesas... ¿No tiene algún micrófono escondido por allí?
-¡Fandra, por dios!
-Como usted sabrá, solo decimos ciertas cosas cuando la situación llega a un grado de crisis aguda. Me faltan palabras de pronto, aunque me sobre aliento. Cuando uno está verdaderamente convencida de que decir algo es absolutamente decisivo.
-¡Fandra, por favor! ¡No entiendo!
-Escuche. Si le digo lo que le digo es porque tengo los pelos de la mula en la mano.
-¿Los pelos de la mula...?
-O si prefiere, le cuento el chiste del payaso. Lo que quería decirle es que he tenido contacto con...
Sandra alzó los ojos hacia la pared donde estaban los afiches, estirándo los labios simultáneamente.
-¡No! ¡No que...!
-Cálmese, oiga. Todo esto está color de hormiga...
-¡No me vaya a decir que eftá en contacto con...
-No me mire así. ¿Por qué no iba a estar en contacto con mi hermano? En Guate, familia es familia a pesar de todo.
-¡Qué dice!
-Y si me atrevo a contarle es porque están planeando asesinar a Manuel Fuentes Color.
-Oh my God!
-Ahora, usted sabe que no comulgo con Fuentes. Pero lo respeto como un político de carrera, no uno de esos oportunistas de chaquetilla prestada que para todo andan queriendo ponerse cachucha internacional.
-Of course, of course.
-Además, no quiero pero ni pensar en lo que pasaría si se llega a dar ese hecho. Se imagina el escándalo...
-Necesito llamar a Washington inmediatamente...
-Sí pues. Por eso es que creo que el ministro de la defensa tiene razón. No hay otra salida.
-¿El golpe?
-Usted sabe bien qué es lo que quiero decir. Usted mismo escribió el discurso de su señor embajador ante la cámara de comercio cuando dijo que el departamento de Estado veía con extrema preocupación la obvia ineptitud de los gobiernos débiles para confrontar la subversión. Que si tales líderes escogían a sus sucesores sin beneficiarse del proceso democrático y si los escogidos eran gente corrupta que carecían de las cualidades necesarias para posición tan alta, entonces los Estados Unidos podrían ser forzados a considerar otras alternativas.
-Era una amenaza, Fandra, ufted fabe efo. Pero, ufted fabe también... Lo que queríamos era influenciar al presidente para que efcogiera como fucesor a nuestro hombre...
-Pero no lo escogió. Y no sólo eso. Escogió a un posible traficante, lo que equivalía a darles un sopapo en la cara a ustedes. Seremos brutos o qué... Pero de todos modos ya eso es historia. Lo de ayer combinado con el posible asesinato de Fuentes Color han alterado la balanza en una dirección enteramente diferente. Olvidémosnos de elecciones. Habrá golpe. La pregunta es: ¿Qué va a hacer usted? Pero ya no lo puede parar, ya no lo puede evitar. Ya es muy tarde Aguila Calva. El hombre que va corriendo con la pelota ya está casi en la zona de meta y no queda nadie más que pueda derribarlo. ¿Estamos?
Behemoth abrió su cigarrera, jaló apuradamente uno de los Virginia Slims y tanteó por su encendedor. Antes de alcanzarlo ya ella tenía encendido el suyo. El inclinó la cabeza. Prendió su cigarrillo e inhaló hacia arriba, dejando que el humo ocultara el rostro de Kukulkán. Ella apenas sonrió con ese aire indescifrable que podía ser sarcasmo o parodia rapsódica. El se tocó nerviosamente la cadena de oro.
-Ya veo.
-Desde luego, preferirían trabajar con usted. Al fin, es más fácil. Pero estemos claros en algo. Ya no hay vuelta atrás.
Behemoth se ahogó ligeramente en su humo. Trató de contener una tos áspera y se puso de pie. Empezó a caminar de una punta a la otra alzando la vista ocasionalmente como si temiera que el rostro en el muro pudiera captar su ambivalencia o inseguridad.
-Afí no fe hacen las cosas.
Sandra abrió las manos.
-Así es cómo usted juega ajedrez. Que no le gusta que lo hayan puesto en jaque es otra cosa. Lo importante es no quedar en mate.
-Necesito llamar a Washington, Fandra... Ahorita mismo.
-Entiendo. Es su deber.
-Fí. Dígame. ¿Ef el ministro el ferebro del golpe?
-¿Y usted me lo pregunta a mí?
-Fí, claro... La información nunca fobra. Ahora, dígame. ¿Efperan una respuesta? ¿De ufted? Faben...
-Relájese. Claro que no. Saben que tengo un vínculo. Cómo no van a saberlo. Pero ignoran con quién.
-¿Quién habló con ufted?
-Todos hablan conmigo. Hasta el ministro de la defensa...
-Su hermano. ¿Dónde eftá Kukulkán?
-Ah, saber.
-¡Mierda, no me joda! ¡Ufted acaba de hablar con él!
Apagó violentamente el cigarrillo apenas fumado en un cenicero lleno de viejas colillas y se dejó caer en la silla del escritorio. El rostro estaba del mismo tono gris del escaso pelo que le quedaba. Ella lo miraba sin perder su compostura.
-Me habló por medio de un código secreto que establecimos hace tiempo en caso de emergencia sólo para decirme que estaba bien después de lo de la Antigua.
-¡Y de paso le contó...!
-Botón pa'l preguntón. Esos son asuntos de familia.
-¿Confía él en ufted?
-Claro que no, mi amor. No es ningún tonto...
-Fon hermanos y fin embargo se traicionan.
-¡No es cierto! Le di información que va a circular de todas maneras. Y él sabe que yo haría eso, me conoce mejor que nadie. Pero yo nunca... Ahora me tengo que ir. ¡Basta de todo esto! Es demasiado cercano, demasiado...
Tuvo un amago de sollozo. El se puso de pie y corrió a acariciar su cabeza y hombros.
-Cálmese. Disculpe que tuviera qué preguntar todas efas cosas pero tenía qué hacerlo. Ufted fiempre ha fido fuerte...
-¡Es la familia! ¡Ustedes no entienden los lazos de sangre! Son como el hielo de los jaiboles.
-¡Fí entendemos! Ef el oficio, fabe. Y, bueno. Fomos más... anglo, fupongo. Pero fi, ya eftá bien...
-Sí, pero antes de irme, sugiérame. ¿Qué podría decirle al ministro de la defensa cuando nos caiga por la casa?
-¡Dios mío, Fandra! ¡Tengo...! Entiendo fu punto de vista desde luego pero... No puedo así nomás... lamento no haberme enterado antes por otros canales...
-Parece que se precipitó por lo de anoche y por lo de Fuentes Color.
-¿Ya habló con don Leonel?
-Simón. Yo cubro todas mis bases.
-¿Eftá en efto?
-Usted y sus preguntas. Pero también querrá saber...
-Bueno. Ya le dije que no puedo tomar efas decisiones....
-Don Leonel, como se imaginará, está furioso con la traición del presidente al escoger a ese traficante como su sucesor.
-...Y fu incapacidad para mantener el mando del ejército en una crisis contrainsurgente...
-¡Perfecto!
-Efa no ef una respuesta. Primero tengo qué consultar.
-¿Cuándo?
-Deme un poco de tiempo. Me comunico ahora mismo y...
Behemoth se le quedó viendo. Alzó la ceja izquierda y guiñó soñadoramente el ojo derecho.
-¿Qué tal fi nos reunimos efta noche y le doy mi respuesta?
-Tendría que verlo temprano.
-Mejor. Tengo qué dedicarle algún tiempo a pensar cómo facar a Wright del lío en que fe metió.
-Ni me lo recuerde por favor.
-No fe fi ya fabía pero la idea original era ufarlo como febo para capturar a... Kukulkán.
-Estaba re clarito que allí había mano de mono.
El soltó una rústica carcajada como un figurante de cine que ha perdido irremediablemente las indicaciones de su director. Ella dio unas palmadas como si celebrara su inocentada y entornó los ojos. Se pararon. El la abrazó. Le costó extraerse de los brazos peludos pero cuando él ya se sentía seguro de tenerla atenazada ella se le zafó como si estuviera untada de vaselina. Guiñándole el ojo corrió hacia la puerta, cerrándola tras de sí.
6
La conferencia de prensa terminó. La cantidad de fotografías hacían que el aire se iluminara como si una alocada máquina reproductora de estrellas de un planetario hubiera empezado a rotar sobre su eje y titilar fuera de control. Asediado por la multitud Manuel Fuentes Color se bajó del podio y buscó su vehículo. Los guardaespaldas le abrían el camino. Varios periodistas se colaron metiendo micrófonos en su boca como afiladas dagas. Nadie prestaba atención a las imprecaciones. Los curiosos ondulaban en torno a la línea de guardaespaldas como sumidos en una especie de rito orgiástico. Un comentarista de televisión magníficamente vestido y con un corte de pelo sumamente estilizado consiguió colarse bajo los brazos de un henchido guardaespaldas y le gruñó en el rostro.
-Lo que acaba de decir es una declaración de guerra.
-Es un grito de desesperación. Estoy harto, así, con esas palabras, harto de ser ignorado por el departamento de Estado. Piensan que todo es este y oeste...
-Pero su seguridad, licenciado.
-Me voy a Europa en tres días. De cualquier manera tengo el apoyo de la Internacional Socialista.
Por fin apareció su vehículo. Un brazo fornido cuyo cuerpo no se distinguía entre la multitud abrió la portezuela trasera. Inclinó la cabeza para entrar. Su cuerpo era ancho y parecía no pasar por la angosta puerta. Pero con un culebreo ágil desapareció dentro del vehículo. Dos hombres más se introdujeron tras él. El chofer arrancó y empezó a abrirse paso lentamente por entre los flashazos, camarógrafos de televisión y curiosos que chillaban como chompipes desnutridos. La masa humana fue desapareciendo enmedio de una nube de polvo. El vehículo ganó velocidad. Atrás arrancó un segundo. Ariadne los vio cruzar en la esquina. Iba presurosa al mismo contacto que Vallejo y no pudo detenerse a presenciar el movimiento de vehículos y gente.
Tenía una peluca rubia y mucho maquillaje. Tenía depiladas las cejas, cosa que la hacía sentirse desnuda, teñido los pelos de los brazos de rubio y pintado las uñas. La noche anterior soñó que el sol se apagaba. Era como si estuviera en una isla rodeada por el mar. De pronto el sol comenzó a apagarse como si hubiera eclipse sólo que todo se oscurecía. Al irse apagando una mano gigantesca le comprimió el pecho hasta cortarle la respiración. Se despertó sobresaltada. De niña siempre tuvo pesadillas y se despertaba gritando en la noche. Su papá corría a abrazarla y le traía un vaso de agua. A veces se quedaba leyéndole cuentos hasta que se volvía a dormir.
Su papá era ventrílocuo. Actuaba en la radio y en todas las ferias de pueblo. Hasta acompañó a la selección nacional de futbol al Salvador cuando las eliminatorias del mundial. Su muñeco "don Roque" era la mascota de la selección. Era niña. Se recordaba que su papá le contó que en un descuido la porra guanaca se robó a don Roque. La porra chapina empezó a gritar a todo pulmón "¡Devuelvan a don Roque, devuelvan a don Roque!" Don Roque sin embargo desapareció y la selección fue eliminada del mundial. Cosas de la vida dijo su papá. Al volver se mandó a hacer otro "don Roque".
Los domingos la familia almorzaba en casa de los abuelos. Allí se veía con su tío. Su tío era muy moreno, de bigotes anchos como los caballeros de fines de siglo. Tenía el pelo colocho. Siempre se la ponía en las piernas, le decía "muñequita" y le hacía caballito. Tenía dedos finos como de mujer.
Ahora su tío era el jefe de la policía judicial. Sin embargo cuando la agarraron años antes volanteando para el FERG, la había salvado. La sacó del cuartito asqueroso donde la tenían antes de que la desnudaran y se la llevó a su oficina. Con una voz ronca que oscilaba entre la suavidad y el aullido le dio una puteada de película. Le dijo que dejara de estar metida en babosadas y que la próxima no iba a levantar un dedo por ella. "¡Te emborrachás con el dolor de los pobres!" le dijo. "¡Y vos no sos pobre! ¡No tenés por qué meterte en lo que no te importa!" Ella temblaba como una plantita de jardín agitada por un huracán. Cuando ya no pudo decir más la dejó ir y rompió su ficha. Ya casi en la puerta del recinto alcanzó a voltearse y le dijo con voz muy débil, "Yo soy yo, y haré lo que tengo qué hacer sin ayuda de nadie." El hizo una mueca de desdén y le gritó, "peor pa' vos, muñequita."
Trató de apresurar el paso a pesar de la debilidad y de que sólo tenía qué caminar una cortísima distancia de donde la dejaron. Vio desaparecer los carros como puntitos negros varias calles más abajo. Apretó los dientes y el estómago. Le dolía la herida a pesar de la morfina. Tanteó su bolsa con los dedos sudorosos para asegurarse una vez más que la pistola estaba allí. De todas maneras de nada serviría. Con lo mal que se sentía no podría hacer nada. Un miedo frío le corrió por la espalda como una culebra verde escabulléndosele entre la blusa. Kukulkán se pondría furioso de enterarse que el vehículo no la llevó hasta la puerta pero a ella le dio clavo descompartimentar la casa. Había salido sólo porque era una gran emergencia.
Al dar la vuelta un Cherokee Chief sin placas se le pegó al segundo carro de la comitiva. El chofer lo vio inmediatamente. Tamborileó en el timón del vehículo. Aceleró y cruzó el semáforo justo antes de que cambiara. Pero el Cherokee Chief se pasó el semáforo en rojo. En seguida lo rebasó. Dando un fuerte timonazo a la derecha se metió entre éste y el carro de Fuentes, pegando un súbito frenazo. El segundo carro tuvo que parar y aún así chocó mínimamente con la parte trasera del Cherokee Chief.
En ese instante se escuchó el zumbido característico de un helicóptero con el aleteo de sus aspas como matracas de Viernes Santo. Varias cabezas alzaron la vista y lo distinguieron volando bajo. Era un helicóptero oficial. Con el sonido del helicóptero resonando en los agrios espacios de las sienes de Fuentes Color, su chofer aceleró. Fuentes y sus hombres se voltearon a ver para atrás. Como quien contempla un creciente círculo de terror vieron que el segundo automóvil ya no estaba allí. Percibieron boquiabiertos los distantes movimientos humanos tras el Cherokee Chief que se había parado a media calle. El sonido del helicóptero les impidió escuchar si había balacera.
-Nos jodieron.
Era increíble pensarlo. Era un día hermoso con un cielo azul como si alguien hubiera repintado con fuertes acuarelas el color intenso. En la distancia se veían las puntitas de los volcanes como cera de colores derretida. Pero a partir de ese momento ya no era un día cualquiera a menos que consiguieran romper la emboscada que obviamente les habían preparado. Preso de una impaciencia agónica, Fuentes sumergió manos y pies dentro del asiento delantero como si con su fuerza pudiera hacer que el carro fuera más rápido. Ya estaban por llegar a la esquina y ganando velocidad cuando en la siguiente intersección aparecieron dos nuevos vehículos sin placas con vidrios polarizados.
-¡Pegales! gritó Fuentes.
Su chofer no quitó el pie del acelerador. El pesado auto salió disparado como bólido con tan buena suerte que alcanzó la intersección en el momento en que el primer vehículo sin placas ya pasaba y antes de que el segundo consiguiera bloquearlo del todo. Le pegó al baúl del primer carro y a la lodera izquierda del segundo, torciendo a ambos en ángulos de 45 grados. La vibración del impacto hizo saltar a los tres como un fuerte terremoto antecedido por una seca explosión. Los vehículos golpeados se ladearon y trataron de no perder el control. El automóvil de Fuentes se dañó también pero era grande y llevaba la aviada del acelerón. Siguieron hacia la cuadra siguiente.
-¡Pasamos, gran puta!
Su rostro se iluminó subrayando más aún su palidez como si esto no le estuviera pasando a él sino fuera una película que vio de niño, antes de descubrir la infinita tristeza de nacer guatemalteco. Durante un instante pareció que se habían escapado. Sus hombres sonrieron apenas con esas sonrisas que disfrazan una angustia profunda. Se voltearon. Los tipos se habían bajado de los vehículos golpeados. No se oía nada por el helicóptero.
Al volver la vista al frente vieron que había un tercer vehículo en la esquina siguiente. Se cruzaron contra la vía de manera que estaba frente a ellos, bloqueándoles el paso. Sus ocupantes habían descendido. Estaban parapetado tras los carros parados a ambos lados de la calle y alzaban sus ametralladoras. Fuentes estudió la distante curva llena de soldaditos de plomo con una mirada ausente.
Se percibieron los fogonazos de las ráfagas. No se escuchó nada. El vidrio de enfrente explotó en mil pedazos y el carro viró súbitamente a la derecha. Pegó contra un carro parqueado y rebotó hacia el centro de la calle. Volvió a virar hacia la derecha y sólo entonces Fuentes se dio cuenta que su chofer estaba doblado sobre el timón. Su cuerpo cayó sobre la palanca de velocidades con una lentitud infinita. Volvieron a pegar contra otro carro en la acera y a rebotar al medio, deteniéndose allí. Fuentes Color apenas apretó los labios. Sintió una súbita pérdida de concentración como si se cayera de una nube. Quiso poder esconderse bajo la cama de sus papás.
Los hombres parapetados avanzaron. Venían enmascarados. Caminaban lentamente, sus Uzis al frente. Uno de ellos hablaba en un walkie-talkie. Parecía una película muda por el sonido del helicóptero. Conforme avanzaban éste descendía más y más como si quisiera aterrizar en el techo del carro. De pronto explotaron las ventanillas del vehículo. Los disparos no venían de enfrente. Los hombres de los vehículos traseros habían abierto el fuego. Los compañeros de Fuentes saltaron como muñecos electrocutados, como si la ropa quisiera desprenderse desesperadamente de sus cuerpos. Todo estaba en silencio fuera del sonido del helicóptero. Los hombres caminaban con movimientos robotizados.
Seis individuos se arrimaron al mismo tiempo al vehículo. Las ventanillas estaban rotas. Había vidrio por todas partes. Los otros guardaespaldas estaban doblados sobre los asientos. El chofer había finalmente caído sobre la palanca de velocidades. Nadie se movía. Fuentes sin embargo estaba vivo. El pelo desarreglado, vidrios sobre todo su cuerpo, raspaduras. Tenía sangre sobre su traje pero no mucha. Los miró con los ojos muy abiertos, con la mirada lúcida. Se medio sonrió. Entrecerró el ojo izquierdo.
-Mátenme, pues... animales...
El hombre con el walkie-talkie lo miró silenciosamente y volvió a prender su aparato.
-Aquí Triángulo Amarillo... ¿Me escucha?... Sí. Objetivo herido. Está vivo... Como usted ordene. Cambio y fuera.
El hombre guardó el walkie-talkie y sacó una pistola. Fuentes esbozó una sonrisa enigmática como si se burlara de sí mismo por caer en tan evidente trampa. Sus ojos eran un mar verde, susurrante, salpicados por oscuros remolinos.
-Asesinos... A todo coche le llega su sábado...
El hombre alargó el brazo hasta que el cañón de la pistola estuvo al lado de la sien. Fuentes no se movió. La sien se crispó espasmódicamente. Una mirada enigmática se fijó por última vez en la punta de esos volcanes, Huracán y Cabracán, que exigían siempre sacrificios. El hombre jaló el gatillo.
Súbitamente el helicóptero alzó el vuelo. Inclinándose hacia la derecha ganó altura. Atravesando el cielo se elevó más allá de los volcanes hasta desaparecer en el horizonte.