SEGUNDA PARTE
UNA ESPIRAL EN TORNO DE UN EJE INVISIBLE
CAPITULO UNO
1
Graciosamente, la tarde caía
en la ciudad. Sobre los volcanes los celajes formados por las nubes que juguetearon
con la posibilidad de refrescar el ambiente antes de escabullirse sin soltar
prenda, incendiaban el perfil montañoso del valle. Conforme el sol
desaparecía el aire se refrescaba y el perfume de los pinos y eucaliptos
dejaba sentir su aroma cuya dulzura empalagosa evocaba sonámbulos recuerdos
de emociones sentimentales cubiertas de una ligerísima capa de polvo,
acompañadas de ritmos de boleros cuyas letras apenas si se recordaban.
Tom Wright no tuvo tiempo para apreciar la chillante belleza del atardecer.
Lo atolondraba la aprehensión que la oscuridad de los volcanes ensombrecidos
generaban en su vientre. Oscuridad. Falta de visibilidad. Peligro. El solito
era el culpable. Las sienes le seguían latiendo a pesar de haberse
tomado cuatro Tylenoles.
Pacal lo esperaba frente al vehículo. Era primera
vez que lo veía de civil. Portaba un traje que le quedaba demasiado
grande, arrugándose más de la cuenta al caer sobre el cuerpo.
La corbata era excesivamente ancha. Por mucho que aspirara a proyectar una
imagen elegante evidenciaba incomodidad con ropas que no acostumbraba ponerse.
Cualquiera que lo viera desde una cuadra de distancia adivinaría que
era agente de seguridad.
Frustrado, Tom Wright pensó que todo estaba saliendo
mal. Quizás debería encontrar la excusa adecuada para cancelar
el contacto. Sin decir palabra se introdujo en el asiento trasero del vehículo.
Inconscientemente sus ojos cayeron sobre la calcomanía que parecía
venírsele encima. La cabeza triangular de la serpiente, el círculo
rojo, el lema en letras negras. Pacal brincó tras él con alguna
agilidad, sin limitación alguna por la deformación del pie.
El vehículo arrancó. Dio la vuelta para buscar la calzada Roosevelt
y el camino hacia la Antigua.
Estaban sentados el uno al lado del otro sin decirse nada.
Afuera, como si fuera una proyección de imágenes irreales, pasaban
a toda velocidad transeúntes, buses escupiendo copiosa cantidad de
humo negro, vendedores de periódicos, vendedores de chicles, de flores,
tragafuegos, gritos humanos que rasgaban el aire cafezusco como uñas
escurriéndose por un pizarrón, rostros cobrizos con esforzadas
sonrisas de pura cortesía e hipocresía, carros de todas las
formas y colores bocineando al unísono, la luz amarillenta y palúdica
de los reflectores públicos que amenazaba con prenderse lentamente
conforme caía la noche. Se tardaban una eternidad en calentarse antes
de dar el fogonazo que indicara su regular funcionamiento nocturno. Hasta
le pareció ver en la distancia charcos putrefactos en forma de pentágonos.
Dentro del vehículo la calma era artificial. Sentía
una necesidad desesperada de consumir un whisky doble. Tenía la boca
seca como un limón chupado. La punta de la lengua estaba dormida. Las
manos -- otra vez -- le temblaban ligeramente. El dolor de músculos
en el pescuezo era terrible. Le hubiera gustado un masaje sobre el cerebelo
y la clavícula casi tanto como un trago. No podía pensar bien
y el dolor de cabeza no se iba. Sus achaques parecían una aburrida
clase de anatomía. Al tratar de mirar hacia afuera sus ojos se toparon
contra las letras negras. "Sólo los que vencen..." Cerró los
ojos.
-¿Se siente mal?
-No. Sólo un dolorcito de cabeza. ¿Todo en
orden?
-No podría estar mejor, respondió Pacal. Se
besó la punta del pulgar y el dedo índice para dramatizar su
placer. Fuera de haber perdido el primer contacto, claro. Pero el de reserva
es más satisfactorio.
-¡No lo es! Se sorprendió ante la violencia
de su tono, como si se hubiera desdoblado y se observara a sí mismo
ventilar su reprimida cólera. -Va a suceder de noche. ¿No se
da cuenta? La visibilidad va a ser mucho menor y con esta iluminación
pública que tienen ustedes, parece que estuvieran ahorrando poniendo
foquitos de 25 bujías en los postes de luz, cualquier cosa puede suceder.
¡No me perdono haber dejado que esto sucediera! ¡Shit!
Pacal exhibió una sonrisa infantil que contrajo su
rostro y le dio un golpecito en el brazo.
-Relájese, hombre. Mi gente procederá con todo
primor, ya va a ver. Por lo demás, yo siempre he preferido los contactos
de reserva. Desgastan los nervios del enemigo. Y uno llega más tranquilo
porque ya quemó sus propios sustos. Además, usted respondió
como hombre a su visita de esta mañana, no tiene nada de qué
quejarse. Lo envidio. Hubiera querido estar en su lugar.
Bajó un tanto la cabeza. Tom Wright se volteó
con violencia. -¿Lo sabe todo, Pacal?
-Es nuestro oficio, señor.
-Para que lo sepa, no me gustó. Y me molesta su manera
de ser. No me gusta que sepa lo que sabe. Yo...
Exhaló fuertemente como si se desinflara de pronto.
Sus ojos se quedaron fijos en la despintada línea de la carretera.
-Su actitud me parece razonable. Yo en su lugar pensaría
igual. Es la única manera de sobrevivir. Desconfiando de todos. ¿Quién
quita y no le estoy moviendo el piso, pues?
Se dejó caer hacia atrás, hundiéndose
en el respaldo del asiento y doblando el cuello para dejar que la característica
risa saliera como un eruptante geyser. La ola de saliva pegó contra
el techo del auto. Tom Wright sintió un olor ácido de perro
muerto que emanaba de sus poros. Pensó que a lo mejor era fantasía.
Pero no. Era real y efectivamente emanaba de su corpulencia. No era tan intenso
como para volver la atmósfera del auto irrespirable pero se hacía
sentir lo suficiente como para que no hubiera duda. Le apretó los intestinos
aún más porque lo reconoció inmediatamente como un olor
de muerte.
2
Todas las casas de ese barrio clase media de la ciudad eran
bajitas y cuadraditas aunque no idénticas. Habían sido construidas
con sólo dos o tres variantes de manera que su similitud sobresalía
por encima de los colores diferentes o la barroca heterogeneidad de adornos
en los jardines. En unas dejaban las pilastras del garaje desnudas mientras
que otras las tenían cubiertas de hiedra o de alguna otra planta trepadora.
De algunas colgaban macetas del techo, de otras ninguna. Algunas también
tenían hiedra cubriendo la baranda de alambre, otras habían
construido gruesos muros que no dejaban vislumbrar el interior. Todas eran
pequeñas. Se veían demasiado apretadas y tiesas como cuando
alguien se pone ropa que ya le queda demasiado chica. Sus jardincitos minúsculos
sobresalían más por el espacio que no tenían embadurnado
de flamencos, altares con vírgenes de yeso o champiñones gigantes
de cemento, columpios y sube-y-bajas que por la pequeña área
verde que ofrecían. Todas tenían terrazas planas de concreto
llenas de antenas de toda índole y forma posibles, aunque en algunas
el blanco se despintaba y se iba cubriendo de un moho verduzco por la humedad
mientras que otras estaban encaladas.
De una de ellas, de muros gruesos y una puerta metálica
que no permitía poder espiar su interior, salió un Ford Bronco
rojo y blanco con vidrios polarizados. Retrocedió lentamente bloqueando
la estrecha calle. Su chofer corrió a cerrar el portón abierto
con la mayor rapidez posible. Regresó volado al auto y arrancó
hacia la esquina. Una vez alejado del vecindario, emergieron del piso tres
figuras que habían estado tiradas para evitar ser vistas en caso que
alguien percibiera los movimientos del vehículo. Eran Kukulkán,
Vallejo y Ariadne. Ella llevaba una peluca rubia y vestía una blusa
severa color café claro, falda café oscuro de lana, medias y
zapatos bajos de forma elegante. Kukulkán se veía incómodo
con su traje y corbata. Tenía un grueso bigote negro pegado encima
del labio superior. Vallejo estaba más relajado con su propio terno
aunque su figura le daba un aire de Daniel el Travieso con su peluca pelirroja.
-A mí me dicen el negrito del Batey...
-Shó. No cantés con voz desafinada.
-Y menos una canción prohibida por incitar a la huevonería.
-Ay tú.
El vehículo emprendió camino hacia la Antigua.
Poco antes de llegar a la salida, donde empieza la larga fila de moteles de
paso, dobló en una callecita pequeña y paró un instante.
El chofer se bajó. Vallejo tomó la conducción del Bronco.
Ya solos los tres volvieron a la carretera y retomaron la ruta seguidos medianamente
de otro vehículo. Kukulkán se deslizó ligeramente el
nudo de la corbata para respirar.
-Bueno, pues. Llegó la hora de la verdad.
-Gran puta, no hagás la situación más
melodramática de lo que ya es que me pongo a chillar y arruino el operativo.
-Lo humedecés.
Ariadne se volteó. Con un tono que pretendía
ser humoroso pero que le salió cargado de tensión, replicó:
-Gozá la caída de sol. Puede ser la última
de tu vida.
-Trato de gozarlas todos los días. Porque todos los
días pienso que puede ser la última. Igual gozo amarrarme los
zapatos, abotonarme la camisa. Siempre puede ser la última vez. Por
eso me gustan tanto las Odas elementales de Neruda.
-Ya se te salió lo poeta, pisarrín.
-Cuándo no el irreverente de Vallejo.
-Ya quisieras vos poder escribir algo así como, "adiós,
adiós, únicas almas de la luna muerta, altas preguntas de la
luz marina, adiós, hasta perder en el espacio lo que me acompañó
en la travesía, la luz..." ¿cómo sigue?
-Gran puta, ahora me vas a salir, qué se yo, con una
ráfaga de trigo y amapolas. Prefiero a Roque, y pa' que veás
pisado que sé poesía, te lo voy a recitar: "Las que llenaron
los bares y los burdeles de todos los puertos y las capitales de la zona,
`La Gruta Azul', `El Calzoncito', `Happyland', los reyes de la página
roja, los que fueron cosidos a balazos al cruzar la frontera, los que lloraron
borrachos por el himno nacional bajo la nieve del norte, los arrimados, los
mendigos, los marihuaneros, los guanacos hijos de la gran puta, los eternos
indocumentados, los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo, los primeros
en sacar el cuchillo, los tristes más tristes del mundo, mis compatriotas,
mis hermanos." ¡Ja! ¿A poco no es chilero?
-Muy vulgar como vos. Kukulkán tiene mejor gusto.
Además, si de centroamericanos se trata, ¿por qué no
Otto René? Es nuestro y "Vámonos patria a caminar" podría
ser casi otro himno nacional.
-Puta, muy solemne Otto René. Uno lo lee y dan ganas
de chillar. Y la vida ya está muy repisada como para andar chillando
encima con la poesía. Muy cursi esa mierda. Por eso del Otto René
lo que me gusta son sus poemas de amor. Toda esa sección de "lo privado
también cuenta," esos son poemas chingones que lo tocan a uno pero
sin sentir que hay qué pararse, digo, ponerse de pie para que no me
malentendás, y saludar a la bandera.
-Del EGP.
-A vos te gusta porque esos poemas fueron escritos pa' patojas
como vos, recién llegaditas a la escuela de psicología, todas
sentimentalonas, que los leen, lloran a moco tendido y se incorporan al movimiento
y que cuando triunfemos...
-Vamos a organizar los domingos rojos...
-O sembrar arbolitos mientras uno cranea qué putas
hacer con este país de mierda que no se compone ni a vergazos.
-Vallejo, no solo sos malcriadote sino pesado. Decí
algo, Kukulkán, no dejés que me hable así. Y después
se quejan de cuando uno habla de formar una organización de mujeres...
-Tranquilos los dos, muchá. Allí está
ya San Lucas.
-Tranquila la que nos van a meter, pisado. Ay das las gracias
cuando la sintás por detrás.
El vehículo agarró el desvío para la
Antigua. El carro que los seguía continuó recto hacia Chimaltenango.
Un Toyota gris estacionado frente a las ventas de comida de San Lucas arrancó
al ver pasar los vehículos y se apresuró a seguirlos.
-Sos un vulgarsote inaguantable, Vallejo.
-Pa' que veás, te puedo hasta recitar en inglés
y de memoria. Veamos: Yet she must die, else she'll betray more men.
-Está insultando a tu hermana, vos Kukulkán.
No te dejés. Yo por eso prefiero hombres cincuentones. No son tan vulgares.
-Qué aburrido sin cuentones. Más rico con cuentones,
hombre, no jodás. Si no, pa' qué pisados.
-¡Paralo vos Kukulkán que ya no lo aguanto!
La tarde había amenazado con lluvia pero se había
quedado en el amago. Las nubes se prestaban para formar un conjunto de celajes
que como bolitas de algodón empapadas de yodo se extendían por
encima de los volcanes, larga cadena de rojo amor que mostraba su esbelta
silueta conforme el sol se hundía más allá en el Pacífico.
Como cruces negras movedizas las alas errantes de las aves que se agitaban
para anidar en las puntas de los árboles al entrar la noche percutían
a todo el rededor, sumergiendo el ambiente en mortuoria oscuridad pesada empapada
de inquietudes ligerísimamente adornadas de peregrina dulzura.
3
El hotel tenía la estructura de un edificio moderno
con artefactos coloniales. La entrada era un corredor medianamente angosto
lleno de adornos de los siglos XVII y XVIII, oscuros santos de madera de nogal
y candelabros de hierro, macetas con plantas trepadoras y alfombras de diseños
rococós que creaban un clima prostéticamente barroco subrayado
por el color zapote de los muros. Todos los barrotes tanto de las ventanas
exteriores como de las dependencias interiores eran de gruesa madera cayendo
en espirales como serpientes churriguerescas en movimiento perpetuo. A la
derecha estaba la recepción. Más adelante el lobby. El comedor
directamente enfrente, del otro lado del corredor. Hacia el fondo un gran
jardín en cuyo centro brillaba una piscina en forma de pulmón.
Los muebles del lobby eran coloniales, de madera y más
austeros que el resto de la decoración. Se veía bastante movimiento.
Sobretodo norteamericanos o europeos, parejas jóvenes y no tan jóvenes
que entraban y salían a paso lento, acostumbrados al ritmo sereno de
la ciudad empedrada. Algunos estaban en shorts a pesar del ligero fresco.
Había también su buena cantidad de huéspedes locales.
La mayoría repartida por el lobby, leyendo algún periódico,
bebiendo un trago en el bar o contemplando melancólicamente el atardecer.
Un Ford Bronco de vidrios polarizados se detuvo frente a
la puerta. El capitán del hotel tuvo todo el tiempo del mundo para
correr y abrir la portezuela. Los hombres de negocios y la joven mujer que
descendieron se movían con toda naturalidad. Se tomaron el tiempo necesario
para permitirle al personal del hotel los movimientos acostumbrados tales
como entregar la llave del auto e introducir el equipaje. Tomaban fotos de
la silueta del volcán de Agua con el cielo rojo detrás, estudiando
con deleite el halo luminoso del horizonte. En cuanto aparecieron por el angosto
corredor el gerente alargó su pescuezo para catalogarlos. Atento a
su porte les inclinó la cabeza y los interrogó sobre cómo
podía servirlos con una voz fina y distante.
-Tenemos reservaciones a nombre de Exportaciones Artesanales
Itzam-Na.
El gerente buscó con el dedo índice en una
lista mecanografiada. El ceño fruncido se alisó en cuanto encontró
el nombre mencionado. La cabellera blanca adquiró mayor brillantez.
-Aquí está. Suite No. 25. Que tengan una feliz
estadía.
Extrajo una llave del sitio donde colgaban todas en perfecto
orden simétrico. Les dio un formulario a llenar y con una autoritaria
palmada de manos llamó a un conserje. Mientras Kukulkán llenaba
el formulario, Vallejo y Ariadne se alejaron discretamente para recorrer el
lobby, detallando cada uno de los objetos que tenían indicados en sus
planos y en los informes. Veían si no habían cambiado algún
sofá, bloqueado alguna salida de emergencia, limitado el movimiento.
Hasta en la decoración se fijaron. Percatándose del personal
disperso por todos los rincones trataron de adivinar quién era agente
y quién no. De pasadita Vallejo reconoció a un par de compañeros
que se hacían pasar por turistas acomodados en segunda luna de miel.
Miró con discreción la hora y sonrió al confirmar que
habían perdido deliberadamente el primer contacto. En caso de que cualquier
cosa saliera mal preferían la fuga en la oscuridad.
El carro que conducía a Tom Wright y Pacal llegó
pocos minutos después. Ambos saltaron hacia afuera sorprendiendo al
veterano capitán del hotel que apenas tuvo tiempo de hacer un gesto
en dirección suya. El carro desapareció a la vuelta de la esquina
conducido por su misterioso chófer pequeño y anónimo.
Entraron rápidamente al corredor. Se movían a la misma velocidad
a pesar de la deformación en el pie del capitán que creaba una
imagen de agitado abanicamiento. Una vez adentro se alejó en cuanto
pudo de Pacal. Quería cerciorarse de los detalles a su alcance: ventanas,
puertas, gente presente en el hotel, ánimo de los empleados, lugares
de servicios. En su cabeza dibujó automáticamente un mapa del
local para visualizar con precisión sus movimientos en caso de emergencia.
-Yo me encargo de los formularios, Wright. Si quiere, se
va de una vez para el restaurante.
Era obvio que el enorme jardín era un escenario potencial
de conflicto. Tenía rincones oscuros por todas partes, abundancia de
arbustos fantasmales. Los edificios secundarios estaban rodeados por gigantescos
árboles de donde colgaban plataformas para guacamayas. Maldiciendo
entre dientes su debilidad con Sandra, se apresuró a estudiarlo lo
mejor posible antes de que la oscuridad terminara de cubrirlo. Volvió
a llenarse de aire al sentir la familiaridad de una rutina precisa poco antes
de un operativo de envergadura. Regresaba del jardín cuando Pacal lo
atajó en la entrada al edificio. Estaba de pie en el escalón
superior de manera que por una vez parecía más alto. El escaso
reflejo hacía que sobresalieran oscuras y profundas sus cicatrices.
-Ya está. Le decía que si quería se
podía ir al restaurante.
-¿Acaso quiere que me quede allí todo el tiempo?
Un ligero viento aún más fresco descendió
del volcán con aullido lastimero. Tom Wright le guiñó
el ojo y sonrió.
-Y no se le olvide la clave. Alguien va a llevar enrollada
una revista Time en su mano izquierda y un clavel en el pecho.
-Enrollada con la portada hacia afuera. Me toma por un novato.
Usted es el que debería estar tomando notas, muchacho.
Tom Wright empezó a caminar hacia el restaurante.
En cuanto estuvo fuera del ángulo de visión del militar se dirigió
a la pared que daba al exterior. Revisó las ventanas, cortinas, consideró
las posibilidades y variables. Miraba su reloj constantemente. Instintivamente
se tocó bajo su saco para asegurarse que la pistola todavía
estaba allí.
Salió de nuevo, observando el interior del lobby.
Le produjo risa ver los huéspedes locales. Igual que el traje de Pacal,
era evidente que casi todos eran agentes de seguridad. ¿O a lo mejor
eran del EGP? Todo era posible a esas alturas del negocio.
Volvió al jardín. Esta vez empezó por
el muro pero desde fuera. Examinaba el arriate de plantas ubicado bajo las
ventanas cuando vio que en el rincón del edificio que hacía
ángulo con el sitio donde se iniciaban los cuartos de servicio dos
hombres armados hablaban con un walkie-talkie. Abandonó el lugar sin
que sintieran su presencia y volvió a entrar. Atravesó el largo
corredor que llegaba hasta la entrada principal y espió hacia la calle.
Percibió un intenso rumor de nutrido movimiento. Una camioneta Cherokee
Chief sin placas y con vidrios polarizados avanzaba lentamente. En las dos
esquinas, frente a una vieja iglesia en ruinas y donde había una venta
de objetos de arte y telas típicas, se veían hombres armados
hablando por walkie-talkies. Lo mismo sucedía del otro lado de la cuadra,
en la entrada al estacionamiento del hotel. Todas las callejuelas laterales
estaban llenas de curiosos o quizás de curiosos que en realidad no
lo eran tanto. Volvió al jardín. La luna empezaba a dejar sentir
su débil presencia y los grandes árboles parecían gesticular,
agitados por la conmoción y la brisa de atardecer de montaña.
La pareja de hombres seguía en el rincón en el cual los había
dejado. En eso se escuchó la estática del walkie-talkie.
-El objetivo aún no aparece. Cambio.
Se escuchó más estática. El hombre apagó
el aparato.
-Raro. Dice que ya debería estar allí sentado.
Volvió a encender el walkie-talkie y habló
de nuevo.
-¿Triángulo azul? Aquí círculo
rojo. Presencia objetivo negativo. Repito. Presencia objetivo negativo. Operativo
entra en fase dos. Repito. Operativo entra en fase dos. Cambio y fuera.
No quería creer la cuasi-certeza que se iba formando
en su interior. Atreverse a formular ese pensamiento le producía ardor
en el tubo digestivo. Volvió hacia el restaurante y espió desde
la puerta. Aún no había nadie con las características
indicadas. Una pareja de viejos americanos acostumbrados a comer temprano
como las gallinas ya esperaba su cena en una de las mesas. En otro rincón
del comedor una madre jóven de evidente origen extranjero insistía
en introducir una cucharada de papilla en la boca de un rosado bebé
sobrealimentado que se rebelaba con vigor en su silla alta. Desde la puerta
vio la cabeza de los hombres con el walkie-talkie en el jardín espiando
hacia adentro.
Se volteó hacia el lobby. Entrando por la puerta del
jardín lateral, en el extremo opuesto de donde se encontraba, venía
una mujer medianamente atractiva con ojos verdes muy vivaces, mil arruguitas
en las comisuras de los ojos y una boca de labios finos y tristes. Proyectaba
esa feminidad casi agresiva de mujeres profesionales que ríen y lloran
en la más grande soledad. Era rubia aunque el pelo podía ser
teñido ya que no iba con las espesas cejas negras ni con la piel color
canela. Severa pero elegantemente vestida, estaba con una blusa café
claro, falda café oscuro de lana y zapatos bajos. Llevaba un collar
y unas pulseras de plata labrada y coral. Toda una dama. No se esperaba eso.
Ni siquiera se esperaba una mujer. Sin embargo allí estaba, con la
revista Time enrollada con la portada hacia afuera en su mano izquierda
y un clavel en el pecho. Sin duda venía de las habitaciones del otro
lado del jardín. Avanzaba con absoluta serenidad. Sus ojos absorbían
el más sensible movimiento del salón. Era obvio que caminaba
hacia el restaurante.
Dando unos cuantos pasos hacia la gerencia y girando sobre
sus talones, dio media vuelta como si hubiera olvidado algo. Caminó
hacia ella a manera de interceptarla justo cuando atravesaba el corredor para
entrar al restaurante. Fingiendo un descuido se le atravesó en su camino
hasta casi chocar. Sorprendida, tensó los labios y levantó la
vista con fiereza. El le susurró al oído:
-¿Le gusta leer Time? Es mi favorita.
Ella lo tenía todo meticulosamente calculado. Había
previsto casi cualquier movimiento que podía generarse en su larguísimo
trayecto por la parte trasera del hotel. Había caminado a todo lo largo
del muro lateral. Así no tendría que verse al descubierto enmedio
del jardín, cerca de la piscina, ni entrar por la entrada principal.
Podía caminar pegada al muro que separaba el jardín de una calle
empedrada que emergiendo de las ruinas de la iglesia que según el mapa
eran las de San José el Viejo, daban a un pequeño cafetal que
conducía hasta la Alameda. Podía esconderse en caso necesario
tras los bungalows que se alineaban paralelamente al muro a todo lo largo
del hotel. Podía entrar al lobby por el jardín lateral, menos
iluminado, y controlar quién hacía qué cosa. Podía
entrar de imprevisto al restaurante sin ser controlada por el corredor principal.
Pero nunca se le ocurrió que la abordaran en el preciso instante en
que atravezaba esa tierra de nadie entre lobby y restaurante.
Dio un paso hacia atrás, dudando peligrosamente durante
varios centésimas de segundo. Nadie se movió. Sólo una
persona alzó la vista. Con una rapidez que la sorpendió a ella
misma, murmuró "con permiso" y con paso acelerado se adelantó
hacia la puerta del restaurante. Entrando con toda rapidez se sentó
en la primera mesa que encontró sin perderlo de vista ni un instante.
El se quedó parado enmedio del corredor, mirando a la gente del lobby
y a los del walkie-talkie afuera en el jardín que apenas si se vislumbraban
por el tibio reflejo de las luces eléctricas en la ventana. Sacó
la libreta que siempre le acompañaba de la bolsa de su camisa y escribió
rápidamente un mensaje. Inmediatamente caminó hacia ella, sentándose
en la mesa.
-¿Le gusta leer Time? Es mi favorita.
Ella todavía estaba tensa por el pequeño gesto
que no había marchado de acuerdo al plan. Sintió que hacía
calor en el restaurante, que se sofocaba. Dudó de nuevo pero respondió.
-No. Yo prefiero Newsweek.
-¿Usted trabaja para Exportaciones Artesanales Itzam-Na?
-Sí. ¿Usted es el comprador de Importaciones
NG?
-Sí. Escuche, y escuche cuidadosamente. Esto es una
trampa. No sé si es a ustedes que quieren agarrar o a mí o a
los dos. Pero es una trampa. Váyase inmediatamente. Yo reestableceré
contacto para negociar la transacción. Todo está explicado en
este papelito. Tómelo y váyase rápido.
Le pasó discretamente el papelito. Ella lo desapareció
inmediatamente con profesionalismo. Para entonces ambos estaban de pie y preparándose
para salir. En ese instante percibió la expresión de sorpresa
en el rostro de los hombres del walkie-talkie. Pacal sabía que pensaba
hablar por lo menos media hora. Sin embargo el contacto no había durado
ni tres minutos.
-Rápido. Ya nos vieron.
Salieron a paso rápido. Atravesaron la tierra de nadie
y entraron al lobby. Varios pares de ojos les acompañaron pero nadie
se movió. En ese instante se escuchó una conmoción en
la puerta del corredor que daba al jardín. Los hombres del walkie-talkie
entraron apresuradamente. El buscó el resguardo de un pilar. Ella corrió,
confiando por razones inusitadas e inexplicables que le confirmaban una vez
más la eterna complejidad del mundo, que ese gringo, su enemigo principal,
le cubriría la espalda. En cinco larguísimos segundos que le
atragantaron la respiración su mano arañó la perilla
de la puerta, la empujó y fue acogida por la protección de las
sombras. Sofocada, tosiendo como si respirara motas de polvo, corrió
hacia su suite tratando de ordenar sus pensamientos mientras la sangre se
agolpaba en sus sienes.
Dentro del hotel, los hombres, Uzis en mano y camisas abiertas
hasta el pecho, se asomaron al comedor haciendo una mala simulación
de un film noir. La pareja de viejos saltó en sus sillas como
títeres cuyos hilos pierden el control. Les impresionaban las armas,
les impresionaban las enormes y ágiles panzas de los hombres cubiertas
de pelos y los deslumbraba el resplandor de las cadenas y pulseras doradas
de ambos. Desperdigaron porcelana y comida a su alrededor mientras emitían
pequeños chillidos de animal cazado. La jóven madre que alimentaba
a su hijo se quedó como si la hubieran congelado súbitamente.
El niño empezó a gritar a todo pulmón al ver el par de
sudorosos hombres con narices aplastadas y manos tan tensas que parecían
garras de ave de rapiña.
Tom Wright aprovechó la brevísima confusión
para extraer su pistola. Gritó lo más fuerte que pudo:
-¡Alto! ¡Esto es todo un error!
Conscientes del ángulo al escuchar que la voz venía
de su espalda, los hombres dieron media vuelta apuntando hacia el lobby. El
gesto fue suficiente para evidenciar quién era quién. Todo el
mundo corrió a cubrirse. Algunos se tendieron en el piso. Un mesero
uniformado corrió hacia afuera seguido de un par de encorbatados. Se
escucharon gritos histéricos, ruidos de cuerpos escurriéndose
entre los muebles y objetos rodando. Varios de los aparentes huéspedes,
una vez a cubierto, extrajeron armas a su vez. Todo el lobby parecía
leche hirviendo que se derramaba con desparpajos de alientos fétidos.
En todo el corredor se escuchaba el griterío. De la
recepción marcaban desesperadamente un número telefónico.
Puertas se somataban, objetos rodaban por el piso. Hasta en la calle se oían
gritos. Tom Wright se escurrió del pilar hacia la pared lateral a manera
de tener cubierta la espalda en caso de que alguno la emprendiera contra él.
El griterío y la histeria se intensificaron. Se escucharon ruidos de
cristalería quebrándose en salones contiguos, como si algún
mesero hubiera dejado caer una bandeja repleta de vasos y cubiertos. El aprovechó
la confusión para buscar la puerta lateral. Comprendió que salir
del hotel iba a ser poco menos que imposible. Sin embargo tenía qué
intentarlo. Tendiéndose a tierra avanzó sobre sus codos.
Uno de los hombres que anteriormente estuvo en amena conversación
telefónica cargó una pistola y apuntó en su dirección
pero no disparó por alguna razón. En ese momento los de las
Uzis entraron al lobby con la rapidez de calamares desplazándose en
el mar. El súbito ulular de una sirena los distrajo. Aprovechando el
ligero parpadeo él se paró y llegó a la salida lateral.
Se hubiera escapado. Pero justo cuando sus dedos palpaban
la certeza del cristal de la puerta y sentía la serenidad del aire
nocturno, cuatro hombres armados entraron por la misma y lo encañonaron.
Una mortificación fugaz casi lo obligó a reírse. Aquello
era un homenaje paródico a Rabelais. El mejor lado del valor era la
prudencia. Tirando su arma al suelo alzó las manos y empezó
a gritar para que todos pudieran escucharlo:
-¡Mi nombre es Tom Wright! ¡Soy ciudadano americano!
¡Por favor informen a la embajada! ¡Llamen a la embajada americana
inmediatamente! ¡Avisen a la prensa de mi secuestro!
Sus gritos paralizaron a todo el mundo como si tuvieran el
poder de hipnotizar. Esa nueva pausa le permitió repetir su patético
mensaje unas tres o cuatro veces antes de que los hombres, con un cierto aire
de desconcierto, lo rodearan y le hicieran sentir en su cuerpo las frías
puntas de las Uzis enmedio de una contenida rabia aunada al menosprecio. Lo
tomaron fuertemente de los brazos y lo jalaron. Otros dos lo empujaron por
la espalda. Así se lo llevaron a todo lo largo del corredor.
Al salir vio que la Cherokee Chief con vidrios polarizados
que percibió momentos antes estaba parada frente a la puerta con el
motor andando. Lo forzaron a subir al asiento trasero. Los hombres se encaramaron
al vehículo, dos adelante y uno a cada uno de sus lados. Sintió
sus sudadas corpulencias. Los trajes raídos daban la impresión
de estar a punto de estallar. Las papadas salían como grasientos chorizos
por encima de las camisas blancas de cuello rigurosamente almidonado. Un segundo
Cherokee Chief apareció detrás.
Los mirones seguían toda la conmoción. Frente
al hotel se habían congregado jóvenes vendedores de chicles
con sombrero de petate, uno de vejigas, curiosos de todo tipo pero principalmente
niños descalzos, algunos bolitos que no sabían muy bien lo que
estaba pasando, sirvientas con sus novios, una mujer indígena vendiendo
objetos típicos. Casi le hacían rueda a los vehículos.
El hombre del asiento delantero abrió ligeramente su ventanilla, sacó
el cañón de la Uzi, apuntó hacia el cielo y soltó
una ráfaga. Inmediatamente todos corrieron en busca de escondrijo como
cucarachas sorprendidas de noche en la cocina de una casa. El chofer de la
Cherokee Chief hundió el acelerador y el vehículo saltó
hacia adelante. Tom Wright sintió que se desnucaba con la violencia
del arrancón. El segundo vehículo salió detrás.
4
Cuando Kukulkán y Vallejo escucharon el ruido era
porque Ariadne ya entraba despavorida por la puerta con la cara morada. Se
habían quitado los sacos, bajado el nudo de las corbatas, abierto los
botones de la camisa que comprimían el pescuezo como salchichas y arremangado
las camisas.
-Andar de traje y corbata en estos tiempos es tan incómodo
y estúpido como andar con armadura en la época medieval.
-O con pelucas, medias y maquillaje en el siglo dieciocho.
-Yo me hubiera metido a hacer la revolución sólo
para cambiar la moda y no tener qué volver a ponerse estos trapos.
-Razón tenían los hippies. No hay como los
blue-jeans.
-Eso lo decís porque es tu mera generación.
-Ja, y vos pachuco de los años cincuenta no tenés
ni mierda qué hablar, pisado. Ya te imagino a vos parado frente al
instituto con una pierna contra la pared silbándole a las patojas que
pasaban frente a donde Tuncho Granados.
-Yo era demasiado tímido. Eso lo hacían el
Zurdo y Manzana.
-Andate a freir niguas, si ya se lo que hacías en
Leipzig. Siempre le cae al pobre Zurdo. ¿Por qué nadie quiere
al pisado?
-Por retorcido y arrogante. Cuanto le entra su sed de poder
es más estalinista que Beria. Será por su complejo...
-¿Cuál de todos?
-Qué jodés. Sabés que lo rapó
la policía militar cuando se metió al instituto, ¿no?
Pero no es cierto que nadie lo quiera. Las mujeres lo adoran. Por eso se dejó
su pelo estilo afro.
-Eso lo hizo pa' taparse la calvicie prematura, no me jodás.
En ese instante se confundió el griterío con
la voz desesperada en la puerta.
-¡Soy yo!
Estaba sin aliento. Los ojos se le habían achicado
y contraía los párpados para evitar que le brotaran las lágrimas.
-¡Era una trampa para todos! ¡El gringo cayó!
Mientras recogían los pocos papeles Kukulkán
le daba vuelta a todas las variantes.
-¿Cómo es eso de que cayó el gringo?
-Nos sorprendieron hombres armados. El me salvó, empujándome
hacia afuera.
-¿Era un operativo contra el gringo? ¿Estás
segura?
-Segurísima. No estoy alucinando. El gringo me sacó
de allí. Dijo que reestablecería contacto. Mandó esta
notita.
Kukulkán la tomó, la leyó, la hizo una
pelotita y la guardó cerca de donde pudiera echársela a la boca
en caso necesario. Vallejo quemaba un papel en el lavamanos del baño.
Kukulkán embutió los mínimos imprescindibles y se los
distribuyó. Su frente estaba atravesada por una vena que parecía
a punto de explotar.
-¡Luces!
Como por arte de magia se apagaron las luces. Vallejo reaccionaba
con la instantánea rapidez de un velocista flaco, huesudo y musculoso
tratando de ganarle un sprint a un corredor de fondo en el último instante
antes de llegar a la meta. Ariadne se atragantó un vaso de agua para
recuperar el aliento, se echó agua fría en la cara, se secó
las manos cuidadosamente y ni bien dejaba la toalla tirada sobre la cama cuando
ya Vallejo le pasaba el arma cargada y lista. En el mismo momento la voz de
Kukulkán resonó por última vez antes de decretarse el
silencio total.
-Vallejo primero. Ariadne en la retaguardia. El punto de
contacto es la casa frente a la fuente de la alameda del Calvario en... Miró
su sofisticado reloj con cronómetro. -...una hora. Ocho y media en
punto. Esperamos solo cinco minutos y avanzamos al contacto de reserva. Ya.
Rápido.
Vallejo abrió la puerta cuidadosamente mientras se
parapetaba del otro lado de la habitación. El aire fresco invadió
la suite. Las estrellas brillaban resplandecientes en los pedazos de cielo
que no estaban cubiertos por opacas nubes amenazadoras de agua. No se detectaba
movimiento aunque se percibía claramente la conmoción iluminada
en el edificio principal del hotel, el ruido, vehículos, sirenas, gritos
de muchedumbre, cuerpos moviéndose de un lado a otro como electrocutados.
El jardín era un oasis de paz, lejos del multitudinario relajo.
Vallejo se tendió. Se asomó afuera apoyado
en codos. Llevaba varias granadas al cinto. No percibió movimiento.
Se hincó, luego se puso de pie. Escurriéndose a lo largo de
su propia suite, que era una cabaña separada del resto de las otras,
corrió hasta el muro lateral por donde anteriormente se había
escurrido Ariadne. Era el muro que daba a la calle. Del otro lado había
un cafetal. A medio muro había una puerta. Era metálica y angosta,
utilizada solo por el servicio. La alternativa era escalar el muro y saltarlo.
Pero era alto. Tenía chayes incrustados en el cemento y alambre espigado
arriba.
Avanzaba como cangrejo, caminando lateralmente con la espalda
pegada contra el muro, viendo para todas partes, el arma hacia adelante. La
noche refrescaba rápidamente. El cielo se cubría más
y más de nubes. Sin embargo sudaba. Sudaba copiosamente. Le caía
por la frente y se le pegaba en las pestañas. Con la manga de la camisa
se restregaba la frente de cuando en cuando para despejar su campo de visión.
Sentía también el frío húmedo del muro contra
el cual restregaba su espalda, calándole hasta la médula de
los huesos. Cuando había recorrido la mitad de la distancia vio que
Kukulkán salía e iniciaba un recorrido similar al suyo.
El jardín continuaba como un místico oasis
de los hare-krishnas bañado de rocío y de una tenue luz azulada
enmedio de la conmoción. Los ruidos, gritos, movimientos de vehículos
y sirenas que provenían del edificio principal y de la calle eran más
y más intensos. Parecía como si alguien hubiera dejado prendido
un televisor con el sonido muy alto enmedio de un apacible barrio en el cual
todos dormían. Sin embargo no habían pasado ni tres minutos
desde que Ariadne había vuelto. A menos que el operativo estuviera
super-planificado tenían tiempo antes de ser rodeados. No creía
que fuera tan elaborado o el mismo gringo se hubiera dado cuenta antes de
contactar a Ariadne. A menos que fuera parte de una conspiración mayor.
Todo era posible en esta vida y en ese mundo que les tocó vivir. Casi
sin creerlo llegó a la puerta lateral. Estaba cerrada con una cadena
gruesa y un candado. Felizmente era un candado convencional. Puso manos a
la obra y en lo que sintió eran horas pero en realidad no pudieron
ser más allá de unos cuarenta y cinco segundos, lo había
abierto. No hizo ni un solo sonido. Kukulkán venía acercándose.
Ariadne comenzaba a asomarse por la puerta de la suite.
Lenta, cuidadosamente, empezó a abrir. Tenía
el arma lista en caso que lo estuvieran esperando del otro lado. Pensaba en
que Kukulkán tenía qué sobrevivir. Era lo único
que importaba. Se volteó. Kukulkán se escurría por el
muro. Podía ver la tensión en su mandíbula que resaltaba
los músculos bajo los pómulos. Jaló la puerta. Las bisagras
chirriaron. Mantuvo firme el dedo en el gatillo. El ruido le pareció
lo más sonoro que había oido en su vida. En realidad era un
leve chirrido que había que estar muy cerca para escuchar.
Terminó de abrir. Esperó. No se escuchaba nada.
Respiró profundo, tensó los músculos, abrió los
ojos lo más que pudo, pensó en la Paulina, una guapísima
amante chilena que tuvo años antes, y saltó a la calle. No había
nadie. Divisó una Cherokee Chief estacionada frente a la ruina de San
José el Viejo. Se veía el resplandor rojo de una sirena que
estaría frente a la fachada del hotel. Pero atrás, nada. El
cafetal. La calle que conducía a la alameda. La sombra del volcán.
Todo oscuro. Tranquilo. Volvió a asomarse al interior donde Kukulkán
esperaba casi derretido contra el muro. Ariadne estaba tirada en el suelo
frente a la suite. Vallejo dio la señal convenida. No había
moros en la costa. Se volvió para afuera.
Kukulkán avanzó más rápidamente.
Se deslizó hacia la puerta con la agilidad de un jaguar, las piernas
saltando lateralmente e impulsando su peso hacia arriba y abajo, el arma enfilada
hacia adelante. Ariadne corrió también hacia el muro. Cuando
llegó se volteó para ambientarse al ángulo de visión.
Confirmó que Kukulkán estaba por llegar a la puerta. Dirigió
su mirada hacia el edificio principal. Entonces los vio.
Un hombre salió corriendo por la puerta del corredor
que conducía a la piscina. Al pasar frente a los ventanales del restaurante
su silueta quedó claramente visible. Estaba vestido de mesero. Pareció
dirigirse hacia los vestidores de la piscina situados del lado opuesto. "Jorge,"
pensó. Estaba segura. Era uno de los compañeros que trabajaba
como mesero. Pero inmediatamente dos hombres más salieron corriendo
por la misma puerta. Merodeaban en ese espacio empedrado y lleno de arriates
entre los ventanales del restaurante y la piscina propiamente dicha. Sus cabezas
giraban en todas direcciones buscando su presa. Ariadne se dio cuenta que
los iban a descubrir.
Volvió a ver a Kukulkán. Seguía deslizándose
hacia la puerta. Casi estaba allí. Ella inició un proceso parecido
pero al mismo tiempo lanzó un silbido que imitaba un grito de pájaro.
Kukulkán lo escuchó y se detuvo. Estaba a menos de un metro
de la puerta. Se volteó y vio a los dos hombres corriendo hacia la
piscina. Vio para el otro lado. Su objetivo estaba cercano al lobby. Muy pronto
más de alguno iba a salir hacia el jardín lateral por la puerta
por donde Ariadne escapó. No había tiempo qué perder.
Se abalanzó hacia la puerta lateral. Los hombres percibieron el movimiento
y gritaron.
Sin pensarlo Ariadne abrió fuego. Pensó que
entre la conmoción del edificio principal este intercambio pasaría
desapercibido. Al recibir la descarga los hombres se tendieron. Kukulkán
saltó hacia la calle. Ariadne corrió como loca hacia la puerta.
Ya en el piso uno de los hombres alzó su Uzi y soltó
una descarga. Ariadne sintió como si la acabara de atropellar un auto.
Una fuerza atroz la levantó del suelo en vilo, y perdió noción
de qué quedaba arriba y qué estaba abajo. Luego de dar vueltas
en el aire como si flotara, viendo pasar las estrellas, la grama, el hotel
iluminado, cayó y sintió el sabor de tierra húmeda entre
sus dientes, los terrones que bombardeaban sus ojos, sus orejas. Estaba demasiado
aturdida como para enterarse de qué había pasado. Sacudió
la cabeza. Trató de concentrarse. El arma. El arma se le había
caído pero estaba a corta distancia. Se lanzó sobre ella. Sentía
dolor de músculos por todas partes como si hubiera hecho deporte en
exceso. El hombre con la Uzi corría hacia ella peligrosamente.
-¡Alto ahí! ¡No se mueva!
Alzó su propia arma, le apuntó. Pensó
que no le iba a dar tiempo de disparar antes que él. La iban a matar.
En eso se escuchó otra ráfaga. El hombre que corría hacia
ella dio una gran vuelta de gato en el aire y cayó a tierra. Era un
acto de magia. No entendía. Miró hacia el fondo del jardín.
Jorge disparaba desde el lado opuesto. El otro hombre ahora se embarcaba en
un tiroteo con él. Era su última oportunidad. Se paró.
Estaba mareada. No podía controlar sus movimientos completamente, como
si sus rodillas no aguantaran el peso de su cuerpo. Se recostó contra
el muro, respiró profundo y avanzó hacia la puerta lateral.
Sudaba copiosamente. Se limpió el sudor de la nuca y al verse la mano
descubrió que estaba teñida de sangre. Avanzó. El hombre
que había dado la vuelta de gato empezó a reincorporarse. No
estaba muerto. Palpaba a su alrededor buscando su arma.
Ariadne se detuvo. Apuntó con cuidado. Contuvo el
aliento. Dejó que el vaivén de su cuerpo se sincronizara para
que la mira enfocara y soltó una descarga. El hombre rebotó
del suelo al aire al suelo al aire un par de veces. El otro buscaba cobertura
para continuar su diálogo armado con Jorge. Ella corrió hasta
la puerta lateral. No eran muchos metros pero era un eternidad. Las piernas
se le aguadaban. La vista estaba nublada por el sudor de la frente. Temblaba
como si tuviera el principio de un ataque epiléptico. Le pareció
ver venir más hombres hacia la famosa puerta lateral del lobby. Tres
o cuatro. Pero ya no sabía si era realidad o alucinación. No
parecían fijarse en ella. Corrió hasta su objetivo. Llegó.
Se había salvado.
Pero no se había salvado. Salía a la calle
empedrada justo cuando una Cherokee Chief llegaba a toda velocidad, pegando
tremendo frenazo. Tan fuerte fue y tan cerca que sintió el olor de
hule quemado invadiendo sus pulmones. Si hubiera salido un segundo antes el
vehículo la hubiera atropellado. El ligerísimo retraso por tener
qué apuntar más lento de lo acostumbrado al soltar la última
ráfaga la salvó. Pero en cambio ahora tenía una Cherokee
Chief bloqueando su camino. Casi con la lentitud de un sueño fastidioso
levantó su arma y le disparó a quemarropa. Ni oyó la
ráfaga ni se molestó en volver a ver a la derecha para verificar
que no la acosaban desde la esquina. El arma se agitó, sintió
la vibración sacudiéndole los músculos como un viejo
vagón de ferrocarril, el golpe en el hombro y el olor acre de la pólvora.
El hombre se evaporó. Ella siguió disparando. Había otro
a su lado. De haber otros dos en el asiento trasero la hubieran perforado
como colador. Pero era su día de suerte. Se bajaron para entrar al
hotel. Venían solo dos. Los cristales volaron en todas direcciones.
Le cayeron encima como lluvia de diamantes que reflejaban luz en mil destellos,
un un chisporroteo ardiente de cristales. Con un reflejo condicionado que
sorprendió el lado consciente de sí misma y que parecía
observarla desde por encima como si se hubiera despegado de su cuerpo, empezó
a mover las piernas aguadas y adoloridas para correr en dirección del
cafetal.
-¡Por aquí! ¡Yo te cubro!
Era la voz de Kukulkán. Parecía rebotar por
todas partes como un eco. La cubría pero ¿de dónde? Dio
casi media vuelta. La Cherokee Chief, descontrolada, siguió rodando
y pegó contra el muro del hotel. Percibió flashazos. Alguien
disparaba desde la esquina. Era todo un chisporroteo nuevo. Estaba parada
a media calle. Volvió a dar media vuelta. Le costaba mantener el equilibrio.
Sentía que se movía lentísimamente pero si no se caía.
El viento que le agitó el cabello zumbando como el silbido de una cobra
fue la única indicación de que algunas balas pasaron cerca.
Se dirigió hacia el cafetal, más como alguien que anda en una
maratón de caminata que corriendo de verdad. Oyó el chasquido
del acero cuando algunas de las balas pegaron contra el empedrado. Vio dónde
estaba Kukulkán por el fuego de su Galil. Corrió hacia él.
Escuchó el motor de un vehículo.
-¡Viene otro carro! ¡Corré para este lado!
"Este lado" era el lado opuesto a la banqueta donde estaba
el hotel. Vio que Kukulkán extraía un objeto de su cinturón.
Como un pitcher de béisbol arqueó su cuerpo y lanzó en
forma parabólica un objeto contra la Cherokee Chief ametrallada. El
objeto cruzó el cielo como un meteorito antes de caer en el vehículo
inmóvil. Nomás fue caer y explotó todo. Se iluminó
el cielo, desaparecieron las estrellas, se sintió un calor de playa
inaguantable como si de pronto ya no estuviera en Antigua de noche sino en
Iztapa al mediodía en plena Semana Santa. Un viento la levantó
de la tierra, la alzó en vilo y la llevó como sobre una alfombra
mágica hasta los pies de Kukulkán. Llegó rodando prácticamente
antes de derrumbarse como una borracha.
En la creciente oscuridad éste le agarró la
mano. Venía otra Cherokee Chief. Ahora sí eran cuatro tipos.
Se distinguían claramente por las ventanillas. Pero la explosión
del primer vehículo los obligó a detenerse y les cortó
el campo de visión. Jaló bruscamente a Ariadne hacia la protección
del cafetal como quien jala un costal de papas. Atravezaron diagonalmente.
En la otra callecita los esperaba un Volkswagen celeste que fue estacionado
allí por los compañeros horas antes, previendo un incidente
como el que estaba teniendo lugar. Kukulkán tenía el duplicado
de la llave.
Llegaron amparados por la calma. Kukulkán sacudió
el llavero como si buscara alejar a los demonios. Abrió la portezuela
casi arrancándola. Empujó a Ariadne hacia adentro golpeando
su cabeza contra la orilla superior. Corrió alrededor y se introdujo
en el asiento del conductor. En el instante en que arrancaba con una sensación
de suma lentitud apareció en la esquina otro vehículo. Por el
espejo retrovisor vio que una cuadra más lejos aparecía un segundo
vehículo y también doblaba hacia ellos.
Aceleró. Estaban en línea recta y no podía
cruzar hasta llegar a la alameda. Avanzó hacia la brillantez amarilla
de la misma con el instinto de las mariposas nocturnas, sintiendo una tenue
protección enmedio de la sombría frescura de la callecita en
la cual zigzaguaba para ser un blanco más difícil. Vio que disparaban
pero no escuchó nada ni recibió ningún impacto.
Llegaron a la alameda. Agarró el camino hacia Ciudad
Vieja. Les había sacado una ligerísima distancia. Pasó
frente al hotel Ramada. En dirección contraria venía un pick-up
Toyota. Dejó que ambos vehículos se acercaran. Con un súbito
impulso, dio un timonazo. El Volkswagen patinó. Lo enderezó.
Frenó bruscamente. El carro quedó atravezado, bloqueando el
camino. El pick-up paró a escasos metros para evitar el encontronazo.
Kukulkán saltó para afuera, jaló a Ariadne casi rompiéndole
la muñeca y el antebrazo en el proceso y se dirigió a la cabina
del Toyota. Ella se agitaba como araña de Corpus y su rostro tendría
una expresión de silencioso dolor.
-¡Sacanos de aquí! ¡Traemos a la judicial
detrás!
En lo que gritaba instrucciones llegó a la cabina
y abrió la portezuela del lado opuesto. Los ojos del hombre eran un
mar de auténtico terror. Intentó tartamudear algo sin conseguir
emitir sonido. Fosilizado frente al timón permitió que Kukulkán
introdujera a Ariadne, cuyos síntomas de ahogamiento eran penosos.
Luego se introdujo él mismo, somatando la portezuela. El hombre ni
se fijó que sus pantalones se oscurecían conforme sus riñones
transformaban el miedo en orines.
-¡Rápido! ¡Media vuelta! ¡Yo te
digo por dónde salir!
El pick-up inició el lentísimo movimiento para
dar vuelta en U en una calle estrecha. Parecía que la maniobra duraba
siglos. Avanzaban a la izquierda. Palanca al retroceso. Retrocedían
hacia la derecha. Palanca de vuelta a primera. Avanzaban hacia la izquierda.
Volvían a retroceder. Avanzar.
Empezaba a acelerar cuando aparecieron los vehículos.
Al ver el Volkswagen bloqueando el paso el primero dio tremendo frenazo para
evitar la colisión. El segundo casi le pega en el baúl. Cuatro,
cinco, seis hombres saltaron de ambos y empezaron a empujar el Volkswagen
para quitarlo del camino y continuar la persecución. Maldiciendo con
todas las malas palabras inventadas en castellano rompieron el cristal para
soltar el freno antes de arrastrar el vehículo hasta la orilla, ametrallándolo
allí para ventilar su frustración. En ese gesto primitivo e
inútil perdieron los preciosos segundos necesarios. Una vez reiniciada
la marcha el pick-up había desaparecido como si se lo hubiera tragado
la tierra.