SEGUNDA PARTE
 

UNA ESPIRAL EN TORNO DE UN EJE INVISIBLE
 
 

CAPITULO UNO

1
 
 

Graciosamente, la tarde caía en la ciudad. Sobre los volcanes los celajes formados por las nubes que juguetearon con la posibilidad de refrescar el ambiente antes de escabullirse sin soltar prenda, incendiaban el perfil montañoso del valle. Conforme el sol desaparecía el aire se refrescaba y el perfume de los pinos y eucaliptos dejaba sentir su aroma cuya dulzura empalagosa evocaba sonámbulos recuerdos de emociones sentimentales cubiertas de una ligerísima capa de polvo, acompañadas de ritmos de boleros cuyas letras apenas si se recordaban. Tom Wright no tuvo tiempo para apreciar la chillante belleza del atardecer. Lo atolondraba la aprehensión que la oscuridad de los volcanes ensombrecidos generaban en su vientre. Oscuridad. Falta de visibilidad. Peligro. El solito era el culpable. Las sienes le seguían latiendo a pesar de haberse tomado cuatro Tylenoles.
Pacal lo esperaba frente al vehículo. Era primera vez que lo veía de civil. Portaba un traje que le quedaba demasiado grande, arrugándose más de la cuenta al caer sobre el cuerpo. La corbata era excesivamente ancha. Por mucho que aspirara a proyectar una imagen elegante evidenciaba incomodidad con ropas que no acostumbraba ponerse. Cualquiera que lo viera desde una cuadra de distancia adivinaría que era agente de seguridad.
Frustrado, Tom Wright pensó que todo estaba saliendo mal. Quizás debería encontrar la excusa adecuada para cancelar el contacto. Sin decir palabra se introdujo en el asiento trasero del vehículo. Inconscientemente sus ojos cayeron sobre la calcomanía que parecía venírsele encima. La cabeza triangular de la serpiente, el círculo rojo, el lema en letras negras. Pacal brincó tras él con alguna agilidad, sin limitación alguna por la deformación del pie. El vehículo arrancó. Dio la vuelta para buscar la calzada Roosevelt y el camino hacia la Antigua.
Estaban sentados el uno al lado del otro sin decirse nada. Afuera, como si fuera una proyección de imágenes irreales, pasaban a toda velocidad transeúntes, buses escupiendo copiosa cantidad de humo negro, vendedores de periódicos, vendedores de chicles, de flores, tragafuegos, gritos humanos que rasgaban el aire cafezusco como uñas escurriéndose por un pizarrón, rostros cobrizos con esforzadas sonrisas de pura cortesía e hipocresía, carros de todas las formas y colores bocineando al unísono, la luz amarillenta y palúdica de los reflectores públicos que amenazaba con prenderse lentamente conforme caía la noche. Se tardaban una eternidad en calentarse antes de dar el fogonazo que indicara su regular funcionamiento nocturno. Hasta le pareció ver en la distancia charcos putrefactos en forma de pentágonos.
Dentro del vehículo la calma era artificial. Sentía una necesidad desesperada de consumir un whisky doble. Tenía la boca seca como un limón chupado. La punta de la lengua estaba dormida. Las manos -- otra vez -- le temblaban ligeramente. El dolor de músculos en el pescuezo era terrible. Le hubiera gustado un masaje sobre el cerebelo y la clavícula casi tanto como un trago. No podía pensar bien y el dolor de cabeza no se iba. Sus achaques parecían una aburrida clase de anatomía. Al tratar de mirar hacia afuera sus ojos se toparon contra las letras negras. "Sólo los que vencen..." Cerró los ojos.
-¿Se siente mal?
-No. Sólo un dolorcito de cabeza. ¿Todo en orden?
-No podría estar mejor, respondió Pacal. Se besó la punta del pulgar y el dedo índice para dramatizar su placer. Fuera de haber perdido el primer contacto, claro. Pero el de reserva es más satisfactorio.
-¡No lo es! Se sorprendió ante la violencia de su tono, como si se hubiera desdoblado y se observara a sí mismo ventilar su reprimida cólera. -Va a suceder de noche. ¿No se da cuenta? La visibilidad va a ser mucho menor y con esta iluminación pública que tienen ustedes, parece que estuvieran ahorrando poniendo foquitos de 25 bujías en los postes de luz, cualquier cosa puede suceder. ¡No me perdono haber dejado que esto sucediera! ¡Shit!
Pacal exhibió una sonrisa infantil que contrajo su rostro y le dio un golpecito en el brazo.
-Relájese, hombre. Mi gente procederá con todo primor, ya va a ver. Por lo demás, yo siempre he preferido los contactos de reserva. Desgastan los nervios del enemigo. Y uno llega más tranquilo porque ya quemó sus propios sustos. Además, usted respondió como hombre a su visita de esta mañana, no tiene nada de qué quejarse. Lo envidio. Hubiera querido estar en su lugar.
Bajó un tanto la cabeza. Tom Wright se volteó con violencia. -¿Lo sabe todo, Pacal?
-Es nuestro oficio, señor.
-Para que lo sepa, no me gustó. Y me molesta su manera de ser. No me gusta que sepa lo que sabe. Yo...
Exhaló fuertemente como si se desinflara de pronto. Sus ojos se quedaron fijos en la despintada línea de la carretera.
-Su actitud me parece razonable. Yo en su lugar pensaría igual. Es la única manera de sobrevivir. Desconfiando de todos. ¿Quién quita y no le estoy moviendo el piso, pues?
Se dejó caer hacia atrás, hundiéndose en el respaldo del asiento y doblando el cuello para dejar que la característica risa saliera como un eruptante geyser. La ola de saliva pegó contra el techo del auto. Tom Wright sintió un olor ácido de perro muerto que emanaba de sus poros. Pensó que a lo mejor era fantasía. Pero no. Era real y efectivamente emanaba de su corpulencia. No era tan intenso como para volver la atmósfera del auto irrespirable pero se hacía sentir lo suficiente como para que no hubiera duda. Le apretó los intestinos aún más porque lo reconoció inmediatamente como un olor de muerte.
2
Todas las casas de ese barrio clase media de la ciudad eran bajitas y cuadraditas aunque no idénticas. Habían sido construidas con sólo dos o tres variantes de manera que su similitud sobresalía por encima de los colores diferentes o la barroca heterogeneidad de adornos en los jardines. En unas dejaban las pilastras del garaje desnudas mientras que otras las tenían cubiertas de hiedra o de alguna otra planta trepadora. De algunas colgaban macetas del techo, de otras ninguna. Algunas también tenían hiedra cubriendo la baranda de alambre, otras habían construido gruesos muros que no dejaban vislumbrar el interior. Todas eran pequeñas. Se veían demasiado apretadas y tiesas como cuando alguien se pone ropa que ya le queda demasiado chica. Sus jardincitos minúsculos sobresalían más por el espacio que no tenían embadurnado de flamencos, altares con vírgenes de yeso o champiñones gigantes de cemento, columpios y sube-y-bajas que por la pequeña área verde que ofrecían. Todas tenían terrazas planas de concreto llenas de antenas de toda índole y forma posibles, aunque en algunas el blanco se despintaba y se iba cubriendo de un moho verduzco por la humedad mientras que otras estaban encaladas.
De una de ellas, de muros gruesos y una puerta metálica que no permitía poder espiar su interior, salió un Ford Bronco rojo y blanco con vidrios polarizados. Retrocedió lentamente bloqueando la estrecha calle. Su chofer corrió a cerrar el portón abierto con la mayor rapidez posible. Regresó volado al auto y arrancó hacia la esquina. Una vez alejado del vecindario, emergieron del piso tres figuras que habían estado tiradas para evitar ser vistas en caso que alguien percibiera los movimientos del vehículo. Eran Kukulkán, Vallejo y Ariadne. Ella llevaba una peluca rubia y vestía una blusa severa color café claro, falda café oscuro de lana, medias y zapatos bajos de forma elegante. Kukulkán se veía incómodo con su traje y corbata. Tenía un grueso bigote negro pegado encima del labio superior. Vallejo estaba más relajado con su propio terno aunque su figura le daba un aire de Daniel el Travieso con su peluca pelirroja.
-A mí me dicen el negrito del Batey...
-Shó. No cantés con voz desafinada.
-Y menos una canción prohibida por incitar a la huevonería.
-Ay tú.
El vehículo emprendió camino hacia la Antigua. Poco antes de llegar a la salida, donde empieza la larga fila de moteles de paso, dobló en una callecita pequeña y paró un instante. El chofer se bajó. Vallejo tomó la conducción del Bronco. Ya solos los tres volvieron a la carretera y retomaron la ruta seguidos medianamente de otro vehículo. Kukulkán se deslizó ligeramente el nudo de la corbata para respirar.
-Bueno, pues. Llegó la hora de la verdad.
-Gran puta, no hagás la situación más melodramática de lo que ya es que me pongo a chillar y arruino el operativo.
-Lo humedecés.
Ariadne se volteó. Con un tono que pretendía ser humoroso pero que le salió cargado de tensión, replicó:
-Gozá la caída de sol. Puede ser la última de tu vida.
-Trato de gozarlas todos los días. Porque todos los días pienso que puede ser la última. Igual gozo amarrarme los zapatos, abotonarme la camisa. Siempre puede ser la última vez. Por eso me gustan tanto las Odas elementales de Neruda.
-Ya se te salió lo poeta, pisarrín.
-Cuándo no el irreverente de Vallejo.
-Ya quisieras vos poder escribir algo así como, "adiós, adiós, únicas almas de la luna muerta, altas preguntas de la luz marina, adiós, hasta perder en el espacio lo que me acompañó en la travesía, la luz..." ¿cómo sigue?
-Gran puta, ahora me vas a salir, qué se yo, con una ráfaga de trigo y amapolas. Prefiero a Roque, y pa' que veás pisado que sé poesía, te lo voy a recitar: "Las que llenaron los bares y los burdeles de todos los puertos y las capitales de la zona, `La Gruta Azul', `El Calzoncito', `Happyland', los reyes de la página roja, los que fueron cosidos a balazos al cruzar la frontera, los que lloraron borrachos por el himno nacional bajo la nieve del norte, los arrimados, los mendigos, los marihuaneros, los guanacos hijos de la gran puta, los eternos indocumentados, los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo, los primeros en sacar el cuchillo, los tristes más tristes del mundo, mis compatriotas, mis hermanos." ¡Ja! ¿A poco no es chilero?
-Muy vulgar como vos. Kukulkán tiene mejor gusto. Además, si de centroamericanos se trata, ¿por qué no Otto René? Es nuestro y "Vámonos patria a caminar" podría ser casi otro himno nacional.
-Puta, muy solemne Otto René. Uno lo lee y dan ganas de chillar. Y la vida ya está muy repisada como para andar chillando encima con la poesía. Muy cursi esa mierda. Por eso del Otto René lo que me gusta son sus poemas de amor. Toda esa sección de "lo privado también cuenta," esos son poemas chingones que lo tocan a uno pero sin sentir que hay qué pararse, digo, ponerse de pie para que no me malentendás, y saludar a la bandera.
-Del EGP.
-A vos te gusta porque esos poemas fueron escritos pa' patojas como vos, recién llegaditas a la escuela de psicología, todas sentimentalonas, que los leen, lloran a moco tendido y se incorporan al movimiento y que cuando triunfemos...
-Vamos a organizar los domingos rojos...
-O sembrar arbolitos mientras uno cranea qué putas hacer con este país de mierda que no se compone ni a vergazos.
-Vallejo, no solo sos malcriadote sino pesado. Decí algo, Kukulkán, no dejés que me hable así. Y después se quejan de cuando uno habla de formar una organización de mujeres...
-Tranquilos los dos, muchá. Allí está ya San Lucas.
-Tranquila la que nos van a meter, pisado. Ay das las gracias cuando la sintás por detrás.
El vehículo agarró el desvío para la Antigua. El carro que los seguía continuó recto hacia Chimaltenango. Un Toyota gris estacionado frente a las ventas de comida de San Lucas arrancó al ver pasar los vehículos y se apresuró a seguirlos.
-Sos un vulgarsote inaguantable, Vallejo.
-Pa' que veás, te puedo hasta recitar en inglés y de memoria. Veamos: Yet she must die, else she'll betray more men.
-Está insultando a tu hermana, vos Kukulkán. No te dejés. Yo por eso prefiero hombres cincuentones. No son tan vulgares.
-Qué aburrido sin cuentones. Más rico con cuentones, hombre, no jodás. Si no, pa' qué pisados.
-¡Paralo vos Kukulkán que ya no lo aguanto!
La tarde había amenazado con lluvia pero se había quedado en el amago. Las nubes se prestaban para formar un conjunto de celajes que como bolitas de algodón empapadas de yodo se extendían por encima de los volcanes, larga cadena de rojo amor que mostraba su esbelta silueta conforme el sol se hundía más allá en el Pacífico. Como cruces negras movedizas las alas errantes de las aves que se agitaban para anidar en las puntas de los árboles al entrar la noche percutían a todo el rededor, sumergiendo el ambiente en mortuoria oscuridad pesada empapada de inquietudes ligerísimamente adornadas de peregrina dulzura.
3
El hotel tenía la estructura de un edificio moderno con artefactos coloniales. La entrada era un corredor medianamente angosto lleno de adornos de los siglos XVII y XVIII, oscuros santos de madera de nogal y candelabros de hierro, macetas con plantas trepadoras y alfombras de diseños rococós que creaban un clima prostéticamente barroco subrayado por el color zapote de los muros. Todos los barrotes tanto de las ventanas exteriores como de las dependencias interiores eran de gruesa madera cayendo en espirales como serpientes churriguerescas en movimiento perpetuo. A la derecha estaba la recepción. Más adelante el lobby. El comedor directamente enfrente, del otro lado del corredor. Hacia el fondo un gran jardín en cuyo centro brillaba una piscina en forma de pulmón.
Los muebles del lobby eran coloniales, de madera y más austeros que el resto de la decoración. Se veía bastante movimiento. Sobretodo norteamericanos o europeos, parejas jóvenes y no tan jóvenes que entraban y salían a paso lento, acostumbrados al ritmo sereno de la ciudad empedrada. Algunos estaban en shorts a pesar del ligero fresco. Había también su buena cantidad de huéspedes locales. La mayoría repartida por el lobby, leyendo algún periódico, bebiendo un trago en el bar o contemplando melancólicamente el atardecer.
Un Ford Bronco de vidrios polarizados se detuvo frente a la puerta. El capitán del hotel tuvo todo el tiempo del mundo para correr y abrir la portezuela. Los hombres de negocios y la joven mujer que descendieron se movían con toda naturalidad. Se tomaron el tiempo necesario para permitirle al personal del hotel los movimientos acostumbrados tales como entregar la llave del auto e introducir el equipaje. Tomaban fotos de la silueta del volcán de Agua con el cielo rojo detrás, estudiando con deleite el halo luminoso del horizonte. En cuanto aparecieron por el angosto corredor el gerente alargó su pescuezo para catalogarlos. Atento a su porte les inclinó la cabeza y los interrogó sobre cómo podía servirlos con una voz fina y distante.
-Tenemos reservaciones a nombre de Exportaciones Artesanales Itzam-Na.
El gerente buscó con el dedo índice en una lista mecanografiada. El ceño fruncido se alisó en cuanto encontró el nombre mencionado. La cabellera blanca adquiró mayor brillantez.
-Aquí está. Suite No. 25. Que tengan una feliz estadía.
Extrajo una llave del sitio donde colgaban todas en perfecto orden simétrico. Les dio un formulario a llenar y con una autoritaria palmada de manos llamó a un conserje. Mientras Kukulkán llenaba el formulario, Vallejo y Ariadne se alejaron discretamente para recorrer el lobby, detallando cada uno de los objetos que tenían indicados en sus planos y en los informes. Veían si no habían cambiado algún sofá, bloqueado alguna salida de emergencia, limitado el movimiento. Hasta en la decoración se fijaron. Percatándose del personal disperso por todos los rincones trataron de adivinar quién era agente y quién no. De pasadita Vallejo reconoció a un par de compañeros que se hacían pasar por turistas acomodados en segunda luna de miel. Miró con discreción la hora y sonrió al confirmar que habían perdido deliberadamente el primer contacto. En caso de que cualquier cosa saliera mal preferían la fuga en la oscuridad.
El carro que conducía a Tom Wright y Pacal llegó pocos minutos después. Ambos saltaron hacia afuera sorprendiendo al veterano capitán del hotel que apenas tuvo tiempo de hacer un gesto en dirección suya. El carro desapareció a la vuelta de la esquina conducido por su misterioso chófer pequeño y anónimo. Entraron rápidamente al corredor. Se movían a la misma velocidad a pesar de la deformación en el pie del capitán que creaba una imagen de agitado abanicamiento. Una vez adentro se alejó en cuanto pudo de Pacal. Quería cerciorarse de los detalles a su alcance: ventanas, puertas, gente presente en el hotel, ánimo de los empleados, lugares de servicios. En su cabeza dibujó automáticamente un mapa del local para visualizar con precisión sus movimientos en caso de emergencia.
-Yo me encargo de los formularios, Wright. Si quiere, se va de una vez para el restaurante.
Era obvio que el enorme jardín era un escenario potencial de conflicto. Tenía rincones oscuros por todas partes, abundancia de arbustos fantasmales. Los edificios secundarios estaban rodeados por gigantescos árboles de donde colgaban plataformas para guacamayas. Maldiciendo entre dientes su debilidad con Sandra, se apresuró a estudiarlo lo mejor posible antes de que la oscuridad terminara de cubrirlo. Volvió a llenarse de aire al sentir la familiaridad de una rutina precisa poco antes de un operativo de envergadura. Regresaba del jardín cuando Pacal lo atajó en la entrada al edificio. Estaba de pie en el escalón superior de manera que por una vez parecía más alto. El escaso reflejo hacía que sobresalieran oscuras y profundas sus cicatrices.
-Ya está. Le decía que si quería se podía ir al restaurante.
-¿Acaso quiere que me quede allí todo el tiempo?
Un ligero viento aún más fresco descendió del volcán con aullido lastimero. Tom Wright le guiñó el ojo y sonrió.
-Y no se le olvide la clave. Alguien va a llevar enrollada una revista Time en su mano izquierda y un clavel en el pecho.
-Enrollada con la portada hacia afuera. Me toma por un novato. Usted es el que debería estar tomando notas, muchacho.
Tom Wright empezó a caminar hacia el restaurante. En cuanto estuvo fuera del ángulo de visión del militar se dirigió a la pared que daba al exterior. Revisó las ventanas, cortinas, consideró las posibilidades y variables. Miraba su reloj constantemente. Instintivamente se tocó bajo su saco para asegurarse que la pistola todavía estaba allí.
Salió de nuevo, observando el interior del lobby. Le produjo risa ver los huéspedes locales. Igual que el traje de Pacal, era evidente que casi todos eran agentes de seguridad. ¿O a lo mejor eran del EGP? Todo era posible a esas alturas del negocio.
Volvió al jardín. Esta vez empezó por el muro pero desde fuera. Examinaba el arriate de plantas ubicado bajo las ventanas cuando vio que en el rincón del edificio que hacía ángulo con el sitio donde se iniciaban los cuartos de servicio dos hombres armados hablaban con un walkie-talkie. Abandonó el lugar sin que sintieran su presencia y volvió a entrar. Atravesó el largo corredor que llegaba hasta la entrada principal y espió hacia la calle. Percibió un intenso rumor de nutrido movimiento. Una camioneta Cherokee Chief sin placas y con vidrios polarizados avanzaba lentamente. En las dos esquinas, frente a una vieja iglesia en ruinas y donde había una venta de objetos de arte y telas típicas, se veían hombres armados hablando por walkie-talkies. Lo mismo sucedía del otro lado de la cuadra, en la entrada al estacionamiento del hotel. Todas las callejuelas laterales estaban llenas de curiosos o quizás de curiosos que en realidad no lo eran tanto. Volvió al jardín. La luna empezaba a dejar sentir su débil presencia y los grandes árboles parecían gesticular, agitados por la conmoción y la brisa de atardecer de montaña. La pareja de hombres seguía en el rincón en el cual los había dejado. En eso se escuchó la estática del walkie-talkie.
-El objetivo aún no aparece. Cambio.
Se escuchó más estática. El hombre apagó el aparato.
-Raro. Dice que ya debería estar allí sentado.
Volvió a encender el walkie-talkie y habló de nuevo.
-¿Triángulo azul? Aquí círculo rojo. Presencia objetivo negativo. Repito. Presencia objetivo negativo. Operativo entra en fase dos. Repito. Operativo entra en fase dos. Cambio y fuera.
No quería creer la cuasi-certeza que se iba formando en su interior. Atreverse a formular ese pensamiento le producía ardor en el tubo digestivo. Volvió hacia el restaurante y espió desde la puerta. Aún no había nadie con las características indicadas. Una pareja de viejos americanos acostumbrados a comer temprano como las gallinas ya esperaba su cena en una de las mesas. En otro rincón del comedor una madre jóven de evidente origen extranjero insistía en introducir una cucharada de papilla en la boca de un rosado bebé sobrealimentado que se rebelaba con vigor en su silla alta. Desde la puerta vio la cabeza de los hombres con el walkie-talkie en el jardín espiando hacia adentro.
Se volteó hacia el lobby. Entrando por la puerta del jardín lateral, en el extremo opuesto de donde se encontraba, venía una mujer medianamente atractiva con ojos verdes muy vivaces, mil arruguitas en las comisuras de los ojos y una boca de labios finos y tristes. Proyectaba esa feminidad casi agresiva de mujeres profesionales que ríen y lloran en la más grande soledad. Era rubia aunque el pelo podía ser teñido ya que no iba con las espesas cejas negras ni con la piel color canela. Severa pero elegantemente vestida, estaba con una blusa café claro, falda café oscuro de lana y zapatos bajos. Llevaba un collar y unas pulseras de plata labrada y coral. Toda una dama. No se esperaba eso. Ni siquiera se esperaba una mujer. Sin embargo allí estaba, con la revista Time enrollada con la portada hacia afuera en su mano izquierda y un clavel en el pecho. Sin duda venía de las habitaciones del otro lado del jardín. Avanzaba con absoluta serenidad. Sus ojos absorbían el más sensible movimiento del salón. Era obvio que caminaba hacia el restaurante.
Dando unos cuantos pasos hacia la gerencia y girando sobre sus talones, dio media vuelta como si hubiera olvidado algo. Caminó hacia ella a manera de interceptarla justo cuando atravesaba el corredor para entrar al restaurante. Fingiendo un descuido se le atravesó en su camino hasta casi chocar. Sorprendida, tensó los labios y levantó la vista con fiereza. El le susurró al oído:
-¿Le gusta leer Time? Es mi favorita.
Ella lo tenía todo meticulosamente calculado. Había previsto casi cualquier movimiento que podía generarse en su larguísimo trayecto por la parte trasera del hotel. Había caminado a todo lo largo del muro lateral. Así no tendría que verse al descubierto enmedio del jardín, cerca de la piscina, ni entrar por la entrada principal. Podía caminar pegada al muro que separaba el jardín de una calle empedrada que emergiendo de las ruinas de la iglesia que según el mapa eran las de San José el Viejo, daban a un pequeño cafetal que conducía hasta la Alameda. Podía esconderse en caso necesario tras los bungalows que se alineaban paralelamente al muro a todo lo largo del hotel. Podía entrar al lobby por el jardín lateral, menos iluminado, y controlar quién hacía qué cosa. Podía entrar de imprevisto al restaurante sin ser controlada por el corredor principal. Pero nunca se le ocurrió que la abordaran en el preciso instante en que atravezaba esa tierra de nadie entre lobby y restaurante.
Dio un paso hacia atrás, dudando peligrosamente durante varios centésimas de segundo. Nadie se movió. Sólo una persona alzó la vista. Con una rapidez que la sorpendió a ella misma, murmuró "con permiso" y con paso acelerado se adelantó hacia la puerta del restaurante. Entrando con toda rapidez se sentó en la primera mesa que encontró sin perderlo de vista ni un instante. El se quedó parado enmedio del corredor, mirando a la gente del lobby y a los del walkie-talkie afuera en el jardín que apenas si se vislumbraban por el tibio reflejo de las luces eléctricas en la ventana. Sacó la libreta que siempre le acompañaba de la bolsa de su camisa y escribió rápidamente un mensaje. Inmediatamente caminó hacia ella, sentándose en la mesa.
-¿Le gusta leer Time? Es mi favorita.
Ella todavía estaba tensa por el pequeño gesto que no había marchado de acuerdo al plan. Sintió que hacía calor en el restaurante, que se sofocaba. Dudó de nuevo pero respondió.
-No. Yo prefiero Newsweek.
-¿Usted trabaja para Exportaciones Artesanales Itzam-Na?
-Sí. ¿Usted es el comprador de Importaciones NG?
-Sí. Escuche, y escuche cuidadosamente. Esto es una trampa. No sé si es a ustedes que quieren agarrar o a mí o a los dos. Pero es una trampa. Váyase inmediatamente. Yo reestableceré contacto para negociar la transacción. Todo está explicado en este papelito. Tómelo y váyase rápido.
Le pasó discretamente el papelito. Ella lo desapareció inmediatamente con profesionalismo. Para entonces ambos estaban de pie y preparándose para salir. En ese instante percibió la expresión de sorpresa en el rostro de los hombres del walkie-talkie. Pacal sabía que pensaba hablar por lo menos media hora. Sin embargo el contacto no había durado ni tres minutos.
-Rápido. Ya nos vieron.
Salieron a paso rápido. Atravesaron la tierra de nadie y entraron al lobby. Varios pares de ojos les acompañaron pero nadie se movió. En ese instante se escuchó una conmoción en la puerta del corredor que daba al jardín. Los hombres del walkie-talkie entraron apresuradamente. El buscó el resguardo de un pilar. Ella corrió, confiando por razones inusitadas e inexplicables que le confirmaban una vez más la eterna complejidad del mundo, que ese gringo, su enemigo principal, le cubriría la espalda. En cinco larguísimos segundos que le atragantaron la respiración su mano arañó la perilla de la puerta, la empujó y fue acogida por la protección de las sombras. Sofocada, tosiendo como si respirara motas de polvo, corrió hacia su suite tratando de ordenar sus pensamientos mientras la sangre se agolpaba en sus sienes.
Dentro del hotel, los hombres, Uzis en mano y camisas abiertas hasta el pecho, se asomaron al comedor haciendo una mala simulación de un film noir. La pareja de viejos saltó en sus sillas como títeres cuyos hilos pierden el control. Les impresionaban las armas, les impresionaban las enormes y ágiles panzas de los hombres cubiertas de pelos y los deslumbraba el resplandor de las cadenas y pulseras doradas de ambos. Desperdigaron porcelana y comida a su alrededor mientras emitían pequeños chillidos de animal cazado. La jóven madre que alimentaba a su hijo se quedó como si la hubieran congelado súbitamente. El niño empezó a gritar a todo pulmón al ver el par de sudorosos hombres con narices aplastadas y manos tan tensas que parecían garras de ave de rapiña.
Tom Wright aprovechó la brevísima confusión para extraer su pistola. Gritó lo más fuerte que pudo:
-¡Alto! ¡Esto es todo un error!
Conscientes del ángulo al escuchar que la voz venía de su espalda, los hombres dieron media vuelta apuntando hacia el lobby. El gesto fue suficiente para evidenciar quién era quién. Todo el mundo corrió a cubrirse. Algunos se tendieron en el piso. Un mesero uniformado corrió hacia afuera seguido de un par de encorbatados. Se escucharon gritos histéricos, ruidos de cuerpos escurriéndose entre los muebles y objetos rodando. Varios de los aparentes huéspedes, una vez a cubierto, extrajeron armas a su vez. Todo el lobby parecía leche hirviendo que se derramaba con desparpajos de alientos fétidos.
En todo el corredor se escuchaba el griterío. De la recepción marcaban desesperadamente un número telefónico. Puertas se somataban, objetos rodaban por el piso. Hasta en la calle se oían gritos. Tom Wright se escurrió del pilar hacia la pared lateral a manera de tener cubierta la espalda en caso de que alguno la emprendiera contra él. El griterío y la histeria se intensificaron. Se escucharon ruidos de cristalería quebrándose en salones contiguos, como si algún mesero hubiera dejado caer una bandeja repleta de vasos y cubiertos. El aprovechó la confusión para buscar la puerta lateral. Comprendió que salir del hotel iba a ser poco menos que imposible. Sin embargo tenía qué intentarlo. Tendiéndose a tierra avanzó sobre sus codos.
Uno de los hombres que anteriormente estuvo en amena conversación telefónica cargó una pistola y apuntó en su dirección pero no disparó por alguna razón. En ese momento los de las Uzis entraron al lobby con la rapidez de calamares desplazándose en el mar. El súbito ulular de una sirena los distrajo. Aprovechando el ligero parpadeo él se paró y llegó a la salida lateral.
Se hubiera escapado. Pero justo cuando sus dedos palpaban la certeza del cristal de la puerta y sentía la serenidad del aire nocturno, cuatro hombres armados entraron por la misma y lo encañonaron. Una mortificación fugaz casi lo obligó a reírse. Aquello era un homenaje paródico a Rabelais. El mejor lado del valor era la prudencia. Tirando su arma al suelo alzó las manos y empezó a gritar para que todos pudieran escucharlo:
-¡Mi nombre es Tom Wright! ¡Soy ciudadano americano! ¡Por favor informen a la embajada! ¡Llamen a la embajada americana inmediatamente! ¡Avisen a la prensa de mi secuestro!
Sus gritos paralizaron a todo el mundo como si tuvieran el poder de hipnotizar. Esa nueva pausa le permitió repetir su patético mensaje unas tres o cuatro veces antes de que los hombres, con un cierto aire de desconcierto, lo rodearan y le hicieran sentir en su cuerpo las frías puntas de las Uzis enmedio de una contenida rabia aunada al menosprecio. Lo tomaron fuertemente de los brazos y lo jalaron. Otros dos lo empujaron por la espalda. Así se lo llevaron a todo lo largo del corredor.
Al salir vio que la Cherokee Chief con vidrios polarizados que percibió momentos antes estaba parada frente a la puerta con el motor andando. Lo forzaron a subir al asiento trasero. Los hombres se encaramaron al vehículo, dos adelante y uno a cada uno de sus lados. Sintió sus sudadas corpulencias. Los trajes raídos daban la impresión de estar a punto de estallar. Las papadas salían como grasientos chorizos por encima de las camisas blancas de cuello rigurosamente almidonado. Un segundo Cherokee Chief apareció detrás.
Los mirones seguían toda la conmoción. Frente al hotel se habían congregado jóvenes vendedores de chicles con sombrero de petate, uno de vejigas, curiosos de todo tipo pero principalmente niños descalzos, algunos bolitos que no sabían muy bien lo que estaba pasando, sirvientas con sus novios, una mujer indígena vendiendo objetos típicos. Casi le hacían rueda a los vehículos. El hombre del asiento delantero abrió ligeramente su ventanilla, sacó el cañón de la Uzi, apuntó hacia el cielo y soltó una ráfaga. Inmediatamente todos corrieron en busca de escondrijo como cucarachas sorprendidas de noche en la cocina de una casa. El chofer de la Cherokee Chief hundió el acelerador y el vehículo saltó hacia adelante. Tom Wright sintió que se desnucaba con la violencia del arrancón. El segundo vehículo salió detrás.
4
Cuando Kukulkán y Vallejo escucharon el ruido era porque Ariadne ya entraba despavorida por la puerta con la cara morada. Se habían quitado los sacos, bajado el nudo de las corbatas, abierto los botones de la camisa que comprimían el pescuezo como salchichas y arremangado las camisas.
-Andar de traje y corbata en estos tiempos es tan incómodo y estúpido como andar con armadura en la época medieval.
-O con pelucas, medias y maquillaje en el siglo dieciocho.
-Yo me hubiera metido a hacer la revolución sólo para cambiar la moda y no tener qué volver a ponerse estos trapos.
-Razón tenían los hippies. No hay como los blue-jeans.
-Eso lo decís porque es tu mera generación.
-Ja, y vos pachuco de los años cincuenta no tenés ni mierda qué hablar, pisado. Ya te imagino a vos parado frente al instituto con una pierna contra la pared silbándole a las patojas que pasaban frente a donde Tuncho Granados.
-Yo era demasiado tímido. Eso lo hacían el Zurdo y Manzana.
-Andate a freir niguas, si ya se lo que hacías en Leipzig. Siempre le cae al pobre Zurdo. ¿Por qué nadie quiere al pisado?
-Por retorcido y arrogante. Cuanto le entra su sed de poder es más estalinista que Beria. Será por su complejo...
-¿Cuál de todos?
-Qué jodés. Sabés que lo rapó la policía militar cuando se metió al instituto, ¿no? Pero no es cierto que nadie lo quiera. Las mujeres lo adoran. Por eso se dejó su pelo estilo afro.
-Eso lo hizo pa' taparse la calvicie prematura, no me jodás.
En ese instante se confundió el griterío con la voz desesperada en la puerta.
-¡Soy yo!
Estaba sin aliento. Los ojos se le habían achicado y contraía los párpados para evitar que le brotaran las lágrimas.
-¡Era una trampa para todos! ¡El gringo cayó!
Mientras recogían los pocos papeles Kukulkán le daba vuelta a todas las variantes.
-¿Cómo es eso de que cayó el gringo?
-Nos sorprendieron hombres armados. El me salvó, empujándome hacia afuera.
-¿Era un operativo contra el gringo? ¿Estás segura?
-Segurísima. No estoy alucinando. El gringo me sacó de allí. Dijo que reestablecería contacto. Mandó esta notita.
Kukulkán la tomó, la leyó, la hizo una pelotita y la guardó cerca de donde pudiera echársela a la boca en caso necesario. Vallejo quemaba un papel en el lavamanos del baño. Kukulkán embutió los mínimos imprescindibles y se los distribuyó. Su frente estaba atravesada por una vena que parecía a punto de explotar.
-¡Luces!
Como por arte de magia se apagaron las luces. Vallejo reaccionaba con la instantánea rapidez de un velocista flaco, huesudo y musculoso tratando de ganarle un sprint a un corredor de fondo en el último instante antes de llegar a la meta. Ariadne se atragantó un vaso de agua para recuperar el aliento, se echó agua fría en la cara, se secó las manos cuidadosamente y ni bien dejaba la toalla tirada sobre la cama cuando ya Vallejo le pasaba el arma cargada y lista. En el mismo momento la voz de Kukulkán resonó por última vez antes de decretarse el silencio total.
-Vallejo primero. Ariadne en la retaguardia. El punto de contacto es la casa frente a la fuente de la alameda del Calvario en... Miró su sofisticado reloj con cronómetro. -...una hora. Ocho y media en punto. Esperamos solo cinco minutos y avanzamos al contacto de reserva. Ya. Rápido.
Vallejo abrió la puerta cuidadosamente mientras se parapetaba del otro lado de la habitación. El aire fresco invadió la suite. Las estrellas brillaban resplandecientes en los pedazos de cielo que no estaban cubiertos por opacas nubes amenazadoras de agua. No se detectaba movimiento aunque se percibía claramente la conmoción iluminada en el edificio principal del hotel, el ruido, vehículos, sirenas, gritos de muchedumbre, cuerpos moviéndose de un lado a otro como electrocutados. El jardín era un oasis de paz, lejos del multitudinario relajo.
Vallejo se tendió. Se asomó afuera apoyado en codos. Llevaba varias granadas al cinto. No percibió movimiento. Se hincó, luego se puso de pie. Escurriéndose a lo largo de su propia suite, que era una cabaña separada del resto de las otras, corrió hasta el muro lateral por donde anteriormente se había escurrido Ariadne. Era el muro que daba a la calle. Del otro lado había un cafetal. A medio muro había una puerta. Era metálica y angosta, utilizada solo por el servicio. La alternativa era escalar el muro y saltarlo. Pero era alto. Tenía chayes incrustados en el cemento y alambre espigado arriba.
Avanzaba como cangrejo, caminando lateralmente con la espalda pegada contra el muro, viendo para todas partes, el arma hacia adelante. La noche refrescaba rápidamente. El cielo se cubría más y más de nubes. Sin embargo sudaba. Sudaba copiosamente. Le caía por la frente y se le pegaba en las pestañas. Con la manga de la camisa se restregaba la frente de cuando en cuando para despejar su campo de visión. Sentía también el frío húmedo del muro contra el cual restregaba su espalda, calándole hasta la médula de los huesos. Cuando había recorrido la mitad de la distancia vio que Kukulkán salía e iniciaba un recorrido similar al suyo.
El jardín continuaba como un místico oasis de los hare-krishnas bañado de rocío y de una tenue luz azulada enmedio de la conmoción. Los ruidos, gritos, movimientos de vehículos y sirenas que provenían del edificio principal y de la calle eran más y más intensos. Parecía como si alguien hubiera dejado prendido un televisor con el sonido muy alto enmedio de un apacible barrio en el cual todos dormían. Sin embargo no habían pasado ni tres minutos desde que Ariadne había vuelto. A menos que el operativo estuviera super-planificado tenían tiempo antes de ser rodeados. No creía que fuera tan elaborado o el mismo gringo se hubiera dado cuenta antes de contactar a Ariadne. A menos que fuera parte de una conspiración mayor. Todo era posible en esta vida y en ese mundo que les tocó vivir. Casi sin creerlo llegó a la puerta lateral. Estaba cerrada con una cadena gruesa y un candado. Felizmente era un candado convencional. Puso manos a la obra y en lo que sintió eran horas pero en realidad no pudieron ser más allá de unos cuarenta y cinco segundos, lo había abierto. No hizo ni un solo sonido. Kukulkán venía acercándose. Ariadne comenzaba a asomarse por la puerta de la suite.
Lenta, cuidadosamente, empezó a abrir. Tenía el arma lista en caso que lo estuvieran esperando del otro lado. Pensaba en que Kukulkán tenía qué sobrevivir. Era lo único que importaba. Se volteó. Kukulkán se escurría por el muro. Podía ver la tensión en su mandíbula que resaltaba los músculos bajo los pómulos. Jaló la puerta. Las bisagras chirriaron. Mantuvo firme el dedo en el gatillo. El ruido le pareció lo más sonoro que había oido en su vida. En realidad era un leve chirrido que había que estar muy cerca para escuchar.
Terminó de abrir. Esperó. No se escuchaba nada. Respiró profundo, tensó los músculos, abrió los ojos lo más que pudo, pensó en la Paulina, una guapísima amante chilena que tuvo años antes, y saltó a la calle. No había nadie. Divisó una Cherokee Chief estacionada frente a la ruina de San José el Viejo. Se veía el resplandor rojo de una sirena que estaría frente a la fachada del hotel. Pero atrás, nada. El cafetal. La calle que conducía a la alameda. La sombra del volcán. Todo oscuro. Tranquilo. Volvió a asomarse al interior donde Kukulkán esperaba casi derretido contra el muro. Ariadne estaba tirada en el suelo frente a la suite. Vallejo dio la señal convenida. No había moros en la costa. Se volvió para afuera.
Kukulkán avanzó más rápidamente. Se deslizó hacia la puerta con la agilidad de un jaguar, las piernas saltando lateralmente e impulsando su peso hacia arriba y abajo, el arma enfilada hacia adelante. Ariadne corrió también hacia el muro. Cuando llegó se volteó para ambientarse al ángulo de visión. Confirmó que Kukulkán estaba por llegar a la puerta. Dirigió su mirada hacia el edificio principal. Entonces los vio.
Un hombre salió corriendo por la puerta del corredor que conducía a la piscina. Al pasar frente a los ventanales del restaurante su silueta quedó claramente visible. Estaba vestido de mesero. Pareció dirigirse hacia los vestidores de la piscina situados del lado opuesto. "Jorge," pensó. Estaba segura. Era uno de los compañeros que trabajaba como mesero. Pero inmediatamente dos hombres más salieron corriendo por la misma puerta. Merodeaban en ese espacio empedrado y lleno de arriates entre los ventanales del restaurante y la piscina propiamente dicha. Sus cabezas giraban en todas direcciones buscando su presa. Ariadne se dio cuenta que los iban a descubrir.
Volvió a ver a Kukulkán. Seguía deslizándose hacia la puerta. Casi estaba allí. Ella inició un proceso parecido pero al mismo tiempo lanzó un silbido que imitaba un grito de pájaro. Kukulkán lo escuchó y se detuvo. Estaba a menos de un metro de la puerta. Se volteó y vio a los dos hombres corriendo hacia la piscina. Vio para el otro lado. Su objetivo estaba cercano al lobby. Muy pronto más de alguno iba a salir hacia el jardín lateral por la puerta por donde Ariadne escapó. No había tiempo qué perder. Se abalanzó hacia la puerta lateral. Los hombres percibieron el movimiento y gritaron.
Sin pensarlo Ariadne abrió fuego. Pensó que entre la conmoción del edificio principal este intercambio pasaría desapercibido. Al recibir la descarga los hombres se tendieron. Kukulkán saltó hacia la calle. Ariadne corrió como loca hacia la puerta.
Ya en el piso uno de los hombres alzó su Uzi y soltó una descarga. Ariadne sintió como si la acabara de atropellar un auto. Una fuerza atroz la levantó del suelo en vilo, y perdió noción de qué quedaba arriba y qué estaba abajo. Luego de dar vueltas en el aire como si flotara, viendo pasar las estrellas, la grama, el hotel iluminado, cayó y sintió el sabor de tierra húmeda entre sus dientes, los terrones que bombardeaban sus ojos, sus orejas. Estaba demasiado aturdida como para enterarse de qué había pasado. Sacudió la cabeza. Trató de concentrarse. El arma. El arma se le había caído pero estaba a corta distancia. Se lanzó sobre ella. Sentía dolor de músculos por todas partes como si hubiera hecho deporte en exceso. El hombre con la Uzi corría hacia ella peligrosamente.
-¡Alto ahí! ¡No se mueva!
Alzó su propia arma, le apuntó. Pensó que no le iba a dar tiempo de disparar antes que él. La iban a matar. En eso se escuchó otra ráfaga. El hombre que corría hacia ella dio una gran vuelta de gato en el aire y cayó a tierra. Era un acto de magia. No entendía. Miró hacia el fondo del jardín. Jorge disparaba desde el lado opuesto. El otro hombre ahora se embarcaba en un tiroteo con él. Era su última oportunidad. Se paró. Estaba mareada. No podía controlar sus movimientos completamente, como si sus rodillas no aguantaran el peso de su cuerpo. Se recostó contra el muro, respiró profundo y avanzó hacia la puerta lateral. Sudaba copiosamente. Se limpió el sudor de la nuca y al verse la mano descubrió que estaba teñida de sangre. Avanzó. El hombre que había dado la vuelta de gato empezó a reincorporarse. No estaba muerto. Palpaba a su alrededor buscando su arma.
Ariadne se detuvo. Apuntó con cuidado. Contuvo el aliento. Dejó que el vaivén de su cuerpo se sincronizara para que la mira enfocara y soltó una descarga. El hombre rebotó del suelo al aire al suelo al aire un par de veces. El otro buscaba cobertura para continuar su diálogo armado con Jorge. Ella corrió hasta la puerta lateral. No eran muchos metros pero era un eternidad. Las piernas se le aguadaban. La vista estaba nublada por el sudor de la frente. Temblaba como si tuviera el principio de un ataque epiléptico. Le pareció ver venir más hombres hacia la famosa puerta lateral del lobby. Tres o cuatro. Pero ya no sabía si era realidad o alucinación. No parecían fijarse en ella. Corrió hasta su objetivo. Llegó. Se había salvado.
Pero no se había salvado. Salía a la calle empedrada justo cuando una Cherokee Chief llegaba a toda velocidad, pegando tremendo frenazo. Tan fuerte fue y tan cerca que sintió el olor de hule quemado invadiendo sus pulmones. Si hubiera salido un segundo antes el vehículo la hubiera atropellado. El ligerísimo retraso por tener qué apuntar más lento de lo acostumbrado al soltar la última ráfaga la salvó. Pero en cambio ahora tenía una Cherokee Chief bloqueando su camino. Casi con la lentitud de un sueño fastidioso levantó su arma y le disparó a quemarropa. Ni oyó la ráfaga ni se molestó en volver a ver a la derecha para verificar que no la acosaban desde la esquina. El arma se agitó, sintió la vibración sacudiéndole los músculos como un viejo vagón de ferrocarril, el golpe en el hombro y el olor acre de la pólvora. El hombre se evaporó. Ella siguió disparando. Había otro a su lado. De haber otros dos en el asiento trasero la hubieran perforado como colador. Pero era su día de suerte. Se bajaron para entrar al hotel. Venían solo dos. Los cristales volaron en todas direcciones. Le cayeron encima como lluvia de diamantes que reflejaban luz en mil destellos, un un chisporroteo ardiente de cristales. Con un reflejo condicionado que sorprendió el lado consciente de sí misma y que parecía observarla desde por encima como si se hubiera despegado de su cuerpo, empezó a mover las piernas aguadas y adoloridas para correr en dirección del cafetal.
-¡Por aquí! ¡Yo te cubro!
Era la voz de Kukulkán. Parecía rebotar por todas partes como un eco. La cubría pero ¿de dónde? Dio casi media vuelta. La Cherokee Chief, descontrolada, siguió rodando y pegó contra el muro del hotel. Percibió flashazos. Alguien disparaba desde la esquina. Era todo un chisporroteo nuevo. Estaba parada a media calle. Volvió a dar media vuelta. Le costaba mantener el equilibrio. Sentía que se movía lentísimamente pero si no se caía. El viento que le agitó el cabello zumbando como el silbido de una cobra fue la única indicación de que algunas balas pasaron cerca. Se dirigió hacia el cafetal, más como alguien que anda en una maratón de caminata que corriendo de verdad. Oyó el chasquido del acero cuando algunas de las balas pegaron contra el empedrado. Vio dónde estaba Kukulkán por el fuego de su Galil. Corrió hacia él. Escuchó el motor de un vehículo.
-¡Viene otro carro! ¡Corré para este lado!
"Este lado" era el lado opuesto a la banqueta donde estaba el hotel. Vio que Kukulkán extraía un objeto de su cinturón. Como un pitcher de béisbol arqueó su cuerpo y lanzó en forma parabólica un objeto contra la Cherokee Chief ametrallada. El objeto cruzó el cielo como un meteorito antes de caer en el vehículo inmóvil. Nomás fue caer y explotó todo. Se iluminó el cielo, desaparecieron las estrellas, se sintió un calor de playa inaguantable como si de pronto ya no estuviera en Antigua de noche sino en Iztapa al mediodía en plena Semana Santa. Un viento la levantó de la tierra, la alzó en vilo y la llevó como sobre una alfombra mágica hasta los pies de Kukulkán. Llegó rodando prácticamente antes de derrumbarse como una borracha.
En la creciente oscuridad éste le agarró la mano. Venía otra Cherokee Chief. Ahora sí eran cuatro tipos. Se distinguían claramente por las ventanillas. Pero la explosión del primer vehículo los obligó a detenerse y les cortó el campo de visión. Jaló bruscamente a Ariadne hacia la protección del cafetal como quien jala un costal de papas. Atravezaron diagonalmente. En la otra callecita los esperaba un Volkswagen celeste que fue estacionado allí por los compañeros horas antes, previendo un incidente como el que estaba teniendo lugar. Kukulkán tenía el duplicado de la llave.
Llegaron amparados por la calma. Kukulkán sacudió el llavero como si buscara alejar a los demonios. Abrió la portezuela casi arrancándola. Empujó a Ariadne hacia adentro golpeando su cabeza contra la orilla superior. Corrió alrededor y se introdujo en el asiento del conductor. En el instante en que arrancaba con una sensación de suma lentitud apareció en la esquina otro vehículo. Por el espejo retrovisor vio que una cuadra más lejos aparecía un segundo vehículo y también doblaba hacia ellos.
Aceleró. Estaban en línea recta y no podía cruzar hasta llegar a la alameda. Avanzó hacia la brillantez amarilla de la misma con el instinto de las mariposas nocturnas, sintiendo una tenue protección enmedio de la sombría frescura de la callecita en la cual zigzaguaba para ser un blanco más difícil. Vio que disparaban pero no escuchó nada ni recibió ningún impacto.
Llegaron a la alameda. Agarró el camino hacia Ciudad Vieja. Les había sacado una ligerísima distancia. Pasó frente al hotel Ramada. En dirección contraria venía un pick-up Toyota. Dejó que ambos vehículos se acercaran. Con un súbito impulso, dio un timonazo. El Volkswagen patinó. Lo enderezó. Frenó bruscamente. El carro quedó atravezado, bloqueando el camino. El pick-up paró a escasos metros para evitar el encontronazo. Kukulkán saltó para afuera, jaló a Ariadne casi rompiéndole la muñeca y el antebrazo en el proceso y se dirigió a la cabina del Toyota. Ella se agitaba como araña de Corpus y su rostro tendría una expresión de silencioso dolor.
-¡Sacanos de aquí! ¡Traemos a la judicial detrás!
En lo que gritaba instrucciones llegó a la cabina y abrió la portezuela del lado opuesto. Los ojos del hombre eran un mar de auténtico terror. Intentó tartamudear algo sin conseguir emitir sonido. Fosilizado frente al timón permitió que Kukulkán introdujera a Ariadne, cuyos síntomas de ahogamiento eran penosos. Luego se introdujo él mismo, somatando la portezuela. El hombre ni se fijó que sus pantalones se oscurecían conforme sus riñones transformaban el miedo en orines.
-¡Rápido! ¡Media vuelta! ¡Yo te digo por dónde salir!
El pick-up inició el lentísimo movimiento para dar vuelta en U en una calle estrecha. Parecía que la maniobra duraba siglos. Avanzaban a la izquierda. Palanca al retroceso. Retrocedían hacia la derecha. Palanca de vuelta a primera. Avanzaban hacia la izquierda. Volvían a retroceder. Avanzar.
Empezaba a acelerar cuando aparecieron los vehículos. Al ver el Volkswagen bloqueando el paso el primero dio tremendo frenazo para evitar la colisión. El segundo casi le pega en el baúl. Cuatro, cinco, seis hombres saltaron de ambos y empezaron a empujar el Volkswagen para quitarlo del camino y continuar la persecución. Maldiciendo con todas las malas palabras inventadas en castellano rompieron el cristal para soltar el freno antes de arrastrar el vehículo hasta la orilla, ametrallándolo allí para ventilar su frustración. En ese gesto primitivo e inútil perdieron los preciosos segundos necesarios. Una vez reiniciada la marcha el pick-up había desaparecido como si se lo hubiera tragado la tierra.