CAPITULO CINCO
1
La mesa era la misma. Parecía como si sus usuarios se especializaran
en acumular periódicos amarillentos en pilas desordenadas. Surgían
como fantoches empolvados por todos los rincones del cuarto. De tan altas
que eran las pilas se inclinaban unas contra otras. Aumentaba el número
de tazas sucias y de ceniceros sin lavar. Para ellos el café y los
cigarros eran tan importantes como las noticias diarias en la televisión.
La mesa era el punto neurálgico de la dirección del frente
urbano. Allí se planificaban el vórtice de actividades que
tomaban lugar cotidianamente en la ciudad. Que había que embutir
algún mensaje para la montaña, o para México, o para
Costa Rica ("Pedile al Tino que se quede trabajando otra vez esta noche,
vos, porfa."). Que acababa de llegar un embutido con sugerencias del comandante
en jefe ("Ah, la gran chucha, otra vez aquel se mandó sin consultar...").
Que se planeaba un nuevo accionar para las organizaciones revolucionarias
de masas ("Hay qué mantener ocupado a ese pisado del Pablo que si
no, o se chupa todo el pisto en el Club 45 o nos forma una fracción.").
Que fulano y sutano tenían días sin aparecer y se temía
que habían caído en manos del enemigo "(Vos, aquel dice que
desde la primera noche cuando pasó por la casa esa les dio el silbidito
de siempre y que no contestaron. Le dio cosa y se fue a la mierda hecho
huevo."). Que había que planificar sesiones para formar nuevos militantes
y cuadros medios ("Tenemos que formar la columna vertebral comunista de
esta mierda porque si no, en ese movimiento amorfo pisado nos comen el
mandado los curas."). Que había qué redactar un nuevo análisis
de coyuntura nacional e internacional ("Puta, muchá, el frente internacional
está presione y presione que qué pisados le dice a la prensa
sobre el secuestro de Gray."). Que había que preparar un nuevo número
de la revista de la organización y escribir sus artículos
("Vos, cerote, echate el güiri güiri de la cuestión étnica
y yo me echo uno sobre los sindicatos, pero cuidadito con corregirme el
estilo, pisarrín."). Que había qué organizar un nuevo
operativo para comprar juguetes en Panamá y meterlos al país
("Al pisado del Damián ya no lo mandás porque con eso de
la pantalla se gasta un pistarrajal comprándose tacuches y quedándose
en los mejores hoteles. No tienen principios los cerotes.").
Las actividades estaban rigurosamente compartimentadas. Sólo Kukulkán
y Vallejo participaban de todas las decisiones. Ni siquiera Ariadne podía
hacerlo aunque todos sabían que estaba capacitada. De llegar a pasarle
algo a cualquiera de ellos ocuparía su lugar aunque no le gustara
al comandante en jefe.
-Ese pisado pa' lo único que quiere mujeres es pa' que le sirvan
su cafecito bien caliente mientras carbura. O pa' quitarse la goma. Cuando
le salen arrechas como la Bruja las deja el pisado aunque sean las madres
de su hijo y el padrino sea el Ché. No aguanta las mujeres chingonas.
Consciente de que más temprano que tarde iba a ser la primera mujer
en llegar tan alto, Ariadne balanceaba su comportamiento entre una rigurosidad
a prueba de balas y una actitud lisonjera hacia Kukulkán que le
molestaba a ella misma pero que no podía controlar.
Cada vez que se sentaba en la mesa Vallejo se ponía frente al afiche
con su rostro. Los ojos de la foto saltando hacia él le reafirmaban
la distancia recorrida desde los años de la escuela secundaria dedicados
a perseguir muchachitas bien como la Carmencita Fischer, a nadar y nadar
en la piscina de su casa hasta llegar a ser casi campeón nacional
en crawl y mariposa y a organizar excursiones a los volcanes de Agua y
Pacaya en el Liceo Javier. Hacía mucho de eso. Recordaba sus años
locos en París poco antes del 68 donde conoció por primera
vez a gente del eje y de miles de organizaciones de todo el mundo: vascos,
palestinos, eritreos, irlandeses, tupamaros, montoneros, y las mil variantes
del marxismo y marxismo-leninismo habidas y por haber. Fue el período
de su fase trostkista. De las inacabables discusiones sobre el "Documento
de marzo de 1967" escrito por el ahora comandante en jefe. El de beber
con Roque Dalton y pelearse sobre si Bola de Nieve tenía una voz
más meliflua que el Benny Moré. Cuando descubrió a
Elena Burque y después de varios toques de haschisch con opio llegó
a jurar que la salsa era más importante que Beethoven. El de los
insomnios en las primeras horas de la madrugada, solo en su buhardilla
parisina después de bajarse varias botellas de vino barato, garabateando
poemas para borrar la mordiente nostalgia por la chava que lo había
abandonado.
-No me mirés con esa cara que no he dicho ni mierda contra el sexo
débil. ¡Ay, jodida, duele!
Después ya había sido volver al país, organizar clubes
de excursionistas que poco a poco hacían algo más que subir
volcanes, incorporarse gradualmente. Ahora estaba allí, frente a
frente consigo mismo, viendo sus otros ojos que lo veían de vuelta
reimaginándolo pero que también veían hacia arriba
como si contemplaran las montañas azuladas que se perfilaban incesantemente
en un horizonte que no terminaba de llegar del todo pero que se anticipaba
premonitoriamente. "Oh, azules altos montes" como decía el poema
de Juan Diéguez Olaverri. Lo importante era no dejar nunca de reirse
de sí mismo.
Ariadne lo observaba con cuidado. Su intensidad era lo que lo hacía
atractivo. La enormidad de esa frente en la cual parecían dibujarse
cada uno de los miles de pensamientos que fluían simultáneamente
por todo su largo y ancho con conexión directa hacia la boca que
mascullaba sin cesar acerca de la transformación del planeta de
un mundo bipolar a un mundo multipolar, acerca de las implicaciones de
un nuevo orden económico internacional para Centroamérica
o sobre la necesidad de perfilar un programa para darle una fisonomía
más partidaria a la organización que no dejaba de ser sino
un movimiento muy amplio y heterogéneo.
-Es que cómo son, y encima malhablados.
Ariadne era también capitalina pero clase media. Nada de piscinas
y viajes a París. Colegio de monjas, eso sí, y tuvo suerte.
Las monjas se radicalizaron y ella se fue en la colada. Si no por allí
andaría de ama de casa con algún marido aburrido, tejiendo
en punto de cruz y asistiendo las tardes a tecitos o a "baby showers."
La ironía era que ahora también lo hacía. Era una
de sus tareas para enterarse de lo que las jóvenes señoras
casadas con los nuevos ejecutivos que controlaban la Cámara de Industria
y Comercio estaban pensando. Detestaba hacerlo, le chocaba, pero estaba
consciente de la valiosa información que obtenía. De puras
noveleras y por tratar de impresionar a sus comadres, las señoras
soltaban la lengua y decían más de lo que debían.
Así había salido la información sobre Gray.
Kukulkán entró de último. Ya para entonces Vallejo
acababa su primera taza de café y encendía el segundo cigarro.
-Qué cantidad de humo, compañeros.
-Ja, qué de a huevo va la virgen, y vos con tu pipa ¿pues?
-Pero la pipa no hace tanto daño como esa porquería que vos
fumás. Parecen cigarros de tusa.
-De envidia se te caen los ojos, pisarrín. Es la última cajetilla
de Gauloises de las que me trajo el "Lagartija."
-Va, pues. Y por cierto, ¿qué hubo con el ¿"Lagartija"?
-Anda en México entrevistando a Cara de Angel, pero nos publicó
el comunicado en Le Monde Diplomatique. Le cortó un par de
párrafos el baboso pero salió bien.
-¿En español?
-Y en francés también, pa' que veás. Ni que fuera
uno...
-Bueno. Date tu paquete. Y entrémole a la reunión porque
voy a tener un contacto en... menos de una hora.
-Dale pues. Ni quién que te lo esté impidiendo.
-Sho. Cayénse los dos. Pónganse serios y que hable Kukulkán.
-¿Vos vas a tomar nota?
-Mi triste destino de mujer. Ya ni lo discuto con ustedes dos, par de machistas.
Dale nomás.
-Bueno. Hablé esta mañana con Arlequín. Van a pagar.
Ya está arreglado el contacto. Va el gringo en persona.
Ariadne levantó la vista del papel.
-¿Vas a ir vos también en persona?
Kukulkán hizo un movimiento afirmativo de cabeza y bebió
un gran trago de café.
-Aquí está la clave. Al hablar por teléfono hay que
referirse a la compra y venta de tejidos indígenas...
-Contestame directamente por favor.
-Sabés que tengo que ir.
Vallejo se aclaró la garganta y se interpuso en medio de la conversación
con aire profesorial.
-Ariadne tiene razón, comandante. Dijimos que van a tratar de agarrar
a los que vayan a ese contacto.
-Es lo que quieren. Por eso tengo que ir. Arlequín...
-¿Quién manda en esta organización? ¿Vos o
Arlequín?
Kukulkán se quedó perplejo ante el inadmisible tono de reproche
de Ariadne.
-Suficiente, compañera. Reconozco el riesgo pero se lo que estoy
haciendo. No nos metimos a esto para andar con vainas. Tenemos que ser
audaces al planificar y luego ejecutar la acción con prudencia.
Dejemos de una vez por todas este punto. En cuanto a la clave, huipil significa
recompensa...
-Antes esta organización la dirigía un exquisito y un audaz.
Ahora esas características se han juntado en una sola persona pero
el resultado no es una síntesis sino un corto circuito...
-¡Suficiente! ¡No quiero volver a oír un solo murmullo!
-A la hora de tomar una decisión me disciplino. Pero mientras tanto
tengo voz para opinar e ideas qué traer a la mesa. ¡Y no me
gusta que me regañés como si fueras mi papá! Si dije
lo que dije es porque no tomás en cuenta ni lo que dije ni lo que
Vallejo dijo, que es una preocupación real, no algo subjetivo...
-Ya tranquilícense muchá que el tiempo corre. Decilo a las
claras. ¿Por qué pensás que tenés que ir?
-Porque soy el cebo para que el ratón caiga en la ratonera.
-Pero el gringo también puede ser el cebo pa' que vos caigás...
¿No hablaste de eso con Arlequín a calzón quitado?
-Cierto. Así es este negocio. Llega siempre el momento en que uno
queda frente a frente y los dos tienen que jugársela. Como un bluff
en póker. Este es uno de esos momentos. Por eso vamos a planificar
con extremada prudencia. Pero no por eso vamos a dejar de rifarnos el físico.
¿Estamos? Así que dejemos tranquilos los calzones de Arlequín
y estudiemos este cuadro...
Ahora ya no hablaba con la voz metálica que empleaba cuando rumiaba
la enjundia de una réplica adecuada sino una ligeramente canturreada
que no por eso perdía su firmeza ni su ligero dejo de militar acostumbrado
a dar órdenes.
-Espero que el bluff funcione, porque si perdemos esa apuesta estamos
pisados.
-Mejor aún, vamos los tres. No podemos dejar la seguridad del comandante
en otras manos. Así que como los tres mosqueteros.
2
La habitación del hotel había perdido un ligero grado de
claridad porque el sol se encontraba cerca del mediodía y ya los
rayos no penetraban diagonalmente por la ventana. Sandra estaba ligeramente
cubierta por la fina sábana de algodón que buscaba adecuarse
de la mejor manera a su figura. El negrísimo cabello desparramado
sobre la almohada contrastaba con lo blanco de la sobrefunda. Era una satisfecha
cabeza de Medusa convencida de sus facultades para deslumbrar a su tímido
Perseo.
No menos desafiante que el encuentro entre la más apasionada de
las Gorgonas y el emisario de Atena había sido el torbellino que
incendió la pieza. Los besos se impregnaban en el cuerpo de cada
uno con la violenta afirmación que solo la certeza de la muerte
cercana o la premonición de estar amando y resistiendo simultáneamente
puede tener. El abrazo cargado de deseo y de nostalgia por una adolescencia
idealizada traía consigo el júbilo de la conquista, de la
rendición y de cruzar el Rubicón hacia un destino inexorable.
Era una confrontación de orgullos, un duelo de animalitos salvajes
que extenuados por la lucha se entregan plácidamente a lo inevitable
sin perder ni una gota de soberbia. Después de adormitarse en el
hueco de los brazos de Sandra, Tom Wright saltó de la cama y corrió
hacia la ducha. Ella se quedó perpleja pero despeñadamente
sonriente.
-Hay un huapango que me gusta mucho ¿sabés? ¿O es
un son huasteco? Igual. Se llama Cascabel. ¿Querés
que te lo cante?
-Como quieras.
-Bueno, ay va. Poné atención. Las palabras son importantes.
-Me cuesta fijarme en esas cosas.
-Tu problema. Your loss. Ahí va...
Cuando salió del baño ya traía puesta la camisa, la
ropa interior y luchaba por saltar dentro de los pantalones con las consabidas
dificultades que la relajación postcoito genera. Ella vio que murmuraba
entre dientes. Le preguntó:
-¿Qué decís?
-Nada.
-No te hagás. Decíme.
-Había jurado que no iba a dejar que pasaran estas cosas...
-Qué cosas, querido. Estamos siendo muy indirectos.
-Let me not name it to you, you chaste stars!
-¡Púchica! ¡Nos ponemos literarios! ¿Oímos
algún matiz de hombre viejo hablando? ¿Se trata acaso de
alguna metamorfosis psíquica? ¿O acaso te has convertido
en el profeta-filósofo que predica la renunciación aunque
utilice el acento de Eros?
-¡Ay, Sandra! Sabes que tenía compromisos. Voy atrasado...
-¿Cómo dice el dicho de ustedes?
The best laid plans...
-Bueno, ya. Basta. Levántate rápido. Tengo qué irme.
-Mejor hablame en inglés porque estás que no aguantás
el acentito mexicano ese que se te chorrea como salsa de tacos mal masticados
cuando hablás en español. Cada cosa a su tiempo, amorcito.
Relajate. Y acordate. Yo no soy tu cheer-leader, ¿eh?
A mí me gusta tranquilo y sabroso y gozoso, nada de coger y correr
como si fueras de Cobán que sólo comen y se van...
-Oh, come on. Estoy con prisa, ¿de acuerdo?
-Eso lo reconozco amorcito y no tiene qué ver. Lo que estoy diciendo
es que podías ser más cariñosito, más, más
sensible... Al fin es la primera en quince años. ¿O pa' vos
no cuenta?
-Yes, Sandra. Sí cuenta. Discúlpame.
Se sentó a la orilla de la cama con los pantalones a medio meter.
Se inclinó hacia ella, colocando sus manos sobre sus hombros. Ella
se le quedó viendo con la boca entreabierta y los ojos claros abriéndose,
abriéndose, tranquilos como aguas serenas, engulléndoselo
entero con la mirada. Gozaba la pureza perfecta de quien ha disfrutado
un amor espontáneo que pulía los rayos del sol, soñolienta
como la nostalgia evocada por un viejo bolero profundamente evocador. Movió
ligeramente su brazo derecho para indicarle que hablara en susurros, que
no violara los silencios resplandecientes de la alcoba que se protegía
frescamente de la vibración del calor. El dijo:
-Listen, dear. No estoy tratando de ser un estúpido ni nada.
Me importa. Siempre me importó. Siempre pensé en tí.
-¿Hasta el día de tu casamiento?
-Sobretodo el día de mi casamiento.
-¿Por qué te casaste?
-Porque detestaba la soledad. Y me convenía...
-No por amor.
-No.
-Ni porque cogías rico con ella.
-Menos.
-Necesitabas que te metieran la comida al micro-ondas.
-Necesitaba familia, atención, sentirme reconocido.
-Pensaste en mí todos estos años...
-Pensé en tí todos los días.
-Y sin embargo nunca me escribiste, nunca me mandaste una tarjetita, un
telefonazo...
-No podía, querida.
-¿Querías olvidarme? ¿Arrancarme de tu vida?
-Tal vez sacarme la obsesión de mi cabeza.
-¿Pero hoy se te olvidó que me habías olvidado?
-Tranquila. It's just that...
-No nos pongamos melodramáticos. ¿A lo mejor no era más
que el discreto encanto de coger? Al fin, con lo ocupado que andás
no has tenido tiempo de echarte una cañita al aire. Y la mujercita
fiel nunca se va a imaginar que su marido es capaz, ¿no?
Se puso de pie como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
Caminó hacia la ventana contemplando el denso mediodía. Entre
agruras percibía fragmentariamente las pocas noches que habían
compartido en otros climas, en otros mundos, cuando todavía desconocía
que la felicidad se evaporaba con la misma rapidez de los espejismos. Los
instantes de dichosa paz, sabía ahora, eran brevísimos y
no dejaban sino un áspero sabor a centavo en la boca. Pero quedaba
siempre la altivez, el amor propio de sureño blanco grotescamente
reviviendo su tragedia de vencedores vencidos.
-¡Pues sí! ¡Si a su alteza le importa saberlo, sí,
me ha importado durante todos estos años! Pensé en tí...
-No escribiste nunca.
-Oh, fuck!, ¡Los hombres no escriben cartas!
-Oscar Wilde escribía cartas.
-¡Oscar Wilde era hueco!
-Todos los escritores escriben cartas.
-¡Todos los escritores son huecos!
-¿Hemingway era hueco? ¿Faulkner? Y a tí te gustaba
Dylan Thomas en la universidad. El no era hueco. Una vez hasta me repetiste
de memoria unas líneas de...
-¡Eran borrachos! ¡En el fondo es la misma cosa! ¡Son
débiles! Y ya con los tragos les entra la sentimentalidad, la nostalgia,
y escriben rapsodias de mal gusto...
-A vos te gustaban los poetas borrachos. Sos igual que ellos. Vos también
sos un sentimental con los tragos entre pecho y espalda. Hasta escribís
estando bolo. Una vez te descubrí pero me arrebataste los papeles
de la mano y los escondiste rapidito.
-Fuck you, Sandra. Yo no chupo tanto.
-Chupás. Lo hacías ya en la universidad.
-Shit, entonces era apenas un niño. Un niño.
-Todavía lo sos.
-¡No es cierto! Ahora soy...
-Un agente de la CIA. Es lo mismo. Además todos ustedes son siempre
niños. Nunca crecen como Peter Pan.
-¡Fuck! ¡Ya basta! ¡Ya!
Giró y caminó hacia la cama. La habitación cuya claridad
y limpieza era su único refugio de la ciudad amenazadora y maloliente
se le había repentinamente vuelto más hiriente y aterradora
que las calles ruidosas y estrechas llenas de charcos con yerbas descompuestas
y gente de miradas turbias, de hombres malencarados, oscuros, bajitos y
colochos, olorosos a fruta podrida. Se paró frente a ella. Le temblaba
el cuerpo como si estuviera a punto de sufrir un ataque epiléptico.
Casi atropellándola agarró con una mano la punta de la sábana
y la jaló hacia sus pies con violencia mientras aullaba embrutecido:
-¡Get dressed! ¡Ya! ¡Tengo que irme!
Los ojos de Sandra se agrandaron. El corazón le galopaba. Era un
caballo desbocado que se le salía por la boca. La mordía
y explotaba amarga bilis como si la hubieran perforado con un puñal
de sacrificio maya. En un solo movimiento saltó de la cama mientras
un áspero grito emergía de su boca. Le lanzó una finísima
escupida a los ojos, le perforó la mano con los colmillos, le arrebató
la sábana, se la enrolló alrededor del cuerpo y comenzó
a cocerlo a gritos.
-¡Imbécil! The hell with you! ¡Fue esto lo que
me alejó de usted, míster asshole! ¡Se cree el gran
chingón porque ha visto películas de James Bond y es muy
anglo, muy redneck, pero no es más que un pobre diablo, una
tuerquita vulgar en un aparato que ni controla ni entiende, pobre imbécil!
¡Comemierda!
El se replegó contra la pared. Se sobaba disimuladamente la mano
después de limpiarse los ojos. Sentía la sangre corriéndole
y un latido fuertísimo en las sienes como si le estuvieran pegando,
como si entrara en una burbuja que hacía aún más molesto
el resplandor de la claridad. Sus ojos veían todo como súbitos
incendios cubiertos por opacos velos.
-Fuck you, Sandra. Te casaste con un machote rico, un He-rre-ra.
No me hables mierdas ahora.
-¡Ustedes son tan pendejos que no entienden pero ni purísima
de lo que pasa por acá ni por qué hacemos lo que hacemos!
¡Piensan que todavía dormimos la siesta bajo un gran sombrero
y vivimos en los árboles! ¡Pa' mientras les metemos los dedos
entre el culo y ni siquiera se dan cuenta!
Era una catarata de palabras que caían como sonoras bofetadas una
tras otra. Con la última exclamación se ahogó la cólera
y, atravesada por un desgarramiento en el pecho que terminaba en la punta
del esternón y que le puyaba el abdomen desde dentro como si fueran
alfilerazos, se incorporó con ligereza y corrió hacia el
baño. El se quedó parado donde estaba, atónito, en
su burbuja opaca. Alcanzó a oir que la ducha se prendía.
El característico sonido del agua golpeando la bañera le
pareció un nido de cascabeles agitando simultáneamente sus
colas. El vapor inundó gradualmente la atmósfera de la habitación.
Como si estuviera reaprendiendo a caminar fue tomando una a una las prendas
de vestir que aún le faltaba ponerse. Las manos hechas un hielo
se le torcían, entraban al revés, perdía el equilibrio.
Tuvo que sentarse en la cama. Se le pegosteaban al cuerpo húmedo
de su propia ducha, del sudor frío de la tensión y del vapor
que inundaba despiadadamente la habitación.
-Fuck you Latins. Fuck this country.
And fuck you.
Terminaba de amarrarse su zapato Rockport, de los más anchos porque
su pie ahora insensible así lo requería (parecen tamales
desparramados sobre la hoja de plátano le había dicho ella
alguna vez, hacía ya más de 15 años) cuando Sandra
reapareció como un espejismo enmedio del vapor, su pelo empapado
colgándole sobre los hombros. Sintió un estremecimiento en
las arrugas de su voluntad. Ella se le quedó mirando y dijo en un
tono desprovisto de agresividad:
-Y en cuanto a coger, también dejan mucho qué desear.
En un instante se volvió a perder en los vapores del baño
como si no hubiera sido más que una tenue ilusión. Pero siendo
la línea entre su cerebro y su boca directa y ágil, y su
orgullo sensible, reaccionó a la increpación anterior.
-Ni sabías la diferencia en Tulane. Me imagino que este clima disoluto
ha intensificado tus apetitos y has experimentado las variantes que desconocías.
Toda esa educación católica que me restregabas en la cara
para justificar no acostarte conmigo ya es cosa del pasado y tu marido
debe ser un pobre cornudo que solo te sirve por su gordísima cuenta
de cheques.
-La verdad que esos matices los aprendí de tu hermana. No se si
sabés todo lo que me enseñó. Y además dejame
decirte, nenón, que a estas alturas de la vida a mi ya no me cogen.
Yo cojo. A quien quiero y cuando quiero. ¡Yo!
Cuando volvió a salir del baño ya estaba completamente vestida.
No había secadora así que tenía el pelo húmedo
colgándole al lado de los hombros, dejando una mancha oscura donde
se reposaba contra la blusa. Se quedó parada frente a él,
enredados en un largo silencio saturado de benévola melancolía.
Ella sacudió la cabeza tristemente.
-Qué bueno que te dejé. Lo mejor que pude haber hecho.
Las palabras laceraron una vez más su orgullo. Agotado como estaba
intentó todavía levantar una mano sin decidirse si era un
amago de bofetada o un intento de verdad. Ella en cambio no lo dudó.
Levantó su brazo izquierdo para detener el posible golpe mientras
le sonaba tremenda cachetada con la otra. El eco no se desvanecía
cuando ya somataba la puerta de la habitación. Lo dejó temblando
por esa furia que ni entendía ni podía controlar. Abría
y cerraba la mano derecha nerviosamente.
Una vez afuera Sandra trastabilló hacia el elevador. Gemía
inconteniblemente. Trémula y vacilante hacía esfuerzos sobrehumanos
por calmarse. Visualizó una situación similar cuando niña.
Llegó en condiciones parecidas a su casa después de una bárbara
pelea con su mejor amiga. Su distraído padre se impresionó
lo suficiente como para alejarse un momentito de los reptiles embotellados
para abrazarla y susurrarle frases cariñosas. "No llore mi florecita,
que a las que lloran así las pica el aspid que picó a Cleopatra."
Respiraba agitadamente con inspiraciones entrecortadas como si una mano
invisible le apretara los bronquios e impidiera que el oxígeno los
inundara. Se apoyó contra la puerta del elevador en el preciso instante
en que ésta se abrió. La sensación de vacío
al desplomarse le produjo vértigo. Reganó su equilibrio,
cayendo hincada y apoyando las manos contra la pared del fondo. En ese
momento el ascensor inició un viaje hacia arriba. El repentino jalón
terminó botándola completamente. Hubiera vivido la vergüenza
de ser descubierta sentada en el piso del elevador por la persona de dos
pisos más arriba si no es porque al abrirse la puerta no había
nadie. Empezaba a reincorporarse cuando el elevador salió disparado
hacia abajo y perdió el equilibrio de nuevo. Esta vez rebotó
un par de veces contra la pared opuesta. Al llegar al primer piso luchaba
por reganar su compostura como perro asustado por una tormenta eléctrica.
Un percutante dolor de cabeza le atravesaba las sienes como taladro.
Caminó pretendiendo mantener todo el control que sus nervios exhaustos
eran capaces de generar. Buscó con desesperación el único
teléfono público entre la cafetería y la puerta de
la piscina. Corrió hacia él como animal sediento y discó
un número. No terminó de marcarlo y ya le sonaba ocupado.
-¡Mierda! ¡Ya no se puede uno ni comunicar en este país!
Siguió intentando con agresividad hasta conseguir que le entrara
la línea.
-¿Aló? ¿Está el capitán Pacal? Gracias...
¿Capitán...? El ratonsote ya se comió el queso...
Sí... Me tengo qué ir... Adiós.
Colgó. Empezó a alejarse distraídamente. Las gentes
y las tiendas del hotel pasaban a su alrededor como niebla. Golpeó
con la mano una de las pilastras para recuperar su sentido de sí
misma. Respirando profundamente miró su reloj de pulsera. Al verificar
la hora volvió hacia el teléfono público. Le daba
dolor de cabeza sólo de pensar en llamar de nuevo. Hasta México
tenía teléfonos públicos por todas partes. Continuaba
desocupado pero un hombre estaba parado al lado. Miró alrededor
pero la brutal realidad de que había sólo uno en el mejor
hotel del país la hizo sentirse empequeñecida. Para su felicidad
el hombre se alejó de improviso. Corrió hacia el aparato
y visualizó la página de su libreta donde tenía el
número anotado en clave. Hizo un esfuerzo por recordar cada número.
Marcó. No entró la llamada. Insistió. Tuvo suerte.
A la segunda el aparato le dio línea.
-¿Aló? ¿Está el vendedor de tejidos? Pásemelo
por favor... ¿Aló? Sí. Me tengo que ir rapidito. Sólo
para decirte que la culebra avanza y va agitando los cascabeles. Sí.
De momento, todo como previsto. Cuidado con Pacal... Adiós.
Depositó el audífono en su sitio y caminó hacia la
puerta del hotel, buscando a sus guardaespaldas con la vista.
3
La casa de don Leonel parecía un hormiguero agitado. Por todas partes
pululaban hombres armados haciendo resonar ecos metálicos como si
estuvieran a punto de ser asaltados por un fantasmal ejército de
miles de efectivos. El ministro de la defensa estaba de visita. El general
detestaba a los viejos llenos de ínfulas que regañaban como
si no hubiera mañana. Sin embargo tenía que trabajar con
ellos. Ya no sería sirviente de los ricos pero todavía era
su socio. Además formaban parte de la misma coalición. Por
el momento.
El general estaba sentado en el sofá de la sala dejando que su abundancia
de carnes se expandiera hasta ocupar todos los recovecos posibles. Frente
a él, don Leonel y Alvaro se veían disminuidos. Al viejo
viscoso, arrugado y enjuto el ministro ya empezaba a tratarlo más
como a un niño que como una figura de completo respeto. Y Alvarito
era un niño de verdad a pesar de ser casado y con responsabilidades
importantes. Con una mujer guapísima además.
-Gran gusto tenerlo por aquí mi general. Sabrá que pese a
la reverencia que tengo por el trabajo de todos ustedes, campanadas me
han llegado ya de como van las cosas, y me pica la lengua por preguntarle
cuándo y dónde.
-Ya me lo imaginaba don Leonel. Yo no lo iba a molestar por cualquier cosita.
Usted me conoce. Hemos ocupado todo nuestro tiempo en trazar planes para
los años que vendrán y por fin parece que ya no son sueños.
El plan Cascabel va procediendo.
Los ojos de Alvaro se abrieron al escuchar el nombre.
-¡Cascabel! Yo no sabía que...
-Era confidencial. Pero ahora tenés que saberlo porque está
en marcha en este mismo momento.
Buscó a su padre con la vista. Don Leonel parecía rejuvenecerse
con la noticia. Se reacomodó en la silla, sentándose en la
orillita de la misma e inclinándose hacia el general. No quería
perderse ni una sola palabra. Acercándose también hacia él
e ignorando a Alvaro el general prosiguió:
-Mi agente habló hace poquito y me vine directamente. En este mismo
momento, veamos qué horas son, ya nuestro personaje va rumbo a su
contacto. Parece que lograron retrasarlo como queríamos. Ahora tendrá
qué usar el de reserva y los encontrará en la obscuridad.
El resto está bajo control.
Don Leonel se frotó las manos con jugosa anticipación.
-Estoy alardeando como viejo chocho. Discúlpeme. Ya se que es poco
elegante y decoroso. Pero después de sentir que me pasé toda
mi juventud luchando con fantasmas, es emocionante que en nuestra vejez
no sólo recordemos nuestras glorias juveniles sino que disfrutemos
del presente enmedio de tanta calamidad. Nuestros muertos no pueden regresar
pero aunque suene pomposo, me estoy saboreando el momento triunfal que
le da sentido a su aflicción. ¿Qué queda pendiente?
-Sólo que responda el departamento de Estado. Tenemos todo calendarizado
pero tenemos qué atenernos a la respuesta de...
Alvaro sentía que hablaban un lenguaje en clave que él no
manejaba. Con cierta timidez se atrevió a preguntar:
-La verdad, alguien debería explicarme lo que está pasando.
-¡Atenete a lo que se te diga!
-No. Está bien, don Leonel. Porque ahora vamos a necesitar a Alvarito.
Mirá. Esperamos que cuando el EGP secuestre al agente de la CIA,
el departamento de Estado reaccione duramente y se comprometa a eliminar
la subversión en el país...
-¿Pero no que nos convenía que no se destruyera el EGP pues?
-¡Quitate de ay!
-Tranquilo, don Leonel. Y vos Alvarito, no te preocupés. Este no
es El Salvador. Nosotros decidimos... A los americanos no les va a quedar
otra que apoyarnos porque ya están bien cogidos. -Suena canijo.
Y gracias por la confianza. Pero dígame señor ministro, ¿sus
contactos con ellos son seguros?
-Mucho más de lo que te imaginás, Alvarito. Mucho más.
Ni lo creerías si supieras.
El ministro contuvo una sonrisita aguda y maliciosa que le obligó
a cerrar los ojos dada la gordura del rostro rojo y terroso, mientras tamborileaba
en el piso con su bota.
-Usted me recuerda a alguien, general, pero no termino de ubicar a quién.
En cuanto se me venga le digo.
Afuera, el incandescente sol de una tarde que amenazaba con lluvia pero
que no se resolvía a soltarla debilitaba todo a su alrededor como
un súbito ataque de gripe que reducía el raciocinio y generaba
burbujas en la mente, lasitud en los músculos y lentitud en los
gestos y movimientos. La carne se pudría ante el tibio aire bochornoso
que no ventilaba sino que sofocaba más y la sangre se evaporaba
angustiosamente ante el deslumbrante resplandor blanco que rebotaba de
casa en casa calcinando los colores, que se reflejaba de vehículo
a vehículo como infinidad de rayos que convergían como lanzas
sobre las estrábicas pupilas para dejarlas ciegas de tanta luminosidad.