CAPITULO CUATRO
1
¡EGP OCUPA SOLOLA! decía el titular del periódico.
Abajo una foto apócrifa de hombres moviéndose con trajes
pintos y Galiles en la mano. El pie de foto pretendía que el escandaloso
tabloide tenía una fotografía "exclusiva" de la ocupación
del pueblo tomada por el fotógrafo del mercado local. Tom Wright
no tenía tiempo para dejarse seducir por su provinciana gracia.
La calidad era inferior al más mediocre periódico de pueblo
en su país. Se salvaban únicamente por estar suscritos a
cadenas internacionales de noticias, cuyas notas reproducían en
las páginas interiores en pésimas traducciones.
Sabía que en el consabido duelo que se empezaba a establecer con
un cerebro que aún desconocía, la toma de Sololá eran
pasos de animal grande. Tenía que descifrarlo, pensar con mucho
cuidado. De preferencia después de remojar su reseco cerebro con
un vaso de whisky con hielo. Su mano derecha se abría y cerraba
nerviosamente en anticipación del sudor gélido del vidrio
del vaso. Sin embargo el juego también era contra el tiempo. Y esa
era una comodidad de la cual no se disponía. ¿Cuántos
días tendría? Dieciocho era múltiplo de nueve, tres
por tres, fortuna cabalística. Era su problema, porque el número
era él. El teléfono sonó. Antes de levantar el auricular
se sentó, sabiendo que se le presionaba a actuar.
-¿Aló?... Sí... Soy yo... Seguro... Lo leí,
señor. Era lo que hacía en este momento... Lo se, lo se,
no soy ningún imbécil... Por eso vine. Exacto. Escuche...
Se quedó con el auricular en la mano. Había anticipado todo
menos que le colgaran el teléfono y se quedara oyendo el melancólico
pito del tono burlándose monótonamente de su predicamento.
Colgó lo suficientemente fuerte para descargar un ataque de furia
pero no tanto que lo dañara de veras y lo pusiera en la embarazosa
situación de tener que solicitarle otro al hotel, atrayendo así
atención sobre su persona. Tiró el periódico sobre
la cama. Flotó ligeramente, cayendo abierto a la mitad con las páginas
interiores desarreglándose y evidenciando un gran anuncio de brassieres
Maidenform modelado por una nada atractiva muchacha local con tristes pretensiones
de ser Bianca Jagger.
Aún no conocía a su contacto. Sabía que estaba disimulado
tras un puesto secundario en la embajada. Sabía también que
llegaría el momento en que tendrían que operar juntos. Idealmente
cuando hubiera liberado al banquero... y/o capturado al jefe del comando
que lo secuestró. Entonces rendiría cuentas y agarraría
el primer avión fuera de ese maldito país cuyo olor de muerto
era aún más fuerte que su belleza lujuriosa.
Sin embargo eso era demasiado simple. Además su contacto, como todos
los especialistas en la materia, tenía la misión de garantizar
la desinformación. De mantener ciertas noticias lejos de los titulares
de los periódicos. Entonces... sabía que la toma de Sololá
era real. Ignoraba las dimensiones verdaderas de la misma. Pero ¿por
qué había aparecido en los titulares de los periódicos?
¿No había censura? ¿No que era prohibido mencionar
a los subversivos en la prensa? ¿Quién había autorizado
la noticia? ¿Su contacto? ¿El ministerio de la defensa? ¿Ambos?
Y desde luego a esto lo seguía la siguiente pregunta: ¿Por
qué? ¿Cuál era el objetivo de dejar pasar esa información?
¿Preparar a la población de la capital para algo? ¿Lucha
de influencia entre su contacto y el ministro de la defensa? ¿Conspiración
del sector empresarial que controlaba la prensa? Tenía que desentrañarlo.
Su siguiente movida dependía de ese símbolo velado. El encabezado
era como una serpiente enroscada en el camino. Congelaba sus movimientos.
Tenía qué decidir si dejaba que se escabullera o sacaba su
machete para cortarle la cabeza. Pero el animal inmisericorde tenía
reflejos más rápidos que los suyos.
Se escuchó un toquido en la puerta. Respondió apenas al tercero.
Sabía que la decisión, intuida pero aún no formulada,
tenía que ver con lo que le estaba esperando del otro lado. Abrió.
Un botones impecablemente uniformado aguardaba sin expresión, portando
un azafate en la mano derecha. En el azafate había un papel doblado.
-Mensaje urgente para el señor Tom Wright.
-Soy yo.
Lo tomó. Luchó brevemente cuando la mano se le trabó
en la bolsa delantera del pantalón pero consiguió liberar
algunas pocas monedas. La expresión del botones no cambió
en lo más mínimo. Cerró la puerta tras de sí
y abrió la tarjeta inmediatamente. Decía: "Querido. Tengo
noticias importantes para tí. Encuéntrame en la piscina a
las diez. Besos. Sandra."
Una nube de desprecio invadió su rostro. No era lo que esperaba.
Hizo una bola con el papel y dejó que la cólera fluyera.
Lo tiró al suelo. Sí, quería verla. Pero era otra
serpiente en su camino. Ahora no podía distraerse. Sin embargo no
tenía pistas claras y estaba presionado por el tiempo. Pisó
el papel. Sandra era una Herrera. Quizás podría darle luz
sobre el asunto del periódico.
Habiéndose justificado con rigor protestante dejó que la
emoción de reencontrarse con la mujer se apoderara de él
como el vapor de una esencia de perfume. Empezaba a prepararse para bajar
cuando recordó el papel. Lo recogió con suavidad, lo puso
en un cenicero y le prendió fuego, observando cómo la llama
consumía rápidamente la bolita hasta no dejar sino una pila
de ceniza gris muy fina. Vertió las cenizas en el basurero y salió
apresuradamente de la habitación.
2
-Ya no estamos enojados entonces, ¿querido?
Sentada frente a ella a la orilla de la piscina en una mesita blanca de
metal, respondió cortante:
-Están pasando cosas serias en este país.
-Y me lo venís a contar a mí, querido, por dios.
Estaba igual de bella. Mentira. Estaba aún más bella que
el día anterior. El pelo negro le caía suelto a todo lo largo
de la espalda y la ligera brisa de la piscina lo elevaba apenas un poquito,
creando el efecto de que flotaba, de que levitaba. Lo miraba intensamente
con esos grandes ojos almendrados que lo desarmaban con la sola mirada.
La boca, cuyo labio inferior parecía una gran fresa madura, expresaba
una inimaginable mezcla de dureza y de la más seductora de las sonrisas,
ambos gestos trenzados entre sí con cada movimiento de labios. Se
inclinaba ligeramente hacia un lado al hablar como si quisiera recostar
su hombro contra uno y la tentación de acercársele y dejar
que lo hiciera era grande. La blusa tenía abierto el primer botón.
Era una blusa liviana. Cuando se movía hacia él dejaba ver
el nacimiento de sus senos apenas cubiertos de un fino, breve y transparente
brassiere. Parpadeaba por el resplandor del sol matutino reflejándose
en el agua de la piscina pero también por el esfuerzo de mover sus
escurridizos ojos lejos de la blusa que lo encandilaba como ratón
antes de ser engullido.
-How do you know?
-No te me hagás, chulo. Familias como la mía se mantienen
porque saben todo lo que pasa para capearlo con ventaja.
Hubo un silencio espeso como tufo pardo. Se sentía ridículo.
Además, en una guerra de miradas perdía en segundos. Para
romper la tensión adelantó con escasa sutileza sus manos
regordetas y prensó la de ella entre las suyas. El gesto, poco armónico
y nada elegante, estuvo a punto de provocar una carcajada que Sandra apenas
contuvo conociendo su susceptibilidad.
-Okay, disculpa. ¿Qué es lo que sabes?
-Es lo único que te importa, ¿verdad?
-No bajé por placer. Bajé por razones de trabajo.
-Ustedes no son humanos. Son robots.
-Somos tenaces. Tenemos suerte a veces. Pero por encima de todo somos profesionales.
Además, la suerte siempre es el resultado del esfuerzo invertido
en un trabajo.
Ahora si explotó Sandra en una sabrosa carcajada, tan fuerte que
podía oler su aliento del otro lado de la mesa. Ella agarró
su dedo índice, se mojó la punta en su lengua y luego hizo
una línea vertical imaginaria en el aire con el mismo dedo.
-Sure. Te vamos a otorgar un punto por esa reflexión, querido
profesional.
El no entendió la alusión. Se sentía demasiado tenso
como para que sus burlas lo entretuvieran. Conseguían sacarle gotas
de humor de la misma manera que el taladro del dentista le sacaba gotas
de sudor.
-Mi papá te manda saludes.
Recordó confusamente al viejo cuando visitó a su hija en
la universidad. No muy alto, flaco, medio calvo, bigotito blanco.
-Gracias. ¿Cómo está?
-Más viejo que cuando lo conociste.
La banal respuesta era típica. Imprevista y esquiva se perdía
siempre en movimientos laterales que distraían a su interlocutor
o exasperaban hasta generar un movimiento en falso. -Bueno, ya. Hablemos
de negocios.
Se quedó silenciosa. El sintió que cada segundo se prolongaba
indefinidamente, como si lo hubieran dejado en barbecho. Era un largo martirio,
como si corriera cuesta arriba cargando un pesado bulto bajo el pegajoso
sol tropical.
-Bueno pues. No tengo toda la mañana.
-Claro que no, querido. Para tí el tiempo es oro.
Se paró. Sentía un picoteo en el hígado como si se
hubiera apretado el cincho más de lo que su descuidado vientre aceptaba.
En el instante en que lo ganaba la impaciencia y se daba media vuelta para
alejarse ella lo tomó de la mano.
-Esperá... Es serio... sentate.
Volvió a sentarse. Se inclinó hacia él con un gesto
de melodramática complicidad.
-Tom, fuentes de mi confianza me han informado...
-¿Qué?
-Que el EGP tiene planes para secuestrarte.
La noticia le cayó como si un boxeador acabara de noquearlo. Pero
sólo por un corto instante. No dijo nada. Cuando recibía
información crítica su rostro permanecía inexpresivo
hasta que el flujo de adrenalina disminuía y el proceso lógico
racional podía reiniciarse. Construcción creativa lo llamaba.
-¿Me oíste?
-Te oí.
Susurraba palabras expulsando viento por entre los dientes y la lengua
como si fuera el silbido de una serpiente. A él se le habían
olvidado detalles en esos quince años.
-¿Entonces qué? ¿Me voy a esconder bajo mi cama?
Sandra se mosqueó. Volvió la cara hacia la piscina con un
movimiento brusco. Advirtió que le temblaban los labios.
-No, pero...
El no podía estarse quieto. Multitud de emociones lo asaltaban como
champán agitado. Pero ante la ligera descompostura de ella los viejos
instintos volvieron a salir a flote.
-Es una manera de encontrar a Gray en poco tiempo.
Alzó el vaso de whisky con soda con varios cubitos de hielo flotante
e hizo un gesto de brindar a su salud.
-¿El banquero? ¿Por eso estás aquí?
Ella frunció el ceño. El se rió incierto, luego acentuó
el gesto histriónico como si fuera un sordomudo. Después
se quedó callado, con aire ausente, bebiendo otro sorbo de su trago.
-No importa por qué estoy aquí. No vine de vacaciones.
-Veniste a rescatar al banquero secuestrado, ¿no es cierto?
-Tal vez vine a secuestrar a un comandante del EGP...
Lanzó un suspiro de satisfacción al comprobar que las palabras
surtían el efecto deseado.
-¡Qué! ¡Estás...!
Le preocupó la sorpresa que ella manifestó. Instintivamente
miró alrededor para cerciorarse una vez más que nadie los
escuchaba o se fijaba en ellos. Sandra se golpeó la frente para
dramatizar lo descabellado de la idea. Le tomó la mano para forzar
una reacción de complicidad.
-¡Shhh! Por favor...
-Pero...¿te diste cuenta de lo que dijiste?
Volvió a reírse, esta vez con una cierta melancolía.
-Dije secuestrar un comandante del EGP. En este país y en este trabajo
todo es posible, querida.
-¿Por qué me lo dijiste?
-Porque no se lo he dicho a nadie más.
-¿Y? ¿Qué tiene que ver...?
-Quiere decir que si después recojo ese rumor entre los chismes
que circulan por esta ciudad que adora... gossip...
-Las bolas...
-...las bolas, solo hay una persona, una sola, que habría podido
originarlo.
Se sonrió socarronamente. Bebió reflexivamente y volvió
a colocar el vaso sobre la mesa con un pulso ligeramente tembloroso. Ella
le indicó con el dedo que se acercara. Se inclinó hacia Sandra.
-Querido...
-¿Sí?
-Fuck you.
-Ahora que lo decís, ¿no lo hicimos ya hace quince años?
Sandra arqueó los labios en un gesto de repugnancia. Saltó
como un resorte, titubeando sólo durante un mínimo instante
en que los labios temblorosos indicaron un contenido impulso de gritar.
Dando media vuelta se alejó furiosa. Tom Wright tuvo una visión
súbita de esa misma escena, quince años antes, un rumor de
adolescencia que lo golpeapa como oleaje del mar. Los pasos largos, decididos
y cargados de una energía casi eléctrica, los brazos bamboleándose
rítmicamente al lado de la curvácea cintura, el pelo flotando
ligeramente con la suave brisa como un súbito vuelo de pájaros,
la ternura melodiosa de su trasero que casi lo obligaba a correr como sonámbulo
tras ella e implorar perdón.
3
-¿Secuestrar a un comandante del EGP? ¿Está loco?
-Para nada. Pero es la segunda persona que me lo dice hoy.
-Ah, la gran.... Peligroso que ya alguien más sepa de esto. Pero
además, ¿cómo jodidos propone hacer semejante hazaña?
Pacal dio media vuelta y empezó a caminar a lo largo del corredor
del ministerio. La luz amarillenta y la falta de ventanas creaban un ambiente
de estrechez que resaltaba sus pasos. El extraño eco claustrofóbico
retumbaba hasta el techo. Tom Wright explicó con un ligero tono
de hastío:
-Nugan Hand va a exigir como condición para pagar el rescate que
un comandante esté presente cuando se entregue el dinero.
Pacal parecía fatigado. Tom Wright le daba vueltas y vueltas a lo
que acababa de enunciar, ensimismado por la idea.
-¿Y entonces? Lo agarra así nomás...
Pacal hizo un gesto de agarrar un objeto invisible con la mano y cubrirlo
con la palma de la otra. Se le quedó viendo con los ojos fijos y
una ligera expresión de sorna que apenas se detectaba en la comisura
de la boca.
-Ya le diré los detalles. Confíe en mí.
-Eso mismo dijo su anterior presidente y dejó que los sandinistas
tomaran el poder.
-Bueno, no exageremos tampoco. Pero piense. Si agarramos a un comandante
no tendrán que volver a ser humillados como ayer.
Dejó ir las palabras con clara precisión. Estaba pescando.
Quería saber cómo reaccionaba Pacal ante la acusación.
El capitán se le quedó viendo y en cuestión de centésimos
de segundo la expresión de los ojos se disolvió de un odio
intenso y certero a una gentil sonrisa cargada de ironía.
-Usted sabe que Sololá no cuenta. Los dejamos operar para terminar
de cuadricular nuestra información y destruirlos en cuanto acaben
las lluvias.
-Tal vez... pero salió en los periódicos. Contribuye a crear
un clima de pánico y los hace aparecer como incompetentes.
-El señor ministro ya le explicó a los señores del
CACIF.
-¿Y el público? ¿La gente de la calle?
-Esta es Guatemala. Se maneja desde arriba la cosa...
-¿Por qué dejaron que saliera la noticia en los periódicos?
Pacal no contestó. Se dio un cuarto de vuelta y levantó la
vista con infantil concentración como si fuera un inspector de techos.
De perfil relucían más que de costumbre las cicatrices de
su cara.
-¿Sabe mi gente...?
-Este es un país soberano. La embajada sabe lo que tiene que saber.
Al entendido por señas.
Cauterizó el arrebato de cólera con una sofocada risa.
-Dígale eso a Gray... o a la prensa.
Pacal bajó la cabeza e indicó con la mano que volvieran a
su oficina. Había tocado un nervio importante.
-La única manera de eliminar la amenaza de una vez por todas es
capturando su cerebro. Así puede obtener toda la estrategia, los
planes... y se desmoronan como muñecos de lodo. La debilidad de
estas organizaciones es su estructura vertical. Todo depende de la cabeza.
Los militantes no tienen margen de autonomía. Son como los mayas
clásicos. Se capturaba a los sacerdotes y sus seguidores se rendían
sin pelear. O bien huían sin saber qué hacer, como pollos
con la cabeza cortada.
-Si es tan fácil ¿por qué ustedes no ganaron en Vietnam?
Hubo un largo silencio. Sintió que para volver a ganarse su confianza
tenía que darle respuesta a la espinuda pregunta.
-Era diferente. Para empezar hubo el problema del negocio de las drogas.
Algunos temían que el fin de la guerra implicara el fin del negocio
de la heroína. Oficiales vietnamitas de la línea dura estaban
más interesados en su cuota de poder personal que en ganar, algunas
de las familias importantes hacían negocio con la ayuda que mandábamos
y no querían ver ese cordón umbilical cortado ni perder sus
ganancias, y...
-Usted es tan listo. Desde luego sabemos que nada de eso pasa aquí,
que ésta es una guerrita fácil de ganar, ¿no?
-¿Sucede aquí?
El capitán se enderezó. Soltó su clásica carcajada
cuyo hipócrita eco fanfarrón resonó como lento derrumbe
por el corredor. El diente de oro brilló con la luz amarilla y reprodujo
su imagen como espejo, creándole la impresión de ser prisionero
de un diente monstruoso. Pacal le colocó el brazo sobre la espalda
de manera un tanto brusca y lo dirigió hacia el interior de su oficina.
-Desde luego que no, Mr. Wright. Esta es estrictamente una cruzada anti-comunista.
El bien contra el mal. Simple. Por eso es que nuestra causa le gusta a
sus fundamentalistas sureños.
-¿Y usted lo cree?
-Lo que yo crea no viene al caso en este momento.
Concluida la ironía cortó la risa súbitamente. Consideró
que no convenía empujar el asunto y anunció que se retiraba.
4
El edificio del aeroclub era pequeño, cuadrado, de cemento macizo
y muchos ventanales. Se veía aún más pequeño
debido a la enorme cantidad de avioncitos a su alrededor. Uno pensaría
que una cantidad inimaginable de guatemaltecos había optado por
el avión como su principal medio de transporte. Los había
de todas formas y colores, desde los más pequeños, simples
y de un solo motor con hélice hasta los ligeramente mayores y con
dos motores. Todos tenían como característica la capacidad
de aterrizar en pistas de tierra, en pistas en malas condiciones. Eran
aviones para volar a fincas y el lodo que salpicaba sus lados testimoniaba
su fatigosa tarea. A veces ese mismo lodo era conveniente para disimular
el número de serie del avión.
Don Leonel, en un traje que parecía mal cortado por lo mucho que
había disminuído de peso desde que se lo talló el
sastre, y Alvaro, más bajo de estatura e infinitamente más
efusivo, caminaban hacia uno de esos aviones bastante cubiertos de lodo.
Una enfermera morena y gordita que parecía piñata en forma
de ganso ayudaba al viejo a sostenerse de pie. Los guardaespaldas de ambos
los seguían muy de cerca proyectando casi una inocencia juvenil
de clausura de escuela.
-¿Y cómo salió lo del material?
-Sin novedad.
-¿Y entonces? ¿Por qué esa cara?
Alvaro no sabía a qué se refería su padre. Imaginó
que algo estaría delatando con su rostro y con el sigilo de un ladrón
se preguntó qué. Llegó a la única conclusión
que le pareció posible por haberla ruminado la noche anterior.
-Me preocupa el gringo... ¡Ahora quiere secuestrar nada menos que
a un comandante del EGP!
-¡Baboso! Lo van a matar nomás.
-Ya lo sé, pero nos va a acarrear un trancazo de problemas. Mirá
lo del banquero...
-¿Qué sugerís?
-Pues encontrar la manera de sacarlos de aquí sin que vengan más
gringos a meter las narices en lo que no les importa.
-Esa es tu chamba. Para eso te mandé a estudiar a los Estados Unidos.
Pa' que sepás cómo lidiar con esos.
-¿Por qué me atolondra siempre con tanta pregunta?
-Esa es mi chamba. Tengo que actuar mi papel de finquero regañón.
Como dijo el payaso del circo Navarro, no es ningún pecado que un
hombre se dedique a su vocación.
El curtido rostro de perro de caza de don Leonel con sus grandes patas
de gallo a la orilla de los ojos no cambiaba de expresión durante
los intercambios. Solo los ojos brillantes como brasas delataban su pasión
y la perenne sed de salirse con la suya, evidenciando un muy brusco sentido
de humor.
Sus guardaespaldas lo ayudaron a subirse. Casi lo tenían que cargar
en sillita para meterlo dentro del aparato. Uno de ellos se quedó
en el mismo que Alvaro y don Leonel. Los otros se subieron a un segundo
avión. Ambos arrancaron su motor, lo dejaron calentar el tiempo
prudente y avanzaron como insectos hacia la punta de la pista. Rítmicamente,
en el rápido silencio amodorrado de la tibia mañana, los
dos aparatos se abalanzaron como un niño que juega a la rayuela
hacia el color cobrizo del horizonte oriental rodeado de nubes moradas.
5
Las campanas de la iglesia cercana empezaron a repicar a todo vuelo. El
aire pesado de humedad dejaba escapar un olor acre tan opresivo como la
fina lluvia descolorida que caía del cielo. El sabroso olor a tierra
mojada que le evocaba la inocencia de su niñez en compañía
del tañido de las campanas no atenuaba la desolación que
sentía Vallejo al rendir parte sobre el reciente operativo en ese
cuartito descascarado.
-¿Así que sólo se recuperaron dos armas en la acción?
Vallejo se sentía como un imbécil. Frenó su respuesta
como para reexaminarla antes de lanzarla al centro de la mesa.
-Ya sabés que sí, pues, no me rompás los huevos.
Ariadne se frotaba las manos nerviosamente. Como siempre que estaba inquieta,
empezó a hablar con gran rapidez y sin hacer ninguna pausa.
-Temíamos su reacción comandante, porque pensamos que iba
a decir que era un desperdicio de esfuerzo con las columnas que movilizamos
y todo ese parque desperdiciado en las paredotas de como un metro de grueso
que ni cosquillas les hacían...
Al escuchar que el soliloquio de Aridane empezaba a perder su ritmo enmedio
de un mar descriptivo, Vallejo consideró oportuno intervenir:
-Acordate, pisado que hemos insistido en la necesidad de morteros. Aquí
está la prueba tangible de que sin ellos no vamos a ninguna parte.
Vallejo sentía que el corazón lo latigueaba entre las sienes,
sobretodo al ver evaporarse la transparencia de Ariadne que rápidamente
se convertía en insolente nerviosismo de ojos tristes. Kukulkán
sacó de la bolsa de la camisa su pipa, colocó un tanto de
tabaco y la encendió. Permanecía inexpresivo. Se puso de
pie, inhaló profundamente la pipa y empezó a hablar en un
tono sorprendentemente tranquilo que contradecía la tensión
de los músculos y la dureza de la vista.
-Lo de los morteros es vieja historia pero ustedes saben que la isla se
opuso por favorecer a los guanacos. Es casi tan vieja como cuando yo chingaba
a los muchachos recién llegados a Leipzig con ver quién de
todos cogía primero con alemana. Yo le ofrecí al comandante
en jefe conseguirlos por mi cuenta en Panamá pero la Dirección
Nacional salió con sus vainas de siempre y el cura que nombramos
a la dirección me volvió a maldecir por no creer en dios.
Yo creo que eran celos de... del cerote de un frente que ni quiero acordarme,
que ve y controla su territorio casi como señor feudal y le pasa
revista a todas las muchachitas que se le aparecen enfrente.
Se hizo un nuevo silencio. Kukulkán aspiró la pipa otra vez
con los párpados semicerrados. Los otros dos esperaron a que retomara
el hilo de sus pensamientos sin atreverse a comentar.
-Ahora, dicho lo anterior, creo que la acción fue un éxito.
-¡Un éxito! ¡Andá contale eso a tu nana!
-Claro que es lo que vamos a decir en nuestro comunicado de prensa pero
se me hace peligroso que nosotros mismos caigamos en este triunfalismo
con todo el parque que...
Los ojos duros silenciaron a Ariadne.
-Un éxito en serio.
-No seás lengüero, pisado.
Kukulkán se volvió a sumergir en el silencio. Su cara casi
no se movía. Aparentaba indiferencia pero los ojos y los músculos
de la mandíbula que parecían estar masticando perennemente
un difícil trozo de carne dura con exceso de nervio traicionaban
completamente su intención. Sus gestos eran una mezcla entre un
pachuco de los años cincuenta, un cadete de la politécnica
en traje de civil y un generoso médico de pueblo.
-El ejército no le va a decir al gringo de la CIA cuántas
bajas tuvo y cuántas armas perdió. Y si le dicen el gringo
no lo va a creer porque le va a parecer tan exagerado que va a pensar que
le están dando atole con el dedo y va a desconfiar de ellos. La
acción sirvió para impresionar al gringo. Y el mismo ejército
tenía interés en impresionarlo. Dejó que la noticia
saliera en los periódicos. De paso se ganaron la desconfianza del
gringo. Ahora el gringo va a querer recuperar al banquero más que
nunca. Incluso...
-¿Simón mi comanche?
Vallejo lamentaba siempre cuando se le salía esa burla pero era
un reflejo que no podía controlar.
-Va a querer capturar a quienes cobren el rescate.
-¿Será? Es que me parece... descabellado...
Ariadne rara vez dudaba, hasta el punto de que Vallejo la martirizaba burlándose
que iban a ser militantes cegados por la mística como ella que organizarían
los "domingos rojos", días de trabajo voluntario, cuando triunfara
la revolución. Las pocas veces que expresaba desacuerdos le salían
con una voz de niña recién bañada.
-Ya van a ver. Espérense nomás.
Vallejo empezó a correr mentalmente con la hipótesis. Su
cabeza estaba carburando y daba la impresión de sacar chispas al
considerar alternativas, planteándose diversas posibilidades.
-¿Entonces? Podemos... eh... montar un operativo...
-Así te ponés por haber fumado tanta mota, pisado. Se te
cruzaron por allí todos los cables y ni a putas se destraban.
-Barajo. Ustedes me los cruzaron con las chingaderas que me hicieron en
México después de dejarme colgado en la isla un par de años...
-Qué de a huevo. Vos solito te pusiste neurótico. Acordate
lo que te dijo el comandante en jefe, que en un año te habías
ido de la casa con piscina de tu papá, te habías casado con
una mujer mayor, habías tenido un hijo y te habías ido a
recibir entrenamiento militar a Cuba, cómo putas no ibas a andar
loco.
-Puta ya salís otra vez con la mierda del sicoanálisis.
-Yo no he dicho nada más que recordate.
-Además en esa época no fumaba todavía, repisado,
eso fue después...
-De tu desviación trotskista.
-Ya shó. Con lo seriecito que andábamos antes pues.
La plática eliminó la tensión del ambiente. Kukulkán
dejó que volvieran al tema y que Vallejo pensara en voz alta. Gozaba
viéndolo hablar solo a mil por hora mientras él se paseaba
a lo largo de la mesa e inhalaba su pipa masticando la punta de la misma,
los ojos fijos en la pared donde había un afiche con el rostro de
Vallejo.
-Vamos a tener que prepararle una fiesta de sorpresa.
-¿A mí?
-No. Al gringo.
Al volverse hacia Kukulkán, Vallejo se quedó viéndose
a sí mismo. No era la primera vez que veía el afiche pero
nunca dejaba de sorprenderse de ver sus mismos ojos mirándolo a
él y a través de él, como si fuera una imagen forjada
por su propia inteligencia con la capacidad para verse como personaje dramático
y artífice estético. Se sentía como el autor de su
mismo personaje. El papel se iba poniendo amarillento pero los ojos seguían
igual de penetrantes. Verse en el afiche era como pararse enfrente de un
espejo cóncavo.
En realidad no era un afiche. Era una hoja doble de la Prensa Libre.
Hasta arriba, con un tipo muy grueso, estaba su nombre legal: Gabriel Augusto
Fuentes Paz. Luego su foto. Inmediatamente abajo de la foto, en tipo ligeramente
menor que el de su nombre, decía "Miembro del EGP." Seguía
un ligero espacio y luego un texto que casi se sabía de memoria
y había repetido más de alguna vez enmedio de sus sueños:
"Gabriel Augusto Fuentes Paz, alias `Vallejo' es un jóven guatemalteco
que en lugar de aprovechar el privilegio de ser estudiante universitario
y la oportunidad de obtener una profesión para beneficio propio
y de sus compatriotas, se dedicó a organizar el grupo de violencia
estudiantil llamado FERG, con el que realizó actos de terrorismo
tanto en la ciudad capital como en el interior del país; actos que
ahora continúa realizando en una escala mayor, como miembro de la
banda extremista de corte comunista llamada EGP. Por sus actos subversivos,
Gabriel Augusto Fuentes Paz, alias `Vallejo', es un peligro para usted
y para Guatemala."
Seguía otro espacio en blanco y luego, "Denúncielo a los
Tels. 37-04-95, 20-2-21 al 26 o a su autoridad local --OSN, Organo de Seguridad
Nacional." Concluía con el lema de la OSN: "Mantener la paz también
es asunto suyo."
Kukulkán lo había pegado en la pared hacía algunos
meses diciéndole, "de adolescente quisiste ser cantante de rock
n'roll y ver tu cara en un afiche. Ya la hiciste, papá. Aquí
estás. Mirate nomás, estás re guapo."
6
La oficina era pequeña y apretada. Un pequeño cajón
en un edificio moderno de construcción barata con los techos demasiado
bajos. La única ventana estaba sellada. Una angosta columna de vidrios
se abrían como especie de persiana veneciana a un lado de la misma.
Dificultaban la capacidad de una bala de entrar desde la calle pero cargaban
el ambiente. El aire acondicionado funcionaba mal. Había pilas de
papeles por todas partes formando estructuras casi geométricas.
Parecían triángulos, pues al subir se inclinaban ligeramente
y se recargaban unas contra otras, guardando un precario equilibrio. En
las partes superiores de las paredes que las pilas de papeles aún
dejaban descubiertas habían afiches de todo tipo, incluyendo los
que la seguridad había publicado sobre las celebridades locales.
Tom Wright reconoció la foto que lo miraba a los ojos como una de
las que Pacal le había mostrado en el trayecto del aeropuerto al
hotel.
-Yo foy Behemoth. Fiéntese.
El hombre no se levantó ni le extendió la mano. Apenas si
alcanzó a indicarle con la punta de la barbilla en cual de las dos
sillas frente a su escritorio debía sentarse. Mala seña,
pensó. Bonita manera de conocerse.
-Después de su llamada teléfonica pensé que era urgente
que nos conociéramos para evitar malentendidos.
Behemoth no pareció escuchar las últimas palabras.
-Tengo aquí toda fu papelería. Fiento como fi nos conociéramos
de mucho antes.
En inglés el hombre tenía un ligero acento de la Nueva Inglaterra.
Era evidente que trataba de disfrazar sus "e" y sus "r" infructuosamente.
Cualquier idioma que hablara lo hacía con un ceceo extraño,
como con una deformación del labio o de la lengua que parecía
selectiva si no se le prestaba la atención debida. El rasgo distintivo
convertía el tono paternalista y autoritario en un pastiche. Leyó
un rato los papeles en silencio. -¡La idea del fecuestro es una eftupidez!
El bigote gris le infundía el aire de prepotencia que su hablar
le restaba. La redondez de rostro evidenciaba amor por los buenos platos
y la avanzada calvicie luchaba por infundirle un aire de serena autoridad
traicionado por los labios temblorosos y los dedos regordetes manchados
de nicotina.
-Señor, pienso que la información que podríamos obtener...
Pero el hombre no lo había convocado a su oficina en la embajada
para escuchar argumentos que conocía de sobra.
-Tenemos fuficiente información fobre efta organización,
gracias a los archivos que Náscar capturó en México
en 1976. ¡En efte momento, no es efo lo que necesitamos!
No conocía a su interlocutor pero era fácil adivinar la naturaleza
de los jefes de misión centroamericanos. Por más hedionda
que fuera la guerra sucia tenían qué barrer la basura bajo
la alfombra y dejar el ambiente inodoro y reluciente por si una gira de
congresistas esculcaba los vínculos con los militarotes como Pacal.
-Y sin embargo cuando por fin pudimos ver los papeles que el ejército
guatemalteco había capturado en diciembre del ochenta quedó
claro que ya no era la misma organización del setenta y seis. Habían
crecido. Habían cambiado su táctica, habían desarrollado
una línea de masas...
-Ahora andan a la defensiva. Eftán desarticulados.
La selectividad de su rasgo distintivo quedó en evidencia.
-Ocuparon una cabecera departamental ayer. Tienen secuestrado a un banquero
y todavía tienen mucha simpatía...
El hombre abrió la gaveta de su escritorio, dejó que sus
dedos merodearan por breves segundos y extrajo una gastada cajetilla de
cigarros sin filtro. Sacó uno sin ofrecerle a su interlocutor y
lo prendió con manos temblorosas. Inhaló profundamente y
se echó para atrás en su silla, perdiendo el equilibrio durante
una fracción de segundo.
-Efcúcheme, Wright. Fe lo digo yo. Ya perdieron la iniciativa. El
tiempo le probará que yo tengo razón. Además ufted
lo único que quiere ef llevar la cabeza de un comandante a Langley
para que lo promuevan.
El tono se había relajado con la fumada. De mandón pasaba
a profesorial, con un acentito metálico que puyaba los nervios.
-¡Francamente! No entiendo su lógica para nada. ¿Qué
tipo de información es la que pasa a Washington? Allá no
hemos...
-No fe me empiece a enojar, Wright. Además, por fi no lo fabe, ufted
y yo eftamos en departamentos distintos.
Se sorprendió y trató de disfrazarlo. El hombre le ganaba
la delantera y dejaba entrever una sonrisa cínica al exhibir información
que él no poseía.
-Fí, Wright, no eftamos en la misma eftructura. Afí que ufted
no tiene por qué faber cuál ef el tipo de información
que yo envío a la compañía y, por lo demás,
fi quiere fu cabecita de comandante, vaya, búsquela y consígala.
El operativo Nugan Hand eftá enteramente en fus manos ¿o
no?
El hombre se paró. Era más bajo que él y bastante
cuadrado. Estaba vestido de sport. Tenía la camisa abierta hasta
la mitad del pecho, exhibiendo una gruesa cadena de oro y una maraña
de pelos grises.
-Mis instrucciones eran que tenía que consultar con usted.
-Fus instrucciones eran de liberar al banquero fano y falvo, no de capturar
comandantes, ¿o no?
-Mis instrucciones son de liberar al banquero sano y salvo por el
medio que considere conveniente sin excluir ninguna opción o alternativa.
Tengo libertad de acción en ese sentido.
-Entonces ejérsala.
-Lo estoy haciendo, señor. Y lo hago consultando con usted, que
también era parte de mis instrucciones.
El hombre se le quedó mirando como si fuera un caballo en venta.
Caminó a su alrededor y lo miró por detrás. Se volteó
para confrontarlo y recibió la humarada en los ojos.
-Veo que fomos novatos en efto...
-¡Tengo ya 10 años de servicio!
-Empujar papeles en Langley lo hace cualquiera. Aquí lo que fe necesita
ef picardía. ¿Fabe que uno de los fubversivos fentroamericanos
ha dicho que para que triunfe la revolución fe necesita marxismo
y huevos? Yo digo casi lo mismo. Para impedir que triunfe fe necesita picardía
y huevos. Hacer las cosas con mucho instinto, con olfato muy fino y con
desdén por los manualitos de Washington. Y ufted, mi querido, Wright...
-Me ofende, señor.
-Pues oféndase. Con tal que reaccione.
-Vine a verlo sólo porque mis instrucciones decían...
-Ya fe, ya fe. Pues para que lo fepa, las mías dicen que tengo que
escucharlo... pero no decirle lo que debe hacer.
-¡Me dijo que la idea del secuestro era una estupidez! Y que la información
que se tenía...
-Efas fon mis opiniones, Wright. Es ufted imbécil ¿o qué?
Efo ef lo que yo pienso. Pero no fon órdenes. Yo no eftoy facultado
para darle órdenes a ufted. Fólo consejos. Fólo opiniones.
Lluvia de ideas. Protegerlo fi llegara a fer necesario. Apoyarlo operativamente
fi ufted mete la pata y fe mete en líos. Pero nada más. Nada
más, ¿entiende? Gente como ufted es la que hace pensar a
los nativos que fomos babosos.
-No es exactamente así, señor.
-No pues. Qué va a fer. Nada ef nunca "exactamente afí."
Y el que cree que ef, fiempre ef embrocado por baboso.
-Usted es duro, señor.
-Tengo años aquí. Más de los que ufted fe imagina.
Y detesto que me manden gringuitos limpios y puros que fe creen de a de
veras efo de que efta ef una cruzada, una guerra fanta, y que nadie va
a tratar de cogerse a fu mujer allá mientras ufted falva al mundo
libre en las tenebrosas felvas tropicales...
-¡Señor!
-Póngase las pilas Wright. Efta mierda ef jodida y nadie que fe
meta deja de falir embadurnado.
-Ya veo por donde viene señor. Basta. ¡Basta ya!
Behemoth volvió a sentarse. Tom Wright cerró los ojos y apretó
los puños. Se prendió como si fuera un chaleco salvavidas
a la imagen de la casa de su niñez en los suburbios de Nashville.
Una casa luminosa, brillante, amplia, clara, ventilada, sobretodo eso,
bien ventilada, y él con sus dos hermanas jugando con ropas brillantes
en el amplio y ventilado jardín, amplio y oloroso a yerbas frescas,
amplísimo, donde su padre los había ayudado a construir un
refugio antinuclear para protegerlos del fuego atómico. El refugio
se había convertido en su escondite favorito, en la casa de muñecas
de sus hermanas, en el sitio donde huía de la potente fortaleza
de una madre desposeída de fuerza seductora y mágica, de
la indiferencia de un padre que se avergonzaba de su debilidad física
que garantizaba desde ese entonces que no jugaría en el equipo de
futbol americano, de la tiranía de sus hermanas, cómplices
entre ellas, para cavar la fosa en la cual enterraban su inutilidad y su
impotencia. Pero él los salvaría cuando llegara el ataque
atómico. Este nunca había llegado pero ahora Guatemala vería
quién era él. El tamaño del gallinero variaba según
la calidad del gallo.
Como si quisiera apartarse de lo superfluo de una debilidad apresurada
borró rápidamente el recuerdo de su niñez con un padre
de opacos ojos grises enmedio de una pecosa carne rojiza y transfirió
su atención a Behemoth. Su pretensión de disociarse de los
"gringos" no era sino una máscara igualmente ridícula a la
suya. La camisa abierta hasta medio pecho. Todo el país, Sandra,
Pacal, los míticos guerrilleros, no era sino un gran baile de disfraces,
una ficción enmascarada donde todos pretendían conjurar una
magia que no poseían. Soberbia templada por sentimentalismo. En
eso sí se confundían gringos y locales.
-Una última cosa, señor. Y ya lo dejo en paz.
El hombre lanzó una carcajada y los ojos se redujeron en tamaño
pero aumentó su brillo.
-Con confianza, Wright. Aquí eftoy para fervir a todos los jovencitos
recién llegados como ufted.
-¿Habría alguna posibilidad de que Gray hubiera sido enviado
a este país como carnada para que la guerrilla lo secuestrara? ¿Podría
estar también trabajando para nosotros?
El hombre frunció el seño. Una cortina gris cayó sobre
su rostro. Se balanceó ligeramente en su silla. Con igual rapidez
el color le volvió a la cara. Los labios se voltearon hacia arriba
en una abierta sonrisa.
-¡Falga de aquí, Wright! ¡Ufted fabe que no puedo contestarle
efo! ¡Corra! ¡Corra!
Ahora fue a Tom Wright al que se le iluminó el rostro. Sonriendo,
se despidió efusivamente y en un sólo movimiento desapareció
tras la puerta de la oficina.
7
-Entonces véalo así, Pacal. No importa si Gray lo sabía
o no. Era carnada para la guerrilla...
Cuando hablaba el vapor se pegaba en los vidrios del vehículo. Tom
Wright recordaba los largos viajes de niño con los vidrios cubiertos
de vapor haciendo figuritas de animales con el dedo índice. Las
evocaciones de su triste niñez, es decir, de su niñez feliz
cuya historia había convertido ya de adulto en triste, le evocaban
siempre una intensa melancolía.
-¿Pero por qué diablos iba su propia gente a hacer eso?
La impaciente voz de Pacal lo importunaba. Entre incrédula y petulante
denotaba el tono de quien lo sabe y lo ha visto todo.
-Para pescarlos, Pacal. A la compañía le gusta pescar y Gray
era la carnada. Los tiburones lo vieron, dieron vueltas a su alrededor
y finalmente mordieron. Ahora nos toca jalar la cuerda y sacarlo fuera
del agua.
-"¿Nos?" Eso suena a mucha gente, cara pálida.
Se sorpendió ante semejante expresión. Quiso bajar el vidrio
y recordó que no era posible por razones de seguridad. Estaba tan
fijo como la calcomanía con la cabeza triangular enmedio del círculo
rojo. "Sólo los que vencen tienen derecho a vivir." Deseó
que funcionara el aire acondicionado y tamborileó los dedos sobre
el respaldo del asiento delantero.
-Lo siento, Tom. Es un chiste de por aquí. Nos gustan mucho los
chistes, ¿sabe? Al rato ya esto se habrá convertido en operación
tiburón. Para que vea, déjeme contarle lo que le dijo el
lustrador al general Lucas cuando salió a lustrarse los zapatos
al parque central...
-Otro día, Pacal. No tenemos mucho tiempo, ¿sabe?
-Sí, como no. Tiene usted razón. Es que ya vio cómo
es uno. Poniéndonos serios entonces, pa' que no diga que uno tampoco,
usted estaba diciendo que nosotros, es decir, usted y yo...
Multitud de ideas asaltaron la mente de Tom Wright como burbujas de Alka-Seltzer.
Empezó a hablar en el tono de voz que sólo empleaba cuando
los hilos parecían estar en su lugar.
-Bueno, no. En realidad no. Es nuestra operación, ¿sabe?
Pero sí voy a necesitar de su asistencia... si el ministro de la
defensa está de acuerdo, desde luego.
-¡Desde luego! Sólo un poquito de ayudita, ¿no?
-Así es.
Pacal gesticulaba en el aire como un director de opera planificando el
montaje de la misma. A pesar del kepi, el pelo se le escurría para
un lado y para el otro. Las cejas subían y bajaban conforme los
ojos se agrandaban o achiquitaban visualizando la perfección escénica.
-Silenciosa, no muy visible, no muy oficial...
-Usted me entiende.
La repetitiva carcajada se volvió a desatar con estruendo de catarata.
Quiso refugiar su nariz en el extremo opuesto del asiento trasero pero
la vigorosa mano que tomó la suya se lo impidió. Ante tan
melodramática situación Tom Wright optó también
por reírse, de manera que los sonidos de ambos inundaron el rancio
aire del vehículo como ilusiones desvalidas.
-Agárrese Tom, que este puente por donde vamos pasando está
culebreado.
Instintivamente se agarró del respaldo del asiento delantero. Vio
que efectivamente cruzaban un puente que asemejaba una "s". Ni quiso preguntar
por qué. Le bastaba percibir su esperpéntica forma serpentina
para imaginarse lo peor y visualizó el vehículo en el fondo
del barranco de un verde intenso fragmentado por los explosivos cagajones
de pútrida basura cafezusca que cáfilas de seres habían
depositado en la seca vereda de su riachuelo. Las vibraciones de la camioneta
que detrás de ellos envenenaba el cielo con el humo espeso de su
escape podía ser la masa crítica que les diera en el trasto.
Pero no. Pasaron al otro lado y disimulados entre el ruidoso ambiente denso
y abstruso que generaba la multiplicidad de camiones y camionetas se perdieron
en la distancia inundados de risas y de falta de frescura.
8
Se abrió la portezuela de su auto. El portero le tendió la
mano a Sandra pero ella dio un saltito hacia adelante ignorándolo
olímpicamente y apresuró su paso hacia el interior del hotel.
La copiosa cabellera flotaba como una sombra urgida de alcanzar a su dueña.
Se deslizó acrobáticamente con sus zancadas firmes hacia
uno de los escasos teléfonos públicos entre la cafetería
y la salida hacia la piscina. Sus guardaespaldas le dieron alcance y establecieron
una prudente tierra de nadie entre ellos y los mirones de ojos espantados.
Marcó un número. No había terminado de marcar y ya
le sonaba ocupado.
-Teléfonos de porquería. Nunca entran las llamadas.
Marcó de nuevo. Al tercer intento consiguió línea.
-¿Aló?
Tres damas de alcurnia con brillantes parches de rouge en las mejillas
de unas caras demasiado empolvadas y collares de perlas la vieron y chillaron
con voces agudas:
-¡Sandrita! ¡Qué sorpresa! ¡Usté por aquí...!
La línea Maginot que la protegía se abrió tímidamente
ante aquellos rostros fantasmáticos, dejando que las viejas la picotearan
a preguntas.
-¡Pero cómo está de guapa Sandrita, dichosos los ojos
que la ven!
-¡Ay niña! Qué horror tener que andar así, ¿verdad?
Pero como están los tiempos...
Anteriormente tan altiva y segura de sí misma, se encogió
durante un instante ante los pequeños besos en las mejillas, fríos
como la muerte, mientras la ahogaba el olor a perfume.
-¡Ay, chulas! ¡Qué gusto de verlas! ¡Hacía
tanto! ¡Discúlpenme si no las saludo como la gente pero ando
corriendo que ustedes no se imaginan!
-No, chula. Usted no se preocupe. Nosotros sabemos cómo son estas
cosas, ¿verdad Doloritas?
Un pellizco en la mejilla izquierda sancionó como gesto íntimo
la complicidad implicada en la frase. Sorprendida saltó hacia atrás
y forzó una sonrisa por aquello del "qué dirán" mientras
la Doloritas estiraba el cuello para tratar de discernir el número
al cual Sandra llamaba.
-Ya la dejamos en paz, chula. Siga con sus negocios nomás.
Sandra les dio palmaditas afectuosas en los hombros. Las mujeres se alejaron
satisfechas de sí mismas. Hasta parecían haber subido de
peso en el intercambio. Volvió a dirigir su atención al auricular.
-¡Aló! ¡Aló!
Del otro lado de la línea sólo se escuchaban sonidos electrónicos
y un melancólico silencio pesado. Colocó su mano sobre el
aparato.
-Ay, este hombre. ¿Será capaz que no está?
Colgó con violencia apenas contenida. Era absolutamente compulsiva.
Su padre, un hombre chaparrito, apuesto, con bigotes a lo David Niven y
ojos vivarachos que aparecía siempre con un suéter tejido
y la inevitable pipa en la boca era metódico y riguroso como buen
científico (profesión absurda en un país como el nuestro
decía siempre ella. ¿A quién le importa ser director
del Museo Nacional de Historia Natural en un país donde nadie visita
museos más que las sirvientas y sólo para poder besuquearse
con sus novios?). Ella no. Desde siempre sentía como si se quedara
sin aliento cuando las cosas no salían como quería. Detestaba
que le rompieran sus planes. Le trastornaban su día y la sumían
en histéricos ataques de cólera. Su papá la miraba
con ternura cada vez que hacía uno de sus caprichos. Para calmarla
le leía o explicaba una de sus historias favoritas de serpientes.
-Ya me tenés harta con tus culebras, gritaba, y salía de
la habitación somatando la puerta.
-Ya mejorarán las cosas, alcanzaba a oir tras el somatón
de puerta, con tono filosófico. -Ya mejorarán.
El le había explicado la relación simbólica que la
serpiente tenía con el vudú, tales como el "damballah-wédo"
que es un dios serpiente. Existía el viento-serpiente, la noche-serpiente,
siempre como una larga prolongación cuya cabeza final se encontraba
con el inicio, conciliándolo y promoviendo el encuentro de los contrarios.
La serpiente, le decía, se aproxima a los extremos. Penetra y desaparece
en las entrañas de la tierra, resurgiendo como el sol con movimientos
ascendentes. Al cambiar de piel muda y permanece al mismo tiempo, siendo
siempre la misma. Simboliza la fertilidad y la perennidad ancestral en
su función de animal totem, de serpiente cósmica, similar
a una diosa maya llamada Ixchel. Irrumpe de la tierra humillada, de la
tierra de la humillación y hiere los cielos, donde subiendo y enlazándose
con los astros realiza por fin la gran conciliación de los contrarios
como Tojil y el Jaguar en Llamas. En su polivalencia simbólica el
ofidio pasa a ser figura de la no sujeción, de libertad plena, de
vuelo libre para las alturas, del encuentro del amor, o del reencuentro
de la primitiva unidad rota que llevará hacia la fraternidad universal
de todos los pueblos.
Salió a la piscina buscando con la vista hasta descubrir una mesita
libre. Se volteó y vio a sus hombres a punto de seguirla. Con el
mentón les hizo un gesto rápido. Ante la mirada despectiva
de los que recorrían el pasillo se volvieron hacia la entrada principal
del hotel para esperar. Con sigilosa rapidez ocupó la mesita vacía.
Ni bien se había sentado cuando un mesero ya estaba inclinándose
hacia ella.
-Whisky con agua, por favor. Con bastante hielo.
A pesar del "por favor" sonó más a bofetón que a solicitud.
El mesero se retiró presuroso.
Se relajó. Observó todo lo que sucedía en torno suyo
con detalle. Había un gordo que le pareció raro. Sería
traficante. Y un par de gringos que hablaban bajito entre sí. Agentes
de la embajada o huecos. Un chapín se paseaba nerviosamente de un
lado a otro como si le hubiera fallado un contacto. Podía ser guerrillero
pero más seguro que fuera de alguna organización anticomunista.
Nadie la observaba fuera de las miradas libidinosas normales. Por un brevísimo
momento cerró los ojos.
-Pensé que era imposible acercase sin ser malmatado por uno de tus
gorilas.
Abrió los ojos abruptamente. Simultáneamente intentó
ponerse de pie y agarrar su bolsa como impulsada por un resorte. Tom Wright
estaba frente a ella. El vaso de whisky sudaba en la mesa. Se había
quedado dormida. Unos instantes tan solo pero se había quedado dormida.
Furiosa se reprochó el descuido mientras abría su sonrisa
mecánicamente como rancio dulce de canela.
-Están bien entrenaditos. Saben cuales chuchos muerden y cuales
son nomás perros falderos.
-Así de ordinario me ves.
-Ordinario no. Inofensivo.
Tomó de la mesa el vaso de whisky y sorbió rápidamente
la mitad del mismo. Antes de que Tom Wright tuviera la oportunidad de sentarse
se puso de pie y metió su brazo bajo el suyo.
-Tom, ¿por qué no nos vamos a un lugar donde podamos hablar
con mayor privacidad?
-No eras tan directa en la universidad. En aquellos tiempos te hubieras
puesto colorada de oír semejante proposición...
Le retiró el brazo con la rapidez de un coralillo.
-Tu tampoco eras tan poco caballero. En aquella época todavía
pretendías respetar a las mujeres.
La voz se ablandó hasta recuperar su tono azucarado. Juntando sus
labios para darse un besito en la punta de los dedos colocó los
mismos en su cuello, directamente bajo la oreja.
-Y tú eras una dama. Eras tan dama que hasta las bellezas del sur
palidecían a tu lado.
Empezaron a caminar de vuelta hacia el interior del edificio. Ella se le
acercaba más con cada paso, tomándolo de nuevo del brazo.
-Eramos tan jóvenes entonces... tan inocentes. Es difícil
seguir siendo inocente con todas las cosas que pasan aquí, Tom.
-Es difícil seguir siéndolo cuando nos vamos poniendo viejos.
Reaparecieron los ojos de coralillo, aclarándose el iris y cerrándose
la pupila.
-Vamos, Tom. Sabés exactamente qué es lo que estoy tratando
de decir. En los Estados Unidos es todo tan simple, tan predecible, tan
naif. Aquí no se puede hacer eso. A uno le disparan, lo secuestran.
Ni siquiera se sabe quién está de qué lado dentro
de una misma familia.
-¿Aún cuando uno es parte de una de las familias más
poderosas del país?
-Especialmente cuando uno es parte de una familia así. Todos los
pedigüeños quieren algo de uno y se enojan cuando no se lo
das, todos te envidian y te pelan a tus espaldas. Todos te odian y maquinan
cómo darte en la torre. El golpe te puede venir del lado menos inesperado,
del flanco que creías tener cubierto.
-Entonces ustedes disparan de vuelta.
-Se hace lo que se puede para sobrevivir. Se junta plata para poder largarse
si es que hay que irse. Babosos no somos. Uno sólo es leal a su
instinto de preservación.
-¿Ni siquiera a la familia?
-A la familia sí, claro, hombre. Cómo se te ocurre. O por
lo menos, pues, a los que están más cercanos a uno.
-Lo dices como si te trajeras algo entre manos.
-Ay Tom. Si tan sólo supieras.
Estaban ya frente al elevador. Con automatismo genuino apacharon el botón.
Cuando el mismo llegó y se abrieron sus puertas entraron tranquilamente
como si se hubieran puesto previamente de acuerdo.
-Me llegó un chisme.
-¿Ah, sí? Contá.
-Que don Leonel estaba comprando las casas de los amenazados de muerte
que se tenían qué ir del país a precios de quemazón.
-Ah, saber, Tom. Esos sus negocios, quién sabe...
Se le acercó más, enroscándole el brazo. Se inclinó
sobre su hombro con ternura de niña y cerró los ojos. El
sentía que su corazón aceleraba sus latidos. Le tomó
las manos y miró de frente su rostro triangular mientras se esforzaba
por hablarle con la altivez de un caballero.
-No voy a poder verte por algunos días, Sandra. Tengo que... exportar
unas telas típicas.
-¿Esa es la clave para la entrega del rescate que el EGP ha exigido
por Gray?
Negó con la cabeza, se mordió los labios y se inclinó
a besarle la frente con exceso de gestualidad.
-Sabes demasiado para tu propio bien.
-Así es como sobrevivimos. Saber es poder. Tenemos que estar al
tanto de todo. Por eso la gente de tu país nunca ejerce poder. No
saben lo que está pasando. Menos en tus círculos. En eso
no son tan diferentes los dos países...
La puerta del elevador se abrió. Saltó hacia fuera seguida
caballerescamente por un súbitamente indeciso Tom Wright.
-No sabía que veníamos a mi cuarto a hablar de política.
-No sabía que veníamos a tu cuarto.
Se volteó y lo miró con una ligera sonrisa irónica.
-Pero si tú dijiste...
-Never mind. Vamos a tu cuarto.
Caminaron hacia la habitación. Se detuvieron frente a la puerta
mientras él hurgaba sus bolsillos en busca de la llave.
-Una cosa no ha cambiado en todos estos años. Sigues llena de contradicciones.
-Terca, me decías. Se te había ocurrido después de
leer aquella novela del gobernador ese de Louisiana...
-All the King's Men de Robert Penn Warren.
-Esa.
-Es cierto. Ya eras terca, y ahora estás aún más terca.
-Aprendí bastante de esa novela.
-¡Desde cuando la gente aprende de la literatura!
Entraron a la habitación. Estaba en sombras a pesar del gran ventanal
que daba sobre la piscina. Una persiana veneciana gris impedía el
acceso de luz más allá de los rayos oblicuos que diagonalmente
pegaban contra el techo.
-¡Qué oscuridad, Tom! ¡Parece madriguera!
-Me molesta el sol muy brillante.
Sin consultarle avanzó hacia la ventana y tiró la cuerda
de la persiana. El cuarto fue despiadadamente inundado de luz. Tom Wright
entrecerró los ojos al ser bañado de un blanco intenso.
-En cuanto a lo de ser terca, es otro instinto de sobrevivencia. Hay qué
contradecir siempre a la gente para sorprenderlos y mantenerse ágil.
El poder se ejerce cuando uno obliga a los demás a tratar de adivinar
qué es lo que uno va a hacer y luego darles la sorpresa haciendo
lo opuesto de lo que creían. ¿No te parece?
-Muy lista. ¿Por eso abriste la persiana?
-Tal vez. Además no es listura. Es un sexto sentido que uno tiene,
como si crecieran antenas invisibles aquí en la frente para anticipar
las movidas de los demás y estar siempre un paso adelante de todos.
Es nomás la naturaleza humana.
-¿O la naturaleza de la mujer?
-A lo mejor.
-Siempre tuviste ese toquecito filosófico.
-Y vos siempre fuiste un mango, pero duro de aquí arriba. Papas
sin sal les decía mi mamá. Y hasta comen sin sal, sin salsas,
sin chile... no tienen picante en su vida, ni literal ni metafóricamente
hablando. Son de un aburrido tal que les interesa más la comida
sana que la comida sabrosa. Y hablando de chiles...
-Entonces, ¿nos hemos reunido aquí esta mañana para
discutir las fallas culturales de mi gente?
-En primer lugar no, porque no son fallas sino barrancos, y ojalá
que mantengan siempre la distancia porque debe ser triste volverse vegetariano
y pretender masticar sin chile y sin sal. De todas maneras aquí
no nos tenemos que preocupar por la salud porque nadie se muere de muerte
natural. Y en segundo, si me tomé la molestia de buscarte está
mañana, querido, era nomás pa' decirte que cuando pagués
el rescate, el EGP va a tratar de secuestrarte a vos.
-¿Es lo que temes? ¿O lo sabes con certeza?
-Temerle sólo a los fingidores que cuando quieren quitarse el disfraz
lo tienen pegado a la cara. Lo sé con certeza, desde luego. Soy
miembro del EGP.
Tom Wright pegó un salto contra la pared con un gesto de pánico
peregrino como si buscara protegerse la espalda.
-¿Ves? Es lo que quiero decir con lo de papa sin sal. Ustedes creen
cualquier cosa que la gente les dice. A lo mejor no me consta que te vayan
a secuestrar, querido.
-Bueno. ¿Eres del EGP o no?
-Tal vez sí... tal vez no... Ese es un secreto que me llevaré
a la tumba.
-Como digas, mi querido Watson. Entonces ¿qué tenemos qué
hacer? ¿Qué debo hacer?
-Iría con Pacal y su gente y trataría de cogerlos mientras
ellos te trataban de coger a vos. Al fin que de cogidas estamos hablando,
¿no?
-Yeah, right. En primer lugar, si eres del EGP, eres una traidora
por aconsejarme capturar a tu propia gente. A menos que sea una trampa
la que me estás preparando. Y en segundo, es simplemente absurdo.
Me ven venir con mil soldados en uniforme y se quedan como gorriones esperando
que los agarre. Tus instintos dejan mucho qué desear, querida.
-¿Será?
-¿Y qué si no?
-Imaginate.
Se quedaron parados frente a frente. Sandra sonreía ligeramente.
El le veía la boca, los ojos, el pelo. Sentía un atolondrado
flato en el estómago. Ella desprendió apenas los labios,
permitiendo que se le escapara la punta de la lenguita de su boca. Alzó
las cejas y se le acercó. El no se movió. Sonriendo ligerísimamente,
apenas mostrando las albas puntas de los colmillos por debajo de los labios,
se le siguió acercando.
-¿Mis instintos dejan algo qué desear?
Se le acercó más aún. El se pegó contra el
muro como si fuera papel secante. Ella siguió avanzando. Se inclinó
y le dio un beso liviano en la boca. En seguida se alejó unos pasos.
-¿Aún dudas, amor?
Caminó hacia la cama. Se sentó, aventándose el pelo
hacia atrás. Cruzó una pierna sobre la otra y se inclinó,
apoyándose sobre los codos. De pronto la claridad del día
aumentó de intensidad. Tom Wright, pegado contra la pared como figura
de decoración en un ordinario cuadro de hotel, suspiró y
dio un par de tímidos pasos hacia la cama. Se detuvo a medio camino
como si dudara todavía. Ella inclinó la cabeza y dejó
que la cabellera cayera sobre la cubrecama. Rotó el cuello de un
lado hacia el otro como si le pesara el cráneo o quisiera relajar
el pescuezo. Al mismo tiempo subió aún más las piernas.
Tom Wright dijo:
-En la universidad no eras así.
Su voz se había debilitado. Parecía que colgaba apenas de
un hilito, mortecino murmuro de ahogado.
-La universidad fue hace 15 años. Además, pa' vos si fue
así. Era para mí que no... Pero en esos tiempos a vos no
te importaba la igualdad. Parecías señor feudal protegiéndome
de lo que suponías que querían decir las miradas de los demás.
Su voz era un ronroneo. Tom Wright se sentó a la orilla de la cama
juntando ambas piernas como las mujeres con falda corta. Alargó
el brazo y apenas si le palpó las piernas con la puntita de los
dedos como si se tratara de un gesto desmañado o torpe que apenas
recordaba después de mucha falta de práctica. Ella no se
movió.
-Has cambiado.
-Vos también, Tom. Antes metías mano con mayor rapidez.
Se sintió electrizado. Retiró las manos. Se miró las
palmas y se puso de pie enmedio de un desorden gestual.
-¿Será que con la vejez aquel ardor que te hacía tirarte
sobre todas hasta terminar en el éxtasis sublime del polvo se acabó
ya?
Ella se paró y sin quitarle los ojos de encima lo abrazó
y acomodó su cabeza contra su hombro, arrullándolo dulcemente
para terminar de espantar los infinitos fragmentos de su incertidumbre.
Con ese mismo gesto dulce y paralizador le apretó los brazos, comprimiendo
sus costillas hasta que él sintió que se quedaba sin aliento,
que la luz del cuarto había huído y lo pulverizaban unos
tentáculos de color rosado.