CAPITULO TRES
1
La oficina del señor ministro era amplia. No se veía exceso de lujo pero sí más suciedad de la necesaria. Había demasiados muebles y todos excesivamente pesados. Habían demasiados papeles. Demasiados teléfonos. Demasiados libreros llenos de papeles y recortes de periódicos empolvados. Demasiados cuadros de mal gusto en la pared. Demasiadas pantallitas de televisión atrás del escritorio. Había pocos libros, pocas ventanas. Y la pintura estaba descascarándose. El mantenimiento de la infraestructura no era el fuerte del régimen. Aunque del lado positivo, las espesas alfombras aislaban el ruido. Sin embargo el silencio más parecía una especie de abandono que un alivio del zumbido callejero. El capitán Pacal se preocupaba de esas cosas. Quería estar seguro que cuando estuviera en situación semejante no viniera gente de la categoría de los Herrera y notara por medio del mal gusto de su oficina el modesto origen que tanto luchaba por disfrazar. Cauteloso y desconfiado, el ministro de la defensa apenas si levantó la cabeza con un ligero gesto interrogativo y disparó una única palabra.
-¿Y?
-Sin novedad, mi general. Todo bajo control.
El ministro observó a Pacal. Su innato don de liderazgo sumado a sus conocimientos de política local y relaciones con los altos círculos de la sociedad hacían de él un hombre prometedor. Es decir, un hombre peligroso. Todavía no sabía si Pacal era de fiar. Desde luego partía de la presuposición evidente a todo político de que en el fondo nadie lo es.
-Que no se nos pase de listo como los otros, usted.
-No hay ningún cuidado, mi general.
-Usted es el hombre, capitán, dijo el general con tono solemne. Rubricaba sus palabras con un asentimiento de cabeza.
-No entiendo, mi general.
-Que usted es el hombre para asegurarse que el gringo no se nos orine fuera del guacal pues. ¿Que se creía usted...?
-No pues, ya ve. Uno hace tanta conjetura. Pero tiene razón.
El general se sonrió maliciosamente y le guiñó el ojo. Pacal permaneció mudo, disciplinándose a la jerarquía. Sintió un ligero escalofrío en la columna. "Tengo que mejorar mi relación con el general," pensó. "Su instinto le está mandando señales y eso está pisado. Nunca sobran las piedras para asentar las patotas cuando la corriente del río está brava." Abrió risueño la boca, exhibiendo su diente de oro como ejercicio de conciencia.
-Dígame. ¿Y si el gringo encuentra al banquero?
-Ya encontré la manera de retrasarlo su poquito, general.
-Muy bien, Pacal. Así me gusta. Eficiente como siempre.
-Sí señor. A sus ordenes.
-Puede retirarse.
Se puso de pie y saludó. Dio media vuelta y se dirigió a la puerta principal. En cuanto salió el tenientillo Alpírez, gracioso como siempre, corrió solícito hacia él.
-¿Le puedo servir en algo, mi capitán?
Podrías, pensó Pacal, pero no te tengo ninguna confianza pisado. Y en este negocio abrir el pico es sinónimo de serrucharse la cabeza.
-No gracias, teniente Alpírez. Hasta mañana.
-Hasta mañana mi capitán.
Pacal observó que en el corredor del ministerio había una protección inusitada. En la puerta principal, al fondo, todo el mundo estaba con ametralladoras en la mano. Dobló hacia la derecha, dirigiéndose al corredor lateral que llevaba a una modesta puerta en el callejón de atrás. Obviaba así la necesidad de ser observado o molestado al entrar y salir. Sintió una vez más la satisfacción de ser parte del selecto grupo que gozaba de esta prerrogativa. Pero se le combinó con la preocupación de esa frase del general. "Usted es el hombre, capitán."
2
Las montañas chirriaban de verde en esa mañana de un cielo azul que abusaba del azul. Tom Wright sentía que se había metido dentro de una pintura de Van Gogh, tan fuerte era la intensidad de los verdes y azules y el brillo del sol y lo ondulante de la vegetación y los cerros. Podía dedicarse a gozar el paisaje ya que Sandra conducía. Dejó que sus ojos flotaran en la maraña de percepciones multicolores, adormeciéndose por la intensidad refulgente. Enseguida volvió el instinto de observarlo todo desde un punto de vista operativo. Fijarse en los caminos, los movimientos de la gente alrededor de las cunetas, el grado de vegetación a la orilla de la carretera, que felizmente el ejército había cortado para evitar potenciales emboscadas. Se volteó a verla con unos ojos mansos de gratitud y cariño. Aún no salía del asombro de reencontrarse después de tanto, del amable aturdimiento de humor que lo entretenía sobremanera, de lo irresistible que eran sus brazos ligeramente peluditos como bañados por una brillante pelusa de polvo de oro que casi obligaba a la mano a posarse sobre ellos y sentir su calentura. Volteándose para apreciarla mejor vio el carro de los guardaespaldas que los seguía de cerca. No tenía el hábito de ser custodiado y menos de confiarle su seguridad a otros. La desconfianza era la marca de su oficio. En cualquier hoyo podía saltar la liebre.
-¿Te siguen a todas partes?
-A todas.
-¿No es pesado tenerlos siempre tras de uno?
-Es mejor que ser secuestrada.
-Yes. Tienes razón.
El carro avanzó por la carretera. En las afueras de la ciudad la población estaba vestida con atuendos indígenas de todos colores que reforzaban más aún la impresión expresionista. Los trajes chorreaban rojos y anaranjados, amarillos y morados, todos refulgientes y moviéndose rápido rápido, a ritmo de trote contínuo como en las películas de los años veinte. Mientras más se alejaban, menos gente vestida a la occidental había. Pero no disminuía el número de gente. Esa ciudad era aparentemente pequeña pero compacta y parecía un hormiguero. Era fea. Feísima. Y ruidosa. Casas cuadradas de cemento, todas iguales y todas sucias, camionetas bañándolo a uno con las fumarolas de diesel que oscurecían el cielo, bocinazos por todas partes, peatones zigzagueando entre los vehículos, que se escapaban de morir atropellados de puro milagro, chuchos ladrando y correteando a cualquiera que pasara frente a ellos, marchantes vendiendo hasta las cosas más inusitadas (muñequitos de felpa, lagartijas plásticas) entre gritos y frenazos y malos olores, basura acumulada a la orilla del asfalto carcomido bloqueando el rodaje del agua que se atascaba en charquitos. Todo era un movimiento pestilente que giraba, que mareaba. Era frenetismo, abuso de nervios, movimientos de agotamiento, permeados siempre de suciedad, movimientos en que por encima de lo verde de las montañas, lo azul del cielo y lo colorido de los trajes indígenas, se imponían el gris y el café como tonos dominantes. Y olían a muerte. El aparente ajetreo tropical era una burda manera de disfrazar el ahogamiento amargo de muerte que pesaba en el aire. El carro continuaba alejándose del ruido, huyendo del clima cafezusco, derritiéndose en el legítimo verde del campo.
-Parece que vamos alejándonos cada vez más.
Ella se sonrió y lo volteó a ver. Sus dientecitos, más del lado pequeño pero nada desproporcionados, invitaban a una mordida dulce. Los labios finos estaban ligeramente resecos ahora que no tenían lípstic puesto. Los ojos bailaban como gitanos. Automáticamente se inclinó hacia un lado para detectar si tenían lentes de contacto o no. No tenían.
-Sí...
-¿No que solo íbamos "allí nomasito"?
-Cierto, pero fijate que después se me ocurrió que podía llevarte a conocer el lago...
-¡Pero Sandra! ¡Te dije que tenía que encontrarme con Pacal!
Sonrió como si lo que acababa de decir no tuviera importancia alguna.
-Estás recién llegado por dios. El capitán entiende. Además tenés que conocer un poquito antes de operar, ¿no?
Se rio con burla y eso lo enojó. Se sintió manipulado y detestaba sentirse así. Se la quedó viendo con una mirada estrábica. Fue entonces, frente a frente con esos ojos absorbentes que se recordó por fin de dónde provenía esa sensación de malestar que la ciudad le producía. Sus pesadillas de niño, desde siempre, habían sido ojos que lo veían a través de la obscuridad. El trataba de escapar en cámara lenta de una ciudad inefable que, ahora lo sabía, era Guatemala, esta Guatemala en la cual finalmente se encontraba fundiendo sueño y realidad. Algo malo tenía qué pasarle, lo supo en ese instante. Apesadumbrado dijo:
-No. No tengo tiempo para andar de turista. Da la vuelta o me bajo del carro.
Sandra se carcajeó y esto terminó de encachimbarlo. Ahora se estaba burlando abiertamiente de él. Le recordó detalles de hacía 16 años que lo habían enojado con la misma intensidad. Su sonrisa era como tirarle una pedrada a un sapo. Solo que el sapo era él.
-Tom, voy a más de cien ahorita, no me vas a decir...
De prontó jaló el freno de emergencia, mandando con el gesto a volar el teléfono celular que cayó sobre el asiento trasero. El carro zigzagueó con violencia. Sandra se prendió al timón con una expresión de pánico, apretando los dientes hasta casi morderse. En cuestión de segundos recuperó el control y se detuvo al borde de la carretera. El carro de los guardaespaldas se paró tras de ellos. Las puertas volaron abiertas en todas direcciones y los hombres armados de Uzis corrieron hasta el BMW. Sandra estaba entre temblorosa, furiosa y sorprendida pero recuperó su compostura en cuanto los guardaespaldas se asomaron por la ventanilla del auto, gritándoles:
-Está bien. Calma. No fue nada.
Revisaron las llantas, vieron que no hubiera nada suelto debajo y volvieron al suyo en espera de ordenes. Sandra abrió el compartimento que separaba los dos asientos delanteros. Extrajo una pequeña botella de whisky. La desenroscó y tomó un trago largo que se resbaló por su garganta, raspándola y produciéndole un sobresalto que él gozó observando. Había alzado la cabeza al beber, de modo que veía claramente cómo el alcohol descendía tumultosamente por esa maravilla que lo había despertado sobresaltado más de alguna noche.
-¿Querés un trago?
Agitando ambos brazos en el aire le respondió:
-No gracias. Lo que quiero es ver a Pacal.
Sandra somató con la mano el tablero del auto, casi botando el whisky.
-Era por esta actitud que me fui ¿sabés? Sos tan...
-¿Profesional?
-No Tom. Sos un actor pésimo. Estúpido. Impulsivo. Cuadrado.
Hubiera seguido la retahíla de adjetivos si no es por el guardaespaldas que le toca la ventanilla del auto. Molesta por la interrupción apachó con violencia el botón para bajar la ventanilla. Equivocándose, abrió en su lugar los seguros de las portezuelas. Maldijo quedito los controles eléctricos y encontró el botón adecuado. La ventanilla se deslizó hacia abajo.
-Señora...
-¿Sí?
-Ya llegó la patrulla...
Un jeep del ejército lleno de soldados acababa de detenerse detrás de los guardaespaldas. Los soldados se quedaron dentro, apuntándole a ambos vehículos. El sargento descendió pistola en mano y caminó lentamente hacia ella.
-A ver... ¿Qué pasó aquí?
-Nada señor oficial. Un desperfecto mecánico nomás.
-¡Papeles!
Sandra volvió a maldecir y le dio una mirada de reojo como sugiriendo que todo este enojoso incidente era por su culpa. El contuvo la risa mientras se sacaba el pasaporte. Ella se volteó al asiento trasero, jaló su bolsa y buscó sus documentos con toda la cholla del mundo, murmurando quedito. Por fin encontró su cédula y la pasó junto con el pasaporte. El sargento examinó ambos documentos con minuciosidad, evidenciando el esfuerzo de quien todavía le cuesta leer. En algún momento pareció como si le calaba hasta lo más hondo la importancia social de ambos personajes. Alzó las cejas, echó la cabeza ligeramente para atrás como verificando que había leído bien los nombres de los portadores de los documentos e instintivamente juntó los pies para cuadrarse. Repasando mentalmente los manualitos de urbanidad que había estudiado en los cursos de higiene, moderó sus ademanes y el tono de su voz. Todo signo de altanería se había evaporado.
-¿Y puedo servir en algo a los señores?
-Ay, señor, no se moleste...
Pero Tom Wright no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad. Casi montándosele encima a ella se inclinó hacia la ventanilla e inquirió:
-Escuche. Necesito ver urgentemente al capitán Pacal en el ministerio de la defensa. ¿Me podría usted llevar allí?
-Desde luego, míster... Como usted ordene.
-En inglés, cuando no usa el apellido de una persona no se utiliza la palabra "mister" sino la palabra "sir." ¿Entiende?
-Yes, míster.
Sandra estaba que hervía. Se volteó incrédula y le dijo con toda la fuerza mientras le jalaba la manga:
-No seás imbécil, Tom. Yo te llevo si de eso se trata.
Pero era muy tarde. El se dirigía hacia la manija de la portezuela. Instintivamente ella corrió la mano izquierda hacia los controles electrónicos pero él ya estaba con los pies en tierra, dejando que la luminosidad inundara el interior. Enseguida somató la puerta, sumergiéndola en la oscuridad, silencio y frescura solitarias de su vehículo. Caminó alrededor del mismo hasta pararse al lado del sargento, se inclinó hacia ella por la ventana abierta y le susurró en inglés:
-Está bien, dear. No necesitas estresarte. Por favor sigue hasta el lago sin mí.
Le sopló un beso sobre la palma de la mano y se volteó para retirarse. El sargento, solícito, se atrevió a preguntar:
-¿Para dónde iban?
-Al lago.
-¿Atitlán? ¡No! ¡Ni se acerque al lago, señora! ¡Está lleno de guerrilleros! Hoy se tomaron Sololá. Vamos a cortar la carretera pa' ver si los podemos cercar por los Encuentros.
Tom Wright se tensó con la noticia. Abrió y cerró la mano derecha nerviosamente. Pretendiendo una calma que no sentía, se inclinó hacia ella.
-Ves, querida. No tenía sentido ir hoy al lago. Así que just go home, portate como una buena ama de casa y llámame a la noche al hotel. Yo me voy a dedicar a mis cosas...
Sandra estiró los labios en un gesto de disgusto. Anticipándolo, la sorprendió con un beso y corrió rápidamente hacia el jeep tras el sargento. Antes de que ella pudiera reaccionar ya había brincado dentro del mismo, éste había arrancado y daba media vuelta dejando una nube de polvo.
Estaba estupefacta ante lo que acababa de suceder. Hacía unos segundos apenas llevaba a Tom hacia el lago, donde sin duda hubieran caído en manos del EGP. Pero ella no sabía que se habían tomado Sololá. Solo que Pierrot sabía que ella pensaba llevárselo de paseo al lago. ¿Habrían preparado ese operativo pensando en Tom? ¿O era coincidencia? Tenía qué serlo. Imposible preparar un operativo de esa naturaleza en tan corto tiempo. Pero el otro que sabía era Pacal. ¿Querría Pacal que el eje agarrara a Tom? ¿Por qué le recomendó llevarlo de paseo por el lago? Habían tantas posibilidades. Lo único claro era que al primero que hiciera una movida falsa lo picaba la culebra y la picadura era mortal. Picadura de culebra cascabel.
-¿Pasa algo, señora?
-No, nada. Vamonós pa' la casa.
Arrancó y dio vuelta en U. Por el espejo lateral alcanzó a ver cómo su guardaespaldas corría hacia el carro trasero y salía con las puertas aún medio abiertas. Se sonrió ante lo estereotípico de la escena, típica de mala película o de novela de espionaje de segunda. La incapacidad de emerger por encima de esa mediocridad le produjo basca. Cualquiera, su marido, su suegro, su hermano, Tom, incluso ella, podían caer. Como en la ruleta rusa, la excitante desazón que dejaban los nervios del placer al desnudo estaba en animarse a hacerlo. La vida no tenía sentido si uno no se la jugaba. Mientras viviera era lo que la mantenía viva. Lo único que justificaba seguir en ese país donde el destino había querido que naciera. Era lo más importante que había aprendido de su distraído padre mientras ordeñaba el veneno de los frenéticos ofidios que podían matar con una sola gota.
Parada en el primer cruce de la carretera observó cómo del trigal llegaba súbitamente una golondrina. Dio una curva a gran velocidad y poco antes de golpear la ventana tuvo una corazonada y detuvo su vuelo quebradizo enmedio del aire, cambió de dirección, dio una vuelta rápida hacia la derecha y aterrizó directamente enfrente de su parabrisas. Allí se detuvo, inperturbable, por lo menos un minuto, antes de desaparecer con la misma rapidez con la cual había llegado. Sonriendo, esperó que saliera de su espacio y siguió su vuelo con una mirada que más parecía una tierna caricia.
3
Desde Sololá la vista del lago era maravillosa. En días claros, o en la mañana, daba la impresión que desde el parque central el cerro caía verticalmente hasta el lago, varios centros de metros de centelleante verdor más abajo. El parque se convertía en un maravilloso mirador desde donde los tres volcanes que rodeaban el lago asaltaban al espectador, ahogándolo de esplendor al desatar visualmente el turbulento paraíso. Se veían tan cerca que daba la tentación de inclinarse pensando que uno podía tocarlos. En días de mercado el lustre del fúlgido colorido ondulante que subía del parque era tan mágico como el arco-iris. Los comerciantes de todas las aldeas, en sus trajes multi-colores, obstruían el paso de vehículos mientras trocaban alimentos y objetos de todo tipo con movimientos rápidos y firmes. Nadie se quedaba quieto ni un instante.
Ese día sin embargo la percepción era otra. La gente había corrido a esconderse a sus casas. Las calles estaban desiertas. Lo único que se escurría por ellas eran hombres y mujeres de verde olivo con armas de diferentes tipos en las manos. En el parque central había un mitin. Una mujer, también de verde olivo, con largas trenzas cayendo sobre sus espaldas, hablaba en cakchiquel por un altoparlante. Menos de un centenar de personas la escuchaba, todos apretados unos contra otros, entre temerosos y resignados a las circunstancias que los habían agarrado allí. Alrededor del parque había más hombres y mujeres armadas. Unos corrían para arriba y para abajo en las calles que subían hacia el banco y la salida del pueblo. De vez en cuando se escuchaban balazos y explosiones que hacían saltar a todos y apretarse más unos contra otros, las extremidades fuera de control.
En el parque no estaba pasando nada fuera del mitin. Buscando crear un ambiente festivo, un jovencito se subió a la torre de la iglesia e hizo sonar las campanas en todo su esplendor. En la boca calle que salía del parque hacia el banco, Ariadne y Vallejo agitaban los brazos y gritaban en todas direcciones con firmeza y frenesí. De pronto un viejo guerrillero indígena dobló alrededor de la esquina cargando una máquina de coser. Vallejo lo vio y apresuró el paso hacia él.
-Pero, puta, de dónde... ¡Regresá eso!
-Mirá, vos comandante...
-¡No hay "peros" que valgan! ¡Regresala!
El rostro del viejo cambió en cuestión de segundos al enojo y luego a la resignación. Sin decir una palabra más comenzó a dar media vuelta para volver de donde había venido.
-Esperáte.
El viejo se paró, cargando todavía la máquina de coser. Dibujó apenas en su expresión el renacimiento de una esperanza. Vallejo se dirigió hacia él y colocó su mano sobre su hombro.
-Acordáte. Tomamos el pueblo para mostrar nuestra fuerza política. No pa' saquear. Solo recuperamos las armas del enemigo y el dinero de los ricachones. Lo demás...no se toca.
-Sí, mi comandante.
El rostro del viejo se volvió a desinflar.
-Tenemos que ser ejemplo de conducta moral. No pueden vernos robando nada. Si no, ¿cómo vamos a construir una nueva sociedad?
-Con las máquinas de coser...
Vallejo lo miró severamente. El guerrillero se hizo el loco y volvió de donde había venido. Vallejo se quedó siguiéndolo con la vista. Momentos después Ariadne llegó corriendo.
-¿Qué le dijiste?
-Que teníamos qué ser ejemplo de conducta moral...
-¿Vos que fumabas mota por kilo hasta sentado en el inodoro y que jurabas que la salsa era más importante que Beethoven?
-Sho, no me salgás con ésa, pues.
-Ahora sos un muchachón reformado que ya no chupa...
-En vez de joderme, decí. ¿Queda resistencia?
-Se escondieron todos en el cuartel de la Policía Militar Ambulante. Ya ni nos responden el fuego.
-¿Y entonces? ¿Esa balacera?
-Es que nosotros no podemos entrar. Son unas paredes como así de grueso... Solo con morteros podríamos romperlas. Y no tenemos.
-Ah la chucha. ¿Y allí se encerraron todos los soldados?
-Menos sus dos bajas. Los demás corrieron pa'dentro.
-Y no recuperamos armamento entonces.
-Solo el de las bajas.
Vallejo apretó los labios y bajó la vista. Con el rostro circunspecto empezó a caminar en pequeños círculos.
-Sin morteros qué le vamos a hacer.
Vallejo siguió caminando en pequeños círculos.
-Bueno. Da la orden de que dejen de disparar. Hay qué ahorrar parque. Sobretodo si no se recuperó nada.
-Está bueno. ¿Y damos también la orden de repliegue?
-En cuanto termine el mitin.
El mitin continuaba. La oradora agitaba las manos con emoción e instaba al público a participar. Las mujeres que al principio eran las que estaban más alejadas de la oradora se habían apretado más hacia el punto donde la guerrillera de trenzas hablaba. Cuando la ordadora dijo, "¿hay preguntas?" nadie se atrevió a decir nada. Las mujeres empezaron a cuchichear entre ellas, sonriéndose y haciendo comentarios queditos. Finalmente una mujer joven, sholca, levantó tímidamente el dedo. La oradora le dio la palabra. La mujer se amishó al sentir que todos se volteaban a oírla pero finalmente se atrevió a preguntar:
-Compañera, ¿y cuando triunfe la revolución, las mujeres vamos a tener que seguir lavando y cocinando y haciéndonos cargo de los niños, o va a cambiar nuestra vida también?
La oradora aprovechó la coyuntura para lanzar una última descarga acerca de la igualdad para todos, igualdad que era no sólo entre indios y ladinos, católicos y protestantes, entre indios de diferentes etnias, sino también entre hombres y mujeres. Cuando dijo aquello fueron los hombres que estaban en primera fila los que comenzaron a murmurar y a volverse a mirar a las mujeres de reojo. Pero la compañera no les dio tiempo de decir nada. Diestramente intensificó el tono del discurso, se prendió del micrófono como si fuera pastor evangélico, elevando los giros discursivos hasta un punto de fervor cuasi místico en cuyo punto todo el público, iluminado, repitió al unísono "¡Hasta la victoria siempre!" y levantando el puño izquierdo al aire (algunos se confundieron y levantaron el derecho pero levantaron puño de todas maneras) gritaban como si estuvieran poseídos "¡Hasta la victoria siempre!"
Vallejo observó que el mitin terminaba y se apresuró a dar instrucciones a los diferentes guerrilleros que convergían hacia él. En cuanto escucharon lo que tenían que hacer salieron corriendo en dirección contraria. Caminó cuesta arriba en dirección de la salida del pueblo. Sorpresivamente escuchó una sirena de ambulancia. Se volteó asombrado, preparando el Galil para cualquier situación inesperada. Efectivamente la ambulancia del pueblo avanzaba lentamente hacia él, haciendo sonar la sirena. Se paró en la orilla de la banqueta, recostado contra el muro y vio cómo continuaba tan tranquila hasta que pasó al lado suyo. Sólo entonces percibió que eran dos compañeros los que iban al volante, jovencitos y felices de la vida, ululando la sirena.
Atrás de la ambulancia venía una camioneta extraurbana llena de guerrilleros. Los que festejaban y cantaban al interior lo reconocieron y le presentaron armas por entre las ventanillas, saludando y gritando "¡Hasta la victoria siempre!" Vallejo explotó en un ataque de risa. Casi parodiándolos, levantó el puño izquierdo en su dirección. La ambulancia y el bus continuaron avanzando cuesta arriba, ululando la sirena y gritando "¡Hasta la victoria siempre!"
-Es una locura, ¿no?
Se volteó, sorprendido de no haber escuchado que Ariadne se le acercaba hasta que ya estaba pegadita a él.
-Estos muchachos si que ah, la gran flauta. A ver. Vonós rapidito tras ellos antes de que armen un lío en el camino.
Ariadne hizo señales al conductor del carro con vidrios polarizados parqueado en el parque. El vehículo se acercó y ambos se introdujeron en el asiento trasero. Avanzaron cuesta arriba. En cuestión de segundos Sololá volvió a su anterior tranquilidad. Fuera de los cientos de agujeros de balas en el muro exterior del cuartel de la Policía Militar Ambulante, nadie hubiera sabido que el pueblo acababa de ser tomado por la guerrilla. El sol brillaba fuerte, el lago se veía de un azul profundo. Los volcanes saltaban amenazando con agarrar a la catedral de su torre y sacudirla como muñeco de felpa. No había nadie en las empedradas calles empolvadas.
En la carretera sin embargo la tranquilidad no había vuelto. El carro de Vallejo y Ariadne se topó con varias columnas de guerrilleros a la orilla del camino y hubo que parar y girarles instrucciones para la dispersión. Igualmente sucedió con los grupos paramilitares locales cuya seguridad había que garantizar para que no los detectaran, pues ellos seguían residiendo en la localidad. Cuando alcanzaron a la ambulancia y al bus extraurbano ya ambos se encontraban a la altura de Los Encuentros.
Los vehículos los estaban esperando a la orilla de la carretera. Los policías de la garita habían desaparecido. La ambulancia seguía ululando y los guerrilleros del bus gritando y cantando. Cientos de vendedores se habían aglomerado en torno a ellos insinuando nerviosamente comida, refrescos y objetos típicos. Los guerrilleros comían tacos, enchiladas y tortillas con frijoles y salsa mientras gritaban "¡Hasta la victoria siempre!" Los vendedores reían temblorosos, pasaban comida y refrescos por las ventana del bus y repetían maliciosamente "¡Hasta la victoria siempre!" De los cerros llegaban corriendo con sus pasitos cortos más y más vendedores seguidos de muchachitos gritando en cakchiquel y perros ladrando. Un niño volaba un barrilete de papel de china anaranjado y azul. Había hasta un mago chino hilvanando agujas con la boca mientras se paraba en un solo pie.