Mucho se ha dicho en Guatemala sobre el movimiento político de 1944
que condujo a la década democrática interrumpida por la invasión
estadounidense de 1954. Bastante menos sobre el período inmediatamente
anterior, el período que generó y en el cual germinó
lo que vendría a conocerse posteriormente como "la revolución
guatemalteca." Pese a todo, la mayoría del material existente no
deja de ser autobiográfico o anecdótico. Es decir, visiones
fragmentarias que son útiles como fuente documental, pero de escaso
rigor científico. Es mi parecer que sus propios protagonistas han
tenido -- por obvias razones humanas -- dificultad para escaparse de toda
carga emocional en sus testimonios. Las generaciones posteriores, por su
parte, han estado divorciadas de los protagonistas que hubieran podido
legarles su experiencia, tanto por razones de exilio como por la represión
política que posteriormente se desató sobre el país.
Asimismo, me ha parecido siempre que una de las maneras de acercarse objetivamente
a lo que fue la "revolución guatemalteca" (dejando por un lado juicios
de valor de orden político), es entendiendo precisamente cuál
era el contexto ideológico-cultural en el cual se bañaban
sus protagonistas previo al movimiento. Sólo visualizando claramente
de dónde venían, podemos entender con igual claridad hacia
dónde fueron y qué tanto avanzaron.
Poeta de fama internacional, Carlos Illescas es miembro de la llamada "Generación
del 40" que participara activamente en el derrocamiento del dictador Jorge
Ubico (1930-1944). Posteriormente, se distingue en el campo cultural guatemalteco.
Fue colaborador de Luis Cardoza y Aragón en la Revista de Guatemala
y en la Casa de la Cultura Guatemalteca; fue partícipe del grupo
Saker-Ti de trabajadores de la cultura; cónsul de Guatemala en México;
finalmente, sub-secretario privado del presidente Jacobo Arbenz Guzmán.
Residente en México desde 1954, desempeñó en dicho
país cargos tales como profesor de la Universidad Nacional Autónoma
de México, redactor de radio y televisión, y guionista de
cine.
La presente entrevista fue realizada en México en 1980. Estaba a
punto de ser publicada por Cuadernos Universitarios en Ciudad Guatemala,
cuando las circunstancias políticas impidieron la continuación
de dicha publicación. Aparece aquí como fuente primaria para
un capítulo inédito en la historia de la cultura guatemalteca.
A.A.: ¿Cómo describirías, de manera general, el
ambiente cultural de la época referida?
C.I. Para mí es muy difícil describirlo, porque estaba en
una edad poco crítica. Sin embargo me puedo referir a los periódicos,
cuyas páginas editoriales eran el espejo y el reflejo de la dictadura
ubiquista. De tarde en tarde circulaban cierto tipo de información
en relación con autores a la moda. Estos autores indudablemente
eran los del post-modernismo. Recuerdo también las aportaciones
de carácter cultural con motivo de la guerra española y los
periódicos, sobretodo en Nuestro Diario, donde por vez primera
se mencionó a Unamuno, Ortega y Gasset, García Lorca. También
hubo por esas fechas alguna polémica en torno a qué es la
novela, su estructura, su teoría. Esto permitió a muchos
sacar de sus faltriqueras nombres como Maupassant, Cervantes, etc., en
torno a ese problema.
A.A.: ¿Quiénes participaron en esa polémica?
C.I.: Participaron Manuel Avila Ayala, Elisa Hall de Asturias, David Vela,
Federico Hernández de León, Fernández Cobos y otras
gentes. La polémica era en torno a la paternidad de una novela que
se titula Semilla de Mostaza y que pasados los años, se ha
descubierto que la escribió Miguel Angel Asturias y no otro.
A.A.: ¿Y esta señora era pariente de Asturias?
C.I.: Sí. Ella era Asturias, Elisa Hall de Asturias. Hall le venía
del famoso autor Máximo Soto Hall, una de las figuras más
ceñeras -- como se dice en la jerga modernista -- de este movimiento.
A.A.: ¿Qué libros se leían en la época de
la cual platicamos? ¿Había alguno que dominara tu pensamiento
en particular?
C.I.: Bueno, los libros que se leían en esa época yo no sabría
decirte, ya que la cultura como contacto físico existía sólo
para muy pocos elementos. Por ejemplo, estoy seguro que los libros que
leían el cultísimo Enrique Muñoz Meany y Cesar Brañas
no eran los mismos que leían otras personas.
Para mí, los libros empezaron a ser de una alta significación
hacia 1940. A falta de otros recursos, concurría mucho a las bibliotecas.
Tenía algunos orientadores entre los jóvenes escritores --
más borrachitos que escritores -- pero indudablemente de gran cultura,
quienes me indujeron a conocer a un autor que ahora les parecerá
raro a todos: Mariano José de Larra. Durante muchos años
lo imité de una manera muy torpe. A Luis Cardoza yo lo conocí
por indicación de Carlos Herrera, que espero todavía goze
de vida y buena salud. También a un autor que en verdad nunca me
gustó: el cronista errante Gomez Carrillo. Estos eran autores que
yo tenía cercanos. Ya después, por mí mismo, pude
conocer hasta a Jorge Luis Borges, que sigue siendo asombro y ventura para
los jóvenes. Es decir, no lo conocí solo yo, sino todo mi
grupo.
A.A. ¿Quiénes eran algunos de estos borrachitos que mencionas?
C.I. Bueno, decirles borrachitos no es faltarles el respeto. Yo creo que
la borrachera es una especie de segunda naturaleza guatemalteca que todos
tenemos indudablemente. Lo de "borrachito" fue un adjetivo más que
nada cariñoso. Yo también lo soy, lo he sido y espero seguir
siéndolo. Bueno, entre otros, estaba un famoso licenciado que le
decían el Mico Ibarra. Era un prodigio de conocimientos. Según
entiendo, era uno de los mejores lectores de Juan Jacobo Rousseau, no se
dónde podría conseguir esos libros, tal vez en la Biblioteca
Nacional, sitio que él frecuentaba mucho, juntamente con El Amor
en Covacha, La Copa del Olvido, El Titituy Titituy y otras cantinas ilustres.
A.A.: ¿Qué conocimiento se tenía en esta época
de la plástica?
C.I.: Muy pobre, porque ésta estaba más oficializada que
la literatura, la cual encuentra muchas grietas para poder escapar de un
medio determinado. Pero en este caso la pintura estaba condicionada por
los gustos oficiales y con ciertas tendencias al muralismo. Estaban unos
señores que practiracon un realismo jicarero, como les diría
Cardoza, mi maestro: regionalismo, gigantismo, quietismo. Todo esto contribuía
a no apreciar la plástica más que desde un punto de vista
de realismo fotográfico. Por cierto, lo denunció en la época
un inquieto nicaragüense que anduvo por Guatemala, Adán Selva.
Escribió una tesis para doctorarse de abogado pero que él
tradujo a términos estéticos. Esta tesis se llamó
Teo
Excel: teoría del movimiento. Para todos los jóvenes
fue una especie de aclamación de la vanguardia. Allí me percaté
de la existencia de algo muy nuevo. Ya hablaba este amigo del cubismo,
que desde luego en Guatemala -- por esas fechas -- era como hablar de los
viajes a la luna hace 40 o 50 años en cualquier país del
mundo.
A.A.: ¿Y la música?
C.I.: La música, curiosamente, tenía un desarrollo muy grande,
sobretodo la interpretación. Por motivos de la guerra llegaron a
Guatemala varios ejecutantes de origen judío que se agruparon y
en la TGW (Radio Nacional de Guatemala) formaron un cuarteto que podía
ser ampliado hasta quinteto o sexteto. Según entiendo, desarrollaron
un ciclo completo de la música de cámara de Beethoveen. Entre
otros grandes ejecutantes que hubo recuerdo a Guido Galignani. Después
que salió de Guatemala, supe que era el mayor contrabajista que
había en ese momento sobre la Tierra, y uno de los más grandes
en la historia de la humanidad. Así, la TGW tenía una labor
de alta cultura al trasmitir programas los viernes de 9 a 11 de la noche,
servida de una manera directa y original. Quiero agregar que estos músicos
se equilibraban también con músicos guatemaltecos. Entre
ellos, recuerdo la gran sensibilidad de Andrés Archila, de un Abelar
Rodríguez, de Granados que era celista. Y un pianista, no sé
si Arias por cierto, toda vez que la familia Arias en Guatemala tiene un
origen de tipo musical que parte de principios de siglo, tanto intérpretes
como compositores, juntamente con los Paniagua.
A.A.: ¿Qué centros culturales (librerías, bibliotecas,
cafés, etc.) eran importantes para ustedes?
C.I.: En cuanto a librerías había una que era tradicional
en Guatemala: la librería Cordón Hermanos. Se especializaba
en la venta de libros baratos y populares como la novelística universal
de Sopena, donde se publicaban casi todos los folletines. Había
otra. De la Riva Hermanos, en donde habia mayor amplitud editorial. Había
la librería Renacimiento que después se transformó
en un negocio de papelería. Allí se vendían obras
científicas muy caras. Ellos tuvieron la concesión de la
enciclopedia Espasa-Calpe. Posteriormente vinieron otras librerías.
Una muy popular de don Luis Asturias, que se llamó El Molino. Distribuía
casi todos los libros de Sudamérica, sobretodo de Chile. Estuvo
también La Argentina, donde se vendían las revistas argentinas,
entre ellas la famosísima Leoplán, que incluía
en cada número una novela completa. Aquí me tocó leer
La
Azucena Roja de Anatole France. Si no me equivoco, leí también
Los Siete Ahorcados de Averchenko. Leí también los
cuentos de un finlandés, Silampa. También distribuían
obras pésimamente editadas pero muy baratas, que se podían
comprar por unos centavos. Aquí distribuían a Giovanni Papini.
A los que eramos suscriptores de estas publicaciones, nos enviaron un libro
de Giovanni Papini que era una defensa del fascismo. Antes de enviárnoslo,
nos pusieron en las manos una carta, en la cual decía que queríamos
el libro. Probablemente el comerciante quería lavarse la conciencia
toda vez que ya estaba la guerra en auge. En esa librería también
se vendían unos resúmenes de tipo filosófico, más
bien mutilaciones, de los famosos clásicos de la filosofía.
Se llamaba Thor la colección. Los adquirí completamente para
acabar de confundirme, ya que no entendía nada. Tal vez no tanto
porque no estuviera capacitado o preparado para la filosofía, como
porque los cortes eran tan violentos que me impedían tener un sentido
del proceso de continuidad. Pero también leyó estos libros
un jóven filósofo de fama mundial ahora, Hector Neri Castañeda.
Yo le pasé estos libros en calidad de préstamo, en vista
de que él no podía comprárselos, y creo que los aprovechó
de tal manera que decidió su vocación.
Pero la librería que para mí es la más admirable que
hubo en Guatemala fue la librería Cosmos de don Ernesto Schweinstenner.
Don Ernesto tenía varias posiblilidades de llamar a asombro. Una,
su elevadísima estatura que creo que rebasaba los dos metros. Para
nosotros, los chaparros guatemaltecos, era algo inusitado. Y otro era su
gran olfato para llevar a Guatemala obras verdaderamente novedosas. Allí
fue donde encontré el primer Borges que llegó a Guatemala,
hacia 1941 tal vez: El jardín de los senderos que se bifurcan.
Luego, también a Rilke, los Cuadernos de Malte Laurids Brigge
que todavía conservo, la Metamorfosis de Kafka. Por cierto,
yo no acababa de digerir el nombre de Kafka porque nunca lo había
visto escrito, solo escuchado. Y lo visualizé mal porque después
compré otro que creí era de Kafka pero no era de Kafka sino
de un educador alemán llamado Kofka, del cual no entendí
ni jota porque era algo así como teoría de las estructuras.
Después de que aprendí a distinguir a Kofka de Kafka, ya
me di cuenta de la importancia de esa librería. También allí
compré los dramas completos de Schiller y el Paraíso perdido
de Milton en unas ediciones preciosas, y otros libros modernos como Manhattan
Transfer.
La Biblioteca Nacional jugó un papel importantísimo en todos
nosotros. Estaba atendida por Tinita, a quien hay que rendirle un homenaje
permanente porque sirvió para orientarnos mucho en las lecturas.
Sobretodo nos daba las últimas publicaciones de origen guatemalteco.
Algunas yo le agradecí por la intención aunque no por la
lectura, ya que realmente no me interesaron. Sobretodo los del grupo Tepeu.
Otra biblioteca era la del Liberal Progresita. Estaba frente a lo que es
hoy el Mercado Colón. Allí estaban casi todos los clásicos
que editó México bajo el patrocionio de Vasconcelos. Eran
unos libros verdes que me cupo la satisfacción de haberlos leído
casi todos, menos Tagore. Ese lo vine a leer a México. Allí
leí a Platón, y en ediciones Araluz leí a Shakespeare.
Y no sabía yo que otro de mis compañeros estaba haciendo
lo mismo que yo, es decir, irse a leer a la biblioteca en vez de ir a trabajar:
era Augusto Monterroso. Sólo que Augusto Monterroso era más
disciplinado en sus lecturas. El tomó en primer término,
al Don Quijote que, según entiendo, una de sus ambiciones
era memorisárselo completo. Otro libro que después demostró
haber leído muy bien fue El libro de buen amor del Arcipreste,
lectura desde luego difícil para un muchacho que no tiene la información
histórica del desarrollo de la lengua. Y otro autor que también
leyó por esas fechas, nos lo dijo y lo sigue diciendo, es Gracián:
Agudeza
de estilo y arte del ingenio.
Nosotros nos reuníanmos como buenos guatemaltecos en las cantinas.
Claro, después hubo un café al cual íbamos también,
el café París, donde había una señorita que
nos quería mucho y que le producíamos risa al ver nuestras
discusiones de carácter estético-literario. Tomábamos
sandwiches de jamón calientes y unos pastelitos. Y como yo era un
poco el rico del grupo porque trabajaba y no ganaba mal, pues me tocaba
cubrir las cuentas. Los otros eran, como se dice ahora, pobres pero honrados.
A.A.: ¿Y los Tepeus quiénes eran?
C.I.: Fueron los miembros de la generación del treinta. Llegaron,
como llegan todas las generaciones, criticando a la inmediatamente anterior.
Empezaron practicando un vanguardismo que no acabaron de entender. Todavía
estaban inmersos en el modernismo. Creo que el más importante de
ellos -- desde el punto de vista poético -- fue Oscar Mirón
Alvarez, a quien he tratado de leer incluso en estas fechas, y realmente
me deja frío. No descubro en él la violencia necesaria para
ostentarse como transformador de un medio literario parecido al guatemalteco
donde el academicismo era un hecho. Estos no daban la medida, ¿no?
Pepe Hernández Cobos, Avila Barrios, un Amaya y otros que no recuerdo,
esos se han perdido. Francamente, casi no se les conoce. Entre los que
a mi juicio se salvan está Miguel Mariscovétere y Durán.
En el teatro tiene una pieza que se llama La mujer y el robot que
valdría la pena revisar y ver con ojos menos apasionados. Además,
como divulgador de las literaturas extranjeras era formidable. Creo que
muchos le debemos conocimientos que hoy nos son muy valiosos, aperturas
hacia otros mundos que pocos han igualado. Fue de los precursores, a nivel
nacional por lo menos. Otro que se salva es, desde luego, Paco Méndez.
Se rescata de cierta vulgaridad a la cual había llevado un García
Lorca mal leído. Paco Méndez escribió con Morales
Nadler un libro que se llama Romances de tierra verde, libro del
cual la parte de Paco Méndez es muy fresca, muy directa, muy interesante,
mientras que el otro señor no fue nunca afortunado con la literatura.
Paco Méndez después evoluciona hacia una humanización,
una poesía existencial muy apreciable como son sus Nocturnos,
sus famosísimos y hermosísimos Cantos a los metales
que también nosotros, con nuestro buen sentido canibalesco, hemos
dejado un poco al márgen. Y en prosa, Mario Monteforte quien como
novelista tiene su máxima expresión en Entre la piedra
y la cruz. También "El hombre-pájaro" es un cuento realmente
memorable.
Con la excepción de Monteforte y de Manuel Galich, esta gente --
por circunstancias muy especiales -- se adaptó a las costumbres,
usos, abusos y mañas de los del 20. Muchos de ellos habían
luchado contra Cabrera pero se plegaron al ubiquismo. O por lo menos, no
levantaron la voz contra ese estado abominable de cosas. A nosotros nos
molestó mucho esa actitud porque nosotros fuimos eminentemente anti-ubiquistas.
A.A.: ¿Existía alguna agrupación de orden cultural
o intelectual?
C.I.: Bueno, pues yo creo que los Tepeus como mencioné. Había
por allí algunas sociedades muy artesanales también. A nivel
puramente medieval había una agrupación cultural en la Sociedad
de Auxilios Mutuos, una organización de trabajadores unidos por
el lazo de la defensa puramente gremial. Allí hacían lecturas,
música, bailes, creo que estaba prohibida la bebida. Es decir, en
un plano completamente provinciano. Digo medieval porque imagino que así
deben haber funcionado los talleres que alguna vez Hans Sacks dirigió
allá en Alemania, de donde salieron los maestros cantores. Y de
aquí salieron actores, por cierto. Martínez, ese actor que
tanto se menciona en la historia del teatro en Guatemala por sus representaciones
anuales de don Juan Tenorio y de la pasión de Cristo, salió
de allí. Un amigo que era tipógrafo también dirigía
y adaptaba obras. Por cierto que recuerdo verlo adaptando Henri de Lagardière
para teatro que era la cosa más absurda, ¿no? Se llamaba
Antonio Dardón y su nombre de guerra en el teatro era Tony de Arch.
Ahora bien, esto que estoy diciendo es con todo el respeto del caso porque
curiosamente esta clase media artesanal guatemalteca revela en este caso
un afán por la cultura y un amor hacia ella, como ocurrió
con uno de mis maestros cuando yo era aprendiz de tipógrafo juntamente
con Carlos Paz Tejada, y que nos orientó mucho: Don Daniel, no recuerdo
el apellido. Po él leímos a Dickens completo. Además
quiero recordar que, quiérase o no, esta agrupación fue origen
de muchas organizaciones de obreros ya más concientes de sus necesidades
libertarias de organización. Si no me equivoco, los fundadores de
estas agrupaciones fueron los anarquistas que llegaron el el siglo pasado
a Guatemala, es decir, catalanes, italianos y hasta yugoeslavos, los Velcovic,
por ejemplo. También había otras organizaciones culturales
de músicos bajo la égida de Santa Cecilia. Cada año,
el día de Santa Cecilia organizaban grandes conciertos, y también
el día del Corazón de Jesús. Y si no me equivoco,
en el Club Guatemala también se organizaron algunas asociaciones
de tipo escénico. En el Teatro Lux se representó una obra
de Carlos Arniches con la crema de la sociedad guatemalteca como actores.
A.A.: ¿Quiénes eran sus amigos más cercanos con
quienes discutían temas culturales, políticos, etc.?
¿Cómo eran ellos, cuál era su preparación?
¿Habían residido en el extranjero?
C.I.: Bueno, las primeras personas con quienes discutí temas políticos
y culturales fueron mi padre y mi hermano mayor, grandes orientadores,
grandes lectores, gente muy culta. Posteriormente, el arte de saber escuchar
fue con don Daniel, el maestro tipógrafo, quien nos educó
e informó a Carlos Paz Tejada y a mí. Luego, fue con Carlos
Paz Tejada con quien ya discutí temas propiamente políticos.
El conocía bastante bien la historia de Francia y era anti-germanófilo
por excelencia. El me sacó de una creencia que yo tenía,
que los franceses habían tenido la culpa de la guerra de 1870. A
mí me venía una germanofilia debido a mi padre, quien desde
luego no tenía idea alguna sobre el fascismo. El no quería
a los franceses porque decía que eran corruptos, y les tenía
miedo a las enfermedades venéreas que se decía estos habían
propagado. Con Carlos Paz Tejada leímos toda la épica, la
novelística de Sinkiewicz, donde la novela como épica estaba
en su mero jugo. Quizás yo me estaba preparando para entender posteriormente
al mío Cid, ¿no? Las maravillosas narraciones de estos héroes
me exaltaban, me movían de una manera muy especial. A Carlos Paz
Tejada más aún, ya que lo movieron a ser militar. Es decir,
llegó por el humanismo al gorilismo. Como le he dicho yo, es el
único gorila que desciende del hombre. Dignifica en Guatemala, como
lo hizo el coronel Arbenz y otros militares importantes. Y él ya
se dedicó a la carrera militar. Pero eso sí, llevando un
bagaje humano tan importante que cuando lo encontré ya siendo Ministro
de la Defensa -- en tiempos de Arbenz -- después del abrazo de rigor
de los grandes amigos y cuates que hemos sido, me dedicó como un
cuarto de hora dentro de su precioso tiempo en un momento terrible de Guatemala,
para hablarme de los últimos movimientos literarios en el país,
el interés que tenía por Huberto Alvarado y otros y, sobretodo,
porque estaba repasando su Baudelaire y su Mallarmé.
A.A.: ¿Y fuera de Carlos Paz Tejada había otro amigo íntimo?
C.I: Bueno, después ya vinieron las pláticas con los compañeros
de generación: Augusto Monterroso, Guillermo Noriega, Manuel Eduardo
Rodríguez, Juan Antonio Franco. Ya fue la búsqueda en conjunto.
Nos organizamos para ampliar nuestros conocimientos, y hasta incursionamos
en la cinematografía. Y desde luego, en cierto instante, ya una
actitud crítica frente al gobierno, de manera que casi todas nuestras
actividades como escritores fueron de impugnación directa contra
el gobierno.
A.A.: ¿Y ninguno de este grupo tenía preparación
universitaria? ¿Qué tipo de preparación tenían?
¿Ninguno había residido en el extranjero?
C.I.: El único que tenía preparación universitaria
era Otto Raúl González que se graduó de licenciado
muchos años después. Otro que tenía formación
no universitaria sino técnica porque era contador, era Guillermo
Noriega Morales. Por cierto que pintaba para cuentistas. Los demás
no llegamos a la universidad por diferentes razones. En mi caso yafue una
cosa deliberada, por auto-imposición o deseo. Pero todas, por una
u otra razón, era gente bastante culta, con mucha lectura. Augusto
Monterroso era uno de los más cultos y en una especialidad muy difícil
que era la literatura castellana. Los famosos clásicos pues se mencionan
mucho pero nadie los conoce realmente. Monterroso sí, los conocía
bastante bien, al grado que los citaba con alguna propiedad. Recuerdo en
una ocasión que hubo una polémica con un escritor nicaragüense
que escribía las "Urnas del tiempo" en El Imparcial, Aguilera.
Este amigo, un poco enojado porque alguno de nosotros le habría
quitado una novia -- ya que él aprovechaba la literatura para orientar
a las niñas, pero no sólo las orientaba en la literatura
sino también en el camino de la maternidad -- pues este amigo cuando
salió nuestro periódico nos llamó "grajos" en vez
de llamarnos "sanates" de haber sido más consecuente con el medio
ambiente, con la guatemaltequidad. Entonces, Monterroso se dio cuenta que
estaba citando al Arcipreste. Grajos son aves ruidosas, muy parecidas a
las urracas. Entonces Monterroso también le contestó con
otra cita del arcipreste que todavía hoy me parece extraordinaria
en un muchacho que no sé si había pasado los veinte años,
y que no había ido a la universidad. Le dijo que hay muchos que
no tienen nada en la mente pero coloran su poca agua con un poco de asafrán.
Y claro, esto causó la admiración de todos hacia el joven
maestro. Vale decir que la relación era muy intensa y la universidad
no comparecía del todo, no nos atraía porque la única
humanidad que había era el derecho. Y la pedagogía, pero
a nivel de escuela normal que era muy inferior. Y yo, realmente, el derecho
no me convence, el licenciado no me convence.
A.A.: ¿Cuál era el periódico que mencionaste, cuando
los acusaron de grajos?
C.I.: El lo dijo en El Imparcial. Y la respuesta fue o en Acento
o en Muro y Viento, que fueron las dos publicaciones que nosotros
hicimos como voceros del grupo que sosteníamos.
A.A.: ¿En que año pasó esto?
C.I.: Ha de haber sido entre el 40 y el 43.
A.A.: ¿Que tipo de contacto se tenía con la producción
cultural extranjera en la época? ¿Con los movimientos
políticos extranjeros?
C.I.: Pues yo creo que ninguno. Para nosotros. Pero si no me equivoco --
aunque estos son conocimientos míos muy posteriores -- por medio
de la Internacional Comunista con El Salvador. Pero eran lo más
secreto, lo más clandestino posible, toda vez que la represión
era ultra-terrible. No tanto como ahora, probablemente. Pero no había
mayor contacto con el extranjero. Aunque en un momento, por la apertura
de la guerra, comenzó a entrar la revista Tiempo que creo
después se llamó Hispano, una revista que hacía,
dirigía, imprimía y escribía un tipo excepcionalmente
dotado para el uso de la lengua que fue don Martín Luis Guzmán,
el autor de El águila y la serpiente. En esas fechas era
menos entregado a ciertas manías que después desarrolló,
tales como el anti-comunismo, y por esas fechas se informaba todo. Y salía
mucho sobre Lombardo Toledano. Lombardo Toledano es uno de los teóricos
latinoamericanos para mí más ilustres que ha habido. No digo
de los que haya que seguirse al pie de la letra, pues tuvo muchos cambios
tácticos, se podría decir ahora. Pero para nosotros que no
entendíamos de táctica podrían ser cambios de línea
o de posición. Entre esos cambios estaban el de recomendar que en
Centroamérica no hubiese ninguna lucha contra los dictadores toda
vez que esto distraía la lucha contra el fascismo. Había
que esperarse hasta que terminara la guerra, cosas que no entendíamos
los que estábamos padeciendo las dictaduras. Hubo un tiempo en que
se suspendió la entrada de la revista, y los amigos la iban a leer
a la embajada mexicana. Aquí quiero mencionar la presencia de Fedro
Guillén, quien llegó de México con nuevas ideas y
fue uno de los promotores de la fundación de esto que se llamó
la generación del 40. Yo realmente no participé en un principio.
A.A.: ¿Quiénes estaban más vinculados al principio?
C.I.: Monterroso, Otto Raúl González, Juan O. Rivera, Manuel
Alvarado, el músico, Dagoberto Vásquez, Grajeda Mena, Galeotti
Torres, un tipo de apellido Antillón que tenía un lema, "poesía
no corrijo, prosa a veces," y que revela sus condiciones de creador; un
Taracena, maestro ya medio viejón para nosotros, Guillermo Noriega
Morales, Enrique Juárez Toledo. Hay una fotografía histórica
por allí, donde aparecen un Día del Arbol sembrando un arbolito,
antes que el libro, ¿verdad? Y que el hijo. Están apadrinados
por un periodista de grato recuerdo, el Peche Méndez, que simpatizaba
mucho con los jóvenes.
A.A.: ¿Qué corrientes filosóficas se manejaban?
¿Qué tipo de conocimiento se tenía de las mismas?
C.I.: Bueno, no creo que haya habido ninguna corriente filosófica.
Tal vez una cierta recurrencia muy tímida al irracionalismo predicado
por Unamuno porque por esas fechas se leía El sentimiento trágico
de la vida. Probablemente ya se hablaba en las facultades de Ortega
y Gasset. Recuerdo también que se hablaba de la teoría de
los valores, Max Scheler sobre todo, debido a cierta divulgación
del doctor Juan José Arreola. Y había una revista que creo
que se llamaba 5 centavos de axilogía. Posteriormente llegóa
Guatemala Recassens Sitges quien se reconoció guatemalteco, porque
es hijo de españoles. Dio conferencias sobre el libre albedrío
como una posibilidad de la filosofía de la libertad, sirviéndose
de Husserl, cosa que para mí era casi incomprensible, porque para
esto se necesita una formación aunque sea mínima. Y dio estas
conferencias ante el asombro de mucha gente y de todos nosotros los que
asistimos. Le replicaron del Valle Matheu, David Vela, Rolz Bennett, Carlos
García Bauer y pare de contar. Sin que nos percatásemos había
una corriente de tipo cristiana que era el tomismo. Bajo esta esfera un
padre Plá y los padres de Santo Domingo fundaron una asociación
que se llamó Jesús Obrero cuyos instructores eran los García
Bauer. Posteriormente, por 1943, apareció en Guatemala un jesuita
que habían sacado de otros países, Angel Arín Ormazábal
y Caballero. Se dedicó a dar conferencias a los jóvenes intelectuales,
sobretodo a los más avanzados de la facultad de derecho. El manejó
mucho a Husserl, Russell, Schopenhauer. Presentó los problemas de
la educación y de la santidad. Era verdaderamente fascinante como
personaje. A Ortega desde luego lo llevaba y lo traía. A nosotros
que no teníamos formación nos servía para ir teniendo
conocimiento de un cierto lenguaje. Nos decepcionó el día
que por alguna razón tuvo un invitado, un mexicano llamado Alfonso
Junco, ultraderechista. Empezó con la sala llena de bote enbote.
Recuerdo que el primero que se retiró arrojando la silla de metal
contra el suelo fue Eliseo Martínez Celada. A él lo seguimos
todos nosotros.
A.A.: ¿Se conocía el marxismo? ¿De qué
manera?
C.I.: No creo que se haya conocido pero sí se empezó a tener
preocupación por él. Se conoció porque los estudiantes
de la facultad de economía que fundó Ubico por el 43 comenzaron
a interesarse. Marco Antonio Ramírez comenzó a publicar en
El
Imparcial unos artículos que se llamaron "los místicos
de la economía." Allí llegamos a Marx. Y cuando habló
de él, dijo ciertas cosas que llamaron la atención. No recuerdo
si algo ocurrió o no, pero por allí nos comenzamos a meter
en Marx. A él se le conoce ya en plena revolución , cuando
se funda la escuela Claridad por los compañeros salvadoreños
Matilde Elena López, Virgilio Guerra, Miguel ármol y otros
que no recuerdo.
A.A.: ¿Qué tan importante fue para ustedes la figura de
Alfonso Orantes? ¿De Miguel Angel Asturias? ¿De
Cardoza y Aragón?
C.I.: Bueno, son tres figuras completamente diferentes. Alfoso Orantes
es una de las más veneradas desde aquellas fechas. Es el vanguardista,
el geyser de la creación, es una lección viva absoluta de
decoro personal. Infortunadamente muy poco comunicativo. No podemos olvidar
una gente de sus calidades y categorías como maestro. Como vanguardista
realmente, su cultivo de la jitanjáfora, su brevedad, su sentido
del chiste, es decir, el chiste ya como una necesidad de expresión
de este medio horrible que habitamos los guatemaltecos.
A Miguel Angel Asturias, cuando llegó a Guatemala, lo abominábamos.
Lo abominábamos porque él no tuvo acceso con nosotros, él
no buscó a los jóvenes, sino a cierta gente con demasiada
tolerancia para la dictadura. En esto lo acompañaron algunos de
los Tepeus. Entonces para nosotros era una figura toalmente negativa a
quien más de una vez nos conjuramos para darle un escarnio, echarlo
en una cuneta o tirarle huevos podridos. No había publicado desde
luego su Señor Presidente y las Leyendas de Guatemala
no las habíamos leído. Sólo conocíamos ciertas
publicaciones de poemas como un poema que hoy me parece hermosísimo
que es "Con el rehén en los dientes," dedicado a Francia. Por estas
fechas publicó también "La catedral" que es un hermosísimo
poema. Desde luego que en Guatemala no les ha de gustar porque allá
le gusta a la gente el pumpurum pum verde y todas esas cosas, formas menores
de una vanguardia folklorizante, tremendamente depresiva. El Miguel Angel
Asturias que conocíamos era el propagandista del ubiquismo a través
del "Diario del Aire," y el de declaraciones pro-ubiquistas en el periódico
El
Liberal Progresista. Digo esto porque después para muchos fue
el maestro, incluso muchos que venían paralelamente con nosotros.
Por este lado hizo desastres, porque hizo folkloristas baratos y todavía
los sigue haciendo.
Luis Cardoza es otra cosa. Porque al mismo tiempo que es el maestro de
muchos, es el compañero también. Es una humanización,
un transcenderse. Cardoza estaba fuera de Guatemala pero yo lo conocí
a través de Mare Nostrum hacia fines de los treintas porque
me lo proporcionó Guillermo Ibarra y Carlos Herrera, jóvenes
estudiantes de derecho. Además nos llegaban noticias de él
como un tipo disidente, un poco demoníaco. Lo llegamos a conocer
hasta el 44. Pero había ido a México Raúl Leiva anteriormente
y lo trató. Regresó haciendo gran propaganda de Luis Cardoza.
Desde luego su labor ya merece un capítulo aparte porque es el del
gran civilizador, el que entraña realmente el pensamiento de la
revolución guatemalteca que en muchos casos fue atendido pero no
entendido. Es el que da las armas paa combatir a una serie de farsantes
de la cultura en esa época. Se opone también al Aprismo que
se ha apoderado de ciertos medios de información en Guatemala.
A.A.: ¿Cómo visualizaban ustedes el llamado "problema
indígena"?
C.I.: Pues creo que no lo entendíamos. No lo entendíamos
porque para entenderlo se necesita una serie de elementos que lo sitúa
y nosotros sólo respondíamos con la emotividad. Nos percatábamos
de su terrible sumisión y creíamos que mucho acto literario
o estético tenía que tener el fondo indigenista. Lo viene
a fortalecer desde luego el Aprismo. Por otro lado, nunca pensamos en los
indígenas como constituyentes de una nacionalidad. Pensábamos
como occidentales, que valíamos más que ellos. Pero no me
gustaba la literatura servilmente indigenista de un Samayoa Chinchilla
o un Samayoa Aguilar o los poemas de Meneses que creen que escribir como
hablan el castellano los indígenas ya es literatura. Es el jicarismo
que llama Luis Cardoza.
A.A.: ¿Tenían ustedes una línea ideológico-política
precisa, o bien reaccionaban instintivamente en contra de la dictadura?
C.I.: Sí, claro, era una reacción instintiva en contra de
la dictadura, romántica, aunque concientes de la opresión
de la cultura. Por otro lado, por cuestiones de buen gusto era ya imposible
estar con el ubiquismo. Además, por oposición al grupo que
nos precedió, el grupo Tepeu. Esto nos llevó a constituirnos
en el antítesis.
A.A.: ¿Hubo algún personaje nacional o extranjero que
te marcara de manera especial?
C.I.:Uno que me marcó mucho fue el sacrificio de Juan Pablo Wainright,
un famoso comunista hondureño que murió en la cárcel
y cuya vida me parece ejemplar y de un valor como ser humano, maravilloso.
En este caso podría decir yo que no es su doctrina sino su ejemplo.
Luego, dos o tres personajes de novela. Me impresionó mucho un libro
que leí por obsequio de Hugo Cerezo Dardón que es La montaña
mágica. Me identifiqué con el personaje Settembrini,
a quien quise imitar inútilmente. Me enseñó el arte
de discernir ciertas cosas o por lo menos de buscar motivos difíciles
para el entendimiento. Otro fue Giovanni Papini. Me caía de maravilla,
sobretodo en El diccionario del hombre salvaje. Alguna vez intenté
hacer uno yo también, que espero la hictericia del tiempo haya acabado
con esas cuartillas.
A.A. ¿Algún libro?
C.I.: Sí. La Isla de los Pingüinos, no sé por
qué pero me gustó
mucho. Creo que fue mi primera lección viva, directa, de la ironía,
es decir, que todo se puede decir mediante ciertos procedimientos sin caer
en lo absurdo que es lo que más nos marca y nos hace huir de nosotros
mismos: la seriedad. Me pareció que el hecho de saber contar la
historia de Francia mediante símbolos de respero era lo ideal. Esta
novela fue para mí además, el gran gusto del idioma porque
la traducción de Aguilar es tenida como ejemplar por el mismo Anatole
France quien dijo que estaba mejor escrita en español que en francés.
Este libro fue para mí una herramienta. Me llevó hasta otro
tipo de novelas, incluyendo los patetismos rusos, otro tipo de ironía.