REPENSANDO EL PREDICAMENTO DEL INTELECTUAL NEOCOLONIAL
Para el intelectual centroamericano, su producción cultural tradicionalmente
ha implicado un cierto tipo de relación con el estado, cuando no
una contínua lucha en contra de éste último. Es parte
de las presuposiciones y principios que han regido la práctica cultural
y política del istmo durante ya casi dos siglos. Desde los intelectuales
que militaron en la lucha por la independencia a principios del siglo diecinueve
hasta los comandantes guerrilleros de los años ochenta, la separación
de las categorías de "intelectual" y "político" ha sido --
lo menos que se puede decir -- mínima.
Dado lo anterior, en este trabajo intentaremos explorar algunos rasgos
significativos del papel de intelectual jugado por Mario Payeras. Como
comandante guerrillero y como intelectual, Payeras es emblemático
de muchas de las contradicciones vividas por intelectuales/militantes revolucionarios
centroamericanos en el período que va aproximadamente de 1955 a
1985. Por lo tanto, examinando su caso podemos extraer observaciones que
nos permitan considerar las transformaciones del papel del intelectual
en el seno de sus respectivas formaciones sociales en años recientes.
Para ubicarlo primeramente, sin embargo, reflexionaremos sobre las contradictorias
relaciones establecidas en nuestra parte del mundo entre el intelectual
y el estado.
El intelectual contra el estado
Conformados con las nociones enciclopedistas de la ilustración y
bajo un romántico entendimiento de la cultura maya, los intelectuales
centroamericanos de izquierda se autoconstituyeron, se imaginaron a sí
mismos, como especie de shamanes de su tribu. Para ellos, el intelectual
era una especie de oráculo: hablaba por los muchos que no se podían
hacer escuchar, por los que "no tienen voz." Prácticamente desde
la independencia hasta las guerras revolucionarias de los años ochenta,
consideraron la suya una función patriótica de naturaleza
social. Según ésta, el intelectual, el escritor, llevaba
a sus espaldas el peso de su pueblo. El (o ella) no escribían para
transformar la conciencia del mismo, pues sabían que el pueblo no
los podía leer. Por el contrario, escribían para crear la
memoria colectiva del mismo. Armados con la fuerza moral que esto conllevaba,
luchaban por transformar las estructuras mentales de los sectores dominantes
y por ejercer una nueva hegemonía cultural que contribuyera decididamente
a la transformación de la sociedad y del estado.
El proceso anterior implicó históricamente que la gran mayoría
de intelectuales siempre terminaron o muertos, o en prisión o en
el exilio. De las anteriores opciones, la única que posibilitaba
la consecución de la tarea intelectual era el exilio. Por eso que
un altísimo porcentaje de ellos pasaron sus más fértiles
años -- cuando no toda su vida -- inmersos en un proceso creativo
en el exterior de sus respectivos países. Lo anterior implicó
que el discurso de buena parte de ellos surgió desde fuera de sus
respectivas fronteras. Esto conllevaba que cuando sus discursos entraban
a la arena multilingüística de su respectiva nación,
llegaban ya -- en muchos casos -- o bien parcialmente validados por los
discursos dominantes de la misma, o bien intercalados con los discursos
hegemónicos que surgían de los centros internacionales de
decisión cultural.
El fenómeno anterior generó dos tipos de problemas. En primer
lugar, el escritor o intelectual buscó insertarse -- desde el extranjero
-- dentro de corrientes discursivas cosmopolitas como mecanismo de acceso
o de validación de su propio discurso al interior de su respectivo
país. Esto lo convirtió en portador de novedades, de nuevas
corrientes intelectuales, en comerciante de nuevas invenciones. Jugando
un poco el papel de Melquíades en Macondo, descrito en Cien años
de soledad, a veces contribuyó insertando nuevos paradigmas
en el plano de lo simbólico, pero a veces no fue sino un mercachifle,
tratando de venderle baratijas a sus correligionarios. Desde luego como
sujeto, el intelectual no se percibía a sí mismo de esta
última manera.
El segundo problema se desprendió de la situación anterior.
La actitud mencionada generó resistencia por parte de los intelectuales
que se quedaron dentro del país y que buscaron desplazar el discurso
de "los de fuera" como mecanismo para hegemonizar el espacio cultural existente
dentro del mismo. La contínua pugna entre "los de fuera" y "los
de dentro" fue una lucha de poder que estos últimos ejercieron contra
lo que inferían que eran los mitificados privilegios del conocimiento
que detentaban los primeros. En el caldeado contexto centroamericano, esta
situación terminaba teniendo implicaciones de naturaleza política.
"Los de adentro" aducían virtudes morales por el hecho de haber
permanecido al interior del país a pesar de la represión
o la persecución. Arguían estar en mejor posición
de saber qué era lo que el pueblo (y ellos mismos) necesitaban,
y proclamaban que "los de fuera" estaban desfasados de "la realidad nacional"
debido a su alejamiento. Por lo tanto, no debían ejercer posiciones
que les otorgaran poder cultural o político.
A su vez, los intelectuales exilados buscaron romper el círculo
prisión-exilio-muerte al mismo tiempo que absorbían y vehiculizaban
nuevas corrientes discursivas. Por lo tanto, necesitaban revalidarse políticamente
al interior de su país y ante los ojos de sus correligionarios.
Esta revalidación requería de la articulación del
conocimiento y la competencia con el ejercicio del poder. No olvidemos
que, en la gran mayoría de casos, si salieron al exilio en primer
lugar era porque militaban políticamente en las filas de alguna
organización revolucionaria. Esto implicaba que habían acumulado
poder y autoridad dentro del país por medio de su militancia política.
En otras palabras, no era específicamente su papel de intelectuales
lo que los validaba en el interior, sino el poder que ejercían como
dirigentes o militantes revolucionarios.
Las anteriores contradicciones se agudizaron a partir de la intervención
armada en Guatemala en 1954, intensificándose durante los siguientes
30 años. Sin embargo, las transformaciones políticas vividas
en la región a partir de mediados de los años ochenta han
reajustado dichas tendencias, situación de la cual hablaremos más
adelante.
"Poetas guerrilleros"
Ideológicamente, la diferencia entre las categorías de "poeta"
y "guerrillero" nunca fue muy marcada en el istmo, y ya era muy velada
para principios de los años sesenta. A lo largo de esta década,
la unión de ambas categorías como constitución de
un nuevo sujeto revolucionario no podía sino intensificarse. El
poeta salvadoreño Roque Dalton dijo a este respecto:
El tema de discusión principal bien pronto fue el de la responsabilidad
social del escritor y del artista en las condiciones de los países
atrasados y superexplotados de la América Central. Miguel Angel
Asturias...era respetado por las juventudes centroamericanas como un creador
y un honesto revolucionario. El aportó la frase que sintetizaba
los anhelos de los jóvenes...: "El poeta es una conducta moral."
Sobre esta frase se improvisó un pequeño pero sólido
edificio de principios ético-estéticos: el poeta es una conducta
moral, debe escribir como piensa y vivir como escribe, está comprometido
ccon el pueblo, con sus luchas liberadoras, con la revolución.
Las diferencias entre acción revolucionaria y quéhacer artístico
se fueron borrando. Su práctica, como intelectuales, pasó
a ser, de hecho, muy similar a la del intelectual engagé
definido por Jean-Paul Sartre y criticado posteriormente por Michel Foucault,
quien lo rebautizó como intelectual "universal."
En Centroamérica, sin embargo, el anterior esquema no aparece tan
nítido en aquellos años. A partir de la revolución
cubana en 1959 y la aparición de guerrillas en la región
desde 1961, se creó una división entre una "vieja izquierda"
(pro-comunista y alineada con Moscú) y una "nueva izquierda" (pro-guevarista,
antiestalinista y alineada con el ideal romántico de la revolución
cubana tal y como aparecía poéticamente expresado en la "Segunda
Declaración de la Habana"). Era una nueva generación intelectual
-- más jóven, crítica del modelo soviético
-- pero igualmente comprometida en la lucha por transformaciones económicas
y sociales en sus respectivos países. Esta división no era
sólo política sino también una división cultural.
El cambio de alineación dentro de la izquierda, así como
el cuestionamiento de actitudes dogmáticas de los viejos partidos
comunistas obligó a los entonces jóvenes intelectuales a
replantearse su papel y sus vínculos orgánicos con su pueblo.
El proceso de la escritura se convirtió en un mecanismo para escapar
de sus propios orígenes de clase y de redefinir su identidad dentro
de las emergentes organizaciones revolucionarias. Los procesos de autoconstitución
de su nueva identidad, sin embargo, los llevaron a la realización
de que no podían hablar en nombre de otro grupo social, como había
sido la tradición de los años cincuenta. De allí que
el tipo de opciones planteadas tuviera generalmente dos tipos de expresión.
Por un lado, el intelectual como "comadrona," como facilitador de las prácticas
discursivas de otros grupos sociales, ayudando a dar a luz al bebé
que no era suyo, que era el resultado de las propias voces populares reordenadas
y editadas por el intelectual en consulta con sus enunciadores. Por el
otro, relegitimar al intelectual por medio de su militancia y práctica
revolucionarias. De acuerdo a esta segunda opción, cuando el intelectual
hablaba en nombre de su pueblo, era porque él (o ella) se habían
fusionado con dicho pueblo, pueblo e intelectual se habían vuelto
uno solo, de manera que éste último ejercía su liderazgo
únicamente en función de los intereses del pueblo como un
conjunto.
El resultado fue que el modelo sartreano de intelectual pasó a ser
sustituido por un nuevo modelo. Este presuponía las mismas bases
del intelectual "universal" en un marco eminentemente marxista. Sin embargo,
en su práctica concreta se comportaba más como una especie
de híbrido entre un intelectual gramsciano y un escritor vanguardista,
que buscaba resistematizar la producción cultural dentro de un nuevo
paradigma revolucionario, por medio de su propia praxis más
que por la autorreflexibilidad. El papel híbrido que adquirió
el intelectual en esta época posibilitó también que
el nivel de búsqueda formal que adquirió la narrativa centroamericana
en este período fuera extremamente alto.
Mario Payeras en la encrucijada de la historia
De manera particular voy a enfocar ahora el caso del escritor y dirigente
político guatemalteco Mario Payeras. Payeras nació en Chimaltenango,
Guatemala, en 1942, en un medio ladino burgués provinciano:
Pocos años antes, su padre, un maestro de escuela originario del
oriente del país, había pasado a desempeñar una plaza
docente en la ciudad y había contraído matrimonio con la
hija mayor de una de las familias acomodadas de la localidad. Era la época
de la dictadura ubiquista...Del padre ilustrado e inquieto escuchó...las
iniciales razones sobre la injusticia social y la primera prédica
revolucionaria.
Destacó siempre en sus estudios, razones por las cuales emigró
a la capital, donde como adolescente a fines de los años cincuenta
comenzó a acercarse a círculos de la juventud comunista,
y posteriormente a militar en sus filas. De allí surgió una
beca para dirigirse a la desaparecida Alemania Democrática, donde
estudió filosofía en la universidad de Leipzig, obteniendo
su doctorado a mediados de los años sesenta.
En aquella coyuntura, existía ya en Guatemala la alternativa entre
el trabajo político tradicional del Partido Guatemalteco de los
Trabajadores (PGT, comunista) y la acción guerrillera representada
por las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR, de tendencia guevarista pro-cubana).
Payeras optó por ésta última y decidió volar
directamente a Cuba para entrenarse militarmente e incorporarse a las filas
de las FAR como combatiente.
Llegó tarde, sin embargo. En aquellos meses murió el comandante
en jefe de las FAR, Luis Augusto Turcios Lima, y a los pocos días
el ejército guatemalteco inició una ofensiva de gran envargadura
que desarticuló a la organización guerrillera. En ese contexto,
se dio una ruptura entre las FAR y el PGT, así como al interior
de las propias FAR. Desde Cuba, el comandante Ricardo Ramírez, alias
Rolando Morán, lanzó un documento conocido como el "documento
de marzo de 1967" en el cual acusaba al PGT y a las FAR de errores estratégicos
graves que habían llevado a la derrota del esfuerzo guerrillero.
Ramírez fue expulsado de las FAR. Decidió entonces crear
una nueva organización político-militar con el grupo de cuadros
que se encontraban entrenando en la isla. Payeras se adhirió al
grupo y muy pronto comenzó a destacar entre sus líderes.
A fines de los años sesenta el grupo inició la elaboración
de su estrategia por medio de labores clandestinas en territorio mexicano.
Posteriormente entró a territorio guatemalteco el 19 de enero de
1972. Payeras era el segundo de mando del grupo que se insertó en
la selva, detrás del legendario comandante César Montes.
Por esta época murió su hermano mayor, Rodolfo, miembro de
la dirección de las FAR. Un escrito suyo de 1982, dedicado a su
memoria, captura perfectamente la esencia del esfuerzo que implicaba la
tarea guerrillera en aquellos años:
Para entonces, Feliciano (Rodolfo Payeras) tenía ocho años
de no ver a su hermano, con quien se querían entrañablemente,
tras despedirse en México una nublada mañana de 1962. Desde
esa vez los caminos de ambos se habían separado en el espacio y
sólo en una ocasión habían logrado comunicarse por
carta. De Vietnam, de Moscú, de Leipzig, en cartas escritas a la
carrera y en las que hacían esfuerzos por decirse todo lo que ambos
habían acumulado durante "aquellos largos almanaques de ausencia,"
hacían planes para encontrarse y se habían dicho todo lo
que se querían, habían hecho balance de la infancia común,
se habían identificado en el compartido amor por el Pueblo y habían
consignado el propósito de encontrarse en algún punto del
globo, donde se cruzaran, aunque fuera una vez, sus enredados caminos.
No volvieron a verse, porque las rutas de los hombres de la Revolución
son más complejas y duras que las de aquellos que no han asumido
la tarea de cambiar el mundo.
En 1974 su organización adoptó el nombre de Ejército
Guerrillero de los Pobres (EGP). Dos años después, César
Montes fue expulsado de la misma por diferencias de línea política,
y Payeras se convirtió en el número dos de la organización,
y en el comandante de la guerrilla en la selva. A este respecto, el propio
Payeras dice:
La dirección era colectiva y la ejercían los veteranos de
la Sierra de las Minas y de la anterior Resistencia urbana. Sin embargo,
uno de ellos, Víctor, persistió en orientarse en la selva
con la brujula y los mapas de las sierras del pasado, rumbo al que aquella
guerrilla jamás habría de volver. Sabía dirigir nuestra
pequeña fuerza militar en el terreno; pero de su horizonte siempre
estuvo ausente la perspectiva de la guerrilla como germen que debía
ser a la vez de un ejército y una organización política.
Nunca entendió que no estábamos ahí simplemente para
reivindicar su nombre oportunistamente exaltado y manipulado por interesados
a raíz de la muerte del Comandante Luis Turcios Lima, sino para
construir una nueva verdad. Adivinábamos demasiados acontecimientos
nuevos ante nosotros y sabíamos que la historia la hacen las colectividades
y no los individuos singulares.
Por problemas físicos tuvo que abandonar la selva hacia fines de
los años setenta, pasando a comandar el frente urbano del EGP, hasta
su salida del país a fines de 1981.
A lo largo de este período, Payeras había venido escribiendo
literatura, fundamentalmente cuentos y poemas. Muchos de sus escritos aparecen
fechados desde 1975. Sin embargo, su material había permanecido
inédito (y su nombre era desconocido públicamente) hasta
que envió su manuscrito Los días de la selva al concurso
Casa de las Américas en 1980 en la rama de testimonio y terminó
ganándolo. De este libro Gabriel García Márquez dijo
que era una pena que el autor fuera guerrillero, porque evidentemente era
un gran escritor. Payeras respondió indirectamente diciendo que
qué bueno que un escritor como él militara efectivamente
en filas de la guerrilla, que era eso lo verdaderamente significativo de
su esfuerzo.
Con dicho libro -- hoy traducido a varios idiomas y el segundo libro de
testimonio más popular que haya emergido del país después
del de Rigoberta Menchú -- se inserta en el ámbito de las
letras guatemaltecas como el primer autor que, en palabras suyas, no es
"un escritor que es revolucionario, sino un revolucionario que es escritor."
Mucha gente, sin embargo, a pesar de haber valorado el libro, ignoró
la naturaleza de su autor, asumiendo que el nombre "Mario Payeras" era
un seudónimo de algún guerrillero cuya identidad se esclarecería
en el futuro.
Desde mediados de 1981 hasta fines de 1982 el ejército guatemalteco
desató la peor ofensiva de toda su historia, desarticulando la retaguardia
urbana en la capital, arrasando más de 450 aldeas según reconocimiento
de ellos mismos, matando un mínimo de 40,000 personas según
cálculos conservadores, y desplazando cerca de un millón
más, muchos de los cuales se convirtieron en refugiados externos
e internos. Como resultado de esta ofensiva, el EGP fue desarticulado,
sufrió las bajas de muchos de sus cuadros fundadores y perdió
la iniciativa política y militar de la guerra. Algunos arguyeron
que la organización había sufrido una derrota estratégica.
Payeras relata:
Los días que siguieron a la caída de la unidad militar fueron
la prueba más dura de nuestra militancia. En el lapso de un mes,
el Frente urbano había sido desorganizado por el enemigo y decenas
de compañeros habían caído en la lucha. Era necesario
comenzar de nuevo y hallar en nuestro interior la esperanza soterrada bajo
tantos escombros.
En ese contexto, es ahora el papel de Payeras de emular a Ricardo Ramírez
y lanzar un documento en el cual acusa al EGP de errores estratégicos
graves que han llevado por segunda vez a la derrota del esfuerzo guerrillero.
Exige una autocrítica de la organización (co-responsable
por el elevado número de víctimas) y una rectificación
estratégica. Ramírez lo amenaza veladamente, y la pugna entre
ambos dirigentes termina en una nueva ruptura en enero de 1984. Payeras
y un grupo de cuadros medios rompe con el EGP, publica el documento antes
indicado como suyo, y declara que la etapa del "guerrillerismo" ha concluido,
iniciándose una nueva etapa en la cual la lucha revolucionaria pasa
por canales políticos y ya no por la vía militar:
Transcurridas décadas de práctica, nosotros sostenemos que
ni el modelo partidario tradicional, ni el tipo de organización
político-militar a través de los cuales hemos tratado de
abrirle paso a la revolución en nuestro país, resultan instrumentos
efectivos para la tarea, sin desmedro del aporte inmenso rendido en el
transcurso tanto por la organización comunista como por la guerrilla.
Dicha actitud -- ejercida a principios de 1984, aún antes de la
llegada de Gorbachev al poder en la extinta URSS -- marca a Payeras y transforma
su identidad en el seno del movimiento revolucionario guatemalteco. Sujeto
al control y dependencia del movimiento revolucionario, este último
lo aisla y le hace el vacío. Sin embargo, claro en la transformación
de su identidad por su conciencia y auto-conocimiento, Payeras sugiere
una nueva forma de poder por medio de su reinserción como intelectual
en los círculos de producción de bienes culturales. Busca
de esta manera preservar su validez política como interlocutor del
pueblo de Guatemala.
En años subsiguientes, Payeras publica un segundo testimonio que
narra la desarticulación del frente urbano del EGP a mediados de
1981 llamado El trueno en la ciudad (1987), un libro de poesía,
Poemas
de la zona reina (1989), un libro de cuentos titulado El mundo como
flor y como invento (1987) y un primer abordaje crítico de la
cuestión ecológica en Guatemala, Latitud de la flor y
el granizo (1988).
Al mismo tiempo, inicia la construcción de una nueva organización
revolucionaria no armada. Para el anterior propósito, publica en
1985 -- junto con los otros miembros de su contingente -- una serie de
tesis para elaborar un proyecto de lucha y de nueva convergencia unitaria.
La tesis número tres dice:
Las fuerzas revolucionarias emprendemos esta nueva etapa desprovistas de
las herramientas políticas indispensables para conducirnos en ella.
Para colmar esa deficiencia fundamental debemos comenzar por reconocer
que se trata de una nueva etapa, que es necesario superar los viejos esquemas
y no reducirse a la aplicación de formas de lucha unilaterales y
ya del todo insuficientes para colmar los nuevos desafíos del proceso.
Payeras, entonces, no ha abandonado sus intenciones de ser primero un revolucionario
y secundariamente un escritor. Sin embargo, ha entendido que con el inicio
de una nueva etapa, su papel revolucionario comienza a ser prioritariamente
el de un escritor. En otras palabras, sus propias condiciones de poder
se han transformado como resultado de los cambios en su situación
de dirigente político. Por un lado, el estado guatemalteco lo continúa
señalando como "subversivo" y le niega la posibilidad de reinsertarse
en el espacio social del país como dirigente político legal.
Por el otro, sus ex-compañeros de armas también lo señalan
como otro tipo de "subversivo" -- el guerrillero renegado -- y luchan por
impedir el desarrollo de su capacidad discursiva y la circulación
de su conocimiento en el seno del espacio cultural.
La suya es una situación diferente a la del intelectual tradicional
que busca articular su trabajo con la acción política. Es
debido a su acción política pasada que ahora tiene cerrado
esos caminos. La única puerta que parece quedarle abierta de manera
directa es la puerta intelectual que se desarrolla en esferas internacionales.
Intenta entonces reconstituirse como sujeto explorando esas avenidas. Obligado
a redefinir su papel como dirigente político, tiene que reconsiderar
sus opciones como intelectual en un mundo muy diferente del que le posibilitó
el anterior marco de referencia. Su presente futilidad política,
aunada a los grandes cambios vividos en el mundo en los últimos
años que han vaciado de contenido sus anteriores búsquedas
y perspectivas, le producen una subjetiva crisis existencial. Sin embargo,
esta crisis se transforma en un período de explosividad estética
como resultado de las mismas contradicciones mencionadas. En su proceso
de redefinición y búsqueda de un nuevo sujeto político,
emerge la intensa necesidad de realizar un balance del período histórico
que recién se cierra. Si a Payeras se le disolvió entre los
dedos el "gran relato" que legitimaba su praxis, el nuevo período
que se inicia es tambien el nacimiento de nuevos paradigmas de pensamiento
y de acción, a pesar de todas las incertidumbres.
El caso de Payeras plantea entonces la problemática de las relaciones
entre la constitución del intelectual revolucionario, el estado
y la revolución, disyuntiva característica del intelectual
neocolonial, y su reconformación en las condiciones presentes. En
la actualetapa, se han transformado los parámetros y las relaciones
de poder en los cuales vivió Payeras durante los años que
intentó "tomar el cielo por asalto." Foucault arguye que el poder
del estado amarra al individuo a una identidad particular, que conlleva
la sumisión de la subjetividad. Payeras es lo suficientemente autorreflexivo
como para percatarse de lo anterior e intentar rechazar este tipo de invidualización
por parte del estado, pero termina siendo igualmente individualizado --
identificado de una manera particular -- por todos los sectores que se
encuentran dentro y fuera del mismo. Aunque ya no sea combatiente, Payeras
sigue siendo "el comandante," y dicha característica es parte constitutiva
de su ser. De allí que él mismo experimente enormes dificultades
en autoconstituirse como un ciudadano común y corriente que no ejerce
poder vertical incluso sobre sus socios más íntimos.
En este proceso de autoredefinición, Payeras descubre las contradicciones
inherentes en la sociedad centroamericana entre el pensamiento revolucionario
y los parámetros conservadores de la cotidianidad. En el marco de
la modernidad, el pensamiento revolucionario se plantea rupturas estructurales,
pero no confronta las transformaciones del espacio simbólico en
el cual se articulan nuestra cotidianidad y en el cual se reubican nuevos
parámetros del ser en la esfera pública: feminismo, movimiento
homosexual, carnvalización de la cotidianidad, etc. Es la aceptación
de todo esto lo que Payeras encuentra sumamente difícil en su actual
metamorfosis.
En el plano del a escritura, sin embargo, no sólo se entrega a la
jouissance
escritural, sino que consigue establecer una ruptura en torno a las cuestiones
de autenticidad y autoría que han sido centrales para los debates
críticos sobre el testimonio. En su caso tenemos que el protagonista
es el autor mismo, quien es a la vez un escritor, y cuyo testimonio está
cargado de un lirismo y uso del lenguaje que implica un conocimiento profundo
del uso del lenguaje literario. Sin embargo, no son memorias. No habla
desde un "yo" subjetivo, sino que, al igual que el testimonio, pretende
representar metonímicamente a todo un sector social, a toda una
comunidad, "que no tiene voz" como ha indicado John Beverley. La voz del
autor deja de ser entonces una voz individual; pretende ser una voz colectiva,
una voz que nombra el esfuerzo de todo un pueblo. Es en este rol múltiple
como autor, protagonista y "oráculo de un pueblo" que Payeras realiza
el complejo proceso de re-constituir su identidad por medio de la palabra,
adquiriendo conocimiento de sí mismo y del mundo en la práctica
política y en la práctica escritural.
Lo anterior era prácticamente un imperativo moral, y así
lo definió el propio Miguel Angel Asturias desde mediados de los
cincuenta como lo indicamos anteriormente: "el poeta es una conducta moral."
Al entrar al terreno de la moral, Payeras asume el papel de shamán
al cual Asturias también hace alusión. Como un shamán,
Payeras usa su lenguaje como un gesto que compromete a su interlocutor/lector
en una relación dialógica que tiene como trasfondo el rescate
de la memoria histórica del pueblo. Como un apóstol registra
su evangelio para que el mismo quede grabado para la posteridad, desde
la óptica del que vivió la experiencia de dirigente guerrillero
y se siente validado por la misma para articular dicho discurso cargado
de juicios de fe. Payeras simultáneamente vive el evento, lo sobrevive,
lo transcribe y lo interpreta en sus propios comentarios.
Este proceso constituye un acto de autoconstitución en el cual el
autor logra realizar su ideal ético-moral no sólo al constituirse
como guerrillero, sino al constituirse como guerrillero/escritor. El acto
de definición guerrillera requiere su representación literaria
como vehículo de autoconstitución. Las estructuras simbólicas
de sus textos literarios interactúan con las estructuras ideológicas
del período "guerrillerista," un sistema de signos que constituyó
un estrato fundamental de la cultura guatemalteca a lo largo de treinta
años. En este período, identidad literaria e identidad social
se funden en una sola debido a los patrones culturales prevalentes en la
época.
Payeras, el "revolucionario que es escritor," nos obliga a doptar una definición
más amplia de los estudios literarios, más o menos en las
líneas definidas por Terry Eagleton:
Mi propia visión es que es más útil ver a la "literatura"
como un apelativo con el cual la gente bautiza de cuando en cuando y por
razones muy particulares a ciertos tipos de escritura que operan dentro
de un espacio más amplio que Michel Foucault ha llamado "prácticas
discursivas," y que si algo debe ser un objeto de estudio es la totalidad
de este espacio de prácticas discursivas y no sólo lo que
ha veces y por razones oscuras ha sido denominado "literatura." (mi traducción)
Estas prácticas discursivas, entonces, o prácticas significativas,
operan dentro de un espacio mayor de aquel en que se ha encasillado un
cierto "discurso literario," y pasa a ser parte de estudios culturales
en un sentido más amplio que configura una nueva práctica
de aprehender la realidad, creando un indiferenciable río de significaciones
que avanzan conjuntamente hacia el mar de la cultura latinoamericana.
El final del final
Tradicionalmente, los cambios de período en Centroamérica
siempre han estado marcados por cambios estilísticos en los cuales
el desafío es redefinir la relación escritor/lector por medio
de transformaciones en las prácticas de lectura. En dicho proceso,
representaciones caducas de la realidad quedan borradas, sustituidas por
nuevos signos verbales que evocan o aluden a un nuevo imaginario social.
El lenguaje nombra, pero no es realidad. Sin embargo, lo que nombra puede
deleitar o asustar. De allí que en el pasado, escritores hayan corrido
riesgos tan sólo por el acto de nombrar. El nuevo período
histórico que recién se abre, sin embargo, es uno en el cual
nombrar deja de ser un acto subversivo. Desaparece la intolerancia monológica
que simbolizó un período totalitario, y aparece la aceptación
del multilingüismo, aunque siempre y cuando venga separado de la praxis.
De allí que su aceptación tenga tan sólo un valor
simbólico, confinado a su valor semántico en el plano discursivo.
Al articular la acción con el uso de la palabra, la represión
continúa tan intensa como antes. Y ahora el mundo es más
indiferente, pues según nos dicen los signos lingüísticos,
vivimos en una "etapa democrática."
La paradoja que el nuevo período encierra para el escritor revolucionario
es que ya no puede ejercer poder desde el exterior por medio de su militancia
política. Ahora, para que el papel de intelectual conlleve poder,
es obligatorio actuar dentro del espacio nacional.
Sin embargo, Mario Payeras no puede volver al interior del país
sin correr riesgos. Por su pasado guerrillero, está "marcado" por
las fuerzas de seguridad. Por lo tanto, la única vía que
le queda para reinsertarse dentro de su sociedad es la de encontrar la
validación de sus prácticas discursivas en los centros internacionales
de decisión cultural, tal y como indicamos en la primera sección
de este trabajo, e insertarse en la polémica entre "los de dentro"
y "los de fuera."
Sin embargo, aquí es donde aparecen otros tipos de contradicciones.
El problema al hablar de Payeras es que el suyo es un discurso prácticamente
desconocido tanto dentro como fuera de Guatemala. No es un discurso que
se encuentre efectivamente dialogando en este momento en la esfera pública.
Por mucho talento o "brillantez estético-literaria" que tenga, no
consigue insertarse al mercado internacional del libro precisamente por
la globalización de la cultura que viene aunada a la globalización
de la economía y a la ideología neo-liberal que domina el
clima mundial desde la década de los ochenta. Como un ex-guerrillero
y un declarado marxista, su ideología está "fuera de moda."
De allí que la circulación y promoción de su producción
literaria "carezca de mercado" en el contexto actual. Limitado entonces
a circular en una mínima órbita mexicana, y otra todavía
más estrecha dentro de Guatemala, la opción de insertarse
a un debate en torno a las relaciones entre el intelectual, el estado y
la revolución, en las cuales su larga experiencia y su actual proceso
de reconstitución pudieran contribuir creativamente a nuestro propio
conocimiento, quedan prácticamente vedadas.
La paradoja del intelectual neocolonial es que su palabra sólo tiene
"validez" en la medida en que es legitimada por los centros hegemónicos
de decisión cultural. Es en esa contradicción en la cual
se localiza su actual predicamento. Las transformaciones culturales vividas
recientemente en el primer mundo deslegitiman actualmente ese tipo de búsquedas.
Por lo tanto, terminan deslegitimando al sujeto neocolonial que articula
tales discursos, sin que importe su validez en formaciones sociales como
la guatemalteca. El discurso del sujeto neo-colonial precisa de validación
desde el exterior para ser aceptado, incluso al interior de su propio país.
Sucede que este tipo de práctica discursiva es considerada caduca
en la mayoría de centros hegemónicos, cuando la referencialidad
no se enmarca en otros puntos de engarce con la problemática contemporánea
primermundista: homosexualidad, etnicidad, feminismo, a manera de ejemplos
de los años noventa, sin menosprecio de los mismos. Desafortunadamente,
articular el tipo de discurso que Payeras enuncia era casi la única
disyuntiva que tenía un sujeto subalterno para constituirse como
intelectual en el período que abarcó desde mediados de los
años cincuenta hasta mediados de los ochenta. Era imposible constituirse
en sujeto sin hacerlo en oposición al estado, definiendo una identidad
con las clases sociales subalternas, y erigiendo el ser intelectual como
un instrumento utilitarista que acelerara la llegada de la modernidad y
la constitución de la nación en un marco revolucionario de
corte marxista. Como el propio Payeras indica en uno de sus últimos
escritos:
La imagen de un devenir circular, a la manera de Vico, es una tentación
teórica en la hora actual; pero esta visión de la historia,
así como las concepciones etapistas y jerarquizadoras que implican
todas a su modo el fin de la historia, no captan la incesante renovación
de la humanidad, ni asumen la certeza, muchas veces constatada en el transcurso
del proceso histórico, que la vida en el universo es lucha.
Este universo de lucha requiere, en este fin del siglo XX, de una nueva
redefinición -- en nuestro medio específico -- de la relación
entre el intelectual y su medio. Implica también un reexamen de
los mecanismos de circulación internacional del libro, por cuyo
mercado se validan ciertas prácticas discursivas en función
de los propios intereses del primer mundo, y se le cierran los espacios
a prácticas alternativas que son no sólo resultados orgánicos
del dialogismo y de la multiplicidad del sujeto en el tercer mundo sino
también historias suprimidas que sobreviven a pesar de todo.
Este fin del siglo veinte es un momento fluido, en que la misma identidad
del ser guatemalteco, centroamericano, tercermundista, se nos puede perder
en los huracanados vientos cargados de connotaciones transculturizadoras.
Como indica Néstor García Canclini:
Por primera vez en la historia, en esta segunda mitad del siglo XX la mayor
parte de los bienes y mensajes que se reciben en cada nación no
se han producido en su propio territorio, no surgen de relaciones peculiares
de producción, ni llevan en ellos, por lo tanto, signos exclusivos
que los vinculen a la comunidad nacional, sino otras marcas que más
bien indican su pertenencia a un sistema desterritorializado.
Corolario de la misma es la transformación de las identidades nacionales
y de sus manifestaciones culturales, que García Canclini denomina
"culturas postnacionales". Según esta lógica, nuestro problema
actual es que debido a la circulación de mensajes simbólicos,
personas y capitales en el ámbito contemporáneo, las identidades
ya no pueden definirse por la pertenencia exclusiva a una comunidad nacional.
Lo anterior implica la hibridización de la cultura y su ubicación
en escenarios multideterminados.
Finalmente, nos obliga a plantearnos una serie de interrogantes, de las
cuales las siguientes no son sino un pequeño ejemplo: ¿En
el contexto centroamericano actual, sigue vigente el concepto de revolución?
¿Y de ser así, con cuáles características?
¿Cuál sería la naturaleza de las modificaciones económicas,
sociales, políticas y culturales que una hipotética revolución
de fin de siglo (o de principios del siguiente) implicaría? ¿Cuáles
serían las relaciones posibles de un futuro estado revolucionario
y un primer mundo constituido como unidad económica global y homogenizados
por un nuevo orden político? ¿Cuál es la viabilidad
de un estado tercermundista carente de recursos energéticos y agotado
en todo tipo de recursos o medios económicos legítimos de
sobrevivencia?
Aunque se indiquen sólo como muestra, este es el tipo de interrogantes
que un intelectual neocolonial no puede dejar de plantearse, y que lo sigue
diferenciando del intelectual primermundista. Es la agobiante deuda histórica
cuyos imperativos morales tendrán qué confrontar también
los futuros intelectuales a la luz del nuevo siglo. En su lucha, le conferirán
una nueva identidad a la palabra, le darán voz a los deliberados
silencios de sus antecesores, replantearán enunciaciones en aras
de reconceptualizar -- una vez más -- el imaginario social y de
establecer, por medio de las estrategias de lectura que de sus textos se
generen, nuevas relaciones con el mundo.