CAPITULO DOS
1
Al capitán Pacal le dolía ligeramente el muslo izquierdo. Había intentado jugar tenis por primera vez después de su accidente en el club de oficiales para impresionar a una muchachita sonrosada que le hubiera significado un sabroso fin de semana en Río Dulce. Sin embargo ya ya se vio perdido. A pesar de lo bien entrenado que tenía el pie deformado y de los trucos aprendidos para desplazarse con aparente normalidad se jaló el músculo la primera vez que corrió. Su ineptitud en esas condiciones relucía hasta dejar de ser graciosa para convertirse en patética. Se molestó con la risa que provocaba. Además tenía las piernas cortas. Parecía esas caricaturas del correcaminos, la espalda erecta y las piernitas dando vueltas como hélices. Abandonó la cancha malhumorado. La niñita se rio en su cara y encontró compañía más sabrosa. Habían pasado cuatro días pero seguía molesto. Cuando llegó al despacho del ministro, favoreció ligeramente la pierna mala antes de sentarse. El teniente Alpírez que hacía de secretario privado del ministro de la defensa corrió solícito para ayudarle.
-No es nada, teniente. No se preocupe.
-¿Los rigores del combate, capitán?
-Los rigores de la imbecilidad.
Ambos rieron. Alpírez volvió a su sitio y el capitán se acomodó en el sofá. Musitaba sobre su inmediata entrevista con el ministro. Tenían que rendirse informes de procedimientos gordos. El explicaría la llegada de Wright. El ministro le comentaría de Castañeda. En su camino del hotel al centro había encontrado un gran despliegue del Pelotón Modelo y del Comando Seis. El Rubicón había sido cruzado. Pensó en Wright, en la Sandra Herrera y en cómo ésta sacó de quicio al gringo. Le hizo gracia.
-Ay, gringuito. Si tan solo supieras...
-¿Señor?
-Nada, teniente. Hablando solo.
-Cuídese mi capitán, que por menos han tirado gente a la jaula de los leones pa' que se los coman vivos.
Este tenientillo se cree el muy gracioso pero no es más que un imbécil, pensó. Se le ocurrió la manera de arreglar que lo mandaran a una fuerza de tarea por el norte del Quiché para que viera acción de a de veras y tuviera que dormir a la intemperie. Así se haría hombre. A todos los huecos los ponen de oficinistas se dijo a sí mismo. De pronto se abrió la puerta. Automáticamente se puso de pie. Sintió casi inmediatamente el jalón del muslo que le dibujó una mueca de dolor en el rostro.
-Puede pasar, capitán. Y cuídese. Va a quedar hecho un viejo achacoso antes de llegar a teniente coronel.
Alpírez se sonrió quedito, con una especie de silbidito que casi parecía hipo, satisfecho de su chiste. El capitán entró al despacho del ministro jurando que lo que era ese tenientillo terminaba sus días en el Quiché.
-Buen día, Pacal.
-Aquí siempre molestando, general.
-Nada, nada. Siéntese pues.
El capitán miró el escritorio. Una taza de café sucia, un cenicero lleno de colillas con cenizas desperdigadas a su alrededor, pilas de papeles, algunas hasta con pequeñas motitas de polvo. La mayoría tenía el sello oficial del gobierno de la república. Algunos tenían los encabezados de organizaciones clandestinas de extrema derecha e izquierda. Varios teléfonos con miles de lucecitas se prendían y se apagaban. En la pared de atrás se veía el último juguete del señor ministro. Unas mini-pantallas de televisión que pasaban simultáneamente información de todo tipo. En una de ellas Pacal ya iba viendo lo que el general iba a contarle.
-Es la toma de la televisión, le dijo el general. -La van a editar para presentarla en las noticias de la noche.
La cámara enfocaba la concha acústica del parque central. La manifestación celebraba su mitin. Todos estaban apelmazados alrededor de la concha. Arriba, un orador. Era el Castañeda ese. Jovencito, de anteojitos. Tenía un suéter beige bastante liviano. El cuello de la camisa se asomaba por sobre el suéter, las colas de la camisa sobre el pantalón. Fachudo el patojo. Hablaba con pasión. La imagen se veía sin sonido pero Pacal lo percibía por los movimientos histriónicos. De pronto el Castañeda se volteaba a ver a la izquierda. La gente comenzaba a alocarse, a correr en dirección contraria. Se veía cómo se pegaban unos a otros con desesperación, como ganado huyendo del fuego. Por eso eran masa. -Se acerca la parte más emocionante.
La cámara se movía muy rápido como si vibrara. Era difícil ver bien. Unos hombres de civil con las caras cubiertas y Uzis en la mano subían corriendo al escenario de la concha acústica. No había nadie en el escenario. De pronto reaparecía Castañeda corriendo hacia la calle en dirección opuesta a la multitud.
-Fíjese en aquella moto.
En efecto, apenas se percibía una moto parada en la calle. Dos hombres en ella. El de atrás se levantaba. Un ligero reflejo evidenciaba otra Uzi. Castañeda los vio al último momento. Hacía gestos hacia la multitud como de que se alejaran. La imagen vibra, evidenciando líneas negras horizontales. Castañeda se dobla y cae al asfalto. El conductor de la moto se para a su vez. Se acerca lentamente al cuerpo. Saca una escuadra del cinto y le pega el tiro de gracia a quemarropa. Lentamente ambos caminan de vuelta hacia la moto. La imagen se disuelve.
-¿Y van a pasar eso en la televisión?
-No seás imbécil. Te dije que no estaba editado todavía.
-¿Y a quién se va a culpar del crimen?
El general se sonrió. Volvió al escritorio y escarbó entre sus papeles. Levantó dos de ellos. Uno tenía el membrete negro con letras muy finitas, el otro de letras gruesas azules.
-A ver, cuál te gusta más a vos. ¿Ejército Secreto Anticomunista o Jaguar Justiciero?
-El papel azul es más bonito.
-Ese entonces, pues. Y mirá... quiero que me ayudés a redactar mi discurso comprometiendo a las fuerzas armadas a esclarecer este bárbaro crimen hasta las últimas consecuencias...
-De acuerdo, mi general. Nomás le informo del gringuito...
2
Un desfile de carros levantaba una polvareda al avanzar hacia la mansión disfrazada en la maleza. Porosos muros de adobe abandonados y descascarados alineaban el angosto camino por el cual tenían que pasar obligatoriamente los vehículos. En uno de ellos, hacia el lado derecho, se leía una pinta escrita con letras negras bien ordenaditas: "Ciudadano, defiende tu ejército." Del lado izquierdo había otra dos hechas con igual esmero sólo que con pintura azul: "Guatemala es paz y desarrollo" y "El ejército es paz, patria, orden." Por encima de esas pintas geométricas perfectamente alineadas con letras del mismo grosor alguien había escrito con pintura roja, letras delgadas y temblorosas hechas a la carrera, en una diagonal que a duras penas conseguía mantenerse alineada, "Viva el EGP."
Los carros llegaron al portón y se detuvieron. Este se abrió electrónicamente. Algún observador cuidadoso habría percibido la cámara de televisión colgando de una esquina en una de las columnas que sostenían el portón. El desfile continuó imperturbable hasta la puerta principal de la mansión. En cuanto se detuvo el primero, el mayordomo, Jonás, apareció condescendientemente en la entrada, abriendo la portezuela trasera del vehículo. Alvaro salió. Entre él y Jonás ayudaron a extraer a don Leonel y plantar sus pies sólidamente en la tierra.
-Ya, papá. ¿Viste qué fácil?
-Fácil la gran chucha.
-Pues ya se te fue el dolor, ¿no? ¿Acaso no te sentís mejor? -Si irse el dolor es que le quede a uno la sonrisa torcida como cucurucho después de cargar la procesión.
-Señor, por cierto...
-¿Qué pasa, Jonás?
-Llamó el señor ministro. Que venía pa' acá.
-¡Carajo! ¡Qué friega! ¿Y cómo sabía que yo iba a estar en la casa? Estos ya se creen que son la mamá de Tarzán.
-Es que ellos lo saben todo señor.
3
Era una casa modesta en un barrio popular de la ciudad. Casa del viejo estilo español con un balcón que daba a la banqueta defendido por una gruesa reja que evocaba las puertas de las prisiones y el portón de un zagúan. Ese había sido modernizado y ahora era metálico, pintado de un gris claro, con manchones de óxido ascendiendo de las esquinas de abajo. Fuera de eso seguía siendo una casa típica de principios de siglo con paredes altas, amarillentas y descascaradas, cornisas bordeando el techo y ennegrecidas tejas mohosas.
Por dentro la casa era un desastre. Casi no tenía muebles. Cajones de madera dispersos desordenadamente por las diferentes habitaciones pasaban por mesas. Todos estaban llenos de papeles, de tazas de café abandonadas sin limpiarse, cucharitas, bolígrafos, fósforos, ceniceros nunca vaciados, libros desperdigados. Todo el ambiente estaba impregnado de un olor a cigarro que se pegosteaba en todos los rincones como viejos ungüentos de tiempos detenidos. Gruesas motas de polvo se acumulaban en las esquinas de cada cuarto que a veces viajaban hacia el centro de la habitación pegadas a la punta de un zapato o bien alentadas por una ligera brisa. En las paredes no había ningún adorno fuera de una bandera del EGP que hipnotizaba con la penetrante mirada del ché sostenida por dos brillantes tachuelas enmedio del muro que dividiría lo que en una casa normal hubiera sido la sala y el comedor. La casa, eso sí, tenía movimiento. Hombres y mujeres con blue jeans y zapatos tenis entraban y salían con sorprendente rapidez. Recogían o dejaban papeles, escribían algo. Ocasionalmente alguien iba al lavabo y le prendía fuego a algún pedazo de papel.
En toda la casa había una sola mesa de verdad. Era una mesa de pino sin pintar enmedio del cuarto del fondo que tenía salida al patio de atrás y al de adelante. Las puertas y la ventana que daba al corredor estaban cerradas, quedando el cuarto sumido en una oscuridad artificial que obligaba al uso de la luz eléctrica. Tres personas estaban sentadas alrededor de la mesa estudiando diversos documentos: dos hombres y una mujer. El hombre sentado en medio de los otros dos era de complexión mediana pero con un físico evidentemente bien desarrollado. Pelo negro, corto, un poquito a la usanza de los años cincuenta. No usaba barba ni bigote. Ligeramente moreno pero no mucho. La nariz era un poquito ancha y los labios medianamente gruesos, como una escultura olmeca. Técnicamente no era guapo. Pero parecía atractivo por la fuerza de su mirada y por la electricidad que generaba. De cuello grueso y manos anchas y callosas, hablaba mandando como los militares. A diferencia de éstos, sin embargo, escuchaba profundamente cuando le dirigían la palabra, absorbiendo a la persona con sus ojos. Aunque era maestro de la ironía, situación que hacía sentirse inseguro a cualquiera que estuviera en ligero desacuerdo con él, tenía un tono generoso y sabía agradecer cuando se le hacía ver algo que no se le había ocurrido.
El otro era más flaco. Aunque ligeramente más alto, por la flaqueza parecía más chiquito. Usaba barba y bigote, con el pelo colocho ligeramente largo. Tenía una nariz romana afilada. Aunque la piel era más morena sus ojos relucían azules. Parecían focos que iluminaban cualquier rincón oscuro donde se pasearan. Hablaba sin parar, siempre, en serio o en broma. Al hablar una gota de saliva parecía escapársele por la comisura de los labios eternamente resecos.
La mujer era bajita pero como también oscilaba hacia el lado flaco parecía ser más alta de lo que en realidad era. Además, en un país de enanos, su altura ya estaba por encima de la media nacional. Tenía un bello pelo negro que le caía por la espalda hasta casi la cintura, recogido como una larga cola de macho por un gracioso elástico blanco con adornitos color plata. A pesar de que no usaba maquillaje y la camisa y el pantalón eran demasiado bombachos como para dejar ver su figura, era evidente que se trataba de una mujer de temple.
Tocaron a la puerta. Todos levantaron la vista con una rapidez fulgurante. El flaco de barba cuyo seudónimo era "Vallejo" en homenaje al poeta se levantó y entreabrió. Afuera alguien se le acercó para susurrarle algo al oído. La expresión se le tensó inmediatamente y las venas de la frente saltaron hacia afuera como si le acabara de dar un infarto. Sacudió afirmativamente la cabeza y cerró la puerta.
-¡Asesinaron a Oliverio Castañeda!
El rostro de los otros dos se desencajó.
-¡Pero si estaba en la manifestación rodeado de gente!
Vallejo asintió.
-Sí, Ariadne. En público. Frente a todo el mundo. Frente a la televisión y la prensa.
Empezó a explicar con su voz acelerada lo que le acababa de trasmitir el informante. Vallejo y Ariadne hablaban al mismo tiempo como fuego trastornado. Las venas del cuello hinchadas, se interrumpían, subían la voz, casi se gritaban. El tercero absorbía todo como esponja mientras apretaba con la mano una figurita de cartón en forma de estrella. Finalmente habló. Los otros dos se callaron de súbito.
-Ya, párenla. La pérdida del compañero es lamentable pero así es esto. No podemos hacer nada. No era de nuestra organización. Además, por lo que dicen, la coyuntura no ha cambiado. La correlación de fuerzas no ha cambiado. Los elementos que analizamos siguen siendo los mismos. Así es que dejémoslo allí y centrémonos en nuestra tarea que tenemos dos grandes operativos enfrente de nosotros. Uno es el rescate que depende únicamente de nuestra estructura. Quién, cuándo, dónde se va a contactar a los emisarios del Nugan Hand.
-Tiene razón Kukulkán, terció la mujer.
-Pero ni sabemos si ya recibieron nuestras demandas.
-Las recibieron.
-¿Y cómo lo sabés? Si no se han comunicado...
-El sabe, Vallejo.
-Dejame decirte algo que apenás le comenté a Ariadne. Arlequín reportó la llegada de un gringo al aeropuerto. Nugan Hand ya sabe que tenemos a Gray.
-Ay, tú. Gringos llegan todos los días por racimo, no jodás. Tampoco hay que deslumbrarse y empezar a ver micos aparejados.
-Puta, jodido. No le creés ni a tu sombra. Este era especial. Arlequín controla muy bien eso.
-¡Pero no se han comunicado!
Kukulkán dejó caer el labio inferior con un cierto cinismo muy deliberado como para subrayar lo aburrido que era tener que dar una clase de anatomía cada vez que lo recorría una emoción.
-Las instrucciones del banco las traerá el mismo agente. Pagarán y tratarán de agarrarnos al mismo tiempo. En política hay qué saber leer las señales.
-Si es así, ya ni pa' qué hablamos, papasote, ya que sólo vos estás manejando esos contactos, pues. Mejor ni la freguemos y entrémole de una vez a lo de Sololá...
4
Don Leonel miró la botella de cerveza en la mesa. No le gustó por los recuerdos y la nostalgia que evocaba a pesar del tiempo y reaccionó con los gestos que lo caracterizaban.
-¡Jonás!
Ahora que era viejo no podía realizar las jornadas de antes pero mentalmente seguía siendo un buscador de caminos y en el caminar aparecían las posibilidades ocultas que le indicaban las direcciones a seguir.
-Señor...
-Ve, retirá de aquí esa botella de cerveza, por vida tuya.
-Como usted diga señor.
Apenas se alejó el mayordomo cuando Alvaro hizo su entrada al salón. Sonreía y se movía con familiaridad. ¿Sería posible que ese bueno para nada de su hijo estuviera por fin aprendiendo el negocio en vez de dedicarse a meter la paloma entre broma y broma? ¿O sería la buena influencia de su nuera que era un diamante en bruto? A dónde íbamos a parar. Entre los jóvenes las mujeres eran mejores para el negocio que los hombres. Trabajaban más duro. Alzando la vista don Leonel percibió el movimiento de varias personas en la sala que iban y venían, vaso en mano, hablando, riendo, contándose chistes. Sandra estaba entre ellos, moviéndose con una facilidad y una sonrisa que daban envidia.
-¿Tenés whisky aquí, papá?
-En la cómoda. ¿Qué pasa?
Alvaro se dirigió hacia la cómoda. Arriba estaban alineados todos los vasos de cristal cortado. Esos estaban prohibidos. Sólo don Leonel podía usarlos a veces. Además de finos eran los de los recuerdos de una juventud que Alvaro se imaginaba ya muy mitificada. En el estante de enmedio estaban las botellas. Campari. Vermouth. Encontró una de Johnny Walker etiqueta negra y la sacó inmediatamente. Don Leonel tenía varios vasos y una cubeta de hielo frente a su mesita. Botella en mano procedió a componerse un whisky en las rocas.
-¿Qué pasa? Decíme patojo.
-Nada.
-Nada la gran chucha. Decíme.
Le dio un sorbo a su bebida. Sintió el calor relajante en la garganta y el escalofrío en la espalda. La mirada se le enderezó y pudo ver a su padre directamente a los ojos.
-Nomás que tengo que salir con el avión.
-Ah vaya. Entonces business is business como ya se ha dicho hasta el hartazgo que dicen los gringos.
Alvaro hizo una mueca que pudo ser burla o ansiedad. Dio otro sorbo a su whisky. Vio de reojo a su padre, su imágen grisácea bebiendo con la cabeza echada hacia atrás.
-Sí... Hay que atender el negocio cueste lo que cueste.
-Sólo que yo nunca le oí a un gringo decir eso.
-Es porque son gente de hablar enredado.
-¿Cómo así?
-Gargajean infinitivos humedecidos por muñones de frases entrecortadas.
-Cuidado...
-Si no los critico. Son nuestro mercado, pagan puntualísimo. Pero no por eso voy a dejar de bailar de medio lado.
Don Leonel sintió que se caía de sueño pero no quiso evidenciarlo. Erecto y silencioso, dejó que la fuerza misma de su personalidad le avivaran al hijo su ansiedad, sus temores, su mariconería. Gracias a dios tenía una nuera que era una chulada. Era lo único que le envidiaba. Eso y la edad. Cómo le hubiera gustado agarrar el avión y recibir personalmente el cargamento. Así se había forjado este país. Con hombres de pelo en pecho.
-Te quedaste como estatua de sal. Mejor andá acostate.
5
El sol obligaba a entrecerrar los ojos aún cuando se estuvieran usando anteojos oscuros. Picaba en los brazos desnudos y uno lo sentía atravesar la piel y alojarse entre los músculos como pulgas. En la espalda. En el cuello. Pero sobretodo en la espalda. Aunque acababa de salir en su traje de baño, Tom Wright sentía que si no se metía al agua empezaría a sudar y a sufrir en cuestión de segundos. Ya los lentes se le habían humedecido del sudor de la frente. Los dejó con su toalla y la llave del cuarto en una mesita a la orilla de la piscina y se tiró.
En contraste con el sol, el agua estaba fresca. Sentía como si una mano gigantesca le masajeara el cuerpo, lo exprimiera suavemente y lo sobara con aceite. La frescura era avasalladora. Se asomó a la superficie y el reflejo obnubilante le obligó a cerrar los ojos inmediatamente. Apenas distinguiendo el final de la piscina braceó y pataleó, gozando el movimiento y sintiendo el placer del esfuerzo muscular. Levantaba un brazo y lo volvía a hundir deliciosamente mientras la pierna, larga, larga, somataba la superficie del agua, cayendo como la del perro con manchas cafés y costillas ampliamente visibles. Contó las brazadas como siempre lo hacía. Automáticamente. Una, dos, tres, cuatro. Pensó en los múltiplos de esos números. Contar era otra manera de borrar la realidad. Casi tan relajante como nadar. La vida le parecía muchas veces como intervalos a rellenar entre nadadas. Pocos placeres más grandes conocía. Para aclarar la mente, relajar el cuerpo, huir de la realidad, dejarse envolver por el silencio y la imaginación. Nadar, pensar, alejarse de todos, inquietudes diluyéndose en el silencio, lejos de todo. Bloquear la mente con juegos de números. 405 era múltiplo de nueve porque su suma equivalía a 9. Era 3 veces 135 o 9 veces 45, 27 veces 15... y así seguía. La fuga total en forma de espiral.
Casi con pena dejó que la palma de su mano tocara la orilla de la piscina. Había terminado. Dudó sobre dar otra vuelta más. Sopesó la tranquilidad de alejarse del mundo contra el placer de tenderse en una silla reclinante y ser inundado por el sol mientras la mente divagaba. Los músculos se le aflojaron. Pesó eso último. Salió de la piscina. Volvió a la mesita donde había dejado sus lentes oscuros y se tumbó en la silla reclinante. Cerró los ojos. Sintió el gozo de la frescura del agua mezclada con el picor del sol como una lucha entre dos fuerzas por posesionarse de él. Era un momento delicioso en el cual no le gustaba interrogarse sobre si iba a llegar al final del camino, y su convicción de que hiciera lo que hiciera nada cambiaría. Fue cuando oyó la voz inolvidable a su lado, cerca del oído, dirigiéndole la palabra en inglés.
-Tom. Tú eres Tom, ¿no?
Tendría que ser un sueño incierto. Pero era demasiado real y cercano. Fingió indiferencia pero no fue posible. Abrió los ojos. Ella estaba parada frente a él, su rostro cercano al suyo.
-¡Sandra!
Ella dejó entrever un ligero gesto de coquetería. Se sintió desnudo, literal y figurativamente. En la profundidad de sus ojos vio toda una vida que volvía para asaltarlo con fuerza descontrolada luego de tanto tiempo. Estaba como un gusanito a punto de ser devorado por un águila real. Ella leyó el sobresalto en su rostro y se tragó la carcajada.
-¿Así que no me has olvidado después de tantos años...
-¡Sandra! ¡Cómo hubiera podido...!
-¿Ni siquiera un detallito? ¿El más chiquitito?
-Nada. No he olvidado nada.
-Y sin embargo... el tiempo ha pasado.
-El tiempo pasa siempre. Han sido...
-Quince años. Y ocho meses.
-Oh my God! ¡Te acuerdas de veras!
-Claro, sonzo. ¿Pensabas que estaba actuando?
-No...es solo que...
Ella sonrió de nuevo. El también. Otra vez se dejaba seducir por la sonrisa. Los ojos y los recuerdos de ambos se enroscaron. Volvió a revivirlos y quiso creer en ellos por un instante. A desearla y recordar su intensidad. A recordar cómo esa sonrisa se transformaba en una boquita ferozmente entreabierta cuando lo deseaba, como un vidrio empañado por la brisa del mar.
-Veníte. Acompañame a la cafetería.
-Seguro.
Se levantó de la silla. Ella le deslizó un brazo bajo el suyo. Sintió el calor de su cuerpo. Era un genuino placer infinito, deseado, soñado, el de estar con quien sabía usar su cuerpo y provocar deseo con el menor gesto, la más leve trepidación, apenas rozándole su propia piel.
-Así que eres una He-rre-ra ahora, ¿verdad?
-Dios mío, ¿ya te enteraste?
-Estoy en el negocio de saberlo todo.
-Desde luego.
-¿Lo eres entonces? ¿Una He-rre-ra?
-¡Pero si ya lo sabés pues! Vamos, Tom. No pensaste que seguía siendo la colegiala timidita que hablaba con acento y se deslumbraba ante todo que conociste hace...
-Quince años y ocho meses.
-Sí.
-No, Sandra. No pensaba eso. No esperaba eso. No esperaba nada. No esperaba verte siquiera. No sabía si ibas a estar aquí. -Al menos te acordaste que era mi país. ¿O se te había olvidado hasta eso?
-Nunca se me olvidó nada. Nunca te olvidé. Nunca.
-Solo el nombre de mi país.
-No te conocí en tu país. Nunca estuve aquí antes. Te conocí en el campus de Tulane. Pero me acuerdo que tu papá estudiaba serpientes. ¿Sigue estudiando serpientes?
-Y creándolas también como buen herpetólogo. ¿Y tu hermana? ¿Siguió en sociología?
-¡Mi hermana! Ahora es profesora de un colegito miserable del medio oeste y ni me habla.
-¿Terminó entonces? ¿Y por qué no te habla?
-Diferencias políticas. Dejemos el tema.
-Va pues, pero acordate que gracias a ella nos conocimos. Mi compañera de cuarto adorada. Decime entonces. ¿Me hubieras llamado si yo no te hubiera encontrado primero?
-Por favor. Este es un viaje de negocios. Cosas muy serias.
-Ya veo. El anglo-sajón protestante se toma tan pero tan re en serio sus negocios que ni siquiera se acuerda que la mujer que dice no haber olvidado nunca vive en la misma ciudad en la que él está operando. Mejor deberías decirme la clásica mentira de que me has estado esperando todos estos años.
-Te he estado esperando todos estos años. Y ojalá pudieras decirme que no hay otro hombre.
-Ojalá. Pero siempre nos quedará Nueva Orleans.
El se sonrió con un dejo de timidez que le provocó a ella la imperdonable emoción de una mirada burlona. Evitó ofenderlo transformándola a medio camino en gesto cómico y desvió su pensamiento hacia su padre. Visualizó miles de frascos perfectamente ordenados cubriendo los cuatro muros de la habitación, cada uno con una serpiente dentro, cada uno perfectamente etiquetado y cerrado, todas las serpientes apuntando sus ojos hacia el centro de la habitación donde ella acariciaba un grueso pitón de varios metros de largo que le enroscaba todo el cuerpo. Su padre le había explicado que en el período maya clásico vasijas de piedra labrada en forma de pitones se usaban para recoger la sangre de los sacrificios o bien para guardar bebidas alucinógenas que inducían visiones. De allí que nada fuera lo que aparentaba ser y menos aún cuando aparecía disfrazado de una ceremoniosa seriedad que no era sino una manera más sutil de carnavalizar.