CAPITULO DOS
1
Al capitán Pacal le dolía ligeramente el muslo izquierdo.
Había intentado jugar tenis por primera vez después de su
accidente en el club de oficiales para impresionar a una muchachita sonrosada
que le hubiera significado un sabroso fin de semana en Río Dulce.
Sin embargo ya ya se vio perdido. A pesar de lo bien entrenado que tenía
el pie deformado y de los trucos aprendidos para desplazarse con aparente
normalidad se jaló el músculo la primera vez que corrió.
Su ineptitud en esas condiciones relucía hasta dejar de ser graciosa
para convertirse en patética. Se molestó con la risa que
provocaba. Además tenía las piernas cortas. Parecía
esas caricaturas del correcaminos, la espalda erecta y las piernitas dando
vueltas como hélices. Abandonó la cancha malhumorado. La
niñita se rio en su cara y encontró compañía
más sabrosa. Habían pasado cuatro días pero seguía
molesto. Cuando llegó al despacho del ministro, favoreció
ligeramente la pierna mala antes de sentarse. El teniente Alpírez
que hacía de secretario privado del ministro de la defensa corrió
solícito para ayudarle.
-No es nada, teniente. No se preocupe.
-¿Los rigores del combate, capitán?
-Los rigores de la imbecilidad.
Ambos rieron. Alpírez volvió a su sitio y el capitán
se acomodó en el sofá. Musitaba sobre su inmediata entrevista
con el ministro. Tenían que rendirse informes de procedimientos
gordos. El explicaría la llegada de Wright. El ministro le comentaría
de Castañeda. En su camino del hotel al centro había encontrado
un gran despliegue del Pelotón Modelo y del Comando Seis. El Rubicón
había sido cruzado. Pensó en Wright, en la Sandra Herrera
y en cómo ésta sacó de quicio al gringo. Le hizo gracia.
-Ay, gringuito. Si tan solo supieras...
-¿Señor?
-Nada, teniente. Hablando solo.
-Cuídese mi capitán, que por menos han tirado gente a la
jaula de los leones pa' que se los coman vivos.
Este tenientillo se cree el muy gracioso pero no es más que un imbécil,
pensó. Se le ocurrió la manera de arreglar que lo mandaran
a una fuerza de tarea por el norte del Quiché para que viera acción
de a de veras y tuviera que dormir a la intemperie. Así se haría
hombre. A todos los huecos los ponen de oficinistas se dijo a sí
mismo. De pronto se abrió la puerta. Automáticamente se puso
de pie. Sintió casi inmediatamente el jalón del muslo que
le dibujó una mueca de dolor en el rostro.
-Puede pasar, capitán. Y cuídese. Va a quedar hecho un viejo
achacoso antes de llegar a teniente coronel.
Alpírez se sonrió quedito, con una especie de silbidito que
casi parecía hipo, satisfecho de su chiste. El capitán entró
al despacho del ministro jurando que lo que era ese tenientillo terminaba
sus días en el Quiché.
-Buen día, Pacal.
-Aquí siempre molestando, general.
-Nada, nada. Siéntese pues.
El capitán miró el escritorio. Una taza de café sucia,
un cenicero lleno de colillas con cenizas desperdigadas a su alrededor,
pilas de papeles, algunas hasta con pequeñas motitas de polvo. La
mayoría tenía el sello oficial del gobierno de la república.
Algunos tenían los encabezados de organizaciones clandestinas de
extrema derecha e izquierda. Varios teléfonos con miles de lucecitas
se prendían y se apagaban. En la pared de atrás se veía
el último juguete del señor ministro. Unas mini-pantallas
de televisión que pasaban simultáneamente información
de todo tipo. En una de ellas Pacal ya iba viendo lo que el general iba
a contarle.
-Es la toma de la televisión, le dijo el general. -La van a editar
para presentarla en las noticias de la noche.
La cámara enfocaba la concha acústica del parque central.
La manifestación celebraba su mitin. Todos estaban apelmazados alrededor
de la concha. Arriba, un orador. Era el Castañeda ese. Jovencito,
de anteojitos. Tenía un suéter beige bastante liviano. El
cuello de la camisa se asomaba por sobre el suéter, las colas de
la camisa sobre el pantalón. Fachudo el patojo. Hablaba con pasión.
La imagen se veía sin sonido pero Pacal lo percibía por los
movimientos histriónicos. De pronto el Castañeda se volteaba
a ver a la izquierda. La gente comenzaba a alocarse, a correr en dirección
contraria. Se veía cómo se pegaban unos a otros con desesperación,
como ganado huyendo del fuego. Por eso eran masa. -Se acerca la parte más
emocionante.
La cámara se movía muy rápido como si vibrara. Era
difícil ver bien. Unos hombres de civil con las caras cubiertas
y Uzis en la mano subían corriendo al escenario de la concha acústica.
No había nadie en el escenario. De pronto reaparecía Castañeda
corriendo hacia la calle en dirección opuesta a la multitud.
-Fíjese en aquella moto.
En efecto, apenas se percibía una moto parada en la calle. Dos hombres
en ella. El de atrás se levantaba. Un ligero reflejo evidenciaba
otra Uzi. Castañeda los vio al último momento. Hacía
gestos hacia la multitud como de que se alejaran. La imagen vibra, evidenciando
líneas negras horizontales. Castañeda se dobla y cae al asfalto.
El conductor de la moto se para a su vez. Se acerca lentamente al cuerpo.
Saca una escuadra del cinto y le pega el tiro de gracia a quemarropa. Lentamente
ambos caminan de vuelta hacia la moto. La imagen se disuelve.
-¿Y van a pasar eso en la televisión?
-No seás imbécil. Te dije que no estaba editado todavía.
-¿Y a quién se va a culpar del crimen?
El general se sonrió. Volvió al escritorio y escarbó
entre sus papeles. Levantó dos de ellos. Uno tenía el membrete
negro con letras muy finitas, el otro de letras gruesas azules.
-A ver, cuál te gusta más a vos. ¿Ejército
Secreto Anticomunista o Jaguar Justiciero?
-El papel azul es más bonito.
-Ese entonces, pues. Y mirá... quiero que me ayudés a redactar
mi discurso comprometiendo a las fuerzas armadas a esclarecer este bárbaro
crimen hasta las últimas consecuencias...
-De acuerdo, mi general. Nomás le informo del gringuito...
2
Un desfile de carros levantaba una polvareda al avanzar hacia la mansión
disfrazada en la maleza. Porosos muros de adobe abandonados y descascarados
alineaban el angosto camino por el cual tenían que pasar obligatoriamente
los vehículos. En uno de ellos, hacia el lado derecho, se leía
una pinta escrita con letras negras bien ordenaditas: "Ciudadano, defiende
tu ejército." Del lado izquierdo había otra dos hechas con
igual esmero sólo que con pintura azul: "Guatemala es paz y desarrollo"
y "El ejército es paz, patria, orden." Por encima de esas pintas
geométricas perfectamente alineadas con letras del mismo grosor
alguien había escrito con pintura roja, letras delgadas y temblorosas
hechas a la carrera, en una diagonal que a duras penas conseguía
mantenerse alineada, "Viva el EGP."
Los carros llegaron al portón y se detuvieron. Este se abrió
electrónicamente. Algún observador cuidadoso habría
percibido la cámara de televisión colgando de una esquina
en una de las columnas que sostenían el portón. El desfile
continuó imperturbable hasta la puerta principal de la mansión.
En cuanto se detuvo el primero, el mayordomo, Jonás, apareció
condescendientemente en la entrada, abriendo la portezuela trasera del
vehículo. Alvaro salió. Entre él y Jonás ayudaron
a extraer a don Leonel y plantar sus pies sólidamente en la tierra.
-Ya, papá. ¿Viste qué fácil?
-Fácil la gran chucha.
-Pues ya se te fue el dolor, ¿no? ¿Acaso no te sentís
mejor? -Si irse el dolor es que le quede a uno la sonrisa torcida como
cucurucho después de cargar la procesión.
-Señor, por cierto...
-¿Qué pasa, Jonás?
-Llamó el señor ministro. Que venía pa' acá.
-¡Carajo! ¡Qué friega! ¿Y cómo sabía
que yo iba a estar en la casa? Estos ya se creen que son la mamá
de Tarzán.
-Es que ellos lo saben todo señor.
3
Era una casa modesta en un barrio popular de la ciudad. Casa del viejo
estilo español con un balcón que daba a la banqueta defendido
por una gruesa reja que evocaba las puertas de las prisiones y el portón
de un zagúan. Ese había sido modernizado y ahora era metálico,
pintado de un gris claro, con manchones de óxido ascendiendo de
las esquinas de abajo. Fuera de eso seguía siendo una casa típica
de principios de siglo con paredes altas, amarillentas y descascaradas,
cornisas bordeando el techo y ennegrecidas tejas mohosas.
Por dentro la casa era un desastre. Casi no tenía muebles. Cajones
de madera dispersos desordenadamente por las diferentes habitaciones pasaban
por mesas. Todos estaban llenos de papeles, de tazas de café abandonadas
sin limpiarse, cucharitas, bolígrafos, fósforos, ceniceros
nunca vaciados, libros desperdigados. Todo el ambiente estaba impregnado
de un olor a cigarro que se pegosteaba en todos los rincones como viejos
ungüentos de tiempos detenidos. Gruesas motas de polvo se acumulaban
en las esquinas de cada cuarto que a veces viajaban hacia el centro de
la habitación pegadas a la punta de un zapato o bien alentadas por
una ligera brisa. En las paredes no había ningún adorno fuera
de una bandera del EGP que hipnotizaba con la penetrante mirada del ché
sostenida por dos brillantes tachuelas enmedio del muro que dividiría
lo que en una casa normal hubiera sido la sala y el comedor. La casa, eso
sí, tenía movimiento. Hombres y mujeres con blue jeans y
zapatos tenis entraban y salían con sorprendente rapidez. Recogían
o dejaban papeles, escribían algo. Ocasionalmente alguien iba al
lavabo y le prendía fuego a algún pedazo de papel.
En toda la casa había una sola mesa de verdad. Era una mesa de pino
sin pintar enmedio del cuarto del fondo que tenía salida al patio
de atrás y al de adelante. Las puertas y la ventana que daba al
corredor estaban cerradas, quedando el cuarto sumido en una oscuridad artificial
que obligaba al uso de la luz eléctrica. Tres personas estaban sentadas
alrededor de la mesa estudiando diversos documentos: dos hombres y una
mujer. El hombre sentado en medio de los otros dos era de complexión
mediana pero con un físico evidentemente bien desarrollado. Pelo
negro, corto, un poquito a la usanza de los años cincuenta. No usaba
barba ni bigote. Ligeramente moreno pero no mucho. La nariz era un poquito
ancha y los labios medianamente gruesos, como una escultura olmeca. Técnicamente
no era guapo. Pero parecía atractivo por la fuerza de su mirada
y por la electricidad que generaba. De cuello grueso y manos anchas y callosas,
hablaba mandando como los militares. A diferencia de éstos, sin
embargo, escuchaba profundamente cuando le dirigían la palabra,
absorbiendo a la persona con sus ojos. Aunque era maestro de la ironía,
situación que hacía sentirse inseguro a cualquiera que estuviera
en ligero desacuerdo con él, tenía un tono generoso y sabía
agradecer cuando se le hacía ver algo que no se le había
ocurrido.
El otro era más flaco. Aunque ligeramente más alto, por la
flaqueza parecía más chiquito. Usaba barba y bigote, con
el pelo colocho ligeramente largo. Tenía una nariz romana afilada.
Aunque la piel era más morena sus ojos relucían azules. Parecían
focos que iluminaban cualquier rincón oscuro donde se pasearan.
Hablaba sin parar, siempre, en serio o en broma. Al hablar una gota de
saliva parecía escapársele por la comisura de los labios
eternamente resecos.
La mujer era bajita pero como también oscilaba hacia el lado flaco
parecía ser más alta de lo que en realidad era. Además,
en un país de enanos, su altura ya estaba por encima de la media
nacional. Tenía un bello pelo negro que le caía por la espalda
hasta casi la cintura, recogido como una larga cola de macho por un gracioso
elástico blanco con adornitos color plata. A pesar de que no usaba
maquillaje y la camisa y el pantalón eran demasiado bombachos como
para dejar ver su figura, era evidente que se trataba de una mujer de temple.
Tocaron a la puerta. Todos levantaron la vista con una rapidez fulgurante.
El flaco de barba cuyo seudónimo era "Vallejo" en homenaje al poeta
se levantó y entreabrió. Afuera alguien se le acercó
para susurrarle algo al oído. La expresión se le tensó
inmediatamente y las venas de la frente saltaron hacia afuera como si le
acabara de dar un infarto. Sacudió afirmativamente la cabeza y cerró
la puerta.
-¡Asesinaron a Oliverio Castañeda!
El rostro de los otros dos se desencajó.
-¡Pero si estaba en la manifestación rodeado de gente!
Vallejo asintió.
-Sí, Ariadne. En público. Frente a todo el mundo. Frente
a la televisión y la prensa.
Empezó a explicar con su voz acelerada lo que le acababa de trasmitir
el informante. Vallejo y Ariadne hablaban al mismo tiempo como fuego trastornado.
Las venas del cuello hinchadas, se interrumpían, subían la
voz, casi se gritaban. El tercero absorbía todo como esponja mientras
apretaba con la mano una figurita de cartón en forma de estrella.
Finalmente habló. Los otros dos se callaron de súbito.
-Ya, párenla. La pérdida del compañero es lamentable
pero así es esto. No podemos hacer nada. No era de nuestra organización.
Además, por lo que dicen, la coyuntura no ha cambiado. La correlación
de fuerzas no ha cambiado. Los elementos que analizamos siguen siendo los
mismos. Así es que dejémoslo allí y centrémonos
en nuestra tarea que tenemos dos grandes operativos enfrente de nosotros.
Uno es el rescate que depende únicamente de nuestra estructura.
Quién, cuándo, dónde se va a contactar a los emisarios
del Nugan Hand.
-Tiene razón Kukulkán, terció la mujer.
-Pero ni sabemos si ya recibieron nuestras demandas.
-Las recibieron.
-¿Y cómo lo sabés? Si no se han comunicado...
-El sabe, Vallejo.
-Dejame decirte algo que apenás le comenté a Ariadne. Arlequín
reportó la llegada de un gringo al aeropuerto. Nugan Hand ya sabe
que tenemos a Gray.
-Ay, tú. Gringos llegan todos los días por racimo, no jodás.
Tampoco hay que deslumbrarse y empezar a ver micos aparejados.
-Puta, jodido. No le creés ni a tu sombra. Este era especial. Arlequín
controla muy bien eso.
-¡Pero no se han comunicado!
Kukulkán dejó caer el labio inferior con un cierto cinismo
muy deliberado como para subrayar lo aburrido que era tener que dar una
clase de anatomía cada vez que lo recorría una emoción.
-Las instrucciones del banco las traerá el mismo agente. Pagarán
y tratarán de agarrarnos al mismo tiempo. En política hay
qué saber leer las señales.
-Si es así, ya ni pa' qué hablamos, papasote, ya que sólo
vos estás manejando esos contactos, pues. Mejor ni la freguemos
y entrémole de una vez a lo de Sololá...
4
Don Leonel miró la botella de cerveza en la mesa. No le gustó
por los recuerdos y la nostalgia que evocaba a pesar del tiempo y reaccionó
con los gestos que lo caracterizaban.
-¡Jonás!
Ahora que era viejo no podía realizar las jornadas de antes pero
mentalmente seguía siendo un buscador de caminos y en el caminar
aparecían las posibilidades ocultas que le indicaban las direcciones
a seguir.
-Señor...
-Ve, retirá de aquí esa botella de cerveza, por vida tuya.
-Como usted diga señor.
Apenas se alejó el mayordomo cuando Alvaro hizo su entrada al salón.
Sonreía y se movía con familiaridad. ¿Sería
posible que ese bueno para nada de su hijo estuviera por fin aprendiendo
el negocio en vez de dedicarse a meter la paloma entre broma y broma? ¿O
sería la buena influencia de su nuera que era un diamante en bruto?
A dónde íbamos a parar. Entre los jóvenes las mujeres
eran mejores para el negocio que los hombres. Trabajaban más duro.
Alzando la vista don Leonel percibió el movimiento de varias personas
en la sala que iban y venían, vaso en mano, hablando, riendo, contándose
chistes. Sandra estaba entre ellos, moviéndose con una facilidad
y una sonrisa que daban envidia.
-¿Tenés whisky aquí, papá?
-En la cómoda. ¿Qué pasa?
Alvaro se dirigió hacia la cómoda. Arriba estaban alineados
todos los vasos de cristal cortado. Esos estaban prohibidos. Sólo
don Leonel podía usarlos a veces. Además de finos eran los
de los recuerdos de una juventud que Alvaro se imaginaba ya muy mitificada.
En el estante de enmedio estaban las botellas. Campari. Vermouth. Encontró
una de Johnny Walker etiqueta negra y la sacó inmediatamente. Don
Leonel tenía varios vasos y una cubeta de hielo frente a su mesita.
Botella en mano procedió a componerse un whisky en las rocas.
-¿Qué pasa? Decíme patojo.
-Nada.
-Nada la gran chucha. Decíme.
Le dio un sorbo a su bebida. Sintió el calor relajante en la garganta
y el escalofrío en la espalda. La mirada se le enderezó y
pudo ver a su padre directamente a los ojos.
-Nomás que tengo que salir con el avión.
-Ah vaya. Entonces business is business como ya se ha dicho hasta
el hartazgo que dicen los gringos.
Alvaro hizo una mueca que pudo ser burla o ansiedad. Dio otro sorbo a su
whisky. Vio de reojo a su padre, su imágen grisácea bebiendo
con la cabeza echada hacia atrás.
-Sí... Hay que atender el negocio cueste lo que cueste.
-Sólo que yo nunca le oí a un gringo decir eso.
-Es porque son gente de hablar enredado.
-¿Cómo así?
-Gargajean infinitivos humedecidos por muñones de frases entrecortadas.
-Cuidado...
-Si no los critico. Son nuestro mercado, pagan puntualísimo. Pero
no por eso voy a dejar de bailar de medio lado.
Don Leonel sintió que se caía de sueño pero no quiso
evidenciarlo. Erecto y silencioso, dejó que la fuerza misma de su
personalidad le avivaran al hijo su ansiedad, sus temores, su mariconería.
Gracias a dios tenía una nuera que era una chulada. Era lo único
que le envidiaba. Eso y la edad. Cómo le hubiera gustado agarrar
el avión y recibir personalmente el cargamento. Así se había
forjado este país. Con hombres de pelo en pecho.
-Te quedaste como estatua de sal. Mejor andá acostate.
5
El sol obligaba a entrecerrar los ojos aún cuando se estuvieran
usando anteojos oscuros. Picaba en los brazos desnudos y uno lo sentía
atravesar la piel y alojarse entre los músculos como pulgas. En
la espalda. En el cuello. Pero sobretodo en la espalda. Aunque acababa
de salir en su traje de baño, Tom Wright sentía que si no
se metía al agua empezaría a sudar y a sufrir en cuestión
de segundos. Ya los lentes se le habían humedecido del sudor de
la frente. Los dejó con su toalla y la llave del cuarto en una mesita
a la orilla de la piscina y se tiró.
En contraste con el sol, el agua estaba fresca. Sentía como si una
mano gigantesca le masajeara el cuerpo, lo exprimiera suavemente y lo sobara
con aceite. La frescura era avasalladora. Se asomó a la superficie
y el reflejo obnubilante le obligó a cerrar los ojos inmediatamente.
Apenas distinguiendo el final de la piscina braceó y pataleó,
gozando el movimiento y sintiendo el placer del esfuerzo muscular. Levantaba
un brazo y lo volvía a hundir deliciosamente mientras la pierna,
larga, larga, somataba la superficie del agua, cayendo como la del perro
con manchas cafés y costillas ampliamente visibles. Contó
las brazadas como siempre lo hacía. Automáticamente. Una,
dos, tres, cuatro. Pensó en los múltiplos de esos números.
Contar era otra manera de borrar la realidad. Casi tan relajante como nadar.
La vida le parecía muchas veces como intervalos a rellenar entre
nadadas. Pocos placeres más grandes conocía. Para aclarar
la mente, relajar el cuerpo, huir de la realidad, dejarse envolver por
el silencio y la imaginación. Nadar, pensar, alejarse de todos,
inquietudes diluyéndose en el silencio, lejos de todo. Bloquear
la mente con juegos de números. 405 era múltiplo de nueve
porque su suma equivalía a 9. Era 3 veces 135 o 9 veces 45, 27 veces
15... y así seguía. La fuga total en forma de espiral.
Casi con pena dejó que la palma de su mano tocara la orilla de la
piscina. Había terminado. Dudó sobre dar otra vuelta más.
Sopesó la tranquilidad de alejarse del mundo contra el placer de
tenderse en una silla reclinante y ser inundado por el sol mientras la
mente divagaba. Los músculos se le aflojaron. Pesó eso último.
Salió de la piscina. Volvió a la mesita donde había
dejado sus lentes oscuros y se tumbó en la silla reclinante. Cerró
los ojos. Sintió el gozo de la frescura del agua mezclada con el
picor del sol como una lucha entre dos fuerzas por posesionarse de él.
Era un momento delicioso en el cual no le gustaba interrogarse sobre si
iba a llegar al final del camino, y su convicción de que hiciera
lo que hiciera nada cambiaría. Fue cuando oyó la voz inolvidable
a su lado, cerca del oído, dirigiéndole la palabra en inglés.
-Tom. Tú eres Tom, ¿no?
Tendría que ser un sueño incierto. Pero era demasiado real
y cercano. Fingió indiferencia pero no fue posible. Abrió
los ojos. Ella estaba parada frente a él, su rostro cercano al suyo.
-¡Sandra!
Ella dejó entrever un ligero gesto de coquetería. Se sintió
desnudo, literal y figurativamente. En la profundidad de sus ojos vio toda
una vida que volvía para asaltarlo con fuerza descontrolada luego
de tanto tiempo. Estaba como un gusanito a punto de ser devorado por un
águila real. Ella leyó el sobresalto en su rostro y se tragó
la carcajada.
-¿Así que no me has olvidado después de tantos años...
-¡Sandra! ¡Cómo hubiera podido...!
-¿Ni siquiera un detallito? ¿El más chiquitito?
-Nada. No he olvidado nada.
-Y sin embargo... el tiempo ha pasado.
-El tiempo pasa siempre. Han sido...
-Quince años. Y ocho meses.
-Oh my God! ¡Te acuerdas de veras!
-Claro, sonzo. ¿Pensabas que estaba actuando?
-No...es solo que...
Ella sonrió de nuevo. El también. Otra vez se dejaba seducir
por la sonrisa. Los ojos y los recuerdos de ambos se enroscaron. Volvió
a revivirlos y quiso creer en ellos por un instante. A desearla y recordar
su intensidad. A recordar cómo esa sonrisa se transformaba en una
boquita ferozmente entreabierta cuando lo deseaba, como un vidrio empañado
por la brisa del mar.
-Veníte. Acompañame a la cafetería.
-Seguro.
Se levantó de la silla. Ella le deslizó un brazo bajo el
suyo. Sintió el calor de su cuerpo. Era un genuino placer infinito,
deseado, soñado, el de estar con quien sabía usar su cuerpo
y provocar deseo con el menor gesto, la más leve trepidación,
apenas rozándole su propia piel.
-Así que eres una He-rre-ra ahora, ¿verdad?
-Dios mío, ¿ya te enteraste?
-Estoy en el negocio de saberlo todo.
-Desde luego.
-¿Lo eres entonces? ¿Una He-rre-ra?
-¡Pero si ya lo sabés pues! Vamos, Tom. No pensaste que seguía
siendo la colegiala timidita que hablaba con acento y se deslumbraba ante
todo que conociste hace...
-Quince años y ocho meses.
-Sí.
-No, Sandra. No pensaba eso. No esperaba eso. No esperaba nada. No esperaba
verte siquiera. No sabía si ibas a estar aquí. -Al menos
te acordaste que era mi país. ¿O se te había olvidado
hasta eso?
-Nunca se me olvidó nada. Nunca te olvidé. Nunca.
-Solo el nombre de mi país.
-No te conocí en tu país. Nunca estuve aquí antes.
Te conocí en el campus de Tulane. Pero me acuerdo que tu papá
estudiaba serpientes. ¿Sigue estudiando serpientes?
-Y creándolas también como buen herpetólogo. ¿Y
tu hermana? ¿Siguió en sociología?
-¡Mi hermana! Ahora es profesora de un colegito miserable del medio
oeste y ni me habla.
-¿Terminó entonces? ¿Y por qué no te habla?
-Diferencias políticas. Dejemos el tema.
-Va pues, pero acordate que gracias a ella nos conocimos. Mi compañera
de cuarto adorada. Decime entonces. ¿Me hubieras llamado si yo no
te hubiera encontrado primero?
-Por favor. Este es un viaje de negocios. Cosas muy serias.
-Ya veo. El anglo-sajón protestante se toma tan pero tan re en serio
sus negocios que ni siquiera se acuerda que la mujer que dice no haber
olvidado nunca vive en la misma ciudad en la que él está
operando. Mejor deberías decirme la clásica mentira de que
me has estado esperando todos estos años.
-Te he estado esperando todos estos años. Y ojalá pudieras
decirme que no hay otro hombre.
-Ojalá. Pero siempre nos quedará Nueva Orleans.
El se sonrió con un dejo de timidez que le provocó a ella
la imperdonable emoción de una mirada burlona. Evitó ofenderlo
transformándola a medio camino en gesto cómico y desvió
su pensamiento hacia su padre. Visualizó miles de frascos perfectamente
ordenados cubriendo los cuatro muros de la habitación, cada uno
con una serpiente dentro, cada uno perfectamente etiquetado y cerrado,
todas las serpientes apuntando sus ojos hacia el centro de la habitación
donde ella acariciaba un grueso pitón de varios metros de largo
que le enroscaba todo el cuerpo. Su padre le había explicado que
en el período maya clásico vasijas de piedra labrada en forma
de pitones se usaban para recoger la sangre de los sacrificios o bien para
guardar bebidas alucinógenas que inducían visiones. De allí
que nada fuera lo que aparentaba ser y menos aún cuando aparecía
disfrazado de una ceremoniosa seriedad que no era sino una manera más
sutil de carnavalizar.