Entre la piedra y la cruz de Mario Monteforte Toledo:
la
encrucijada de la narrativa indigenista latinoamericana.
El escritor guatemalteco Mario Monteforte Toledo es poco conocido internacionalmente.
Sin embargo, su obra narrativa de los años cuarenta constituye un
eje crucial en el proceso de transición de las formas narrativas
latinoamericanas entre la década de los treinta --preponderancia
de lo ideológico sobre lo formal-- y la modernización que
se inició en los cincuenta --preponderancia de lo formal sobre lo
ideológico-- que termina desembocando en el boom.
En este trabajo, yo propongo un análisis del discurso literario
de Monteforte Toledo para evidenciar cómo se da, en el plano de
lo formal, de lo lingüístico y de la producción de sentido,
las transformaciones en los sistemas semánticos que implican una
transformación en los sistemas de identidad y en la producción
simbólica.
El objetivo es mostrar por medio de un ejemplo concreto, que las novelas
del boom no surgen por generación espontánea, sino
que existe un hilo conductor a lo largo de la novelística latinoamericana
del presente siglo. Es tarea del historiador de la literatura recoger esta
evidencia para reconstruir ese proceso de transformaciones en los sistemas
de representación, que expresan una particular conceptualización
de la conciencia latinoamericana por la vía de las letras.
Mario Monteforte Toledo escribió el grueso de su obra en un
período de transición en la ideología estética
de la literatura latinoamericana. En los años cincuenta la tradición
establecida por el naturalismo y el criollismo se encontraba ya sin vigor,
y seriamente cuestionada por los novelistas jóvenes. Los nuevos
escritores empezaban a rebelarse en contra de ella y a buscar influencias
originales e innovaciones de estilo.
En América del Sur, este fenómeno se tradujo en un rechazo
categórico al realismo y al criollismo. Manifestaciones en este
sentido hemos escuchado de escritores tales como Julio Cortázar
o José Donoso. Este último habla de una "ausencia de
padres literarios" que los obligó a buscar modelos fuera del
continente.
Sin embargo, en América Central, donde el desarrollo literario
adquirido a lo largo de los años treinta y cuarenta era bastante
inferior al de las grandes naciones del sur, esta transición se
hacía menos evidente. Sin embargo, que fuera menos visible no quiere
decir que no existiera del todo. Simplemente, se daba en una forma más
matizada, que no rompía con la temática anterior ni abrazaba
de buenas a primeras las formas narrativas no lineares o las visiones cíclicas
de los eventos históricos. Pero, sutilmente, esa transición
estaba presente aún aquí.
Monteforte proviene todavía de una visión de la literatura
que tiende a valorar más la experiencia vivida a la imaginada. "La
Guatemala de Miguel Angel Asturias es inventada, mientras que la mía
es una Guatemala vivida," afirma enfáticamente en el entendido
de que, según él, lo "vivido" denota una categoría
superior a lo "inventado". Lo "inventado" pasa, en
este contexto, a ser casi un sinónimo de falso. No deja de evocarnos
la función directamente social del arte que surge en la década
de los treinta y que Jorge Amado resume perfectamente en el prefacio de
su novela Cacau:
Intenté contar en este libro, con un mínimo de literatura
y un máximo de honradez, la vida de los trabajadores de las
plantaciones de cacao del sur de Bahía...No es un libro hermoso,
bien compuesto sin palabras que se repitan...Por otra parte, no tuve
ninguna preocupación literaria al componer estas páginas...
(subrayado nuestro)
Monteforte, pues, se ubica estéticamente en la producción
literaria característica de los años treinta. La experimentación
formal y lingüística es vista como contraposición a
una función directamente social de la literatura. No aparece para
nada en sus ideología estética una conciencia de la función
polisémica del lenguaje o un intento por experimentar con los efectos
materiales del mismo y con las posibilidades de transformación del
discurso, de manera que la lectura deje de ser consumo pasivo y se convierta
en metamorfosis activa, en un contínuo desplazamiento del lenguaje,
tal y como va a suceder con la novelística de los años sesenta.
La verdadera aventura parecería estar en la anécdota y no
en la palabra.
Sin embargo, en su práctica creativa Monteforte no escribe
como la mayoría de los escritores de los años treinta. Tanto
temática como estilísticamente, se aprecia en su obra una
transición hacia técnicas narrativas más modernas,
principalmente en la limpieza de una prosa rigurosa y en la introducción
de puntos de vista no-conscientes por la vía de la voz narrativa.
Monteforte va evolucionando como escritor desde que escribe su primera
novela, Anaité (escrita en 1938, aunque publicada hasta 1948
por los vaivenes de la política guatemalteca) hasta la publicación
de Llegaron del mar casi 30 años más tarde. Esta última,
por lo demás, es casi un producto puro de la imaginación,
evidencia del tránsito del realismo social hacia lo imaginario seguido
por el autor. A pesar de esto, Seymour Menton, quien favorece la tradición
realista, afirma que esta novela "no representa ninguna superación
de las obras anteriores" por carecer de "la intensidad dramática":
Se trata de una recración tanto poética como antropológica
de la vida de los mayas en las décadas anteriores a la conquista
española...En el último capítulo titulado "La
Estirpe", Monteforte intenta terminar la novela con una nota optimista
envuelta en un ambiente mágico legendario...Tanto la nota optimista
como la forma mágica en que se presenta desentonan con el resto
de la novela
Por otra parte, en una valoración positiva de la obra literaria
de Monteforte, Leo Cabranes Grant afirma que "la obra de este autor
consiste justamente en oponerse a las corrientes literarias dominantes"
y que su objetivo literario --concretamente en Entre la piedra y la
cruz-- es desmitificar al indígena. Este es un camino opuesto
al que sigue el grueso de la novelística del continente, que articula
ficción y mito, tal y como lo ha dicho explícitamente Carlos
Fuentes. De hecho, Cabranes Grant afirma:
Monteforte se aparta del indigenismo ingenuo del Enriquillo
y del realismo preciso del Huasipungo, para inclinarse moderadamente
hacia un deseo de síntesis y de reevaluación ideológica
más cercano a Mariátegui o Arguedas. Esta escritura desmitificadora
es quizá menos poética, menos abierta a la magia de los símiles
y las imágenes inesperadas...
A mi modo de ver, las aparentes contradicciones en posiciones críticas
que esbozan Seymour Menton y Leo Cabranes Grant, tienen --aunque sea de
manera sutil-- con la tradicional división crítica entre
fondo y forma. Mientras que Menton está tratando de observar el
funcionamiento formal de las novelas de Monteforte desde la óptica
de una tradición realista (unidad estrecha, intensidad dramática,
evolución estilística), Cabranes Grant está enfatizando
los elementos de contenido: aldea vs. ciudad, padre indígena vs.
padre ladino, mujer indígena vs. mujer ladina.
En ese sentido, ambos críticos tienen un poco de razón,
aunque ambas visiones no dejen de ser parciales. Y para mejor valorizar
la narrativa de Monteforte Toledo, se hace necesario combinar ambas perspectivas
para mejor entender el aporte de este escritor y su función como
puente que unifica dos épocas marcadamente diferentes de la narrativa
continental.
Es mi opinión que si realizamos un análisis breve del
lenguaje y del estilo de narración empleado por Monteforte,
podemos encontrar las articulaciones que nos aclaran lo que significa el
proceso de transición que este autor encarna.
Veamos primeramente el lenguaje. El estilo narrativo empleado por Monteforte
Toledo es uno en que las metáforas y símiles están
ausentes en su mayor parte, para no hablar de otras formas retóricas
como metonimia, oxímoron, etc. La única cualificación
tiende a ser de orden adverbial ("La mujer extendió lentamente
un brazo"; "Matzar estaba desusadamente excitado";
"brincó sobre la hembra dócilmente", ejemplos
tomados de Entre la piedra y la cruz), sin barroquismos de ninguna
especie. Cuando no se emplea el adverbio, difícilmente se cualifica
la descripción. Veamos, por ejemplo, este fragmento de Llegaron
del mar:
Las mujeres le daban tareas siempre superiores a los años que
iba adquiriendo, y ella las cumplía con rutinaria precisión,
ausente, con una diligencia apenas distinta a la de los esclavos. Nunca
la alegraron sus deberes, sus obras, porque no contentaban a nadie.
Este estilo de narrar corresponde a lo que la crítica romántica
alemana (y principalmente Wölfflin) denominaron como estilo linear.
Su tendencia principal es la creación de contornos exteriores netos
alrededor del discurso referido.
En oposición a él se encuentra el estilo pintoresco.
Este último es el estilo en el cual la lengua elabora medios más
finos y maleables para introducir la ideología del texto en el interior
del discurso referido. El contexto narrativo trata de deshacer la estructura
compacta y cerrada del discurso referido. Recoge a éste último
dentro de un contexto en el cual sean tenues sus contornos exteriores.
El estilo pintoresco está, por extensión, más individualizado
como estilo, y suele disfrazar más las connotaciones ideológicas
de las estructuras verbales.
Un excelente ejemplo del estilo pintoresco nos lo da Flavio Herrera
en su novela El Tigre, una de las máximas expresiones del
criollismo centroamericano:
Cae la tarde.
Por las aristas de la cordillera el sol se despeña cauteloso
y dando sangre como un tigre herido. Sobre la ranchería, tirabuzones
de humo suben a picar las primeras estrellas conmovidas por la tristeza
de los sapos. Parejas de loros, con cháchara roída de erres,
pasan gritando el drama de la puesta. Allá por los corrales, puntas
de vacas corren y se aprietan entre el ladrido de los perros y la cacofonía
de las esquilas. Un borrico de felpa, junto al corrral, se desganita en
un rebuzno asseruchando el filo cándido de la tarde que, hipnotizada,
se va de punta tras el recuerdo del sol.
En este estilo, existe una deliberada pérdida de objetividad
por parte del autor implícito frente a sus personajes. Esto no ocurre
en el estilo linear. El estilo linear es más cerrado ideológicamente.
Un cierto grado de autoritarismo y dogmatismo acompañan su aprehensión
del discurso del personaje.
En el caso de Monteforte, el estilo se expresa por el propio deseo
de indicar y orientar al lector, de educarlo. El estilo tendra qué
ser aquel que logre comunicarse de la mejor manera posible con el lector
ideal que el autor se ha fijado como destinatario, y busca trasmitirle
su ideología de la manera más comprensible y entera posible.
Esto sólo puede realizarse a través del estilo linear.
El estilo pintoresco borra todo dogmatismo autoritario. Por extensión,
domina un cierto relativismo de las apreciaciones sociales, lo cual permite
expresar mejor los matices lingüísticos individuales del pensamiento,
de las opiniones, de los sentimientos, etc. Es un estilo que se presta
más para experimentar el lenguaje a través de la destrucción
de la representación. Sin embargo, como resultado directo de que
produce sentido desde diversas posiciones, oscurece a su vez la posición
ideológica del texto. La esconde, por así decirlo, de manera
que el lector tiene que rebuscarla, trabajar más en la lectura para
encontrar su expresión coherente. Las palabras pierden muchas veces
su objetividad, volviéndose símbolos decorativos utilizados
principalmente por su reverberación fónica: se privilegia
el aspecto connotativo sobre el denotativo. En cambio, el estilo linear
favorece el elemento retórico, propio de una ideología con
la cual se busca educar al lector, influenciarlo. Se busca destilar un
lenguaje lo más transparente posible, para que el lector se percate
lo menos posible de su presencia, y transite directamente hacia el campo
conceptual: se privilegia el aspecto denotativo sobre el connotativo.
Y nos parece que precisamente uno de los objetivos de la novelística
de Monteforte es educar: la suya es una novela didáctica. En contraposición
a la novelística criollista, regionalista, oscurantista e ideológicamente
reaccionaria que emergió de Centroamérica en la década
de los treinta, Monteforte busca un retorno a la retórica clásica,
la "novela de ideas" a lo Candide, que había tenido
alguna presencia en el contexto de la revolución mexicana. Sus aspiraciones,
como las de los enciclopedistas, son de encontrar estructuras conceptuales
lo más monosémicamente posibles.
La innovación que Monteforte representa, en el plano de la novelística,
corresponde entonces en Centroamérica al tránsito del estilo
pintoresco al estilo linear. Este tránsito se realiza como un proceso
de búsqueda de modelos clásicos para transformar el género,
y es el principio de un giro ideológico-estilístico que va
a encontrar posteriormente su más alta expresión en Augusto
Monterroso. Ambos autores buscan alejarse del estilo pintoresco porque
ven en él un intento de mantenerse inmersos en un esteticismo oscurantista
que imposibilita que la ficción opere como instrumento de conocimiento,
como búsqueda de identidad.
De hecho, en el istmo, ambas líneas estílisticas van
a florecer posteriormente. Sin embargo, se hace necesario el tránsito
señalado, para lograr transformar los mecanismos de identidad que
se articulan en el plano de lo simbólico por la vía lingüística.
El tránsito por un estilo linear en la década de los cuarentas
y cincuentas en Centroamérica (hasta Asturias buscó escribir
en este estilo que era antagónico a su propio temperamento su malograda
trilogía bananera, antes de reencontrarse con el estilo pintoresco
que él mismo había contribuido a desatar, en su Mulata
de tal) corresponde al período transitorio entre el agotamiento
del modelo liberal de dominación, que concluye al término
de la segunda guerra mundial, y el inicio de la confrontación armada
en la década de lo sesenta como resultado de la imposibilidad de
ampliar el sistema político en consonancia con los planes de modernización
económica. Es, históricamente, un período de búsqueda
de nuevos rumbos, de redefinición del ser social, de búsqueda
de transformaciones y cuestionamiento de viejas certitudes. De allí
que en su afán de plasmar el ser nacional por la vía literaria,
se busque un estilo más "accesible", más "didáctico",
que evidencie más las ideas detrás del mundo fictivo que
la fantasía, la magia o los aspectos míticos del mismo.
En este sentido, la narrativa centroamericana difiere de la sudamericana.
En Sudamérica, producto de la naturaleza más explícitamente
social (e incluso marxista) de la literatura regionalista (Jorge Amado),
indigenista (Jorge Icaza) o criollista (Rómulo Gallegos), privó
en esta etapa un estilo linear. En consecuencia, la búsqueda de
articulación de la modernidad en el marco formal literario significó
un tránsito hacia un estilo pintoresco, tal y como se evidencia
en la evolución estilística de García Márquez,
Adoum, Guimaraes Rosa, Roa Bastos, Donoso y Cortázar entre su producción
de los años cincuenta y la de los sesenta.
En cambio, en Centroamérica, donde la novela regionalista, indigenista
o criollista (Flavio Herrera, Carlos Wyld Ospina) fue el producto de una
defensa de la visión del mundo oligárquica, privó
en este período el estilo pintoresco. Y la reacción en contra
de dicha producción literaria se tradujo en una búsqueda
de autenticidad por medio del estilo linear.
Pasemos ahora a revisar el estilo narrativo empleado por Monteforte.
En cuanto al concepto de narración se refiere, sabemos ya, gracias
a los estudios de Genette, la importancia fundamental que juega el rol
de la voz narrativa en el análisis del texto. Los hechos de un universo
ficticio no son presentados accidentalmente. Son siempre puntos de vista
desde una cierta óptica, a partir de un cierto punto de vista que
es el punto de vista del narrador o autor implícito
del texto. El narrador o autor implícito es el agente del trabajo
de construcción y estructuración del contenido del texto,
el que le da forma. Por extensión, él encarna los principios
a través de los cuales se realizan los juicios de valor. Es él
quien disimula o revela los pensamientos de los personajes, quien escoge
entre tipos de discurso, entre el orden cronológico y las rupturas
temporales. Como dice Todorov, no puede haber texto sin narrador.
A veces se utiliza el término "narrador" cuando éste
figura explícitamente en el universo ficticio (Ishmael en Moby
Dick, el doctor Watson en Sherlock Holmes, etc.) y "autor
implícito" cuando no es un personaje quien encarna la voz narrativa.
Este último caso es el más general de los dos.
En Monteforte Toledo, predomina el autor implícito a focalización
zero, según la terminología de Genette. Veamos brevemente
el fragmento siguiente de Entre la piedra y la cruz:
Tol rió y se puso a raspar el piso lentamente. A pesar de su
larga experiencia en la finca, Chindo era indio como él,
y su rango de cuidador de ganado no se le había subido a la cabeza
(subrayado nuestro).
El pensamiento del personaje principal, Tol Matzar, es narrado por
el autor implícito. Este es el estilo que va a predominar en las
cuatro principales novelas de Monteforte, Entre la piedra y la cruz,
Donde acaban los caminos, Una manera de morir y Llegaron
del mar. Ahora, este estilo corresponde al denominado discurso indirecto
libre. Su especificidad es la de permitir que tanto el personaje como
el autor implícito se expriman conjuntamente. Dentro de una sola
construcción lingüística resuenan los acentos de dos
voces diferentes. Esta técnica le permite al autor implícito
identificarse con sus personajes pero mantener al mismo tiempo su autonomía,
su distancia, con relación a ellos. Puesto que en el interior de
una sola voz resuenan dos voces diferentes (la del personaje y la del autor
implícito) podemos deducir que esto implica a su vez que resuenan
dos ideologías diferentes: la del personaje, reflejo de las estructuras
mentales de su clase dentro de su mundo imaginario, y la del autor implícito
que refleja la ideología del texto.
Es en el perfeccionamiento del uso del discurso indirecto libre que
vemos la contribución principal de Monteforte en este renglón.
Aunque dicho discurso tenía larga tradición dentro de
la narrativa occidental, su uso no había sido preponderante sino
hasta el siglo XX. Incluso en América del Sur, donde autores vanguardistas
y/o experimentalistas como Borges, Bombal o Palacio lo dominaban a la perfección
desde los años treinta, seguía privando hasta entrada la
década del cincuenta el uso del discurso direco o indirecto, a secas,
en la novelística de rasgos criollos, indigenistas o "sociales".
Un pasaje típico de la novela indigenista sería el siguiente:
Y reanudaron la marcha, ya por el callejón. En una de las casas
donde el delanterio vio que la puerta se había cerrado por el interior
y que, por lo tanto, no estaba sola, llamó con pausados golpes.
Nadie respondía. El hombre, que era el guía de los otros,
hablaba la lengua de los naturales y recurrió a ella, dando a las
palabras la mayor mansedumbre, inspiradora de confianza.
El discurso indirecto le imposibilita al lector ubicarse en la mente
de los personajes. Los percibe siempre desde el exterior, desde fuera.
Su mundo interno permanece ajeno a su escrutinio.
El discurso indirecto libre, sin embargo, nos lleva al interior de
la conciencia de los personajes. Nos permite adentrarnos y ver el mundo
como ellos lo ven, compartir su visión del mundo y apropiarse de
la realidad que los rodea a su manera. En este sentido, el discurso indirecto
libre constituye el puente entre los viejos discursos de la novelística
que imperaba en los años treinta, y la visión interna, compleja,
psicológicamente bien delineada gracias a la asimilación
de los procesos narrativos de Joyce, Beckett, etc. que vendrá a
representar posteriormente la novela del boom.
En Centroamérica, donde la innovación literaria llega
con considerable atraso en relación no solo al resto del mundo,
sino incluso al resto del continente, el avance narrativo que representa
el dominio del discurso indirecto libre no puede ser menospreciado. Veamos
otro ejemplo del mismo:
Ixcayá se puso de pie dificultosamente, estiró los brazos
y bostezó hasta que los ojos se le nublaron. Ahora sentía
que ésta era una casa con rumores y cosas ordenadamente suyas
(subrayado nuestro).
No podemos ver este último avance como un fenómeno puramente
estilístico: como un salto cualitativo en la historia de los estilos
de narrar. Aunque notable como aspecto, no dejaría de ser parcialmente
secundario.
La importancia fundamental que, a nuestro juicio, tiene el aspecto
anterior, es -que significa una transformación fundamental en la
producción de sentido; implica una transformación en los
sistemas de identidad, que se expresa en una manera nueva de codificar
la realidad espacio-temporal simbólicamente.
La identidad, no podemos olvidarlo, esta definida como posición
en relación a una geografía, a un espacio social y ecológico
particular. Esto la liga íntimamente con la espacialidad.
Por esto último, Bakhtin ha buscado explicar la transformación
en la producción de sentido por la vía del género
novelístico empleando el concepto de cronotopo. Traducido
literalmente como "tiempo-espacio", implica la fusión
de los índices espaciales y temporales en un todo inteligible y
concreto. El cronotopo establece la imagen del hombre en la literatura,
imagen siempre ligada a la relación espacio-temporal.
No hay que olvidar a este respecto que los sistemas de representaciones
simbólicos que conforman las culturas son los resultantes de modos
específicos de apropiarse la naturaleza y de ubicarse en ella y
relacionarse con ella. Los códigos mentales se desprenden de estos
sistemas simbólicos. De ello mismo se desprende un lenguaje, vehículo
que articula una forma de pensamiento particular, y que en el acto de nombrar
las cosas y el entorno, implica una relación particular del medio
en cuestión. Nombrar es introducir sentido y es también introducir
orden, un cierto tipo de orden social del cual se desprenden los valores
intrínsecos que van a regir esa comunidad particular.
Entonces, si el poder simbólico implica un poder de construcción
de la realidad que tiende a establecer un orden genoseológico, si
los símbolos hacen posible el consenso sobre el sentido del mundo
y promueven la integración social, entonces podemos apreciar más
que nunca las implicaciones últimas que tiene el uso del discurso
indirecto libre en Monteforte Toledo.
Su aparición literaria implica la aparición del individuo
en la sociedad guatemalteca. Más que eso: implica la individualización
del indio. Es decir, el reconocimiento de que el indio es --oh, sorpresa--
un ser humano. Si bien el papa había dictaminado desde el siglo
XVI que los indígenas tenían alma y, por lógica, eran
humanos, las noticias tardaron en llegar hasta Centroamérica. No
es sino hasta la aparición de la obra literaria de Monteforte Toledo
que observamos en el istmo una individualización real del indígena
y una representación simbólica del mismo como ser pensante,
capaz de raciocinio, de pasiones, de transformarse personalmente, de expresarse
psicológicamente.
Lo interesante, desde luego, es que Monteforte no es indígena,
sino lo que en Guatemala se denomina "ladino"; es decir, mezcla
de indígena y español. La sociedad ladina se ha caracterizado
históricamente por su explotación brutal del indígena,
explotación justificada ideológicamente por un racismo palpable
y evidente.
Entonces, lo que la obra de Monteforte significa es el inicio del proceso
de reflexión --por parte de la sociedad ladina-- para incorporar
al indígena dentro de su propia cosmovisión, dentro de su
propia concepción del estado-nación. Implica el reconocimiento
de que un estado-nación moderno, va a requerir --guste o no-- de
la presencia del indígena como ser social integrado al mismo, facultado
como entidad política dentro del mismo. Para poder integrarlo, hay
que comenzar por nombrarlo. Nombrarlo se vuelve el primer paso en un proceso
de poseerlo, de aceptarlo como par, como interlocutor válido.
No hay que olvidar a este respecto que los sistemas de representaciones
simbólicos que conforman las culturas son los resultantes de modos
específicos de ubicarse y relacionarse en un entorno particular.
Los códigos mentales se desprenden de estos sistemas simbólicos.
De ello mismo se desprende un lenguaje, vehículo que articula una
forma de pensamiento particular, y que en el acto de nombrar las cosas
y el entorno, implica una relación particular del medio en cuestión.
Nombrar es introducir sentido y es también introducir orden. De
este orden se desprenden valores intrínsecos que van a regir a esa
comunidad particular.
Pero Monteforte, además de nombrarlo, busca entender cómo
piensa, cómo se define frente a los ladinos, frente a su espacio
ecológico-social, cómo opera su identidad...para poder mejor
predecir cómo se puede alterar ésta última en función
de una adaptación no conflictiva al nuevo estado-nación que
se busca generar en la Guatemala de los años cuarenta, y uno de
cuyos artífices es el propio Monteforte Toledo, vice-presidente
de la República, presidente del Congreso, Secretario General del
partido mayoritario. La literatura juega aquí la función
de generar mecanismos ideológico-integrativos para que el Estado
pueda reorientar a este importante sector de la sociedad civil a partir
de una mayor comprensión de las pautas que las mismas comunidades
indígenas habían generado.
Lo último es una reacción lógica de un político
profesional que en nada desdice de sus logros literarios.
Literariamente, lo fundamental es lo primero. El haber logrado ubicar,
primero que nadie, el individualismo, el humanismo (entendido en su esencia
significativa y no como categoría filosófica) indígena.
Y, el haberlo logrado por medio del dominio de un estilo narrativo particular,
cuyo uso venía integrado totalmente con su propia visión
del mundo y con su sensibilidad no-consciente. Sin duda hasta que llegue
el momento en que los propios indígenas escriban sobre sí
mismos, circunscriban por escrito su propia cultura, y dejen de ser referentes
para definir la identidad cultural ladina, nadie habrá representado
mejor su mundo que Monteforte.
Observando cómo hasta el presente continúa siendo difícil
para los escritores latinoamericanos personificar al indígena como
personaje redondo, multidimensional, en la literatura, el logro de Monteforte
--plasmado en los años cuarenta (Entre la piedra y la cruz),
ratificado en los cincuenta (Donde acaban los caminos) y explorada
su dimensión histórica y sus raíces originarias en
los sesenta (Llegaron del mar)-- no deja de ser impresionante tanto
en el plano lingüístico (perfeccionamiento del estilo linear,
a pesar de la carga dogmática que éste posee), el nivel narrativo
(perfeccionamiento del discurso indirecto libre) como en el del cronotopo
(búsqueda de comprensión y redefinición de la identidad
indígena por la vía de la ladinización y de la eliminación
de la contradicción campo/ciudad).
Basta esta pequeña síntesis de sus logros para acotar
que --independientemente de que no sea un nombre fácilmente reconocible
("household name") en los medios literarios del continente, los
logros de Monteforte le dan un sitio sólido entre los maestros de
la narrativa latinoamericana en ese período de transición
tan difícil y complejo como lo es el que articula la narrativa nacionalista,
regionalista e indigenista --sub-géneros que florecen en la década
del treinta--, con la del boom.
De paso, al buscar reubicar autores como Monteforte en una nueva perspectiva
histórica de la literatura latinoamericana que busque mostrar el
funcionamiento de los sistemas literarios y ubicar la discursividad de
los mismos, verificamos, efectivamente, que la idea de una historia de
la literatura latinoamericana continúa siendo, en el mejor de los
casos, una noción histórica en evolución. Sin embargo,
y más importante aún, podemos observar cómo esta vía
tiende a evitar la tentación de los reduccionismos simplistas o
las periodizaciones voluntaristas e idealistas, para mejor articular nuestra
producción literaria como totalidad en el contexto de la literatura
universal.