LA GRINGA DE CARLOS WYLD OSPINA Y LA TEMPESTAD DE FLAVIO
HERRERA: LA CONFLUENCIA DEL CRIOLLISMO CON EL UBIQUISMO
El problema de las definiciones
La crítica tradicional siempre ha atribuido el título de
"novelistas criollos" a Carlos Wyld Ospina, Flavio Herrera y Mario Monteforte
Toledo, dividiéndose acerca de si la etiqueta corresponde o no a
Miguel Angel Asturias. A veces, se les llama asu vez escritores indigenistas.
Rara vez, sin embargo, se define el empleo de los términos "criollo"
o "indigenista," aunque siempre se hace mención de la Revolución
Mexicana y de la obra de Rómulo Gallegos y José Eustacio
Rivera como influencias. Así, Seymour Menton nos dice:
En la obra de Carlos Wyld Ospina (1891-1956), la preocupación por
los problemas sociales de Guatemala llega a ser dominante... Tanto por
plantear el problema de la sociedad en evolución como por la introducción
de temas netamente americanos, Wyld Ospina hace las veces de Rómulo
Gallegos en Guatemala.
Adelaida Lorand de Olazagasti opina lo siguiente:
Carlos Wyld Ospina y Flavio Herrera tienen el privilegio de ser los primeros
escritores en nuestro siglo que se preocupan por exponer la vida del indio
guatemalteco. Sus obras tienen la intención de difundir y despertar
el interés, la comprensión y la conciencia de la sociedad
guatemalteca.
Wyld Ospina (1891-1956) tiene genuina preocupación por todos los
problemas sociales de Guatemala, oponiéndose así a la tendencia
universalista del Modernismo.
Ricardo Estrada ha tratado de definir el criollismo como las "expresiones
literarias hispanoamericanas" cuyas características son las "certezas
estéticas y sociales con honda proyección humana." Lo menos
que puede decirse es que queda bastante vago lo que podría considerarse
como una "certeza estética" y peor aún, las "certezas sociales,"
como veremos más adelante. Pero Estrada va aún más
lejos en sus confusiones. Temeroso de que esta "literatura propia" pueda
ser catalogada de regionalista, busca darle una dimensión universal
y aduce que la novela criolla "va en camino de revelar la congoja del hombre,
la angustia metafísica, al escudriñar lo angélico
y lo diabólico que están en él." Luis Alberto Sanchez,
por el contrario, clasifica la novela criolla como novela regional, y niega
la validez del término "criollo" debido a la amplitud de su significación.
Criollo, dice él, es todo lo nacido de padres nativos o extranjeros,
en la tierra donde se desenvuelve. Por el contrario, el matiz predominante
de lo regional se encuentra en el paisaje. El encuentra que "la novela
de este tipo, es, justamente, la que tipifica a la literatura americana"
y agrega que "siendo, como somos, un continente predominantemente agrario,
en estado virginal, lo que más se acerque a nuestra expresión
propia será todo cuanto se refiera a ese estado virginal y agrario,
de quien depende, por manera definitiva, y hasta hoy, el genio de nuestros
hombres y el aspecto de nuestras costumbres."
Retórica aparte, las divergencias son grandes. Sólo una cosa
queda en claro. Criollos o indigenistas, regionalistas o universales, todos
los críticos agrupan a éstos como escritores que de una u
otra manera han sabido plantear el problema de la sociedad guatemalteca.
Nunca, sin embargo, se ha matizado el tipo de referencia que los textos
de estos escritores hacen de la sociedad, su inserción en ella,
su manera de enfocar los problemas y qué tipo de problemas enfoca.
En otras palabras, la crítica tradicional ha logrado percibir el
hecho de que de una manera o de otra estos escritores pueden ser unificados
bajo una misma "ideología estética," entendiendo aquí
dicho concepto en el sentido bajtiniano del término. Sin embargo,
ninguno de ellos menciona el hecho de que aún suponiendo que la
"ideología estética" fuera la misma para todos (y, en realidad,
no lo es), sus relaciones con la visión del mundo hegemónica
en los años treinta ciertamente no lo son. Tanto Carlos Wyld Ospina
como Flavio Herrera escriben durante el período del ubiquismo (años
treintas y principios de los cuarentas) mientras que Mario Monteforte Toledo
-- el otro escritor asociado al indigenismo -- va a realizar sus textos
más importantes bajo el arevalismo (1944 - 1950). Entre las obras
de los primeros y la del segundo se registra pues, un cambio radical en
la sociedad guatemalteca.
Esto no tendría importancia alguna de no ser por el hecho de que
los dos primeros autores mencionados tenían una relación
relativamente homóloga con la ideología ubiquista, mientras
que el segundo la rechazaba categóricamente. Sin embargo, pasó
a identificarse plenamente con el arevalismo, ideología que los
dos primeros rechazan.
Esa relación estrecha con diferentes y contradictorias ideologías
debería suponer diferencias capitales en los textos. Al fin, una
ideología es un sistema semiológico que articula discursos
que producen sentido. De allí que definamos a la novela como un
sistema de representaciones simbólicas que genera efectos de verdad
a través de sus prácticas discursivas. Sin embargo, este
conflicto ha pasado totalmente inadvertido por la crítica. Será,
quizás, señal de la pobreza que ha acompañado a la
literatura guatemalteca en su solitario recorrido por el siglo veinte.
Nosotros sostenemos quelos textos de Flavio Herera y Carlos Wyld Ospina
están marcados ideológicamente precisamente por su comunión
con importantes rasgos del ubiquismo. Esto sucede especialmente cuando
el discurso articula un contenido crucial para la década de los
treintas: la finca cafetalera. Para este propósito haremos una breve
comparación entre éste y los textos de La gringa de
Carlos Wyld Ospina, y La tempestad de Flavio Herrera, publicados
en 1935. Ambas obras han tenido su génesis en pleno período
ubiquista, en pleno período de crisis económica mundial,
cuando el ubiquismo está ya bien estructurado, y no se vislumbra
todavía su proceso de descomposición.
La gringa: desnudos en el trópico
El texto La gringa se autonombra "novela criolla," subtítulo
con el cual aparece publicado. El texto se aprecia a sí mismo como
militante estéticamente. Busca definir y encarnar a la vez ese subgénero
literario que da como típico de la "América tropical": la
novela criolla. Para tal propósito, incluye dentro de su relato
todo un discurso estético cuya importancia justifica su reproducción
integral:
-...El trópico es exceso... Al decir trópico se dice magia.
Mas los superficiales observadores extranjeros y nuestros artistas únicamente
epidérmicos no ven más que la figura del caudillo improvisado,
del mestizo matoide, del indio sudra, de la hembra primitiva; y ponen a
restallar aciales y machetes. La pendencia lo barre todo. La borrachera
lo enturbia todo. Y la sangre es el diario riego de la tierra. Mas ello
significa lo episódico. La realidad completa del trópico
americano no ha sido representada todavía.
-¿Te parece que en las que tu llamas "grandes novelas americanas,"
aún no ha aparecido ese complejo?
-Nuestras grandes novelas lo son por su valor lineal, colorista y activo.
La espiritualidad del trópico surge en ellas fragmentaria, ocasional,
sin conciencia propia. Toda precursión es así. Y como precursores,
estamos en la etapa de la novela pintoresca. La poesía lo mismo:
descriptiva, plástica, a pesar de sus "preocupaciones interioristas."
Me parece que los poquísimos pintores americanos de genio van más
allá. Se adentran en el símbolo, que es abstracción
sintética, pero percíbese de inmediato en sus concepciones
la arbitrariedad -- producto tan nuestro -- y el tanteo de técnicas
difusas. De la música no hablemos. A pesar de aspavientos entusiastas,
nuestra tradición musical -- la india -- es pobrísima y de
autenticidad a menudo dudosa. Unos cuantos aires --pudiera decirse en lenguaje
de profanos, que es el mío. Mas, ¿podrán hacerse grandes
obras con esos gránulos de sustancia?
-¿Qué forma literaria crees que es más adaptable en
la actualidad como expresión de América tropical?
-La novela. Porque la poesía de escuela nueva -- con sedimentos
viejos -- aunque sea exquisita a la vez que fuerte y rotunda, resulta extraña
en nuestro medio, pese a sus motivos obstinadamente tropicales.
No digo espúrea sino extraña -- por que no ha logrado todavía
saturar al pueblo. En cambio, la novela posee la aptitud dimensional y
expresiva para conmover a nuestra masa humana y fusionarse con ella, en
forma que nazca de veras una literatura americana en lengua de Castilla.
No creo que en parte alguna del mundo existan mejores elementos, aprovechables
por la literatura, que en América. La riqueza emocional y pintoresca
de la pampa, de los llanos y de las comarcas fluviales es tal, que
a un escritor le basta deambular por allí, papel y lápiz
apercibidos, abierto el ojo captador -- como ahora se dice entre
los literatos -- para tomar el tipo y el paisaje con sus rasgos subyugantes.
Esto pasa en el sur, naturalmente, porque nuestras repúblicas del
centro son desgraciadamente de poco relieve en sus tipos humanos y animales,
aunque opulentas en paisaje... Pero la novela, no es la única forma
adaptable a la expresión actual de América. Creo que el ensayismo
-- la monografía histórica, social y geográfica --
es forma tan poco explotada como fecunda...
Bolsa de silencio. Gritos de indios borrachos en la lejanía de esta
tarde de domingo. La luz incierta...
Magda:
-En el fondo, es triste nuestra vida...
-Los Andes y el mar nos melancolizan -- cantó un gran poeta americano.
Yo agregaría que tanto como el picacho es melancolizadora la selva.
Melancolía intensivamente depresiva. Presumo que la selva de las
islas del Pacífico o la yungla hindú, no son ni siquiera
tristes. La tierra americana produce un género de melancolía
probablemente desconocido en otras zonas cálidas o montañosas.
Esa melancolía ha de ser definida por los bioquímicos y expresada
por los artistas, no al modo incidental de los poemas sino como sillar
de nuestra idiosincracia. Ya se aboceta el cuadro por algunos novelistas
del sur. Uno de los singulares encantos, prodigiosamente impreciso, de
libros como Don Segundo Sombra, consiste en que este gran tipo de
hombre de América encarna la melancolía fantástica
de la llanura. Melancolía vale aquí por misterio...
La manipulación ideológica del discurso es obvia. Primero,
se critica a los "observadores extranjeros" y a "nuestros artistas únicamente
epidérmicos" que enfocan su visión sobre los problemas económico-políticos
de la región tales como "caudillos improvisados," "mestizos matoides"
o "indios sutras." A estas personas se les acusa de "enturbiarlo todo"
con narraciones de violencia y de sangre. Se limita este aspecto de la
sociedad a "lo episódico," es decir, a lo anecdótico, aduciéndose
que "la realidad completa del trópico americano" se encuentra en
otro lado y que no ha sido representada todavía. Hasta entonces,
las "grandes novelas americanas" sólo han podido representar la
realidad parcial por el hecho mismo de ser precursoras. Son pintorescas,
noción que nos recuerda la definición de Luis Alberto Sánchez
acerca de la novela regional. El autor condena ese pintorrequismo, ese
paisajismo porque es capaz de retratar únicamente fragmentos de
la realidad completa del trópico. Sin embargo agrega más
adelante que a un escritor le basta "deambular por allí, papel y
lápiz apercibidos...para tomar el tipo y el paisaje con sus rasgos
subyugantes." ¿Y no que la novela paisajista es solamente capaz
de captar fragmentos de la realidad? Volvamos al inicio del trozo. Allí
se nos indica que esta famosa realidad completa es concebida como espiritual:
"la espiritualidad del trópico." Es en esta noción idealista
donde el autor ve residir la esencia de lo americano. Esta noción
pasa a ser definida más ampliamente al final del trozo como "melancolía":
es esta melancolía la que representa la esencia total de América
ya que montañas y selvas existen también en otras partes
del mundo, pero la melancolía americana es única, específica
del continente. La gran novela americana, la verdadera "novela criolla"
será, pues, aquella que logre captar esta famosa melancolía.
El propósito del planteamiento idealista es precisamente el alejarnos
de una realidad, material, concreta, vista aquí despreciativamente
como "lo episódico" y clasificado como indigno de un escritor serio.
Se pregona "el símbolo que es abstracción sintética"
y se felicita a "los poquísimos pintores americanos de genio" que
han podido ir "más allá" que los escritores. Este deseo de
alejarnos de la realidad concreta y llevarnos hacia la abstracción
esconde la posición del autor con respecto a su propia realidad.
Trata de ocultar los hechos reales: la dictadura ubiquista con sus cientos
de fusilamientos y los miles de presos políticos, y la explotación
del maya en las fincas cafetaleras. Lo anterior deja implícita la
homología del autor con la ideología ubiquista.
Esto es fácilmente comprobable al analizar los elementos mismos
del discurso. Uno de los detalles más sobresalientes es el prejuicio
racial contra el maya. Así, desde el principio se recalca cómo
los periodistas extranjeros y escritores epidérmicos no ven
sino el caudillo improvisado, el mestizo matoide, el indio sudra. Se les
acusa de mostrar "lo feo" que tiene el país, o bien de deformar
la realidad. Se deduce que al observar a mestizos y mayas, "la pendencia
lo barre todo, la borrachera lo enturbia todo, y la sangre es el diario
riego de la tierra." Se establece pues, la conección entre carácter
racial y pendencias, borracheras, crimen. Se refuerzan los prejuicios estereotípicos
que tradicionalmente se han empleado para justificar la explotación
del maya en las fincas. En el libro, el maya es sub-humano; es haragán,
es borracho, no sirve para nada. Es el mecanismo típico que tranquiliza
la conciencia y justifica la explotación en las fincas bajo las
condiciones ampliamente documentadas en trabajos sociológicos y
antropológicos.
Como si todo lo anterior no fuera suficiente, se le niega al maya toda
creación artística. Su música es pobrísima
y de autenticidad a menudo dudosa, afirmaciones espúreas que permiten
descartarla con la mayor facilidad. Se indica a su vez que la literatura
americana debe ser "en lengua de Castilla." La referencia racial es de
segundo orden. Tras haber reducido el elemento maya y mestizo, se exalta
ahora lo español. Pero lo español en América. Es decir,
lo criollo, término con el cual se han designado desde la época
colonial a los hijos de españoles nacidos en América, y que
Luis Alberto Sánchez extiende a todo hijo de extranjeros nacido
en América, entendiéndose, desde luego, que extranjero se
refiere al europeo. Es pues, todo hijo de europeos nacido en América
(los hijos de los negros nacidos en América nunca han sido considerados
como "criollos" aún cuando caben bajo la definición de "hijos
de extranjeros nacidos en América." Situación idéntica
ocurre con los chinos).
La referencia anterior es subrayada por el comentario que le sigue. Se
nos dice que esta famosa literatura criolla es solamente posible "en el
sur, naturalmente, porque nuestras repúblicas del centro son desgraciadamente
de poco relieve en sus tipos humanos y animales, aunque opulentas en paisaje."
Si ambas partes tienen bello paisaje, la diferencia está en el elemento
humano. ¿Y cuál es este elemento humano? El maya. En el cono
sur naturalmente no hay muchos indígenas (exceptuándose a
los mapuches), porque la mayoría de ellos fueron masacrados originalmente
y con posterioridad fueron aplicadas las ideas racistas de Sarmiento --
importar europeos para "blanquear" al país. Desgraciadamente, se
nos dice, las repúblicas del centro son de poco relieve en sus tipos
humanos. Es decir, por desgracia estas repúblicas tienen mayas que
son considerados por los criollos locales como de poco relieve humano.
Y para añadir el insulto a la injuria, se acopla "tipos humanos"
con "animales", indicándose por asociación que los tipos
humanos de las repúblicas del centro (los mayas) son como animales.
Es la única explicación posible, puesto que las repúblicas
del centro no son de poco relieve en su fauna (así como las
idealizadas repúblicas del cono sur no se corresponden con la "América
tropical" tampoco, frasecita que se repite como letanía a lo largo
del texto). Al contrario. Fuera de la región amazónica, difícilmente
se encuentra en otro lugar del continente fauna tan rica como la de la
zona petenera, especialmente en la época en que se escribió
el texto, cuando aún esta región estaba prácticamente
virgen. Ese hecho era conocido por el autor, quien incluso sitúa
algunas acciones de este mismo texto en dicha región. Tal comentario
pues, podría ser gratuito a no ser por su connotación deliberadamente
racista. Para terminar con el punto, baste recordar que la única
descripción del trozo, "gritos de indios borrachos en la lejanía
de esta tarde de domingo" vuelve a enfatizar el ya mencionado estereotipo
con respecto al maya.
Irónicamente, el autor ve en la melancolía la esencia americana;
melancolía que describe como "intensamente depresiva," como "triste,"
pero cuyo origen no se menciona. Es una categoría que se quiere
ver en abstracto. Sabemos, sin embargo, que esta famosa melancolía
es parte de la idiosincrasia del indígena vencido, la famosa "tristeza
del indio," analizada por Nathan Wachtel y referida por Octavio Paz y Luis
Cardoza y Aragón en sus trabajos sobre México y Guatemala
respectivamente. Al mismo tiempo que el autor busca restarle todo el valor
al maya, le atribuye la principal característica del indígena
colonizado al continente. Pero eso sí, aduciendo que es un elemento
criollo. Termina ilustrando este rasgo en la novela de Güiraldes,
una novela del sur, del país donde no existen los indígenas.
No se da cuenta, desde luego, que está citando precisamente el texto
en el cual Güiraldes se opone a la actitud racista y extranjerizante
que representa la corriente sarmientina y busca en el gaucho, amenazado
de exterminio por el acelerado avance de las estancias ganaderas, la verdadera
afirmación de los valores argentinos. Contra la opinión de
los europeizantes argentinos, Güiraldes presenta al gaucho como un
hombre adaptado a las circunstancias de la vida y capaz de ser una persona
civilizada sin que por ello tenga que imponérsele la cultura llegada
del exterior. El peor ejemplo posible entonces para sustentar una tesis
que busca exaltar los valores europeos en América por encima de
aquellos propios de los nativos habitantes de la región.
El tono del trozo analizado deja claro el alto grado de correspondencia
existente entre las ideas manifestadas y la ideología imperante
en el período ubiquista. No debemos olvidar que la oligarquía
agroexportadora necesitaba certificar la sub-humanidad del maya para poder
justificar su explotación gratuita durante la época de la
crisis mundial, tarea realizada mediante diversos mecanismos tales como
las ya mencionadas "leyes contra la vagancia." Todo lo anterior nos aclara
otro aspecto: la pretendida "preocupación por los problemas sociales
de Guatemala" existe únicamente en el sentido de justificar las
posiciones y medidas adoptadas por la ideología dominante de la
época. Así, el interés no consiste en "exponer la
vida del indio guatemalteco" sino más precisamente, exponer la vida
del magnate cafetalero guatemalteco, para cuyos fines es necesaria y justificable
la reducción del maya a los niveles más bajos de la deshumanización.
Dado que este último es un punto potencialmente controvertible,
exploraremos más a fondo el asunto.
La gringa es ante todo, la historia del amor entre Eduardo Barcos
y Magda Peña. En eso están de acuerdo la mayoría de
nuestros críticos. Cabe recordar que Magda Peña es propietaria
de dos fincas de café, las cuales administra ella misma. Es a su
vez hija de extranjeros. De ahí el título del texto. "Gringa"
en el habla guatemalteca quiere decir alguien de origen estadounidense.
En este caso el dato no se ajusta a la realidad textual. Se menciona a
los padres de Magda como de origen europeo. Pero su padre ha nacido en
América. Más que "gringa" es entonces criolla. Criolla y
propietaria terrateniente, es decir, miembro de la oligarquía. Como
tal, mantiene íntimas relaciones con los agentes extranjeros representantes
de la metrópoli, según muestra su amistad con Míster
Benton. La originalidad del texto está en atribuirle a una mujer
todas las virtudes que esta clase reserva tradicionalmente para los hombras
(y cabe preguntarse hasta qué punto es una influencia literaria
de Doña Bárbara tal como afirma Seymour Menton y hasta
qué punto es un reflejo de algo más, pues La tempestad
va a repetir un proceso muy parecido; de esto hablaremos más adelante):
-Mi gostar mocho una moyer tan arrecha para trabayar sin pedir nada nadie.
-Oh yes, Mr. Barcos. Mi verla trabayar duro, desde ocho años, y
ganar pisto en buenos negosios. Muy jodida ganando pisto...
Ella es respetada por el verdadero "gringo" entonces por considerársele
portadora de valores éticos muy similares a los que imperan en la
ideología estadounidense dominante. Se sitúa a su vez como
contrapunto a los mayas, a quienes se considera borrachos, haraganes. La
"tragedia" de Magda según la ve su amante Barco, miembro de su misma
clase, es que al trabajar como un hombre, ella "pierde su reputación"
como mujer. Sólo que esta "reputación" no está "perdida"
por haber incurrido en el acto sexual, sino por haber violado las normas
que la propia clase establece para el comportamiento de la mujer. En el
amor, pues, se sitúa la problemática central del texto, y
de ahí emana la única crítica de fondo que se hace
al comportamiento de clase:
-Que iba recordando un film mediocre que vi en Guatemala hace poco.
Mediocre, pero con una cosa honda: la mujer con hombres en su vida.
-¡Oh, pero todas los tienen! Otros países ser corriente. Aquí
también pero...más hipócrita. Este asunto no importar
nada, Mr. Barcos.
-Aquí hemos escrito, admirable Mr. Benton, libertades avanzadas
en nuestros códigos. Pero la libertad del amor para la mujer nos
parece todavía algo monstruoso.
La tragedia del pobre oligarca guatemalteco es entonces que tiene que casarse
con una mujer para poder acostarse con ella. Y como el trópico lo
excita (el texto está inundado de alusiones sensuales, resultado
de la "lujuria tropical"; hasta el vuelo de los pericos es visto sensualmente),
la falta de satisfacción sexual se vuelve un problema mayor. Cabe
recalcar que es el único elemento del modelo de vida oligarca que
se cuestiona. Se pregunta uno cuáles son las admirables libertades
avanzadas en los códigos de los cuales habla Eduardo Barcos y si
no podría estarse refiriendo a la ley de vialidad, espina dorsal
del sistema y que le permite vivir en el ocio en que vive, y la cual nunca
es cuestionada en el texto:
-¿Ya fuiste a la Sanidad, Demetrio?
-Ya, patrona.
Y alarga un papel donde el médico sanitario escribió su diagnóstico:
paludismo y disentería, así a modo grueso, porque a aquel
organismo lo devoran de firme todos los parásitos intestinales de
la magna costa.
-¿Te han dado medicinas?
-Sí, patrona.
El colono habla indiferente su hablar confuso.
-¿Qué quiere al fin este pobre? -interroga Barcos.
-No ir a la semana de vialidad. Eso es todo.
Y agrega Magda, para el Demetrio:
-Ya voy dar tu papel que vas llevar al alcalde para que te den tu excepción.
No vas hacer vialidad porque estás enfermo. Tampoco vas trabajar
finca.
-Sí, patrona. Ya ni juersas levantar asadón...
-Venís mañana. Vamos dar más medicinas para vos.
-S'tá bien, patrona.
Se aleja el peón entre la sombra apretada.
Como muestra el trozo, la vialidad no se cuestiona nunca. Es algo tan normal
como que salga el sol en la mañana. Al mismo tiempo, se busca subrayar
la humanidad del patrón. Muy comprensivo, no exige que el pobre
maya enfermo tenga que trabajar. Pero la actitud deja algo claro. Que si
el patrón quisiera, podría forzar al maya a trabajar. Si
el maya no trabaja es por la benevolencia del patrón, no porque
exista ninguna ley que lo ampare en caso de enfermedad. ¿Dónde
están entonces las leyes de las cuales habla Eduardo Barcos? Asimismo,
existe la condescendencia del patrón en el diálogo. ¿Por
qué dice "yo voy dar tu papel," "vas llevar," "vas trabajar," "vamos
dar"? Se rebaja al mal castellano del maya, lo imita en su hablar. Actitud
paternalista por excelencia. Mal español que ridiculiza al maya,
"que habla indiferente su andar confuso." Se le reduce de nuevo al estereotipo
de ser colonizado indiferente al sufrimiento y cómico en el hablar
(en ningún lugar se recuerda que el castellano no es el idioma
nativo del maya, y que hasta época reciente se prohibía que
lo aprendiera por temor de que "se pasara de listo"). Como si todo lo anterior
no fuera suficiente, se evita tácticamente el mencionar dónde
agarró su paludismo y disentería, como si fuera una casualidad
sin relación el trabajar en las condiciones miserables de la "magna
costa."
Si por un lado parte del proyecto ideológico del texto es humanizar
al máximo a los patrones, quienes son sensibles (Eduardo es poeta),
benévolos, trabajadores, valientes, etcétera, por el otro
lado se persigue la deshumanización constante del maya, siguiendo
los lineamientos estereotípicos ya indicados (haragán, borracho,
falto de inteligencia, falto de sensibilidad, etc.). Esta deshumanización
se realiza a través de una descripción que se pretende "objetiva,"
como si estuviera pintando un paisaje. Pero no explica nunca la causa del
fenómeno. La observación es válida para el fragmento
citado anteriormente. He aquí otro parecido:
Algunos peones se quedan en el pueblo hasta el anochecer. Entonces regresan
ebrios de la cushusha ríspida, con paso que va de una cuneta a la
otra del camino. Los melancólicos con mudez bestial. Los agresivos
hacen estallar, como aullidos de coyote, sus gritos de imprecaciones retadoras,
sus inútiles jactancias...
Reaparece la comparación constante entre maya y animal. Asimismo,
mientras el maya es pendenciero, el patrón es sabio y sabe impartir
justicia como el rey Salomón. Así, cuando la Ildefonsa desprecia
al Felicindo que llega borracho y éste la amenaza con un cuchillo,
la patrona aparece "tranquilamente" para impartir la justicia"
-Dejen ustedes el pleito. Vos, Felicindo, sosegate.
Ahora, de salirse la situación de su control, es necesario recurrir
a la fuerza, para "domar" a los pendencieros como si fueran potros salvajes:
-¡Oh! No enfurecer el muchacho. Yo domarlo.
-No sé. Mandaba sin apelación y nunca dejé impune
una trastada de los peones. Varias veces acudí al revólver.
Otras a los puños, aunque se rían ustedes. A una Chon, la
india más pícara de aquí, la dejé en sangre
una vez...
-Instinto de mando...
-Sí, sin duda. El don de mando --frase hecha para malnombrar un
instinto misterioso, una facultad irradiante-- supone mantenerse uno siempre
a plomada. No vacilar, o no oscilar, ya que hablo de aplomo; no discutir;
saber
de antemano que cuanto se ordena es ya un hecho virtual al ordenarlo...
-Mr. Barcos explicar bien esto. Mi pensar así fueron y así
son los que mueven a los demás. Miss Meich tiene alma de conquistador.
En lo último acierta al menos el texto. Efectivamente estudios recientes
muestran cómo el espíritu autocrático criollo surge
del hecho de que una vez realizada la conquista, la riqueza mayor del país
la representan las tierras, dada la inexistencia de minas. El conquistador
mira como un derecho el poder dedicarse al ocio mientras la raza conquistada
trabaja para él. El problema con el texto es que no critica ese
tipo de relaciones sociales. Muy por el contrario. Su objetivo es precisamente
defender, asegurar su existencia y continuidad. De paso, asegurar los viejos
valores coloniales con el apoyo de los valores de la nueva metrópoli,
del nuevo centro hegemónico:
-¡Oh! Miss Meich cuenta las cosas como un libro. Una bonito película.
-Sí, Mr. Benton, como las películas de ustedes. En film,
un episodio vulgar. Pero aquí, al natural, en este desierto y ocurriéndole
a una mujer sola...
-¡Oh, maravilloso, Miss Meich! Mi admirar sangre fría suya,
valor de mujercita arrecha. Osté como las mochachas de mi oeste.
Por eso desir a osté la gringa en el comarca --declara con orgullo
racial Mr. Benton, dando manotadas bélicas.
Se resuelve el misterio del título del texto. Magda Peña,
criolla, de origen europeo (español posiblemente, dado el apellido)
recibe el apodo de "gringa" por comportarse como una "mujer arrecha." El
esquema ideológico del texto queda entonces completo. Los viejos
valores coloniales que encarna la oligarquía son vistos como positivos.
La problemática del amor sirve para indicar aquellos escasos elementos
negativos que andan dispersos dentro de esa totalidad positiva. Estos elementos
meritan ser reformados, pero la totalidad de la estructura social es defendida.
Estos elementos pueden ser cambiados, de manera que el viejo sistema pueda
de nuevo funcionar en total armonía, con la adopción de aquellos
valores que han probado su buen resultado en los Estados Unidos. Este es
el proyecto ideológico del texto. Así, se nos presenta una
situación típica de la oligarquía: el patrón
de una finca cafetalera. Pero con una variante peculiar: el patrón
es mujer. Esta modalidad le permite hacerle una crítica al sistema
sin que por ello tenga que cuestionar su totalidad. El sistema es aceptado
tal cual, con todos sus mitos y prejuicios. El comportamiento de Magda
es idéntico al comportamiento de cualquier patrón masculino,
idealizados ambos desde su punto de vista por supuesto. El sistema, para
mantenerse vigente, tiene que deshacerse de los elementos negativos del
"espíritu conquistador" y aceptar en lugar de ellos los nuevos elementos
positivos del "espiritu gringo."
Es la eternidad del sistema (porque se proyecta en el pasado hasta la conquista
y se quiere ver proyectado en el futuro indefinidamente) la que se refleja
con el empleo del tiempo presente en la narración. Reafirma constantemente
el hecho de que es así hoy. Como sabemos a su vez que fue así
ayer, la implicación evidente es que será así mañana.
Para ilustrar este punto basta citar algunas frases descriptivas: "platican
los peones," "domingo de finca costeña," "peones que van de madrugada
al pueblo," "el indio hace una relación confusa, redundante, como
es siempre la relación del indio." Nos da la impresión de
que esas cosas son así todavía hoy, que se pueden ver así
ahora, en este mismo instante. Que el tiempo no pasa. Que la historia no
existe. Efecto opuesto a la narración en tiempo pasado, la cual
implica que el hecho descrito pasó ya. En consecuencia, es otra
cosa la quedebe estar ocurriendo en este mismo instante. Implica a su vez
un proceso histórico (pasó X, hoy pasa Y, mañana pasará
Z); una sucesión de eventos diferentes uno del otro. Implica la
posibilidad del cambio (aún cuando éste no llegue a concretizarse
en el texto). Asimismo, el uso del "estilo pintoresco" puede explicarse
sobre la base del proyecto ideológico. El estilo pintoresco está
formado por palabras que podríamos llamar vulgarmente "eruditas"
u "obscuras" ("matoide," "sudra," etc.). En primera instancia, indican
la vocación del personaje principal (poeta), pero mucho más
aún, sirven para indicar su erudición, su cultura, sus conocimientos,
en otras palabras, su origen de clase. A la vez, el texto se dirige a otros
miembros de la misma clase, únicos capaces (en teoría, al
menos) de emplear y entender dicho lenguaje. Finalmente, el lenguaje mencionado
reafirma el elemento de superioridad racial que el criollo siente frente
al maya, cuya manera de hablar el castellano es ridiculizada constantemente.
La famosa "preocupación por los problemas sociales de Guatemala"
que tanto han alabado los críticos se limita entonces a los intereses
de los sectores dominantes. Su "preocupación por exponer la vida
del indio guatemalteco" es más una preocupación por mantener
al maya en el sitio que ocupa en el modo de producción existente.
Una vez más, los críticos tradicionales se muestran equivocados
(en el caso de La gringa los errores llegan a ser alarmantes). Seymour
Menton habla de "tres etapas del amor entre Eduardo Barcos y Magda Peña
Meich," frase que repite idénticamente Adelaida Lorand de Olazagasti:
"La acción principal trata de los amores de Eduardo Barcos y Magda
Peña Meich," sólo que, Magda se llama realmente Magda Peña;
Meich es una transcripción fonética en castellano del inglés
"Madge," nombre con el cual míster Benton se refiere a Magda. Esto
queda perfectamente claro en el texto: "-¿Mr. Benton, por qué
llama usted a Magda, Madge? Me ha hecho gracia. -Oh, Mr. Barcos,
mi llamar personas como mi gustar que se yamen..."
Precisamente el único crítico que no se equivoca con respecto
a La gringa es Mario Monteforte Toledo. En Guatemala, monografía
sociológica (1959) dice a ese respecto:
La gringa, novela de la costa inspirada en Doña Bárbara
de Gallegos, donde se enfoca la vida de las fincas con realismo, aunque
con escasa proyección social.
La tempestad: la epopeya del café
Veamos lo que ocurre con La tempestad de Flavio Herrera, texto publicado
el mismo año que La gringa (1935). ¿Cuál es
la problemática de La tempestad? Hay dos historias que se
entrelazan en una sola, la historia del amor entre César Portocarrero
y Palma, y la "epopeya del café" protagonizada por la familia Zavaleta.
Al igual que en La gringa, es una mujer quien asume las funciones
de patriarca en la finca cafetalera: doña Leonarda Zavaleta. Al
igual que en La gringa, el problema principal del protagonista,
César, es conseguir acostarse con su enamorada sin tener qué
casarse con ella. Con ese propósito, hace largos discursos sobre
el "amor libre" al igual que en el anterior texto. Asimismo, el protagonista
es poeta, miembro de la oligarquía (él también es
proprietario de una finca) y por tal razón, puede viajar a Europa
y volver al país cuando guste. Por extensión, se considera
a sí mismo culto, cosmopolita, "limitado" por la "mentalidad tradicional"
de los criollos. Una vez más, su actitud es comparable a la de Eduardo
Barcos. Al igual que el texto anterior, se idealiza el comportamiento de
los oligarcas, cuyas motivaciones aparecen siempre humanizadas. Se considera
"normal" el apetito sexual, dado que el clima tropical incita al sexo,
y de esta manera pasan como simples humoradas las violaciones que los patrones
ejecutan sobre las mujeres mayas. Obligatoriamente, esta actitud implica
a su vez un prejuicio racial contra el maya, el cual es visto despreciativamente
y aparece totalmente deshumanizado. Veamos algunas citas del texto para
probar lo afirmado anteriormente:
Desfile ante el amo --César-- de indios sórdidos y pedigüeños.
Todos pedían algo aunque no tuvieran nada que pedir; pero pedir,
pedir siempre porque ser pedigüeño --como ser ladrón--
son atributos del indio; aunque no solo del indio...
El indio explota al menor pretexto. La fiesta titular del pueblo o de la
finca. Navidad, Semana Santa, la llegada del patrón... el primer
aguacero, un temblor de tierra, cualquier incidente para pedir a la finca
alguna cosa...
Lo que no pudo cambiarse, a pesar de la rasura frecuente era la jeta de
indio bozal.
El indio consume maiz como una máquina sin fondo. No solo consume.
Lo vende. Lo da en trueque de trapos y chilchigüites. Lo cambia. Sobre
todo lo da en canje de aguardiente. Y en cada pueblo hay algún tabernero
infame y ladrón que se enriquece a expensas de las fincas limítrofes...
El indio le abona maiz a infimo precio. No importa, si al indio no le cuesta.
Solo en el color de la pelleja se mantiene el distingo jerárquico.
Los amos son blancos o morenos. Algunos de un blanco de leche cruda --reminiscencia
nórdica en el trópico--. Piel de canela de los criollos.
Los indios, con el color de cibaque y un estigma verdimorado en la rabadilla.
Se compraron tierras para que holgara una colonia. Se parcelaron, se les
adjudicaron sendos lotes a los indios; se les dio semillas, herramientas,
todo. No se les pedía más que trabajo seguro y, claro, legalmente
remunerado. Inútil. El indio es siempre fraudulento y aquí,
en la costa, es holgazán. El indio no trabaja sin enganche ni compulsión.
Antes, con el sistema de habilitaciones, cuando el fraude estaba erigido
en sistema, el indio vivía con el aliciente de andar timando de
finca en finca. Ahora, se esconde, se remonta como recurso para soslayar
las leyes contra la vagancia.
Decíamos entonces que el proyecto ideológico del texto es
justificar "la epopeya del café," razón por la cual se vuelve
condición imperativa la deshumanización del maya. Ella justifica
la explotación a la cual se le somete. Veamos cómo se unen
ambos puntos en el texto:
Aquel día se comentaba un suelto aparecido en un diario y en que,
con intención enfocada a un agricultor de la zona, se generalizaba
con diatribas contra los finqueros llamándolos negreros, explotadores
de la sufrida clase indígena...
Don Ramón -- Ya salió el sonecito de la sufrida clase indígena
y la redención del indio.
César -- Tópicos manidos; hueros de trasnochado sentimentalismo
que, a la postre, solo ha servido para que medren libelistas y caciques
explotando un tartufismo humanitario y de ocasión.
Don Ramón -- ¡Si esas gentes que escriben vinieran al campo
a ver la realidad! Para ellos el indio sigue siendo el esclavo del coloniaje
y el amo de finca el encomendero. El verdugo. Claro que en algunas fincas
casi se mantiene la tradición colonial de la encomienda --y esto,
más en propiedades extranjeras que de paisanos-- pero las vejaciones
al indio, su explotación hasta hacerlo una máquina de lucro
de caciques y latifundistas, que lo mantenían en infame condición
es sólo un recuerdo del pasado. Tiempo de los cupos y otros sistemas
cuando el oprobio del cepo en la finca era casi un precepto ético.
Lo cierto es que hace tiempo que el indio logró una situación
privilegiada que afirma cada día y ha habido hasta un trastrueque
de papeles entre el antiguo amo despótico y el indio esclavo. Un
como desquite de sucesores sobre sucesores: el finquero, especialmente
el caficultor, hasta hace poco vivió debatiéndose como víctima
entre la estulticia y rapacidad de los habilitadores y el fraude del indio.
El fraude convertido en sistema. Las condiciones económicas y los
compromisos, las deudas, obligaban al hombre de campo a transigir con esos
sistemas, hasta estimularlos. Si se sustraía a ellos corría
riesgo de fracasar y de arruinarse; mientras que la sufrida clase indígena
y los habilitadores, un diez por ciento honrados, medraban sin riesgo;
pero, las pestes solo para el finquero...
Se invierten los roles reales entonces. El maya es el explotador, el pobre
finquero es el explotado. Se incitan los sentimientos del lector a formar
una complicidad emocional con el finquero. También, se proponen
soluciones al "problema." Veamos de qué forma son descritas:
César -- Volviendo a enhebrar la plática en el tema primitivo,
lo célebre es que los que claman por la redención del indio
no lo conocen sino por el barrendero de las calles ni conocen la vida agraria
sino por alguna temporada en fincas; ignoran que primero hemos de redimirnos
nosotros los mestizos y por ende, sus hermanos en mayor o menor grado.
El Chato -- Sus primos, viejo...
César -- Como quieras. Redimirnos y luego redimirlo. No sólo
latinizarlo. Antes, educarlo industrialmente. Antes, curarlo.
Si bien surge el tema de la educación, es en forma despectiva y
arrogante, y como medida secundaria, después de "curar" al maya.
El trozo entero aparece como diálogo teatral, citando los nombres
de los parlantes. Es una conversación digna de tomarse en serio.
Sus posiciones serán apoyadas a lo largo del texto de diversas maneras,
tal como la contínua evocación de la "degradación"
del maya, ya mencionada.
El finquero, supuestamente "victimizado" por los mayas, es entonces el
verdadero héroe de este texto. "La epopeya del café" es su
epopeya:
Los que han tenido la gloria de crear una finca, de fundar una plantación,
son los solos que saben de este gozo inefable que es un privilegio de dioses
y reyes. Crear, fundar, sembrar, erigir.
Los afanes comienzan desde la selección de la semilla. Todo hombre
de conciencia agraria, todo agricultor de verdad, sabe muy bien que en
esto está el busilis y esa es la clave del éxito de una plantación...
Y luego hay cierto orgullo, y muy legítimo, en presidir el curso
genealógico de la planta que, a tiempo que vive y echa raíces
en la tierra, las va echando en nuestro corazón...
¡Si un cafeto supiera que su vida es razón y pivote de otra
vida. Que cada pulgada de su tallo pauta un sueño y cada yema suya
empluma una ilusión; que hay siempre un alma que ajusta su latido
al ritmo de su savia; que sus días son claves de angustia o de confianza!
Ya cuando cuaja el primer grano, el finquero tiene un alma batida, dolida
y escéptica; sí, pero el alma tiene insospechables viveros
de energía... Mientras may entusiasmo hay esperanza. La lucha ahora
está en su apogeo; pero ya se ha traspuesto su etapa más
dura. ¿Cómo entonces desmayar ahora si el futuro se esboza
en un lampo de promesas? ¿Si cada yema fue un poema de inquietud,
cada almendra, cada pepita es un talismán de esperanza, cada grano
de fruto es galardón de triunfo y un eco de ambición?
Si estuviéramos hablando de un esfuerzo distinto al tradicional,
el liricismo con el cual se describe el amor por los plantíos tendría
una connotación diferente: por ejemplo, un esfuerzo por plantar
café orgánico, o bien el solitario esfuerzo de un pequeño
agricultor que se ve rodeado de grandes consorcios. Pero no se trata de
eso. La finca descrita en la novela es una finca enteramente tradicional
de los años treintas, con propietarios del tipo ya descrito, cuyos
mecanismos de producción no difieren en nada de los indicados por
Julio Castellanos Cambranes y que lo llevaron a bautizar metafóricamente
el proceso como "café sangriento".
La tempestad tiene un alto grado de correspondencia con la ideología
dominante de la época. Al igual que La gringa, el texto de
Flavio Herrera entra en contradicciones menores con su sector social en
lo que concierne al comportamiento social. Estas contradicciones son resueltas
de manera casi idéntica. Recordemos que en La gringa tal
cosa ocurre al situar a una mujer en el papel que correspondería
al patriarca criollo, así como en la problemática del "amor
libre." Es exactamente la misma resolución que adopta La tempestad.
La diferencia entre las dos es secundaria. En el primer texto, una sola
mujer encarna ambas funciones: Magda Peña. En la segunda, dos personajes
diferentes se encargan de cumplir una función cada una: Palma y
doña Leonarda. Las otras contradicciones que surgen son a su vez
del mismo orden. Doña Leonarda no es hija de extranjeros como Magda,
sino mestiza, pero aspira a los valores extranjeros, repudia a los mayas
como "sucios," manda a estudiar a su hijo al extranjero, y el final feliz
del texto ocurre cuando llevan a la cama de doña Leonarda, ya vieja
y enferma, al nieto que satisface el sueño de toda su vida: es blanco
y rubio.
De existir alguna divergencia entre ambos textos sería en cuanto
a la actitud frente al elemento extranjero. Así, mientras que en
La
gringa este elemento es siempre bienvenido, algunos pasajes de
La
tempestad reflejan una actitud contraria. Se describe a un alemán
explotador, Herr Glura, quien invade las propiedades de los demás
para agrandar las suyas. Asimismo, se hace una crítica dura de las
casas de crédito de la ciudad capital, con las cuales el finquero
se endeuda para poder sacar a flote la cosecha. Aunque el texto no especifica,
nosotros sabemos que la mayoría de estas casas de crédito
que operaban durante el período ubiquista eran alemanas. ¿Por
qué esa actitud anti-alemana?
En el caso de Flavio Herrera creemos que lo explica su posición
de clase. Tal como indica su apellido, Flavio Herrera es miembro de una
de las grandes familias de la oligarquía abro-exportadora del país.
Es, pues, miembro de cuerpo entero de la clase dominante, lo cual no es
el caso de Wyld Ospina.
Las casas de crédito, en su mayoría inglesas y alemanas,
favorecían al plantador extranjero por encima del nacional. Esta
situación generó un nacionalismo defensivo por parte de la
oligarquía, el cual pudo traducirse a veces en una manifiesta actitud
anti-alemana. Es un ejemplo típico de cómo un hecho significativo
desde el interior de la ideología del autor puede generar una situación
diferente entre un texto y otro, aún cuando ambos se atribuyan la
misma ideología estética y tengan relaciones de correspondencia
con la ideología dominante.
Al respecto de La tempestad la actitud crítica es más
correcta. Así, Seymour Menton ha observado lo siguiente:
Los indios en esta obra y en las novelas de Flavio Herrera en general son
seres despreciables, haraganes y aficionados al engaño. En la finca,
piden cosas al amo aunque en realidad no tengan nada que pedir. Sólo
quieren aprovecharse de la bondad del amo. Esa interpretación difiere
muchísimo de la de casi todas las novelas indigenistas de Hispanoamérica.
Sin embargo, es exacta en cuanto representa con certeza el punto de vista
del finquero.
Desgraciadamente, comete serios errores en cuanto al texto, lo cual no
puede sino cuestionar su visión total. Así, dice que "el
único norteamericano que tiene nombre en la novela es don Jorge,"
cuando queda perfectamente claro a través del texto que el mencionado
don Jorge no es norteamericano sino español Muchísimas citas
podrían probar este último punto. Veamos solamente algunas:
Extranjeros formaban nuevas fincas en la zona. Hablábase con simpatía
del más próximo, un español dinámico... (p.
78).
A lo largo del texto se hablará del "gachupín de la vecindá"
p. 82, "por qué no le pedías al español que nos apadrine
al nene" (p. 83), "y el español fue padrino del crío" (p.
84), etcétera. En la página 84 se explica que el mencionado
español se llama don Jorge, lo cual se repite en la página
85.
Conclusiones
La narrativa guatemalteca (con contadas excepciones) difiere de la mexicana
y sudamericana. En Sudamérica, producto de la naturaleza de la crisis
de dominación oligárquica y de las reacciones sociales que
genera en el espacio de la subjetividad, emerge una variante del género
"novela" como nueva forma de conciencia ante la crisis de los años
treinta (influenciada por rasgos ideológicos marxistas y/o comunistas),
donde predomina el estilo linear, asociado conceptualmente a una nueva
búsqueda de autenticidad. En México, desde luego, dicha crisis
y transformación del imaginario social está asociada al proceso
de la revolución.
En cambio, en Guatemala, donde la novela "regionalista", "indigenista"
o "criollista" (Flavio Herrera, Carlos Wyld Ospina, Carlos Samayoa Chinchilla)
fue el producto de una defensa de la visión del mundo oligárquica,
privó en este período el estilo pintoresco.
El tránsito del estilo pintoresco al estilo linear en México
y Sudamérica significa una transformación fundamental en
la producción de sentido; implica una transformación en los
sistemas de identidad, que se expresa en una manera nueva de codificar
la realidad espacio-temporal simbólicamente.
En Guatemala, donde el desarrollo literario adquirido a lo largo de los
años treinta era bastante inferior al de las naciones del sur, esta
transición no se hacía evidente. Pero que fuera menos visible
no quiere decir que no existiera del todo. La misma estaba tomando lugar
fuera de las fronteras del país en el solitario trabajo que Miguel
Angel Asturias elaboraba desde París y Mario Monteforte Toledo desde
Nueva York. Sin embargo, dichos esfuerzos solo cuajarían después
de la caída del ubiquismo.