Capítulo Uno
LA OFICINA DE PAZ DE OROLANDIA DE RAFAEL AREVALO MARTINEZ:
EL PREMATURO PUENTE HACIA EL POSTMODERNISMO
La crítica literaria ha pecado por omisión
al excluir la narrativa guatemalteca del recién elaborado y gelatinoso
"cánon" de la narrativa continental del siglo veinte que comienza --
mal que bien -- a coagularse en departamentos de literatura del primer mundo.
De los muchos excluidos, quizás ninguno ha sufrido mayor ni más
largo ostracismo que Rafael Arévalo Martínez.
Del insigne autor modernista, tan solo su famoso cuento largo
"El hombre que parecía un caballo" ha sido objeto de selección
en antologías continentales (aunque rara vez a partir de las elaboradas
desde los años sesenta).
Sus novelas han permanecido prácticamente vírgenes
de toda mención crítica, cuando no inéditas durante la
mayor parte del trascurso de este siglo. Recientemente, sin embargo, han sido
reeditadas en Guatemala dos de las mayores obras de Arévalo Martínez:
La Oficina de Paz de Orolandia y Las noches en el palacio de la
nunciatura. La primera de las novelas mencionadas fue originalmente publicada
en 1925, la segunda en 1927. Por lo tanto, ambos textos corresponden al período
vanguardista de los años veinte. Revelan así las alturas hasta
las cuales llegó la experimentación de dicho período,
a la vez que conllevan en su naturaleza su subsiguiente obscuridad. Como hemos
indicado en otro trabajo, la aparición de la "novela social" (y de
sus variantes criollistas o indigenistas) significó un rechazo explícito,
una toma de posición ideológica, frente a la experimentación.
De allí que Arévalo Martínez, junto con otros vanguardistas
latinoamericanos de la década del veinte -- Pablo Palacio, Macedonio
Fernández, María Luisa Bombal, Felisberto Hernández,
etc. -- hayan sido "olvidados" y excluidos de cierta "historia oficial" de
la narrativa hispanoamericana.
Sin embargo, desde la óptica de fines del siglo veinte
-- y desde la óptica de la desaparición del bloque socialista
y crisis del marxismo -- podemos reevaluar con ojos frescos mucho de aquella
olvidad producción.
Por lo tanto, en el presente trabajo nos proponemos reexaminar
La Oficina de Paz de Orolandia con el fin de poner en evidencia que,
debido a sus características textuales, dicha obra es una especie de
embrión de buena cantidad de rasgos que hoy asociamos comunmente con
el postmodernismo, y que en Guatemala llegarán a cuajar plenamente
en la narrativa de Augusto Monterroso. Muchos de los elementos que Monterroso
desarrolla con lujo de plenitud en Lo demás es silencio, ya
aparecen esbozados en La Oficina de Paz de Orolandia: la noción
autorial, el proceso de auto-constitución del intelectual tercermundista,
los límites entre cosmopolitanismo y provincialismo, y el empleo de
la ironía como mecanismo constitutivo del texto.
Transformaciones en el género
Sintetizando sus opiniones críticas sobre las novelas
de Rafael Arévalo Martínez, el crítico estadounidense
Seymour Menton dice lo siguiente:
-
Con todas sus dotes literarias, Rafael Arévalo Martínez
nunca ha logrado escribir lo que podría llamarse una buena novela...Arévalo
Martínez, igual que la mayor parte de sus colegas modernistas, no
pudo moldear su talento a los requisitos que pide el género novelesco.
Dicha afirmación invita a la pregunta, ¿cuáles
son esos requisitos que exige el género novelesco? Para Menton, una
novela "tiene que: 1) tratar de un asunto fingido, cuando menos en parte;
2) intentar causar placer estético; 3) tener una trama compleja; y
4) ser escrita como novela."
Estamos, pues, ante una definición conceptual excesivamente
impresionista, en la cual es imposible deducir qué es "placer estético"
o qué es "ser escrita como novela." Lejos de cualquier sistematización
teórica o metodológica, queda al lector de su libro imaginar
dicha categoría, e irla entresacando de sus juicios y afirmaciones.
Así, sobre La Oficina de Paz de Orolandia, Menton dice:
-
Más que nada este libro es una sátira de
las oficinas de la Unión Panamericana...El autor traza la actuación
de la Oficina de paz desde su fundación en 1900 en Washington hasta
su última sesión en 1920. El elemento novelesco apenas existe.
Felix Buendía consigue el puesto de colaborador de la Revista
Orolandia y por su talento de adaptar artículos ajenos, pronto
lo suben a redactor y luego lo nombran secretario de toda la Oficina. De
ahí en adelante, Buendía pierde su identidad novelesca y sólo
sirve de observador para el autor...
-
...El libro consta principalmente de una serie de diálogos
y monólogos; hay muy poca acción y los personajes no tienen
carácter propio. Por eso, como en todas las obras de Arévalo
Martínez, el género novelesco no está bien definido...La
oficina de paz de Orolandia, aunque por su estructura y la intención
del autor es una novela, se acerca bastante al ensayo político.
Menton da a entender que su concepción del género
novelesco es la del realismo decimonónico. Dicha afirmación
se afirma con su preferencia de las novelas de Mario Monteforte Toledo por
encima de la "artificialidad estructural" de Hombres de maíz
de Miguel Angel Asturias y su dificultad por encontrar sentido en "la ausencia
de un argumento coherente y de personajes totalmente humanos" en Mulata
de tal del mismo autor.
Francisco Albizúrez Palma refleja el sentir de la
mayor parte de críticos guatemaltecos al recoger sin cuestionamiento
las opiniones de Menton y adaptarlas como propias en su Historia de la
literatura guatemalteca. De esta manera, el ataúd artístico
de Arévalo Martínez queda clavado con clavos criollos. Sin embargo,
¿qué pasa al reconsiderarse la naturaleza del género
novelesco desde una óptica bakhtiniana?
Como hemos indicado en otro texto, para Bakhtin la característica
que identifica a la novela como género es su representación
de un sistema de diálogos (dialógico). Un género no es
para él una jerarquía de características o técnicas
sino una manera particular de pensar, una manera específica de visualizar
el mundo, y de nombrarlo por medio de prácticas discursivas. Estas
incluyen discursos directos, o discursos indirectos. Los segundos (llamados
también "discursos a dos voces") son aquellos que hacen referencia
a un discurso previo, sea para parodiarlo, sea para estilizarlo. La novela,
entonces, es especialmente sensitiva a la interacción dialógica
que surge en el espacio de la heteroglossia. La novela se interesa particularmente
en las maneras por medio de las cuales los diferentes lenguajes de la heteroglossia
entran en una relación dialógica, y los tipos de interacciones
complejas que resultan de estas mismas prácticas.
Por lo tanto, en las novelas no existe el absolutismo de
un lenguaje unitario. Las novelas están escenificando diálogos
entre lenguajes, examinando un lenguaje desde el punto de vista de otro, y
visualizándose a sí mismo en el seno de otros lenguajes.
Es este último juego el que tenemos en La Oficina
de Paz de Orolandia. El primer discurso que aparece en la novela es el
del representante del "Departamento de Estado yanqui":
-
-Hacer entrar una nación semicivilizada en el intenso
movimiento comercial de la época moderna, es liberarla de la tiranía.
Por un lado entran los ferrocarriles y por el otro la libertad... Hoy ya
no hay cuestiones políticas en los pueblos; hay sólo cuestiones
económicas...
-
Calló el sesudo yanqui y con este discurso se dieron
por clausaradas las sesiones y quedó solemnemente fundada la Oficina
de Paz de Orolandia.
Aquí tenemos un caso claro del discurso a doble voz
con intención paródica. La intención no sólo aparece
posteriormente con el uso del adjetivo "sesudo," sino previo al discurso mismo,
cuando Felix Buendía, "abrumado por pequeñad deudas, que son
las más penosas" decide solicitar empleo en la Oficina. "¿No
tiene fama de ayudar generosamente a una docena de escritores bohemios y hambrientos?
¿No me dicen todos a mí poeta y hasta gran poeta? Pues hombre,
a pedir también mi hueso que roer a la gran institución." El
discurso citado es vaciado de contenido no sólo por el discurso de
Buendía que lo antecede, sino por el discurso de la voz narrativa que
lo sucede, y que le cuenta al lector que "la oficina no fué sino un
vano fantasma, una tonta institución decorativa que no sirvió
para nada más que para asegurar pingües sueldos a sus numerosos
empleados."
Dicha situación, elucidada en las primeras páginas
de la novela, establece claramente que el texto va a operar en el espacio
metalingüístico en el cual la situación "real" de las oficinas
de la Unión Panamericana no son sino un objeto referencial del discurso.
El plano discursivo dominante es el segundo contexto en el cual se ironiza
dicha situación por medio de la propia voz narrativa y del discurso
de Felix Buendía. Como dice Bakhtin, si no se percibe la existencia
de este segundo contexto de un discurso secundario y comenzamos a percibir
la estilización o la parodia de la misma manera que percibimos el discurso
ordinario -- es decir, como habla dirigida sólo a su objeto referencial
--, entonces no comprenderemos estos fenómenos en su esencia: la estilización
se confundirá con el estilo y la parodia simplemente será leída
como un mal trabajo artístico.
Areválo Martínez, sin embargo, deja claro que
va a operar en un plano discursivo secundario, en el plano irónico.
El primer capítulo, "una flamante institución," ubica la Oficina
de Paz y ubica simultáneamente el discurso irónico. La voz narrativa
nos dice, con ecos kafkianos, que "querer declarar para lo que servía
la Oficina de Paz de Orolandia y su constitución íntima, no
hemos podido hacerlo con mucha claridad, pero tenemos que confesar aquí
que jamás la entendió Buendía con mayor precisión":
-
La Oficina, para nuestro protagonista, siempre estuvo envuelta
en tinieblas; y no sólo la Oficina, sino las leyes, las ciencias
y muchos conceptos que necesitan un cerebro bien constituido para ser entendidos.
De la vida misma nunca tuvo noción bien clara. Incapacidad ésta
que no obstó, como lo verá después el paciente lector,
para que llegara a ser Secretario de la Oficina de Paz de Orolandia y su
eje central, autor de sus mejores iniciativas, su tenedor de libros, jefe
inmediato de sus dieciocho empleados, deus ex máchina, factotum,
etc., etc., de ella. Pero no hay que asombrarse por esto. Cosas más
raras se ven en Orolandia.
Queda establecido en el primer capítulo entonces tanto
el juego de la ironía como el de la trama. Este hombre pretencioso
y mediocre, Felix Buendía, va a llegar a ser la máxima autoridad
de la Oficina de Paz. El juego del lector es averiguar cómo pudo llegar
a tan alto puesto.
Incidentalmente, podemos observar el parentesco que existe
con Lo demás es silencio de Augusto Monterroso, publicada 53
años después. Ambos textos son una burla desmitificadora del
intelectual provinciano latinoamericano y una parodia de la construcción
de los personajes públicos parroquialmente marginados del centro. Ambos
textos ironizan los supuestos instrumentos morales e intelectuales con los
cuales los personajes de provincia con sed de poder aspiran al ascenso y la
fama, utilizando la literatura como mecanismo de ascensión social y
"tratando de imponer su reducida visión de la realidad en el caos de
la vida". Ambos textos son una desmitificación de la hipocresía.
Para desmitificarla, sin embargo, tenemos que verla primero
en escena. Dicho juego se inicia en el segundo capítulo, "en búsqueda
de una prebenda," donde se inicia la ascensión de Félix Buendía.
Este personaje llega a solicitar empleo al representante de la Oficina, quien
le ofrece convertirlo en editor de la revista Orolandia por ser poeta.
El prestigio de la revista anda por los suelos. Sin embargo, el puesto ofrecido
no está asegurado a menos que Buendía convenza a los otros delegados
a votar en su favor. Entonces, hace una peregrinación por las casas
de todos, regalándoles una copia dedicada de su libro de poemas, irónicamente
titulado Guirnaldas de la noche.
A lo largo del capítulo, la voz narrativa no se cansa
de ironizar la situación. Nos dice que don Luis Rojo era "cortesanísima
persona, que a su vez era amigo de todo el mundo, sobre todo de los que estaban
en el poder" (17). "Era alto, delgado, imberbe, con un gran cuello. Lo llamaban
el licenciado jirafa. Muy orgulloso, y aún podemos añadir que
muy vano, el profesor Cenobio, maestro orolandés, aseguraba que su
estatura hubiera sido nada más que regular si la soberbia no le hubiese
alargado e hinchado el cuello" (18). "De su visita a los licenciados...nada
tenemos que decir, sino que se encontró con tres zorros, cazurros y
melosos, ya ancianos como Rojo, que en cuanto lo vieron delante, con una petición
de empleo, sintieron la imperiosa necesidad de alejarlo de su presencia, que
oyeron con obligada atención, o mejor dicho con distracción,
su discurso, que todos, para quitárselo de encima, se apresuraron a
ofrecerle su voto, reservándose in mente, negarlo en la próxima
sesión..." (20).
Finalmente, Félix obtiene el empleo por intermedio
de Casarrica, quien habló de esta manera:
-
-Démosle a Buendía veinte dólares
mensuales, por un artículo trimensual para Orolandia. Sesenta
dólares por un trabajo literario, es bien pagado. Pero con la precisa
condición de que no venga a la óficina más que para
cobrar cada fin de mes...Por fortuna vale más caer en gracia que
ser gracioso...Y oiga usted, señor secretario: adviértale
que su mismo artículo trimensual no es condición indispensable
para recibir el sueldo. ¡Se lo regalamos en consideración al
mal estado de sus finanzas! Lo esencial, únicamente, es que no ponga
los pies en la Oficina...
Tenemos claramente un tratamiento estilístico del
discurso del personaje cuya ironía queda perfectamente subrayada no
sólo por su propio contenido, sino al entrar en relación dialógica
con el contexto, con la voz narrativa.
La jaula de ironías discursivas en la cual va a quedar
apresado Felix Buendía, la Oficina de Paz y la naturaleza de las relaciones
norte/sur mediadas por intelectuales tales como Buendía da una vuelta
de tornillo más en el tercer capítulo "como se hincha un perro"
(todos los títulos de los capítulos forman parte del juego irónico
y merecerían un estudio aparte). Buendía recibe el nombramiento
y se le exige que su artículo "por supuesto que no sea un canto a la
luna, ni uno de esos versos llorones en que usted, con tan gran arte, se vive
quejando de la vida. Necesitamos un artículo jugoso. ¿Asunto?
Cualquiera de utilidad pública para Orolandia" (24-25). Asustado, Buendía
trata de conseguir que un periodista amigo suyo se lo escriba. Este le explica:
-
-¿Y eso le preocupa a usted? ¿Hacer un artículo
serio? ¡Es muy fácil, hombre! ¿No sabe? Se trata sencillamente
de lo que con el loco de Cervantes llamaré "hinchar un perro." Se
toma un asunto serio cualquiera...se le pone un canuto en el c... a este
asunto y se sopla hasta que se infla. Se sopla viento de palabras vacías
y relumbronas.
Desafortunadamente, el artículo que el amigo le escribió
no le gustó a Buendía "porque la prosa barbacoana estaba demasiado
hinchada" (26) (parodia de Porfirio Barba Jacob, amigo y estímulo de
Arévalo Martínez) y este se encerró a escribirlo él
mismo. "Pero lo curioso fué que estos artículos serios," hechos
con verdadero miedo y sin ninguna preparación anterior...causaron una
verdadera revolución...(28). "Buendía también había
aprendido a hinchar un perro":
-
La cultura del periodista es una cultura al alcance de
todos. Pero el pobre diablo de Félix Buendía no tenía
ninguna preparación intelectual y jamás había ni soñado
con enseñar en la tribuna de prensa cosas que no sabía. Su
sorpresa fue ilimitada cuando se encontró con que no sólo
hablaba en prosa como Mr. Jourdain, sino que escribía en prosa sabia.
Y esta es la verdadera historia de como entró Félix Buendía
en la célebre Oficina.
La mímica y el bufón neo-colonial
El discurso en el sentido de Foucault es un sistema que posibilita
el conocimiento. Hablar de un discurso neo-colonial en este sentido es invocar
ciertas maneras de pensar sobre el lenguaje, sobre la verdad, sobre el poder,
y sobre la relación existente entre todos estos. La verdad es lo que
cuenta como verdad dentro de un sistema de reglas de un discurso particular.
El poder es lo que determina o verifica la verdad. La verdad nunca está
fuera del poder, o carente de poder. La producción de la verdad es
una función del poder y, como Foucault dice, "no podemos ejercer poder
salvo a través de la producción de verdades". El discurso neo-colonial,
entonces, está basado en la lucha por el poder. Esto implica una lucha
por fabricar la verdad por medio del lenguaje, imitando en estas construcciones
lingüísticas el impulso dominador de los centros hegemónicos
en el proceso de redefinir las relaciones centro/periferia.
Homi Bhaba ha definido este proceso como la vocación
por imitar, por mimar, la autoridad del discurso colonial. Al igual que el
discurso colonial, el discurso colonizado habla con una doble voz. Por un
lado, imita el discurso dominante en su aspiración a ganar poder, apropiándose
del mismo. Por el otro, desnuda -- carnavaliza --el discurso colonial, vaciándolo
de poder y volviéndolo inefectivo:
-
Lo que he llamado mímica no es el ejercicio familiar
de las relaciones coloniales dependientes ejercidas por medio de
la identificación narcisita...La mímica no esconde ninguna
presencia o identidad detrás de su máscara...La amenaza
de la mímica es su doble visión que, al evidenciar
la ambivalencia del discurso colonial, también rompe su autoridad.
Asimismo, es una doble visión que es el resultado de lo que he descrito
como la representación/reconocimiento parcial del objeto colonial.
La imitación que hace Félix Buendía
de las autoridades neo-coloniales "yanquis" cae dentro de este espacio. Es
una imitación parcial, una opera bufa del mundo neo-colonial, que desnuda
los mecanismos del poder neo-colonial vistos desde la otredad. A la vez, son
figuras dobles porque Buendía representa también la metonimia
del deseo del colonizado que, al expresarlo abiertamente, aliena la modalidad
y la normalidad del discurso dominante. Este último se evidencia como
"inapropiado" cuando lo ejercen los sujetos neo-coloniales. Continuando en
la lógica de Bhabha, la base de la mima es simultáneamente ese
deseo por ser como el poder colonial, tal y como lo manifesta Félix
Buendía, a la vez que su propio proceso discursivo articula la incongruez
de dicho discurso al evidenciar la distancia histórica que separa al
sujeto neo-colonial de la metrópoli. Veamos este ejemplo:
-
Llegó vestido de ceremonia, porque su malhadado
sastre, de los cuatro vestidos mandados a hacer, el primero que le entregó
fue el chaquet, y hasta la tarde de aquel mismo día no recibió
los dos trajes de diario, negros y el frac. Muy alto, muy delgado, con una
prenda de vestir ceñida, nuestro héroe se encontró
perfectamente elegante; pero también perfectamente ridículo.
Dos altos faldones azotaban sus nalgas; por una de las bolsas del chaquet
asomaban las puntas de los dedos de flamantes guantes amarillos; un rico
pantalón a rayas, de caro casimir, completaba su atavío. Y
así, elegante y ridículo, se evoca aún Buendía,
en la Oficina de Paz, muy cansado, de pie, apoyado contra la pared para
no caerse...
"Elegante y ridículo" representa perfectamente la doble
visión mímica de Bhabha, la simultánea representación
(imitación, mímica) y reconocimiento del poder colonial. Para
llegar a la escena citada, el texto nos había ya indicado en el capítulo
anterior, por medio del discurso del general Casarrica, que "un vestido es
un hombre. La Sociedad no es más que eso: una serie de trajes" (36).
Nos va a llevar al cuestionamiento de la realidad por parte del mismo Buendía,
quien, ya como secretario de la Oficina pero ignorante aún de su funcionamiento
o utilidad (si es que las tenía) se repite a sí mismo: "¿Pero
es que realmente existe una Oficina de Paz y yo soy el encargado de que funcione
como debe ser?" (41). La voz narrativa orquesta, entonces, los discursos que
van articulando polifónicamente el efecto de la mímica. Desde
luego que, para percibirlo, se requiere una sensibilidad de oído, a
manera de que el lector "escuche" la sorna, la ironía del tono, y entienda
"el chiste" que representa el conjunto del texto. Es una lectura anti-Menton.
Arévalo Martínez ha recogido todos los hilos
del contexto histórico (la Unión Panamericana) los ha revertido,
invertido, carnavalizado, les ha dado dirección y sentido, los afirma
con nuevas prácticas discursivas que sólo por medio de la ironía
se emparentan con el ensayo político. Sobre tal base, crea una estructura
eminentemente original.
Como ha hecho notar Ramón Luis Acevedo en su introducción
a la segunda edición de la novela, en la Oficina no existe ningún
sistema de contabilidad. Asimismo, ninguno de los empleados trabaja. Sólo
cobran el sueldo. Son protegidos de sus jefes diplomáticos. Como no
tienen nada qué hacer, se les ocurre -- para susto de Buendía
-- inventar un "nuevo" tratado entre dos países. Felizmente para Buendía,
quien estaba muerto de miedo porque era su deber redactar el nuevo tratado
y no tenía la menor idea de cómo hacerlo, Casarrica le entrega
otro tratado de donde Buendía plagia el "nuevo" tratado (aquí,
así como en otros fragmentos que hablan sobre el periodismo o la poesía,
se puede leer también toda una meditación sobre el proceso de
la escritura). Los países concernidos reciben las sugerencias de la
Oficina, pero no le dan ninguna importancia al mencionado tratado. Todo este
proceso no es sino una mímica de lo que debería ser una agencia
interregional, y el tratado plagiado es una mímica de los acuerdos
internacionales. El conjunto de actividades de la Oficina es mímica
pura, gestos imitativos carentes de sustancia.
En esta última actitud detectamos también algunos
rasgos que emparientan a Arévalo Martínez con el movimiento
modernista brasileño de la misma década y sus manifiestos "antropofágicos"
en los cuales estos últimos argumentaban la necesidad de digerir productos
importados y explotarlos como materia prima para una nueva síntesis,
a manera de darle caravuelta a la cultura que se imponía, transformándola
en contra del colonizador. Al subrayar irónicamente la naturaleza de
sus procesos de asimilación cultural, los modernistas brasileños
desacralizaron no sólo los modelos metropolitanos hegemónicos,
sino sus propias actividades culturales. Desde luego esto implicaba el inevitable
intercambio entre centro metropolitano y periferia neo-colonial, entablando
una relación dialógica por medio de la "cultura de la risa"
como decía Oswald de Andrade. Al igual que Bakhtin, ésta se
inspiraba de la sátira de Rabelais así como de la patafísica
de Jarry que más tarde se convertiría en la raison d'etre
de Cortázar.
-
¿Y cómo hizo nuestro héroe la famosa
Revista, aquel voluminoso tomo que se iba a perder todos los trimestres
a los rincones de las oficinas consulares? De muy fácil manera. Acudiendo
a la caza y a la pesca. De los mil volúmenes serios e inútiles
que llegaban a la Oficina de todas partes, con verdadero instinto, luego,
por el simple título, sabía distinguir lo más serio
y lo más inútil. En cuanto veía números y cuadros
estadísticos esgrimía tijeras. Por supuesto, todo concerniente
al trópico, a sus males y al modo de ponerles remedio. Esto era muy
fácil...Pero hay que hacerle la justicia de que pronto su espíritu
quijotesco se entusiasmó con la labor, y, como siempre, la proyectó
al infinito...el susto que al principio le inspiró su tarea de Director
de la Revista "Orolandia," pronto dejó paso a la tranquila suficiencia
del que encuentra más llano de lo que pensaba un camino nuevo. Facílisimo,
señores, editar el órgano de publicidad de la famosa Oficina
de Paz.
La desintegración de la simetría
El concepto de ironía siempre está asociado
a la decepción. El discurso irónico no quiere decir lo que dice,
o lo que aparenta decir. El discurso irónico, de acuerdo a Smyth, permite
no sólo diferentes niveles de capacidad de lectura por parte de su
público, sino también diferentes niveles de incompetencia y
de propensidad al error, incompetencia que incumbe también al autor
y a la voz narrativa del texto.
En este juego del discurso irónico encontramos nosotros
la tensión existente a nivel textual entre el elemento lúdico
de la ironía y el elemento mordaz de la denuncia que aparece con mayor
peso en la segunda mitad de la novela.
La voz narrativa trata de "reírse" de los personajes
cuyos discursos están escenificados en el texto, introduciéndose
como parte discursiva dentro de la totalidad polifónica, emitiendo
juicios que de ninguna manera se pretenden objetivos o inocentes:
Todas las partes subrayadas no son una descripción
"neutra," "objetiva," por parte de la voz narrativa, sino un intento activo
por ironizar la situación y a sus personajes. De hecho, el fragmento
citado termina con Rojo empleando aposiopesis en sus últimos enunciados.
La voz narrativa está imitando, haciendo una mímica, de la autoridad
de dichos personajes. En el mismo instante, también, hace una mímica,
una imitación de la supuesta trascendencia de la voz narrativa (voz
autorial). La ironía es una decepción acerca de la naturaleza
de los personajes, pero también una decepción en torno a la
naturaleza misma de la voz narrativa. La decepción está enraizada
en la empresa retórica de la voz narrativa. La voz narrativa juega
con la dialéctica doxa/paradoxa a la cual hace alusión Barthes,
mientras siembra el elemento del placer en las posibles múltiples interpretaciones
de sus enunciados a manera de esconder, o disfrazar la disolución carnavelsca
del discurso oficial, el discurso constitutivo de la Oficina de Paz (que aparece
siempre en mayúsculas; parte del irónico juego retórico;
la Oficina, por cierto, nunca resuelve ningún conflicto bélico,
y se disuelve la primera vez que la paz es amenazada).
En una de sus escenas espléndidas, llega de visita
a Orolandia un orador conocido internacionalmente de nombre Herrarte, a quien
la voz narrativa denomina "el Mensajero de la Raza Latina." Diez minutos antes
de que se inicie en la Oficina la recepción en su honor, todos los
delegados abandonan la sala porque Rojo les ha informado que "El" (el dictador
Moneda Becerra) ordenaba terminantemente no recibirlo. Por eso, al llegar
Herrate a la Oficina, "no encontró ni a los porteros. Eso sí,
el edificio estaba engalanado para recibirle" (127). Una semana después
llega Xpón, el "Mensajero de la Raza Sajona." La Oficina "servilmente"
le ruega que visite sus dependencias. Xpón contesta que si podía,
iría. "La Oficina mendigó que se le señalase un día
para prepararse a obsequiarlo debidamente." Xpón les indica el día.
La Oficina se engalana, "echando la casa por la ventana." Sin embargo, Xpón
no asiste a la recepción. "Los cuatro venerables viejos, a las tres
de la tarde aun sin almorzar (la hora de la recepción señalada
era las diez de la mañana), se convencieron al fin del desaire increíble"
(128). La respuesta a la embarazosa situación la da Casarrica con "una
carcajada":
-
-¡No sean bobos, señores! Xpon no viene. ¿Y
qué? Xpon nos hizo Xpon en la cara. También su raza se lo
hace a la nuestra. Pero, córcholis, por eso no moriremos. Que salte
¡Xpon! el corcho del champagne. Pero no nos lo bebamos aquí.
Esta Oficina, engalanada como para un desposorio, se encuentra con que el
novio no viene, y está ridícula. Vamos a beber a la Calzada
de los Capitanes.
El juego irónico está entretejido a diferentes
niveles. Tenemos la oposición de razas latina/sajona. Tenemos la oposición
masculino/femenino en la cual Xpón/Xpon juega el papel masculino (Freudianamente
hablando se podría hacer mucho de ese nombre) y los orolandeses juegan
el papel femenino. Dichas dualidades forman parte de toda una serie de dualidades
que establecen la otredad como códigos de oposición que suelen
diferenciar el centro de la periferia: luz/ oscuridad, racional/irracional,
civilización/barbarie. Tenemos el juego onomatopéyico con el
nombre "Xpon" y el juego de vocablos ("pun") con el mismo, relación
similar entre "córcholis" y "corcho." Finalmente, la respuesta carnavalesca
ante la situación "ridícula." El ecritor está "jugando"
irónicamente en todos los planos: el lingüístico, el ideológico
y la socarrona decepción (impostura) en el plano de lectura. Al fin,
como señala Smyth refiriéndose a Tristam Shandy, el juego
irónico muchas veces se articula por negación y analogía
truncada, no tanto revelando lo que es la ironía sino burlándose
de los lectores que no saben lo que es.
La novela termina con la desaparición simultánea
del dictador de Orolandia y de la Oficina de Paz. Porque, contrario a lo que
parecería indicar Menton en su crítica antes indicada, la Oficina
de Paz no se encuentra en Washington en el texto, sino en Orolandia,
país imaginario que guarda una cierta semejanza con Guatemala, o con
el estado de San Blas, S.B., de Lo demás es silencio de Monterroso.
Ramón Luis Acevedo afirma:
-
Los últimos capítulos, en donde se narra
la rebelión del pueblo, constituyen por su dinamismo y plasticidad
lo más logrado en la novela. Arévalo Martínez anticipa
pasajes semejantes de Los ojos de los enterrados y Momotombo
(sic; se refiere a Torotumbo), relatos de Miguel Angel Asturias.
Lo interesante para mí es la desaparición simultánea
de ambas instancias, la Oficina y la dictadura. Existe un paralelo entre ambas,
una binariedad hermanada simbólicamenta por el acto narrativo en el
plano de lo imaginario. La Oficina tiene poder sólo por la voluntad
de su "otro," la dictadura (que a su vez tiene poder sólo por la voluntad
de su "otro," el "imperialismo yanqui"). Tenemos, pues, una hilera de significantes
cuya relación queda determinada en el plano de lo simbólico.
Arévalo Martínez deconstruye el discurso para-oficial que busca
separar las identidades de esta triada para evidenciar carnavalescamente su
unidad tras las apariencias discursivas. El juego de la ironía se convierte
en el texto del placer barthesiano.
¿Un puente hacia el postmodernismo?
A mi modo de ver, el juego irónico empleado por Rafael
Arévalo Martínez en La Oficina de Paz de Orolandia provee
una entrada hacia ciertas maneras contemporáneas de narrar y de (re)pensar
la escritura, de las cuales sin duda la mejor expresion en Guatemala es Lo
demás es silencio de Augusto Monterroso. Tenemos un texto en el
cual la jouissance Barthesiana se encuentra en el diestro manejo de
la ironía, razón por la cual la base fundamental de la lectura
es el juego de los significantes y la inversión de sus significados.
Se generan, como resultado, discursos "indeterminantes," que cuestionan la
naturaleza misma del género novelesco.
Como se menciona en el texto de Smyth, la literatura es azarosa.
Mientras que el filósofo lucha por evitar accidentes y por dominar
el azar, la literatura trata de provocar lo accidental escenificando "el poder
procreador del azar." La ironía es, al fin y al cabo, un mecanismo
retórico que rompe la comprensión sistemática -- la lectura
aristotélica -- de un texto literario. Su indeterminación lúdica
abre el espacio para la transgresión. Es una "práctica oposicional."
Después de todo, la ironía esta emparentada con la decepción.
Y como indica Smyth, en los textos verdaderamente irónicos, la responsabilidad
de la interpretación se encuentra del lado del lector. Esta en las
manos de éste percibir el humor sutil a través del cual la visión
ideológica del texto se vuelve aparente.
En este sentido, hay un asomo "formalista" en la estructuración
del texto y de los personajes de Arévalo Martínez. Este desdeña
el modelo decimonónico, busca deconstruirlo por medio de su juego irónico,
y escenificar las prácticas discursivas en un juego polifónico
en el cual lo que tenemos al final no es sino una ilusión que "desaparece"
junto con la Oficina y con la caída del dictador Moneda Becerra.
El texto experimental de Arévalo Martínez no
tiene la profunda dimensión paródica del futuro texto de Monterroso.
Sin embargo, tampoco peca de más "defectos tradicionales" que la mayoría
de los textos latinoamericanos de los años veinte. Sobretodo, de aquellos
producidos por los modernistas brasileños y, especialmente, por Oswald
de Andrade y Mario de Andrade. A diferencia de pensarlo como una debilidad,
su mezcla de elementos "tradicionalmente" novelescos con elementos de otros
géneros literarios es, precisamente, su virtud. Bien dice Ramón
Luis Acevedo que "el enfoque satírico, caricaturesco, exagerado e irónico
nos recuerda a Miguel Angel Asturias en quien sin duda influye."
A mi modo de ver, La Oficina de Paz de Orolandia,
con todos sus aciertos y desaciertos, es una de las grandes novelas latinoamericanas
de los años veinte. Es un texto consistentemente arbitrario, lo cual
es sin lugar a dudas un indicador de su rigor intelectual. Es un texto genéricamente
híbrido. Es su naturaleza híbrida la que interviene en el proceso
de connotar simultáneamente el discurso autoritario y su disolución,
señalando así la impredecible presencia del primero. Asimismo,
es el texto literario de mayor dimensión en su experimentación
formal y búsquedas lingüísticas producido en Guatemala
y Centroamérica durante dicha década. No sería superado
sino hasta que hicieran su aparición -- algunos años más
tarde -- los textos de Miguel Angel Asturias.