CAPITULO TRES
1
El aeropuerto tenía la misma mezcla de colores y olores de un mercado. Por todas partes se movían voluminosas mujeres con vestidos chillones y maletas enormes pesando una tonelada. Gritaban con voces aflautadas como si lo que decían interesara al mundo entero. El espacio era demasiado reducido. El movimiento se dificultaba por las medidas de seguridad. Hasta para entrar había que hacer cola. Revisaban todo manualmente y por rayos x, armándose una fila hasta la calle. Esperando impacientemente, Tom Wright vio que entraban un ataúd por una puerta lateral y lo llevaban directamente hacia un avión.
-Que bueno que no sea yo quien está volviendo así.
El hombre calvo, de mediana edad y estatura sonrió e hizo un gesto de enjuagarse la frente. Tenía el físico bien formado de quien que ha vivido sanamente y hace ejercicios diarios. Sólo las patas de gallo al lado de los ojos delataban su edad o la experiencia reciente.
-Efectivamente, señor Gray.
-Sabe que en verdad me trataron bien. La lógica me decía que políticamente no les convenía hacerme daño. Pero cuando usted es el prisionero, la lógica es lo que menos en serio se toma uno.
-Me lo imagino. Debe ser terrible.
-Usted nunca vivió nada parecido, me imagino.
-Nunca.
Tom Wright le indicó con la mano que era su turno. Su tarea era escoltarlo hasta el avión. Ya en él, era un hombre libre. uego de la minuciosa revisión dejó a Gray sumergido en una silla de espera mientras realizaba los trámites en el mostrador de la compañía. Se abrió paso a empujones entre unas adolescentes ostentando trajes de última moda con una combinación de timidez y exhibicionismo de mal gusto. Veía a su alrededor si lo observaban o no, si las manos de la gente adoptaba poses sospechosas, si llevaban bultos que pudieran esconder un arma. Hasta los muebles y los objetos inanimados parecían gesticular en contra suya. Lo más risible era que los únicos de quien tenía la certeza que deseaban que saliera del país con su salud intacta eran los del EGP. El mundo estaba completamente de cabeza.
Cumplió los trámites de la compañía aérea. No había novedad. Volvió a abrirse paso entre la multitud recibiendo los pisotones de un niño que correteaba a otro. Llegó hasta donde dejó a Gray. Ya no estaba. Verificó que no se hubiera equivocado de sitio. Efectivamente era el correcto. Gray no estaba. Desesperado empezó a buscarlo en todas direcciones. Empujó a una señora que obstruía su camino y que le lanzó un claro insulto en español. Vio cabezas de todos tipos, formas y tamaños una al lado de la otra como espejismos perturbadores que bailoteaban frente a sus ojos hasta marearlo. Pero ninguna era la que buscaba. Caminó instintivamente hacia la sala de embarque. Empujó a otras dos personas. Todos giraban velozmente a su alrededor, mareándolo con el movimiento contínuo y con los olores de sudor mal acoplado a los trajes almidonados. No prestó atención al murmullo a sus espaldas. De pronto una mano fuerte lo tomó del brazo. Sintió que el mundo se acababa.
-¿Lustre, míster?
Era un niñito de unos diez años ofreciendo limpiarle los zapatos. Tenía pantalón corto, piernas delgaditas y largas como de palmito y una caja de madera colgando del hombro. El rostro estaba manchado de lamparones. Ostentaba la sonrisa más picaresca que había visto en su vida. El miedo se le disolvió ante su efecto mágico.
-¿No viste pasar un gringo como yo por aquí? Un calvo que estaba sentado en aquel sillón?
-A lo mejor...
El niño se encogió de hombros y exhibió unos dientes enormes, separados unos de otros. Tom Wright extrajo dos billetes de a quetzal y se los extendió. Los ojos del niño aumentaron de volumen. Los tomó y los desapareció en la bolsa de su pantalón.
-Se fue pa' la farmacia.
Apuntó el dedo en la dirección apropiada. Enseguida se encogió de hombros, volvió a sonreir y salió corriendo entre la multitud con su caja de lustre.
Avanzó hacia la farmacia. Efectivamente vio que Gray salía en ese instante. Para su sorpresa traía la revista Time enrollada con la portada hacia afuera en su mano izquierda. Sólo le falta el clavel en el pecho, pensó. Cuando Gray lo vio soltó su sonrisa afable y caminó rápidamente hacia él.
-¿Le gusta leer Time? Es mi favorita.
-No. Yo prefiero Newsweek.
Era insoportable. No podía aguantar ni un segundo más. Los movimientos más simples estaban cargados de un simbolismo macabro que quería desdibujar inmediatamente de su cabeza.
-Bueno, ni modo. Pero no la tienen. La busqué también.
-No importa. Ahorita no tengo ganas de leer.
Gray sonrió. Tom Wright dejó escapar el aire contenido en sus pulmones. ¿Sería una coincidencia? ¿O era un castigo por su falta de fe o por sus reclamos de racionalidad y orden? ¿Qué hizo en el fondo para merecer eso?
-Generalmente leo en los aviones. Pero hoy soy incapaz.
-Claro. Me imagino que no va a estar tranquilo hasta que estemos dentro.
-Ni usted.
-Yo estoy tranquilo. Con usted aquí no tengo nada qué temer. No sabe cómo le agradezco que me acompañe hasta Washington.
-No es nada, señor Gray. Business as usual.
En ese instante misericordioso llamaron para el control de migración. Sintió que era su último obstáculo. Si no allí estaba a salvo. Un hombre malencarado de bigote grueso y pelo colocho le pidió su pasaporte y la tarjeta internacional de embarque. Abrió un cuaderno enorme con miles de nombres escritos a mano y buscó el suyo con el dedo índice.
-Puede pasar.
Ya estaba. Al avanzar por el amplio corredor que conducía a su avión se sintió más liviano. Observó el mostrador de Anacafé como si lo viera por primera vez. De ese lado de la barrera todo parecía más americano, más seguro. Frente a Anacafé vendían juguetes para niños, revistas en inglés, las últimas telas típicas. Todo eran más limpio, más ordenado, más accesible. Los rancios signos de hostilidad se disiparon como una lengua de difícil pronunciación cuyas sílabas desaparecen del movimiento muscular de la lengua en cuanto dejan de ser enunciadas. Por primera vez sintió que no era tarde para limpiarse de sus culpas como quien se desnuda bajo una catarata virgen y el fresco torrente se lleva los trazos de amargura entre su blanca espuma.
2
Vio su rostro frente al de ese otro hombre. Era una imagen estilizada en la cual las expresiones de ambos tenían ese aire de extraña lejanía que conservan los que han visto la muerte de cerca y aún no están del todo convencidos de que su amenaza ha desaparecido. Era también un careo soñador con aires de comedia en el cual su intercambio no era sino un diálogo de vodevil. Kukulkán lo regañaba una vez más.
-...Le puede sorprender pero amamos y sentimos la vida, contemplamos el mar y disolvemos su espuma entre nuestros dedos, acariciamos la tierra generadora del maíz y las caderas de las mujeres morenas. No somos ni bestias ni piedras, sino seres humanos con carne caliente y un alma insaciable...
Caminaba alrededor suyo mirándose a los pies mientras agitaba las manos con histriónica destreza. Tom Wright sentía la conversación como un río de palabras que revoloteaban como mariposas nocturnas en forma de espiral hasta descender al caos. El increíble intercambio era como un recital incantatorio en el cual sus palabras quemaban como los hierros de marcar ganado. Veía su cara frente a la suya bombardeada por puntitos de luz. Los puntitos crecían, mareándolo, creando el efecto de caer en un vacío oscuro y sin fondo. La cara se le venía enfrente pero ya no era la cara de Kukulkán. Era la cara de Sandra sobreimpuesta sobre la primera, desdoblándose de la primera, dos caras de una misma sustancia. Escuchó su propio grito de desesperación como un eco que llegaba de un rincón opuesto. Abrió los ojos para buscar de dónde y vio de nuevo la cara de Sandra pesada como el mundo que se le venía encima como un gigantesco aerolito a punto de aplastarlo con la velocidad de un huracán. Sólo que no era su cara. Era la cabeza triangular de una serpiente cascabel con la boca abierta, la lengua fina bailoteándole con sus dos puntitas de tenedor, los enormes colmillos dispuestos a ensartarse en su garganta.
-¡Sandra!
Abrió los ojos. Estaba empapado en sudor. La corbata lo ahogaba y el cuello de la camisa le raspaba la piel. Ojos de todos colores convergían sobre él. Estaba en su asiento del avión. Su cabeza descansaba sobre una almohadita que se había hundido en el agujero de la ventana a través de la cual se veía un cielo de un azul tan violento que paralizaba la imaginación con su espesa solidez de engrudo. No había nadie en su fila. Gray debió levantarse en algún momento. A su alrededor los pasajeros lo miraban con aire de extrañeza. Habría gritado en sueños. Sonrió estúpidamente. Indicó con la mano que no pasaba nada y buscando un lienzo de papel para secarse el sudor se dirigió hacia el pasillo.
3
-Daddy!
Su hija corrió hacia él con pasitos saltones de pajarito. Tenía el pelo recogido en dos chongos que flotaban por encima de las orejas. Detrás venía su mujer y su hijo mayor a paso rápido. La niña llegó con los brazos extendidos como un trompo en movimiento. El se agachó y abrió los suyos. La tomó y la alzó al aire por sus axilas. La miró como si recién descubriera la pléyade de pecas en torno a su nariz. Ella sonrió exhibiendo su boca sholca. Había perdido dos dientes. La apretó contra su pecho tan fuertemente que la niña protestó.
-Daddy, you're hurting me!
Dos pasos después su mujer y su hijo mayor cayeron sobre él. Sumergido entre tanto abrazo sintió como si lo hubiera atrapado un pulpo gigante. Miró a su mujer a la cara. Una cara plana, blanca, lechosa, como esculpida en mármol blanco. Los labios sin pintar. Ni un rastro de maquillaje. El cabello rubio caía a cada lado de su frente sin arreglo o sofisticación. Los ojos azules casi transparentes, carentes de malicia, sólo se humedecían cuando chorreaban alguna involuntaria lágrima. El era su mundo. Los niños eran su mundo. El pequeño suburbio de Virginia lleno de árboles y jardines de grama perfectamente bien recortada y brillantemente verde eran su mundo. La casa blanca de madera que cegaba con tanta limpieza y con su ordenada cocina olorosa a especies era su mundo. La iglesia de los domingos donde se encontraba con todos los vecinos encorbatados era su mundo. Esos ojos no habían visto lo que él había visto. Cerró los suyos con fuerza. Ellos se apretaron aún más contra él.
Pasaron los días. Su mujer nunca hizo preguntas. Sabía que su trabajo era información clasificada. Siempre que cenaban veían las noticias por la televisión. Era un viejo hábito que retomó desde su vuelta. Una de esas tardes volvieron retrasados porque las colas en las cajas del supermercado estaban más largas que de costumbre. Su mujer estaba irritada. La noche anterior soñó que el sol se apagaba. Le contó que estaban en una isla tropical cuando comenzó a apagarse. Todo se puso oscuro. Conforme se ennegrecía sintió como si una mano gigantesca le comprimiera el pecho y le cortara la respiración. Se despertó dando gritos.
Cuando prendió el aparato apareció una carretera conocida. Una sierra montañosa que le cortaba a uno el aliento, otrora verde pero ahora desarbolada y cafezuzca corría al lado de la angosta faja de asfalto. La cámara enfocó un grupo de hombres cargando un bulto cuya forma era imposible de discernir. Un hombre regordete de cabellos negros y bigote fino apareció en la pantalla hablando con un inconfundible acento guatemalteco. Era el mismo que lo dejó ver el discurso de Lagos Cerro.
"El cadáver mutilado de la señora Sandra de Herrera, esposa del acaudalado empresario don Alvaro Herrera, fue encontrado el día de hoy..." No dijo nada más. Siguió moviendo los labios pero su voz fue silenciada. Sus gestos quedaron acentuados por la mudez. Menos de un segundo después la imagen era sustituida por la voz nasal del popular comentarista estadounidense llenando la pantalla con su elegancia, temple y seguridad.
-La desaparición de esta importante figura de la alta sociedad guatemalteca ha sido atribuida a la organización terrorista Ejército Guerrillero de los Pobres. El gobierno del general Lagos Cerro prometió hacer todo lo posible por descubrir los particulares del crimen y ratificó que combatirá a los comunistas hasta el fin. También dijo que esa organización era responsable de introducir cocaína a nuestro país. Voceros del departamento de Estado felicitaron la rápida acción del gobierno del general Lagos Cerro y prometieron apoyarlo en su titánica cruzada. En otras noticias del día de hoy...
Un sonido similar al de una pequeña explosión invadió la sala. La pantalla se ennegreció. El sonido disminuía a pocos como los aullidos de un perro atropellado que se muere a la orilla del camino. Tom Wright encañonaba la TV con el aparato de control remoto como si fuera una pistola gris de cañón largo, cerrando uno de los estrábicos ojos para apuntar mejor a través de una mira imaginaria. Abría y cerraba la mano derecha nerviosamente. Su mujer recostó la cabeza sobre su hombro.
Frente a él sólo vio una cabeza de serpiente venenosa que conformaba un triángulo equilátero rodeada de un círculo rojo con la leyenda en letras negras, "Sólo los que vencen tienen derecho a vivir". La imagen surgía inesperadamente en las mañanas, la noche o durante sus sueños. Se hacía añicos cada vez que se despertaba sudando como si sufriera un ataque de malaria.
Visualizó la imagen de la serpiente en el círculo tatuada en su pecho. Anticipó los piquetes eléctricos de las agujas perforando su piel blancuzca, un pequeño agujero tras otro diseñando un azulado triángulo equilátero hasta que la cantidad de sangre que brotara fuera tal que distorsionara la nítida armonía del diseño. Su respiración se haría más rítmica y pesada conforme la sangre aumentara y él se agitaría como presa de un escalofrío con movimientos agitados y convulsos. Sus músculos estarían fuera de su control y se contrairían autónomamente como los sapos viviseccionados en los laboratorios de las escuelas.
Tendría que contarle todo a su mujer y ella no sabía nada de Sandra ni de lo que representaba para él. Tal vez la solución era escribir una novela para que entendiera las motivaciones del tatuaje. Eso. Lo había sabido desde la última vez que estuvo en la oficina de Behemoth. Escribiendo reexaminaría los residuos de su fragmentada vida como un técnico de laboratorio que coloca un cultivo de heces fecales bajo el microscopio para hurgar si hay un todo comprensible en esa hibridez de recuerdos.
Sería una novela de espionaje. Tendría alguien como él de personaje. Más carismático. Con un nombre fuerte. Algo así como John Hawk. Don Barth. Tom Gass. Un nombre que proyectara agua fría en las venas. Podía comenzar con una línea que denotara acción. Algo así como "escupiendo humo, las llantas del carro rechinaron al tomar la primera curva con exceso de velocidad." Implicaba movimiento, circularidad, evocaba más de un sentido ya que podía verse, oírse y olerse. Creaba una especie de suspenso en el cual el lector querría saber por qué habían chirriado las llantas y lo que pasaría después. Necesitaba tensión dramática desde el inicio. Esto conduciría al primer evento significativo de la obra, el movimiento que condicionaría el desencadenamiento de la trama. Podía ser un banquero secuestrado por la guerrilla. El agente llegaba a rescatarlo. Mencionaría el secuestro en las primeras tres páginas para enganchar al lector. Tendría qué indicar la crueldad, la inhumanidad del país en una escena introductoria. ¿Tal vez si de entrada atropellaran un perro con lujo de crueldad? Enmarcaría el simbolismo del conjunto como el Berlín de John Le Carré, sólo que en vez de nieve y silencio estaría cubierto de sudor tropical y olor a podredumbre. Se sonrió. A pesar de tanto cadáver la situación guatemalteca era buena para los escritores. Ellos y los zopilotes se beneficiaban de tanta muerte porque los dos se alimentaban de carroña.
Pero a lo mejor su escritura sería como los turistas con camisas hawaiianas, pantalones de bermuda, anteojos oscuros y un Tom Collins en la mano. Tampoco quería eso. No quería que la vida se le desintegrara entre sus dedos como un terrón de azúcar. Quería controlar los eventos. Ser un agente activo de su destino y no una víctima pasiva de las voluntades de otros. Al fin y al cabo en las novelas las cosas son siempre coherentes y simples. Armoniosas. Aún las de dudosa calidad están llenas de episodios memorables. En ellas se puede milagrosamente tocar el otro lado, ese que vemos siempre brillar en la distancia sin alcanzarlo nunca. No como en la realidad, como en la vida.

 

 
 
 
 

Austin - Rio de Janeiro - San Francisco - Madrid
1990 - 1997