CAPITULO DOS
1
El interior del palacio estaba oscuro. Poco asoleado, sus pequeñísimos patios oblicuamente iluminados por los tragaluces creaban una sensación de frialdad, de impersonalidad vagamente verdosa y de húmeda negritud. Sólo la amarillenta luz eléctrica impedía que se confundiera con ruinas coloniales derruidas y llenas de nidos de murciélagos. De las gruesas alfombras emanaba un olor a orina que pegaba como una gruesa bofetada en la cara, residuos de la ocupación de la noche anterior. Soldados armados iban y venían por los corredores. Entraban y salían de las oficinas abriendo y cerrando puertas, cargando pilas de papeles, moviendo máquinas de escribir, haciendo llamadas telefónicas. Al final del corredor un hombre de mediana edad en traje de "pinto", uniforme de fatiga camuflado, leía nerviosamente en voz alta un manojo de papeles que sostenía con sus manos pecosas. Al hacerlo se le movía el bigote blancuzco para arriba y para abajo como golpes de ala de zopilote.
Dando la vuelta por una esquina apareció Pacal rodeado de soldados que parecían adolescentes lampiños jugando a la guerra. En una escena impresionista pero también infantil, todos le pasaban papeles o le hacían preguntas simultáneamente. Pacal agitaba los brazos con energía y afirmaba o negaba con la cabeza. Cuando vio al solitario hombre hablando solo se le acercó.
-¿Ya se memorizó el discurso, general?
-Calma, capitán. Me cuesta. Pero con la ayuda de dios...
-Sí, general, pero acuérdese. En...
Consulto rápidamente su reloj de pulsera.
-...máximo 20 minutos tiene que estar frente a la televisión. No nos vaya a quedar mal. Por algo lo escogimos.
-No se preocupe, capitán. Todo va a salir como quieren.
Otro soldado llegó corriendo. Se abrió paso entre el círculo y encorvando la espalda susurró algo al oído de Pacal.
-Llévela al despacho del ministro.
El soldado saludó y corrió de vuelta.
-Con permiso, general. Me salió un asuntito qué atender.
-Como usted mande, capitán. Y, por mí, no se preocupe. Mi memoria ha mejorado desde que dejé de chupar y reencontré a dios.
-No tengo la menor duda, general. Con tal que no se nos orine fuera del guacal. Fíjese que los oficiales jóvenes le estamos dando su última oportunidad...
-El señor quiso que renaciera de nuevo...
-Pues cuídese que no quiera que se quede otra vez con las ganas. Con permiso.- Se alejó a paso rápido. Los soldados que lo rodeaban parecían un panal de abejas en perpetuo movimiento.
Sandra fue dirigida a la oficina del ministro. Miró alrededor como quien conoce el lugar y comprueba que todo sigue igual. Se acercó al escritorio. Al ver el aparato de televisión lo prendió. Chasqueó y se retorció como si el vidrio se estuviera resquebrajando. La pantalla se llenó de colores tan intensos que la obligaron a entrecerrar los ojos. Aparecía el parque central bajo la intensa luminosidad solar como si lo hubieran recién pintado con vibrantes colores primarios. Al fondo una pequeña figura se fue acercando comforme la cámara realizaba un close-up. Era Tom Wright, ligeramente deformado por la falta de profundidad de la cámara. La voz del locutor decía, "...o bien estaba informado y aprueba su ejecución." Al escuchar la frase la risa se agolpó en su interior.
-¿Es cómico ver cómo empiezan las bolas, no?
Dio media vuelta y quedó cara a cara con Pacal. No lo sintió entrar y ese detalle le preocupó. Los hombros le temblaron contra su voluntad un instante apenas perceptible.
-¡Cerote!
-Calma. Ese no es el lenguaje de una bella y fina dama.
-¡Qué dama ni qué india envuelta!
Pacal soltó su caricaturizada carcajada de estereotípico duro tropical. Sandra se puso rutilantemente rígida. Sus ojos estaban firmes como la caoba. Agitó trivialmente su larga cabellera para un lado y para el otro. Avanzó hasta él y le dio un tremendo manotazo en el rostro. A Pacal le brotaron gotas de sangre en el labio.
-¡Echó a perder todo!
-Que pena. Pero, ¿qué le voy a hacer? Es mi golpe.
-Desde cuando un capitán...
-Donde manda capitán no manda marinero. Además yo no me voy al zapotal. El nuevo jefe de estado es el general Lagos Cerro.
Ahora fue ella que deslizó una irónica carcajada, eco de la primera. Agitó la cabeza de nuevo. Se arregló el pelo en el más puro estilo de las novelas rosa sin darse cuenta de la comicidad del papel que representaba.
-Tenía años de retiro... ¿Lo encontraron en una cantina?
-No. En un templo evangélico. Es lo mismo.
Sandra se acarició la barbilla computando la información.
-¿Ministro de la defensa?
-Yo.
-Y ascendido a coronel en los próximos días, supongo.
-Así es.
-En este país siempre han mandado los ministros de la defensa de todas maneras.
-Así es. Pero yo no tengo la culpa que la historia sea así.
Empezó a pasearse en círculo alrededor de Pacal que giraba conforme ella caminaba para darle vigor a la folletinesca escena. -Vine a negociar.
-No tiene nada qué negociar.
-Quiero que no toque a la familia... ni meta las manos en ya sabe qué. El porcentaje del anterior ministro es suyo ahora...
-Don Leonel y Alvaro ya están en el bote.
-Cualquier hijo de vecino pasa una noche en el bote.
-El general Lagos Cerro es muy rígido. Ya vio que es protestante. Está hablando de no mentir, no robar...
-El general Lagos Cerro me vale. Digame, ¿sí o no?
-No tiene nada qué ofrecer.
Mirando su reloj de pulsera súbitamente agregó con frialdad:
-...y yo tengo asuntos más importantes qué hacer. La tele...
-Tengo los canales y los contactos que no es poca cosa. Tengo la relación con el norte...
Se miraron con una insensibilidad fantasmal, conscientes de la mediocridad de su fabulesco encuentro cuyos pormenores sin duda se exagerarían en fantasiosos recuentos del golpe con el paso del tiempo. Sandra mostró una sonrisa serena que contrastaba con el aspecto huraño de Pacal. Guiñando el ojo agregó con la desenvoltura de vieja marchante:
-...y tengo a Kukulkán.
-Eso no se la cree ni su abuelita.
Se inició una de esas guerras de miradas que duraban horas sin que nadie parpadeara. Todo parecía moverse en cámara lenta, mientras en el trasfondo aumentaban los prolongados sollozos de los violines. El llevó su mano con humildad hasta donde la manotada le había abierto el labio.
-Antes me trataba de sirviente. Ahora me quiere de socio.
-Ya ve lo que es la democracia.
El estiró los labios con amargura. El lamento de los violines aumentó. Se sentía insignificante, feo, carente de los manerismos adecuados en presencia de quien lo descontrolaba y con quien no podía tener lo único que hubiera deseado. A pesar del poder continuaba sabiéndose usurpador y eso le producía un hormigueo de disgusto que se transformaba en resentimiento. Con ganas de puyarla replicó con sorna.
-El problema es que cuando uno comienza a ascender socialmente ya no sabe parar y ya no quiere hacerlo.
-Hasta que lo paran.
Confusamente Pacal cerró los ojos, meditando sobre los vericuetos de su destino a un ritmo de guitarra recientemente oído. Excluía la posibilidad de considerar las palabras "satisfacción" o "felicidad" como definidoras del momento.
-Sí. Pero ahorita nadie me está parando. Soy yo el que los estoy parando a ustedes... y me gusta.
-Lo que se le está parando es la verga, Pacal. Déjese de pajas y vuelva a su lugar.
Saltó como picado por una abeja. Esas palabras la desnudaban de misterio y la convertían en una vulgar mujer que debería ser castigada por sobarle la mierda en la cara como si fuera un cualquiera. Temblando de furia se pasó la lengua por los labios.
-No hay negocio. No me interesa su mercadería.
Se dio media vuelta y dando un traspiés caminó hacia la puerta tratando de encontrar la solemnidad que las circunstancias ameritaban. Agitó el brazo en un ademán de despedida teatral.
-Ni siquiera me ofreció un trago para celebrar.
-Pensé que venía por negocios. Además, solo chupo de noche.
-Chupará saber qué de noche. En cuanto a tragos lo conozco.
-Lárguese. Es una orden.
Ella se dio cuenta de que lo había perdido todo. Quince años de trabajo y todo su futuro se evaporaba en un abrir y cerrar de ojos. Ciega de ira le soltó melodramáticamente como pavo hinchado el más provocador de todos los insultos con toda la cólera con que Jehovah amenazó a Job.
-Indio cojo de mierda, quién se ha creído.
El se paró en seco. No lo creyó. Las palabras le calaron hasta el punto más tierno de sus tuétanos. Se volteó para encararla. En ese instante recibió un segundo sopapo en el rostro. Cerró los ojos ante el ardor intenso que penetró sus poros como cuando uno se enchila.
-Ya va aprender a respetar a la gente bien.
Salió de la habitación somatando la puerta con furia. El se le quedó viendo con las mejillas infladas y los ojos desorbitados. Chasqueó sus dedos. Dos soldados corrieron dispuestos a obedecer órdenes.
2
El sol bañaba el parque. Los vendedores de chucherías habían perdido el miedo inicial y aprovechaban la aglomeración ofreciendo papalinas, manías, poporopo y refrescos para matar la sed. El espectáculo parecía más de feria o de día de corpus. Las puntas de las torres de la catedral flotaban en lo alto del azul blancuzco como levitando por encima de la colorida multitud de rostros cetrinos olorosos a sudor agrio que comentaba en efervescente chicharradera de voces agudas los eventos a su alrededor.
Tom Wright se paseaba de una punta a la otra. Enmedio de la multitud parecía un perro de caza separado de su amo. Observaba acuciosamente todos los movimientos. Si avanzaban los jeeps, si llegaba un nuevo carro con oficiales con portafolios, si alguien se le acercaba demasiado o se le quedaba viendo. Enmedio de la ebriedad del espectáculo notó que el sargento que le impidió entrar extraía su walkie-talkie, hablaba por el mismo y señalaba a los guardaespaldas de Sandra. Corrió a su lado abriéndose paso por entre el torbellino.
-Señor sargento, ¿qué pasa?
-Nada. Nomás que mandaron a llamar a estos hombres.
Sonrió. Se golpeó el brazo con la mano. Penso que como siempre Sandra saldría oliendo a rosas, si no terminaba saliendo literalmente con Pacal. Fue un idiota en preocuparse. No debió creerle a Behemoth. Siempre recaía en los viejos patrones de comportamiento condicionados por las voces internas de su niñez anglosajona cargadas de culpabilidad protestante y rígidos esquemas simplistas del bien y del mal. Este país no dejaría de sorprenderle nunca. Era como si todas las partículas, toda la materia, funcionara de manera contraria a las leyes de la física y al determinismo al cual estaba acostumbrado. Lo confundían tanto que sospechaba de sus instintos básicos como quien percibe que le huelen mal los sobacos sudados pero no tiene agua y jabón. A la vez temía que de penetrar esa lógica absurda quedaría inutilizado como una pelota de tenis empapada por un chorro de agua, sin asidero para mantener el sentido de su vida. Caminando con la cabeza gacha como quien por fin ha tomado la difícil resolución de separarse de la mujer que ha amado por años se volvió a su carro enmedio de empujones y codazos. Entraba cuando el comentarista de la televisión se le acercó de nuevo.
-Mire, gringo. Se lo está perdiendo.
El comentarista tenía un diminuto monitor donde enseñaban al general Lagos Cerro entrando a la conferencia de prensa con Pacal llevándolo del brazo. Lagos Cerro estaba en el centro, Pacal a su derecha susurrando palabras en el oído del general y un oficial panzón y nalgudo rígidamente parado a la izquierda. Todos vestían traje de fatiga, camuflado. El general empezó a hablar con una voz metálica que por encima de su altivez y canturreado tono mandón, traicionaba un discurso memorizado recientemente.
-...El mando del Ejército y los suscritos, comandantes militares de las fuerzas de aire, mar y tierra, reunidos en consejo por la gracia de Dios, con el alto sentido patriótico y de responsabilidad profesional que acompaña siempre todos los movimientos del glorioso Ejército nacional, conscientes del momento histórico que vive Guatemala en coyuntura tan difícil para toda la región centroamericana, así como también en resguardo del honor y dignidad del Ejército, al pueblo de Guatemala hacemos saber:...
Sintió que las tripas se le estiraban y encogían como resortes. Con un gesto de cabeza agradeció al comentarista y se introdujo en su vehículo. Arrancó. Bocinando para abrirse camino entre la multitud que daba vueltas alrededor del carro buscó alejarse del lugar lo más pronto posible.
3
Lo primero que supo al despertarse era que tenía una goma endiablada. Una mancha de humedad en la sábana rodeaba el sitio donde estaba tendido. La blancura del sol en la ventana era un cuchillo que le perforaba los ojos. Pero levantarse y cerrar la persiana requería una energía que no poseía. Resentía la boca seca, tan seca que podía contar las escasas gotas de saliva que aún le quedaban. El dolor de cabeza era como si le hubieran vaciado el líquido encefálico y su cerebro pegara contra la pared del cráneo cada vez que se movía. La sola idea de comer le produjo náusea. Se quedó tendido sin moverse, sumergido en un estado de semisueño del cual volvía de vez en cuando con sobresaltos. Con dificultad se llevó una mano a la frente y quiso darse un masaje pero ni tuvo la energía ni aguantó la presión de su mano. Trató de sentarse cuando sintió que el cuarto se movía como un barco. Volvió a caer tendido. "Sólo los que vencen tienen derecho a vivir." No circulaba nada de aire.
Creyó escuchar toquidos. Se volvió a sentar con los escasos reflejos de una eficiencia en vías de extinción. Trató de pararse pero el temblor de piernas lo obligó a optar por la prudencia. Se alcanzó a distinguir en el espejo interior de la puerta abierta del closet. Estaba en camiseta, los pantalones puestos. No se había rasurado. Los ojos inyectados. Había demasiado calor. Tocaron. Ahora sí. No era fantasía. ¿Pero quién?
-I'm not here! Go away!
El toquido se volvió insistente. Tal vez debería reportarse a la embajada y salir lo más pronto posible bajo inmunidad diplomática. Pero no. No tenía derecho a vivir. Su misión había fracasado. Los toquidos continuaron. Eran sin violencia. No era gente de Pacal. Hizo un esfuerzo por ponerse de pie.
-OK, OK, I'm coming.
Se repasó el pelo con la mano. Caminó como si acabara de bajarse de un largo recorrido a caballo. Con mucho esfuerzo consiguió destrabar la cadena que garantizaba su intimidad.
-¿Puedo entrar?
Se quedó con la boca abierta. Ariadne estaba del otro lado.
-¿Es una pregunta o una orden?
-Ojalá pudiera darle ordenes.
De todos los escenarios posibles ése no se le había ocurrido ni remotamente. Se mareó con el olor a perfume. Ariadne observó su estado, leyó su indecisión y empujó suavemente la puerta.
-No se preocupe. No va a pasar nada... Dios mío, usted está en malas condiciones.
El cuarto apestaba a alcohol. Botellas vacías o semi-vacías rodaban por todas partes. Como dama maternal ligeramente ofendida se apresuró a la ventana para ventilar la pieza. Después recogió las botellas y las ordenó sobre el escritorio.
-¿Quiere un trago?
-Preferiría arsénico. Pero usted necesita uno. A la legua se ve que está de goma.
-Me muero si me tomo uno más.
-No tiene costumbre. Revive si se lo toma. Ya va a ver.
Le sirvió un trago. Sacó hielo del refrigerador y lo colocó en su mano. El obedeció. Apretando los ojos y abriendo la nariz se lo bajó de golpe como purgante. Rugió como león herido y creyó que había tomado ácido y se le estaba deshaciendo el esófago. El calor intenso le expandió los bronquios. Pero efectivamente el dolor de cabeza empezó a disiparse ligeramente.
-¿Ya ve? Y se va a tener qué tomar otro después. O mejor cerveza. Eso le hacía el mejor efecto a mi papá porque lo rehidrataba. Con él fue que aprendí.
-¿A curar borrachos?
Ariadne bajó los ojos.
-Disculpe...
Se le acercó y le dio un par de toquecitos en el hombro. Ella aceptó el gesto como señal de paz.
-Esta es una visita breve. No conviene que me quede mucho.
-Yo sé.
-¿Cree que me puede entender?
-Perfectamente. Ya estoy volviendo a mis cabales.
Atrapado entre la vergüenza y el suplicio se le quedó viendo con ojos de chivo ahorcado. Ariadne se veía diferente. Llevaba un vestido de verano color café claro, tacón alto. Había cambiado de peinado, subiéndose el pelo hacia arriba. Con el rostro maquillado que disfrazaba también la palidez de la herida reciente y le generaba un efecto harinesco se veía mayor de lo que era. Por primera vez pensó que con sus nerviosos gestos de venadita y grandes ojos podía ser una mujer atractiva.
-Sólo vine para decirle... para darle un mensaje.
El agitó afirmativamente la cabeza sin decir nada. Pensó que ella tenía razón. Necesitaba urgentemente otro trago.
-Vamos a soltar a Gray. La coyuntura cambió. Ahora las condiciones son tales que ya no nos conviene.
Hizo una pausa. El no dijo nada. Se dirigió a la mesa y se sirvió otro trago. El único rasgo de temblor en el cuerpo que le quedaba estaba en las manos. Botó dos de los cubitos de hielo que trató de introducir en el vaso. Ella lo observó y automáticamente los recogió y los puso en un cenicero. Sonrió en agradecimiento.
- Ahora ya se puede ir a casa.
-¿Qué?
-Soltamos a Gray. Ya se puede ir a casa.
-Y herida como está, ¿vino sólo para decirme eso?
-No. No soy una hermanita de la caridad. Hay más. Kukulkán piensa que su vida está en peligro.
-¿Y desde cuando se preocupa por mi salud el comandante?
-Desde que usted empezó a ser un problema político para nosotros. Si desaparece nos lo van a achacar. Y entonces todo lo que ha pasado hasta ahora se quedaría chiquito.
-¿Una intervención? ¿Una mayor presencia militar?
-Tal vez. No se pueden excluir las posibilidades. Aunque no creo que sea lo que quiera Pacal. El calendario maya decidirá.
Se quedó pensativo. Quiso imitar la dureza bogartiana. Sus ojos encendidos se dispararon por la ventana. Enseguida hizo un chasquido con la boca y una melancólica mueca de desdén.
-No se preocupen por mí. Tengo amigos en lugares altos.
-Me temo que se equivoca otra vez. Usted... conocía una mujer llamada Sandra de Herrera, ¿verdad?
La mención lo sacó de sus casillas. Resintió la punzada del dolor de cabeza que reaparecía. No dijo nada pero afirmó positivamente con la cabeza.
-Bueno, arrestaron a su marido y a su suegro, acusados de tráfico de drogas y corrupción...
Era sorprendente. Pensó que había cierta gente en el mundo que estaba tan por encima de los mortales ordinarios que nunca serían salpicados por la mundana suciedad de la política.
-...pero lo peor es que ella está desaparecida.
-¿Está qué?
-Desaparecida.
Se quedó idiotizado. Sus ojos fuera de foco. Se le cerró la garganta y perdió todo aire bogartiano. El control de sus esfínteres llegó a un alto grado de precariedad. Metió la cabeza entre las manos. Ella tiró su frialdad por la borda y se inclinó para consolarlo. Lo ayudó a pararse y lo condujo hasta su cama como si estuviera enseñándole a caminar. Cayó sentado como un fardo y empezó a llorar como un bebé.
4
Las descascaradas paredes del oscuro cuartito sin ventanas olían a humedad y a gamesán. Estaba amarrada de pies y manos a una angosta cama de hierro pegada contra la pared, su cuerpo cubierto solo por una especie de camisón semi-transparente. Un aparato de música con el volumen exageradamente alto creaba un ambiente de brumosa irrealidad en tan asfixiante espacio, como si lo que transcurría en la pieza fuera una especie de teatro gestual o rito mítico.
Un hombre con una gorra de lana de esquiar descargó un batón de plástico sobre su muslo, un poquito arriba de la rodilla.
-¿Te gusta mamacita, te gusta?
Descargó otro golpe ligeramente más arriba, a mitad del muslo. Ella sintió como si el fémur se le partía en dos nítidos pedazos. El tercero ya iba en la parte superior de la pierna y ardió como si la quemaran con una antorcha de acetileno. Cada golpe era más rápido y duro que el anterior. Al principio los daba con una frialdad que poco a poco parecía derretirse hasta transformarse en verdadera pasión.
-Así se matan las culebras en mi tierra. Se las golpea por el medio, tras, para que no puedan levantar la cabeza, y otra vez, tras, y otra, tras.
Los escaldantes golpes ya era un alocado torrente. Caían en toda la parte media del cuerpo, abdomen, senos, riñones buscando evicerarla con un ritmo cruel e implacable. Parecían sumirse en una macilenta danza amoratada filmada en cámara rápida. Todos sus huesos crujían. Su cuerpo era un desafinado teclado de marimbas ante el intenso agitarse de las baquetas.
El hombre hizo una pausa para subir el volumen de la música. A pesar de ello Sandra siguió con movimientos agitados y convulsos. Sus músculos estaban fuera de control y se contraían autónomamente como sapos viviseccionados en los laboratorios de las escuelas. Le ardía todo como si le hubieran echado plomo derretido dentro del cuerpo. El hombre volvió a su lado y se le quedó viendo. Con la mano libre la acarició de arriba para abajo con mansos movimientos delicados, apenas haciendo contacto con las yemas de los dedos. Enseguida descargó un brusco golpe al centro del abdomen. Sandra se contrajo con la desesperación fatalista del ahogado que lucha por expulsar el agua de los pulmones. Rugió sonidos roncos. Trató de beber el aire a borbotones. Su rostro se encogió como mueca torcida de espejo de feria. El camisón quedó hecho añicos. Su textura se mezclaba con la piel blanca cubierta de rayones y moretones como collages de diferentes objetos unificados por la misma capa de pintura. El hombre dejó de golpearla.
-Así se matan las serpientes en mi pueblo, le dijo. Salió de la habitación.
Durante un instante que pudo ser minutos u horas se quedó acompañada tan solo de la música que la encapsulaba y la cortaba más aún de toda remembranza de realidad. Música de rock n'roll, palabras de ecos prehistóricos e inconscientes.
That death's unnatural that kills for loving.
Some bloody passion shakes your very frame.
These are portents; but yet I hope, I hope
They do not point on me, on me.
Su cuerpo se incorporó lentamente al sopor de la inconciencia, entremezclando sensaciones primarias visuales y auditivas con recuerdos inconexos. Entonces entró Pacal con el pelo despeinado y la barba sin rasurarse. Los ojos inyectados vieron el cuerpo con la misma delicadeza de quien estudia el cadáver de un perro enmedio de una carretera.
-Te voy a contar lo que le dijo el lustrador al general Lucas cuando salió a lustrarse los zapatos al parque central...
Pausadamente se quitó la ropa. Una a una fue tirando graciosamente las prendas, parodiando con lujo de ademanes y gesticulaciones ostentosas un falso pudor, hasta quedarse solo con el chaleco anti-balas. Parecía un grotesco fauno peludo de piernas demasiado cortas y gruesas agitando unos bracitos de tiranosaurio igualmente cortos. Caminó hasta su lado y se inclinó sobre su cara, echándole en las narices su aliento fétido en una paródica imitación de Lida y el cisne. Después la besó el cuello.
-Le dijo, "¿ya sabe el último chiste sobre el general Lucas?" "Patojo baboso," le contestó el general. "Yo soy Lucas."
Caminó hacia el sitio donde tiró el precario volcán de escombros de ropa arrugada. A ella le pareció que bebía un líquido colorado de una vasija de piedra labrada en forma de pitón. Hurgó entre su ropa hasta encontrar el pantalón. Sacó una navaja suiza y arrojó la prenda hacia uno de los rincones.
-"No se preocupe," le dijo el lustrador. "Se lo cuento más despacio."
Carcajeándose abrió la navaja. Regresó a su lado y con el mismo entusiasmo de los niños que dibujan en las paredes de sus casas hundió la hoja en los muslos de Sandra. El ardor fue peor que el yodo puro que su padre explayaba por sus juguetonas cortadas cuando niña. Pacal empezó a trazar líneas. Al brotar la sangre sobre la piel blancuzca que bordeaba las orillas de la cortada emergió un triángulo equilátero. Enseguida diseñó un círculo a su alrededor. Repitió los gestos en el otro muslo y después sobre la panza hasta que la abundancia de sangre distorsionó la nítida armonía de los diseños. La respiración se le ponía más pesada conforme la sangre aumentaba.
-Cascabel. Aquí está tu barba amarilla.
Se inclinó para lamer la sangre. El gusto salobre en su lengua lo excitó aún más. Con gestitos nerviosos y saltones bajó su boca hasta el sexo. Trazó con la navaja una fina línea a lo largo de los labios vaginales, deslumbrándose con el efecto óptico que generaban las burbujas de sangre mezcladas con la saliva. Sus piernas se agitaban tanto que las rodillas casi se golpean una contra la otra. Del chaleco anti-balas se sacó unos palillos. Con gran precisión perforó los labios inferiores con la punta de la navaja y atravezó los palillos por ellos.
Con las mismas dificultades de un enano equilibrista de ojos desorbitados se subió a la cama, raspándose el tobillo del pie más corto. La dificultad era acentuada por la jadeante desesperación de su caprichoso deseo. Eufórico logró montarla con la misma aura de triunfo del general que se sube a su caballo de paseo para encabezar el desfile como un adorno de su persona. Su cuerpo tenía un olor ácido como de perro muerto emanándole de todos sus poros.
5
-You get the hell out of this country! ¡Gray ya eftá libre! Behemoth estaba apopléjico. Su cara se contraía como ciruela pasa resaltando aún más la nariz como el ombligo de un cadáver coronada por el bigote gris que adquiría un toque de agigantada decoración. Al gritar echaba humo de tabaco en su cara.
-¡Diré lo que me de la gana! ¡No me importa mi carrera!
-¡Puedo destruirlo! Fo, watch out, buster!
Tom Wright se hechó ligeramente para atrás pretendiendo que oyó mal. Repitió la frase como si fuera una broma de mal gusto.
-¿Y quién se cree que es para amenazarme? ¿Acaso en nuestro país no existen leyes...?
-¡Existen razones de eftado!
-Puedo renunciar a la compañía.
-Efe ef fu privilegio... y fu riesgo.
-Otros lo han hecho.
-¿Y han fido felices por el resto de fus días?
Se quedó mirándolo como a la mujer fatal de un famoso melodrama. Todo era como una fiesta de disfraces, un carnaval que se convertía en siniestra pesadilla cuando la gente se quitaba las máscaras y no había nada detrás. Behemoth encendió otro cigarro. Las manos le temblaban. Las pilas de papel casi recargadas unas contra otras habían crecido más aún. Sin embargo todavía era posible distinguir la galería de afiches en la pared. Reconoció a Vallejo. Lo vio la primera vez que visitó la oficina. No estaban ni Ariadne ni Kukulkán. Todo era una una sopa de caracol en que las cosas se mezclaban hasta ser imposible separar un ingrediente de otro. Se miró las manos. Estiró los dedos. Parecían alargarse más allá de lo normal. Percibió en su imaginación que estaban cortados. No eran dedos. Eran cinco serpientes decapitadas como la cabeza de la medusa. Las serpientes, cascabeles todas, bailaban y se retorcían unas contra las otras como si un flautista invisible las incitara con una música que sólo ellas escuchaban. Contempló las serpientes de sus dedos temblorosos y tuvo una inesperada visión de lo que haría en un futuro imprevisible. En eso se oyó un estruendo como si una bomba hubiera explotado. Ambos saltaron boquiabiertos. Las pilas de papel por fin vencieron su precario equilibrio y cayeron al suelo. Papeles y polvo amarillento volaban por todas partes siguiendo con libertad las curvas que el aire enrarecido les dictaba como si fueran miles y miles de paracaidistas diminutos. Tom Wright sonrió. Se puso de pie y sin decir nada más salió de la oficina.