TERCERA PARTE
LOS DIENTES DEL DRAGON
CAPITULO UNO
1
Paseándose de una punta
a la otra de la oficina Tom Wright agitaba las manos como la imagen caricaturesca
de un italiano al borde un ataque de nervios. Behemoth lo escuchaba desde
su escritorio frotándose los pulgares y alargando la comisura de la
boca.
-¡No quiero que dejemos de ufar feudónimos!
-¡Pues lo haré! ¡No hace diferencia! ¡Lo
que importa es que estuve secuestrado por gente del ministro de la defensa!
-¡Leviatán!
-Bueno, la gente de Leviatán. ¿Y usted me dice
que no hay nada que mi país o la compañía puedan hacer?
-Trate de entender por una vez. Ef cueftión de prioridades.
-¡Pacal estaba conmigo! ¡Fue su gente!
-Fuponiendo que fí, ¿Pacal trabaja para Leviatán?
-Es su brazo derecho. Ni respira sin su permiso.
Behemoth se perdió en una confusa explicación
sobre la importancia de mantener un margen de influencia en un ejército
que cada vez más se consideraba autónomo de ellos y se inclinaba
peligrosamente hacia otras fuentes de aprovisionamiento.
Cerró los ojos. Estar allí era inaguantable.
Lo había tratado mejor Kukulkán. Lo llevaron a una casa. Le
prometieron que después lo devolverían al sitio que él
indicase. Esperaba en el mejor de los casos una nueva prisión como
la que acababa de abandonar. En la parte trasera de su cabeza operaban aún
preconceptos como que lo maltrataran o a interrogaran sobre la compañía.
Podían hacerlo impíamente. Se suponía que estaba en manos
de Leviatán. No tenían qué pagar un precio político
por su desaparición. Sobretodo enmedio del caos del golpe. Sin embargo
lo agarraron en curva. Le ofrecieron solidaridad.
-La unidad granítica del ejercito no existe, Wright.
Eftá dividido. Nosotros apoyamos una tendencia. Efa tendencia eftá
dispuesta a colaborar con nuestros effuerzos a nivel regional, aquí,
en El Falvador, en Nicaragua. La otra, no. Ef nacionalista. No nos quiere.
Nos reciente porque Carter les cortó la ayuda militar por violaciones
a los derechos humanos.
Behemoth le explicó que ésta última
tendencia era pro-israelí. La apoyaba la Cámara de Comercio
que constituía el lobby detrás de la compra de armamento y equipo
a dicho país. Ese apoyo era más por la gran tajada que sacaban
en ese negocio que por algún propósito patriótico o de
estrategia militar. La tendencia pro-americana la encabezaban oficiales medios
que buscaban restablecer la institucionalidad militar porque la guerra requería
de una salida política para transformarla en una victoria estratégica.
A Wright le pareció palabrerío para disfrazar la situación
y evitar sancionar a Leviatán. Su comportamiento era inadmisible y
exigía una respuesta inmediata y contundente que Behemoth no parecía
estar dispuesto a dar.
Incrédulo ante la reacción de su colega repasó
en su cabeza las imágenes itinerantes de la conversación con
Kukulkán. El había tomado la ofensiva preguntando con altanería
"¿Por qué apoyan la lucha terrorista?" Esperaba una respuesta
que pusiera en entredicho su seguridad. Sin embargo ésta no vino.
"...El ejército ha mantenido el status quo a través
del fraude electoral. Esto ha desacreditado las alternativas democráticas
ante los ojos de la población..." Con calma y autoridad le trazó
una breve historia del país desde la caída del gobierno de Arbenz
en 1954.
"-Entonces, fíjese usted. Veintidos años después
de que el comandante Turcios empezara la lucha en el nororiente del país,
la comprensión que tienen de las raíces históricas de
nuestra proceso siguen siendo puros balbuceos."
Kukulkán decía esto como un profesor o un abogado
que juntaba evidencia suelta para probar su caso. Lo miraba directo a los
ojos y sin odio. Era una mirada que lo traspasaba, generándole una
hipnótica sensación de vértigo.
"-Mire pues. La religiosidad, el nacionalismo y la conciencia
étnica constituyen actualmente fenómenos relevantes de las sociedades
contemporáneas. Mucha gente creyó que desaparecerían
con el cosmopolitismo y el positivismo inherentes al despliegue industrial.
Sin embargo allí están, más fuertes que nunca. En unos
casos como expresión del atraso y la confusión. Pero le aseguro
que también como reacción intuitiva de defensa, como recurso
salvador frente a la despersonalización y el crudo materialismo que
dominan a los países del primer mundo."
Le costaba creer que un guerrillero era capaz de decir esas
cosas. El timbre de voz apagada generaba confianza. Nada más lejano
de Behemoth. Era exactamente lo opuesto. Todo en él era ordinario.
Blancuzco, marchito, dejaba escapar gotas de saliva enmedio de su catarata
de palabras vagas e inconsistentes. Su fea calvicie, los dedos amarillos de
nicotina. Sentía ganas de tomarlo por las solapas y sacudirlo. Como
en el intervalo cómico de una opereta sentimentaloide, en ese instante
sonó el teléfono.
-¡Fí!... ¿Eftá aquí?....
Feguro. Que pase inmediatamente.
Colgó el receptor. Se ventiló la cara con un
puño de hojas de papel y le dirigió la mirada altaneramente.
-Ella eftá aquí.
-¡Ella! ¿Aquí? ¿Cómo logró
pasar por la seguridad...?
-Hay muchísimas cosas que ufted no sabe. Muchísimas.
No hubo tiempo para mayor intercambio. En eso sonó
el timbre de la oficina. Behemoth apachó un botón bajo su escritorio
y la puerta se abrió electrónicamente.
-Así que finalmente te encuentro Tom.
Su presencia lo dejó como si le hubieran dado una
manada en el estómago. La miró con una furia difícil
de contener.
-You bitch...
Ella se endureció. Ignorándolo olímpicamente
se dirigió con todo su repertorio artístico a Behemoth.
-Deberían contratar agentes más educados.
Tom Wright la agarró por el hombro y la jaló
con tal fuerza que la obligó a dar media vuelta sobre sus talones.
Su pelo voló en un amplio arco oscuro que se abrió como abanico
filtrando la poca luz amarillenta de la oficina.
-¡Los dos uftedes! ¡Párenla inmediatamente!
Sandra lanzó un zumbido de amenaza para repeler el
desgarramiento. El achinó los ojos y le gritó. Todo parecía
más un bolero mecánico en el cual los saludos y reverencias
se hacían en cámara lenta y con sobrecargado cúmulo de
clichés gestuales.
-¡Cascabel!
-¡Fuficiente dije!
El lanzó melodramáticamente sus brazos hacia
lo alto. Se le vinieron a la cabeza las palabras de Ariadne, su voz débil
como flor apagada por el cansancio de la herida reciente. "No se preocupe,"
le dijo. "He pasado cosas peores. Una vez me quedé sola en una casa
sin armas. Teníamos sólo una y el compañero que después
desertó, insistió en salir con ella alegando que cuando había
solo una arma el hombre debía tenerla..." Los hoyuelos al lado de la
boca se hundían con profundidad. "Los compas no regresaron. Esa noche
le cayeron a la casa y me escapé sólo porque me quedé
en vela y había una escalera en el patio de atrás. Pero lo peor
fue al día siguiente. Agarraron a mi compa en otro operativo. Nunca
lo volví a ver..."
Luchando por posesionarse de una calma que estaba lejos de
sentir, comenzó a decir con aire amnésico:
-¿Por qué fui secuestrado? ¿Por qué
me dijeron que era Kukulkán quien me tenía? ¿Por qué?
¿Por qué? ¿Por qué?
-Ay dios. Sos de una pureza conmovedora.
La frase le crispó los nervios. La de ellos era una
historia de horror, n ode amor. No podía seguir siendo naif.
Recordó la quijotesca figura de Vallejo, flaco y retorcido como alambre,
hablando sin parar mientras fumaba un cigarrillo tras otro. "Yo llegué
a la zona sur del Quiché y vi que todos eran campesinos medios que
tenían plantadas manzanas. Empecé a platicarles y vi que sus
condiciones eran aceptables. Sin embargo me recibían como representante
del EGP. Les pregunté entonces por qué se incorporaban a la
lucha. `Porque somos indígenas,' respondieron. `Y por mucho pisto que
hagamos el ladino nos discrimina y estamos cansados de vivir marginados a
pesar de tener pisto. Queremos igualdad con los ladinos. Una sociedad más
decente.' Y en el fondo de eso se trata. Es una guerra de gente decente contra
gente corrupta más que lucha de clases o conflicto ideológico."
-You must understand, Tom. Ufted no tiene acceso a
fierta información. Nuestras operaciones fon complejas.
-¿Trabaja ella para nosotros o no?
-Tom, no puedo responder efo.
-Yo sí puedo. Yo trabajo por mis intereses.
Para mí misma.
-Shut up Fandra! Y en cuanto a ufted, Tom...
No conseguía decir lo que pensaba. No podía
acomodar las ideas que le bullían. Continuó con las facciones
convulsas.
-You listen first! ¡Me dijeron que habían
secuestrado a un banquero! Yo venía a rescatarlo...
-Qué niño sos, Tom. Todavía creés
en Santa Claus.
-¡Yo por lo menos tengo principios...!
-Yo no necesito mapa pa' pensar.
Hubo un segundo de melancólico silencio. Quedaron
frente a frente respirando como palpitantes arpegios. Ella abrió ligeramente
la boca. Distinguió claramente la punta de la lengua. Evocó
sus abrazos frescos y espontáneos del pasado, las miradas lánguidas
que solo el indecente regocijo de la pasión concede y se preguntó
cómo habían podido llegar a tanta bajeza.
-¡Fuficiente, los dos uftedes! ¡Dejen ya de pelear!
Pensó que la guerra carcomía a la gente desde
dentro vaciándolas de sustancia y dejándolas reducidas a borrosos
espantapájaros polvorientos que repetían gestos aprendidos en
una edad anterior. El enceguecimiento los dejaba como árboles comidos
por el comején. Tenían los sentimientos atrofiados. Estaban
enjaulados en un pequeñísimo espacio donde no se veía
la verdad y se golpeaban masoquistamente unos contra otros. Sus instintos
tenían la fuerza de un cohete mojado.
-¡Fandra, Tom, ya basta! ¡No quiero oír
la voz de ninguno de los dos! Shit!
En ese instante volvió a sonar el teléfono.
La ruptura del tufoso clima los congeló como si el chirriante sonido
pudiera paralizar el sobreactuado drama de sus previsibles pasiones.
2
La casona se había aclarado conforme el sol de la
mañana penetraba oblicuamente por sus rincones. Como agua plateada
regándose por la superficie inundaba muebles, alfombra, trastos sucios.
Se colaba entre las rendijas de la persiana veneciana y aprovechaba el espacio
librado por la cortina que no fue cerrada para explayarse con entusiasmo por
la sala. Don Leonel dormía en el sofá. El sol lo venía
cubriendo y al acalorarlo le generaba una serie de tics y gestos inconscientes.
Sonó el timbre. Don Leonel lo sintió como si
una granada de cristal estallara en su cabeza. Se medio despertó y
palpó sus alrededores para ubicarse. Con la mirada estrábica
percibió que Jonás se dirigía hacia la puerta. Como si
la cabeza hubiera estado sumergida en el agua todo este tiempo y apenas recuperara
sus funciones, fue recordando el día y el momento que era.
-Espero que nada le haya pasado a Sandrita.
Agitado por sentimientos desordenados tuvo una imagen de
cuando niño, montando en la finca de sus padres. Ante el soberbio paso
de su caballo árabe los indígenas inclinaban la cabeza y se
quitaban el sombrero. Casi como un coro griego repetían al mismo tiempo,
"Buenos días patroncito, cómo está, patroncito." El caballo
bailaba con sus patas delanteras en las cuales tenía amarrados chinchines.
Después de pasar los sombreros volvían a su lugar y los trabajadores
a sus tareas. Sentía vergüenza ajena cada vez que esto sucedía.
Ese día bordeaban un cafetal enmontado abandonado durante años.
Su padre se bajó del caballo. Tanto él como el administrador
de la finca lo imitaron. Su padre no decía nada pero examinaba todo
meticulosamente. El le tenía miedo pero estudiaba obsesivamente sus
gestos intuyendo la necesidad de su futura repetición.
Súbitamente el administrador le cayó encima
como un jaguar descolgado de un árbol y gritó "cuidado patroncito."
El cayó de bruces. A escasos metros golpeó un pequeño
matorral con un palo una y otra vez. Pegó y pegó hasta quedar
satisfecho. Su padre lo vio sin delatar emoción en el rostro. Cuando
el administrador dejó de golpear estaba pálido y tembloroso.
-¿Qué era?
-Una cascabel.
Su padre caminó hacia el administrador.
-¿Te mordió?
-Sí, patrón.
-Regresemos entonces.
Volvieron a montar y emprendieron la larga vuelta hasta la
casa de la finca. El administrador llegó con los ojos vidriosos, sacudido
por una intensa fiebre que no se pudo sacar de encima con el poco suero que
tenían en la casa. Murió a las pocas horas. El único
comentario de su padre fue:
-Vamos a tener qué contratar otro administrador.
Se despabiló en caso llegaran para ofrecerle el ministerio.
Se preguntó por qué se habría acordado del episodio de
su niñez. Siempre creyó que la cabeza funcionaba de manera muy
rara. En eso oyó la voz de Jonás. No era la de siempre. Aguda,
traducía un lloriqueante pánico, falta de control.
-¡Don Leonel!
El grito fracasó en mantener un ligero toque de gracia
al deshilacharse en una desesperación profunda que terminó de
despertarlo. Abrió los ojos y parpadeó. No creyó lo que
veía. Palpó a su alrededor por sus anteojos. Una patrulla de
soldados equipados hasta los dientes estaba dentro de la sala de su casa.
La puerta se quedó abierta. Se veía y oía claramente
movimiento de hombres y vehículos afuera. Jonás estaba pegado
contra la pared como una calcomanía, haciendo esfuerzos sobrehumanos
por desaparecer dentro del muro.
-¿Qué pasa? ¿Cómo se atreven
a entrar así?
Los soldados parecían sordos. No le dirigieron la
palabra. Sumidos en un mutismo total se regaron por todos los rincones. Desde
donde se encontraba don Leonel vio cómo dos de ellos se encaminaron
al pequeño escritorio al lado de la sala y tiraron sus documentos al
aire buscando quién sabe qué cosa. No podía creerlo.
Sintió como si lo estuvieran picando cien mil escorpiones.
-¡Alto ahí! ¡Qué está pasando!
¡Cómo se atreven! ¡Alvarito!
En un dos por tres Alvaro bajaba corriendo por la escalera
con una Uzi en su mano derecha como si protagonizara el papel de un psicópata
intentando desequilibrar el buen juicio de los espectadores en una mala película.
Tuvo la infinita suerte de no disparar y de que no le dispararan. Al verlo,
los soldados le apuntaron. Tanto Alvaro como ellos se quedaron congelados
en esa posición. Parecían estatuas decorativas de porcelana
recién horneada. Don Leonel hacía gestos frenéticos desde
el sofá.
-¡Que nadie se mueva! ¡Que alguien explique qué
pasa!
En ese momento entró un sargento. Vestido con todos
los implementos de batalla parecía un dinosaurio enano. Caminando a
paso normal se dirigió directamente hasta don Leonel.
-¿Don Leonel Herrera?
-Servidor.
-Está detenido por conspirar contra el gobierno de
la república.
3
La puerta estaba entreabierta. Sandra ya estaba afuera de
la oficina. Sin embargo no se iba hasta no conocer el contenido de la conversación.
Behemoth se blanqueaba progresivamente con el pasar de los segundos.
-Fí...Entiendo... Hablaré con el embajador
inmediatamente... Yo fe cuáles fon las opciones, feñor. Muchas
gracias.
Colgó apretó el aparato como si quisiera estrujarlo.
La sangre se le había ido completamente de la cara.
-Hubo un contragolpe. El ministro de la defensa fue arrestado.
Don Leonel y Alvaro también.
-¿Quién lo dio?
La frialdad de la voz cortaba como cuchillo afilado.
-Fandra, no...
-¡Quién lo dio!
-Pacal.
-Reverendo hijo de la gran puta.
Alargó la frase, acentuándola como si lo hiciera
con un instrumento punzocortante, con una larguísima "u" que resumía
lo que deseaba hacer con él. Cuando terminó de enunciar ya corría
hacia abajo con enloquecida impaciencia y sólo quedó un vago
eco de su presencia, el aura de una invisible nube perfumada.
-¡Fandra, no!
Behemoth reaccionó con pánico ante su impulsividad.
-Where's she going? Tell me!
La palidez de Behemoth aumentaba. Imitando los gestos de
una muchacha desencantada de amor se mordía los labios. Tom Wright
sintió un ahogamiento en el pecho como si se le cerraran los bronquios.
Behemoth alzó la vista y recorrió su figura como si recién
descubriera un objeto perturbador y repulsivo que había invadido su
bien guardada intimidad.
-Ef evidente, Tom. No fea bruto. Fe fue a confrontar a Pacal.
-¿Y qué va a pasar?
-La van a matar.
Tom Wright sintió que le daba un ataque epiléptico.
Con esfuerzo contuvo la tos. Las manos le sudaban. La lengua le creció
y ya no le cabía dentro de su boca. Se dio media vuelta.
-Wait, Tom! ¡No puedes! ¡No ef jurisdicción
americana!
Behemoth saltó de su escritorio tratando de detenerlo.
Pero él ya corría gradas abajo.
-¡Tom, por favor!
Abrumado y exasperado maldijo su petulancia. Era absurdo
lidiar con príncipes valientes de película que rescataban a
la heroína amada de las garras del monstruoso enemigo. Golpeó
con fuerza la pared del corredor, descascarándola.
-¡Fandra tiene razón, Tom! ¡No eres más
que un fentimental! ¡No llegarás lejos en efta profesión!
4
Con grosería Sandra le gritó a sus hombres
que la siguieran. Se subió en su vehículo, arrancó zumbando
el motor y casi atropella a dos marines que apenas retiraron las barreras
que impedían el acceso a la embajada. Como si chupara una pastilla
para la tos relamía con la lengua los magnificados insultos que quería
decirle a Pacal en su cara. Sacó el whisky y se enjuagó la boca
con un trago.
¿Sería posible que el día de su triunfo
fuera el de su derrota decisiva? ¿Ella que lo calculó todo con
tanto cuidado a través de los años como si bordara un huipil
multicolor al que le dedicara cada uno de los hilos, cada una de las pasadas,
como si fuera la reencarnación de la diosa Ixchel?
Estaba convencida de su triunfo. Como decía Arlequín,
era el inevitable destino de quienes saben montarse a tiempo en el carro de
la historia. Claro, sonrió penosamente, ambos interpretaban el final
de manera distinta. Pero la lógica era la misma. En la loca carrera
que el país entero emprendió de manera alucinante la lógica
de absolutamente todos fue la misma. Todos invirtieron hasta su último
aliento en ganar. Añoró por primera vez en muchos años
un ser humano que la entendiera, un ser humano con quién hablar. Cambió
de velocidad, alzó el teléfono que llevaba al lado de la palanca
de velocidades y conduciendo el volante con una mano marcó de memoria
un número con la otra.
Quería caminar desnuda por la playa escuchando la
violencia rítmica de la reventazón, sentir la arena mojada entre
los dedos de sus pies erizando los nervios de sus piernas y desembocando en
la suave gamuza de su sexo. Huir de todo, dedicarse a su cuerpo, sentir el
viento moldeando sus curvas, la irrupción de sus pezones como faros
ante lo fresco del aire, su cabellera flotando como alas de gaviota. Quería
correr por la playa buscando un abrazo, lamida por el sol y el calor, perderse
en el cielo azulado como una gota de rocío que se desliza por entre
la lengua húmeda de un apuesto galán.
-Aló... Aquí Arlequín. Con Pierrot por
favor... ¿Pierrot? Arlequín... Sí. Se. Usé este
número porque es emergencia extrema. Hubo contragolpe. Pacal
desplazó al ministro de la defensa... Me consta... El comodín
es Gray. Suéltenlo. Ya no les conviene. Yo voy a tratar de joder a
Pacal... Podés contar con tu Arlequín mi querido Pierrot. Muchos
besos y cuidate de gente como yo...
Soltó un breve sollozo contenido pero intenso. Arlequín
era la única persona, paradoja de la vida, que la entendía.
Su gesto reprimidamente desgarrador derritió su dureza y permitió
que un sentimiento anhelante de vida se escapase por una puerta apenas entrebierta.
-...Ya estuvo. No jodás. Acordate que todo esto es
el costo social de la revolución y tenemos que ser duros pa' aguantar
el momento histórico que nos tocó vivir y todo ese rollo retórico
que andás echando siempre que no te lo cree ni la abuelita... Y, por
las dudas, si ya no nos vemos, sabé que siempre te quise y te respeté
y traté de serte fiel a mi manera y que las hijeputadas eran porque,
al fin, jugábamos en equipos diferentes... No soy melodramática,
cerote. Adiós.
Colgó. Se mordió los labios con fuerza hasta
partírselos.
-Pacal re cerote.
Al acercarse al ministerio de la defensa se encontró
con una columna de tanques bloqueando el paso. Empezó a bocinar mientras
bajaba la ventanilla del carro y agitaba con impaciencia un carnet de identificación.
Subió las llantas del lado izquierdo al arriate que separaba las dos
vías de la avenida. Era tal el escándalo que los tanquistas
se pegaron lo más que pudieron a la derecha, dejándola pasar.
Detrás zumbó el carro de los guardaespaldas. Agarró la
diagonal frente al cine Reforma y la iglesia Yurrita. Le trajo memorias de
una primera comunión vestida de blanco con candelas gigantescas iluminando
todos los recovecos de las obscuras bóvedas, los primeros tímidos
besos adolescentes en la oscuridad del cine mientras temía que el hombre
de la linterna la descubriera e iluminara su pecado. Se sintió una
farsante, una ilusa, persiguiendo un país nunca hallado que se le escapaba
como caótico humo desprendiéndose de un fuego pálido.
Avanzó por la desierta séptima avenida contemplando
edificios sucios y cafezuscos en algunos de los cuales su familia política
tenía intereses o acciones. Nunca los observó con cuidado. Su
arquitectura chata no los hacía ni merecedores de un vistazo profundo
y el ruido ensordecedor de los buses destartalados y personas con rostros
de ciruelas corriendo como hormigas en sus estrechas banquetas la ahuyentaban
del lugar. Pero ahora no había ni buses. Estaba todo vacío.
Quedaba solo la inmundicia acumulada en la orilla de la banqueta.
Entró al centro viejo. La calle estrechísima
que acongojaba, el tenebroso y gris castillejo de la policía nacional
sacado de un pésimo cuento de hadas. Ya estaba cerca del guacamolón,
como le decían al palacio nacional por su color y por lo macizo que
era, espacio que creía conquistado y que ahora la expulsaba como pulpa
de fruta chupada. Pero no lo permitiría. En la distancia se veía
el movimiento en el parque. La gente corría para sumarse al grupo de
mirones como si fuera un espectáculo carnavalesco. Un macabro carnaval
que se vivía cotidianamente y que no se detenía nunca. En su
centro la rueda de la fortuna giraba, giraba.
Entró al parque. Estaba rodeado de tanques, jeeps,
tropas armadas hasta los dientes para el combate, periodistas y cámaras
de televisión. Todo el mundo corría en una dirección,
en la otra, como los largos dragones del año nuevo chino moviéndose
siempre en direcciones opuestas cuando no contradictorias. Avanzó hasta
donde pudo. Las cámaras de televisión corrieron a filmarla.
Un sargento con cara de sapo se le acercó.
-¡No se puede pasar!
Con acostumbrada rapidez extrajo su credencial de la bolsa
y la agitó ante los ojos del atónito sargento. Pasada la sorpresa
se la arrebató de las manos y la examinó al derecho y al revés
como si no creyera lo que estaba viendo. Sólo le faltó morderla
para cerciorarse de su autenticidad. Con expresión de total confusión
sacó su walkie-talkie y empezó a pedir instrucciones.
-Aquí triángulo verde... Tengo un pase G-2-411
respondiendo a Halcón Negro. ¿Autorizo pasar?... Bien. Cambio
y fuera.
Apagó el walkie-talkie, bajó la antena
y lo guardó en su lugar, retrasando al máximo su respuesta.
Como reprimido perro guardián ladró entre gruñidos:
-Usté puede pasar. Sus hombres la tienen que esperar
aquí.
-De acuerdo.
Les murmuró rápidas instrucciones y se encaminó
hacia la entrada principal del palacio. Las cámaras de televisión
filmaron sus movimientos desde todos los ángulos imaginables hasta
que el sargento se los impidió con un fuerte gruñido que los
dispersó como cucarachas al prenderse la luz de un cuarto oscuro.
5
Un tercer vehículo recorría la avenida arboleada
a toda velocidad hacia el palacio. El rostro compungido, Tom Wright chisgueteaba
saliva sin preocuparse que le chorreara sobre la camisa. Veía a Ariadne,
Vallejo y Kukulkán rondándole como brumosos fantasmas, hurgándolo,
soplándole palabras que se iluminaban mutuamente y lo mareaban. Se
sintió de once años. A pesar del sol las manos se le helaban.
Súbitamente soltó la réplica a un diálogo inconcluso
con uno de sus superiores.
-Qué razón tenía señor. No se
quiénes son los buenos y quiénes los malos. No se si mi primer
amor trabaja para nosotros, para el ejército guatemalteco o para el
EGP. O para todos.
Los árboles de la orilla del arriate pasaban al lado
del vehículo como siniestros gigantes de caricaturas presagiando tragedias
en un bosque encantado. Consecuente con el melodrama operático que
pasó a encarnar contra su voluntad, dejó que se le viniera encima
la voz de Vallejo. Con un tono acelerado cargado de informalidad y toques
cómicos hablaba y hablaba. "...Estando clandestino, mijo vivía
con mi mamá. Un día que pude verlo lo saqué a comprarle
un helado. Recién empezábamos a comer cuando pasó un
carro lleno de judiciales. Iban tres adelante, dos atrás. Y enmedio,
en el asiento de atrás, iba mi ex-mujer. La miramos los dos y ella
nos miró. Fue un instante eterno en que se cruzaron las miradas de
todos. Inmediatamente ella miró para el frente, para que los judiciales
no se dieran cuenta que nos había reconocido. Yo temí que mi
hijo gritara `mama' o algo por el estilo. Tenía sólo ocho años.
Pero no dijo nada. Vimos el carro avanzar lentamente con ella mirando hacia
el frente. No nos movimos. Y nunca más la volvimos a verla o a saber
de ella."
Tomó la diagonal que conducía hacia la grisácea
avenida. Vio de reojo una iglesia rosada, barroca, excesiva, fea, carente
del orden de las líneas rectas y de los espacios perfectamente delineados.
Aquel exceso de edificio semi-derretido como un pastel a medio cocer se le
hizo simbólico del lugar. Al lado tenía un enorme cine y al
otro un moderno edificio. Más allá casas achatadas, edificios
a medio hacer, infinidad de puntas de varillas de acero abanonadas al cielo,
todo necesitando urgentemente una capa de pintura. Entró al centro
viejo pensando que todos luchaban porque el ser humano se hacía sólo
en la lucha y vivía sólo para luchar aunque lo disfrazara con
fantasmas metafísicos de utopías inalcanzables que justificaban
sus más primitivas necesidades de destruir al prójimo.
Aceleró aún más. Veía en la distancia
el desfigurado movimiento frente al palacio. Como espejismos vibraba lleno
de colores ante un sol blanquecino que obligaba a entrecerrar los ojos. Llegó
al parque. Reconoció el vehículo de Sandra y se le pegó.
Un sargento con cara de sapo ya estaba bloqueándole el paso. Las cámaras
de televisión los rodearon. El sargento examinó someramente
su tarjeta y frunció el ceño.
-No puede pasar. Ordenes superiores.
Se dio la vuelta dando el asunto por concluido. Las cámaras
de televisión se quedaron enfocándolo. Un hombre regordete de
cabellos negros y bigote fino lo interrogó.
-¿Trabaja para la embajada, señor?
-Soy un ciudadano privado...
-¿Y vino a ver el golpe como atracción turística?
-Tenía negocios allí dentro... Con permiso.
Se alejó. El comentarista se rio burlonamente y comentó:
-La presencia de funcionarios de civil del gobierno de los
Estados Unidos nos hace suponer que dicho país o se encuentra dentrás
del golpe o bien estaba informado y aprueba su ejecución.