Escupiendo humo, las llantas del carro rechinaron
al tomar la primera curva con exceso de velocidad. Sacudido por el repentino
movimiento Tom Wright se prendió de la manecilla de la portezuela
para no perder el equilibrio. En el asiento de adelante el capitán
Pacal permitió tolerantemente que su masa fuera guiada por las fuerzas
centrípetas que lo apelmazaban contra la portezuela. Al quedar inclinado
hacia la ventana la luz del sol iluminó de lleno su rostro, subrayando
las incontables cicatrices. Un soldado cetrino con la frente singularmente
pequeña y una boca coronada por un par de gruesos labios morados
hacía de chofer. Tenía la vista fija en el frente sin decir
nada ni mover un sólo músculo del cuerpo.
El carro era sólido. Sin duda blindado. Los vidrios estaban polarizados.
Tomaban todas las precauciones del caso. La ventanilla trasera tenía
una calcomanía. Era la cabeza triangular de una serpiente venenosa
conformando casi un triángulo equilátero dentro de un círculo
rojo. Afuera del círculo y alrededor de éste decía
en letras negras "sólo los que vencen tienen derecho a vivir."
Un raquítico perro blanco con manchas cafés cuyas costillas
eran ampliamente visibles a distancia se atravesó la calle. Para
su sorpresa el soldado aumentó la velocidad. El perro dudó
un instante. Levantó una pata delantera y una oreja. Enseguida corrió
hacia la izquierda, con dificultad, como si tuviera reumatismo en las patas.
El conductor dio un timonazo a la izquierda y aceleró más
aún. Tom Wright cerró los ojos.
It is the cause, it is
the cause, my soul. La gran literatura siempre reñía
con la ordinariedad de la acción cotidiana. Escuchó el ruido
seco del golpe como el que hace un saco de papas al caerse de un camión
seguido de los lastimeros aullidos del animal que, iniciándose como
sirena, disminuía de a poco como el sonido de la televisión
cuando se apaga de súbito con el mecanismo de control remoto. El
conductor emitió un ligero rugido como si la risita ronca estuviera
trabada en el fondo de sus amígdalas.
Pacal se volteó con una mueca de sorna. Estaba incómodo retorciendo
el pescuezo para dirigirle la palabra en el asiento trasero. Tal vez el
sacrificio del perro era una retribución por la incomodidad, aunque
fuera una escena de película barata o más bien de novelita
de espionaje de segunda. Pensó con melodramática vulgaridad
que él podría llamarse John Hawk o Don Barth o Tom Gass y
ser un duro de thriller con agua fría en sus venas mientras
abría y cerraba la mano derecha nerviosamente. Cierto. Sabía
desde hacía mucho tiempo que el país tenía costumbres
raras. Se las había contado una voz áspera como la pelusa
del durazno con alborozo juvenil. Una voz cuya dulzura todavía se
le atragantaba en la garganta.
Hubiera preferido ir en el asiento de adelante para captar el paisaje,
ver los movimientos alborotados de la gente y del tráfico, darse
cuenta de la situación, admirar el jadeo de los volcanes que en
su parasítica lujuria aprisionaban la ciudad que buscaba evadirse
sofocada por todos los recovecos que encontraba. Pero prefirió no
decir nada. Pacal le dirigió la palabra.
-Entonces como le venía contando, pues, aquí están.
Y pa' que no nos diga que "qué sabe el coche de chupar bolita,"
le aseguro de buena fuente que son los que tienen a Mister Gray.
Le pasó una carpeta, utilizando la palabra inglesa de "folder."
No hizo ninguna alusión al incidente del perro. Tomó el folder
en sus manos con un asomo de cólera que hubiera preferido no mostrar.
Dentro había un sobre de papel manila y al interior de éste
varias fotos brillantes, todas 8 x 10. Todas de rostros. La mayoría
de frente. Algunas de lado. Todas negro y blanco.
No le gustaba la idea de lidiar con guatemaltecos. Ya había tenido
una experiencia y le bastaba. Tampoco conocía a Gray. Su misión
era un sugestivo peregrinaje de instrucciones confusas y contradictorias.
Pero sobretodo estaba el recuerdo de ella. A pesar de los años pesaba
como una cargada nube que no permitía que los rayos del sol brillaran
con toda su fuerza. No había vuelto a ver a otro guatemalteco fuera
de un corpulento hombre de pelo colocho que se llamaba Fuentes algo. Lo
conoció una vez en Washington hablándole candorosamente de
Miterrand. Cerró los ojos y se dejó seducir por apariciones
fantasiosas. A lo mejor de todo ese relajo sacaba una historia entretenida.
Al fin, había aeropuertos, infidelidades, millones, droga, CIA,
guerrillas, militares.
Esa tarde el cielo estaba completamente encapotado. A pesar de los famosos
colores ansiosos y letales del país todo parecía tan gris,
empañado y tullido como las fotos blanco y negro. Solo la imagen
de la mujer, distorsionada por el tiempo y los años, sobresalía
con algún colorido por encima del ajetreo del carro que avanzaba
velozmente hacia un hotel tan impersonal como cualquier otro.
-Son feos. Parecen salidos de una mala película.
Lo decía por no tapiar la conversación. No veía nada
claro fuera del montón de fotos en blanco y negro de desconocidos,
una armonía de rostros que no le gustaban, narices achatadas, labios
gruesos, ojos medio chinos, pelos largos y colochos, oscuros y amenazadores.
Una excesiva repetición de anatomías poco estéticas.
Lo único claro era la borrosa imagen de la mujer. Era lo único
que lo movía hacia tan inhóspita tierra aunque la agencia
no supiera nada de su existencia. Bueno. Casi lo único. Deseaba
ser promovido para no volver a ese tipo de trabajos sucios. Ascender hacia
donde se respiraba despacio y las vísceras no se estremecían
continuamente. Quería una pensión decente que le permitiera
mandar a sus hijos a la universidad. La vida es siempre una trampa, pensó.
Pacal insistía. Era una voz metálica, gangosa, monótona,
mandona. Otro exceso que empalagaba. Hacía los ademanes de escucharlo
pero eran puros ademanes. El susurro de Pacal, clásico de quienes
no pueden decir las cosas directamente, le producía un leve dolor
de cabeza. Deseaba o un par de Tylenoles o un vaso de whisky con hielo
o los dos de preferencia. Y que se callara esa voz que seguía hablando
como si le hubieran dado cuerda.
-A éste es al que miramos rondando por la Oficina de Exportación
Internacional donde operaba el banco Nugan Hand. Sospechamos que puede
ser el cerebro de la operación. Es miembro de la dirección
urbana del EGP.
El sólo escuchaba. Pero tenía qué decir algo. Para
que Pacal no lo tomara por un gringo imbécil más y para disipar
la imagen de la mujer de su cabeza. O bien el deseo del whisky y los Tylenoles.
¿Qué le importaba a él quién dirigía
esa organización terrorista? Era cuestión de hacer limpieza
general y ya. El mundo entero se había podrido.
-Yes. ¿Cuál es su nombre?
-Su seudónimo es Kukulkán.
2
"El Mayan Golf Club, le dijo ella una vez, es uno de los clubes más
exclusivos del país a pesar de estar sobre uno de los lagos más
contaminados y asquerosos del continente. Sin embargo se encuentra a la
suficiente altura como para evadir el vaho de la basura que baja descaradamente
de una capital mal planeada, sobrepoblada y miserable por el infeccioso
río Villalobos para contaminar un lago que hace cincuenta años
fue paseo de los ricos y jardín de recreo privado del general Ubico
pero que ahora no es sino la sombra de un país que es todo él
una sombra furtiva y temerosa. Es un club exclusivo aunque en cualquier
nación medianamente civilizada sería definitivamente muy
mediocre. Pero en la vida todo es relativo. Más aún en un
paisito centroamericano donde muchos todavía piensan que viven en
la ciudad más importante del istmo y que Miami es más interesante
que París."
A ese club pertenecía Sandra. En realidad, como a cualquier persona
inteligente, el golf le aburría. Lo jugaba por esnobismo y sin duda
para flirtear con los muchachones que la hacían de instructores
con la soñada esperanza de que alguna señora rica no muy
dañada por los maltratos del marido necesitara sus caricias. Aunque
en Guatemala hasta eso era difícil. Hasta la libertad sexual había
que ganársela a pulso y con exceso de discreción y de temores
por la vida de los afectados. Pero Sandra se había educado en el
extranjero. Si no golf, el tenis le permitía exhibir sus piernas
inusualmente largas y bien formadas para un país donde predominaba
la pata corta y la mala pata.
En realidad decía que no se tomaba eso en serio como no se tomaba
nada realmente en serio. Lo único que le importaba era el placer
de jugar con su vida y con la de los demás porque de acuerdo a sus
propios pensamientos no había mejor orgasmo que fajarse el físico
de a de veras como en la ruleta rusa, disolviendo su propio miedo en la
líquida invisiblilidad del erotismo. Lo demás la tenía
sin cuidado. Con el objetivo de preservar sus intereses, no los de su familia
sino sus intereses, cumplía las formalidades sociales para
quedar bien con el circulito de viejas culonas y evitarse el clásico
"qué dirán" que atrajera la ira de su suegro. Pero como se
consideraba más inteligente que todos y en caso extremo podía
usar su atractivo para defenderse, entendiendo muy bien que todo capricho
podía someterse a la dictadura del deseo cuya sinfonía ella
tan bien sabía dirigir, tampoco se angustiaba mucho por la última
alternativa.
Empezó a llover. A lloviznar más bien, llovizna chipe. Tenía
compromisos. Además, por mucho que se las daba de guapo, el "instructor"
no valía la pena. A la legua se veía que era un pobre tipo.
Tal vez estaba en el Colegio Americano como decía, pero con beca.
Chambeando de "instructor" era la única manera de que lo dejaran
entrar al Mayan. ¿Qué apellido tendría? Ni lo decía.
Mala seña. Hombre que se avergüenza de su apellido es un mal
nacido y apellidos hay pocos en un país de ese tamaño. Si
su hermano la oyera se indignaría y la acusaría de burguesa
y otra tonelada de barbaridades más. Y qué. Le regalaba toda
la conciencia social que quisiera. Ella era caquera y a mucha honra. Alguien
tenía que defender la dignidad del elitismo.
Dejó de jugar. Tenía qué volver a la ciudad. Había
un delicado asunto por atender. De hecho ¿ya era? Sí, era
la hora de irse. La esperaban en el Camino Real. Pensó brevemente
en el asunto y se sonrió para sus adentros por lo que dirían
su marido o su suegro si supieran.
3
De pasar un vehículo cualquiera por la mal llamada "salida al Salvador"
ni cuenta se daba que existía una mansión a escasa distancia
del desvío hacia Muxbal porque no quedaba sobre la orilla de la
carretera. Había que adentrarse por un camino de tierra angosto
y enlodado que daba la impresión de ir hacia un caserío de
mala muerte o hacia una ranchería. Nadie que no lo conociera podría
pensar que se dirigía hacia una de las casas más lujosas
del país. Si por casualidad alguien se aventuraba por los baches
y charcos de lodo que hacían las veces de túmulos naturales,
se topaba con un alto muro de adobe --o aparentemente de adobe-- cafezusco,
indiferente y triste como cualquier otro que uno pudiera encontrarse, salvo
por dos cosas: era más alto (también más grueso y
con columnas de acero, pero eso no se veía a simple vista) y tenía
alambre electrificado con púas arriba. Detrás del muro se
percibía una densa línea de árboles. Diligentes cipreses
formaban una barrera boscosa. Luego venían los jardines, exquisitamente
mantenidos, con una grama rabiosamente verde bien parejita que parecía
alfombra y arriates cortados a la francesa. La casa estaba hasta el fondo.
Tenía ladrillos rojos con columnas dóricas a la entrada y
techo de tejas que cualquier hijo de vecino hubiera confundido por un cruce
entre Lo que el viento se llevó y el Hotel Tzanjuyú
en Panajachel. El resultado final era tan extraño como la noción
de tan singular mezcla.
Generalmente no se veía movimiento en el jardín fuera de
los perros policía, dos o tres jardineros acuclillados sobre algún
arriate podando alguna terca matita y carros blindados con vidrios polarizados
que entraban y salían con regularidad. Pero dentro de la casa siempre
cundía el ruido y movimiento. Iba y venía gente, iban y venían
sirvientes con bandejas llenas de vasos con hielo. En la entrada había
por lo menos dos o tres guardaespaldas, las Uzis recostadas sobre la pared
y la escuadra saltándose por entre los pantalones como una especie
de deformación fálica, leyendo alguna novelita pornográfica.
Esa lluviosa tarde cuya opacidad metálica dificultaba que desde
las ventanas de la sala pudiera divisarse la pared de la entrada el ruido
y conmoción eran aún más intensos a pesar de que por
las circunstancias del tiempo no había visitas, ni ministros, ni
hombres de negocios extranjeros. El problema eran las muelas de don Leonel.
Para que un hombre pasada la cincuentena acostumbrado a la elegancia, el
dinero y el poder, de los que habían crecido ordenándole
a los coroneles que le hicieran sus mandados, que se las daba de muy macho
y de que todavía podía con las mujeres, que no le temía
ni a dios padre, diera de gritos por un dolor de muelas es que tendría
que ser serio.
Caricatura del tipo de hombre que representaba, Don Leonel vestía
de negro. Siempre lo hacía desde que lo llevaron a conocer de niño
al San Simón de Zunil. La imagen lo impresionó. Decidió
que iba a ser San Simón cuando llegara a la edad adulta. Así,
desde que comenzó a ejercer poder se vestía rigurosamente
de negro. Hasta sus lentes eran negros y no se los quitaba ni dentro de
la casa. Caminaba además con un puro prendido en la mano derecha
que hacía brillar el enorme anillo con una amatista que ostentaba
en el dedo índice de la misma mano. Lo único que abandonó
con los años era el sombrero, uno negro estilo tejano, aunque todavía
se lo ponía cuando salía al campo o cuando montaba. Pero
desde que las cosas se habían descompuesto en el país esas
salidas eran cada vez menos frecuentes y sumamente molestas. Ahora solo
visitaba la finca en avioneta y, viejo que era, no dejaba de temerle a
esos aparatos livianos y debiluchos. Detestaba todo lo que le evocara debilidad.
Pero como la peor humillación que concebía era evidenciar
miedo prefería no volar y menos en tardes cuando el cambio en la
temperatura los sacudía como raquíticos insectos.
La sirvienta le pasaba el algodón. Lo masticaba dejando que el olor
le subiera hasta la punta del cerebro justo donde se iniciaba la línea
de la calvicie. Daba entonces un alarido machihembrado que lo obligaba
a cerrar los ojos y tomar conciencia de lo grande que estaban los bolsones
que le caían debajo de cada uno. Luego lo escupía azorado
como si fuera un bagazo de naranja, salpicándose ligeramente el
bigotito fino que le crecía bajo la nariz de gavilán. La
sirvienta le pasaba otro algodón. Enseguida se encuclillaba a pesar
del intenso dolor en la parte inferior de la espalda y la naciente hernia
sobre la ingle izquierda a recoger el que acababa de caer al piso, depositándolo
en una palangana llena de algodones empapados de sangre y saliva como si
fueran una ofrenda sagrada de las que se quemarían frente a los
muchos ídolos de mirada perdida que ahora adornaban esa sala gigantesca.
Alvaro, su hijo, insistía que salieran inmediatamente para donde
el dentista.
-¡Que listo sos! ¡Pa' que me secuestre la guerrilla! Habría
que recordarte lo que dijo Richelieu sobre la virtud masculina de tomar
decisiones ra-cio-nal-mente, palabra difícil de pronunciar, lo reconozco,
pero quien con lobos anda a aullar aprende.
-¡Pero si vamos con todos los guardaespaldas!
En realidad sabía que las posibilidades de un secuestro eran carentes
de toda lógica. Les faltaba capacidad operativa y ya tenían
las manos llenas con el banquero ese, Gray. Lo último que podían
pensar en ese momento era en recoger a un ricachón como él
para financiar sus operativos. Viejo sería pero no baboso. Lo que
pasaba era que le daba un gusto mórbido llevarle la contraria a
su hijo. Verificar que eran hombres como él los que valían
y no los comemierda como Alvaro que estaban llevando al país a la
ruina y dejando que sus mujeres mandaran en los negocios de la familia.
Pendejo de haber tenido un solo hombre. Por lo menos uno solo reconocido.
Aunque no era él. Era la vieja que lo había inundado de mujeres
que solo problemas daban. Y más ahora, en estos tiempos. Las cosas
ya no eran como antes.
4
El carro disminuyó la velocidad.
-¿Ya llegamos?
El chofer se volteó con pena hacia el capitán Pacal sin decir
nada. Este volvió a torcer el pescuezo y bajó los ojos.
-No. El tráfico está trabado porque hay una manifestación.
Intentó bajar el vidrio para ver mejor. Una expresión de
pánico inundó el rostro de Pacal.
-Ni se le ocurra, por vida suya.
Obedeció de mala gana. Se pegó bien al vidrio para observar
lo que estaba pasando. Vio una columna de impacientes muchachos. Se veían
muy jóvenes. Marchaban ordenadamente. Les brillaba la frente y los
cachetes resaltados por los pómulos salientes. Los hombres con barba
y el pelo ligeramente largo, cuando no eran lampiños con el pelo
parado como cepillo de alambre. Otra vez la anatomía de mal gusto.
Todos de blue jeans o ropa informal, zapato bajo, preferentemente
tenis. Gritaban afanados. Hombres y mujeres con una banda roja en el brazo
se paseaban a la orilla de la manifestación. A veces se agarraban
de las manos, resaltando las fuertes venas verduzcas de sus brazos. Era
obvio que eran los encargados del orden y no querían que se desbordara
la situación. En su mayoría eran feos. Pero se veían
gentiles, cordiales y hasta con caóticas sonrisas embadurnadas de
dientes torcidos. Pacal estaba loco. Bajó el vidrio.
A pesar de la lluvia y de lo gris del ambiente los colores lo deslumbraron.
Las montañas al fondo, de un verde chillante, eran delirantes, de
ensueño. En combinación con la cristalina luminosidad de
la luz del sol y la perfección cónica de los volcanes hacían
que todo pareciera de manera ligeramente estrábica y los colores
resaltaran más aún como en una diapositiva sobreexpuesta.
Siempre pensó en la deformación de la mirada desde que de
niño tuvo sueños de ojos, pero en Guatemala todos parecían
padecer de estrabismo, pues desviaban la dirección normal de la
mirada evitando así el contacto de ojos.
Sobre ese intenso fondo verde sobresalía el rojo chillón
de las mantas. "Por un gobierno del pueblo, para el pueblo, por el pueblo."
Le dio risa. Eso venía de la constitución de su país.
"Queremos democracia." Eso era irreprochable siempre y cuando no fuera
un bluff. Los izquierdistas siempre lo usaban y después se les olvidaba.
Aunque estos se veían tan inocentes a pesar de lo convulso. Tan
diferentes de los jóvenes de la misma edad que conocía. Casi
parecían crear un ambiente acompasado mientras se cuidaban de no
meter los pies en los pequeños charcos pentagonales formados por
trozos de ramas de árboles, barro y restos de basura que impedían
que el agua circulara tranquila por las orillas de las banquetas. "Los
trabajadores exigimos un gobierno patriótico, popular y democrático."
Eso ya sonaba más subido de tono pero los que llevaban esa manta
no se veían más agresivos que los otros. Si acaso más
jóvenes, con cara de buenos cristianos. "Porque el color de la sangre
jamás se olvida, los masacrados serán vengados." Esos eran
indios, se veía a la legua. Por los trajes coloridos que casi parecían
sopapearlo a uno en los ojos con su osadía. Además la consigna
estaba pintada en un petate. Los hombres llevaban sombrero, las mujeres
corte de todos colores y trenzas largas adornadas con listones. Todos eran
famélicas aves de piel oscura aunque ninguno se diferenciaba de
manera significativa de Pacal o de su chofer o de las fotos que creía
que se había memorizado. Eran igual de feos. No era exactamente
un pueblo bonito, un pueblo sensual. Sus movimientos del cuerpo eran toscos.
No había musicalidad, agilidad felina, plasticidad. Todo era chato
y corto, de movimientos claqueantes.
-Allí están pues. Mírelos. Ya que parece que sabe
menear las manecillas. Pero cuidadito con menear cualquier otra cosa.
-Se ven jovencitos y fáciles de controlar.
-Las apariencias engañan. No se apendeje como si usted fuera uno
de esos gringos de anuncio de cigarros.
-¿Y entonces por qué no los...
get rid of them de
una vez?...
-¿Arrugados?
-¡No! ¿Cómo se dice? Liquids. Líquido.
Liquidados.
-¿Qué? ¿Así nomás que les quiebre el
culo a todos estos?
Pacal se empezó a carcajear. Al hacerlo puso en evidencia un diente
de oro en el lado izquierdo de la dentadura superior como si fuera una
estereotípica imagen de caricatura. En realidad era sólo
la mitad del diente de manera que parecía más bien un triángulo
brillante trabado en las encillas.
-Agarre la onda. Aquí hay que saber moverse. El que se va con la
finta cae con trompa de baboso y el que se mueve no sale en la foto.
Las frases de Pacal eran demasiado coloquiales para que Tom Wright entendiera
todas sus implicaciones, así que se limitó a responder con
una meditabunda frase diplomática.
-En efecto. Nada es nunca lo que parece ser...
Y no lo era. El exceso centroamericano le dificultaba a Tom Wright dibujar
los personajes en su mente, romper lo estereotipado de sus líneas
y saltar hasta un más allá en el cual se encontraran el solemne
ritmo de la sabiduría, las procesiones religiosas y la metafísica.
5
Sandra se despidió de sus amigas. "Adiós chula." "Que le
vaya bien, chula." "Cuídese chula." Le daría pereza ver las
caras de las mujeres que iban al Mayan entre semana. Además de las
capas de maquillaje que se les escurría de la frente al sudar como
máscaras de cera que se derretían, se ponían pantalones
de lo más trincado. Y de cuero. ¡Jugar golf con pantalones
de cuero! Sólo en ese país... Lo único que conseguían
era resaltar el grotesco volumen del trasero y lo corto de la pierna, además
de evidenciar jamones que ninguna dieta del mundo disolvía. Caminó
apresuradamente hacia su BMW, blanco, bello, brillante, y zumbó
el motor. Al meter el retroceso para arrancar casi mandó a volar
de un manotazo el teléfono que descansaba al lado de la palanca
de velocidades. Por el espejito vio cómo sus guardaespaldas corrían
a la camioneta de atrás para seguirle la pista. Le daba rabia no
poder ir a donde le diera la gana sin que la siguieran como chuchos fieles.
Pero ni modo. Como estaban los tiempos no había alternativa. Tenía
qué aguantarse.
Arrancó a toda velocidad. Entre el humo de las llantas vio que dejaba
atrás el carro de los guardaespaldas y disminuyó ligeramente
la velocidad. Llovía más intensamente. El paisaje verde verde
que tanto quería apenas si se distinguía entre la densa languidez
de la neblina. Los parabrisas con su sonido metálico para un lado
y para el otro la hipnotizaban. Y el gris cobalto de la carretera mojada.
Todo era gris. Frío de humedad, colores sin vida. El único
era el de las pintas en los cerros cortados a la orilla de la carretera.
"Viva el EGP." Generalmente en rojo y negro. "Militares asesinos." En rojo,
pero aparecía también en azul. Le hacía gracia verlas.
Se imaginó el nerviosismo de los muchachos en un nocturno operativo
relámpago, sudorosos, despidiendo olores por la carga de adrenalina.
Se podía ver en las letras torcidas el nerviosismo y la prisa, las
gotas de pintura seca corriendo hasta el suelo. Temblarían del susto
y de lo flaquitos y desnutridos que eran. No podían vivir muy lejos.
A lo mejor eran de Villa Nueva, allí nomás. Le dio risa pensar
qué diría su suegro si supiera que pensaba esas cosas. Se
imaginó participando en uno de esos operativos. Por encima de todo
admiraba la audacia. Pensó en su hermano. Retorció la boca
y frunció el ceño, forzando sus recuerdos a volver a la dulce
inocencia de las serpientes, como dijo siempre su papá.
A la vuelta de un gancho que terminaba en una curva perezosa hacia arriba
de un cerro pelón se topó con un retén. Los soldados,
todos con Galiles, le hicieron el alto. Había una camioneta parada.
Tenían a los hombres abajo, en fila, las manos sobre la carrocería
de la camioneta. Los estaban cachando para ver si no iban armados. Le hizo
gracia comprobar maliciosamente cómo uno de los soldaditos restregaba
sus manos unos segundos más de los necesarios por sobre las nalgas
de un flaquito lampiño que se contraía con asco y horror.
Un par de carros más y ella. El retén parecía obstáculo
para salto de caballos. Le recordó las infinitas lecciones en el
Hipódromo del Sur aprendiendo a saltar, dressage y las dificultades
de la montura inglesa. Llegaron al retén. Bajó la ventana.
El soldado se le cuadró.
-Documentos.
Sacó su cédula de la guantera, moviéndose lentamente.
El cuque deslizó sus ojos de la cabeza hasta sus pies. Se los entregó
sonriéndole, lo suficiente para que el pobre diablo sintiera un
fríito en la punta de la columna vertebral y un dolor en la boca
del estómago, pero no tanto que lo confundiera con condescendencia.
Mantenía el rostro a una prudente distancia porque detestaba el
mal aliento.
-Los de atrás vienen conmigo. Tratelos con cariñito.
Su voz melodiosa sonaba como si hablara con bolitas de miel en la boca.
El soldado los vio, ojeó apenas la cédula, pura formalidad,
se la devolvió, se cuadró y dio la orden que la dejaran pasar.
Ella apachó el botón para subir el vidrio polarizado. Por
el espejito vio que a sus hombres los dejaban pasar con igual rapidez.
Le hizo gracia pensar que podría ser un miembro del EGP. La hubieran
dejado pasar igual simplemente por sus manerismos, por su lujo, por su
clase. Recordó a su hermano. Los cuques eran una bola de imbéciles,
pensó. Además, fuera de Arbenz nunca había existido
un militar guapo en ese mugroso país.
6
Llegaron al Camino Real. Un empleado uniformado corrió obsequioso
para abrir la puerta con sus guantes blancos. Tom Wright bajó sin
soltar el portafolio en el cual llevaba el folder con los sobres de papel
manila. Dejó sin embargo que se encargaran del equipaje. Caminó
al lado del capitán Pacal hacia el registro del hotel. Observó
que tenía una deformación en el pie, un zapato con una suela
más gruesa que la otra. Caminaba con el pie torcido como si fuera
patituerto. Sin embargo disimulaba bastante bien su afección. Casi
no se le notaba al desplazarse. Pacal percibió su mirada.
-Herida de guerra. Nosotros no somos oficiales de sillón.
Tom Wright se hizo el disimulado. Se fijó con detenimiento en cada
corredor, bares, salidas, el movimiento del personal y de la gente que
entraba y salía como si el hotel fuera un centro comercial. Notó
la ausencia de teléfonos públicos, lo cual no dejó
de sorprenderle en un hotel de esa magnitud.
Distraídamente extrajo uno de sus pasaportes. Sabía que era
el correcto por puro hábito. Se lo entregó al empleado tras
el mostrador. Sin ningún esfuerzo llenó la forma para registrarse,
anotando el nombre y dirección que correspondían al pasaporte
que había enseñado sin cometer falla alguna. Puro hábito.
Cumplida la formalidad le inclinó ligeramente la cabeza al capitán
mientras trataba de dibujar una ligerísima sonrisa con los labios
que solo los que lo conocían bien hubieran entendido como tal y
no como señal de desaprobación. Veterano lector de señales
sutiles, Pacal inmediatamente recogió la intención. Lo tomó
del brazo y le indicó hacia dónde caminar.
-Le recomiendo aquel. Más tranquilo. No hay jovencitos porque no
tocan música ruidosa y a veces se encuentra señoras guapas
de ésas que andan muy nalgonas y muy solitas.
Se sonrió dejando ver su diente de oro. Muy elegantes los manerismos
del capitán, pensó, pero la vulgaridad aflora. Toda mi relación
con él será una larga y aburrida serie de lugares comunes
y carcajadas nerviosas. Dieron marcha atrás. Salieron y doblaron
hacia la derecha hasta un cercano cuartito con escasa luz y pocas mesas.
Un mesero se les acercó inmediatamente.
-Doble scotch on the rocks, por favor.
-El mío con agua pura.
El mesero se alejó. Tom Wright extrajo las fotos de su portafolio
y las reexaminó con sumo cuidado. Sacó una libreta y empezó
a tomar garabateadas notas.
-So, revisemos esto por última vez.
-Cuantas veces guste. Ya sabe que estamos aquí para que vuelvan
a reverdecer sus laureles.
-Gray llegó a Guatemala hace cerca de tres meses.
-Así es. Correcto.
-Proclamó muy públicamente que buscaba áreas dónde
invertir e insinuó que estaba...
backed, apoyado, por sus
socios australianos de una manera substancial.
-Correcto.
-What the fuck is an Australian doing in Guatemala anyway?
Pacal sonrió y le guiñó el ojo.
-Si alguien le pregunta en español, diga que qué putas estaba
haciendo un australiano en este país de mierda.
-Bueno, ¿qué putas está haciendo un australiano en
este país de mierda?
El capitán se carcajeó con su característico exceso.
-Pues, imagínese nomás. Enmedio de esta locura, a río
revuelto ganancia de pescadores. Porque si no, camarón que se duerme
se lo lleva la corriente.
Ambos rieron ahora. El capitán se mantuvo dentro de pautas más
moderadas de la carcajada. El mesero llegó con los tragos. Por fin,
pensó Tom Wright. Sentía que se le nublaba la mente y empezaba
a cabecear por falta de elixir. La mano temblorosa agarró el vaso
como garra de felino. El capitán alzó el suyo.
-A que le pongamos el cascabel al gato.
-¿Gato? Son muy huidizos. Mejor por que sobrevivamos.
Sintió el ardor del whisky que le remojaba el esófago, refrescado
por el hielo. Cerró los ojos para dejarse absorber completamente
por la reacción de alivio del cuerpo que volvía a la vida,
que se despertaba. Ahora ya podía pensar. Dejó el vaso vacío
sobre la mesa, indicándole con los dedos al mesero que le trajera
otro y se puso a releer sus notas.
-Entonces... Gray fue entrevistado en la TV y en los periódicos.
¿Correcto?
-Sí. Todo muy público. Muy visible. Demasiado.
-God, o era un perfecto imbécil o era carnada para la guerrilla.
Y en ese caso...
Pacal se sonrió y alzó los hombros en un gesto de "¿quién
sabe?", dramatizándolo con las manos. Wright pensó que el
capitán o sabía más o intuía más pero
no estaba dispuesto a compartirlo. Se las daba de servil, respetaba los
rangos, pero era listo. Tendría qué averiguarlo por otros
canales.
-Bueno. En la mañana del cinco de febrero, alrededor de las 7:20
de la mañana, estaba en su cama leyendo el periódico. Una
sirvienta llegó a decirle que "dos caballeros del ministerio de
la defensa lo buscaban."
-Así es. Y entonces...
-Vestido sólo con una bata y pantuflas bajó a ver qué
querían. En vez de oficiales se encontró con dos jóvenes
bien vestidos y de buenas maneras...
-Caramba, se memorizó el informe.
-Lo leí quién sabe cuántas veces en el avión.
After all, mi misión es rescatarlo. Pero necesito verificar
todos los datos.
-Apúrese entonces, antes que se le caliente el segundo trago. Yo
tengo una cita en el ministerio en...
El capitán miró su reloj con detenimiento, tardándose
lo suficiente para evidenciar que se trataba de un lujoso Rolex con todos
los exóticos aditivos que podía traer maquinaria tan fina
que relucía enmedio de la pelambre del brazo que asaltaba su carátula.
-...una hora y diez minutos.
-No me diga que los guatemaltecos son puntuales.
-Mucho más que los guanacos y los nicas. Ya va a ver. Somos todavía
la capitanía general en muchos sentidos. La metrópolis de
Centroamérica.
-Yep. Ya sentí el calor insoportable del tipo de paraíso
tropical del cual me está hablando. Acabemos.
Pacal dejó escapar de nuevo su sonrisa maliciosa.
-Uno de los jóvenes le puso una pistola en la sien a Gray y le gritó:...
-"¡Esto es un secuestro, quieto o se muere!"
Pacal alzó la voz demasiado al dramatizar las líneas del
muchacho. Los escasos clientes del bar en aquella hora de la tarde se voltearon
hacia ellos con expresiones de pánico en los rostros, que inmediatamente
cedió su lugar a indignación. Pacal se puso colorado y saludó
con un gesto de la mano para disculparse. La punta del bigote se le humedeció
con las gotitas de sudor que le corrieron libremente por el rostro. Tom
Wright no se inmutó y mantuvo la vista clavada en sus notas, continuando
como si tal cosa.
-No opuso resistencia. Lo condujeron hacia un carro que esperaba afuera
con otros dos jóvenes disfrazados de policías militares.
Le ordenaron subirse al asiento de atrás y salieron rápidamente
del lugar.
Para mientras Sandra Herrera llegaba al hotel. Su presencia era lo suficientemente
marcada como para que paseantes y orejas la confundieran a primera vista
por una posible actriz de cine. El observador cuidadoso desahuciaba esa
hipótesis al observar las arrugas en torno a los ojos, los poros
de la nariz ligeramente gruesos, las venas de las manos demasiado saltonas.
Pero el aura persistía. Al fin, en Guatemala nadie tenía
la más mínima idea de cómo eran las actrices de carne
y hueso. Por lo demás su ropa siempre era sport y práctica
pero elegante, no dejando duda alguna sobre su exquisito gusto y capacidad
adquisitiva. Alguna chalina de seda complementaba su atuendo o protegía
el pescuezo.
La comitiva era melodramática. Entraba manejando a exceso de velocidad
y frenaba con lujo de rechinidos. El portero corría a abrir la portezuela
de su BMW casi al mismo instante en que la camioneta de los guardaespaldas,
luchando por no perderla, crujía con igual dramatismo convulso.
Ni bien había parado la camioneta cuando ya dos fascinerosos con
Uzis en las manos saltaban a ambos lados. Otro guardaespaldas corría
a abrir la puerta e inspeccionar el corredor de la entrada mientras el
portero se llevaba el "be eme" al parqueo. Ella entraba entonces con el
pelo largo y el aroma de su perfume flotando en el ambiente. Caminaba siempre
de prisa, con agilidad de gacela, casi casi dando saltitos y apoyándose
con fuerza en las puntas de los pies. La boca entreabierta, sonriente,
los ojos de águila absorbiendo el nuevo ambiente, computando quién
estaba allí y qué estaba haciendo. Dándole vueltas
a la tarea por delante mientras dejaba que los observadores admiraran su
magistral cuerpo deslizarse como Nefertiti por la alfombra del hotel.
En el barcito Tom Wright y Pacal se daban la mano para despedirse. Estaba
cansado. El viaje había sido largo y tedioso. La falta de humedad
en los aviones siempre lo afectaba y el servicio dejaba qué desear
en los vuelos hacia Centroamérica a pesar del bar abierto. Asimismo
la tensión del operativo no dejaba de jugarle una mala pasada en
los jugos gástricos. El dolor de cabeza no disminuía. Una
vena enmedio de la frente y otra atrás en la base del cráneo
le tamborileaban como la batería de un conjunto de rock n'roll.
Los lentes de contacto le molestaban en los ojos resecos. Sentía
la respiración congestionada. Se volteó para ver salir a
Pacal y la vio pasar por el corredor.
No lo creyó. Pensó que era un fantasma, una visión,
un espejismo que le torturaba las hendiduras de las entrañas. De
ser el autor de una detectivesca historia del cándido Tom y la guatemalteca
desalmada hubiera escrito que en ese instante las rodillas se le aguadaron,
o bien que sintió una urgente necesidad de ir al inodoro, pues un
apretón en la boca del estómago obligaba al esfínter
a reaccionar con prontitud. Era ella. Tenía que serlo. Corrió
hacia donde se percibía en el aire su silueta como un aura perfumada.
Se interpuso un guardaespaldas. El bigotudo de frente sudorosa, un tick
en la comisura del ojo, narices ensanchándose y olor de sudor ácido,
estaba dispuesto a todo. Pacal se dio cuenta y corrió a calmar los
ánimos.
-¡Calma! ¡Aquí no ha pasado nada! ¡Este señor
está conmigo! ¡Ministerio de la Defensa!
-Pues enséñele al baboso a cuidar con quien se mete.
La voz de amujerado desencajaba con el conjunto del cuerpo y del arma.
Los guardaespaldas se alejaron rápidamente, volteándose a
ver para atrás todo el tiempo como bailando una rumba maldita. Pacal
no les quitaba el ojo de encima.
-¿Así es como piensa encontrar a Gray?
-¿Quién era esa mujer?
-Sólo eso me faltaba. No me diga que hasta ustedes se atolondran
cuando ven pasar un culo de esos...
-No sabe.
-¡No se! Ni que no supiera rascarme mis propias pulgas.
-Who was she, for Christsake!
-Alguien demasiado poderosa y rica hasta para usted, míster. Viene
de una de las familias más ricas del país.
-¿Nombre?
-Herrera. Es una de las Herrera.
La mujer y sus guardaespaldas habían desaparecido. Todo volvió
a su ritmo ordinario. Gente iba y venía de prisa, los hombres siempre
de saco y corbata, las mujeres de vestido lujoso aunque sin ostentar ninguna
joya. Se quedó viendo insistentemente hacia donde había desaparecido
y se preguntó si no lo soñó, si no sería la
fatiga, la bebida o sus brumosas fantasías. Era ella. No tenía
dudas. Era ella. Pero... a lo mejor no era ella. A lo mejor creía
que era ella porque quería verla y porque vino a buscarla y porque
tenía qué admitirse a sí mismo que todavía
lo obsesionaba. Había venido por ella. Ahora lo sabía. Había
venido por ella.
Lentamente caminó hacia el elevador. No se había fijado en
qué habitación estaba. Miró la llave. 312. Aquí
todavía usaban llaves en vez de tarjetas computerizadas. 312. Era
múltiplo de tres, tres veces 104, o 26 por 4 por 3. Había
una serie de posibilidades. Pensando en ellas se encaminó hacia
la habitación cuando el elevador se abrió en el corredor
adecuado. Iba con la pesada lentitud del sonámbulo. Abrió.
La luz del sol poniéndose en el horizonte y cubriendo de un tierno
rojizo los muros blancos mientras se desvanecía con la misma lentitud
del deseo lo deslumbró. Entrecerrando los ojos bajó la persiana.
Todo era blanco. Algunos adornos típicos en las paredes, cama doble,
amplia. Se quitó el saco y lo colgó con descuido en la primera
sercha que encontró en el closet. Deshizo el nudo de la importunada
corbata y la tiró sobre una silla. Se sacó los zapatos y
se dejó caer como un pesado fardo sobre la cama, rebotando ligeramente
ante el impacto. Entre dientes murmuraba "tiene que ser ella. No podría
equivocarme a pesar de los años."
Durante un instante se imaginó muchos años después
en una casa suburbana de su país. Ella era su mujer. La casa estaba
tan llena de cuadritos, adornitos, muebles inútiles y floreros que
él se perdía en el barroquismo del espacio. Enmedio de esa
domesticidad sofocante él escribía un libro que evocaba el
romanticismo aventurero de su reencuentro con ella en Guatemala, bajo las
balas. Sus fantasías de una vejez apacible importunada sólo
por el agotamiento opresivo de la domesticidad lo hicieron sonreír
y le devolvieron la tranquilidad. Se relajó y se quedó dormido.