Ser o Tener

¿Que vas a ser de grande?. Tal la pregunta que pronuncian los adultos, con una sonrisa benevolente, frente al deslumbramiento que una mañana virgen, inmenso, enciende espejismos en los ojos del niño.
Qué vas a ser.
Pero, con frecuencia, el niño confunde -al igual que el adulto- el ser con el tener.

-Cuando sea grande tendré un carro como mi papá, y una refrigeradora llena para mí solo, y una pistola grande de verdad, y una gran botella de whisky.
Porque frente a los ojos limpios y asombrados del niño, cada día se planta, inexorable, la prisa de los adultos por tener cosas, por llenar de objetos su gran vacío de insatisfacción vital.
Y es que, además el tener y el no tener determinan lo que se es en nuestro mundo: se es pobre porque no se tiene, se es rico porque se tiene. Y se plantean, entonces, contradicciones maravillosas.
Ya no se es médico, digamos a guisa de ejemplo, porque se sabe curar, sino porque se tiene el título de médico.
Cada día vale menos lo inteligente que se sea, si no se posee, además el cartón impreso, el objeto de uso en el que unas firmas y unos sellos así lo testifican. Y en aras del tener se sacrifica muchas veces todo.
La honorabilidad, la decencia, la amistad, la lealtad y tantas otras cualidades más que resultan a veces obstáculos en la veloz carrera posesiva. Al grado de que la antigua expresión de "Soy pobre pero honrado" está en calidad de obsoleta: muchas veces se es "Pobre por honrado" (verdad, señor Díaz Masvidal) y resultaría más propio decir: "Soy rico pero honrado".
Y volviendo al principio, la importancia del tener algo sobre el ser algo se le inculca al niño desde que no se le trata de impulsar a que aprenda sino a que gane el año, cuando el niño nota que la intención de sus padres no es la de darle conocimientos que contribuyan a su formación, sino de ponerlo en posesión, lo antes posible, de los requisitos que la sociedad exige para terminar una vida más o menos decorosa. Y ¿qué es esa vida decorosa? La posesión de casa, carro, televisor, chalet de descanso, lancha, teléfono, trajes a la moda, mausoleo propio. Es decir, la deformación tiene una clara finalidad: no es la de hacer gente capaz de la felicidad, sino gente con poder adquisitivo: consumidores.

Se me antoja pensar que mucho de eso hay en el desencantado rechazo de cierta juventud contra un modo de prosperidad feroz. Son muchachos que quieren ser, hacer, vivir consciente y plenamente. En lugar de esto, la sociedad los satura de objetos, de juguetes para adultos, los obliga a ser permanentes compradores.

Un sobrino mío, patojo muy inteligente, dio una respuesta hace unos años, que me erizó los pelos.

-¿Que quieres ser de grande? -le preguntamos.
-Quiero ser libre -respondió.


 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.