Cómo y porqué escribí Delito, condena y ejecución de una gallina.
 
"...Los periódicos publicaban las fotos de los cadáveres que aparecían cotidianamente en las márgenes del río Motagua, en los barrancones, en las calles. Todos llevaban las huellas de torturas espantosas. Era la propaganda del terror que el régimen empleaba -y sigue empleando- para ahogar en el miedo toda posibilidad de resistencia por parte de la población: con frecuencia, los cuerpos aparecían acompañados de pancartas: "Esto les espera a los comunistas", "Así tratamos a los rojos" y firmadas: "La Mano Blanca","Ejército Secreto Anticomunista". Pero el horror, como las drogas, crea tolerancia en el organismo social; a fuerza de repetirse, se neutraliza. Un día oí a alguien decir, mientras doblaba decepcionado el periódico del día: "Hoy no hay nada más que tres muertos entre las noticias..." Sentí una rabia de fuego en las tripas. Tuve ganas de meterle la cabeza entre una cubeta llena de sangre hasta que se ahogara en ella. Y me percaté de que la pequeña burguesía urbana guatemalteca había perdido la dimensión de la muerte, del crimen, del horror, a fuerza de respirarlos todos los días. Era necesario restregarles la sangre en el hocico, había que explicarles por qué lucha nuestro pueblo, quiénes están detras de los asesinos, quién dirige la mano del ejecutor en los crímenes, como esa pequeña burguesía alienada y la alta burguesía financiera, comercial o terrateniente están atrapadas en la lucha real entre un imperialismo que no tiene nada de abstracción y el pueblo que exige su derecho a vivir.
Pero había que decirlo de una manera que todos lo comprendieran en una parábola, o mejor aún, en una fábula, lenguaje de ejemplo, de alusión, hablar de otra que no fuera la política con sus palabras comunes y sus palabras gastadas por el uso.
Imaginé entonces la muerte de una Gallina.
La muerte de una gallina no tiene nada de ilegal; se podía hablar de ello, hablar de la avicultura, de una industria. En todas las casas de Guatemala se mata gallinas compradas vivas en el mercado. Todo el mundo come huevos. Todo el mundo come gallinas. Las gallinas están para eso: para matarlas. Es algo normal, habitual. Tan natural, normal y habitual como esa burguesía y esa pequeña burguesía habían empezado a ver la muerte de los obreros, los campesinos y los intelectuales opositores a la tiranía.
Pero no es lo mismo ver morir a una gallina en el patio trasero o en la cocina de la casa, que verla morir sobre la escena de un teatro. En el teatro se transforma en personaje, su muerte se transforma en símbolo,en ritual. En la atmósfera ficticia del teatro, una gota de sangre verdadera, aunque sea de gallina, adquiere otra dimensión: la dimensión de algo más de lo que es, la dimensión de lo que representa.
Esto lo confirmé, en el curso de la breve temporada, vi la cara del publico. Vi a los comedores de gallinas, a los que leían el periódico lleno de muertes mientras tomaban su apacible desayuno: se alteraban, se indignaban, hubo -incluso- ataques de epilepsia. Claro, la pieza fue prohibida, cosa extraña, progresivamente: primero, recibí la prohibición de celebrar foros y discusiones con el público al final de la representación; luego, se me prohibió la proyección de diapositivas en las que aparecían Rogelia, el General Ubico, el héroe nicaragüense César Augusto Sandino, etc. En seguida, me prohibieron la lectura intercalada de noticias de la prensa actual durante la función. Finalmente me prohibieron la pieza. No obstante, habíamos realizado catorce funciones a teatro lleno y en la prensa se polemizaba sobre la obra de teatro.
Poco tiempo después La Gallina fue puesta en escena por el Teatro Popular de Bogotá, en Colombia. Fue tremendo: 500 representaciones y una gira por Sudamérica. En Buenos Aires, el gobierno admitió la obra pero prohibió el sacrificio de la gallina pretextando algún artículo de la Ley Protectora de los Animales. Entonces, la actriz que hacía el papel de la Justicia en la versión colombiana detenía la función y explicaba: "No podemos ejecutar la gallina porque la ley dice que los animales deben ser bien tratados, bien alimentados, bien alojados" y en resumen... todo lo que exigen las gallinas en la obra y lo que exigían los obreros argentinos en una huelga que la policía reprimía bestialmente en esos mismos días. En Córdoba, los estudiantes universitarios cerraron las puertas del teatro, y exigieron la versión completa de la obra, haciendo caso omiso de la prohibición gubernamental.
Años después el T.P.B. viajo a Guatemala y entre su repertorio presento Delito, condena y ejecución de una gallina. El gobierno guatemalteco de turno no pudo prohibir la pieza esta vez porque la llegada del T.P.B. se había acordado por canales diplomáticos de intercambio cultural y una medida de censura le habría dado mala imagen en el exterior. Al año siguiente asistí a una de las puestas en escena de la pieza que más profundamente me ha emocionado: la realizada por actores indígenas en Chichicastenango. Mi teatro, teatro de un escritor urbano, ladino, blanco, había llegado -¡por fin!- a la raíz de mi pueblo. Dos actores indios -que guardan celosamente su cultura ancestral- me habían aceptado, habían aceptado mi versión de una parte de la realidad nacional.
La Gallina ha estado revoloteando por muchas partes: a lo largo de toda América Latina, en Inglaterra, hasta en los Estados Unidos.."

 


 

Página de la Literatura Guatemalteca.
Copyright © 1996-2006 Juan Carlos Escobedo. Todos los derechos reservados.
Copyright © 1996-2006 Juan Carlos Escobedo. Worldwide Copyrights.
Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.