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“AÑOS DE PRIMAVERA EN EL PAIS DE
LA ETERNA DICTADURA”
20 DE OCTUBRE DE 1944
He aquí el escenario: Guatemala -“el País de la Eterna
Primavera”-, el país más hermoso del continente, con
la historia de la civilización autóctona más alta,
la civilización maya. Unos 108,889 kilómetros cuadrados
(sin Belice, 60,000 habitantes en 22,286 kilómetros cuadrados,
aún detentado por los ingleses) en el corazón del Nuevo
Mundo; unos tres millones de habitantes…
En los primeros lustros de vida independiente, tuvimos al doctor Mariano
Gálvez -Centroamérica formaba una sola nación- como
jefe del Estado de Guatemala. Fue uno de nuestros grandes gobernantes.
En 1871 triunfó la Revolución Liberal, encabezada por Justo
Rufino Barrios. Después nada registramos que valga la pena hasta
1944: se vegeta, se vive y se muere a un lado del mundo, en la sombra
sangrienta de autócratas imbéciles y brutales.
Al terminar la II Guerra Mundial, cuando amanecían las mejores
esperanzas, surgimos a la libertad con la Revolución de Octubre
de 1944 y nos esforzamos en destruir la miseria y la explotación.
Nos asomábamos todos a una misma aurora. Se reconfortó nuestro
corazón y con fervor nos pusimos a servir. El atraso es tan grande
que aún no termina el encono por haberse dictado leyes y creado
instituciones moderadas -hoy destruidas- que sirvieran de base para las
relaciones entre capital y trabajo, acostumbrado aquél a manejar
sus explotaciones como hace quinientos años. Con palabras de Saint
Just, la felicidad fue idea nueva en Europa; también para nosotros,
la idea del pueblo, la idea de su felicidad, fue nueva y cobró
arraigo.
El 20 de Octubre de 1944, el pueblo de Guatemala, encabezado por el civil
Jorge Toriello y los militares Francisco Javier Arana y Jacobo Arbenz,
derrocó al general Ponce Vaides, quien dominó al país
durante cien días trágicos e intentó burlar la voluntad
nacional. En estas luchas, los estudiantes universitarios desempeñaron
gran papel. En tales condiciones, con votación a su favor sin precedente,
asumió el poder el doctor Juan José Arévalo (1945-1951)
tras cuatro siglos de la historia más sombría. El candidato
derrotado, eterno servidor de Estrada Cabrera y de José María
Orellana y perpetuo embajador de Ubico en Washington, tenía la
más perfecta impopularidad y, al mismo tiempo, el apoyo del pasado
antinacional y el de las fuerzas internacionales enemigas de Guatemala:
Adrián Recinos, que en 1954 pasó a ser presidente de la
delegación del traidor Castillo Armas ante la ONU.
En marzo de 1945 se promulgó una nueva Constitución. Con
ella gobernó el presidente Arévalo. El Poder Ejecutivo quedó
sometido a muchas restricciones, dada la experiencia dolorosa de siempre.
Fue una Constitución que fijó normas de una democracia política,
social y económica. En ella figuró la Jefatura de las Fuerzas
Armadas, fuente de traiciones e infortunios.
La jefatura de las Fuerzas Armadas fue impuesta al doctor Juan José
Arévalo mientras era candidato a la presidencia de la República.
Si la Jefatura de las Fuerzas Armadas no se incluye en la Constitución
de 1945, los militares, aún bien unificados, le impiden llegar
al poder.
Por mi resistencia a la creación de la Jefatura de las Fuerzas
Armadas no fui constituyente en 1945. Mi actitud nunca fue antimilitar,
sino antipretoriana. Bastábame recordar el benemérito ejemplo
del general Lázaro Chacón Cárdenas en México,
para distinguir a los verdaderos militares, y el tirano Estrada Cabrera
en Guatemala, para distinguir a los civiles pícaros.
El militarismo guatemalteco se fortaleció como nunca. Se creó,
más tarde, el Comisariato del Ejército en que hubo grandes
abusos, también disfrutaron de fuero para toda suerte de infracciones
o delitos: policía militar y tribunales militares. Aumentaron su
hegemonía, en sentido opuesto y proporcional a su antidemocratización.
El doctor Arévalo asumió la presidencia con limitado poder,
no sólo por la nueva Constitución, sino por los militares.
Las molestias surgieron muy pronto.
El Ejército siempre fue intocable, algo por encima de la crítica.
De la Jefatura de las Fuerzas Armadas habrían de salir las candidaturas
presidenciales y los hombres fuertes. Con el presidente Arbenz, la candidatura
del jefe de las Fuerzas Armadas, el aurífero coronel Díaz,
estaba ya decidida. El grupo militar que le respaldaba, contaba con las
armas y el apoyo de los partidos, esperanzados éstos en conservar
lo hecho, en no perder posiciones y seguir adelante.
La propia hegemonía militar empollaba las candidaturas. La oportunidad
para un civil se hallaba en los cuernos de la luna. Los militares se organizaron
para conservar el poder. Derrocado Arbenz, los desleales -con pocas excepciones-
no perdieron su situación. Quedaron fuera los leales y algunos
dudosos hasta para Castillo Armas. Los jefes que estorbaban -algunos de
ellos entre los valiosos- fueron enviados al extranjero como ministros
y embajadores o como agregados militares; otros, por inseguros y favoritismo.
El cuartel, el pretorianismo cultivado por la "balcanización
de América" y en especial del Caribe, no derrocó al
doctor Arévalo por la sagacidad de éste que supo balancear
y aprovechar los antagonismos, y por su cabal sentido de la realidad.
¿Cuál ha sido y es la función del Ejército
en un país pequeño? ¿Labor policíaca de mantener
el orden? ¿Qué orden, si recordamos nuestra historia plagada
de dictaduras? ¿La soberanía nacional? Ha sido una burocracia
y con la Revolución también impusieron al presidente Arévalo
el Estatuto del Ejército para transformarse en una superburocracia.
En ellos, como casta, como clase social, el oportunismo es una deformación
profesional. Son excepcionales los que escapan a esa condición
parasitaria. No hemos tenido, propiamente, un ejército nacional,
por nuestra misma estructura. Sino un instrumento que pasa de un gobierno
a otro sin aún superar una tradición de sayones. Los que
la han superado, encuentran contra ellos hostilidad y resistencia organizada
y compacta. Que importante sería que uno de los buenos militares
guatemaltecos nos hiciera un estudio de fondo sobre el Ejército
y la última infamia, la de junio de 1954.
¿Qué razón para no escribir sobre lo interno? La
simple duda o temor acerca de ello denuncia una falta de seguridad evidente.
Ninguna razón para el silencio. Es un problema continental el de
los fracasos de las revoluciones burguesas latinoamericanas. El imperialismo
se cuela capilarmente y desarticula nuestras resistencias. Actúa
sobre todos los planos y todos los terrenos. Cultiva las debilidades de
la burguesía, corrompe líderes del proletariado, deforma
la inteligencia de la juventud, "prepara", sobre todo, economistas
y militares. De hecho, los militares tienen hoy el control de la mayor
parte de nuestros países, en forma dictatorial. Y, por medio de
ellos, los Estados Unidos ya no necesitan desembarcar marinos: son su
policía que cuida los monopolios y la línea política
interna e internacional.
Esos militares se especializan en poner la etiqueta del señalamiento
como enemigo: "comunista". Dólares, cruz y espada. La
burguesía de América vive condicionada, en gran parte por
la enorme presión norteamericana y por la identificación
antipatriótica de sus intereses con los extranjeros.
Ni Arévalo ni Arbenz aceptaron empréstitos extranjeros.
La ayuda técnica (punto IV de Truman) a los países subdesarrollados
-para no llamarnos colonias o semicolonias- es, ante todo, una ayuda a
sí de los países imperialistas. Los países liberados
han suprimido la "ayuda" con cañonazos y muchos muertos
y sacrificios…
El apoyo popular fue constante hasta el final del período del doctor
Arévalo. Prometió no estar en la presidencia ni un minuto
más ni un minuto menos del que le correspondía por la ley.
La lucha política se entabló por la misma hambre de libertad,
por la misma desesperación creada por el atraso secular y por las
ambiciones en la sucesión presidencial, que nacieron desde el primer
momento…
La Embajada norteamericana, la Frutera, las fuerzas feudales y semifeudales
guatemaltecas maniobraron constantemente, y no pocos dirigentes de los
partidos políticos se inclinaron de un lado a otro, según
las circunstancias, sin atender, muchas veces, los principios…
A lo largo del gobierno del presidente Arévalo leímos, en
diversas ocasiones y circunstancias, la opinión de que ningún
presidente de Guatemala había llegado al poder en condiciones más
favorables, y que éstas pronto se habían transformado en
adversas o se habían destruido.
Para hacer dicha afirmación, la prensa enemiga se basaba en lo
que llamaron "división de la familia guatemalteca", olvidando
por completo que con el cambio de vida que significó la Revolución
de Octubre de 1944, todo, sin excepción, se movió y conmovió
y se plantearon problemas que antes, en la "unidad" de la familia
guatemalteca durante las dictaduras, jamás pudieron manifestarse.
En una palabra, el cargo, bien leído, no es sino un elogio y, bien
analizadas las cosas, el mejor que puede hacerse.
¿Cuál era la "unidad" anterior? Bien lo sabemos
en Guatemala y fuera de Guatemala: su símbolo el estacazo, la ley
fuga, el silencio absoluto en los "imparciales" periódicos
que minaron la vida democrática.
Alfonso Orantes, en los funerales del escultor Rafael Yela Gunther -de
él son los bajorrelieves en el Museo de Teotihuacán- dijo
ante la tumba del artista, años del dictador Ubico, que el guatemalteco
tenía tres caminos: encierro, destierro o entierro. Orantes tuvo
que escoger el primer camino para escapar de los otros dos. En esos días,
ocurre el siguiente suceso, ingenuo e inolvidable: un quetzal -símbolo
de la libertad- prisionero. El quetzal vuela y rapta el mito, Gucumatz
o Quetzalcóatl. Sus largas plumas preciosas sólo adornan
los penachos de los más altos jefes. El ave sagrada y totémica,
símbolo de Guatemala, que no puede vivir cautiva, muere sobre el
pecho de Tecum, abierto en el campo de batalla por la lanza de Alvarado.
Del mito vuela al escudo y anida en la bandera. El dictador Ubico, en
el zoológico del Parque de La Aurora, en una jaula de alambre,
muestra a los guatemaltecos un quetzal cautivo. Mientras el dictador se
ríe, el pueblo ora a todos los dioses por la verdad del símbolo.
Por fin, un día, el quetzal amaneció muerto y viva la leyenda.
Nada turbaba la "unidad", la paz, porque la vida no merecía
respeto alguno. El poder lo disfrutaban, en beneficio propio, grupos oligárquicos
al servicio de la tiranía en su mayor parte, o que aprovechaban
silenciosamente, con cierto pudor por la barbarie, aquellas leyes que
permitían asesinar a cualquier campesino por cruzar una cerca;
el poder lo disfrutaban las empresas monopolistas que, con la complicidad
del tirano y sus comparsas (asambleas, tribunales, diplomáticos
en Washington, autoridades departamentales, prensa "independiente",
etc.) cabalgaban sobre el país callado, aparentemente unido: el
pueblo no tenía, siquiera, posibilidades de quejarse, de sollozar
su miseria y, menos aún de exigir, por caminos legales, lo que
le correspondía. Esa "unidad" desapareció con
Arévalo…
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