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LA FUNDICION DE LAS CAMPANAS
Para la fundición de las campanas, el horno fue levantado en el
fondo del último patio de mi casa, contra una alta pared que parecía
inaccesible. Era una fábrica rectangular, de unos dos metros de
ancho por cinco de largo. Tenía al frente una pequeña puerta
de hierro, por donde se veía el metal fundido. La chimenea tendría
tres metros de alto. Era cuadrada como de metro de ancho por lado. En
la parte de atrás se hallaba una construcción abovedada,
contigua a la pared, en donde se depositaba la leña en cantidades
tales como para fundir toda la carga de bronce acumulada en pedazos desiguales.
A medida que se iba calentando, las llamas penetraban como largas lenguas
crepitantes en esa especie de cama donde iba disolviéndose poco
a poco el metal que se movía lentamente, como si se tratara de
un monstruo cuya piel iba cobrando vida y tomando una coloración
verdusca. A veces me parecía que iba formándose un caimán
metálico ardiente y oscilante, inquietado por el ardor o como una
salamandra dorada, espíritu elemental del fuego.
A los dos lados del horno, en cavidades cuadrangulares de cerca de un
metro de profundidad y situadas a la mitad del horno, habían sido
depositados cuidadosamente los moldes de cada una de las dos campanas
que iban a fundirse. La forma laboriosa con que fueron hechos, me causaba
honda curiosidad. Quien hacía los moldes era un obrero, fundidor
experimentado. Primero labraba, con un barro especialmente preparado,
la parte cónica del interior de la campana, operación que
requería habilidad y precisión. Lo que resultaba admirable
era la parte que constituiría el exterior y el calibre o grueso
del instrumento de metal. La operación la realizaba aquel artífice
de manera contraria o sea, colocando el molde al revés, es decir,
lo cónico de abajo hacia arriba. Mediante una pieza de madera adaptada
a un eje situado al centro de lo que constituiría la cabeza de
la campana, aquel cono invertido iba moldeándose sobre lo que era
la armazón, ceñida con cinchos metálicos distribuidos
a lo largo del tosco cono exterior en tanto que por dentro el barro reblandecido
iba cediendo al pasar y repasar del patrón que con los lugares
correspondientes al perfil externo, dejaba espacios iguales a franjas
circulares, en donde se cincelarían nombre, fechas, detalles de
la campana, aparte de los espacios lisos que, entre espacio y espacio,
iban destacándose siguiendo la suave línea cónica.
Me parecía como si estuviese modelando el cáliz de una flor
inmensa. Era una tarea minuciosa, lenta, amorosa. El perfil giratorio
pasaba y repasaba milímetro a milímetro aquella serie de
ondulaciones y salientes que emergían de diminutos ángulos
para luego seguir su recorrido de abajo hacia arriba, en una paciente
labor que por momentos me causaba mareo. El fundidor parecía gozar
con aquel pasar y repasar circulatorio, al derredor del molde invertido.
Contemplándole muchas veces, largamente, me daba la impresión
de que aquello lo ejecutaba dormido. Sin duda se imaginaba no sólo
la esbeltez y elegancia del exterior de la campana, sino que hasta percibía
su sonido que podía recorrer la tonalidad infinita de diapasón,
desde los tonos agudos, suaves a los roncos, graves, solemnes según
el ceremonial que repicasen.
Se llamaba Timoteo aquel artífice de las campanas. Yo le hacía
preguntas acerca del proceso seguido. El, paciente, me respondía
a todo y continuaba como embebido en su tarea. Pasaba días y días
y aquella obra casi milagrosa, iba adelantando. La superficie secábase
lenta, paulatinamente. Cuando ya estaba terminado aquel cono invertido
el creador cubría la superficie con plombagina, polvo de grafito,
mineral graso al tacto, color negro brillante. En seguida se realizaba
una maniobra delicada: montar mediante polipastos aquel molde dentro del
que correspondía al interior del instrumento. Había que
admirar la habilidad y exactitud de la operación. Era algo ritual,
casi religioso. Luego se colocaba sobre una plataforma y se situaba en
el foso correspondiente, abierto la mitad del cuerpo horizontal del horno.
Al estar ya colocados los dos moldes de las dos campanas y en muchos casos
se alineaban hasta cuatro de distintos tamaños, se entraba en la
etapa final: el vaciado. Aquí venía lo admirable, lo fantástico.
Alimentado constantemente el horno desde el día correspondiente
a la fundición, ardía en tal forma que la trepidación
de la leña, su crepitar, la ondulación de las llamas como
lenguas amenazantes lamían el metal e iban como amasándolo
suavemente hasta dejarlo con tal consistencia pastosa primero, líquida
después que se movía, se agitaba, azotado, a tal punto que
parecía como víctima de una tortura, de un tormento indescriptible
aquella estrecha cama de metal hirviente daba la impresión de desesperarse
por el sufrimiento del fuego, irradiaba una luz rojiza, una especie de
halo al derredor del horno, en torno a los objetos y las gentes que atendían
la maniobra, dando la sensación de algo férico. Las caras
sudorosas de los ayudantes de mi padre que dirigía la tarea, de
Timoteo que iba y venía de un lugar a otro, como embriagado, donde
estaban colocados los moldes, el atizar del fuego y alimentarlo aun mas
con leña que se consumía con una voracidad insaciable; el
ayudante que por medio de una larga barra de hierro con una pieza rectangular
en el extremo mezclaba aquel metal hirviente; la ansiedad de todos los
que contemplaban aquel espectáculo, todo aquel ambiente luminoso,
deslumbrador, las sombras y las luces rojizas que hacían su juego
encendiendo los rostros de quienes como hipnotizados, veíamos aquella
faena tan espectacular, tan patética, casi trágica del fuego
y del metal en lucha enconada por vencer y ser vencido, por licuar hasta
la transparencia el bronce que luego iba a transformarse en un instrumento
sonoro, cuyas ondas repercutirían en la ciudad, en el poblado,
llamando a misa a los fieles, resonando clamoroso durante los sucesos
acongojadores como incendios de manzanas enteras en los barrios pobres
o almacenes lujosos; clamoreando en los días de las celebraciones
patrias o anunciando matrimonios regocijados o ya, solemnes, convocando
rezos de difuntos, sonando lentas, graves, como largos lamentos con plañidos
escalofriantes, como gritos desesperados, como desgarradores sollozos
que iban y venían ondulantes, ululantes, anunciando que así
como se recuerda a quien ha muerto, debemos tener presente que también
moriremos. Todo aquello se resumía en las luces, los reflejos,
las sombras, aquel agitarse de las llamas y su proyección fantasmagórica
sobre los seres, los árboles cercanos que sentían ya incendiarse
tal la intensidad de aquel calor sofocante, asfixiante; pero al mismo
tiempo tan estimulador, tan paralizante, de tal modo que quienes eran
iluminados intermitentemente, a cada segundo, parecían petrificados
y estar fundidos como estatuas, como imágenes de bulto, formando
frisos, cohortes, grupos a quienes pasmaba el asombro y la curiosidad.
Era un espectáculo inolvidable. Quién ha presenciado la
fundición de una campana en esta forma, un poco primitiva, un tanto
tradicional, legado de quienes vinieron a enseñarnos como se funden
las campanas no podrán olvidar jamás ese ritual del fuego
y del metal, esa fantasía de color y de calor, de reverberaciones
iridiscentes dentro de aquel manto luminoso producido por los fragmentos
del metal con que se alimentaba aquella voracidad del horno resplandeciente.
Pero, como sucedió en una ocasión, el metal de la campana
para aumentar su tono y dependiente de la calidad y pureza del bronce,
debía de resonar mas melodiosa y dulcemente, con un timbre asaz
elevado, hasta llegar con sus sonidos al éxtasis o al delirio,
ocurrió que cuando se fundía la campana que sería
consagrada a Santa Imelda, venerada en la iglesia de Santo Domingo, el
entonces prior de dicho templo, el Padre Riveiro y Jacinto, quiso que
se añadiera oro al metal para que el tañido de dicha campana
fuera de tal manera singular que no podrían olvidarlos los fieles
convocados a misa.
Entonces el espectáculo resultó indescriptible porque, al
arrojar objetos de oro macizo y caer sobre el bronce derretido que se
movía con desesperación las luces que surgieron del manto
incandescente y movedizo, torvo, verdoso como jade y rojizo como sangre
espesa, era como de bengala. Las tonalidades iban desde verde esmeralda
como lenguas milagrosas, hasta el naranja turbador y transparente, como
si se tratase del fruto de las Espérides, pasando por tonos violetas
tan desvaídos como desvanecimientos en rostros de vírgenes
perturbadas por un acceso histérico, causado por alguna tentación
del diablo. Mágicas, oscintilantes, con temblor de astros y reverberaciones
de cielos constelados, parecían aquellas explosiones, porque eran
como estallidos de colores del iris, en una epifanía de juegos
artificiales o en una crepitación pirotécnica de las Mil
y una Noches.
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