Del mestizo al chapín: rasgos distintivos en El canasto del sastre de José Milla.

Ana María Sandoval

 

La obra de Milla y su caracterización del chapín se insertan en la corriente costumbrista y en la literatura hispanoamericana de la época independiente, cuyos fines eran, entre otros, retratar la realidad, las costumbres y tradiciones de los pueblos; definir la identidad propia destacando los rasgos culturales y establecer principios rectores, arquetipos que sirvieran como punto de partida para configurar el imaginario nacional. El chapín de Milla es el mestizo que desde la Colonia va conquistando espacios sociales y políticos hasta convertirse en el sujeto hegemónico cuya cultura es representativa de la época.

José Milla nació en 1822, cuando recién se estaba estrenando la independencia centroamericana, fue abogado y periodista y trabajó para el gobierno conservador de Carrera en cuya dictadura fue redactor de "La Gaceta Oficial", y publica sus cuadros de costumbres en el periódico "La Semana". Es decir que coincide con la emergencia del género periodístico que fue en la Hispanoamérica de la época, una herramienta invaluable para la configuración ideológica de las nuevas naciones.

Luego de la revolución liberal de 1871 sale de Guatemala y viaja por Europa y Estados Unidos; sin duda el contacto con otras culturas le permitió definir mejor las características del chapín, cuyo modelo es el personaje Juan Chapín.

Aunque la definición de "chapín" corresponde al mestizo en todas sus variaciones, es necesario determinar que el mestizaje no fue un proceso fácil ni supuso una integración cultural armónica. Surge de la dominación de españoles y criollos quienes, al alejarse de España, han perdido elementos culturales por el desarraigo que era imposible de evitar; el colonizador no es igual al español peninsular ni al indígena americano, es un sujeto que en un momento dado no posee una identidad definida, que no es "ni de aquí ni de allá". Niega la cultura indígena considerándola inferior, pero sin darse cuenta va incorporando esos elementos culturales, hibridizándolos. De la mezcla de las culturas española americanizada y de la indígena españolizada, surge el mestizo, el chapín que incorpora ambas vertientes que no se mezclan, sino se yuxtaponen. De la misma manera que sobre los templos precolombinos se construyeron iglesias católicas y sobre las ruinas de ciudades conquistadas se asentaron los pueblos coloniales, el mestizo es un palimpsesto cultural.

Como se dijo, la literatura hispanoamericana del período independiente pretendía ser la construcción de una ideología, la reconstrucción de una historia que debía ser contada de otro modo, negando el pasado de opresión colonial y renegando del componente indígena; parte entonces de una doble negación para afirmar la propia identidad; niega lo español y niega lo indígena, pero ambos están allí siempre, como caudalosos ríos subterráneos que habrán de socavar los cimientos sobre los que se quiere construir una imagen que niegue los dos caudales. El precio de la negación será la identidad inconclusa que será preciso construir a través de la palabra y el retrato literario.

Esa doble negación se percibe en los cuadros de Milla. El chapín no es español, aunque sus costumbres son acriolladas, pretenciosas e imitadoras. El indígena es una presencia ausente que muy pocas veces aparece y cuando está, es como un personaje difuso, casi invisible, es el pariente que sale cortado en la fotografía de la familia. Los relatos de José Milla son, por lo tanto, un retrato incompleto de la Guatemala de finales del siglo XIX y principios del XX, una abstracción definida por filtros culturales que impedían ver más allá de los referentes propios, de la perspectiva común de un chapín más que va al teatro y a la ópera, que se mueve en una sociedad regida por códigos compartidos en la que una leve trasgresión a la regla era vista, enjuiciada y sancionada por todo el grupo.

Aunque el mestizaje es un hecho social, que sigue su curso dinámico independientemente de la voluntad individual, cuando se basa en esa doble negación que caracteriza al chapín, éste no se asume como la integración de dos partes complementarias, y por lo tanto provoca conflicto a nivel interno y social.

El ladino se define como chapín en la búsqueda de una identidad propia que lo diferencie de los españoles y criollos porque sabe que no es lo uno ni lo otro, y del indígena porque sabe que tampoco lo es. La independencia como hecho político hace urgente la necesidad de esa identificación identitaria, porque aunque primordialmente fue un cambio en la forma de gobierno, debía ir acompañada de un cambio mental correspondiente para establecer lo propio.

Esa corriente de pensamiento nuevo ocurrió en todos los países de Hispanoamérica y la necesidad de trazar los nacionalismos fue asumida desde diferentes posiciones e ideologías. Sin embargo la imagen del chapín no brota de un movimiento renovador sino desde las entrañas del más oscuro conservatismo que significó el gobierno de Carrera, quien se arrogaba el dudoso mérito de fundar la República de Guatemala a expensas de la dislocación de las Provincias Unidas de Centroamérica.

El chapín tiene su génesis en el mundo feudal de la Colonia y en el oscurantismo de la época de Carrera; la Independencia no fue en Guatemala un movimiento emancipador del pensamiento sino un cambio de rostros de los amos. De esa rigidez mental, del dominio de la fe sobre la razón, del sincretismo y la hibridización, surge el chapín que Milla define:

El tipo del verdadero y genuino chapín, tal como existía a principios del presente siglo, va desapareciendo poco a poco, y tal vez de aquí a algún tiempo se habrá perdido enteramente. Conviene, pues, apresurarse a bosquejarlo antes de que se borre por completo, como se aprovechan los instantes para retratar a un moribundo cuyo recuerdo se quiere conservar.

En la cita anterior está implícita la identidad cambiante del chapín; Milla está consciente de que el retrato que se dispone hacer busca captar algunos rasgos que se están perdiendo; el chapín, tal como él lo definirá es un ser que agoniza, pero esa agonía no termina con la muerte sino con la transformación, porque como sujeto seguirá existiendo, aunque no con las mismas características que el novelista congelará como testimonio histórico de un conglomerado social. Sigue describiendo Milla a su chapín:

Es hospitalario, servicial, piadoso, inteligente; y si bien por lo general no está dotado del talento de la iniciativa, es singularmente apto para imitar lo que otros hayan inventado. Es sufrido y no le falta valor en los peligros. Es novelero y se alucina con facilidad; pero pasadas las primeras impresiones, su buen juicio natural analiza y discute, y si encuentra, como sucede con frecuencia, que rindió el homenaje de su fácil admiración a un objeto poco digno, le vuelve la espalda sin ceremonia y se venga de su propia ligereza en el que ha sido su ídolo de ayer. Es apático y costumbrero; no concurre a las citas, y si lo hace, es siempre tarde, se ocupa de los negocios ajenos un poco más de lo que fuera necesario y tiene una asombrosa facilidad para encontrar el lado ridículo a los hombres y a las cosas. El verdadero chapín (no hablo del que ha alterado su tipo extranjerizándose), ama a su patria ardientemente, entendiendo con frecuencia por patria la capital donde ha nacido; y está tan adherido a ella, como la tortuga al carapacho que la cubre.

Además de la tipología caracterológica, Milla describe en sus relatos las interacciones sociales, la estratificación clasista y la hibridización cultural de una Guatemala en cuya plaza mayor conviven la fuente colonial de Carlos IV y las tiendas cobijadas por petates sobre varas. Un portamonedas que emblematiza la economía de la época, en el que conversan piezas del cuño de la República, un chelín, unos reales macuquinos y un duro con la efigie de Carlos IV. [ José Milla. Libro sin nombre. Piedrasanta: Guatemala, 1982. P. 29.]

El mestizaje que abarca todos los espectros sociales de Guatemala queda plasmado también en el relato "El zajorín". Dice Milla que El zajorín guatemalteco es un tipo enteramente indígena [Cuento hispanoamericano del siglo XIX. Norma: Colombia, 1992. p. 35] pero cuando describe al zajorín Juan Sietebolsas, vemos que se trata de un mestizo: Era éste un hombre pequeño de cuerpo, ancho de espaldas, un tanto jorobado, ojos bizcos, barba poblada y cana, risa entre estúpida y burlona, de raza indefinible [Op. Cit. p. 38.]. Juan Sietebolsas personifica la pervivencia de los cultos llamados paganos y el sincretismo religioso; además existe en este relato otro aspecto interesante: el zajorín era también "negociante en máscaras y disfraces", que vendía o alquilaba para los bailes de moros y otras tradiciones populares. El uso de máscaras y disfraces, los bailes en los que se intercambia la identidad y que constituyen tradiciones híbridas de Guatemala, simbolizan la identidad mutable del mestizo; que fue posiblemente, uno de los rasgos que permitieron al chapín ganar espacios sociales, económicos y políticos hasta convertirse en el grupo hegemónico. La capacidad de intercambio y adaptación que le permitía con la misma facilidad asistir al teatro y a la ópera, copiar la moda europea, encargarle un trabajito al zajorín, preferir los tamales al vol-au-vent, el chocolate al café y el pepián al roastbeef. Vestirse de "español" para ir a los toros en diciembre y pensar que los pañetes de Quetzaltenango y los brichos de Totonicapán son mejores que los paños franceses; hablar un castellano antiquísimo: vos, habís, tené, andá, con la cadencia y el ritmo del habla indígena e innumerables palabras de sus lenguas.

 

Leopoldo Zea define esa confluencia cultural al afirmar que América, especialmente Hispanoamérica, arrastrada por un sentimiento de insuficiencia ha procurado asimilarse diversas corrientes culturales en sus no menos diversos aspectos. Actitud que le ha llevado o le llevará, aun sin proponérselo a la formación de una cultura mestiza, que por serlo, representará una síntesis universal de culturas [ Leopoldo Zea. América como conciencia. México, UNAM. primera edición: Cuadernos americanos, 1953.].

Esa aspiración universalista se encuentra presente en el chapín de Milla, que viaja a Londres con su catre y su colchón, el batidor y el molinillo para el chocolate y la bacinica de plata, herencia del abuelo. Es el sujeto que frecuenta el club, el café, el billar, el teatro, los bailes y en ratos perdidos las novelas de Paul de Cock [José Milla. El canasto del sastre. Guatemala: Edit. José de Pineda Ibarra. 1981. P. 124.]. Se trata del sujeto que sueña con París y exalta lo europeo pero es tan rural como don Clímaco del Cacho; el sujeto que sintetiza lo universal y lo rural, lo criollo y lo indígena, las extravagancias y la vacuidad de una burguesía indolente y la pobreza del que vive en un rancho, viste de manta y come frijoles y tortillas.

En ese contexto conflictivo surge el chapín, con sus virtudes y defectos para integrar la nueva sociedad de la que habla Carlos Fuentes: Las reformas liberales, la intervención extranjera, el conflicto civil, las tradiciones conservadoras y el comercio exterior chocaron entre sí, agitando a las sociedades coloniales de Hispanoamérica, liberando fuerzas nuevas y aún permitiendo, junto con la consolidación de una clase alta de terratenientes, comerciantes y políticos, la lenta emergencia de una clase media moderna. Abogados y hombres de negocios, sus servicios eran requeridos por la creciente relación económica de América Latina con el mundo, la relación creciente entre la ciudad y el campo, y entre las clases sociales en los conglomerados urbanos de crecimiento dinámico [ Carlos Fuentes. El espejo enterrado. México: FCE. 1994 Pag. 302].

El retrato de la Guatemala chapina permanece a través del tiempo como la fotografía amarillenta de una bisabuela de la que se ha olvidado el nombre, pero que, entre las manchas y la pátina de los años puede adivinarse la vestimenta criolla y los rasgos mestizos; la tez morena bajo la mantilla de encaje y la peineta españolas. Es la voz de los cuadros de costumbres de los que dijo Cardoza: si por algo se distingue es por una entonación guatemalteca, tan verídica, que nos acerca a todas las capas de nuestro pueblo y, algunas veces, hasta el punto que olvidamos las limitaciones. Su obra es para nosotros no un intento fallido o un balbuceo urbano sino un acontecimiento nacional [ Luis Cardoza y Aragón. Guatemala las líneas de su mano. México: FCE. 1965. P. 230].

En conclusión, el mestizo surge como una fuerza social, ideológica y política en la época independiente, aunque sus orígenes se encuentran en la Colonia, al integrar grupos sociales cohesionados, que comparten códigos culturales, éticos y morales sobre los que se asentó su desarrollo, surge de la necesidad de autoidentificación y empieza a reconocerse el "chapín", para designar al sujeto social que se inserta en las diferentes clases sociales, cuyas características han sido determinadas por el mestizaje biológico y cultural.

 

 

 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.