La paz aún no ganada.

Fácil es para mí el cantar.

Digo metralla y enciendo un cigarrillo,
hermano, digo, camarada, fuego
y húndome en las últimas noticias de mi corazón
imaginando el rostro curtido de quien sé más dueño
que ninguno de la luz que absorve.

Digo morir templando esta guitarra de raíces
secas, repitiendo lo que otros me han contado,
sorprendiendo a los niños
con esta historia abundante de sangre.

Pronuncio la palabra batalla sin escuchar
sino el tambor del verano castigando mi piel,
aprendiendo de nuevo geografía elemental
en este mapa ajado,
ejerciendo el odio a la distancia,
conservando no sé ni para cuándo
este viejo revólver descompuesto.

Pobre de mí, forastero indeseable
entre sus propios sueños,
indefenso ante el sonido inminente
de una palabra olvidada,
víctima de su juego luminoso.
 

II


He aquí el tiempo erguido para pedirme cuentas.
Sé que hay deudas terribles y profundas
por saldar con él, que ha llegado la hora del balance.

Que este pan, este beso, esta mujer,
este entregarme al amor de los míos,
este morder la orilla de los libros que encierran
el secreto de la luz, este ser naúfrago
de un barco ya olvidado,
este sentarse al lado izquierdo de la estrella
y sonreir
son parte de mi gloria y mis delitos.

He aquí que de nuevo
torna el tiempo a mirarme cara a cara,
a preguntar si se ha muerto de inanición la sed,
si ha sido amortajada en secreto la pasión.

Hermanos, vivos y arguyentes hermanos,
muertos que yo no conociera
y suelen avanzarme la noche reclamantes,
perdonadme, queridos,
por esta paz que gozo y no he ganado.

 

 

 
 

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Última revisión: 26/03/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A.