Poesía de Angelina Acuña

Oda a la ciudad durmiente rediviva

Con perenne devoción a César Brañas.

I

¡Oh, Antigua, señora de los siglos!
del Hunapú a la sombra, reclinada
en el paisaje de la luz sin tiempo,
eres tú la durmiente rediviva,
la que sueña despierta,
la que vela dormida
un sueño intemporal de eternidades.

Un mar de campanarios
canta en tu amanecer oleajes de oro,
mientras un vuelo de palomas teje
un arrullo de espumas
en las riberas de tu sueño.
Bostezan las tahonas
un vaho de azuladas humaredas;
huele a hogaza que dora
sus candeales alburas al calor de la hornada
trasciende en tu frescura de matinal ordeño
un aliento de vacas mugidoras
y un balido auroral de recentales.

II

Te has detenido en horas de milagro
crecidas de añoranza:
el aire no es el mismo más allá de tu cielo,
ya no es el aire antiguo
que soplan tus volcanes de Agua y Fuego…
ya no es la transparencia de tus ojos extáticos,
ni tu noche de estrellas
que bajan temblorosas a besarte.

Las bugambilias trepan compasivas
derramando balsámica frescura
sobre el dolor de tus escombros.
Tus piedras vivas cantan
y sollozan edades enterradas…
regresan de la muerte cada vez que amanecen
en tu rostro tatuado de surcos legendarios;
tus ojos del pasado nos miran hondamente
parpadeantes de siglos,
con mirada insondable de oscuras realidades,
de símbolos, de arcanos.

Un drama silencioso te sostiene,
clama, gime, interroga
desde tus bóvedas solemnes
que repercuten ecos subterráneos.
Un misterioso limbo de fantasmas te envuelve,
un murmullo de voces sonámbulas te anima,
un fabuloso mundo de evocación te puebla.

Eres la novia muerta de un tiempo enamorado,
de un tiempo que te besa
con horas desprendidas desde cielos remotos,
desde altos campaniles
que repican auroras de amor amaneciente
y dorados ocasos que amortajan tus días.

 

III

Al dialogar contigo, la muy Leal y muy Noble,
escuchamos el ritmo de otra vida;
espíritus que encienden liturgias conventuales,
maitines que inauguran aleluyas
ritual que ora en el ángelus, lejano,
algún coro seráfico
que alumbra los vitrales con la fuga del prisma,
son ecos de tu voz que nos despierta,
es tu alma que se lleva y que nos trae
los perfiles eternos de tu imagen;
es tu alma que navega
el río de un idioma
que inunda tus confines.
Navegar ese oleaje
es hundirse en la paz, sin escafandra;
es bucear el remanso del éxtasis,
para alcanzar un mundo de vida luminoso
venciendo el desafío de la muerte.
Es salir al encuentro de tus poetas idos
por caminos sidéreos,
evocado las églogas que sollozó Landívar,
las rimas de Sor Juana, de César, de Velázquez,
de Carlos Wyld Ospina,
evocando el rasgueo vibrante de la pluma
de Bernal Díaz del Castillo.
Es percibir, en inefable arrobo,
los leves pasos del Hermano Pedro,
que tus piedras besaron reverentes
y que la noche colonial ungía
con blando amor de luna y azucenas.
Es oír serenatas
floridas de canciones y guitarras,
de voces que se fueron
y regresan con aires musicales de otrora.
Es hundirse en tus horas de tragedia,
regresar hechizados desde un ayer sin muerte
y traer en los ojos una mirada que arde
con el fulgor antiguo de tus desgarraduras

 

 

 
 

IV

¡Oh, Antigua!, sonora y silenciosa;
surges iluminada
sobre tu larga noche de soledad y escombros.
Eres el testimonio de un naufragio
en colosal marea de tormenta
-¡barcos vencidos, mástiles tronchados!-
Surges sagrada y trágica,
eres mundo y trasmundo de otro mundo
que descubrió su cielo tras una nueva aurora.
-¡Oh, Antigua!, durmiente rediviva,
la que vela dormida con los ojos abiertos;
despiertas y sonríes al beso fulgurante
de un joven sol que arranca fulgores a tus ruinas
y tiende alfombras de prodigio
para tu marcha vencedora.

 

V

¡Que nada contamine tu arcadia frutecida,
tu clima de plantío, de huerta, de jardines,
tu fiesta pajarera de trino y manantiales,
la oración que murmuran tus fuentes y alamedas
en la clara alegría de tu égloga antañona;
que nada turbe ese ritual sonoro
que revuela en tu fiesta de campanas
y se desborda en brindis
de dorada ambrosía
en la copa jovial de tu esperanza!
 

¡Nada altere la euritmia de tu ascenso
en vuelo de esplendente arquitectura,
ni el árbol de tu alcurnia
que enlaza en su raíz y en su ramaje
el señorío indígena y la realeza hispánica!

¡Nada turbe el oasis
de tu contemplación ensoñadora;
nada extinga los cirios de la fe en tus altares,
ni las alas del pom y del incienso
-ángeles que navegan en las naves
de tus prístinos templos
y remontan tus preces
sobre la azulidad de tus montañas;
porque tú eres, Antigua,
un hosanna de albricias y aleluyas
en luminoso ascenso a tu destino!
 
 

      VI

    Me alejo de tu edénico regazo
    caminando
    sobre antiguas baldosas de barro y lejanías;
    sobre piedras de ayer que me lastiman
    con honda resonancia de olvidos y de ausencias;
    me alejo preguntando a tu memoria:
    ¿dónde palpita el corazón del tiempo?
    ¿dónde se pierde el soplo de la vida?
    ¿a dónde van los pasos de la muerte?

    Me alejo por caminos
    de las reminiscencias,
    pero siempre me quedo en tu sonrisa
    que se llena de estrellas y distancias;
    me alejo regresando,
    ¡volviendo a ti los sueños!
    ¡volviendo a ti los ojos!,
    ¡volviendo a ti el recuerdo!
    regresando en el viaje fascinante
    -leyenda, historia, símbolo-
    a la raíz profunda de mi ancestro.

    Te dejo mis preguntas, me llevo tus respuestas;
    me llevo un eco, apenas,
    de tu infinita sinfonía
    y te dejo un efluvio de amor entre mis versos
    y una celeste flor de "nomeolvides"
    al pie de esa plegaria
    que te levanta en espiral de cielo
    más allá del azul de tus volcanes.

   

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Última revisión: 13/11/06
por Juan Carlos Escobedo Mendoza M.A