Oda a la ciudad durmiente rediviva
Con perenne devoción a César Brañas.
I
¡Oh, Antigua, señora de los siglos!
del Hunapú a la sombra, reclinada
en el paisaje de la luz sin tiempo,
eres tú la durmiente rediviva,
la que sueña despierta,
la que vela dormida
un sueño intemporal de eternidades.
Un mar de campanarios
canta en tu amanecer oleajes de oro,
mientras un vuelo de palomas teje
un arrullo de espumas
en las riberas de tu sueño.
Bostezan las tahonas
un vaho de azuladas humaredas;
huele a hogaza que dora
sus candeales alburas al calor de la hornada
trasciende en tu frescura de matinal ordeño
un aliento de vacas mugidoras
y un balido auroral de recentales.
II
Te has detenido en horas de milagro
crecidas de añoranza:
el aire no es el mismo más allá de tu
cielo,
ya no es el aire antiguo
que soplan tus volcanes de Agua y Fuego…
ya no es la transparencia de tus ojos extáticos,
ni tu noche de estrellas
que bajan temblorosas a besarte.
Las bugambilias trepan compasivas
derramando balsámica frescura
sobre el dolor de tus escombros.
Tus piedras vivas cantan
y sollozan edades enterradas…
regresan de la muerte cada vez que amanecen
en tu rostro tatuado de surcos legendarios;
tus ojos del pasado nos miran hondamente
parpadeantes de siglos,
con mirada insondable de oscuras realidades,
de símbolos, de arcanos.
Un drama silencioso te sostiene,
clama, gime, interroga
desde tus bóvedas solemnes
que repercuten ecos subterráneos.
Un misterioso limbo de fantasmas te envuelve,
un murmullo de voces sonámbulas te anima,
un fabuloso mundo de evocación te puebla.
Eres la novia muerta de un tiempo enamorado,
de un tiempo que te besa
con horas desprendidas desde cielos remotos,
desde altos campaniles
que repican auroras de amor amaneciente
y dorados ocasos que amortajan tus días.
III
Al dialogar contigo, la muy Leal y muy Noble,
escuchamos el ritmo de otra vida;
espíritus que encienden liturgias conventuales,
maitines que inauguran aleluyas
ritual que ora en el ángelus, lejano,
algún coro seráfico
que alumbra los vitrales con la fuga del prisma,
son ecos de tu voz que nos despierta,
es tu alma que se lleva y que nos trae
los perfiles eternos de tu imagen;
es tu alma que navega
el río de un idioma
que inunda tus confines.
Navegar ese oleaje
es hundirse en la paz, sin escafandra;
es bucear el remanso del éxtasis,
para alcanzar un mundo de vida luminoso
venciendo el desafío de la muerte.
Es salir al encuentro de tus poetas idos
por caminos sidéreos,
evocado las églogas que sollozó Landívar,
las rimas de Sor Juana, de César, de Velázquez,
de Carlos Wyld Ospina,
evocando el rasgueo vibrante de la pluma
de Bernal Díaz del Castillo.
Es percibir, en inefable arrobo,
los leves pasos del Hermano Pedro,
que tus piedras besaron reverentes
y que la noche colonial ungía
con blando amor de luna y azucenas.
Es oír serenatas
floridas de canciones y guitarras,
de voces que se fueron
y regresan con aires musicales de otrora.
Es hundirse en tus horas de tragedia,
regresar hechizados desde un ayer sin muerte
y traer en los ojos una mirada que arde
con el fulgor antiguo de tus desgarraduras